No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.
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—¡Isabella! ¿Cuánto tiempo más necesitas para estar lista? Hace rato que tu hermano te espera en el coche —gritó Marie desde el pie de la escalera.
—Aquí estoy, no grites.
—Bella, ven por favor que quiero pedirte algo. Y no me pongas los ojos en blanco, niña.
¿Cómo no hacerlo? Si estaba hasta la coronilla de Marie y sus pedidos, Marie y sus intromisiones, Marie y su papel de víctima…
—Lo que quiero pedirte es que me prometas que te comportarás.
—¿Qué quieres decir con eso, abuela? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Isabella, tú lo sabes. Eres una chica decente, bien educada, y vas a pasar la noche en la casa de tu novio sin mi supervisión. ¿Puedo confiar en ti? ¿Prometes que no harás nada malo, querida?
"¿Que no haré nada malo? Eso es demasiado ambiguo. Qué manía que tiene Marie con eso de las promesas". A Bella no le gustaba prometer nada, pero temió tener que soportar una escena de esas a las que estaba ya acostumbrada: bajada súbita del azúcar, mareos, falta de aire... Su abuela era una artista, una hipocondríaca y manipuladora actriz especialista en desmayos. Ahora no tenía tiempo para ese jueguito, no le permitiría montar ninguna actuación que le impidiese ir al cumpleaños de Edward.
—Te prometo que no haré nada malo, abuela. Ahora dame ese pastel, con cuidado.
Marie la besó complacida. Qué hermosa estaba su nieta esa mañana con un pantaloncito blanco muy corto y sandalias marrones de tiritas. Quizás la blusa era algo atrevida, pero todo lo que dejara al descubierto sus hombros le sentaba de maravillas.
"Edward será un hombre muy afortunado al casarse con ella", se dijo Marie.
Era una chica que tenía un encanto fuera de lo común y una elegancia natural. Sí, sin dudas que Bella estaría a la altura de las circunstancias en el círculo de amistades de su novio. Sería como aire fresco en esa fiesta viciada de ricachones. Esperaba que él supiese valorar lo que se estaba llevando, y que estuviese agradecido por siempre con ella por el sacrificio que estaba haciendo al dejarla ir tan joven.
En el camino a Punta Ballena, Isabella puso a Alec al tanto de las novedades.
Hablar era una forma de calmar la ansiedad que la estaba consumiendo. Hacía tres días que no veía a Edward. Y desde el día anterior que no hablaba con él. La había llamado luego de recibir su obsequio. Y le contó lo de Tanya. Isabella se impresionó mucho, pero le creyó. Edward comportándose como Pokerface... Qué tontería. Una estupidez mayúscula. Jamás dudó de la integridad de Edward, pero era otra cosa lo que la afligía… desde que se enteró de la historia con Tanya los celos la estaban carcomiendo. Saber de una mujer que había tenido en la cama a su hombre la estaba matando. Se los imaginaba follando y se desesperaba... Sin embargo, entendía que en ese momento él no necesitaba sus celos, precisaba su apoyo, su amor incondicional, y lo tendría. Sabía que no sería fácil pero, aunque se quedara sin dinero, sin trabajo y sin su buen nombre, ella permanecería a su lado. Podría perderlo todo, menos a ella.
Hizo lo posible para transmitirle esa certeza, y al parecer lo logró.
Él pareció tan aliviado. Le dijo que la amaba, que la adoraba por encima de todo y que ya no podía más de deseos de verla.
A ella le pasaba lo mismo. Lo echaba de menos en su piel, en sus manos, en su boca. Era una adicta a su amor, y aunque le costaba un poco reconocerlo, también estaba gestando una intensa dependencia a los placeres que él le había mostrado.
Tenía una necesidad real, una urgencia visceral de unir su sexo al de Edward y perderse en un delicioso orgasmo.
Se removió en el asiento inquieta, pues temía que Alec notara lo urgida que estaba de hacer el amor. Aún no había hablado con él del tema. No tenía miedo de hacerlo, pues sabía que Alec no era como Marie, ni era el clásico hermano celoso que arrasaba con todo aquel que osara ponerle una mano encima a su hermanita menor.
Alec era muy abierto y liberal.
Isabella no tenía idea de cómo era su vida privada, pero sospechaba que era intensa y variada. Una vez había visto en su celular un mensaje muy caliente de una aeromoza que le prometía cosas sucias una vez que encendiera el piloto automático.
Esa era una de las razones por la cual no quería viajar en avión. No le gustaba depender de una computadora mientras el piloto se divertía con una aeromoza. De todas formas, sabía que tenía que resolver ese asunto de la fobia, pues su futuro marido era viajero frecuente, y ella quería acompañarlo. Además, estaba el tema de la luna de miel... Edward le había preguntado una vez adónde le gustaría ir y ella se quedó en blanco.
—Te quedaste callada de pronto, Bella. ¿Te pasa algo? —preguntó Alec.
"Me pasan un montón de cosas", pensó ella, pero nada dijo. Se limitó a mover la cabeza y continuó mirando por la ventana.
Alec estaba algo preocupado por Isabella. Si bien advertía lo enamorada que estaba, y lo feliz que era junto a Edward, temía que no se adaptara al ritmo de vida que él debía llevar. ¿Estaría preparada para ser la esposa de un hombre de negocios, con viajes, compromisos sociales, y un sinfín de actividades que para ella eran desconocidas? Isabella siempre fue un espíritu libre. En ocasiones era como un duende, y en otras como un tornado que arrasaba con todo lo que se ponía a su paso.
Para colmo de males, y sin que Marie lo supiese, él no podría quedarse en la fiesta de cumpleaños de Edward para brindar el apoyo moral que su hermana pudiese necesitar. Había recibido un llamado en su teléfono celular. Era Chelsea, su ex amante.
Quería verlo.
La había conocido una tarde en que pasó a recoger a Bella por la academia de danza que ella dirigía, y quedó prendado de su exótica belleza. Desde el primer día vivieron apasionados encuentros secretos; Chelsea había sido una revelación en la cama de Alec. Le gustaba el sexo a rabiar, y no tenía conflictos con ello, pero no toleraba la mentira. Todo terminó cuando se enteró de su aventura con la aeromoza, aunque él lo negó descaradamente. Jane no significaba nada para Alec. No era más que un pasatiempo para romper el tedio del vuelo. Era casada, bella y tonta.
Jamás se la tomó en serio, pero le salió mal la jugada; quedó expuesto cuando le prestó su móvil a Bella y ella leyó un mensaje bastante revelador. Luego, inocentemente, al pasar se lo comentó a Chelsea. Isabella no tenía idea de que ellos tenían una relación, simplemente le llamó la atención el mensaje. No había entendido qué quería decir: "Cuando conectes el automático, te espero en el T para un R". Bella no lo comprendió pero Chelsea sí, y se lo dejó en claro.
Le había costado caro ese "rápido en el toilette". Si hubiera reconocido su aventura ante ella, nada habría pasado. Pero al negarlo, lo arruinó todo. Ese desafortunado incidente había hecho que todo concluyera súbitamente, pero se debían una conversación que tenían pendiente desde antes de fin de año. Lo esperaba en su departamento esa tarde, y no podía negarse. Alec no podía dejar pasar esa oportunidad de hablar con Chelsea. Y si pudiese hacer algo más que hablar, sería maravilloso. Pero luego del asunto de la aeromoza dudaba de que fuese posible.
Se estremeció de sólo recordar sus caderas y se movió en el asiento inquieto, pues temía que Bella se diese cuenta de que estaba bastante alterado, y se moría de ganas de hacerle el amor a Chelsea. No había hablado últimamente con su hermana de nada relacionado con sexo, y no tenía idea de hasta dónde había llegado con Edward... Quizás fuera hora de darle algunas recomendaciones. Mejor no, en ese momento sería buena idea alejar el tema sexual de su mente.
Ambos hermanos se miraron y sonrieron. Sin saberlo estaban pensando en lo mismo.
Finalmente llegaron a destino. La casa, si se le podía llamar así a ese monumento arquitectónico, se erguía majestuosa sobre una colina. La fachada era de un blanco inmaculado, y la escalinata que conducía a la puerta era de un reluciente mármol veteado. "Una verdadera mansión de ricos", se dijo Bella apesadumbrada. Pero le duró poco ese pesar, porque enseguida salió Edward a su encuentro. Bella se quedó sin aire al verlo. Vestía un pantalón de verano de una fina tela blanca que le llegaba a las rodillas e iba descalzo. Y llevaba el increíble torso descubierto. ¡Como para no quitarle el aliento a cualquier mujer! Estaba a tono con la blancura de la casa, pero a la vez desentonaba alegremente por su informalidad.
Apenas bajó del coche, la tomó en sus brazos y la besó. Ella quería desearle feliz cumpleaños, pero él le reclamaba la lengua. Allí la tenía, con los pies en el aire, y la besaba una y otra vez sin permitirle hacer otra que cosa que corresponderle. Pues sería un placer complacerlo. Amaba complacerlo, estaba en este mundo para complacerlo...
Bueno, no en todo. Con lo de la universidad se mantendría firme. Ya hablaría con él de ese tema, pero no ese día.
—Feliz cumpleaños, mi amor —murmuró ni bien Edward le permitió tomar una bocanada de aire—. Te he traído un regalo.
—Tú eres mi regalo, Princesa. Pero creo recordar que me has dado ya un maravilloso obsequio que tengo en mi dormitorio, y no puedo dejar de mirar.
—Pues recibirás otro ahora, y lo he hecho yo —agregó sonriendo mientras Alec bajaba la caja con el pastel. Edward no sabría jamás que todo lo que ella había hecho era clavarle la velita en forma de chupetín. Era una clara referencia a lo sucedido la otra tarde en su dormitorio y esperaba qué él se diese cuenta...
Edward saludó a Alec, y abrió la caja. Allí estaba el Sky Blue, y su velita de chupetín de bola. Al regocijo de su rostro, se le sumó el de su entrepierna. Digamos que estaba feliz de pies a cabeza.
—Es hermoso, Isabella. Es perfecto. ¿Lo has preparado tú sola? —preguntó sonriendo. Sospechaba que allí estaba la mano de Marie. Si supiese lo que ese inocente chupetín significaba, le habría dado taquicardia.
—Pues... —murmuró ella, vacilante. Mejor cambiar de tema— es hermosa esta casa, Edward.
—Pasen que se las mostraré. Les haré un tour...
Alec se excusó. Tenía una imperiosa necesidad de ver a Chelsea, ahora que estos dos tortolitos le habían refregado el amor por los ojos. Dio una explicación algo ambigua, los abrazó a ambos y se marchó enseguida.
Isabella y Edward se adentraron en la mansión y le dieron el pastel a una especie de mayordomo bastante mayor que la miró con la admiración propia de un adolescente.
Había gente por doquier. Algunos tan informalmente vestidos como Edward y ella, y otros engalanados como si estuviesen en un cóctel en lugar de una barbacoa. Ni bien salieron al jardín, Carlisle salió al encuentro y abrazó a Isabella. Se mostró encantador y efusivo, incluso le hizo prometer que le concedería el honor de bailar un tango esa noche.
Luego Edward le presentó a su abuela Renata. Era una distinguida dama de fríos ojos azules que la recorrieron de arriba a abajo, deteniéndose en los pequeños shorts de Isabella. Le tendió la mano con indiferencia, y continuó jugando al bridge con otras señoras tan refinadas como ella, e igual de indiferentes, por lo menos en apariencia.
Cuando ellos se alejaron, desapareció esa estudiada actitud dando paso a la curiosidad. ¿Quién sería esa jovencita? Renata sabía que Edward estaba saliendo con alguien, y que esa mujer vendría a su cumpleaños, pero pensó que sería a la cena, y jamás imaginó que fuese tan joven.
Mientras tanto, Edward seguía presentando a Isabella a sus familiares y amigos que la miraban con cierto asombro. Hacía mucho tiempo que no veían a Edward con una mujer. Y decididamente nunca lo habían visto tan bien acompañado. La chica era de una belleza devastadora. Jasper y Emmett, que ya la conocían, sabían que él estaba perdido, pero el resto de sus amigos y sus parejas no tenían ni idea. Estaban conversando animadamente con Jasper y Gianna cuando una voz bastante irritante los interrumpió.
—Querido, ¿no vas a presentarnos a tu amiga?
Era Esme y no estaba sola. A su lado estaba Kate enfundada en una malla enteriza color dorado y sandalias de taco transparente.
"Qué manía de emular a un Oscar tiene esta mujer", pensó Edward con disgusto.
Esme y Kate significaban problemas. No le gustaba nada la forma en que intentaban intimidar a Isabella, y no sabía si lo mejor era cortar de raíz esas intenciones, o dejar que ella se manejara sola. Sabía que podía hacerlo muy bien, ya lo había demostrado en aquella fiesta en casa de los Britos Fontanal. Sí, la dejaría a ella.
Había notado ese brillito en sus bellísimos ojos grises que decía que ya lo tenía. ¡Que Dios ayudara a estas dos, y las salvara de la boca de Isabella! ¡Ay! Esa boca...
—No es necesario, señora. Ya nos conocemos. Edward nos presentó en una fiesta el año pasado. ¿Cómo estás, Kate? ¿Y cómo está tu cadera?
Kate le lanzó llamas con los ojos, y él mordió su vaso para no reír. Lo sabía.
Bella era única.
Esme estaba furiosa. Esa niña insolente iba a trastocarle los planes. Su intención era presionar a Edward para que avanzara en su relación con Kate, ella le iba como anillo al dedo. Hablando de anillo, ¡qué linda sortija tenía esta intrusa! Ella había tenido una similar hacía años... sólo que más grande, y con un increíble zafiro. Era de la madre de su suegro, la Condesa, a la que nunca había conocido pero que le había dejado a Carlisle esa sortija para quien fuese su esposa. Poco le había durado, ya que el acuerdo de divorcio incluyó la devolución de la misma. Todavía no se había repuesto de ese golpe. Su hermosa sortija… Y esta estúpida criatura tenía una que se la recordaba.
Lo único que tenía que hacer era aleccionar un poco a Kate, que era un encanto pero no tenía muchas luces, para que terminara de conquistar a Edward. Quería asegurarse de que su hijo hiciese un buen matrimonio, con una mujer que estuviese a su nivel. De todas formas, había que manejarse con cautela con la tal Isabella, porque podía adivinar que tenía tanto carácter como ella, tras ese aspecto de inofensiva muñequita. Y una lengua bastante aguda, a juzgar por la mirada cargada de ira de Kate. Bien, sólo había que andar con cuidado, sobre todo de no disgustar al homenajeado ese día. Por eso, luego de una pausa sonrió y dijo:
—Es cierto, querida. Estabas encantadora con aquel vestido rosa. Una pena que se hayan marchado sin despedirse, me hubiese gustado conversar un poco contigo.
—Madre, hoy será tu oportunidad entonces. Isabella estará todo el día por aquí y también toda la noche. Pero ahora, si nos disculpan...
Y tomando a Bella de la mano se alejaron.
Entre los amigos de Edward había uno que no les perdía pisada. Había sido invitado por Esme, que ignoraba que la relación entre su hijo y él no estaba pasando por su mejor momento. Si lo hubiese sabido, seguramente lo habría capitalizado de algún modo. Ben Cheney no era un mal hombre, solamente estaba resentido. Edward era ahora su principal competidor. Tenía la esperanza de algún día superar sus logros profesionales y trabajaba duro para ello. Y sus rutinas en el gimnasio eran agotadoras para intentar lograr la estructura física de su colega, que todos admiraban. Pero había algo que sería mucho más difícil de conseguir, por no decir imposible: Isabella Swan. Y eso lo disgustaba bastante. Era tan guapa, tan adorable. Menuda suerte tenía Edward en todo. Bueno, cierto que lo de Tanya podía acabar con él, pero si lograba conservar a Isabella, no perdería nada.
No podía dejar de observarla y Edward lo notó. Sin duda que lo hizo, pero a Ben poco le importaba. No eran tantas las oportunidades que tenía de verla, y no iba a desaprovechar ésta por nada del mundo.
Isabella también sintió sobre sí la insistente mirada y se volvió. Sonrió y lo saludó con la mano. Y eso para Ben fue como una caricia… "Qué maravillosa mujer", se dijo suspirando.
La tarde transcurrió sin incidentes de trascendencia. Edward mantuvo a Isabella alejada de los ofidios ponzoñosos y ambos se divirtieron, incluso cuando los amigos de Edward lo lanzaron vestido a la piscina. A Isabella le pareció la mar de gracioso verlo volar por los aires y caer aparatosamente en el agua salpicando a dos amigas de Esme que tomaban el té bajo una sombrilla. Edward emergió, moviendo la cabeza a los lados para sacudirse el agua del cabello. Parecía un dios griego, con su rostro perfecto y sus hombros brillando al atardecer.
Bella dejó de reír cuando se dio cuenta de que de sólo verlo tan guapo, allí abajo estaba igual de mojada que él. Edward le tendió una mano para que lo ayudara a subir, y en un segundo ella estaba junto a él en la piscina, resoplando. Luego de eso, todo fue un caos, pues la fiesta se animó, y muchos se lanzaron al agua, gritando y riendo.
Mientras se salpicaban unos a otros, Edward arrinconaba a Isabella en una esquina de la piscina y le acariciaba los senos por debajo de la ropa.
Ella le echó los brazos al cuello y le ofreció la boca, excitada. La cabeza le daba vueltas, tenía ganas de abrir las piernas y que se la metiera hasta el fondo, total, todo el mundo estaba ocupado en lo suyo y nadie se daría cuenta. De repente, recordó a Marie: "Espero que sepas comportarte, Isabella, prométeme que no harás nada malo...", y muy a su pesar desechó esas calientes ideas de su cabeza. Además, por encima del hombro de Edward, acababa de ver a Ben observándolos, inmóvil en su reposera.
—Edward, nos están mirando. Tu amigo, Ben…
Él volvió la cabeza y confirmó lo que Bella le decía. Ese tonto ya lo estaba cansando con sus miraditas. Tendría que ponerle los puntos.
—No te preocupes, será mejor que salgamos y nos preparemos para la fiesta de esta noche.
Isabella estuvo de acuerdo, pero no salió de la piscina sin antes pedir una bata, pues la ropa se le pegaba al cuerpo revelando más de lo que quería.
Cuando Bella se alejó, Edward se aproximó a Ben.
—Ey, estupenda fiesta, amigo— dijo él.
Pero Edward no estaba de humor para cumplidos ni para charlas intrascendentes. Fue directo al grano.
—¿Qué pretendes, Ben? —preguntó con aspereza.
—¿A qué te refieres?
—Tú sabes a qué me refiero. Deja de observar a mi chica. Lo has hecho desde que la conociste, no paras de incomodarla.
Ben sonrió.
—¿No será que te incomodo a ti?
—Nos incomodas a ambos. Termina ya con esto, Ben.
—Edward, no seas tonto. Tu novia es guapísima, todos la miran, y tú la tomas conmigo. ¿Quizás temes que te la robe?
Edward dio un respingo y apretó los puños. Ese hijo de perra estaba comenzando a alterarlo de veras.
—Mira, yo no le temo a nada, pero sí continúas molestando, el que deberá temer eres tú.
—Oh. Es un honor que me amenaces, Edward. Significa que me consideras un serio competidor. Gracias —le espetó demasiado osado, mientras levantaba su copa.
Edward alzó una ceja y se aproximó a Ben. Muy cerca de su rostro le advirtió:
—Isabella no es el trofeo de nadie.
Su colega se puso serio de pronto. Tenía algo de miedo… No había sido su intención provocar a Edward a tal extremo, pero no podía detenerse.
—Escucha, y sé sincero contigo mismo. ¿De verdad la quieres? Es verdad, es encantadora. Pero no tiene la sofisticación de tus mujeres de siempre. Ella no encaja en tu mundo, amigo.
Edward pestañeó confundido. No sabía adónde quería llegar Ben, pero no le estaba gustando nada.
—No tienes idea de lo que dices. ¿Que no encaja en mi mundo? Ella es mi mundo.
Ben tragó saliva.
—Es evidente Edward que tu amor no es altruista. La contaminarás con la mezquindad de tu entorno. Arruinarás su pureza, su frescura. Tú lo sabes bien: donde hay dinero, hay maldad. Si de verdad la amaras, la dejarías libre…
—¿Para que corra a tus brazos? La felicidad no tiene que ver con el dinero, sino con las personas, Ben. Y es verdad, mi amor no es altruista: la quiero para mí.
—Pero no piensas en ella. Sólo piensas en ti. Te aprovecharás de su juventud y de su belleza y luego la dejarás…
Edward sonrió. Este idiota no tenía idea. Ya se enteraría esa noche de la magnitud de su amor por ella. No renunciaría a Isabella por nada, ni siquiera por su propio bien.
Ya lo había intentado y había sido un error.
—Ben, ya me he aprovechado de ella. Y jamás la dejaré —le dijo dejando a su colega con la boca abierta. Y luego agregó— Te lo advierto, no sigas con esto porque te arrepentirás. Que disfrutes de la fiesta, "amigo".
Y luego se alejó con los puños apretados…
Ignorando la tensa situación que se había suscitado junto a la piscina, Isabella se preparaba para la fiesta.
A pedido de Edward le habían asignado su propia habitación en la planta alta, y él dormiría en una de las de planta baja. Y allí estaba ella, arreglándose el cabello con un moño en lo alto de la cabeza. Era una fiesta de gala, y además quería verse mayor.
Sólo así podría estar a la altura de la tonta de Kate. Se miró al espejo y se encontró guapa. Se miró mejor y se dio cuenta de que en realidad estaba hermosa y no tendría nada que envidiarle a nadie. Era joven y bella, y Edward era suyo. Giró y su hermoso vestido verde agua onduló graciosamente sobre sus piernas. De verdad parecía una sirena. ¡Cómo le gustaría estar en el agua, con las manos de Edward en sus pechos!
A las nueve en punto él tocó a su puerta y cuando la vio suspiró. Sería la más linda de la fiesta y era suya. Una especie de orgullo de macho lo invadió y sonrió avergonzado. Bajaron la escalera de la mano, y comenzó la fiesta.
Todo fue como un torbellino. Gente. Más gente. Le presentaron a muchísimas personas, dio la mano más de cien veces y besaron sus mejillas otras cien. Ya no sabía ni cuál era su propio nombre de tantas personas que había conocido. En más de una ocasión intentaron llevarse a Edward de su lado, pero él no le soltó la mano. Por lo menos hasta que llegó Carlisle, reclamó su baile y la condujo a la pista. Al instante comenzó a sonar "Por una cabeza" y la voz del zorzal Carlos Gardel los envolvió.
Juntos le sacaron chispas a la pista. En un momento Carlisle le susurró al oído: "Bienvenida a la familia, Sra. Cullen" e Isabella estuvo a punto de trastabillar, pero él no lo permitió, la hizo girar y ella cayó en sus brazos en la clásica figura final del tango.
Todos aplaudieron encantados. Bueno, casi todos, porque en un rincón Renata, Esme, y Kate hervían de rabia. Esa mocosa tenía a todos en un puño. Especialmente a Edward, que la miraba embobado.
Pero Isabella estaba feliz, todo estaba resultando mejor de lo que esperaba.
Simplemente fluía, como a ella le gustaba decir. Corrió hacia Edward y se echó en sus brazos. Él la besó en la frente, estaba encantado con su cumpleaños número veintinueve. A decir verdad, habría estado más encantado si lo hubiese pasado en su departamento a solas con Bella. Ese sí habría sido un cumpleaños feliz. Pero dadas las circunstancias, esto no estaba tan mal.
La música dio un giro radical, y llegaron los old hits. Roberta Flack los invitaba a acercar sus cuerpos como aquella vez en la disco. Habían acordado mantenerse a una distancia prudencial, inofensiva por decirlo de algún modo, porque sabían que la pasión los arrastraría en cuanto sus cuerpos se tocaran. Pero "Killing me softly" fue demasiado. Bailaron abrazados casi sin moverse, mirándose a los ojos. La magia... otra vez esa magia los alejó del mundo real. Estaban solos en la pista, adorándose con la mirada.
—Te amo— le dijo él sin dejar de observarla.
Bella cerró los ojos. Los de Edward le decían tantas cosas. Cosas bellas y cosas prohibidas, más de lo que ella podía soportar.
Se acercó a él, se puso de puntillas y le susurró:
—Y yo te adoro, corazón. De veras te adoro...
De pronto, él sintió la necesidad de preguntarle algo. Ben había sembrado la duda en su corazón.
—Nena, ¿en algún momento has deseado que yo… que mi familia no tuviese dinero, ni esta posición social?
—Sí, lo he deseado. Pero todo esto es parte del paquete, y no me importa. Yo te quiero a ti, con o sin el dinero de tu familia, mi amor.
Edward no necesitaba saber más. La soltó súbitamente, y la sacó de la pista. Le dijo algo a Carlisle y en un minuto la música cesó y aparecieron dos meseras con el pastel que Isabella le había preparado.
—Llegó el momento, Princesa —murmuró al tiempo que la soltaba y se dirigía a la mesa del pastel. El silencio inundó la sala, los invitados se daban cuenta de que Edward iba a decir unas palabras, así que la expectativa crecía segundo a segundo. ¿Qué sería lo que Edward tendría para decir? Jamás había tomado la palabra en sus fiestas de cumpleaños. El silencio era tal que se podía oír el tic tac de los relojes.
Definitivamente, había llegado el momento...
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¡JAJAJAJA! Que mala onda que hasta aquí se quedara el cap XD pensé que alcanzaríamos a escuchar el chisme del compromiso… jajaja ni modo chicas, la suerte lo ha decidido jaja
Mañana tendremos actualización de LA MANERA EN LA QUE ME CONOCES, para que estén pendientes.
No olviden dejar un comentario.
¡Nos leemos pronto!
