Una vez se hubo recuperado un poco, además de vaciarse con al menos un litro de lágrimas derramadas, Stiles pudo quedarse de nuevo a solas con Derek, contando los minutos hasta que despertara.

Pero la espera fue mucho más breve de lo que esperaba. O, al menos, no fue tan tediosa de lo que habría imaginado. Porque en seguida recibió otra visita.

Y en este caso, si bien siempre era agradable charlar y recibir el cariño de Scott, Stiles se alegraba muchísimo de que hubiera llegado su última visita.

Su padre entró por la clínica llamándole a voz en grito.

Y aunque dudaba mucho que Derek pudiera despertarse ahora a causa del escándalo, incluso contando con el inconveniente del supero oído, tampoco quería ver a su padre al lado de su novio casi moribundo… Porque el hecho de que todos supieran que iba a ponerse bien, no quitaba que a simple vista pareciera que Derek Hale estaba más muerto que vivo, de lo pálida que tenía la piel.

Así que Stiles salió del quirófano y entró en la recepción de la clínica… para ser asaltado por dos brazos enormes que le apretaron con fuerza. Y Stiles debía estar mucho más cansado de lo que creía, porque tenía la sensación de que su padre iba a romperle las costillas si seguía apretando así. Y en teoría, ahora que era un hombre lobo con super fuerza y todo eso, eso ya no debía ser un problema.

Pero en el fondo nada de eso importaba.

Lo único que importaba era que tenía a su padre a su lado. Que le estaba dando uno de esos abrazos marca registrada Stilinski, y que no hacía más que repetirle que le quería y que había estado muerto de miedo.

Stiles tragó como pudo el nudo que tenía en la garganta, y se pegó al pecho del hombre. Inspiró con fuerza, llenándose del aroma único de su padre, y sintiéndose por primera vez como en casa. Porque tenía a su padre al lado, con esa mezcla de aftersave, pólvora y… espera un segundo, ¿eso que olía era whiskey?... luego tendría una larga charla con él.

Pero ahora daba lo mismo. Porque era su padre quien estaba allí con él. Y aquello era todo lo que necesitaba para sentirse a salvo y en casa. Por fin.

Mientras el Sheriff no dejaba de repetir su nombre, Stiles sintió que se le escapaban las lágrimas al pensar que estuvo a punto de dejarle atrás. Que estuvo a punto de abandonarle, convencido de que aquella sería la única manera de evitar que murieran cientos de inocentes.

Cuando tomó aquella decisión… Cuando acababa de darse cuenta de que estaba atrapado y que ya nada dependía de él, pensó que podría hacerlo. Que si aquello implicaba que se convertiría en el jodido héroe de la historia (también el mártir, de acuerdo, pero al menos era el bueno de la historia), podría hacerlo. Podría decir adiós a su antigua vida, a sus amigos, a sus sueños, y a su padre…

Pero estaba claro que no habría podido. Que sólo habría sido cuestión de tiempo hasta que se hubiera vuelto loco de pena, sabiendo que dejaba atrás a un padre que nunca llegaría a saber qué habría sido de él, o si incluso seguiría vivo.

- Lo siento – se encontró diciendo Stiles, pegando su cara empapada a la camisa del uniforme de su padre – Nunca quise que sufrieras… Pensé que hacía lo correcto.

El Sheriff acarició la espalda de su hijo, como había hecho millones de veces en el pasado, y le dejó llorar sin decir nada. Porque lo cierto era que no tenía ni idea de qué estaba hablando. ¿Por qué demonios pedía perdón? ¿Por haber sido secuestrado? ¿Y qué leches significaba que creía estar haciendo lo correcto? ¿Desde cuando ser secuestrado era hacer lo correcto?

Supuso que todo se debía al estrés post traumático después de todo lo ocurrido, así que se limitó a dejar que su hijo terminara de desahogarse.

Finalmente, fue Stiles quien decidió que ya estaba bien de tanta llorera. Más que nada porque, como siguiera a ese ritmo, acabaría deshidratándose al no quedarle más agua en el cuerpo.

Se separó del cuerpo cálido de su padre, y le sonrió. Por una parte para terminar de tranquilizarle, asegurándole que estaba bien; y por otra parte porque sentaba condenadamente bien hacerlo, ahora que por fin todo había acabado.

- No sabes cuánto me alegro de verte – susurró Stiles, luchando por frenar el nuevo ataque de lágrimas.

- Parece que estás bien – le inspeccionó la cara en busca de algún golpe – Un poco pálido pero… ¿Te hicieron daño?

- No – respondió en el acto. Y no dejaba de ser la verdad. Al menos en cuanto a daño físico se refería – Estoy bien. Te lo prometo.

- ¿Por qué demonios no has ido al hospital? – preguntó con más asombro que acusación – O a la comisaría, donde tenía a todo el mundo buscándote como un loco…

- Lo siento.

- Cuando me mandaste el mensaje no podía creer que estuvieras aquí. ¿El veterinario? – entornó los ojos hasta casi dejarlos cerrados. Un gesto característico que hacía siempre que era incapaz de entender algo, por mucho que lo intentara.

- No es un simple veterinario – dijo con vergüenza, consciente de lo absurdo que sonaba – Y era el único sitio donde podíamos traer a Derek.

Apenas pronunció el nombre del Alfa, Stiles supo que era demasiado pronto.

Porque la cara del Sheriff cambió, literalmente. Y de mostrar preocupación barra alivio por tener a su hijo al lado; pasó a reflejar genuino odio hacia el dueño de ese nombre.

- ¿Está aquí? – preguntó… O mejor dicho, acusó - ¿Ese mal nacido está aquí? – dijo al tiempo que miraba a todas partes, convencido de que iba a aparecer por arte de magia.

- Sí, está aquí – cerró los ojos, poniendo esa cara de pavor cuando sabía que su padre iba a estallar – Y por favor. No le llames así, ¿vale? No le conoces.

- Le conozco lo suficiente como para saber que le ordené que no se acercara a ti.

- Espera, ¿qué? ¿Le ordenaste? – hizo un aspaviento con los brazos - ¿Por qué demonios ibas a ordenarle algo así? – susurró, asombrado - ¿Tengo que recordarte que estamos juntos?

- No, jovencito. Eso se acabó – dijo en su voz cien por cien Padre de familia.

- ¡Qué! – al segundo Deaton, Scott y Isaac, que habían estado fuera de la clínica para darles un poco de privacidad, entraron casi corriendo al oír los gritos. Pero Stiles no se amilanó por la presencia de curiosos - ¡Y quÉ es eso de jovencito! ¿No te das cuenta de lo ridículo que suena?

- Suena justo como lo que eres. Como un adolescente de 17 años que sigue viviendo en mi casa y bajo mis reglas… Y te prohíbo que te acerques a ese hombre que no ha hecho más que meterte en problemas desde que llegó aquí.

- Papá, no sabes lo que dices – dijo sin gritar esta vez, apesadumbrado por la imagen que su padre seguía teniendo de Derek – Derek no ha hecho otra cosa que ayudarme desde que vino… Si no fuera por él, ahora ni siquiera estaría aquí.

- Señor Stilinski – intervino entonces Deaton, con su característica calma y voz de profesor sabelotodo – Estoy seguro de que tiene muchas cosas que tratar con su hijo. Pero les recomendaría que intentaran buscar otro sitio un poco más cómodo y privado – dirigió la vista hacia la puerta que daba acceso al quirófano, y por la que en ese momento ya estaban entrando Scott y Isaac - Puesto que tengo un paciente, y los gritos no son lo mejor para ayudarle a terminar de recuperarse.

Padre e hijo reaccionaron igual ante la bronca de Deaton: se quedaron callados de golpe, incluso bajando levemente la cabeza, para luego dirigirse hacia la puerta que el veterinario acababa de señalar. Aunque, en ese caso, los motivos eran totalmente distintos. Y mientras que Stiles lo hizo para asegurarse de que Derek no se había despertado por los gritos, su padre lo hizo deseando tener unas cuantas palabras con él… Y si venían acompañadas de las esposas, pues mejor que mejor.

Stiles fue el primero en entrar. Encontró a Derek durmiendo, con Isaac a su lado, quien le estaba calmando el dolor, eliminándolo de su cuerpo por medio del contacto de su mano sobre la herida del costado.

Justo cuando las líneas negras de las venas habían desaparecido, John Stilinsli cruzó la puerta. Y se quedó parado en el sitio.

Lo primero que le sorprendió fue ver a Derek Hale tumbado en una mesa de operaciones que, si no se equivocaba, juraría que servía para operar a animales y no a personas. Pero sobre todo le sorprendió lo pálido que estaba el hombre, así como el modo en que los tres chicos que había a su lado le miraban. Y pese a que sabía que su hijo estaba colado por el hombre (el que no le gustara la idea no significaba que no supiera que los sentimientos de sus hijos eran verdaderos e intensos), le extrañó ver la casi adoración con la que le observaban los otros dos adolescentes. Como si el que estuviera allí tumbado no fuera un completo desconocido del que no sabían nada hacía dos años; sino alguien mucho más cercano. Como si fuera alguien de la familia, casi un padre, al que no soportaban ver tan indefenso.

Y por si todo aquello no fuera ya suficientemente extraño, tuvo lugar entonces la conversación más bizarra que había oído en toda su vida:

- Vete con tu padre – le dijo Isaac a Stiles – Nosotros cuidaremos de él.

- Estás loco si piensas que voy a dejarle aquí.

- No estará solo – intervino Scott – Sabes que no vamos a movernos de su lado.

Stiles pareció dudar, y se centró en el hombre que seguía durmiendo.

- No quiero que cuando despierte no me vea y…

- No te preocupes – su amigo colocó una mano sobre el hombro de Stiles – En cuanto despierte te llamaremos – miró al Sheriff antes de continuar – Y sabes tan bien como yo, que ahora lo más importante es que hables con tu padre… Que tengas esa conversación pendiente. ¿Recuerdas?

El chico miró a Scott con los ojos abiertos de par en par.

¿En serio le estaba diciendo lo que creía que le estaba diciendo?

Las dudas desaparecieron cuando Scott se limitó a asentir con una leve sonrisa, tras lo que se colocó junto a Isaac, dispuestos a montar guardia y velar por el descanso de su Alfa.

Finalmente, Stiles tuvo que reconocer que tenían razón. En todo. Que quedarse allí no iba a hacer que Derek despertara antes. Más bien conseguiría todo lo contrario, pues sólo lograría que el tiempo transcurriera más despacio. Y por otro lado, podía muy bien aprovechar ese tiempo para hablar largo y tendido con su padre sobre lo mucho que habían cambiado las cosas en los últimos años.

Una conversación que iba a ser la más complicada de toda su vida, y que no era plan de tener en un veterinario.

- En cuanto despierte o cambie su…

- Por supuesto – le interrumpió Scott – Ahora vete de una vez y, si puedes, intenta descansar un poco.

Stiles asintió, soltando un suspiro ahogado, antes de mirar una última vez a Derek. Tenía ganas de despedirse de él con un beso pero, visto que su padre estaba allí y que no era el fan número uno de Derek, no era la mejor de las ideas.

Así que se limitó a despedirse con la mano y salir del quirófano, con un estupefacto Sheriff detrás.

- ¿Qué demonios ha sido todo eso?

- ¿El qué? – preguntó Stiles, dirigiéndose ya al coche patrulla que había aparcado en la entrada de la clínica.

- ¿El qué? Todo – hizo un aspaviento exactamente igual al que siempre hacía su hijo, pero que en su caso no parecía tan ridículo – El "nosotros cuidaremos de él". El quedarse a su lado, montando guardia como si fuera una especie de mártir, o de héroe resucitado… ¿Por qué demonios os comportáis así con él? Con alguien que desde que llegó sólo os ha metido en problemas, y al que parece que le persiguen los cadáveres.

Stiles frenó en seco cuando llegó junto al coche. Miró a su padre con rabia, pero se obligó a mantener la calma.

Porque aquel no era el lugar para tener esa discusión. Y porque su padre, teniendo en cuenta que no sabía de la misa la mitad, era lógico que pensara algo así.

- ¿Puedes hacerme un favor?

- ¿Qué?

- Que si puedes…

- Sí. Ya te he oído – entornó los ojos, en gesto de cansancio – Y sí. Puedo.

- ¿Te importa no decir nada hasta que no lleguemos a casa?

- ¿Ese es el favor? – preguntó sorprendido. Casi ofendido.

- Sí. Ese es el favor – se mojó los labios – Porque ahora mismo tengo un millón de cosas en la cabeza. Y realmente no quiero separarme de su lado – señaló el local que acababan de abandonar - Pero también sé que te debo un millón de explicaciones y… - soltó otro suspiro – Y no puedo lidiar con todo esto si me estás gritando en mitad de la calle, preguntándome sobre cosas de las que no sabes nada.

El Sheriff miró a su hijo con suspicacia, intentando averiguar si había alguna especie de trampa.

- No te preocupes – continuó Stiles, abriendo ya la puerta del coche – Te prometo que cuando lleguemos a casa, te lo contaré absolutamente todo.

Entraron en casa como si un fuera un día normal. John dejó las llaves en un cuenco que había en el mueble de la entrada, y a continuación colocó la pistola, la placa, y se quitó la chaqueta.

Y ahí fue cuando acabó la rutina diaria.

Porque cuando el Sheriff entró en el salón, dispuesto a tomarse una copa, su hijo le estaba esperando.

Por regla general, a estas alturas ya tendría que estar encerrado en su cuarto, haciendo los deberes, cotilleando por Internet o viendo porno… Nunca es que le hubiera pillado infraganti, gracias a Dios, pero desde que descubrió el maravilloso mundo del porno gay, digamos que Stiles había empezado a poner una cara de sorpresa distinta a su muestrario particular, ya bastante extenso de por sí: Estaba la cara de sorpresa cuando le encontraba en un sitio donde no debería estar, la que ponía cuando los dos eran conscientes de que había mentido, la de "estoy planeando algo malo y no quiero que te enteres", y un largo etcétera.

Pero cuando, unos cuantos años atrás, el Sheriff se lo encontró saliendo de su habitación y con la cara sudorosa, la expresión del chico era una que no había visto hasta ahora… Y cuando John dedujo lo que debía haber estado haciendo, no quiso mortificarle con una charla sobre educación sexual. Primero porque sabía que su hijo era listo y no iba a cometer tonterías, y segundo porque ya bastante mal lo estaba pasando el pobre. Pero aquel incidente sirvió para que el Sheriff apuntara la cara de "acabo de ver porno y no me he limitado a mirar", dentro del catálogo.

El caso es que en ese momento no estaba ocurriendo nada de aquello.

Stiles no estaba en su habitación, sino en medio del salón. Y no tenía ninguna de sus caras de sorpresa. Por el contrario, le estaba mirando con franqueza y un toque de expectación.

Y es que hoy no era un día corriente. No sólo porque acababa de recuperar a su hijo después de estar desaparecido, en teoría secuestrado, durante los últimos días; sino porque dicho hijo, al parecer, le había prometido contarle toda la verdad.

Y esa frase, viniendo de Stiles Stilinski, era a un tiempo prometedora y aterradora.

Porque John sabía perfectamente que su hijo le mentía a veces… muchas veces.

El problema era que, hasta ahora, estaba seguro que las mentiras eran por temas puramente adolescentes.

Pero por la cara que tenía su hijo, y por el modo tan raro en que se había estado comportando desde que le encontró en la clínica, mucho más raro de lo que era habitual en él; intuía que iba a ser mucho más que eso.

- Creo que será mejor que te sientes – pidió Stiles, sentándose en el sofá - Porque va a ser una conversación bastante extraña.

- Muy bien – se colocó al lado de Stiles - Ya estoy sentado – miró a su hijo y decidió ir al grano. Porque ya había esperado más que suficiente - Ahora. ¿Te importaría explicarme por qué estabas con Derek Hale en una clínica veterinaria, en vez de en casa o en comisaría, buscándome?

Stiles respondió sin pensar. Sabía que era el mejor modo de actuar. Porque estaba demasiado acostumbrado a mentirle e inventarse cualquier patraña en cuestión de segundos. Así que la clave era no concederse ni un segundo para que su lengua no actuara por instinto propio (era una de sus mayores cualidades y defectos), y soltara una excusa antes incluso de que su cerebro hubiera pensado en qué podía decir.

- Porque él fue quien me ayudó a escapar. Y estuvo a punto de morir al hacerlo.

- ¿Morir? – le miró con incredulidad - Yo le he visto bastante normal. Más pálido que de costumbre, eso sí.

- Sí. Ya… ese es el otro punto clave de toda esta historia… Y el que aún no sé cómo puedo explicártelo porque, créeme, no me vas a creer.

- ¿Por qué no lo intentas?

- Está bien - se movió un poco inquieto en el sofá - Primero de todo. Tengo que pedirte perdón porque, desde hace casi dos años, que no te he contado toda la verdad.

- ¿En serio? ¿Tú no me has dicho la verdad? – puso cara de sorpresa - Pensé que decías que ibas a contarme algo que no me podría creer – torció un poco el cuello - Y tú, mintiendo… Eso sí que me lo creo.

- Oye. No hace falta ponerse tan borde, ¿vale? Lo estoy intentando.

- No. Estás dando rodeos.

- ¡Vale! – soltó aire con fuerza por la boca - El caso es que si empecé a mentirte fue porque ocurrió algo… Algo que ni siquiera pensé que fuera posible porque, la verdad, se suponía que NO era posible. Que todo eran cuentos y leyendas, y que no existía en el mundo real… Y mucho menos que pudiera existir aquí, en un pueblo perdido de California, y que le ocurriera a mi mejor amigo.

- Stiles…

- ¿Sí?

- ¡Te importaría ir al grano! De momento, después de cinco minutos sin respirar, sólo he entendido que algo le pasó a Scott. ¿Es eso correcto?

- Sí.

- Vale. ¿Qué tiene que ver todo eso con Derek Hale y con que te han secuestrado?

- Todo… Tiene que ver todo porque… - suspiró – Dios. Está claro que no hay otra manera de decirlo que simplemente… decirlo. Así que… - se mojó los labios de nuevo, más que nervioso – Pero antes de nada… Ya sé que va a parecer una locura. Pero te lo juro. No estoy loco, ¿vale?

- Ahora mismo me parece que estás como una cabra.

- Papá… - se llevó las manos a la cabeza durante unos segundos – Scott es un hombre lobo.

Silencio.

- ¿Me has oído? – vio que su padre no se movía. Que ni siquiera parpadeaba - ¿Papá? – chasqueó los dedos frente al hombre - ¿Estás aquí?

- Sí… Estoy aquí, con mi hijo. Quien me está tratando como si fuera estúpido… ¿En serio no se te ocurre nada mejor que contarme para evitar el tema de Hale?

- No. No lo estoy haciendo para evitar el tema… ¿Y quieres dejar de llamarle por su apellido? Haces que parezca mucho mayor.

- Es que es mucho mayor.

- Vale… Eso es… - movió las manos sin darse cuenta - parcialmente cierto… Pero también es otro tema que luego, mucho más tarde, trataremos… Ahora la cuestión es que te estoy diciendo la verdad. Y esa es que Scott es un hombre lobo. De verdad… Con colmillos, y ojos que se iluminan por la noche, y garras, y patillas… Dios, las patillas – negó levemente, sin querer imaginárselas y menos en su propia cara – Y no es el único.

- ¿Ah, no?

- No. También lo son Isaac, Boyd, Jackson y Erica.

- Entiendo… ¿Tienes algún amigo que no sea hombre lobo?

- Pues… Sí. Están Allison y Lydia. Aunque ellas también son parte de la manada – miró a su padre fijamente – Y la manada tiene un Alfa. Y ese es…

- Derek Hale.

- ¡Exacto! – observó asombrado a su padre - Dios mío. Esto está resultando mucho más fácil de lo que creía.

- ¿En serio piensas que estoy tragándome toda esta absurda historia? ¿Tan estúpido crees que soy?

- ¡Claro que no! Nunca he pensado que fueras estúpido… Eres la persona más lista que conozco… Aparte de Lydia, claro. Aunque en tu caso es mejor, porque ella parece que sólo quiere ser inteligente para demostrar lo estúpidos que somos los demás y…

- Dios Santo, Stiles… Vas a conseguir que me estalle la cabeza…

- Sí. Vale, perdona… Es que esto es muy, muy complicado y… El caso es que, aunque sé que parece una locura, no lo es. No lo es, ¿vale? La noche que me encontraste en el bosque, buscando el cadáver de Laura Hale, a Scott le mordieron… Pensamos que fue un animal, pero no lo fue. Fue un hombre lobo.

- Déjame adivinar. Fue Derek…

- ¡No! – hizo un aspaviento con las manos, al tiempo que miraba con rabia a su padre - Derek no va por ahí, mordiendo a la gente… - tuvo que parar, porque se había prometido no mentir a su padre – Lo hizo Peter.

- ¿Quién?

- Peter Hale. El tío de Derek.

- ¿Derek tiene un tío? ¿Desde cuándo? – recordó entonces el informe del incendio – Espera, ¿me estás hablando del hombre que está en estado vegetativo? – el Sheriff se levantó del sofá y empezó a dar vueltas por el salón, nervioso - ¿Y por qué demonios te estoy preguntando, como si realmente me estuviera creyendo todo esto?

- ¡Porque es la verdad!

Su padre le miró con la misma cara que le ponía cuando Stiles trataba de convencerle que no había sido culpa suya que el profesor Harris le hubiera castigado toda la semana… Como si no se creyera una sola palabra.

Stiles se puso en pie entonces y, tras dudar durante unos segundos, tomó una decisión. Agarró a su padre por la muñeca, le obligó a seguirle hasta el piso de arriba, y luego hasta su habitación. Una vez dentro, agradeciendo que su padre de momento le estuviera siguiendo el juego, encendió el ordenador.

- ¿Qué estás haciendo? – preguntó el hombre con voz cansada.

- Te estoy dando pruebas – comentó sin apartar la vista del monitor. En la pantalla empezó a abrir miles de ventanas con documentos que había extraído del bestiario, de los libros que había encontrado en la biblioteca central y los que le había dejado Deaton, y por último del propio diario que había empezado a escribir cuando comprendió que se había convertido en el chico investigador de la manada – Está claro que no voy a convencerte por mucho que te diga que te estoy diciendo la verdad. Así que lo único que puedo hacer es esperar a que lo veas por ti mismo y te convenzas de ello.

El chico se levantó de la silla del ordenador, y la acercó a su padre para que se sentara.

- ¿Me lo estás diciendo en serio?

- Sí, papa. Te lo estoy diciendo en serio – explicó con voz cansada – Y por muy locura que te parezca te pido, te suplico, que confíes en mí. Que al menos me concedas el beneficio de la duda hasta que hayas leído todo eso.

El Sheriff estuvo tentado de marcharse, acusándole una vez más si creía que era idiota, tal vez antes de llamar a un centro psiquiátrico… Pero al final lo pensó mejor. Porque por muy locura que efectivamente pareciera, la desesperación que había en los ojos de su hijo era real.

Y su hijo le había pedido, suplicado, que confiara en él.

Pocas veces en el pasado se lo había pedido. Y a día de hoy, ninguna de esas veces se había arrepentido de haberlo hecho.

Por eso, finalmente asintió y acercó la silla hasta el escritorio, dispuesto a leer todo lo que su hijo quería que viera.

- ¿Stiles?

- ¿Sí?

- ¿Por qué tienes copias de los informes policiales de todos los asesinatos que ha habido en el pueblo? – preguntó señalando el archivo titulado "informes policiales"

Stiles no se sonrojó. A estas alturas, ya no tenía sentido.

- Es parte del motivo por el que tenía que mentirte – explicó en voz baja – Sobre todo después de conseguir que te despidieran.

- Hijo…

- Léelo todo, ¿vale? – le interrumpió, sabiendo que ese tema seguía siendo uno con el que ninguno de los dos se sentía cómodo – Te estaré esperando abajo, con todas las respuestas a las preguntas que te surjan.

No dijo nada más. Dejó a su padre con la boca abierta, sabiendo que en esos momentos se estaría planteando llevar a su hijo a un psiquiatra…

El Sheriff bajó más de cuatro horas después.

En todo ese tiempo, Stiles había aprovechado para llamar a Scott y preguntarle por Derek, quien seguía durmiendo y recuperándose de las heridas; para luego poner un poco de orden. Porque estaba claro que en los últimos días su padre no había tenido mucho tiempo en hacer las tareas de la casa, demasiado ocupado buscando a su hijo.

Cuando vio a su padre entrando en el salón y dirigiéndose al sofá para sentarse, su cara estaba un poco pálida. Stiles agudizó su oído para asegurarse que no estaba sufriendo ningún infarto ni embolia y, cuando comprobó que el ritmo era estable y que simplemente estaba un poco sobrecogido por todo lo que había leído, se sentó a su lado.

Por primera vez, no fue él quien empezó a hablar. Intuía que su padre necesitaba tiempo para asimilar toda la información. Así que dejar que él empezara la conversación era lo mínimo que podía hacer.

- De acuerdo – comenzó el Sheriff, mirando muy fijamente a su hijo – Digamos que me creo que los… hombres lobo, existen – dijo muy despacio, luchando por pronunciar palabras que en el fondo seguía sin creer posibles – Y que están aquí, en Beacon Hills.

- Sí – Stiles luchó por no sonreír. Jamás pensó que se alegraría tanto de oír a su padre decir aquello. Porque significaba que por fin se acabaron las mentiras.

- Y que al parecer tú les conoces a todos… Que incluso eres amigo de ellos y… ¿Les ayudas?

- Exacto – dio un salto en el sofá, loco de contento – Es justo eso, papá.

Pero John Stilinski no estaba tan contento como él. Ni siquiera parecía que estuviera allí.

- ¿En serio? – preguntó hecho un mar de dudas. Sus ojos claros miraron a su hijo, como si esperara a que Stiles le dijera que todo era una broma, para que pudiera sentirse de nuevo en el mundo real.

Y Stiles conocía muy bien esa sensación.

Pero desgraciadamente, no podía hacer aquello. Porque se había jurado que se acabaron las mentiras.

- Sé que resulta increíble. Yo no me lo empecé a creer hasta que Scott no me atacó y le vi transformarse delante de mis narices.

- ¡¿Scott te atacó?!

- Sí… Cuando aún no controlaba su reacción a la luna llena.

- Dios Santo – se llevó las manos a la cara, apoyando los codos en las rodillas – Esto no puede ser verdad. No tiene ningún sentido.

- Pero lo tiene, papá – colocó una mano sobre la rodilla del hombre, obligándole a que le mirara de nuevo – Has visto los informes policiales. Todo concuerda. En absolutamente todos los casos… Y sabes lo que significa cuando hay más de cuatro coincidencias.

- Significa… Significa que es real – Stiles asintió, sonriendo. Más orgulloso de su padre de lo que había estado en toda su vida. Pues le estaba demostrando que, por él, estaba dispuesto a creer lo que parecía ser una locura – Y cómo… - movió las manos, nervioso por estar teniendo aquella conversación tan surrealista - ¿Cómo funciona? ¿Qué es lo que hacen? – encogió los hombros, inseguro – Quiero decir… Aparte de atraer a psicópatas e intentar detenerles, ¿qué hacen el resto del tiempo? ¿Se dedican a, no sé, correr por el bosque y… cazar conejos?

- No – soltó una carcajada, imaginándose a Derek oyendo a su padre – Y te sugiero que dejes los chistes de perros. A Derek no le hacen ninguna gracia.

Fue decir el nombre de Derek, y supo que había cometido un error.

Porque el modo en que su padre le miró indicaba que el Alfa seguía sin figurar en su lista de amigos.

- Sé que piensas que él es en parte responsable de todo lo que ha pasado, pero…

- Stiles… Él es responsable de todo lo que ha pasado. Su tío mordió a Scott para, al parecer, vengarse de la gente que asesinó a su familia. Y Derek se ha dedicado a convertir a todos los adolescentes del pueblo.

- ¡Vamos! Cuatro adolescentes no son todos – trató de excusarle – Y él siempre les daba la opción de elegir. Si no quisieran ser hombres lobo, él jamás les mordería.

- A Scott no le dieron la opción de elegir.

- No. Es verdad – se mojó los labios – Pero Derek no es como Peter… - miró a su padre, sabiendo que era ahora o nunca. Que por muy bien que pareciera haberse tomado la existencia de los seres mitológicos, aún faltaba la otra parte: decirle que su querido hijo era uno de esos seres – Ni como Helena…

- ¿Helena? ¿Te refieres a la mujer que te secuestró? ¿La que te atacó?

- Sí. ¿Cómo sabes eso? No había escrito nada de ella en mi ordenador. ¿Cómo…?

- Derek me lo dijo.

- ¡Qué!

- Cuando desapareciste… Me contó que ella te había secuestrado por una especie de venganza.

- Oh… Vaya eso – se rascó la cabeza, indeciso - Eso está muy bien. Quiero decir… Me alegro de que hayáis empezado a resolver vuestras diferencias y que, seáis capaces de hablar y todo eso… Y créeme, Derek no suele hablar con… nadie…. Así que, eso es muy bueno.

- Stiles…

- ¿Sí?

- Te aseguro que no fue una charla cordial. Cuando desapareciste le llamé, y supe que me estaba ocultando algo. Quise saber qué era.

- Y… qué te dijo.

- Me dijo que esa mujer, Helena… Lickson, tenía asuntos pendientes con su familia. Que todo lo que estaba haciendo era para vengarse de él por ser un Hale. Y que por eso te… - paró en seco y miró a su hijo con los ojos muy abiertos – Dios mío… Ella es… ¿Es también un hombre lobo? – la reacción de Stiles, mordiéndose un labio, no le dejó dudas – Oh, Dios mío. Lo es.

- Por eso no podía contarte nada cuando Derek me rescató. Porque era demasiado peligroso…

- ¿He de recordarte que soy el Sheriff? ¿Y tu padre?

- Ya lo sé… Pero también eres un humano… Y podías morir si te enfrentabas a ella…

- ¿Un humano? – John Stilinski se sintió ofendido – ¿Ahora sólo soy un humano? ¿Desde cuándo eso es algo malo? ¿Y por qué lo dices como si…

La pregunta interrumpida de su padre era lo que Stiles más había temido desde que decidió contarle toda la verdad.

Porque más que el hecho de contarle que le había estado mintiendo desde hacía dos años, que su novio atraía los problemas allá donde iba, o que incluso había estado enfrentándose a seres mitológicos como si fuera lo más normal del mundo; lo que más miedo le daba era la reacción que su padre tendría ante la guinda del pastel: Que Stiles Stilinski era un hombre lobo.

Porque estuvo presente cuando la madre de Scott descubrió que su hijo lo era, y oyó a su mejor amigo devastado cuando le contó el modo en que Allison le miró cuando ella lo descubrió. Sabía que en ambas ocasiones hubo rechazo, miedo, e incluso repulsa por parte de las personas que en teoría le querían… Y aunque al poco tiempo tanto Melissa como Allison aceptaron a Scott y le trataron igual que siempre, esa primera impresión fue difícil de borrar.

Y Stiles estaba aterrorizado porque fuera a recibir ese rechazo por parte de su padre.

Muy despacio, casi a cámara lenta, Stiles levantó la vista del suelo. Había bajado la cabeza cuando su padre se quejó de que le llamara humano. Y tragando saliva con dificultad, literalmente temblando, miró a su padre a la cara.

La expresión del Sheriff era una difícil de describir. Había incredulidad, pero también cierto temor… Como si estuviera esperando a que Stiles hiciera cualquier cosa para salir corriendo.

John Stilinski, sin apartar la vista de su hijo, se puso en pie lentamente. Pero no se marchó. Y gracias a ello, Stiles no sufrió ningún infarto por acabar de sentir cómo le rompía el corazón su padre.

Si bien, el hombre estaba teniendo serios problemas para asimilar las novedades.

- Dime que es una broma – susurró – Por favor dime que todo esto: los hombres lobo, los Alfas, tú… Dime que sólo es una broma pesada para castigarme por no aceptar tu relación con Derek o…

- No es ninguna broma – musitó Stiles, sintiendo como se le aceleraba el corazón – Ojala pudiera decirte que lo es pero… Pero no lo es.

El Sheriff no dijo nada. Ni siquiera asintió.

Lo que hizo fue dar un paso atrás, alejándose de su hijo, y mirándole de arriba abajo como si sólo ahora se diera cuenta de que estaba delante de él.

Y Stiles empezaba a sentir que se le resquebrajaba el corazón.

- No… - le costaba respirar, y con ello hablar. Y sin no fuera porque sabía que era imposible ahora que era un hombre lobo, pensaría que estaba teniendo un ataque de pánico – No te marches… Por favor, papá…

La desolación que había en la voz de Stiles logró que su padre frenara en seco.

Le miró extrañado, sin saber a qué se estaba refiriendo, cuando se dio cuenta de que, inconscientemente, había retrocedido.

Y que Stiles había creído que estaba huyendo de él.

John negó con la cabeza, habiéndose quedado sin palabras. Pero por muy irreal que fuera aquello, por muy sacado de una pesadilla que pareciera; no podía permitir que su hijo creyera que le estaba abandonando.

En una zancada llegó junto a su hijo. Se sentó en el sofá, pegado todo lo posible a Stiles, y le abrazó con fuerza. No lo dudó un instante. Ni siquiera cuando su cerebro le dijo que estaba abrazando a un hombre lobo. A un ser irreal que, según decían las notas del ordenador de su hijo, podría arrancarle la garganta de un solo zarpazo.

Pero nada de eso importaba… Aun en el caso de que fuera verdad todo aquello, lo único que importaba era que él era su hijo. El mismo hijo al que había temido perder y que buscó sin parar, volviéndose loco a medida que las horas pasaban; pero que ahora por fin estaba de nuevo entre sus brazos.

Y puede que ahora tuviera entre sus brazos a un hijo que también era un hombre lobo. Pero tenía a un hijo.

El hombre sintió temblar a Stiles, probablemente aliviado por saber que no iba a huir de él; por lo que se quedó un buen rato justo así, asegurándole que no iba a ir a ningún lado, pasara lo que pasase.

Cuando intuyó que estaba más relajado, se separó un poco de él para mirarle a la cara. Y cuando vio que había algunas lágrimas empapando las mejillas de su hijo, se apresuró a limpiarlas con el pulgar.

- Lo siento – susurró el hombre – Perdona si a lo mejor no he reaccionado como esperabas o…

- No – sonrió Stiles, terminando de limpiarse la cara – Ha estado bien… Quiero decir que… Entiendo que pueda costar asimilarlo pero… Sigues aquí, ¿no?

- Creo que todavía no lo he asimilado del todo – admitió su padre – No es que no te crea pero… Dios. Todo esto.

- Lo entiendo – le tranquilizó Stiles – Créeme, soy el primero que entiende lo que tienes que estar pensando – cogió la mano de su padre – Y por eso sé que necesitas pruebas.

El Sheriff puso cara de dolor.

Aunque fuera justo eso lo que pensaba, no era lo mismo oírlo de boca de su hijo.

- Te creo, Stiles. Dios sabe que siempre te he creído. Porque siempre me has demostrado que, cuando se trataba de cosas importantes, siempre decías la verdad – se rascó la cabeza con la mano que no sujetaba la de su hijo – Pero sé que hasta que no lo vea con mis propios ojos, en el fondo voy a seguir dudando – entornó los ojos en ese gesto suyo tan característico, cuando no estaba del todo seguro de lo que estaba diciendo; y que era exactamente el mismo que Stiles ponía a veces. Aunque en su caso era con más arrugas en torno a los ojos.

- De acuerdo – tragó saliva – ¿Qué quieres que haga?

- ¿Y me lo preguntas tú? – hizo una mueca - No lo sé, hijo. Tú lo sabrás mejor que nadie.

- Sé lo que puedo hacer pero, no quiero asustarte…

- Soy el Sheriff, ¿recuerdas? He visto bastantes cosas como para… ¡Joder!

John Stilinski estuvo a punto de levantarse otra vez del sofá, cuando vio que los ojos de su hijo brillaban con un tono ámbar del que resultaba imposible apartar la mirada.

Y Stiles no aguantó más.

Se echó a reír a carcajada limpia.

- ¿Con que has visto cosas, eh? – bromeó al tiempo que dejaba que sus ojos tuvieran la tonalidad marrón normal en él – Menos mal que no te he sacado las garras, o los colmillos o… ¡hey! – protestó cuando su padre le dio una colleja en la cabeza – ¿Por qué has hecho eso?

- Porque me tienes que tratar con respeto y no consiento que te rías de mí. Por eso – dijo muy serio.

- ¿Eres consciente de que le acabas de dar una colleja a un hombre lobo? – preguntó incrédulo, moviendo las manos sin parar – Alguien que, si quisiera, podría hacerte daño…

- Hombre lobo – repitió con sarcasmo - ¿Qué tal adolescente lobo? Y hombre lobo o no, sigues siendo mi hijo y sigues viviendo en mi casa… Así que más te vale bajar esos humos - comentó al tiempo que se dirigía al mueble bar y cogía la botella de whiskey.

- Increíble – musitó con asombro Stiles, observando a su padre comportarse con toda la normalidad del mundo. Como si no acabara de descubrir que su hijo era un adoles… un hombre lobo – Oye. Qué crees que estás haciendo con esa botella.

- Dame un respiro, ¿quieres? – cogió un vaso de la cocina y regresó junto a su hijo – No todos los días uno descubre que su único hijo es un ser mitológico.

- ¿En serio? – abrió los ojos como platos, soltando una mueca de asombro – Pues yo te veo muy relajado.

- Ya te lo he dicho – dio un trago a la bebida – Soy el Sheriff – De pronto se quedó muy callado y miró fijamente a su hijo. Muy, muy fijamente. Tan fijamente, que Stiles empezó a tocarse la cara, por si resultaba que tenía algo en ella y hasta ahora no se había dado cuenta.

- ¿Qué pasa?

- Estaba pensando.

- ¿En qué? – y si le tembló la voz, sólo fue porque no le gustaba nada el modo en que había dicho aquello.

Pues aquel "estoy pensando" avecinaba cosas malas en plan "he estado pensando en que no quiero que veas más a tu novio". O "he estado pensando que debería encerrarte en un internado".

Al final, resultó ser mucho peor.

- Estaba pensando que ya no podrás escaquearte a la hora de hacer las tareas domésticas. Porque los hombres lobos no tienen asma, ¿verdad? – sonrió de un modo tan espeluznante, que estaba seguro el mismísimo Derek Hale se habría sentido orgulloso.