Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


»21


Pestañeando muy rápido, Hinata hizo una mueca por el terrible dolor de cabeza que se apoderó de ella cuando despertó al fin, después de haber nadado en la oscuridad durante lo que le había parecido una eternidad, la luz era escasa, poco más que un tenue resplandor en los recovecos de las tinieblas, pero había luz. Se humedeció los labios secos y agrietados mientras se centraba en esa claridad.

«¿Estoy soñando?», se preguntó. Tenía que estarlo; sólo eso podía explicar la imagen borrosa de Naruto sentado en una silla a su lado, con los codos clavados en las rodillas y el rostro enterrado entre sus grandes manos. Un montón de rizos rubios le caía por la cara, ocultándola de ella. Algo pasaba. Tenía que ser un sueño. Estaba helada. Volvió a humedecerse los labios y trató de enfocar la imagen de Naruto.

—Frío —dijo con un hilillo de voz.

El alzó la cabeza de pronto y la miró con los ojos rojos—¿Hinata? —le susurró de forma casi inaudible.

—Tengo frío.

Su sueño la oyó entonces, desapareció de pronto y volvió a aparecer enseguida con una manta.

Se la echó por encima con cuidado y se la remetió bien por debajo de las extremidades. Luego se arrodilló a su lado.

El sueño no hablaba, pero sus labios temblaban levemente mientras le acariciaba el pelo. Su mirada atormentada le recorrió el rostro y, finalmente, se instaló en sus ojos. Hinata parpadeó, incapaz de enfocar bien, pero consciente de la intensa pena que lo apresaba.

—Un sueño —logró decir, más para sí que para él.

—No, cielo —dijo él con una extraña angustia en la voz.

Hinata frunció un poco el ceño e hizo una mueca de dolor. ¿Qué le había ocurrido? ¿Por qué el Naruto de su sueño estaba tan triste?

—¿Triste? —intentó preguntarle.

Su esposo le sostuvo la mirada un buen rato, con los ojos empañados luego espetó:—Ya no. —Le acarició el pelo con ternura.

—Estás triste —repitió ella como una boba.

Él no respondió, se limitó a enterrar la cabeza entre las sábanas.

En medio de su ofuscamiento, Hinata se sintió algo sorprendida. Bajo la manta extra, su cuerpo empezó a desprender calor y se sintió enajenada. Los párpados comenzaron a pesarle y, pestañeando por última vez, miró su pelo rubio, el temblor de sus hombros anchos y se sumió de nuevo en la inconsciencia.

Tras unos instantes, Naruto alzó despacio la cabeza y la miró. Había vuelto a quedarse dormida, pero él se sintió inmensamente aliviado. Con el dorso de la mano se limpió las lágrimas luego miró al techo plagado de molduras.

—Gracias, Señor —susurró.

Se recompuso y se sentó en la silla que llevaba cuatro días junto a la cama de ella. Estaba tan pálida que casi podía ver a través de su piel. En aquella cama inmensa se la veía pequeña y terriblemente vulnerable, como si la más suave brisa pudiese arrebatársela.

Pero la elevada fiebre había remitido al fin. El doctor Stephens le había dicho que quizá no despertara jamás, Le había advertido que, si la fiebre no remitía pronto, la infección de la profunda herida podía matarla. «Tiene que aguantar», se había dicho Naruto. Así que se había quedado a su lado para instarla a luchar, a vivir. Durante los cuatro días en que había sido presa de la fiebre, él había llegado a pensar que jamás se recuperaría, pero había seguido hablándole, la había obligado a saber que la esperaba. Le había leído cartas de su familia, le había hablado de los lugares que había visto, y recordado momentos del poco tiempo que habían pasado juntos.

Incluso le había traído a Harry a su habitación, con la esperanza de que un lametón de su amigo en la cara la despertase. Todo había sido en balde, y el doctor Stephens había empezado a prepararlo para lo peor. Había dos posibilidades le había dicho: que se recuperara por completo de la profunda herida o que la infección se propagara. Y entonces moriría.

«No va a morir», había bramado Naruto como un loco; hasta Lee se había encogido.

Naruto no quería creer que fuera a morir. ¿Cómo iba a hacerlo? Si moría, su vida ya no tendría sentido. Ella lo era todo para él. Tenía que vivir. Tenía que saber cuánto la amaba. Tenía que volver a sonreír, tocar el violín. «Tenía que vivir.» Y gracias a Dios había despertado, aunque sólo fuera brevemente. Los ojos volvieron a llenársele de lágrimas mientras contemplaba, allí sentado, aquel pequeño bulto bajo una montaña de mantas que era su Hinata. Tenía que vivir.

La intensa luz solar que entraba en la habitación la despertó. Abrió los ojos poco a poco e hizo una mueca de dolor, la claridad la atravesó y le produjo fuertes espasmos de dolor por toda la columna, si bien aquello no era nada comparado con el fuerte ardor que sentía en el costado.

—¿Me oye, señora?

Reconoció la voz de Karui. No pudo responder de inmediato; tenía la garganta seca y tuvo que tragar saliva.

—Agua —logró decir con voz ronca.

La doncella la complació de inmediato, pasándole el brazo por debajo del cuello y ayudándola a incorporarse un poco para que pudiera beber. El dolor la atenazaba y apenas pudo tomar un par de sorbos.

—Duele —musitó.

El rostro de Karui asomó por encima del suyo, ceñudo.

—Lo sé, lo sé. El doctor Stephens le dará láudano en cuanto la examine. Le aliviará el dolor — dijo con los ojos empañados. —¡Ay, señora, no sabe lo aliviados que estamos todos!

Hinata escudriñó a su amiga y observó que tenía los ojos húmedos. Como los de Naruto. Habia soñado que estaba allí.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó con voz ronca.

La muchacha miró a otro lado.—Iré a buscar al doctor Stephens. Quédese quieta —le susurró, luego se fue.

Hinata se esforzó por ver el dosel de su cama e intentó concentrarse. Recordaba haberse vestido. Recordaba haber pensado lo bien que le habrían quedado sus pendientes de amatista con aquel vestido. Inexplicablemente, el recuerdo la hizo estremecerse.

—¡Lady Uzumaki, qué maravilla ver abiertos esos ojos! —resonó una voz. Apareció sobre ella un rostro flaco con gafas y una sonrisa fruncida, y Hinata identificó de inmediato al doctor Stephens. —Nos ha dado un buen susto, señora. ¿Ve mi dedo? Ah, muy bien. Sígalo con la vista, por favor. —Movió el dedo hacia un lado Hinata hizo una mueca de dolor, hasta el más mínimo movimiento de los ojos le resultaba doloroso. —Muy bien, excelente. No se preocupe ahora, mejorará con el tiempo. Le voy a administrar un poco de láudano para que le alivie el dolor. —las manos del doctor le revolotearon por el torso, luego le presionaron el costado. Cuando le tocó la zona que le ardía, Hinata lanzó una exclamación, y cerró los ojos, presa del dolor. —Una herida muy fea. Muy profunda, me temo. Tardará en curar bien. Y tardaremos en saber que consecuencias tenga. Me alegra comunicarle que no hay nada roto, pero puede que el láudano le dé dolor de cabeza.

—¿Una herida? —inquirió Hinata de nuevo aterrada.

Volvió a aparecer la sonrisa fruncida del doctor Stephens que se recolocó las gafas sobre el puente de la nariz.

—¿Cómo se llama?

Su nombre lo recordaba bien.—Hinata.

—¿Sabe dónde está?

¿Se había vuelto lelo?

—En Konohagakure Park —murmuró ella sin convicción.

—Sí, muy bien. ¿Recuerda cómo la hirieron?

Mientras pensaba en la respuesta, frunció el ceño, confundida. No recordaba más que haberse vestido, y negó despacio con la cabeza.

—La hirieron con una espada —anunció el doctor con toda naturalidad.

¿Una espada? ¿Qué estaba diciendo?—No lo creo —murmuró sin fuerzas.

—¿Recuerda algo de aquella mañana? —volvió a preguntarle.

¿Qué mañana? Lo último que recordaba era haber estado en su vestidor.

—Me estaba vistiendo... —se interrumpió.

El médico frunció el ceño.

—Lady Uzumaki, ha sufrido una herida grave que tardará un tiempo en curar. Tendrá que hacer mucho reposo. Karui, trae una taza de té —resonó.

¿Una herida grave? El pánico se apoderó de ella.

—¿Qué herida? —inquirió Hinata con dificultad, e hizo un sonoro aspaviento al tocarse donde le ardía debajo del pecho.

EI médico interrumpió sus cuidados para mirarla.—Ahora necesita descansar.

Por el rabillo del ojo, Hinata vio a la doncella echarle el láudano en el té e inclinarse para ayudarla a beberlo. Casi no podía tragar, pero el médico insistió.

—Está muy débil. Cuando vuelva a despertar, que tome algo de caldo —señaló.

El láudano le hizo efecto en seguida y pronto se le cerraron los ojos.

El doctor Stephens la vio caer poco a poco y suspiró agotado al tiempo que se volvía hacia Karui.

—Ánimo, muchacha. Tienes que asegurarte de que come algo cuando despierte. Está muy débil. —Se dirigió a la puerta, luego se volvió a mirar a Hinata. —Y con un suspiro salió de la habitación

Recorrió aprisa el pasillo, bajo la escalera y avanzó en silencio por la alfombra azul hasta el despacho del marqués. Llamó enérgicamente a la puerta y entró sin esperar respuesta.

Naruto estaba sentado tras su escritorio, vestido con una camisa arrugada, por fuera de los pantalones y desabrochada del cuello. Llevaba el pelo revuelto y una barba de varios días le ensombrecía la barbilla y las mejillas demacradas. Se lo veía ojeroso y flaco. Parecía que llevase varios días sin dormir, y así era. Cuando entró el medico, se levantó y rodeó el escritorio.

Éste lo miró ceñudo.

—No sé cuál de los dos precisa más mis servicios —dijo con sequedad dirigiéndose al aparador.

—¿Cómo se encuentra? —quiso saber Naruto.

—Está muy débil, pero lúcida. La fiebre ha remitido de momento, pero aún me preocupa la infección. Por lo visto, no recuerda nada del accidente; creo que el trauma le ha bloqueado la memoria.

—¿Lo recordará? —preguntó él, angustiado.

El doctor Stephens, pensativo, negó muy despacio con la cabeza.—No lo sé. Es difícil predecir estas cosas, pero yo diría que aún es posible que lo recuerde todo. Le he dado un poco de láudano para el dolor, la ayudará a dormir. Necesita mucho reposo y una buena alimentación. Debe tomar algún caldo durante el próximo día o así, aunque no lo quiera. —El hombre hizo una pausa para olfatear su coñac y observó a Naruto por encima del vaso. —Debo decir que albergo esperanzas. Es un tanto milagroso que no tenga más dolores, dada la duración de la fiebre y la gravedad de la herida. Por no mencionar el trauma físico.

Naruto asintió despacio, luego suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Si no duermes algo, lo vas a pasar mal, te lo aseguro. —Naruto lo miró intranquilo. —Ella no va a ir a ninguna parte, y sus posibilidades de recuperación ya son mejores esta mañana. Va a necesitar tu apoyo; así no le haces ningún favor —lo reprendió el doctor. —¿Quieres que te recete láudano también?

—No necesito tu condenado láudano, Joseph —masculló Naruto.

—Tampoco necesitas más whisky. ¿Cuándo comiste por última vez? —quiso saber el doctor Stephens.

—Hace dos noches —informó Jones desde la puerta y, recorriendo con sigilo el despacho alfombrado de Aubusson, llevó la bandeja de plata con un plato cubierto al escritorio de Naruto.

—Insisto en que comas lo que haya en ese plato, Uzumaki. Luego date un baño y acuéstate. Ella dormirá todo el día y probablemente toda la noche. Puedes retomar la vigilia por la mañana.

—¿Cuánto tardará en recuperarse del todo, Joseph? —preguntó el marqués, ignorando la bandeja y al mayordomo.

—Primero debe superar la amenaza de la infección. ¿En recuperarse del todo? Por lo menos un mes, probablemente más. Lo importante es que reponga fuerzas.

El doctor Stephens dejó el vaso en la mesa y se dirigió a la puerta.

—Otra cosa, Uzumaki: procura que no se altere innecesariamente. Le conviene estar tranquila y descansar —lo instruyó, —y a ti también. Come, lo que te ha traído Jones y vete a dormir —le dijo autoritario señalando la bandeja. Al llegar a la puerta abierta, se detuvo. —Te veré por la mañana. Avísame si hay novedades —señaló enérgicamente, y se fue.

Naruto se levantó y se dirigió a la ventana a contemplar los jardines.

A su espalda. Jones carraspeó.

—Su cena, milord.

Resignado, Naruto volvió despacio a su escritorio y se dejó caer en la silla de piel mientras el criado le destapaba un cuenco de estofado de ternera. Como éste se quedó merodeando por allí, Naruto se vio obligado a probarlo y, después de unos bocados, descubrió que estaba muerto de hambre. Adormecido, se comió la ración entera y dos pedazos de pan.

Cuando terminó, apartó el cuenco, exhausto. El doctor Stephens tenía razón; necesitaba darse un baño y dormir un poco. Los últimos cuatro días habían sido una pesadilla para él. Se encontraba al borde del colapso desde el instante en que había levantado del suelo el cuerpo exánime de Hinata. Recordó amargamente cómo la había llevado corriendo a Londres, para que el médico, después de detenerle la hemorragia, le dijese que había perdido mucha sangre y probablemente no sobreviviera. Negándose a creer semejante diagnóstico y preocupado por los chismorreos que sus heridas pudieran suscitar en Londres, había decidido que la atendiera el doctor Stephens.

Había llevado a Hinata en su regazo durante las dos horas de viaje hasta Konohagakure Park, mientras la sangre que calaba el vendaje le empapaba la ropa. Con un fervor inusitado en él, le había pedido a Dios que no se la arrebatara.

Nunca había sido un hombre devoto y no sabía bien cómo pedir la ayuda que necesitaba. Le había rogado, había negociado y le había prometido a Dios su propia vida a cambio de la de ella.

Presa de una frustrante impotencia, la había visto tendida en la cama, inconsciente, agitada por la fiebre y más pálida cada día. Había pasado todas las noches junto a su cama, imaginando lo peor.

En ocasiones, el más mínimo movimiento o sonido de ella le había hecho albergar esperanzas, pero la mayor parte del tiempo había visto pocos cambios y se había desesperado completamente.

Así que, cuando aquella noche había abierto los ojos milagrosamente, se había sentido tan aliviado y agradecido que había roto a llorar como un niño. En su vida había sentido una emoción tan intensa, como si acabara de escapar de la horca, como si se le hubiese dado una segunda oportunidad de vivir.

Pero el tormento no había terminado aún. El doctor Stephens le había advertido de la infección. Además no sólo habría que enfrentarse a los daños físicos Naruto no quería pensar en eso de momento. Lo primero era conseguir que se recuperara, y el médico tenía razón: su falta de sueño y alimentos unida a las copiosas cantidades de whisky que ingería, le impedían ayudarla.

Retirándose del escritorio, le pidió a Jones que le preparasen un baño, y se dirigió agotado a su cuarto. Al final de la escalera, se detuvo delante de la puerta del salón de Hinata, algo que hacía siempre que pisaba aquel pasillo. Aquella estancia había estado tan llena de vida antes de que se fueran a Londres... ¡Maldita sea!, ¿por qué se la habría llevado a la ciudad? ¿Por qué se había empeñado en exhibirla ante aquella misma sociedad que le había hecho el vacío a él? Si se hubiesen quedado en Konohagakure Park como ella quería, nada de aquello habría sucedido.

Permaneció mirando la puerta un rato, luego, llevado por un impulso, la abrió y entró.

Era como la recordaba, la intensa luz solar entraba a raudales por las ventanas. Había revistas y libros esparcidos por todas partes y cerca de todas las sillas había bastidores de costura. Paseó despacio por aquella alegre estancia, tomando nota de todos los detalles. Se habían traído sus cosas de Londres y daba la impresión de que nunca hubieran salido de Konohagakure Park. Cerca de la chimenea estaba el estuche de su violín, apoyado en las piedras. Apartó la vista del instrumento antes de que lo invadiera una fuerte sensación de añoranza.

Se disponía a salir de la habitación cuando reparó en un bastidor de costura que había junto a un butacón y se agachó para coger una pieza de lino suave con un bordado apenas reconocible, era la interpretación que Hinata había hecho de Konohagakure Park... Ella misma se lo había contado, pero, aun así, ni se lo había podido imaginar. Sonrió para sus adentros, el recuerdo de Hinata, sentada en su despacho, bordando aquella labor, le dolió en el alma. Echó un último vistazo a la habitación, dejó la obra donde estaba y salió de allí en silencio.

Los primeros rayos de la mañana se colaban por la ventana cuando Hinata volvió en sí. Gimió y se llevó la mano a la frente; el dolor de cabeza casi la cegaba. Trató de incorporarse apoyada en las almohadas y logró levantarse unos centímetros para ver la habitación. Karui dormía en el sofá de seda verde que había delante de la chimenea.

—Karui —la llamó, notándose la voz más fuerte.

La figura durmiente se irguió de golpe tirando a un lado la manta con la que se tapaba. Fue Naruto quien se acercó en seguida a su cama. Sentándose con cuidado en el borde, se inclinó sobre ella y le acarició con suavidad la mejilla y el cuello.

—¿Te encuentras bien? ¿Cómo estás? —le susurro angustiado.

—¿Naruto? —preguntó Hinata, sin saber muy bien por qué le extrañaba.

—¿Tienes dolores?

Ella tragó saliva, cerró los ojos y asintió ligeramente con la cabeza.

—Láudano, no, por favor —susurró.

Él volvió a acariciarle la cara.

—Debes tomar un poco de caldo —murmuró y tiró del cordón que ella tenía a su espalda para llamar al servicio.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

Naruto sonrió sin ganas.

—Es una larga historia, cariño. Tendrá que esperar hasta que estés mejor.

—Tú no deberías estar aquí —dijo ella poco convencida.

—¿Ah, no?

—Yo no debería estar en Konohagakure Park.

—Tu sitio está aquí —respondió él con sequedad, e inmediatamente se suavizó. —Te traje aquí para que pudiera atenderte el doctor Stephens —murmuró mientras le apartaba con cuidado el pelo de la cara.

—Creo que me caí —dijo ella al tiempo que se abría la puerta.

Él la miró fijamente a los ojos

—¿Recuerdas el accidente? —le preguntó con cautela.

—El doctor me dijo que me habían herido con una espada —añadió confusa.

Naruto murmuró algo por encima del hombro, después se volvió hacia ella con una dulce sonrisa.

—Lo siento, cielo. Te hirieron de gravedad.

—¿Tú lo viste?

El semblante del marqués se ensombreció.

—Sí, lo vi —masculló, sonando casi enfadado.

Hinata desvió la mirada hacia la ventana. ¿Por qué ella no podía recordarlo? Naruto le acarició distraído la mejilla con los nudillos.

—No lo entiendo.

Había algo raro en todo aquello. No entendía por qué iban a atacarla a ella, con una espada, nada menos ¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué había ocurrido? Además, Naruto no tenía que haber estado con ella.

—Tú no deberías estar aquí —insistió ella.

—Puede que no. Pero estoy aquí, y no voy a marcharme.

Hinata se percató de que él no negaba que no debería estar allí. Había algo rarísimo en todo aquello.

—No tiene sentido —insistió de nuevo.

Cuando se abrió la puerta, Naruto puso mala cara. Apareció Karui.

—Cada vez tiene mejor aspecto —mintió la criada al tiempo que dejaba una bandeja de plata en la mesa.

—¿Cuánto tiempo hace de...?

—Casi una semana —respondió su esposo en voz baja.

—¿Una semana? —El pánico, del que parecía no poder escapar, iba en aumento. —¿Tan grave?

—preguntó con voz de pito.

Naruto le dijo algo a Karui, que le trajo en seguida un cuenco.

—Debes beberte este caldo, cielo —la instó él, poniéndole una cuchara entre los labios. Hinata tragó, pero le cogió la mano antes de que pudiera obligarla a tomar una segunda cucharada.

—¿Me recuperaré? —inquirió alarmada.

Él le miró la boca.—Pues claro que sí —respondió, y le dio un poco más de caldo.

Naruto mentía; se le notaba en la cara. ¡Cielo santo, iba a morir! ¡No era de extrañar que apenas pudiera moverse! Intentó hacerlo. Oyó que él le pedía a la doncella que le sujetara los brazos, y fue consciente de que él estaba inclinado sobre ella, atrapándola con su poderoso cuerpo y obligándola a tragar. «¡Ay, Dios mío, por favor, no me dejes morir! ¡No estoy preparada para morir!»

Naruto le estaba limpiando la boca con una suave toallita de lino, diciéndole algo, pero ella no lo oía. Independientemente de lo que hubiera ocurrido, fuera cual fuese la razón por la que le habían herido con una espada, sentia que lo había perdido todo. Su salud. A Naruto. No sabía por qué ni cómo, pero sabía que lo había perdido a él también.

Cuando Naruto le acercó la taza de té a los labios, ella echó la cabeza hacia un lado, y la punzada de dolor que sintió la mandó de golpe al abismo negro.

Después de que la lavaran y le cambiaran las sábanas, Naruto se sentó en una silla junto a la cama a contemplar a su esposa, que, de momento, descansaba tranquila. Las arrugas que le habían salido en los últimos días alrededor de los ojos no se notaban mientras dormía, ni tampoco las ojeras ni la palidez de sus mejillas. Parecía un ángel.

También parecía muy desvalida. Sabía que los sueños no tardarían en volver a atormentarla, como venían haciéndolo desde que le administraban aquellas dosis ingentes de láudano. La noche anterior no había parado de dar vueltas, gritando en sueños y retorciéndose de dolor como consecuencia de sus propios movimientos involuntarios. Naruto sospechaba que su subconsciente empezaba a recordar en sueños cosas que ella aún no había conectado con la realidad. Sólo esperaba que recuperase las fuerzas antes de recordarlo todo.

Pasaron varios días hasta que Hinata pudo al fin sentarse en la cama. Karui y Naruto se turnaron para hacer guardia junto a ella, obligándola a tomar caldo y, después, una especie de gachas. Casi todos los días dejaban que Harry se tumbase a los pies de la cama. El peso de aquel cuerpecillo en sus piernas se convirtió para ella en una sutil garantía de supervivencia. El dolor de cabeza era algo menos intenso, pero seguía teniendo molestias y periodos de pérdida de la conciencia. El doctor Stephen parecía convencido de que desaparecería por completo, y también le aseguraba que el dolor del costado terminaría esfumándose. Además, le prescribió menos láudano y declaró que estaba experimentando una notable mejoría, dadas las circunstancias.

Una tarde, a última hora, estaba incorporada sobre unas almohadas y se sentía mejor. Karui había accedido a lavarle el pelo, pero había insistido en que estuviese sentada hasta que se le secara. —Sólo le falta resfriarse —le había advertido. Vestida con un camisón de seda, Hinata escuchaba a medias a Karui y Molly, otra doncella, que charlaban mientras limpiaban la habitación, la ignoraban, porque rara vez decía nada. Se sentía tan sola, notaba un vacío tan grande y doloroso, que atribuía a todo y a nada en particular, que había empezado a creer que el láudano le había destruido la mente y los sentidos. Se sentía peculiar, distinta de algún modo.

Se entretenía intentando rescatar fragmentos de memoria de los rincones más recónditos de su cabeza. Había logrado recomponer algunos, pero la imagen estaba incompleta. Recordaba el tiempo que había pasado en Konohagakure Park, y era consciente de que, en esa época, se habla sentido más completa y realizada que nunca. Sin embargo, la desconcertaba terriblemente que, aunque amaba a Naruto con toda su alma, se sentía extrañamente desconectada de él, casi atemorizada por él. ¿Se debía eso al láudano, o a otra cosa, a algo que ella no recordaba? En las pocas ocasiones en que había preguntado qué había ocurrido, nadie le había contestado, lo que le hacía pensar que había sido algo verdaderamente terrible. Sabía que había estado en Londres.

Recordaba pequeños retazos de un baile, y recordaba haber bailado con Naruto. También recordaba haberle pegado, pero eso era tan absurdo que, sin duda, era fruto de algún desvarío suyo.

—¿Qué fue de tu prima Gloria? ¿No había conocido a un marinero guapo? —le preguntó Karui a Molly mientras doblaban unas sábanas recién lavadas.

Ésta rio con desdén.—Un sinvergüenza. Le prometió la luna y las estrellas. Y no sólo a ella. También a una criada del West Side —le contestó indignada.

—¿No me digas? ¡Pobre Gloria! Estaba muy enamorada de él, ¿no?

—Ay, lo quería más que a su vida. La ha destrozado.

—¿Se casó con la otra? —le preguntó Karui mientras colocaba la sábana doblada con las otras.

—¿Casarse? ¡Ja! Se fue de la ciudad, el muy cobarde. A América. Les mintió a las dos —murmuró Molly.

—Mintió a los dos —masculló Hinata sin darse cuenta. De pronto, los ojos se le pusieron como platos. ¡Neji! ¡Zabuza! Un revoltijo de imágenes empezó a danzarle por la cabeza. Su primo sosteniendo una muñeca. El comerciante tratando de violarla en el laberinto. Neji llevándola en una carriola. Un duelo. Los recuerdos le llegaban a raudales, inundándole los sentidos. El leve dolor de cabeza se hizo más intenso, y el pulso empezó a latirle de forma convulsa en el cuello. Se oyó gritar, vio a Karui soltar las sábanas y acercarse volando a su cama.

—¡Molly, ve a buscar a lord Uzumaki! ¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Ve! —ordenó la doncella.

Hinata miró a la chica como enloquecida.—¡Me acuerdo, me acuerdo, Karui! ¡Ay, Dios, ya lo recuerdo! —exclamó histérica, con la voz rota.

Karui le cogió las manos con fuerza.—¡Ya ha pasado! ¡Todo ha terminado ya!

—¡Zabuza!

—¡Está muerto!

—¡No, no! ¡Neji! ¿Dónde está mi primo? ¿Dónde está Neji?

—¡Ya ha pasado todo, se acabó! —trató de tranquilizarla.

Hinata negó con la cabeza, retorciéndose de dolor al hacerlo. Se zafó de la criada e intentó agarrarse al borde de la cama, sintiendo en el costado un dolor intenso como el de un hierro candente.

—¡No, hay más, mucho más! ¡No Sabaku! ¡Quiero hablar con el duque! —gritó Hinata.

—¡Debe guardar cama, señora! Molly ha ido a buscar a lord Uzumaki... —le dijo Karui mientras la agarraba por la cintura.

—¡No! ¡No quiero verlo, Karui! —sollozó Hinata.

—Ya estoy aquí —dijo Naruto desde el umbral de la puerta.

A su espalda, Molly contemplaba la escena con los ojos grandes como los de una lechuza.

Naruto le hizo una seña a Karui, que, de mala gana, se alejó de Hinata.

—Karui, ¡no te vayas! —le suplicó esta.

La muchacha se detuvo a mitad de camino y miró a su señor.

—Está a salvo conmigo, Karui. Vete —le ordenó éste en voz baja, y esperó a que la criada saliera y cerrara la puerta.

Confundida e incomprensiblemente asustada, Hinata se acurrucó entre las sábanas al verlo acercarse a la cama.

—¡Quiero hablar con el duque! —insistió desesperada, refugiándose entre las almohadas.

—Gaara está en Londres ahora, pero puedes contármelo a mí, cielo —le dijo Naruto muy sereno.

—¡No! ¡Aquí pasa algo raro! ¡Pasa algo raro contigo! Él se puso en cuclillas junto a la cama y alargo el brazo para cogerle la mano, pero ella la apartó.

—Lo arreglaremos, Hinata, tú y yo.

—¡Me acuerdo de todo! ¡De Neji y de Zabuza!

Naruto hizo una mueca y apretó la mandíbula.

—Sé que debe de ser difícil para ti. Fue algo muy traumático, mi amor. Pero me alegro de que recuerdes... Significa que te estás curando, y yo estoy deseando que te cures.

—¿Que te alegras? ¿Por qué? ¿Porque ya puedes dejar de fingir que te importo? ¡Me acuerdo de todo, Naruto!

Éste se entristeció. Pasándose una mano por el pelo, miró la manta que la tapaba.

—Me importas, ¡mucho, Hinata! ¡No tienes idea de cuánto! Pero, si no recuerdas nada, nunca podremos reconstruir lo que teníamos.

Hinata cerró los ojos; le estallaba la cabeza. Ay, todo era tan confuso... Quería creerlo, pero recordaba que lo odiaba. Él se había negado a dar crédito a sus palabras, había preferido creer que ella le había mentido. A medida que iba recuperando la memoria, recordó cuánto lo había amado y el daño que él le había hecho yéndose con lady Davenport. ¡Dios, cuánto lo odiaba! ¡Cómo lo amaba! Era más de lo que podía soportar.

—Por favor, déjame —masculló ella.

—¡Hinata, cariño, no me eches! ¡Tenemos que hablar de esto!

—¡Fuiste tú el primero que no quiso hablar, Naruto! ¡Vete, por favor! —gritó ella, y le dio la espalda, cerrando los ojos con fuerza para contener un mar de lágrimas.

Naruto se puso de pie, vacilante. No lo sorprendía. Entendía que, para estar completamente bien, Hinata tenía que recuperarse física y emocionalmente. Permaneció de pie, solemne, con el corazón partido de ver cómo el llanto sacudía su cuerpo menudo y maltrecho. Se inclinó para tocarle el hombro, pero ella lo rechazó.

Le dio un vuelco el corazón, la recuperaría. Quizá no enseguida, pero por Dios que la recuperaría. Suspiró hondo, dio media vuelta y se dirigió despacio a la puerta, deseando que ella lo llamara y cerrando la puerta despacio cuando vio que no lo hacía.

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Continuará...