Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
CAPITULO DIECINUEVE
Tras la cena, había baile en el salón. Mientras los invitados estaban comiendo, los sirvientes habían retirado los muebles y se había instalado una orquesta de tres músicos en una esquina del gran salón.
Kiba tendió la mano a Hinata.
— ¿Me concedes el honor de este baile, Hinata?
A Hinata no le apetecía nada bailar. Quería irse a casa. Quería despojarse de aquel maldito vestido y lanzárselo a la cara al sinvergüenza que se lo había regalado.
Forzando una sonrisa, contestó:—Por supuesto. —Tomó la mano de Kiba y bailaron una cuadrilla. Hinata consiguió olvidar momentáneamente el enfado mientras se concentraba en los pasos del intrincado baile. Al acabar de bailar, Kiba se separó de ella para ir a buscarle un ponche.
Los ojos de Hinata inspeccionaron el salón. Una sonrisa iluminó sus labios cuando divisó a Hanabi y a Konohamaru riéndose juntos cerca de la orquesta. Hanabi irradiaba felicidad, y Hinata se alegró sinceramente por ella.
La mirada de Hinata siguió vagando por el salón hasta que se detuvo, por casualidad, en las puertaventanas. La sonrisa se le petrificó cuando vio a Naruto saliendo sigilosamente por la puerta que conducía a los jardines. Segundos después, tras dirigir una rápida y disimulada mirada al salón, Konan se coló por la misma puerta.
—Ahí la tienes —murmuró Hinata en voz baja. Tan enfadada que apenas podía hablar y tan dolida que apenas podía respirar, se abrió paso por el salón hasta el rincón donde se encontraban Hanabi y Konohamaru.
— ¿Konohamaru, sería tan amable de acompañar a Hanabi a casa esta noche? Me siento indispuesta y preferiría retirarme.
Una mirada de preocupación se dibujó inmediatamente en el rostro de Konohamaru.
—Está un poco pálida —le dijo—. ¿Es el estómago? ¿Quiere que le traiga una infusión?
Hinata negó con la cabeza, desesperada por salir de allí cuanto antes.
—No, gracias. De hecho, es la cabeza. —«Mejor dicho, el corazón»—. Ya me prepararé una infusión al llegar a casa. Sólo necesito saber si usted se encargará de que Hanabi llegue a casa sana y salva.
—Te acompaño —dijo Hanabi enseguida, visiblemente preocupada.
Hinata se volvió hacia Hanabi y le cogió las manos.
—Por favor —imploró—, quiero que disfrutes de la fiesta. Pero yo debo irme. —Su voz se convirtió en un angustiado susurro—. Debo irme. —«Ahora. Inmediatamente. Antes de que me ponga a llorar y haga el ridículo.»
—Te acompaño hasta la puerta —dijo Hanabi, tomando a Hinata del brazo. Anduvieron hasta el vestíbulo, donde esperaron a que el lacayo les trajera la calesa.
—Sé lo que te molesta tanto, Hinata. Ya he visto cómo esa insoportable coquetea descaradamente con el señor Uzumakson. Pero eso no significa que él...
—Están fuera, en el jardín, juntos —dijo Hinata con un susurro entrecortado.
—Oh, Hinata. —Hanabi la rodeó con ambos brazos y le dio un fuerte abrazo. Hinata casi sonríe cuando oyó decir a su hermana una palabrota de la cosecha de "A".
—Disfruta de la compañía de Konohamaru —dijo Hinata, separándose de Hanabi—Quiero que mañana me lo cuentes todo con pelos y señales.
El lacayo anunció la llegada de la calesa, y Hinata se dirigió rápidamente hacia la puerta de salida. Se subió al asiento, cogió las riendas y partió como alma que lleva el diablo. No permitió que le cayeran las lágrimas hasta que estuvo lejos de la casa de Konan Smythe.
—¿Dónde está Hinata? —preguntó Naruto a Hanabi casi media hora más tarde.
Había salido a fumarse un puro y casi inmediatamente se encontró en compañía de Konan. Naruto reprimió una palabrota. Aquella mujer no sólo era molesta y aburrida, sino que encima era tenaz. Le recordaba a las mujeres de la ciudad a quienes tanto detestaba. Había tolerado su compañía durante la mayor parte de la velada, pero ya había tenido suficiente. Siguió fumando, ignorando su vacua conversación, y se deshizo de ella con brusquedad, antes de haberse fumado siquiera medio puro.
En cuanto entró en el salón, sus ojos inquisidores buscaron a Hinata, pero no la pudo encontrar. Divisó a Kiba en la otra punta del salón, pero no había ni rastro de Hinata. Finalmente, se acercó a Hanabi, que estaba sola junto a una ventana.
—Me sorprende que se atreva a preguntarme por el paradero de Hinata, señor Uzumakson —contestó Hanabi con voz gélida.
Naruto la miró fijamente, sin poder ocultar su sorpresa ante aquel gélido tono.
—¿Y por qué le extraña tanto?
Hanabi le dirigió una mirada inequívocamente reprobatoria.
—Quizá porque, hasta ahora, llevaba toda la noche ignorándola completamente y parecía encontrarse bastante a gusto haciéndolo.
—Estaba bien acompañada —dijo Naruto con la boca pequeña.
—La ha humillado delante de esa odiosa mujer —dijo Hanabi echando fuego por los ojos—. Hinata sólo le ha dado bondad. ¿Cómo ha podido ser tan cruel con ella?
A Naruto le embargó un intenso sentimiento de culpa. No había sido su intención hacerla sufrir. Sólo había intentado hacer lo que él creía que era mejor para ella. Mantenerse alejado y dejar que otro hombre —un hombre que no la iba a abandonar— se fijara en ella.
—Le aseguro que no era mi intención hacerla sufrir.
—Pero lo ha hecho. Le ha hecho mucho daño.
—Dígame dónde esta. Quiero pedirle disculpas.
—Se ha ido.
Naruto miró a Hanabi fijamente.
— ¿Qué?
—Se ha ido. Supongo que no se dio cuenta de su marcha porque estaba demasiado ocupado en el jardín con la señora Smythe. —Miró a Naruto de arriba abajo con evidente deprecio—. Sinceramente, señor Uzumakson, me ha sorprendido. Hasta esta noche, le tenía por un hombre bueno, considerado, un hombre digno de la admiración de Hinata. Es obvio que estaba equivocada. —Se volvió para alejarse, pero Naruto la retuvo cogiéndola del brazo.
Lo cierto es que le había sorprendido mucho el breve discurso de Hanabi. Al parecer, estaba destinado a recibir duras reprimendas de las hermanas Hyuga. Pero su sorpresa quedó eclipsada por la profunda y dolorosa sensación de pérdida que le invadió inmediatamente. Le molestaba tremendamente que Hanabi le estuviera mirando como si fuera un perro abandonado. Debía de estar realmente enfadada para hacer semejante exhibición de genio.
Y la mera idea de que Hinata estuviera sufriendo por su culpa, de que ya no le tuviera en tan alta estima, le oprimía el pecho y le llenaba de remordimientos. Le dolía muchísimo que cualquiera de aquellas dos mujeres pudiera pensar mal de él, especialmente Hinata.
—No estaba equivocada —contestó él dulcemente—. Le aseguro que tengo a su hermana en la más alta estima y que jamás le haría daño a propósito.
La mirada de Hanabi no se suavizó ni un ápice.
—Entonces, ¿porqué...?
—No lo sé. —Una sonrisa de arrepentimiento apareció en el rostro de él—. Soy un imbécil.
Hanabi lo miró sin parpadear, con expresión implacable.
—No pienso llevarle la contraria —dijo con brutal sinceridad—, pero se lo está explicando a la señorita Hyuga equivocada. —Se liberó de los dedos de Naruto con un ademán brusco—. Ahora, por favor, discúlpeme.
Naruto observó cómo Hanabi se reunía con Konohamaru. La orquesta empezó a tocar una nueva melodía, y los dos se dirigieron hacia la pista de baile. Naruto entró a pasos largos en el vestíbulo y salió del edificio a toda prisa.
La caminata de tres cuartos de hora hasta la casa de los Hyuga ofreció a Naruto la oportunidad que tanto necesitaba para pensar.
Sabía que aquella noche había hecho lo mejor que podía hacer por el bien de Hinata, pero, de todos modos, se sentía como un canalla. Estaba tan hermosa, con el rostro ruborizado e irradiando felicidad, tan increíblemente encantadora con su nuevo vestido. Había deseado tanto tocarla, besarla, cogerla en brazos y llevársela a un lugar íntimo donde pudieran estar los dos solos...
Pero ¿cómo iba a hacerlo yéndose a la mañana siguiente? Era un canalla, pero no tan canalla como para eso.
La idea de su inminente marcha le llenó de una profunda sensación de vacío, y sintió una fuerte opresión en el pecho. Se había encariñado mucho con los Hyuga en aquella breve estancia en su casa. Con todos ellos. Sobre todo con Hinata.
«¡Maldita sea!», pensó. Encariñarse era un eufemismo rayano con el ridículo. La admiraba. La respetaba. Le gustaba tremendamente.
Le importaba. Muchísimo.
Entró en la casa de los Hyuga. Killer B no estaba en la puerta, de modo que Naruto asumió que se había retirado a su alcoba. Buscó a Hinata en la biblioteca y en el despacho, pero los dos estaban vacíos, de modo que supuso que se había acostado. Decidió esperar. Ya hablaría con ella a la mañana siguiente antes de partir. Así tendría toda la noche para pensar en las palabras adecuadas, aunque dudaba que existieran.
Mientras subía las escaleras, se aflojó el cuello de la camisa. Cuando entró en su alcoba, se quitó rápidamente la chaqueta y la dejó caer, junto con la corbata, sobre la butaca que había junto a la chimenea. Estaba desabrochándose la camisa cuando vio la cama por el rabillo del ojo. Sus dedos se detuvieron súbitamente y miró fijamente en aquella dirección.
El vestido que le había regalado a Hinata estaba desparramado sobre la cubierta.
Como si estuviera hipnotizado, se acercó a la cama. El precioso vestido estaba cuidadosamente extendido sobre la cama, con una nota encima del suave tejido. Al lado del vestido, perfectamente apilados, Hinata había dejado la combinación, las medias y los zapatos. Naruto alargó el brazo y cogió la nota.
Señor Uzumakson,
Quiero darle las gracias por este precioso vestido y sus complementos, pero tras reconsiderarlo, opino que sería impropio aceptar un regalo tan elaborado y personal.
Mañana debo ir a un pueblo vecino para visitar a una amiga de la familia que está enferma y pasaré allí la noche. Puesto que sus heridas parecen estar bastante curadas, creo que sería mejor que usted se hubiera ido para cuando yo esté de vuelta pasado mañana.
Cuidarle ha sido un placer para mí y para toda mi familia y estamos muy contentos por su pronta recuperación. Por favor, acepte mis felicitaciones por su buena salud y mis más sinceros deseos de que siga así.
Cordialmente,
Hinata Hyuga
Naruto volvió a leer la nota, mientras su opresión en el pecho iba en aumento hasta que sintió como si un piano le estuviera aplastando los pulmones. Le estaba echando. Le había devuelto su regalo y le pedía que se marchara antes de que ella volviera a casa.
La cabeza le decía que Hinata estaba haciendo lo correcto. Era mejor así. Cuando ella regresara, él se habría marchado. Sin tristes despedidas. Sin tener que admitir sus mentiras. Pero su corazón sabía que no podía marcharse de ese modo. Sin saber lo que iba a decirle, Naruto cogió precipitadamente el vestido y los complementos, salió de la alcoba y cerró la puerta tras él.
Naruto oyó los llantos en cuanto se acercó a la alcoba de Hinata. Llamó suavemente a la puerta, pero, al no obtener respuesta, hizo girar el pomo con delicadeza. La llave no estaba echada. Entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí.
Hinata se hallaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda y con la cara hundida en las manos. Naruto sintió que aquellos sollozos ahogados le destrozaban el corazón.
—Hinata.
Hinata dio un respingo y se volvió, con los ojos anegados en lágrimas y abiertos de par en par. Se secó las lágrimas con dedos temblorosos.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—He venido a devolverte tu regalo...
Ella miró las prendas por un instante, luego se le endureció la mirada y se volvió.
—Ya te he dicho que no puedo aceptarlo —dijo—. Ahora, por favor, vete.
Naruto dejó las prendas sobre una silla.
—Ya lo habías aceptado.
—Sí. Pero eso era antes —dijo ella con voz cortante.
—Sí —ratificó Naruto, colocándose justo detrás de ella—. Eso era antes de que yo me comportara como un imbécil. Antes de que te ignorara. Antes de que te hiciera daño. —Le puso las manos sobre los hombros y la instó a girarse.
Ella primero se resistió, pero él ejerció una suave presión hasta que ella se dio la vuelta. Pero ella seguía mirando al suelo.
—Mírame, Hinata. —Colocándole un dedo en la barbilla, la obligó a levantar la cara. Las lágrimas seguían manando, dejando regueros plateados en sus mejillas color crema. A él se le hizo un nudo en la garganta cuando vio cómo una sola lágrima resbalaba por el rostro de Hinata.
—Me he comportado mal esta noche. Por favor, perdóname. Te prometo que no quería hacerte daño. Jamás querría hacértelo.
Ella respiró hondo y tragó saliva con dificultad.
—No lo entiendo —susurró con voz temblorosa—. ¿Por qué le has tenido que seguir el juego? —Se le escapó un sollozo ahogado—. Me he puesto un vestido adecuado. Me he arreglado el pelo, me he comportado como una dama. Pero seguía sin ser suficientemente buena para ti. ¿Qué tengo de malo?
A Naruto se le escapó un atormentado suspiro y la estrechó entre sus brazos, hundiendo el rostro en el suave cabello de Hinata con olor a rosas.
—Hinata... Hinata —le susurró al oído—. ¡Dios! No tienes nada malo. Eres la mujer más extraordinaria que he conocido. Eres dulce y buena y generosa... —Dio un paso atrás y ahuecó ambas palmas alrededor de sus mejillas, apartándole delicadamente las lágrimas con los pulgares—. Eres un ángel. Lo juro por Dios, un verdadero ángel.
—¿Entonces por qué...?
—Estaba pensando en ti, en tu felicidad. No quería echar a perder tu oportunidad de rehacer tu vida con Inozoka.
—Inuzuka.
—En serio. —Naruto sondeó la mirada de Hinata y se forzó a decir las palabras que sabía iban a hacerle daño—. Los dos sabemos que tendré que irme. Pronto.
«¡Santo Dios! Si supieras lo pronto que me voy a ir!»
—Lo sé —susurró ella.
—No quería echar a perder tu oportunidad de rehacer tu vida con otro hombre. Créeme cuando te digo que he tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano. Quería estar contigo, Hinata. Te lo prometo. Konan Smythe no te llega a la suela del zapato. —Negó repetidamente con la cabeza—. La primera vez en mi vida que actúo con nobleza y lo echo todo a perder.
—¿La...? ¿La has besado?
—No. No tenía el menor deseo de hacerlo. —Sintió un gran alivio cuando vio que parte del dolor desaparecía de los ojos de Hinata.
—A ver si lo he entendido correctamente. Querías estar conmigo, pero has hecho un esfuerzo por comportarte con nobleza alejándote de mí y dejando el campo libre a Kiba porque vas a irte pronto de Halstead y no querías interferir en mi oportunidad de ser feliz con otro hombre. —Lo miró con expresión interrogativa—. ¿Correcto?
—Sí, más o menos, eso viene a resumirlo todo.
Ella sacudió repetidamente la cabeza.
—¡Dios mío! ¡Vaya plan tan enrevesado! ¿Cómo se te ocurrió tramar algo tan ridículo?
—Me pareció una gran idea, al principio —musitó Naruto—. De hecho, podría haber funcionado perfectamente, salvo por un detalle.
—¿Qué detalle?
Él le cogió las manos y se las acercó a los labios, probando el sabor salado de las lágrimas que le impregnaban las yemas.
—Cada vez que él te tocaba, cada vez que te miraba o te hablaba, tenía ganas de estrangularlo, al muy canalla. —Ya lo creo. Poco me ha faltado para cruzar el salón, agarrarlo por su escuálido cuello y hundirlo en la ponchera.
A Hinata se le pusieron los ojos como platos.
—¿En serio?
Naruto asintió con expresión solemne.
—Completamente en serio. —Consciente de que estaba jugando con fuego, pero incapaz de contenerse, besó los dedos de Hinata y pasó suavemente la lengua por su piel con olor a rosas. «Déjalo ya. Dile que te vas mañana. Díselo ahora y sal de su alcoba. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que hagas algo de lo que ambos se arrepientan.»
—Entonces, ¿podrías... podrías plantearte la posibilidad de quedarte?
Él levantó despacio la mirada buscando la de ella. A Hinata le ardían las mejillas, y sus ojos, todavía húmedos, reflejaban una combinación de incertidumbre y esperanza.
—¿Qué?
—Si es eso realmente lo que sientes, entonces no te vayas de Halstead. Puedes buscar trabajo en el pueblo o alguna localidad vecina. Si no encontraras nada, siempre te podría contratar yo para que dieras clases a los chicos y a Hima. —Con labios temblorosos, esbozó una dubitativa sonrisa—. Mis hermanos te han cogido muchísimo cariño, y tía Koharu cree que el sol sale y se pone sólo para ti. Hasta has conseguido ganarte a Pierre, una gran hazaña, te lo puedo asegurar. Todos queremos que te quedes. —Su voz se convirtió en un susurro—. Yo quiero que te quedes.
Naruto la miró fijamente, completamente sin habla. ¿Por qué no había previsto que le pediría aquello? Según él mismo le había explicado, podía trabajar en cualquier sitio. Entonces, ¿por qué no en Halstead? « ¡Dios mío! ¡Hasta qué punto he liado las cosas!» Tenía que decirle inmediatamente que no podía hacer lo que le pedía.
—Hinata yo...
—Me he enamorado de ti, Naruto. Te quiero.
Aquellas palabras, dichas con una inmensa dulzura, calaron muy hondo en Naruto, dejándole sin habla, anulando absolutamente su capacidad para pensar. Completamente. Irrevocablemente. La miró y vio claramente aquellas palabras reflejadas en sus ojos.
Hinata le quería.
Aquel maravilloso, generoso y hermoso ángel le quería. Se sentía como un completo canalla. «¿Qué voy a hacer ahora?»
—Hinata debo decirte...
Ella le puso la yema de un dedo sobre los labios, sin dejarle continuar.
—No te lo he dicho para que te sientas obligado a decirme lo mismo. Te lo he dicho sólo porque ya no podía callármelo más tiempo. Y quería que supieras, que supieras sin ninguna duda en absoluto, que quiero que te quedes. Y que, si te quedas, siempre serás bien recibido en esta casa y formarás parte de nuestra familia.
A Naruto se le hizo un inmenso y pesado nudo en la garganta. Intentó alejarlo de allí, pero estaba firmemente alojado, como un trozo de pan seco. Cerró los ojos e hizo un esfuerzo por controlar la batalla que se estaba librando en su interior entre sus nobles intenciones y sus deseos. Si no se alejaba de ella rápidamente, sabía quién saldría victorioso. Pero le resultaba imposible pensar con el eco de las palabras de Hinata resonando en su interior. «Me he enamorado de ti. Te quiero, Naruto. Te quiero, Naruto.»
Él no merecía su amor. «¡Dios mío! ¡Si ni tan siquiera sabe quién soy!» Ella se había enamorado de Naruto Uzumakson, tutor. Le rechazaría si supiera que le había estado mintiendo todo el tiempo, que en el fondo era un noble de vida disoluta, con una larga lista de amantes, una excusa superficial como familia y un asesino pisándole los talones. Sólo de pensar en que ella pudiera mirarle con desprecio, esfumándose el amor y la confianza de su mirada y dando paso al rechazo, Naruto sentía un dolor desgarrador, como si estuvieran partiéndole en dos.
Tenía que hacer lo que era mejor para ella. Por mucho que le costara. Naruto soltó un suspiro y apoyó decididamente las manos en los hombros de Hinata. Mirándola directamente a los ojos, rezó para que ella percibiera la profundidad de su tristeza.
—Hinata, no tengo nada que ofrecerte. No puedo darte todo lo que te mereces, lo que querría darte, como querría dártelo. No puedo.
Aquellas palabras apagaron el tenue brillo de la esperanza en los ojos de Hinata, extinguiendo sus tiernos anhelos, instaurando el vacío donde había latido el deseo hacía sólo un momento. A Naruto el sufrimiento que traslucía aquella mirada se le clavó en las entrañas como una fría puñalada.
Zafándose de él, Hinata se acercó a la ventana y miró fijamente la negra noche con la mirada perdida. Él se quedó mirándole fijamente la espalda y tuvo que hacer de tripas corazón para no lanzarse sobre ella, estrecharla entre sus brazos. Hacerla suya.
Cuando por fin Hinata se dio la vuelta y se encaró a Naruto, tenía los dedos de ambas manos fuertemente entrelazados y la mirada clavada en el suelo.
—Lo entiendo. Disculpa mi desmesurado atrevimiento. Es obvio que no deseas... —Su voz se fue desvaneciendo y cerró fuertemente los ojos.
La visión de Hinata, destrozada y humillada, destruyó a Naruto, haciéndole añicos por dentro. Cruzó el espacio que los separaba con dos largas zancadas y la agarró por los hombros.
—¿Qué no deseo? ¿Que no te deseo...? —Respiró entrecortadamente y se le escapó una risa llena de amargura—. ¡Por el amor de Dios, Hinata! Te deseo tan terriblemente que estoy temblando. Te deseo tanto que no puedo dormir por las noches. Sufro por ti constantemente.
Le cogió la mano y se la restregó lentamente por la entrepierna de los pantalones, presionando la palma de Hinata contra la dura prominencia de carne palpitante.
—Así es como te deseo. Pienses lo que pienses, no se te ocurra decirme que no te deseo.
Hinata se quedó helada, sintiendo cómo la turgente virilidad de Naruto palpitaba en su palma. Las emociones la bombardeaban por todos los flancos, como un barco vapuleado por la furia de un huracán. Él la deseaba. No del mismo modo en que ella lo deseaba a él, pero la prueba de su deseo era real e inconfundible, literalmente palpable. Y demasiado irresistible.
La cabeza de Hinata se rebeló contra el deseo de su cuerpo, gritándole que era demasiado arriesgado, que tenía demasiado que perder. Su reputación, el respeto de su familia. ¿Y si se quedaba embarazada?
Pero no podía acallar a su corazón. Ya tenía veintiséis años. Y durante toda su vida había sido muchas cosas: hermana, amiga, enfermera, cuidadora. Pero nunca había sido, sencillamente, mujer.
Hinata miró aquellos hermosos ojos, atormentados por la pasión contenida, aquella mirada tan intensa que transmitía una necesidad que ella jamás había soñado con provocar en un hombre. No podía seguir esquivándolo, huyendo de aquella ardiente promesa sensual que manaba de todos y cada uno de sus poros, del mismo modo que no podía arrancar la luna del cielo.
Quería experimentar la pasión, y no quería hacerlo en las manos de ningún otro hombre más que él.
Naruto estudió el rostro ruborizado de Hinata y casi se cae de rodillas al comprender lo que le estaban diciendo sus ojos. Bastó con una sola mirada para sellar su destino.
Un impulso irrefrenable se apoderó de él y entregó su conciencia al mismísimo diablo. La atrajo fuertemente hacia sí y tomó su boca, abriendo con la lengua la entrada a aquella cálida gruta. Temió que su intensidad la asustara, pero ella le devolvió el beso con la misma pasión, enredando los dedos en su pelo y poniéndose de puntillas para apretarse más contra él. Cada parte de ella se adaptaba perfectamente al cuerpo de él, todos sus picos y valles encajados en su cuerpo como si los dioses los hubieran tallado expresamente el uno para el otro. Él la rodeó fuertemente con ambos brazos, pero parecía no tenerla lo bastante cerca. Deseaba absorberla literalmente, metérsela en la piel. En el alma.
Los labios de Naruto dejaron un ardiente rastro en el fino cuello de Hinata, mientras él se dejaba embargar por su embriagador perfume a rosas y sus gemidos entrecortados. Cuando los labios de Naruto llegaron al escote del camisón, él levantó la cabeza.
Mirándola a los ojos, Naruto le desabrochó lentamente los botones del camisón hasta la cintura, con dedos temblorosos pero decididos.
Cuando hubo acabado, separó el tejido hacia ambos lados, lo deslizó sobre los hombros de Hinata y luego se lo bajó por los brazos. Soltó el camisón y éste cayó sobre los tobillos de Hinata hecho un remolino.
Bajó la mirada y se quedó sin respiración. Ella era increíble. Absolutamente perfecta.
Sus enhiestos senos apuntaban a Naruto con orgullo, sus crestas de color coral endureciéndose bajo su ardiente mirada masculina. Su estrecha cintura daba paso a unas voluptuosas caderas que desembocaban en dos largas y esbeltas piernas. La visión del triángulo de rizos oscuros en el vértice de los muslos amenazó con eliminar el poco control que Naruto creía que poseía todavía. Cogiéndole las manos, entrelazó sus dedos con los de ella.
—Eres hermosa, Hinata. Increíblemente hermosa.
Naruto sentía como si le fuera a estallar el corazón. Le bombardeaban emociones completamente desconocidas, atacándole por todos los flancos. Ella estaba allí delante, orgullosa, pero sus ojos abiertos de par en par y el rápido ascenso y descenso de su pecho delataban su nerviosismo.
Desentrelazando los dedos, Naruto deslizó las manos sobre los brazos de Hinata describiendo un movimiento ascendente, y luego le acarició la espalda. Bajó la cabeza y la besó, muy lentamente y con una gran ternura, para ayudarle a relajarse. Siguió el contorno de sus labios con la lengua, saboreándola, tentándola hasta que ella fundió su boca con la de él y le rodeó el cuello con ambos brazos.
Él la sedujo poco a poco, con la boca y con las manos, intentando hacer de aquella experiencia todo cuanto ella deseaba, cuanto ella merecía. Los ángeles merecen el cielo, y aunque sólo fuera por aquella única y maravillosa noche, Naruto estaba decidido a dárselo o a morir en el intento.
Naruto se colocó detrás de ella y le deslizó ambas manos por la espalda hacia arriba y hacia abajo, desde los hombros hasta las nalgas, acariciando con los dedos la suavidad de su piel. Ella se retorcía de placer, restregándose contra el cuerpo de Naruto, la respiración, irregular, los suspiros, entrecortados. Aquéllos eran los sonidos más eróticos que Naruto había oído nunca.
Cuando le acarició con las palmas los lados de los senos, él supo que había tocado la tecla adecuada cuando ella respiró brusca y profundamente. Inclinándose hacia delante para verla mejor, deslizó los pulgares suavemente sobre los pezones de Hinata. Ella le recompensó con un gemido de placer.
Llenándose las manos con la turgencia de aquella carne tan sensible, él la siguió atormentando con los dedos, y luego bajó la cabeza y le rozó levemente los erectos pezones con la lengua. Ella emitió un largo y hondo suspiro, enredó los dedos en el pelo de Naruto, tiró de su cabeza y la atrajo hacia sus senos.
El se dejó guiar por Hinata, se colocó delante de ella y le lamió el pezón, acariciándoselo suavemente con la lengua, luego se introdujo el palpitante ápice en la boca y succionó. Los labios de Naruto se movían frenéticamente hacia dentro y hacia fuera, alternando entre ambos senos, hasta que los quejidos de Hinata se fusionaron en un largo y efusivo gemido de placer.
Naruto deslizó una mano hacia abajo y enredó los dedos en los suaves rizos que cubrían las partes íntimas de Hinata.
—Separa las piernas para mí, Hinata.
Ella obedeció y él acarició su humedad, separando los protuberantes pliegues de carne femenina. Una carne que sólo él había tocado, una carne que ya estaba caliente y húmeda. Para él. Una oleada de posesividad se adueñó súbitamente de Naruto. Aquella mujer era suya. Sólo suya. Deslizó suavemente un dedo dentro de ella, gimiendo de placer cuando sus aterciopeladas paredes se contrajeron en torno a él.
Hinata cerró los ojos y se aferró a los hombros de Naruto mientras susurraba su nombre.
La visión de su rostro ruborizado, sus labios húmedos y enrojecidos por los besos, y aquella palpitante presión en su dedo hicieron que Naruto perdiera el control por completo. Quería, necesitaba sentir las manos de Hinata sobre su cuerpo. Por todo su cuerpo. Deseaba sentirlas sobre su piel. Se despojó rápidamente de sus ropas y se quedó de pie, inmóvil ante ella, dejando que los ojos de Hinata captaran todos los detalles, dándole tiempo para que observara su virilidad. Hinata lo miró de arriba abajo con pasión y él apretó los dientes, ansiando su tacto, pero dejándole que se tomara el tiempo que necesitaba... hasta que no podía aguantar ni un segundo más.
—Tócame, Hinata.
En los ojos de Hinata parpadeaba el reflejo de la duda.
—No sé cómo hacerlo.
—Sólo... tócame. Quiero que percibas con tu tacto lo mucho que te deseo. —Tendió el brazo y guió las manos de Hinata hasta su pecho.
Ella extendió los dedos bajo los de él.
—Te late muy fuerte el corazón —susurró—. Y te arde la piel.
Él deslizó las manos de Hinata hacia los costados de su cuerpo.
—No tengas miedo.
Ella deslizó las palmas por el torso de Naruto, primero con inseguridad, luego con mayor atrevimiento, acariciándole también los hombros y la espalda. Los músculos de Naruto se tensaban y contraían bajo las caricias, delicadas e inexpertas, de Hinata, volviéndole loco. Cuando ella empezó a descender, acariciándole el vientre, él no pudo contener un gemido.
Ella se detuvo en seco.
—¿Te he hecho daño?
«¡Me estás matando!»
—No, mi ángel. No pares.
Visiblemente envalentonada por la respuesta, Hinata deslizó las manos por el cuerpo de Naruto una y otra vez. El soportó aquella dulce tortura, consciente de que el entusiasmo y la admiración ante aquel sensual descubrimiento que se reflejaba en los ojos de Hinata compensaba con creces cualquier tormento. Cuando ella se inclinó hacia delante y apretó sus labios contra el pecho de Naruto, éste respiró hondo y apretó los puños.
—¿Te gusta?
—¡Dios! ¡Sí!
Una maliciosa sonrisa femenina arqueó los labios de Hinata. Besó el tórax de Naruto lentamente, encendiéndole la piel hasta el punto de que parecía que un infierno ardiera en su interior. Cuando le rozó el pezón con la lengua, él no pudo soportar más aquel delicioso tormento.
Cogiéndola en brazos, la llevó hasta el lecho y la tumbó delicadamente sobre la colcha. Estaba a punto de estirarse a su lado, cuando se detuvo, completamente paralizado ante la expresión que vio en el rostro de Hinata. La mirada de Hinata traslucía una mezcla de sensualidad, curiosidad y poder femenino recientemente descubierto. Hinata se arrodilló y miró fascinada su enhiesta virilidad.
Todavía de rodillas, se desplazó hasta el borde de la cama con los ojos clavados en aquella parte de la anatomía de Naruto que parecía a punto de explotar.
Excitado más allá de lo soportable, Naruto le cogió la mano y la guió hacia su prominente miembro.
—Tócame, Hinata. No tengas miedo.
Dubitativa y tan hermosa que a él se le antojaba increíble, le tocó suavemente la punta del miembro con el índice. El gemido de Naruto retumbó en el silencio de la habitación. Nunca una caricia íntima le había hecho alcanzar tan doloroso placer. Moriría si ella continuaba. Moriría si se detenía.
—Tócame otra vez —le suplicó con voz ronca—. No pares, por favor.
Ella deslizó los dedos a lo largo de la tensa virilidad de Naruto y él tuvo que apretar los dientes ante aquella maravillosa sensación. Cuando Hinata rodeó su erección con los dedos y presionó suavemente, a él casi se le detuvo el corazón. Hinata deslizó la mano a lo largo del miembro varias veces más hasta que Naruto le cogió la muñeca. Si ella no paraba, Naruto corría el riesgo de derramar el elixir de su pasión sobre la palma. Y no era eso lo que deseaba. No era lo que ninguno de los dos deseaba. Naruto ya no podía aguantar mucho más.
Empujándola suavemente hacia atrás, se tendió sobre ella, mirando sus luminosos ojos.
—Probablemente esto te dolerá...
—Tú nunca podrías hacerme daño, Naruto.
—Inclinándose sobre ella, la besó en la boca, y el imperioso deseo eliminó toda posibilidad de conversación. Abriéndose paso entre sus muslos, Naruto la penetró suavemente, muy poco a poco, hasta que topó con una barrera... Intentó franquearla con delicadeza, pero fue inútil. Sólo tenía dos opciones: retirarse o embestir.
La cogió por las caderas.
—No quiero hacerte daño —le dijo apretando los dientes.
—No me importa —contestó ella entre jadeos. Empujó hacia arriba en el mismo momento en que él se hundía profundamente entre sus piernas, y juntos rasgaron la fina barrera que separaba a la niña de la mujer.
Naruto apoyó la frente en la de Hinata y se quedó completamente inmóvil. O todo lo inmóvil que le permitían su respiración agitada y su palpitante corazón. ¡Dios! Estaba tan húmeda y se contrajo con tal fuerza alrededor del miembro de Naruto... Como una mano que lo estrujase enfundada en un guante de terciopelo.
Gotitas de sudor salpicaron la frente de Naruto mientras se esforzaba por permanecer inmóvil para dejar que ella se fuera acostumbrando a la sensación de tenerlo dentro.
—¿Estás bien, Hinata? —dijo con un ronco susurro.
—Nunca he estado mejor. ¿Hay más o esto ha sido todo?
Naruto levantó la cabeza y la miró a los ojos. No pudo evitar sonreír.
—Hay más.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y se retorció bajo su cuerpo.
—Enséñamelo. No te olvides de nada.
Dejando de lado cualquier duda, él empezó a moverse lentamente dentro de ella, retirándose casi por completo, sólo para volverse a hundir completamente en sus profundidades otra vez. La mirada de Naruto estaba clavada en la de ella, hipnotizado por el juego de emociones que reflejaba su expresivo rostro. Aceleró el ritmo de las embestidas, temblándole los brazos bajo su peso, decidido a darle a ella placer antes de encontrar el suyo.
Naruto observó cómo la tensión iba creciendo dentro de ella. Hinata se aferró a sus hombros, buscando sus embestidas, con la respiración entrecortada. Cuando alcanzó el clímax, arqueó la espalda, tiró la cabeza hacia atrás e hincó las uñas en la piel de Naruto.
—Naruto. Oh, Dios... Naruto...
Gritó su nombre una y otra vez. Naruto observó cómo Hinata se dejaba llevar por el placer, devorando con ojos y orejas aquella respuesta tan desinhibida. Las contracciones de Hinata estrujaron el miembro de Naruto, llevándole al límite. Volviendo a embestir, derramó su semilla dentro de ella, entregándole un trozo de sí mismo, un trozo de su alma.
Cuando, al final, remitieron los espasmos, Naruto la rodeó con ambos brazos y los dos se tumbaron sobre el costado, todavía unidos íntimamente. Él hundió la cabeza en los despeinados cabellos de Hinata y respiró profundamente, llenándose los sentidos de aquel dulce perfume a rosas y del olor a almizcle de sus sexos.
Ella se acurrucó contra el cuerpo de Naruto y le dio un tierno beso en el cuello.
Al notar el beso, Naruto buscó la mirada de Hinata. Los ojos le brillaban con una cálida languidez. Tenía el aspecto de una mujer a la que acaban de hacer bien el amor.
—¿Te ha dolido? —le susurró él al oído.
—Sólo durante un momento. Luego, ha sido... —Su voz se desvaneció en un suspiro de éxtasis.
Él le acarició el puente de la nariz con un dedo.
—¿Cómo ha sido?
—Indescriptible. Increíble. —Un brillo malicioso iluminó sus ojos—. ¿Acaso estás esperando algún tipo de elogio, Naruto?
Él soltó una risita y negó con la cabeza.
—No. Ya sé lo maravilloso que ha sido. Yo también estaba ahí, contigo.
—Sí, lo estabas. —Luego arrugó la frente y añadió—: No es que pretenda meterme donde no me llaman, pero supongo que no es la primera vez que haces... esto, ¿verdad?
Naruto reaccionó con recelo. Lo que menos le apetecía en aquel momento era hablar con Hinata sobre su disoluto pasado.
— ¿Por qué lo quieres saber?
—Me estaba preguntando si siempre es tan maravilloso, tan mágico. Puesto que es la primera vez que hago algo semejante y no tengo con qué compararlo, esperaba que tú me lo aclararas.
Naruto pensó brevemente en sus experiencias pasadas, la larga lista de mujeres hermosas con quienes había compartido lecho. No recordaba los nombres de la mitad de ellas, y en aquel momento no conseguía evocar el rostro de ninguna. Todas eran como él, aristócratas egoístas en busca de placer cuya única meta era la gratificación sexual.
—No, Hinata. No siempre es tan maravilloso ni tan mágico. Hasta hoy, nunca lo había sido para mí.
—Entonces ya habías hecho antes el amor—dijo ella con la boca pequeña—. Sabía que debías de haberlo hecho. Me has desnudado con una facilidad indicativa de una gran experiencia.
Naruto sintió una fuerte opresión en el pecho. Comparar lo que acababa de compartir con Hinata con las experiencias sexuales que había tenido con las mujeres que la habían precedido le resultaba repugnante. No había comparación posible, y él sabía por qué. Más allá de la mera atracción física, nunca habían desempeñado ningún papel las emociones, ni por su parte ni por la de sus compañeras de cama.
—No, Hinata. Ahí te equivocas. Sí, me he acostado con otras mujeres, pero nunca he hecho el amor con ninguna de ellas. —Ahuecó ambas manos alrededor de su rostro y le acarició el carnoso labio inferior con los pulgares—. Nunca había hecho el amor. Hasta hoy. Hasta ti. —Su voz denotaba un gran asombro, como si él mismo no se acabara de creer sus propias palabras. Pero eran ciertas.
Una trémula sonrisa curvó los labios de Hinata.
—Amor... Eso es lo que siento por ti, Naruto.
Él cerró los ojos y tragó saliva.
—Lo sé.
—Hazme otra vez el amor.
Naruto abrió los ojos de par en par y la miró fijamente.
—¿Otra vez? ¿Ahora? —Pero, aunque él lo creía imposible, su virilidad volvía a estar a tono.
Una chispa de malicia brilló en los ojos de Hinata.
—¿Se te ocurre un momento mejor? Tengo mucho que aprender. —Luego frunció los labios—. Creía que lo tuyo era la enseñanza. Tal vez necesite otro profesor.
La imagen de otro hombre compartiendo lecho con Hinata, de Hinata estirada bajo otro cuerpo, mirándolo con amor, riéndose y bromeando con otro hombre llenó a Naruto de unos celos tan intensos que estuvo a punto de ahogarse en ellos. Era suya, ¡maldita sea! Era su ángel. Su parte racional le decía que no tenía ningún derecho a sentir aquello, pero no podía evitar sentirlo. Era como si pudiera matar a cualquier hombre que osara ponerle las manos encima.
Incapaz de reconciliar aquellas emociones contradictorias, la besó casi violentamente en la boca.
—No, no necesitas ningún otro profesor—refunfuñó. Enfadado consigo mismo e irrazonablemente enfadado con ella por hacerle sentir tan inquieto e inseguro de sí mismo, la empujó para estirarla boca arriba y la penetró de una sola y fuerte embestida.
— ¡Naruto!
— ¡Oh, lo siento! —«¿Qué diablos me pasa?», pensó. Acababa de penetrarla con la falta de delicadeza propia de un escolar sobreexcitado en su primer encuentro sexual. Había estado a punto de partirla en dos—. ¿Te he hecho daño?
Una lenta sonrisa iluminó el rostro de Hinata.
— ¿Te has dado cuenta de que no paramos de preguntarnos el uno al otro si nos hemos hecho daño?
Naruto se relajó y la arruga que se había formado en su frente se suavizó.
—Sí, me he dado cuenta, pero supongo que es bastante normal entre nuevos amantes, sobre todo teniendo en cuenta que uno de ellos es virgen.
—Era virgen —le corrigió ella con una sonrisa maliciosa. Súbitamente, adoptó una expresión de fingida seriedad—. Supongo que no debería estar demasiado satisfecha de ello. Probablemente debería estar avergonzada y consternada por mi escandaloso comportamiento y debería echarte a patadas de mi lecho. Por lo visto, vuelvo a merecerme el sermón que me soltaste sobre mi falta de decencia.
—¿Ah, sí? —Naruto se retiró casi por completo y volvió a embestir, hundiéndose en la sedosa y acogedora calidez de Hinata— No sé cómo se me ocurrió semejante tontería.
—Oooh... —gimió ella—. Afortunadamente no estoy nada avergonzada y no tengo la menor intención de echarte a patadas de mi cama.
—¡Menos mal! —Naruto volvió a retirarse y luego embistió hasta el fondo.
—Me ha gustado bastante lo que has dicho antes —susurró ella mientras se movía debajo de él.
Naruto volvió a retirarse y a penetrarla.
—¿Qué he dicho?
—Has dicho que éramos amantes. Me gusta cómo suena eso.
Naruto se retiró y la penetró de nuevo.
— ¿Y cómo se siente esto?
Él se inclinó hacia delante y se introdujo en la boca el pezón de Hinata, contraído por la excitación, provocándole un largo gemido de placer. Empezó a succionar, primero con delicadeza, incrementando luego la presión y deteniéndose justo antes de que a ella le resultara doloroso. Hinata se agitaba violentamente bajo el cuerpo de Naruto, levantando las caderas para buscar el encuentro con él en cada embestida.
—Rodéame la cintura con las piernas —le instruyó él con la respiración entrecortada.
Ella obedeció sin dudarlo, abriéndose todavía más para él. Él se balanceó sobre ella, aumentando la duración y la profundidad de las embestidas hasta que ella empezó a gritar su nombre sofocadamente.
Naruto volvió a penetrar la acogedora calidez de Hinata, incapaz de controlarse por más tiempo. Una fuerza inexplicable se había apoderado de él. Por completo. Su cuerpo se movía involuntariamente, entrando y saliendo de ella, cada vez más deprisa, cada vez con más intensidad. El sudor le salpicaba la frente y le cubría la espalda, resbalándole por la piel. Cuando sintió que las aterciopeladas paredes de Hinata se contraían a su alrededor, perdió el control por completo. Embistió una y otra vez, cegado por la pasión, dominado por un torrente de sensaciones. Cuando alcanzó el clímax, sus espasmos fueron increíblemente fuertes. Y la penetró por última vez, con ímpetu salvaje.
Cuando por fin cesaron los espasmos, Naruto se desplomó sobre ella, incapaz de moverse, apenas capaz de respirar. Sabía que probablemente la estaba aplastando, pero no podía mover ni un músculo.
Hinata lo rodeó con los brazos, acariciando su resbaladiza espalda, empapada de sudor, y se apretó contra su pecho.
—Quiero hacer otra vez el amor —le susurró al oído al cabo de varios minutos.
Si Naruto hubiera sido capaz de reír, lo habría hecho. «¡Por Dios! ¡Esta mujer me va a matar! Pero vaya forma tan maravillosa de morir.»
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Continuará...
