Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.
CAPITULO XI
Ya tenemos de nuevo a Candy en camino. Al principio anduvieron a orillas del cristalino arroyo que fertilizaba aquel campo y a la sombra de copudos árboles, entretenidas con el canto de multitud de pájaros y con la vista de las hermosas y variadas flores. Después desapareció el arroyo entre la arena y apareció el desierto en toda su aridez, lleno de piedras y de espinas que desgarraban los vestidos y hasta los pies de las viajeras.
Al tercer día de camino descubrieron a lo lejos el castillo de la Falda, a donde se dirigían y donde se hallaba Albert. ¡Qué recuerdos traía este castillo a Candy! Se le vinieron a la memoria el amor del Príncipe, los tiernos de los de Albert y la ingratitud y desobediencia con que ella los había pagado. Las lágrimas que acudieron a sus ojos a torrentes la hicieron detenerse, porque le impedían poder caminar; pero después apresuró el paso. Todo el día vio el castillo, ya se había metido el sol y todavía no podía llegar a él. Entonces se apoderó de ella el temor viendo todo aquel campo sumergido en la más profunda oscuridad. Deseaba ardientemente llegar; pero parecía que se alejaba aquel castillo a medida que ella avanzaba, tal era el deseo que tenía de encontrarse dentro. En medio de la oscuridad apareció una luz, mejor dicho, un fuego pálido que colmó de terror a la infeliz Candy: ¡era el terrible monstruo de las siete cabezas! Abrió sus bocas, agitó sus lenguas y comenzó su acostumbrado ataque. Apenas sintió Candy las primeras impresiones de su mortífero aliento que procuraba atraerla, sacó su misterioso abanico y comenzó a agitarlo suavemente. Al punto se disipó todo aquel impuro torbellino, y ella y Elroy se sintieron envueltas en una pura, vivificante atmósfera que les fortalecía y refrescaba. El grato soplo de aquella aura suave les hacía aspirar una fragancia incomparablemente deliciosa, que les causaba un júbilo indecible. La sierpe, viendo que sus esfuerzos no producirán efecto alguno y que sus víctimas se alejaban, bramó de rabia, quiso seguirlas; pero apenas sintió el contacto de aquella atmósfera que las envolvía y que para ella era fuego encendido, huyó dando tales bramidos que atronaban los vecinos montes. Candy, libre de aquel peligro, apresuró el paso seguida de su compañera, y pudo por fin llegar al monte de las tres Mansiones y a la puerta de su antigua morada ya muy entrada la noche.
No se escuchaba ni el menor ruido; parecía que todos los habitantes del Castillo estaban sumergidos en un profundo sueño. Llamó temblando Candy; pero nadie respondió. Toco segunda y tercera vez, y continuó el mismo aterrador silencio. Por más que llamó repetidas veces no consiguió que le abrieran qué pasó toda la noche temblando de frío y de miedo viendo brillar los ojos de la terrible sierpe, que aunque a lo lejos, le causaba temor.
Cuando comenzaba a aparecer la suave luz de la aurora en el oriente, huyó la sierpe como si temiera que el sol la abrasara.
La puerta se abrió y Candy con voz suplicante pidió ser conducida a la presencia de Albert. Fue conducida en efecto, y al mirarse delante de su agraviado amigo no se atrevió a pronunciar una sola palabra: cubriendo su rostro con las manos cayó postrada a sus pies; hablando por ella sus lágrimas y sollozos. Albert, que se hallaba al parecer muy ocupado en escribir una gran cantidad de papeles, levantó la cabeza y preguntó con severo tono: «—¿Quién eres tú? —Yo soy —dijo ella— la desgraciada Candy. —Y bien —preguntó Albert—, Candy, ¿qué quieres de mí? —Que me conduzcas al monte de la Mirra —dijo Candy. —¡Al monte de la Mirra tú, esposa del Príncipe de las Negras Sombras!» dijo Albert. Candy levantó entonces la cabeza y exclamó: «—¡Oh, no; eso no, jamás! —Pues qué —dijo Albert—, ¿no vi el fatal escrito que despedazó el corazón del Príncipe mi Señor? ¡Sí, yo lo vi! —exclamó levantándose—. ¿Aquellas agonías, aquellas lágrimas, tanta generosidad, tanto amor merecían esa recompensa? ¿Era para eso para lo que sus manos fabricaron con tanto esmero ese precioso corazón?» Los sollozos impidieron responder a la humillada Candy. Sin embargo, en medio de su hondísima amargura percibía en el fondo de su corazón una secreta voz que reanimaba su esperanza. Cuando al fin pudo hablar exclamó levantando las manos hacia Albert: «—Yo soy muy culpable y merezco sin duda ser desterrada para siempre de la presencia del Príncipe… —¿A qué, pues —interrumpió Albert—, quieres ir al monte de la Mirra? —Para implorar su perdón —respondió ella—; para decirle: Yo no merezco ser tu esposa, recíbeme al menos como una de tus esclavas. O si su justicia me reputa indigna de perdón, qué descargue sobre mí el peso de su ira, que me castigue como a cosa suya; pero que no permanezca yo un momento más bajo el dominio de sus enemigos. Sí, Albert —prosiguió—, piadoso Albert, yo te he ofendido a ti también pero perdóname por amor del Príncipe, y condúceme a su presencia. Mira, también he venido para traerte esta carta…» Diciendo esto le dio la de Rosemary. Albert la tomó, y después de haberla leído besó respetuosamente el nombre de la Señora y dijo: «—Candy: Rosemary ha hablado y no será desoída; pero tú retírate por ahora, no interrumpas mis graves ocupaciones; dentro de un momento te diré las condiciones con que vas a ser admitida». Candy salió y esperó a la puerta, su corazón latía entre el temor y la esperanza; esto le hizo volver los ojos para mirar de lejos lo que hacía Albert. Éste se puso a la mesa como para escribir; pero no lo hizo, cubrió su rostro y se inclinó sobre la mesa, permaneciendo así largo rato. Al cabo de él se levantó y llamó a Candy. Ella entró y permaneció en su presencia. Albert dijo: «—Bien, Candy, voy a recibirte; ¿pero podrás sufrir las pruebas a que voy a sujetarte? —A todo estoy dispuesta —dijo Candy—, espero que todo lo podré, porque fío, sí, fío en la protección de mi dulce Madre. —¿Dices —continuó Albert—, que quieres ser la esclava del Príncipe? ¿Pero sabes tú de qué manera mi Señor merece ser servido? —No, Albert, pero tú me lo enseñaras. —De buena gana —contestó Albert—, pero hasta que sea no podemos ponernos en camino. A fin, pues, de ensayarte para su servicio, desempeñarás aquí las faenas domésticas ayudada sólo de Elroy; amasarás el pan, asearás los aposentos, dispondrás la comida; en una palabra, lo harás todo sin que eso te impida dedicarte al estudio de los diversos ramos que será conveniente cultivar. Está bien —respondió Candy—; gracias, gracias, bondadoso Albert, no esperaba yo menos de tu generosidad. ¡Conque al fin veo cumplido el más ardiente de mis deseos, ya pertenezco al Príncipe de las Luces, ya tengo derecho a llevar su librea!» Candy calló, Albert la contemplaba, y viendo que bajaba los ojos y derramaba lágrimas en silencio, le dijo: «—Sí, Candy, portarás la librea de mi Señor, yo te recibo bajo mi cuidado, pero has de ser dócil a mis consejos. —Pronta estoy a obedecer tus órdenes, bondadoso Albert, y me tendré por muy dichosa en que te dignes darme tus prudentes consejos».
Candy quedó finalmente instalada en el castillo. Al día siguiente muy temprano recibió por escrito la distribución de sus obligaciones, repartidas en las diferentes horas del día. El estudio alternaba con los quehaceres domésticos; el dibujo, la pintura, el idioma de las Luces y demás ramos científicos tenían su tiempo señalado. Candy iba, pues, a ser instruida por Albert; pero éste no era ya el bondadoso Albert, su tierno padre y cariñoso amigo, sino un ayo inflexible y severo que no perdonaba ni la más mínima falta. Sí dibujaba o pintaba, el más ligero defecto una pequeñísima desviación de una línea que el ojo más perspicaz no hubiera notado, la notaba Albert y decía: «—Candy, tú nunca harás cosa de provecho». Candy oía estas represiones pensando que esto y más se merecía, y contestaba con dulzura: «—Albert, tienes mucha razón, te causo mucha molestia; pero yo procuraré enmendarme». Y él decía: «—Siempre dices lo mismo, siempre prometes enmendarte; pero nunca lo cumples». En cuanto a las haciendas de la casa, Albert no era menos exigente; nunca le parecía bastante el aseo; la menor partícula de polvo en los muebles de los aposentos le hacía prorrumpir en amargas reconvenciones; en la comida, en todo hallaba mil defectos y repetía a menudo: «—¿Es ese el esmero con que piensas servir al Príncipe mi Señor?» Candy se afligía, trabajaba y estudiaba temblando, y no pocas veces el mismo temor le impedía acertar.
Pasaron días y más días sin que hubiera mudanza en la situación de la joven. Todo el consuelo que tenía era escribir en su corazón los pequeños momentos que le quedaban en el día, y por la noche la pasaba toda también en escribir con las expresiones más tiernas y más sumisas que encontraba, con la esperanza de tener alguna respuesta; pero nunca, absolutamente nunca la obtenía. Candy lloraba y decía: «—Bien lo merezco, un silencio harto culpable he guardado yo largo tiempo». ¡Cuántas veces la sorprendía la luz de la aurora con su corazón en la mano bañado con sus lágrimas, y sólo le cerraba porque ya era tiempo de comenzar sus ocupaciones!
Algunas veces superando el temor que ahora le inspiraba la severidad de Albert, le preguntaba cuándo se podrían en camino para el monte de la Mirra, y recibía por toda respuesta: «—Cuando me parezca prudente. ¿Te juzgas ya bastante dispuesta para ponerte en presencia del Príncipe?» Ella callaba; pero Elroy no podía llevar con paciencia ese tratamiento, y aun algunas veces se propasaba hasta decirle que estaban mejor tratadas en el palacio de las Negras Sombras, que debía decirle a Albert que sin duda sólo porque le había cobrado odio se propasaba tanto de vengarse. Candy entonces le imponía silencio con severidad, negándose absolutamente escucharla.
En los cortos que le quedaban de descanso no se olvidaba de acudir a su espejo, y aunque al principio sólo miraba en él su rostro desfigurado y la marca que afeaba su cuello, cuya vista le causaba no poca amargura y humillación, poco a poco se fue aclarando el cristal y hubo un día que gozó el indecible consuelo de volver a contemplar su amada visión. Vio al Príncipe cómo le había visto en el castillo de las Negras Sombras, es decir, en su jardín, desmayado en los brazos de Albert. Le vio otras veces de diferentes maneras, pero siempre con semblante doliente, y al verlo Candy, conociendo ser la causa de su dolor, vertía lágrimas en abundancia. Sus lágrimas mojaban el espejo, corrían de día y de noche; eran su pan cotidiano y regaban todo cuanto hacía. ¡Cuántas veces pintando o dibujando, sus lágrimas borraban lo que había trabajado! con ellas regaba su lecho y su alimento, y corrían de sus ojos en tal extremo, qué mojaba el suelo por donde pasaba y su rostro estaba surcado y señalado.
Un día acudió como otros a mirar su espejo, y tal visión miro en él qué pensó morir de dolor. Al principio un monte muy elevado en cuya cumbre vertientes formaba Bosques el Árbol de los Perfumes. Este árbol se mostraba allí mucho más exuberante y frondoso en lo restantes del desierto. Después vio muchos presos atados con una cadena que se ocupaban las penosas tareas necesarias para extraer, beneficiar y elaborar la preciosa mirra del árbol para enviarla al Reino de las Luces. Enseguida vio que se paseaba entre aquellos bosques un joven de esbelto talle y majestuoso rostro; pero tan pálido, tan abatido, que parecía se iba a desmayar. Al punto Candy conoció aquel hermoso rostro que tenía dibujado en sus entrañas, y le vio sacar de su pecho el retrato de una hermosa doncella. Candy reconoció en manos del Príncipe su propio retrato. ¡Ay!, qué pero allí no estaba su rostro cadavérico ni su cuello señalado con la marca. Vio que el Príncipe le miraba, le acercaba a su pecho, suspiraba y le bañaba con sus lágrimas. Dirigía luego sus ojos a todas partes; bien se entendía que buscaba el original de que el retrato. Miraba fijamente a la senda única qué hacía practicable la subida aquel monte. Por ella esperaba sin duda verla venir, y para mirarla mejor pensó en subir sobre un hermoso Árbol de los Perfumes que levantaba su florido follaje más alto que los otros. El árbol estaba erizado de espinas recias y punzantes, y al subir el Príncipe por ellas las dejaba bañadas con su sangre. En fin, logró ganar la suprema altura, y para levantarse mejor se asió de dos ramas gruesas y distantes, y dando al árbol las espaldas tendió la vista por el camino; pero ¡ay! no vio el objeto que deseaba y esto le hirió con una lanzada de dolor que le ocasionó un desmayo. Su rostro se cubrió de mortal palidez, sus ojos se cerraron, su cabeza cayó sobre su pecho y quedó así pendiente de las ramas sin dar señal alguna de vida. Candy dio un grito, y sin poderlo remediar cayó también desmayada. Cuando volvió en sí ya la imagen había desaparecido del espejo, pero en su corazón se hallaba toda entera indeleblemente grabada. Desde entonces los ríos de sus lágrimas se convirtieron en mares; ya no lloraba por sus propios padecimientos, ni aún se daba cuenta de ellos; no sabía si era tratada con blandura o con dureza; más el deseo que su Dueño había mostrado de verla abrió en su corazón una llaga que de día y de noche la atormentaba sin descanso. La amada visión se dejó ver otras muchas veces: casi siempre que Candy se ponía a su espejo veía en él a su amado Bien desmayado y pendiente del árbol. Ella le miraba y le contemplaba, y a fuerza de mirarle y contemplarle, las más menudas líneas de la figura se grabaron en su imaginación. Probó a pasarle al lienzo por medio del pincel, y después de varios ensayos más o menos imperfectos logró sacar un retrato que si no llegaba a la perfección, Por lo menos se acercaba mucho a ella, mostraba grandes adelantos y excedía a cuanto hasta allí había hecho. El rostro del Príncipe no sólo se dejaba conocer, sino que se mostraba lleno de noble majestad, y la expresión de su amargura se mostraba tan viva en su semblante, que sacaba las lágrimas a cualquiera que lo miraba atentamente. Albert vio este retrato y una señal de aprobación se escapó de su severidad. «—Bien —dijo—, Candy, bien, veremos qué juicio se forma de esta pintura en el Reino de las Luces». Pocos días después la llamó y le dijo: «—Candy, hoy vendrán a comer unos embajadores del Rey nuestro Señor, y es preciso que hallen la casa aseada y la comida bien dispuesta. Adórnate, porque tú también has de asistir a la mesa». Al oír esto Candy se dispuso a obedecer a Albert; pero no sabía por dónde empezar; pues el temor de desagradarle era tan grande, que le impedía poner en ejecución sus órdenes. Ya empieza a hacer una cosa, ya la deja por otra que le parece de mayor importancia, y todo era agitarse, ir y venir y no hacer nada; en esto se acercó la hora; la pobre Candy no hacía más que llorar, hasta que en medio de su aflicción se acordó de su noble y generosa protectora, de buena y cariñosa madre Rosemary. Con esto se serenó enteramente; corrió las perlas de su collar y al instante apareció el Hada misteriosa del desierto, tan hermosa, tan apacible como siempre. «—¿Qué quieres, hija mía?», le dijo con dulcísimo acento. Candy, admirada al ver tan pronto obsequiados sus deseos, se arrojó en sus brazos y le contó su aflicción. Rosemary la acarició, le dijo cómo lo había de hacer todo, y ordenó las cosas de tal manera, que todo estuvo bien y prontamente hecho; vistió primorosamente a la joven, y con el collar le formó con arte una rosa que adornaba su cuello y ocultaba la ignominiosa marca que la afeaba, y cuando todo estuvo concluido desapareció la amable encantadora. Llegada la hora de comer, Candy y Albert se sentaron a la mesa con los embajadores. Después de la comida éstos hablaron con Albert en el idioma de las Luces, y aunque la joven entendía imperfectamente este idioma, bien comprendía que era el objeto de la conversación, y sus pálidas mejillas se colorearon de vergüenza y de rubor. ¿Qué podrían decir de la infeliz que llevaba la ignominiosa señal?
Después vieron el jardín y los demás trabajos de Candy. El retrato que representaba al Príncipe en el Árbol de los Perfumes les pareció muy bien.
Al día siguiente llamó Albert a Candy a su aposento, donde se hallaba escribiendo, cosa que la joven había observado que hacía casi siempre, y le dijo con tono menos severo del que acostumbraba: «—Candy, estoy satisfecho de tu porte de ayer». La joven, conmovida, le dio las gracias por su benevolencia. «—Y en premio de esto —añadió Albert—, y de haber parecido bien el retrato a los embajadores, disponte porque vamos a partir. —¡Para el monte de la Mirra! —exclamó Candy echándose a los pies de Albert—; eres demasiado bondadoso e indulgente; yo no merezco tal dicha. —Partiremos —le contestó Albert—, para donde yo lo crea conveniente». La joven, sin replicar, arregló todo lo necesario y poco después salían del castillo de la Falda.
¡Ay! Candy recordaba con amargura las veces que instigada por la pérfida Eliza había dejado aquel seguro asilo. El llanto le impidió al principio fijar su atención en el camino; pero cuando se serenó un poco creyó reconocerle, le pareció ser el que había andado con Eliza, ¡el que llevaba a las Negras Sombras! Pero se tranquilizó pensando que era Albert quien la conducía. Avanzaban y cada día se certificaba más y más; lo que al principio había sido una sospecha se convertía en una evidencia. A cada momento veía ya un árbol, ya una peña u otro objeto que recordaba haber visto. Una terrible inquietud la sobresaltó. Si seguía aquel camino, ¿a dónde iba a parar?, ¿qué iba a ser de ella? En tan penosa angustia acudió a su acostumbrado remedio: corrió una y otra vez las cuentas de su collar por la noche, y en el sueño, le pareció oír la voz de Rosemary que le decía: «—Hija mía, ¿qué temes? ¿No es Albert el conductor que te ha sido dado por el Príncipe? Ve, pues, a donde él te llevare, que a su lado no correrás ningún riesgo». Candy se tranquilizó y no pensó más en el rumbo que llevaba, sino sólo en seguir fielmente a Albert.
Después de varios días de camino llegaron a un sitio donde Albert se detuvo e hizo armar dos tiendas: la una para el mismo y la otra para Candy y Elroy. Después de haber reposado un poco y tomado alimento, Albert llamo a Candy y la hizo salir fuera y mirar hacia el frente. «—¿Reconoces —le dijo— este sitio?» Candy miró bajo sus pies un barranco, y enfrente, al otro lado, un Castillo harto conocido para ella. ¡El castillo de las Negras Sombras! ¡Él era! No cabía duda; a su vista estaba el barranco sobre el cual daba el aposento que había ocupado allí. Una espantosa idea ocurrió entonces a su mente; pálida y llena de terror se arrojó a los pies de Albert, y bañada en lágrimas le dijo: «—Albert, buen Albert, fiel amigo de mi Señor, yo te lo ruego; voy a tratar seriamente de enmendarme, yo seré dócil, yo procuraré ser buena, pero no me arrojes de tu lado. No me entregues en las manos del Príncipe de las Negras Sombras».
«—Niña —le dijo Albert—, ¿quién te ha dicho voy a entregarte al de las Negras Sombras? —Este castillo… —dijo temblando Candy—, temía… pensaba…» Albert entró precipitadamente en la tienda. La angustiada joven le siguió deseando averiguar lo que tanto le importaba, y pudo sorprender una lágrima que mojaba los papeles muchas veces había visto escribir y leía su severo amigo. También pudo oír estas palabras: «—¡Oh, Rey y Señor mío!, mirad a esta pobre niña, ved como yo veo sus lágrimas y su dolor y os compadeceréis de ella. Sólo porque es necesario…» Candy se retiró temiendo que Albert la reprendiera por su ligereza, pero un Rayo de esperanza penetró hasta el fondo de su corazón. ¡Albert la compadecía!
Un momento después salió Albert enteramente sereno; en su rostro grave y tranquilo no aparecía ni la menor señal de la pasada emoción. «—Candy —le dijo—, no he pensado en entregarte al de las Negras Sombras; mas dime, ¿qué hiciste del anillo, prenda de tu desposorio con el Príncipe y que yo mismo coloque en tu dedo? —¡El anillo del Príncipe! —exclamó asustada en extremo Candy. —¿Osarás llegar a su presencia sin él? Tienes delante el castillo de las Negras Sombras; mira el balcón, mira ese barranco». Candy cubrió su rostro encendido por la vergüenza, y con voz entrecortada por los sollozos dijo: «—¡Perdón! ¡perdón! —No lo alcanzaras del Rey —dijo Albert—, si te presentas sin el anillo de su hijo muy amado. Es necesario, óyelo, es necesario encontrarlo. De día no podrás bajar al barranco porque serías vista por tus enemigos; así que en la noche, cuando duerman en el castillo, podrás bajar sin ser notada. Tres días y tres noches permaneceremos en este sitio; haz, pues, por recobrar la preciosa prenda cuando puedas». Albert se retiró diciendo: «—No te pondrás en mi presencia hasta que traigas el anillo».
Llegó la noche tan temida para Candy; preparóse a bajar al barranco, tomó consigo las tres preciosas joyas que le había regalado Rosemary, encendió su lámpara, preparó su abanico y tomó en sus manos su precioso collar. Al llegar a la orilla se sintió helar de pavor mirando aquellas profundidades a donde había de descender. Correo las cuentas de su collar esperando a ver al punto a su lado a su protectora, pero pasó largo rato sin que se dejará ver. Candy derramaba lágrimas; sin embargo, se decidió a bajar fiada en que no la abandonaría. Registraba con minucioso cuidado todas las breñas y matorrales que encontraba a su paso, ensangrentándose las manos y los pies con las espinas. Todo la atemorizaba: el aullido de las fieras, la oscuridad y hasta el viento que movía las hojas. De repente se sintió asaltada de espanto y de terror. Creyó oír en el fondo del barranco el silbido de la sierpe; no tuvo aliento para echar mano de sus armas, y sin poderlo remediar huyó despavorida. Al día siguiente permaneció en su tienda. Se estremecía pensando en los horrores de la pasada noche; derramaba lágrimas de angustia al pensar que tenía que volver a aquel tenebroso lugar. Llegó la hora, acudió a la orilla del barranco, corrió las cuentas de su collar, pero no recibió ningún socorro. «—¡Madre mía! —dijo entonces—, ¿por qué has abandonado a tu pobre hija? ¿Por ventura ignoras la aflicción en que me encuentro? Ella vendrá mi socorro», añadió confortándose, y animosa comenzó a bajar avanzando más que la noche anterior. A la luz de su lámpara registraba minuciosamente todas las quiebras del terreno, pero sin fruto alguno. De cuando en cuando el miedo la hacía retroceder; esto le impidió llegar hasta el fondo del barranco; en fin, apareció la luz y tuvo que retirarse a su tienda.
Pasó aquel día y faltaba una tercera noche. Candy se hallaba afligida. «—¡Ah! —dijo—, ¿qué se ha hecho de aquel genio bienhechor que me protegió tan fuerte y poderosamente? ¿Quién me cambio el espejo? ¿Quién me alimentó en la prisión? ¿Quién ha herido a la sierpe cuando me perseguía? ¡Un ser muy poderoso vela por mí! Y el Príncipe —añadió bajando la voz como atreviéndose apenas a pronunciar tan querido nombre—, ¡me ama! Pues entonces —exclamó—, ¿qué me detiene? ¡Si, él me ama! ¡Sí, él lo quiere! ¡Valor, esta noche recobraré el anillo!» Llegada que fue esa noche tomó resueltamente el camino del barranco, bajó sin detenerse y comenzó su tarea; pero a pesar de su valor no podía menos de estremecerse al oír los aullidos de las fieras, y lo que más temía era salir si la prenda que buscaba. Avanzaba la noche, crecían sus temores; mas en tanta aflicción pensó en la amable Señora, su buena y cariñosa Madre, Rosemary. Corrió por tercera vez las perlas de su collar y al instante dejaron de rugir las fieras, cesó el viento tempestuoso que soplaba sin cesar allí, y se sintió una suave y dulce brisa, se escuchó un melodioso canto, poco después una luz apacible y pura iluminó aquellas cavernas, y apareció bella, radiante, apacible la incomparable Rosemary, en cuyo sereno y hermoso rostro se veía pintada la más dulce y compasiva ternura. Candy se sintió arrebatar por aquella encantadora visión y quedó por un momento contemplándola en silenciosa quietud. Cuando se hubo recobrado exclamó tendiendo hacia la Señora sus suplicantes manos: «—¡Madre mía, el anillo del Príncipe!» La Señora sonrió con dulzura, hizo un movimiento imperioso con la mano y apareció humillado, abatido, sin atreverse a levantar la cabeza, el genio terrible y exterminador. Rosemary puso su delicada planta sobre las cerviz del monstruo mandándole que entregará el anillo. La sierpe se volvía y revolvía procurando en vano escaparse, y por último soltó el anillo. Candy dio un grito de júbilo al ver brillar aquella hermosa joya; la tomó al instante y la señora dejó ir al humillado monstruo.
Rosemary dio la mano a Candy y salieron de aquel lugar. Había ya pasado la noche, la blanca luz de la aurora iluminaba con sus dulces destellos aquellos sitios.
Candy no hallaba palabras con qué dar gracias a su generosa bienhechora y solo le dirigió miradas de gratitud. «—Hija mía —le dijo la Señora acariciándola tiernamente—, ve a presentarte a Albert, entrégale el anillo, ama al Príncipe, pronto nos veremos». Y diciendo esto desapareció dejando en pos de sí una atmósfera luminosa y perfumada. Candy quedó por un momento contemplando al Hada benéfica y luego se dirigió a la tienda de Albert. Éste se hallaba ya a la puerta. Candy, bajando los ojos modestamente y con la sonrisa de júbilo en los labios, le presentó el anillo. Albert le tomó, y dejando el tono severo con qué hacía mucho tiempo que le hablaba, le dijo con paternal ternura: «—¡Dichosa Candy, virgen privilegiada, has conseguido vencer los obstáculos que se oponían a tu ventura! Sabe que el Príncipe, previendo que vendrías, ha dejado en mis manos el depósito de su preciosa sangre. Alégrate, voy a quitar de ti el oprobio y la ignominia. Diciendo esto sacó un frasquito en que llevaba la bienhechora sangre del Príncipe. La vertió en la Concha que también había llevado preparada, saco luego el estuche de oro en que estaba la espina del Árbol de los Perfumes, la mojó en la sangre, tocó con ella el cuello de Candy y la marca desapareció. «—¡Hija mía! ¡hija mía! —dijo abrazándola mientras ella derramaba un torrente de deliciosas lágrimas sin poder pronunciar palabra—, ¡hija mía, yo te felicito! He aquí tu anillo, la prenda de tu desposorio —continuó lavándole en la sangre del Príncipe y poniéndole en su dedo—, recíbele de su mano, yo te lo restituyo, ya nada falta para el cumplimiento de tus deseos. Partiremos al punto para el monte de la Mirra, yo te presentaré a tu Esposo, él te recibirá en sus brazos y pondrá sobre tu frente la corona que su amor te ha destinado y que tú por tu parte has, por fin, sabido merecer».
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FIN DE LA SEGUNDA PARTE
Llegamos al final de la segunda parte de esta historia.
Nos acercamos a la conclusión de esta historia. ¡GRACIAS UNA VEZ MAS POR SEGUIR LEYENDO!
Un agradecimiento especial va para:Leafa Mitsuki, Lizbeth Haruka Brower, Sheryl Lacus Nome, Silandrew, TamyWhiteRose, geomtzr y settale por tener esta historia entre sus favoritas.
Y a todos aquellos que han continuado leyendo de manera anónima: ¡1000 GRACIAS!
