Hola a todos! Estoy de vuelta con una noticia interesante. ESTE ES EL PENULTIMO CAPITULO DE LA HISTORIA. He pensado en hacer un Gruvia de segunda parte ¿qué os parece? Contádmelo en un review!

Capítulo 21

A mis padres no les gustó. La mayor parte de la comida no hicieron caso a Natsu. Cada vez que lo ninguneaban descaradamente, yo abría la boca para protestar, pero él me pegaba una patada por debajo de la mesa y negaba con la cabeza. Yo echaba humo, la ira me consumía.

A partir de ahí las cosas se volvieron muy incómodas, aunque Mirajane hizo todo lo posible por llenar los silencios. Sí, también fue.

Natsu se había puesto una camisa gris larga con los puños abrochados. Cubría la mayoría de sus tatuajes. Su vestimenta apta para padres se complementaba con unos jeans negros y unas botas negras lisas. Teniendo en cuenta que se había negado a arreglarse para una sala de fiestas repleta de lo mejor de Holywood, me impresionó. Incluso se había peinado al estilo James Dean. Por lo general, no me habría gustado en ningún otro hombre, pero Natsu no era como el resto. Estaba increíblemente guapo, incluso con los moratones que ya iban desapareciendo bajo sus ojos. Y la gracia con la que se desenvolvía pese al nefasto comportamiento de mis padres reforzó mi fe en él. Mi acertada elección.

Pero volvamos a la conversación de la velada.

Mirajane nos contaba al detalle todos sus planes y las clases del siguiente semestre. Mi padre asentía y escuchaba con atención, haciendo las preguntas pertinentes. Que su hijo estuviera enamorado de una muchacha así había hecho las delicias de mis padres. Ella llevaba muchos años formando parte de mi familia, así que no podían estar más encantados. Pero además había conseguido que mis padres miraran a su hijo de otra manera y percibieran los cambios que se habían dado en él. Cuando Mirajane hablaba sobre el trabajo y las responsabilidades de Lax, la escuchaban de verdad.

Natsu estaba al otro lado de la mesa, pero le echaba de menos. Teníamos tanto de qué hablar que no sabía por dónde empezar. ¿No habíamos hablado ya de la mayoría de ello? ¿Cuál era el problema, entonces? Tenía la extraña sensación de que algo iba mal, de que algo se me escapaba. Natsu se había mudado a Portland, todo iba bien… pero no era así. Las clases comenzarían pronto y la amenaza del plan pululaba sobre mi cabeza.

-¿Lu? ¿Algo va mal? – preguntó mi padre desde el extremo de la mesa, con preocupación en la cara.

-No, papá – contesté, con una sonrisa perfecta. No había mencionado lo de no atender a sus llamadas de teléfono. Sospeché que lo atribuía a la ira de una hija con el corazón roto o algo así.

Mi padre me miró muy serio, primero a mí y luego a Natsu.

-Lucy comienza la facultad la semana que viene – indicó.

-Lo sé – contestó Natsu cordialmente -. Me lo ha comentado ya, señor Heartfillia.

Mi padre observó a Natsu atentamente.

-Sus estudios son muy importantes para ella.

Una punzada de pánico me recorrió la espalda.

-Papá, déjalo.

-Por supuesto, señor Heartfillia. Y no tengo ninguna intención de interrumpirlos.

-Bien.

Mi padre extendió las manos y las cruzó sobre la mesa, preparándose para soltar un discurso.

-La cosa es que los jóvenes, cuando se enamoran, tienen una tendencia horrible a no pensar con claridad.

-Papá…

Mi padre hizo un gesto con la mano para callarme.

-Desde que era pequeña soñaba con llegar a ser arquitecta.

-De acuerdo. Basta ya – dije en un tono más elevado.

-¿Qué pasará cuando esté de gura, Natsu? – preguntó mi padre a pesar de mi conmoción -. Porque es algo que sucederá inevitablemente. ¿Esperas que lo deje todo para ir contigo?

-Eso dependerá de su hija, señor. Pero no pretendo hacerla elegir entre sus estudios y yo. Haga lo que haga, tendrá mi apoyo.

-Ella será arquitecta – contestó mi padre, tajante -. Esta relación ya le ha pasado factura. Cancelaron unas practicas muy importantes cuando estalló toda esta tontería. Le ha costado caro.

Me eché hacia atrás mientras me levanté de la silla.

-Ya es suficiente.

Mi padre me dirigió la misma mirada que cuando conoció a Natsu, hostil y de pocos amigos. De repente me miró como si no me reconociera.

-¡No permitiré que tires tu futuro por la borda por él!

-¡¿Por él?! – repuse. Estaba horrorizada por el tono de su voz. Llevaba toda la noche aguantándome la ira, no me extrañaba que apenas hubiera tocado la comida -. ¿Por la persona con la que habéis sido intolerablemente maleducados durante la última hora? Natsu es la última persona en el mundo que me dejaría tirar lo que es importante para mí.

-Si le importaras de verdad, se alejaría de ti. ¿No te parece suficiente el daño que te ha hecho? – estalló mi padre con la vena de la frente hinchada.

Todos contemplaron la escena en silencio absoluto. Me había pasado la mayor parte de la vida cediendo en estos casos, pero siempre sobre cosas que no tenían mucha importancia. Esto era distinto. Ahora se trataba de mi vida.

-Te equivocas, papá.

-¡Has perdido los papeles, Lucy!

-No.

Volví la cabeza, miré a mi esposo y me salió todo lo que debería haberle dicho hace tiempo.

-No, no los he perdido. Es más, soy la mujer más afortunada del mundo entero.

A Natsu se le iluminaron los ojos con una sonrisa. Se mordió el labio inferior, intentando en vano contener el semblante de felicidad ante la furia de mis padres.

-Eso es lo que soy – repetí. Se me llenaron los ojos de lágrimas y por una vez me dio igual todo el mundo.

Entonces Natsu echó hacia atrás la silla y se levantó, sin dejar de mirarme. La promesa de amor incondicional y apoyo en sus ojos fue todo lo que necesité. En ese preciso momento, supe que todo estaba bien, que estábamos bien y que siempre lo estaríamos si permanecíamos el uno junto al otro. Se me disiparon todas las dudas. Dio la vuelta a la mesa y se puso a mi lado, en silencio.

¡Vaya cara pusieron mis padres! Ellos siempre decían que era mejor arrancar la tirita de golpe, así que eso hice.

-No quiero ser arquitecta.

Me sorprendió el alivio que sentí al verbalizarlo por fin. Creo que me crujieron las rodillas. Ya no había marcha atrás. Natsu me tomó la mano y la apretó.

Mi padre me miró parpadeando, incrédulo.

-No hablarás en serio.

-Eso me temo. Ese era tu sueño, papá, no el mío. Jamás debería haberte hecho caso. Lo lamento. Ahora lo sé.

-¿Y a qué te dedicarás, a servir cafés? – preguntó mi madre, alzando por primera vez la voz.

-Sí.

-Esto es ridículo. ¡Hemos invertido tanto dinero en ti! – gritó, con los ojos parpadeando de ira.

-Os lo devolveré. Tranquilos.

-¡Menuda locura! – exclamó mi padre, con una palidez mortal -. Todo es culpa suya, de esos músicos…

-No – le interrumpí -. De hecho, es cosa mía. Natsu simplemente me hizo cuestionarme qué es lo que deseaba de verdad, él quería que fuera una persona mejor. Lo he hecho muy mal al intentar encajar en tu plan todo este tiempo.

-Creo que deberías irte, Lucy. Piensa detenidamente sobre todo esto. Hablaremos cuando hayas recapacitado.

Pero no iba a cambiar nada. Mi estatus de hija buena había dado un vuelco por completo.

-Papá, has olvidado algo: decirle que, independientemente de lo que decida, la seguirás queriendo – dijo Laxus. Se levantó y retiró la silla de Mirajane -. Nos vamos nosotros también.

-Bueno, ella ya lo sabe… - farfulló mi padre avergonzado.

-No, no lo sabe. ¿Por qué crees que lleva tanto tiempo haciendo lo mismo que tú, imitándote?

-Eso es ridículo.

-Lax tiene razón – repuse -. Lo hacía para ser una buena hija. Pero supongo que todo el mundo crece y decide por sí mismo.

Mi padre me dirigió una mirada aún más fría.

-Ser adulto no consiste en darle la espalda a tus planes, sino en afrontar las responsabilidades.

-Pero seguir tus planes no es responsabilidad mía – contesté. Me negaba a ceder en esto. Esos días ya se acabaron -. No puedo ser tú, papá. Lo siento, me ha costado muchos años y mucho dinero de vuestros ahorros darme cuenta de ello.

-Lucy, solo queremos lo mejor para ti – dijo mi madre.

-Lo sé, pero soy yo la que debo decidirlo. Y mi marido no va a ninguna parte sin mí, tenéis que aceptarlo.

-Gracias por la cena – dijo Lax, y besó a mamá.

-Algún día, cuando tengáis hijos, lo comprenderéis.

Estas fueron las palabras que pusieron fin a la conversación, aunque mi padre siguió sacudiendo la cabeza y suspirando. Me sentía tremendamente culpable por decepcionarles, pero no tanto como para volver a mi comportamiento anterior. Había llegado a una edad en la que comprendí que los padres también eran seres humanos, no tan perfectos ni omnipotentes como pensaba de pequeña, sino que podían cometer errores, como yo.

Recogí mi bolso, era hora de irse.

Natsu saludó con la cabeza a mis padres y me acompañó hasta la puerta. El nuevo y brillante Lexus Hybrid plateado nos esperaba aparcado. No era un Sedan grande como los que usaban Sting y los otros guardaespaldas, sino uno más fácil de usar. Lax y Mirajane se montaron en su automóvil también.

Mis padres nos observaban desde la entrada de la casa. Natsu me abrió la puerta y me monté en el asiento del copiloto.

-Lamento cómo se ha portado mi padre. ¿Te ha molestado?

-No.

Cerró la puerta y se ajustó el cinturón de seguridad.

-¿No? – dije -. ¿Eso es todo?

Asintió.

-Es tu padre. Es normal que se preocupe.

-Pensaba que echarías a correr, visto el panorama…

-¿En serio?

-No. Lo siento, he dicho una estupidez.

Observé a mi antiguo vecino pasar, el parque donde tantas veces había jugado y el camino que tomaba para ir al colegio.

-Así que he dejado la universidad…

Me miró de reojo.

-¿Y cómo te sientes?

-Dios, no lo sé. Me da vértigo. Me tiemblan las manos y los pies. No sé lo que estoy haciendo.

-¿Sabes lo que quieres hacer?

-En realidad no.

-Pero sí sabes lo que no quieres.

-Sí – respondí con decisión.

-Pues ya tienes por dónde empezar.

La luna llena se alzaba en el cielo y las estrellas brillaban. Mi existencia había cambiado por completo… Una vez más.

-Ahora estás oficialmente casado con alguien que ha dejado los estudios y se gana la vida sirviendo café. ¿Qué te parece?

Natsu me tomó la mano y la apretó delicadamente.

-Si quisiera dejar el grupo, ¿qué te parecería?

-Que es decisión tuya.

-Y si quisiera rechazar todo el dinero, ¿qué dirías?

-Tú lo has ganado, es decisión tuya. Supongo que tendrías que venir a vivir conmigo, y te aseguro que el apartamento que podría permitirme con mi salario sería pequeño. Minúsculo.

-Pero aun así ¿me aceptarías?

-Sin dudarlo.

Le apreté la mano en un intento de que me transmitiera pate de su fuerza.

-Gracias por haberme apoyado antes.

-Ni siquiera dije nada.

-No hacía falta.

-Me llamaste tu esposo - pronunció con aire gracioso.

Asentí con el corazón puño.

-No te he besado hoy en el estudio porque pensaba que aún había muchas cosas en el aire y no era correcto, pero quiero besarte ahora mismo – prosiguió más serio.

-Por favor.

Nos desviamos de la carretera y apagó el motor. Se acercó y me besó. Sentí sus labios cálidos, familiares, los únicos que quería y deseaba. Me rodeó la cara con las manos y me acercó más. El beso era dulce y perfecto: una promesa de que no romperíamos esta vez. Habíamos aprendido de los errores y continuaríamos aprendiendo toda nuestra vida. En eso consistía el matrimonio.

Enredó las manos en mi pelo y yo enlacé mi lengua con la suya. Necesitaba su sabor tanto como el respirar. El tacto de sus manos sobre mí eran la promesa de todo lo que estaba por venir. Lo que comenzó como una afirmación se aceleró a la velocidad de la luz. El gemido que soltó… Dios mío. Quería oírlo durante el resto de mi vida. Le agarré por la camiseta para acercarle más y más. Teníamos mucho tiempo que recuperar.

-Tenemos que ir a otro sitio – me dijo.

-¿En serio? – pregunté con jadeos.

-Me temo que sí. Vamos, esposa más afortunada del mundo.

-Mis padres estuvieron a punto de estallar.

-Siento mucho cómo ha salido todo esta noche.

Pasé la mano por su pelo corto y puntiagudo.

-Pero lo acepto – añadió -. Ellos son como son.

-No deberías. No tendrás que hacerlo. No pienso cruzarme de brazos y…

Me calló con un beso.

Funcionó, claro. Pasó la lengua por mis dientes. Me desabroché el cinturón y me acoplé en su regazo. Nadie besaba como él. Me acarició los pechos y acarició mis pezones con los pulgares. Los pobres estaban tan duros que me dolían, y además podía sentir la erección de Natsu en mi entrepierna. Nos besamos hasta que un automóvil lleno de niños pasó por nuestro lado, haciendo resonar el claxon. Se ve que nuestra sesión de rollo era bastante visible desde el exterior, a pesar de los cristales tintados. Eso era tener estilo.

-Vámonos – dijo, jadeando -. Dios, me ha encantado apoyarte esta noche. Ha sido muy intenso, estoy orgulloso de cómo te has desenvuelto con tus padres. Lo has hecho muy bien.

-Bueno. ¿Crees que lo comprenderemos cuando tengamos niños, como ha dicho mi madre?

-Nunca hemos hablado de este tema. ¿Quieres tener hijos?

-Algún día. ¿Y tú?

-Sí, algún día. Cuando pasemos unos merecidos años a solas.

-Muy bien. ¿Me enseñas tu apartamento?

-Nuestro apartamento – recalcó -. Por supuesto.

-Creo que necesitarás quitarme las manos de los pechos para conducir hasta allí.

-Mmm… qué pena – contestó. Me apretó los pechos una vez más antes de sacar las manos de la camiseta -. Y tú tendrás que volver a tu asiento.

-Eso está hecho.

Me ayudó a regresar a mi sitio y me volví a abrochar el cinturón mientras él respiraba profundamente. Se incorporó en el asiento e intentó ponerse cómodo.

-Esto es una tortura – se quejó.

-¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?

-Ya sabes lo que has hecho.

-No sé de qué me hablas.

-Ni se te ocurra hacerte la tonta – me dijo, mirándome con los ojos entornados -. Lo hiciste en Las Vegas, en Monterrey y en Los Ángeles. Ahora lo estás haciendo en Portland. No puedo llevarte a ningún sitio.

-¿Estás hablando de tu bragueta? Porque el único que puede controlar cómo reacciona ante mí eres tú, amigo.

Soltó una carcajada.

-Nunca me he podido controlar contigo. Jamás – dijo.

-¿Por eso te casaste conmigo? ¿Por qué te sentiste desamparado sin mí?

-Me haces temblar de miedo, te lo aseguro – contestó. Su sonrisa sí que me hizo temblar -. Pero me casé contigo, Lucy, porque le das sentido a mi vida. Ambos lo hacemos. Estamos mucho mejor juntos que separados, ¿te has dado cuenta?

-¡Ya te digo!

-Oye, ¿vamos a casa ya? – dijo, insinuante.

Estoy segura de que se saltó varios límites de velocidad durante el camino. Estaba pletórico.

0o0o0

El apartamento estaba a solo dos manzanas de la cafetería de Ruby, en un edificio alto y antiguo de ladrillo marrón con detalles tipo art decó en las puertas de vidrio.

Natsu introdujo un código y entramos en un vestíbulo de mármol blanco. Una estatua se alzaba en una esquina, y había cámaras de seguridad en el techo. No me dio tiempo a fijarme mejor, porque me empujaba bromeando hacia delante. Tuve que correr para escaparme de sus garras.

-Vamos – Se apresuró mientras llamaba al ascensor.

-Que bonito. Es impresionante – dije, mirando al techo.

Pulsó el botón hasta el último piso.

-Espera a ver nuestra casa. Te mudarás pronto, ¿no?

-Sí.

Ah, de momento tendremos visita mientras terminamos de grabar el disco. Unas cuantas semanas más, probablemente.

Las puertas del ascensor se abrieron y entraron en el recibidor. Y en cuestión de segundos se agachó e inesperadamente me alzó en brazos. Me pilló desprevenida, como la primera vez.

-Ya hemos llegado, señora Dragneel.

-¡Hey!

-Te tengo bien sujeta, cariño. Hora de volver a pasar por el umbral en brazos.

-Natsu, llevo falda.

Aunque la prenda me llegaba por las rodillas, no me apetecía asombrar a sus invitados y a los miembros de la banda, exhibiendo mi ropa interior. Si podía evitarlo, claro.

-Lo sé. Por cierto, ¿te he dicho que te quiero?

Sus botas negras resonaban por el suelo de mármol. Aproveché la oportunidad de agarrarle el culo solo porque podía. Mi vida era jodidamente fantástica.

-¡Oye, no llevas ropa interior! – exclamé.

-No me digas…

Noté que me pasaba la mano por el trasero.

-Tú sí, por suerte. ¿Qué llevas puesto, cariño? Por el tacto parecen shorts de hombre.

-Creo que no los has visto.

-Sí, vamos a cambiar eso muy pronto. Créeme.

-me parece bien.

Escuché una puerta abrirse y el mármol se convirtió en un suelo de madre negro y reluciente. Las paredes eran blanquísimas y escuché voces masculinas reírse y soltar palabrotas. Había música de fondo, creo que Nine Inch Nails. Lax ponía esa música en el apartamento, eran de sus favoritos.

Ni que decir que el apartamento era espectacular. Sillas de comedor de ébano y sofás verdes, muchísimo espacio, fundas de guitarra aquí y allá… Un lugar precioso y muy habitable. Un hogar.

Aquello era nuestro hogar.

-Has secuestrado a una muchacha, lo cuál mola pero es ilegal, Nats. Probablemente tengas que liberarla.

Vi aparecer a Gray.

-Hola, mujercita. ¿No me das un beso de bienvenida?

-Apártate de mi mujer, baboso – le dijo Natsu empujándole con una bota -. Búscate una.

-¿Por qué demonios querría casarme? Eso es para locos como vosotros. Y aunque me encanta vuestra locura, no seguiré vuestros pasos ni de coña.

-¿Quién diablos iba a casarse con él? – preguntó una voz desde el fondo. Era Jerall -. ¿Qué tal, Lu?

-Hola, Jerall – saqué una mano de los jeans de mi marido y le saludé -.

-Hermano, ¿es necesario que esté bocabajo?

-Pues sí. Es nuestra noche de bodas – anunció mi marido.

-Entendido – respondió Gray -. Vamos a buscar a Gajeel, Jerall. Iba a ir al japonés a comer.

-Vale. Hasta luego, colegas.

-¡Adiós! – me despedí con otro saludo.

-Buenas noches, Luce.

Gray se fue también y nos dejaron a solas.

-Por fin – dijo Natsu, y avanzó por el pasillo conmigo a cuestas y del revés -. ¿Te gusta la casa?

-Lo que puedo ver de ella… me parece increíble. Sí.

-Muy bien, ten enseñaré el resto luego. Lo primero es lo primero. Quiero que me enseñes esa ropa interior tuya.

-No creo que te quede bien, si es lo que esperas.

Me dio un azote en el trasero como un rayo candente, aunque me asustó más que otra cosa.

-¡Por Dios, Natsu!

-Solo te estoy calentando, cariño.

Entró en la última habitación del pasillo abriendo la puerta de una patada. Sin previo aviso, me dejó caer contra una cama enorme. Mi cuerpo rebotó graciosamente en el colchón. La sangre me subió a la cabeza y todo me dio vueltas. Me aparté el pelo de la cara y me apoyé sobre los codos.

-No te muevas – me indicó.

Se quedó a los pies de la cama mientras se quitaba la ropa. Dios, tenía la mejor vista del mundo, y en primera fila: Natsu desnudándose. Cuando se quitó la camiseta supe realmente que no era la más afortunada del mundo, sino de la galaxia entera. Esa era la verdad. Y no solo porque era increíblemente guapo y yo era la privilegiada que le veía hacer esto, sino por cómo me miraba: lleno de deseo, pero también de amor.

-No adivinarías cuántas veces te imaginé tumbada en esta cama. La de veces que estuve a punto de llamarte.

-¿Y por qué no lo hiciste?

-¿Y tú?

-No volvamos a hacer eso jamás.

-No, nunca.

Trepó por la cama y deslizó los dedos por los muslos y mi falda, subiendo cada vez más y más. Sin dejar de mirarme, me bajó los shorts masculinos. Obviamente no estaba interesado en mi ropa interior, tenía sus prioridades.

-Dime que me quieres – susurró.

-Te quiero.

-Otra vez.

-Te quiero.

-He echado demasiado de menos tu sabor – dijo. Me abrió las piernas y dejó mi sexo expuesto -. A lo mejor me paso unos días con la cabeza metida entre tus piernas, ¿te importa?

Oh, Dios. Me acarició la cara interna del muslo con los labios y me provocó un escalofrío. No podía ni hablar.

-Dilo otra vez – me pidió.

Tragué saliva con dificultad, intentando recomponerme.

-Estoy esperando…

-Te… te quiero.

Mi pelvis se sacudió ante el primer roce de su lengua. Me temblaba todo el cuerpo.

-No pares.

Me separó los labios vaginales con la lengua, deslizándose por ellos y lamiéndolos intensamente. Sentía su boca dulce y firme y la escalofriante sensación de sus colmillos.

-Te quiero, te quiero – repetí.

Me levantó por las nalgas y me acercó más a su boca.

-Otra vez.

Murmuré algo y debió ser suficiente, porque no se detuvo ni volvió a hablar más. Me atacó sin miramientos. Trabajaba con la boca, con los labios, con la lengua, me volvía completamente loca. Sentía un impulso crecer en mi interior a medida que continuaba hasta que noté la electricidad recorriéndome la columna vertebral.

No recuerdo cuando comencé a sacudirme, pero me abandonaron las fuerzas y mi espalda golpeó el colchón varias veces. Pasé las manos por su pelo y me agarré a las puntas engominadas.

Era demasiado, no supe si quería acercarme más o alejarme. De cualquier manera, sus manos me mantenían pegada a él. Todos mis músculos se tensaron y bi boca se abrió en un grito ahogado. Me estalló la cabeza y me inundó el orgasmo una y otra vez.

Cuando mi corazón se relajó, abrí los ojos. Natsu se acurrucó entre mis piernas. Se había quitado los pantalones y su erección era muy visible.

-No puedo esperar más.

-¿Quién te ha dicho que lo hagas?

Estreché las piernas alrededor de sus caderas. Una de sus manos se quedó en mi trasero y lo elevó. Pero no se apresuró. Ambos estábamos quietos y medio vestidos, él abajo y yo arriba. No había más tiempo que perder.

Me penetró tan despacio que me dejó sin respiración. Lo único que importaba era la sensación, y Dios mío, ¡qué sensación! Le notaba fuerte dentro de mí, pero delicado por fuera. El sudor de su pecho brilló bajo la luz tenue y los músculos de los hombros se le marcaban.

-Eres mía.

Solo pude asentir.

Contempló cómo se movían mis pechos bajo la camiseta a cada embestida suya y me sostuvo fuerte por la cadera. Me agarraba a las sábanas intentando buscar apoyo para poder moverme yo también. Estaba fuera de sí, con la boca húmeda. Esto era o único real, él y yo. Todo lo demás en este mundo podría ir y venir, pero yo ya había encontrado algo por lo que merecía la pena luchar.

-Ven aquí.

Me incorporó y me puso contra él con tanta fuerza que me dolieron los músculos. Le rodeé el cuello con los brazos y me acopló hábilmente sobre su polla.

-Te quiero, Lu.

Deslizó las manos por la parte trasera de mi camiseta. Nos movimos al unísono, jadeando a la vez, con la respiración fusionada en una. El sudor nos cubría la piel, la falda se me pegaba al cuerpo. Noté un calor sofocante de nuevo.

No aguanté mucho en esa postura, no si me seguía embistiendo de esa manera. Me lamió el cuello y me estremecí, no tardé en llegar al orgasmo de nuevo. No quería olvidar jamás sus jadeos y la manera que tenía de pronunciar mi nombre.

Después nos tumbamos en la cama. No quería dejarme ir, así que cubrió mi cuerpo con el suyo y su cuerpo me hundió un poco. Notaba el tacto de su boca. No quería moverme, tan solo quedarnos así para siempre.

Pero de hecho, tenía algo que hacer.

-Dame la bolsa – dije, y me liberé de él.

-¿Para qué?

-Tengo que hacer algo.

-¿Qué puede ser más importante que esto ahora?

-Date la vuelta.

-Está bien, pero más te vale que merezca la pena.

Relajó el cuerpo y me dejó darle la vuelta. Rodé por el colchón e intenté recolocarme la falda al mismo tiempo. Tuvo que gustarle lo que vio porque me atrapó gimiendo.

-Vuelve aquí, esposa mía.

-Un momento.

-Qué bonito se ve mi nombre en tu trasero. Queda perfecto.

-Me alegro.

Conseguí bajarme del colchón y ponerme bien la ropa. El mes que habíamos pasado separados ni me di cuenta del tatuaje, pero ahora me alegraba de su existencia.

-Quítate la falda.

-Espera.

-Y la camiseta también. Nos queda mucho por hacer.

-Voy, un momento. Yo también echaba de menos los abrazos sin camiseta.

Natsu había lanzado mi bolso a un sillón de terciopelo azul. No sé quién había decorado el apartamento, pero desde luego era un trabajo magnífico, precioso. Ya lo vería después, ahora tenía algo importante que hacer.

-Te he comprado un regalo después de estar en el estudio.

-¿Ah, sí?

Asentí y busqué el tesoro en mi bolso.

Bingo. La preciosa cajita estaba donde la había dejado. Caminé hacia él con la mano en la espalda y una gran sonrisa en mi cara.

-¿Qué llevas ahí escondido?

Saltó de la cama y se quitó los pantalones. Natsu estaba desnudo y perfectamente desaliñado ante mí. Me miró como si yo fuera todo para él. Y entonces supe que no necesitaría a nadie más en lo que me quedara de vida.

-Lucy…

De repente me sentí tímida en insegura. Seguro que me había puesto roja hasta las orejas.

-Dame la mano izquierda. – Sonrió.

Se la ofrecí.

Abrió la cajita y le puse el anillo de platino. Ahí estaban todos mis ahorros. Perfecto. Caminaría todo el invierno y me congelaría el trasero, pero estaba feliz. Natsu era más importante que sustituir mi viejo automóvil.

El anillo tapaba parte de su tatuaje vive libre. Mierda, no había caído en eso, seguro que no querría llevarlo puesto.

-Gracias.

Le estudié la cara para analizar su sinceridad.

-¿Te gusta?

-Me encanta.

-¿De verdad? Porque no he pensado en el tatuaje, pero…

Me calló con un beso.

Adoraba esa costumbre que había tomado. Entrelazó la lengua con la mía y cerré los ojos, sin ninguna preocupación. Me besó hasta que no me quedó duda alguna sobre lo bien que había elegido el anillo. Me quitó la camiseta.

-Me encanta mi anillo – dijo. Me besó el cuello. Me desabrochó el sujetador y liberó mis pechos. Después se centró en la falda, bajó la cremallera lentamente. Y no se detuvo hasta que me dejó tan desnuda como él -. No me lo voy a quitar nunca.

-Me alegro de que te guste.

-Sí. Y necesito que te tumbes para demostrarte lo mucho que me gusta. Después volveremos al anillo, te lo prometo.

-Tranquilo. No hay prisa – dije, ladeando el cuello para ofrecérselo mejor -. Tenemos toda una vida.