Capítulo Veintitres
De las tres juntas que tuvo en todo el día, ninguna fue efectiva. Se limitó a aprobar decisiones, escuchar argumentos, ver gráficos de otros accionistas. Era como si su cabeza estuviera en otro ruedo y en efecto, eso es lo que sucedía. En los ratos libres, la buscó en redes sociales, ni siquiera tenía un perfil en Facebook. Le costaba creer que Anna tuviera poco interés para promocionarse en internet. Aunque fuera su perfil social. Trató de buscar a sus amigos, recordaba algunos nombres, más en específico, los que había ido con ella a la universidad y seguía frecuentando cada mes. Mas no había actividad social de ella con ellos.
—¿Y ahora qué? ¿Ya es stalker? —preguntó con gracia Jeanne.
—¿Perdón? —dijo viéndola con cierto desdén—No son tus asuntos.
Ella sonrió, brindándole la carpeta que necesitaba.
—Nunca son mis asuntos, pero luego quiere que le lea la mente—dijo con gracia—Así que necesito saber qué busca. Sino luego estamos con la menopausia a todo lo que da.
Roló los ojos en blanco.
—Eres sin duda la peor asistente que he tenido.
—¡Ah! Pero soy la única que lo tolera—resaltó la mujer—Ni siquiera su futura esposa lo va a tolerar.
—No voy a casarme—masculló con coraje.
—Eso decía mi esposo y vea que ahora se pone el mandil para lavar los trastos—describió con una pequeña sonrisa.
Gesto que le encrespaba. De ningún modo él terminaría así. Ni soñarlo.
—Solo digo, señor, que más pronto cae un hablador que un cojo.
—Jeanne, dedícate a trabajar—dictó sin dudarlo.
—Como usted, diga, pero recuerde… a sus casi treinta y un años, yo no me confiaría. Quizá y para su cumpleaños, alguien lo atrape y le ponga un anillo de bodas—se burló abiertamente—¿Se imagina? Todo mundo le va a regalar sartenes en su cumpleaños. ¿No le parece cómico?
Mas no escuchó respuesta, lo cual le extrañó, porque nunca dejaba liebre sin cabeza.
—¿Señor Hao?
—Tienes razón, Jeanne—dijo pensativo—Necesito organizar una fiesta de cumpleaños.
Ella comenzó a reír, mientras lo miraba confundida.
—¿Fiesta de cumpleaños? ¿Usted? Pufff… por favor, no hay peor fecha del año en que usted se ponga, está peor que señora con menopausia—le explicó—Sólo recuerde su cara de asco con el pastel del año pasado. ¡Usted detesta los pasteles!
Pero él seguía absorto en su idea, incluso sonriendo con cierta malicia.
—No esta vez, esta vez será un verdadero placer cumplir años.
A la mañana siguiente, pasó a firmar y saludar a sus residentes antes de tomar el elevador. El médico en turno no estaba, así que pasó directo a la suite del señor Huxley. A veces se preguntaba si su amigo se burlaba de ella con esa clase de referencias literarias. Estaba pensando en eso cuando abrió la puerta de la habitación y los encontró durmiendo en la cama abrazados.
Fue raro, porque de antemano sabía que ese sujeto no era Hao. Y más raro era ver que Anna incluso estaba metida debajo de la cobija. Carraspeó dos veces, pero ninguno de los dos despertó, hasta que tocó el hombro de su amiga. Entonces comenzó a abrir los ojos.
—Emmm…. Señorita Kyoyama, temo decirle que eso no está permitido en el hospital—dijo extrañada Pilika—Es más, me extraña de ti.
Anna se incorporó lento, sentándose en la cama, mientras miraba de reojo al castaño que en apariencia seguía durmiendo. Se levantó sutil y se sentó en el sofá a su lado, tratando de acomodar su cabello.
—¿Se le ofrece de casualidad un café o un jugo? —preguntó su amiga divertida—¿Acaso se te olvidó que este no es tu… novio? ¿Ex novio?
—No se me olvidó y sí, quiero algo no he comido nada y cuando digo que de verdad no he comido nada, lo digo literal—dijo con pesadez en la cabeza—¿Hay una máquina afuera?
—Sí—dijo curiosa al verla calzar sus zapatos—¿Quieres cambio?
—Yo tengo—dijo caminando a la salida—Vigílalo, no se te ocurra meterte al baño o perderlo de vista.
—¡Ay! Vaya a éste lo cuidas mucho—dijo aun más divertida.
Ella bufó y salió al pasillo, mientras dentro Pilika revisaba el suero, pronto habría que cambiarle la bolsa, cuando fijó su vista en él, notó que ya se había sentado.
—¿Pilika, verdad? —la doctora asintió—Soy Yoh, ayúdame a salir de aquí.
—¿Qué?
—Te lo pido, cierra la puerta, entretenla—le dijo con rapidez, destapándose—Yo iré al baño.
En la adrenalina del momento, notó que trataba de librarse de una esposa en su pie izquierdo. Justo en el lado que estaba lastimado. En sí, lo que más le llamó la atención fue la relativa facilidad que tuvo para abrirla con…¿Un pendiente?
—¡Yoh!
Después todo pasó en cámara lenta, cuando Anna volvió a la habitación y se arrojó sobre él. Jamás había visto algo así en todos sus años de vida. Menos aun, recordaba ver a Anna tan exaltada. Ella siempre era rectitud, sobriedad y mesura. Lo que contemplaban sus ojos era una cosa rara.
Yoh terminó por desconectar el suero de su mano en tanto ajetreo. De cualquier forma la bolsa ya estaba vacía. Recogió unas galletas del suelo y abrió el empaque, mientras ellos terminaban de discutir.
—Creo que… le pediré a la enfermera que traiga un nuevo suero y el desayuno—les anunció.
Pero ninguno de los dos prestó atención, ni siquiera cuando cerró la puerta.
Horas atrás, la noche anterior para ser exactos, cuando recién se acababan de presentar parecía que todo marchaba con relativa calma. Salvo que no quería confesarle mucho, hasta esa última declaración.
—Soy un criminal.
Primero quiso reírse, pero al ver su rostro serio, sabía que no era algo que quisiera poner a prueba.
—¿A qué te refieres con que eres un criminal?
—Un criminal es una persona que comete crímenes.
—¿No? ¿En serio? Qué gran explicación—dijo ofendida—No me trates de idiota.
Él suspiró, recostándose en la cama, cerrando los ojos.
—¿Ahora vas a ignorarme?
—Mira, te estoy haciendo un favor, supón que nunca me encontraste—dijo cansado—Cuanto menos sepas de esto, estarás mejor.
—Es muy tarde para decirlo, ya me lo confesaste.
—¿Y no te da miedo? —dijo abriendo los ojos, sentándose de nuevo—¿Qué tal si soy un asesino serial o algo peor?
Ella cruzó sus brazos, notándose incrédula.
—Un asesino serial no estaría como perro muriéndose debajo de una banca en un parque casi vacío.
—Tal vez no un buen asesino serial.
—Entonces no tengo nada que temer, además… te cortaste la espalda por mí—dijo recordando el mal momento que eso le ocasionó—Si hubieses querido, me hubieras quitado el cuchillo y amenazarme o algo peor.
—Estaba débil—dijo molesto—No minimices lo que soy.
—Un asesino serial no besa de forma dulce como tú.
Eso consiguió hacerlo sonrojar, en especial cuando ella también lamentó un poco sus palabras.
—Como sea…no creo que seas un tipo de cuidado. Si lo fueras no estaría como idiota cuidándote.
—Lo haces porque amas a mi hermano.
—Claro que no—negó de inmediato.
—Claro que sí, te escuché decírmelo—afirmó sin dudarlo—Uno no recoge perros de la calle sucios, a menos que tengas un propósito o pienses que se le perdió a tu novio.
La comparación le pareció en sí curiosa.
—¿Te estás denominando perro?
—Tú me lo dijiste primero—sacó airoso—Además, no veo porque quieras saber más, si no es porque Hao no te quiere decir nada.
Era bueno con las deducciones.
—Lo cual tiene razón.
—¿Por qué?
—Siguiente.
—Si vuelves a decir esa palabra, te ahogaré con la almohada. ¡Y entonces la asesina seré yo!—bramó ya bastante irritada.
Eso fue suficiente para hacerlo encoger un poco en la cama.
—¡Qué carácter! —comentó ofuscado—Ayer eras muy dulce.
Fue su turno de hacerla sonrojar. Tenía que admitir que se veía linda con ese tono en sus mejillas.
—Mira, Anna…. No entiendo por qué quieres saber de mí, si quien te importa es mi hermano—comentó serio—Él hizo su vida y es muy independiente a la mía.
—Es que eso es lo que no entiendo—dijo en el mismo tono—Él no quiere hablar de su familia.
—Y no lo culpo.
—Pues yo sí, tiene severos traumas por eso—aseguró en un suspiro—Quiero saber por qué.
—Pregúntale—sugirió desinteresado.
—¿Qué crees que hice, genio? —dijo irónica—Él es igual o más cerrado que tú.
Suspiró y se volteó, cubriéndose con la manta. No era algo que le agradara recordar, en especial el último momento en el que se vieron. Derivado de ese problema llegaron otros. Pero siempre pensó que la opción de Hao era la más prudente. Sobre todo la más inteligente.
—¿No me dirás nada?
—Estoy cansado, ayer casi no dormí—dijo en un murmullo.
Con eso, ella no tuvo mayor objeción y guardó silencio. Transcurrieron dos horas, sabía que era de noche, porque ella estaba recostada en el sillón pequeño, durmiendo. Además, podía verlo a través de las persianas, que estaba prácticamente oscuro.
Se sentó y quitó de su mano el suero. Entonces buscó la ropa con la que había llegado e intentó levantarse. De inmediato un fuerte dolor lo atacó al ponerse en pie. Fue un quejido muy leve, pero lo suficiente para ponerla en alarma.
—¿Qué haces? —preguntó tallando sus ojos—Vuelve a la cama.
—Anna…
—No te lo estoy sugiriendo, Yoh, te lo estoy ordenando—dijo caminando hacia él—Tú NO puedes salir se este hospital aún y menos sin mí.
—No necesitas hacerte cargo de mí—replicó de inmediato.
—Entonces déjame llamar a tu hermano para que se haga cargo de ti.
Masculló algo en otro idioma, cuando volvió brincando a la cama.
—Maldita sea, ¿qué parte de tenías un vidrio clavado en el pie no entiendes?
—¿Si sabes que tengo treinta años? —comentó irritado.
—Pues parece que el que lo olvida eres tú—dijo ayudándole a sentarse.
No dudó en llamar a la enfermera con el botón. A los pocos minutos, ella volvió a conectar el suero y revisó que todo estuviera en orden. Pese a que los dos se miraban en forma retadora, Anna terminó sucumbiendo al sueño de nuevo. Por supuesto que él estaba cansado, pero no era tonto como para quedarse, ya tenía las suficientes fuerzas como para caminar un poco. Se vistió con esfuerzos e intentó abrir la puerta. Dos, tres veces en un lapso no menor de cuatro horas intentó fugarse.
Hasta que la rubia solicitó una esposa para sus pies, argumentando que en su condición, su esposo al ser sonámbulo se lastimaría andando por el pasillo. No tuvo ni tiempo de réplica, cuando le colocaron eso en el pie.
—Carterista—dijo cruzándose de brazos.
—¿Qué?
—Era carterista—repitió molesto—Mi abuelo me entrenó, encadenándome todos los días en una silla. Si crees que una cadena en el pie va a detenerme estás muy equivocada.
Fue entonces, que ya furiosa, se metió a la cama con él. En un principio se sorprendió, después de murmurar y quejarse, cedió. Supuso que en parte porque ya estaba agotado, solo estaba desperdiciando las pocas fuerzas físicas que tenía. Y por otro lado, su dulce fragancia estaba apaciguando sus ganas de huir. Era la segunda noche que dormía en una cama, desde hacía mucho tiempo. También era la segunda vez que dormían abrazados.
—Ni se te ocurra quitarme la ropa otra vez—susurró el castaño.
—Si con eso evito que te vayas, puede que lo considere—amenazó sin ninguna pena.
Por lo que concluyó, que con Anna Kyoyama tenía pocas posibilidades de salir corriendo. Más lo veía ahora, en la mañana, en que pese a no tener sus energías renovadas. No dejaría por nada del mundo de que se escabullera de su vista. De nada le servía luchar a sabiendas que lo que le esperaba allá afuera era tan incierto como lo que le preveía esos ojos color ámbar tan testarudos.
—Está bien, está bien—dijo finalmente—Yo no me voy, pero tú dejas de preguntar.
—¿De qué me sirve que te quedes, entonces?
—¿Ves como no te importo yo? —reiteró ofendido.
Aunque podría decir que eso nada más era mera actuación, porque en realidad sabía que él no era la cuestión fundamental de su empecinamiento.
—Está bien, esta bien—admitió ella—Tú ganas, no te voy a preguntar.
—¡Bien! —cantó en victoria el castaño.
—Pero a cambio, hablarás con tu hermano—le advirtió.
Abrió la boca para replicar, cuando Pilika entró con una enfermera a la habitación. Llevaban una mesa de comida, su comida. Cambiaron el suero, le hicieron preguntas habituales. Incluso la doctora le bromeó acerca de su simpático modo de despertar. No recordaba hace cuánto no intercambia una conversación divertida con un par de personas. Pero tenía que reconocer que se sentía bien.
Anna contemplaba desde la pared su desenvolvimiento. En especial cuando Pilika y el médico que lo recibió le explicaron su condición médica y los cuidados que debía tener con su alimentación a partir de ese momento. Estaba tomando nota mental, hasta que sintió su teléfono vibrar. Entonces salió del cuarto para realizar la llamada.
—Hola linda—la saludó Hao.
Lo cual era raro, porque no lo había hecho en semanas. Sin embargo, sentía cierta calidez al oír su voz.
—Hola, señor Asakura—respondió suave.
—¿Volvemos a las formalidades?
—¿Alguna vez las dejamos? —cuestionó de vuelta.
Tardó segundos en volver a oírlo, sabía que había sonreído aunque no lo veía. Recordó su cara de horror con su confesión de amor y sintió pena al estar en esa situación.
—¿Pasa algo? Asumo que no me hablas solo para saludar.
—Tengo un trabajo para ti—dijo sereno—Espero que tengas tiempo, porque…Quiero que organices mi fiesta de cumpleaños.
Continuará
Hola, soy yo de nuevo. ¡Estoy súper feliz porque de verdad me siento super inspirada con esta historia! Sé que las madrugadas son para dormir, pero amí me han resultado muy efectivas para escribir. Antes que nada, les reitero mis agradecimientos, siento que ustedes son el principal motor de mi inspiración. Desde que entré a este fandom lo único que he visto son buenos deseos entre los escritores que todavía escriben aquí. Sé que ha pasado mucho, pero aun así, todos ustedes me han inspirado no solo para escribir, sino para animarme a subir una historia. Agradezco mucho el seguimiento que le dan, ha sido un bello recuerdo en estos tiempos difíciles. Sobre el fic…. Ay! Creo que nadie esperaba eso de Yoh, aunque nunca consideré cambiar tanto la obra, pero esto se conduce deacuerdo a los personajes y bueno, me agrada que después del llanto y el drama pasemos a algo mas ligero y divertido. Porque ciertamente, la relación entre Yoh y Anna va a sacudir un poco de la Hao y Anna. Si para bien o para mal, eso ya lo verán más adelante. Estoy alargando la historia, lo mas posible, claro que eso tiene limites, pero no se preocupen, nos queda todavía un ratito más. A menos que no quieran que actualice diario. Bueno ustedes me dicen. Cuidense mucho y a seguirle dando. .
