La guerra ha terminado y un nuevo gobierno ha sido instaurado en el Universo de One Piece, por ello, los sobrevivientes de la Antigua Era que combatió un favor de la libertad y la justicia a través de su oposición a la tiranía del pasado tienen una nueva oportunidad, los Juicios del Nuevo Mundo. Algunos se entregan de manera pacífica, pueden integrarse normalmente a la nueva sociedad.
Es así como cuentan sus historias y son juzgados bajo la franca bandera de la justicia y la verdad, entre ellos Ler, qué guarda tras de si más que una historia, y está decidida a contarla ...
Historia alternativa de amor en el universo de One Piece, con nuevos personajes, drama, lenguaje obsceno, escenas sexuales fuertes, tortura y de alto contenido violento. Pero que tras todo esto, sigue siendo de amor, ¿Te atreves a leer el guión de esta historia?
Acto II: Adolescencia (Infierno)
Escena 12:Como solo a los dioses se debe (no se puede) amar.
-Pedazo de imbécil...- Ler murmuró una serie de maldiciones e insultos mientras trataba de no quemarse y no quemar nada más en la habitacion- ay, ay, ay...
Miró al hombre y apretó los labios molesta. Parecía imposible que alguien tuviese un sueño tan profundo, pero Portgas D. Ace parecía estar más en otro mundo que en ese, por lo cual poco le perturbaba estar siendo arrastrado por la marine después de haberle prendido fuego a la cama en su estado de inconsciencia.
De haber estado despierto, el pecoso habría notado el rostro de pánico de la chica cuando notó las sábanas envueltas en llamas a unos cuantos centímetros de ella. Inmediatamente la morena había saltado fuera de la cama y habia corrido al baño para rociar al chico con una manguera y apagar el fuego. Sin embargo, debido a su fruta del diablo, partes de el seguían con pequeñas llamas o explosiones que la seguían sorprendiendo cada tanto, y al no poder despertarlo con éxito, decidió arrastrarlo hasta un lugar seguro.
Afuera.
Ace despertó dos horas después.
Se sintió desorientado un momento antes de darse cuenta que le dolía la espalda, la pierna y una costilla. El hombre se sentia como si hubiesen tirado de él durante largo rato -Ler se había aburrido de tener que lidiar con el y lo había lanzado tres metros de una patada, para luego irse a comer- miró al cielo y notó que se encontraba en el exterior. Un rato después de meditar si debía levantarse o no, la pequeña marine apareció, disgustada.
- ¿Fuiste a desayunar sin mi? - la voz del hombre sonó desilusionada, Ler le dedicó una mirada incrédula antes de adquirir el toque glacial que la caracterizaba en su molestia.
- Vete a la mierda- mascullo, deseosa de un buen trago y de no ser posible, de estrellar su cabeza en algún lugar hasta no poder pensar otra vez en el estrés que el pecoso le causaba.
- Me siento como la mierda- explicó el levantándose del suelo, sacudiéndose el polvo y tierra que tenía encima. Notó como la chica colocaba ambos brazos en sus caderas y alzaba las cejas con reproche - Te lo pagaré.
Ciertamente fue un golpe para el ego de el que ella chasquease la lengua con un gesto desesperanzado.
- Dejé de creerte la cuarta vez- afirmó ella suspirando resignada.
Por culpa del hombre de fuego, Ler llevaba una incontable lista de lugares en los que había tenido que disculparse, avergonzada hasta las orejas, y pagar por los daños que había causado. La gente normalmente no hacía preguntas, no sabían que decir después de ver el lugar lleno de cenizas o hecho pedazos, solo miraban a la pequeña mujer con lentes y sombrero, roja hasta las orejas, tratando de esconderse aún más. Esa mañana la situación había tenido que repetirse una vez más.
- Es una suerte que seas rica- dijo el sin vergüenza acercándose a echar un brazo sobre la cabeza de ella mientras ella murmuraba insultos en voz baja.
A Ler, debido a lo que implicaba aquella condición, que en nada estaba cerca de lo que Ace quería decir, se le revolvió el estómago, como si en cualquier momento fuese a expulsar todo lo que tenía en su interior.
Entre más bajo era el trabajo, más alta la recompensa. Y tristemente Ler ya contaba con una pequeña fortuna. Pero no iba a decirlo en voz alta.
- No soy rica, imbécil. Solo tengo un trabajo- corrigó ella más resentida de lo que debería, cruzándose de brazos aunque sin salir del calor corporal que el muchacho le brindaba- y a este paso terminaré en la quiebra.
- Los piratas ni siquiera tenemos que trabajar, piénsalo.
Ella alzó la ceja: - Oh, ahora entiendo porque la que paga todo SIEMPRE SOY YO.
- Yo soy el que le pone la diversión al asunto, es justo.
- ¿Te estoy pagando porque me diviertas?
- Y a ún precio razonable- ambos se sostuvieron la mirada un largo rato, la intensidad haciendo saltar las chispas al rededor de ellos hasta que finalmente, ambos se echaron a reír.
En aquella noche y en aquel lugar, la risa de los dos se había vuelto dueña. Cualquiera que los viese se sentiría atraído y envuelto en la esencia, en la sensación que dos personas como ellos provocaban, pero ellos se mantenían ajenos, solos, únicamente unidos a si mismos.
Se trataba de una promesa silenciosa, casi inexistente pero que estaba allí.
Ambos sabían que el otro era una perdición, una que funcionaba como escudo y reflejo de ellos mismos.
Y se sentía extrañamente cómodos de esa forma. Cómo si esa risa solo le perteneciera al otro y a nadie más.
- Creo que nadie podría pagarlo...- Ace se detuvo primero, recuperando el aliento y dándole otro apretón dentro de sus brazos a la chica, haciéndola reír otra vez.
- ¿A qué te refieres?- Ler le dió un manotazo al pecoso entre risas tratando de liberarse débilmente. Ella nunca quiso alejarse de él, nunca querría hacerlo.
Pero el destino no es capaz de escuchar todas las peticiones de los humanos. Y algunas de esas peticiones caen en manos de dioses que por alguna razón, les envidian.
Y los buenos deseos se convierten en perdición.
- Mi precio.
Ella frunció el ceño, pero mantuvo su sonrisa: -No creo que tengas uno realmente, Ace.
- Créeme, tu y yo valemos una fortuna- explicó mirando al cielo pensativo, para luego devolver su vista a los ojos cansados de Ler que le indicaban la certeza de sus palabras- lo que tú y yo hacemos es...Como tratar de comprarnos a nosotros mismos.
Porque nunca se sintieron dueños como tal. De alguna forma siempre supieron que sus vidas estaban en manos de alguien más, y ese alguien no les tenía mucho aprecio.
La marine parpadeó un instante, desorientada, como si viese miles de recuerdos, como si recordase cientos de palabras, todo, en un segundo frente a sus ojos. Entonces volvió a enfocarse en Ace y asintió.
- Supongo que tienes razón, pero cada vez que estamos cerca de conseguirlo...- estirando su mano, la pequeña chica tomó la del hombre y la acercó a su pecho que latía con velocidad- el precio aumenta.
Ace estiró su brazo al rededor de Ler, envolviendola nuevamente en un abrazo. Se inclinó levemente y mientras colocaba correctamente los mechones de cabello rebelde de la chica, susurraba en su oído: - Pero no vamos a rendirnos, ¿No?
- Ya estamos demasiado jodidos para echarnos atrás. - admitió la chica suspirando, aferrándose a él con fuerza. Escondida dentro del pecho del muchacho, era imposible ver que su mirada había dejado de ser calida para convertirse en una llena de dolor y decisión.
Ace jamás sabría que Ler no quería comprar su libertad, si no la de él.
Ler vería morir a Ace tratando de liberarlos a su modo.
Y nunca volverían a este juntos.
Y no supieron si el otro en algún momento, fue libre.
Quizá, se despidieron de la vida, pero no lograron cortar el verdadero lazo que les mantenía esclavos. El que unia a los dos.
Ace se fue amándola, y Ler se quedó queriendolo igual.
- Juro que voy a cortarte las pelotas si te me acercas...
- Leriana, cálmate. - Ace intentó tomar a la chica por los hombros mientras Thacht se ponía frente a ella, evitando que continuase despotricando hacia el objeto de su ira.
- Solo no quiero verlo, saquenlo de mi vista...- cuando el hombre la levantó en el aire, esta se alarmó, hizo un movimiento con sus piernas y se echó hacia atrás, liberandose con rapidez y precisión. Levantando sus manos, apuntó a los piratas- NINGUNO SE ATREVA A TOCARME.
- Oye, pequeña, sé que estas en tu derecho al comportarte así pero, vas a montar un escándalo- Thacht señaló como los demás tripulantes comenzaban a rodearlos, entre curiosos, divertidos o molestos por la actitud de la chica , que parecía olvidar, se encontraba en territorio enemigo.
Ler apretó los dientes y fijó su vista en el hombre que una vez había considerado su amigo: - Esto dejó de ser privado cuando TODO EL PUTO BARCO lo sabía, excepto yo. Lo sabías tu, y no pudiste decírmelo- concluyó en voz baja, negando con la cabeza.
Thach dió un paso atrás, inseguro, afectado por el reproche, por la sinceridad y exposición de los sentimientos de la chica. Ahora entendía como se sentía el pobre Ace, que parecía actuar de forma mecánica al encontrarse tan perturbado como en aquel momento.
Al ver entrar a la chica dando manotazos, lanzando al aire a todos los que se le acercaban, e insultando al pecoso con todo el resentimiento que podía caber dentro de una persona, todos se dieron cuenta que ella lo sabía. Y que no se había enterado de la mejor forma posible.
Puto Shanks, pensó el pecoso.
Ace se puso de mil colores distintos antes de ahogarse con el trozo de carne que se encontraba comiendo. Marco, inmediatamente, se había puesto de pie y caminado hacia la pequeña furia, tratando de calmarla y conseguir evitar el escándalo que estaban montando ahora.
Por supuesto, aunque parecía imposible, aquello había sido como avivar la llama y provocar un incendio. La chica dejó de echar chispas para comenzar disparar rayos.
Y aunque Ace se encontrara en un estado cercano al shock, internamente estaba aliviado. Aquello no podría admitirlo en voz alta, pero ver a la chica dando golpes y gritando era mejor que verla de rodillas sin poder parar el llanto.
Había imaginado muchas veces el escenario que tendría lugar después de que ella se enterase, y al parecer, este era uno de los mejores.
Y es que no lo había visto todo.
Sus pensamientos se vieron abruptamente interrumpidos otra vez cuando vio a Ler irse encima de un Marco que había activado parte de su fruta. La niña era muy valiente ya que a pesar de su fuerza y habilidad , se trataba del comandante de un Younko a quien se estaba enfrentado.
-¡Mirame a la cara y dímelo como hombre!- gritaba la chica mientras Thach y Vista finalmente lograban afianzarla y arrastrarla hacia arras- ¡Ten un poco de valor y admite que es verdad!- escupió finalmente mientras desaparecía dentro de una habitación que Ace, yendo tras de ellos, había cerrado de un portazo.
Marco mantenía un rostro completamente tranquilo, estoico, sin expresión. Dió un paso adelante y decidió que tal vez la chica necesitaba un poco de paz mental, por lo que no los seguiría hasta el lugar donde parecía estar dándose una batalla. El hombre, más sabío, viejo y experimentado que todos los demás era plenamente consciente que una mujer enojada era un peligro, y aquella no era una "mujer" normal. El aura demoníaca que había notado la primera vez al verla era más clara que nunca en ese momento.
No estaba siendo débil, ni cobarde. Marco era prudente.
- Leriana, basta, ya- Ace recobró la compostura y se acercó a tomar a la chica del rostro, obligandole a mirarle directamente.
Los ojos de un D eran los únicos capaces de doblegar los de un dragón. Y no cualquier D, y no cualquier dragón.
Pareció funcionar, porque repentinamente Ler dejo de luchar y relajó su cuerpo, provocando que Vista y Thacht la soltaran. Viendo a la chica por última vez, dieron un asentimiento de cabeza a Ace y decidieron dejarlos solos.
Cuando la puerta se cerró tras los comandantes, la marine finalmente se enfrentó de forma directa al hombre, con una tranquilidad absurda.
-¿Porqué no me lo dijiste?
Allí estaba. Ace evitó la mirada de la chica, evitó acercarse a ella o decirle algo porque sabía que inevitablemente llegaría esa pregunta, y el no sabía que contestar.
Casi deseó que enloqueciera nuevamente en lugar de tenerla tan cerca, rogándole con sinceridad que le dijese algo que su corazón anhelaba escuchar.
Un corazón roto.
Un corazón hecho pedazos, por el.
- ¿Acaso no confiabas en mi? - Ler cubrió las manos de Ace y las retiró de su rostro, dirigió su vista al lugar donde sus dedos se cruzaban y los apretó.
- No hay una persona en el mundo a quien pudiese confiarle mi vida, quién soy y lo que tengo, más que tú - explicó el hombre, la voz temblandole levemente- pero ni siquiera entendía lo que estaba pasando.
Ella tragó duro y respiró con fuerza. Sus demonios tratando de escaparsele por la boca con quejas y reproche, con golpes y odio, pero conteniendose porque incluso a ellos, Ace les había enseñado que podían ser amados. Qué incluso para alguien que no lo merece, existe el amor porque el aprendió de ella lo mismo.
- Creo que yo sí...- admitió finalmente en un solllozo, sin rastro de la rabia que la había invadido momentos atras. Los ojos se le cristalizaron cuando volvieron a buscar los de el. Las lágrimas ahora corrían con libertad en sus mejillas- siempre lo supe. Yo trataba de ignorar lo que tú ni siquiera intentabas esconder, porque quería creer que era suficiente. Pero no.
Entonces Ace la vió derrumbarse totalmente, la vió comenzar a llorar como una niña pérdida, como cuando en Foosha, ella no podía más y en la soledad nocturna, desataba todo su dolor y tristeza. Ahora él había provocado que ella retrocediera en su confianza y seguridad, que se encogiera en si misma y llorara un mar.
El mar siempre estuvo enamorado de su príncipe.
Leriana siempre estuvo enamorada de Ace.
Incluso cuando no lo conocía y un pelirrojo era el dueño de sus pensamientos, ella ya lo amaba.
Desde que estuvo sola, desde que se sentaba en el cielo, lo estaba buscando.
Ler, sin saberlo, lloraba el amor que le había tenido a Ace por cientos de años, porque sería el primero y el último de todas sus vidas, que siempre perdería con el final de las mismas, y siempre, lo volvería a buscar.
¿Pero como lo buscaba cuando lo había perdido, pero aún estaba allí frente a ella?
- No llores, nena, no llores- le pidió mientras la veía deslizarse hasta el suelo y cubrirse el rostro con sus pequeñas manos en un intento por calmar los gritos y gemidos que se le escapaban por la boca - Nena, por favor, yo...
Ace no la consolaba solo porque no quería verla llorar, si no porque no quería que creyera que lo suyo era una mentira. Era consiente de todo lo que la chica se había planteado en la mente y corazón, y que la había golpeado hasta lo más profundo de su ser.
En un murmullo bajito, lastimero, casi como un ruego, la voz de ella fue apenas escuchada por el: - No se trata de que vayas a soltar mi mano, Ace...- dijo mientras se llevaba una mano al estómago , como si tuviese un dolor que no pudiese explicar, muy diferente a todos los que había sentido antes- siempre supe que un día pasaría y estaba lista para aceptarlo, pero...- sollozando nuevamente mientras el hombre sostenía su cabeza y acariciaba su cabello como a un gatito herido bajo la lluvia, se ahogó- me duele pensar que todo el tiempo en que la sostuviste antes fue porque yo te obligue a hacerlo. Porque utilice la fuerza para que no me soltaras.
El se apresuró a sacudirla, a obligarla a verle tras la cortina de lágrimas que le habían empañado los ojos.
Sentía que al verla, se le abría el pecho, se le salía el corazón y le decía "¿Qué hemos hecho?".
- No éramos nosotros, pero yo quería que lo fuésemos, te obligue a que fuese así y quizá por eso nunca me lo dijiste.
Y allí estaba Ler, echándose la culpa.
Y allí estaba la escena que Ace siempre quiso evitar desde que se dio cuenta de la verdad.
- Si, si lo fuimos, Ler. Dios... Escúchame, te amo.
Ella negó con la cabeza, soltandose a llorar nuevamente. - Tu y yo siempre fuimos amantes de la luna y el mar porque creíamos que no podíamos ser amados, como en una especie de pacto, éramos la última opción. La única opción...Lo que tú sientes, lo que hay dentro de tu pecho es deber, no amor.
Tras sus palabras, ella le estaba diciendo a gritos que siempre le amo y lloró sabiendo que no era cierto, que mientras ella lo miraba el miraba en otra dirección.
"Ace, la cagaste tanto" se reprendió el hombre a sí mismo.
-¿Porqué crees eso? ¿Porqué crees que no es cierto lo que ha pasado entre nosotros?
La puerta sonó, sin lograr distraer a ambos del intento de convencer al otro. Marco se quedó parado detrás de la misma, preocupado.
- Porque tu corazón no es capaz de amar a alguien como yo.
- Tu no conoces mi corazón.
La mirada de ella se ensombreció, mientras volvía al llanto. - Supongo que no, y por eso estoy aquí.- otro golpe en la puerta atrajo su atención. Ella sabía quién tocaba detrás, entre todos los comandantes, que se encontraba tan agitado como ella- tal vez él sí.
Con las piernas dobladas, despeinada, sucia y envuelta en llanto, no había ningún rastro de la Contraalmirante más famosa de la marina. Solo de una niña con el corazón roto por un pirata.
- No voy a negar lo que has escuchado, lo que muy probablemente has visto...- el pecoso suspiró sentándose junto al ovillo que formaba el cuerpo de la menor- pero mi corazón, pese a las acciones de mi cuerpo, solo reconoce tres tipos de personas.
Ella bajó la cabeza, enfocandose nuevamente en el latido del corazón de él, de Marco, de toda la tripulación, creyendo ser capaz de justificar la falta del suyo.
- Mi familia- la imagen de Luffy apareció en su cabeza, obligándole a sonreír con levedad- mis nakamas- se hizo la pregunta de en qué categoría pondría a Shirohige, a los comandantes, al imbécil de Marco que seguía tocando la puerta- y a ti...Quizá no lo comprendas, pero ni siquiera yo lo comprendo porque eres para mí, como mujer, solo tú. Y luego, todas, todos..los demás.
Y es que a el nunca terminaría de gustarle ninguna persona en específico de una forma que no fuese amistosa o familiar, excepto ella.
Rota como el. Sucia. Perdida. Ella le hizo sentir completo, puro y en casa.
Lo único que le quedaba era la culpa por haberle puesto las manos encima. Porqué solo entonces, hasta que se dió cuenta de su efecto destructor en vidas ajenas, se dió cuenta también que su pequeña rosa llena de espinas, con toda su fiereza, nunca debió ser arrancada.
- Tu nunca, nunca encontrarás a alguien que te ame como yo- el joven guardián de Plutón rodeó a su compañera y con un encanto natural con el que fue bendecido por los dioses. Se inclinó sobre ella, que se encontraba sentada en el pequeño trono de piedra frente al mar.
Con la gracia y magia que únicamente podía verse en el movimiento de las olas al golpear con la arena, en la bravura del océano durante la más grande de las tormentas, y de la tranquilidad en el fondo del mismo, donde ningún otro había podido llegar -donde solo el hombre había llegado- ella se movió, adelantandose al gesto y se inclinó hasta que ambos rostros quedaron al apar.
- No lo estoy buscando- respondió ella, poseedora de la misma belleza y aura divina que el.
- ¿Qué significa eso?- murmuró el en sus labios, deslizando las manos morenas por los muslos femeninos expuestos a su vista.
- No necesito buscar a nadie que me ame como tú, porque no hay amor más grande que el que te tengo yo, y mientras exista, siempre gritará tu nombre.
- ¿Es una promesa?- el pecoso sonrió de medio lado, viendo a la chica cerrar los ojos pensativa
- ¿Lo prometes tú?
El hombre asintió, echando su cabeza hacia atrás al notar movimiento, atento al llamado del último guardián de los dioses que se acercaba a buscarlo. Se separó completamente de ella y le dió la espalda, comenzando a caminar, deteniéndose solo un segundo para mirarla de reojo y decir:
- Si hay otra vida después de esta, y la siguiente, y todas las demás, voy a ir a buscarte, voy a amarte como solo a los dioses se debe a amar.
- Es una promesa entonces.
