Trigésimo primero
Dicen que después de la tormenta, vuelve la calma. Pues bien, el cielo de Nueva York se encargaba de regalarnos por segundo día consecutivo, una nueva oleada de nubes ennegrecidas que no paraban de descargar agua, agua, y más agua.
Y lo peor no era eso, ni tampoco era salir de clases de danza con la agria sensación de no haberle dirigido una sola palabra a tu propio profesor. Lo peor no era estar durante dos horas esquivando su mirada y notando como él hacía exactamente lo mismo, como si no existiéramos el uno para el otro. Lo peor no era desviar la mirada del espejo que debía reflejar mi perfecto developpé, porque mis ojeras y mis ojos hinchados me aterrorizaban. Lo peor no era soportar a Chaikovski, Chopin o Elgar, cuando el dolor de cabeza no me permitía ni respirar. Y por supuesto, lo peor no era haber olvidado el paraguas y regresar caminando bajo un manto de agua. De hecho, eso me ayudó a disimular las lágrimas que volvían a mí aquella mañana.
Lo peor de todo era tener que regresar al apartamento, y ser consciente que la tormenta no solo seguía instalada en Nueva York, sino que lo también lo hacía en mi hogar. Aunque ya ni siquiera lo sentía mío.
Me pasé toda la noche abrazada a la almohada, creyendo que iba a deshidratarme de un momento a otro de tanto llorar, y queriendo dormir para al menos, conseguir que las horas pasasen más rápido.
Dos horas. No dormí más ni menos que dos estúpidas horas. 120 minutos que me llevaron a volver a recordar en sueños, o pesadillas, todo el horror vivido aquella noche.
Tal vez el cerebro excluye de nuestros recuerdos aquellas situaciones que nos pueden provocar traumas, pero al mío se le olvidó que mi discusión con Santana, y las lágrimas de Quinn, bien podrían hacerme caer en depresión. Bueno, tal vez no tanto. Soy exagerada sí, pero mi estado anímico de aquel día, bien podría echar por tierra las 21 preguntas que conforman el inventario de depresión de Beck.
Ni siquiera era capaz de reconstruir mis últimas semanas para lograr asimilar como había llegado a ese momento, en el que incluso temía por entrar en mi casa. Y no es que me diese miedo Santana, hacia ella solo podía sentir rabia, pero saber que en cualquier momento volveríamos a discutir me afectaba demasiado.
Era consciente de lo que me había hecho, y por supuesto también de lo que yo le había hecho a ella. Pero mi consciencia ya estaba castigada por eso. Yo ya sabía que ocultarle mis sentimientos por Quinn, me iban a convertir en el ser desleal e hipócrita que ahora era. Pero jamás imaginé que ella estuviese haciéndome exactamente lo mismo que yo le hacía, con la intención de hacerme daño.
No. Yo había sido una mentirosa, una desleal y falsa, todo eso lo tenía claro, pero mi única excusa para convertirme en esa clase despreciable de amiga, era su bienestar. En ningún momento lo hice para hacerle daño, sino para evitarle precisamente ese malestar.
Fui yo quien le dijo que siguiese luchando por Quinn, y fui yo quien trató de alejarse para que existiese al menos una posibilidad entre ellas, con el dolor que eso me provocaba. Era yo quien iba a tener que soportar verlas juntas, y lo hice porque su felicidad estaba por encima de la mía propia. Sin embargo, ella no jugó limpio.
Lo había tenido callado. Sabía lo que me sucedía con Quinn, y en vez de preguntármelo, jugó sus cartas para que fuese yo quien retrocediese y dejase a un lado mi ilusión. Ni siquiera pensó en mis sentimientos, solo en los suyos, y eso la ponía en el mismo y detestable nivel que yo.
Por suerte a aquella hora, ella aún debía estar en la cafetería, o tal vez destrozando puertas a patadas, tal y como hizo con la suya cuando regresó al apartamento en mitad de la madrugada.
Igual pensó que estaba dormida y quiso despertarme para seguir moviéndome. Pero yo estaba muy despierta, más de lo que nunca lo estuve.
No estaba ella en el apartamento, pero sí estaba Kurt, y bastante preocupado por lo que pude ver al entrar. Aunque tal vez aquel gesto en su rostro se debía más al ver como había llegado.
—Oh dios —murmuró desde la cocina al verme entrar—. ¿Dónde diablos te has metido? ¿Vienes nadando a través del rio Hudson?
—Olvidé el paraguas —respondí apática, como si me costase pronunciar las palabras. Dos horas de clase en silencio más el recorrido, habían logrado que mi lengua se adormeciera, seguro.
—¿Y por qué no me has llamado? ¿No has venido en taxi?
—Me apetecía andar.
—¿Diluviando?
—Gene Kelly lo hizo y a todo el mundo le gustó. ¿Por qué yo no iba a poder caminar bajo la lluvia?
—Gene Kelly cantaba y bailaba bajo la lluvia, tú pareces un zombi y en lo único que podrías parecerte a él, es en que probablemente los dos estéis con fiebre. ¿Sabías que él tenía fiebre cuando rodó esa escena? —añadió desconcertándome. Aunque era yo quien había sacado a la luz aquella mágica y conocida escena de Cantando bajo la lluvia, no debía olvidar que Kurt era igual o incluso más amante que yo a los musicales. Y que su curiosidad siempre era infinitamente superior a la mía.
—No, ni me interesa —mascullé al tiempo que me desprendía de mi bolsa de ensayo, y del abrigo. Ni siquiera sabía qué hacer con él. Estaba tan mojado que lo único que podía salvarlo, era que entrase directamente en la secadora. Y eso hice.
—Cierto, olvidé que a ti ya no te interesa nada de lo que antes te interesaba —apuntilló —. Ahora eres una de esas adolescente depresiva que piensa que el mundo se acaba porque ha discutido con su amiga por el amor de otra chica. Lástima que tu cara refleje los 25, porque te aseguro que podrías optar a cualquier papel que oscilara entre los 16 y los 18 años con tu actitud.
—Déjame en paz —musité tratando de ignorarlo, aunque sabía que tenía más razón que nadie.
Era tan patética, que incluso yo misma me avergonzaba de mi actitud, y no podía hacer nada por evitarlo. Patética y estúpida, sin duda.
—Rachel. ¿Vas a estar así toda la vida? Porque te recuerdo que tienes que hacer cosas, como ensayar, como prepararte ese libreto de El Mago de Oz, como ser una persona normal…
—¿Eres idiota? —me cansé— ¿No te das cuenta de lo que ha pasado? ¿Tan ignorante eres? ¿Sabes cómo llegó Santana anoche?
—Sí, claro que lo sé, porque la patada que le dio a la puerta la han podido oír hasta en Nueva Jersey. Y es lógico después de lo que ha pasado, pero ella al contrario que tú, se ha levantado, se ha duchado, ha desayunado como cada día y se ha ido a trabajar sin parecer un zombi —sentenció—. Madura un poco, Rachel. Todos tenemos problemas, y más con el amor, pero no es lógico que te comportes así. Enfádate con el mundo, pero preocúpate por ti.
—Tres semanas —me acerqué tras desprenderme de los zapatos y pensar en hacerlo también con el resto de la ropa—, llevo tres semanas rompiéndome la cabeza, pensando que era el ser más deleznable del mundo y sin saber qué diablos hacer con lo que sentía por Quinn. Tres semanas sintiéndome una mierda y ella lo sabía. Y no solo lo sabía, sino que además no le importó joderme y hacerme creer que estaba enamorada, solo para que le dejase el terreno libre. ¿Sabes lo que es aguantar lo que yo he tenido que soportar? ¿Te haces una idea de la rabia que tengo ahora mismo?
—¿Y? Sí, te ha mentido como tú le has mentido a ella, pero deja de lamentarte. Anoche se lo dijiste y ya viste que no tuvo más opción que huir. Huir porque sabía que ella también lo había hecho mal. Bien, pues ya está. ¿Qué más quieres? Estáis cabreadas o lo que sea que os pasa y el tiempo volverá a hacer que os sentéis en el sofá, y aclaréis todo. Siempre funciona así, y vosotras dos no vais a ser menos.
—No, ni hablar. No quiero volver a hablar con ella, ni con Quinn. Si quiero volver a ser yo, tengo que olvidarme de las dos, y punto.
—Sí, claro —balbuceó tras abandonar la cocina y adueñarse de uno de los sofás— ¿Y qué vas a hacer para esquivarla? Porque a Quinn lo tienes fácil, solo tienes que evitar espiarla, seguirla, visitarla, acecharla y todas esas cosas que has hecho en estos días. Pero San… ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a poner un muro que divida el apartamento? ¿Vas a trabajar cuando ella no esté en la cafetería? ¿Quién te va a pagar?
—Me importa un bledo todo lo relacionado con ella —solté sin más—. Si ella no me quiere ver, que no me vea. Yo el jueves me marcho a Lima y cuando regrese, volveré aquí, porque éste es mi apartamento. Si ella no quiere seguir viéndome, que se vaya.
—Sabes que eso que dices no lo dices en serio —me interrumpió —, pero veo que prefieres mentirte a ti misma.
—Sí, sí que lo digo en serio. —No, mentira, no lo decía de verdad, pero después de tanta falsedad en mi cuerpo, ya ni siquiera me preocupaba el hecho de seguir haciéndolo. Rachel Berry se había convertido en un ser sin consciencia— Que haga lo que le dé la gana, yo haré mi vida. Al fin y al cabo, ella es tan falsa como yo. Aunque yo al menos tenía una buena excusa para serlo.
—Rachel, no tienes que darme explicaciones, te recuerdo que yo estoy de tu lado, aunque la forma en la que has decidido decírselo no sea la más adecuada.
—Tres veces, he estado a punto de contárselo tres veces y en ninguna me dejó porque sus asuntos eran más importantes que los míos. Si nos encontró ayer como nos encontró, es su culpa. Yo no podía más, soy un ser humano. ¿Entiendes? Soy una persona y cometo errores, pero también tengo sentimientos, y no soy de piedra. Acababa, acababa de decirle a Quinn que no nos volveríamos a ver nunca más. Le dije que, para mí, Santana estaba por encima de ella y de cualquier persona en este mundo —tartamudeé notando como los nervios y las lágrimas volvían a hacer acto de presencia en mi cuerpo—. ¿Y todo para qué? Por amor de Dios, Quinn ni siquiera le da…
—No —me interrumpió—, una cosa es que esté de tu parte y otra cosa es que excuse a Quinn. Porque ella es la culpable de todo esto.
—¿Ella? Bueno, si, tal vez me ha fallado al contarle lo que…
—No hablo de eso —volvió a interrumpirme—. Hablo de que ella era la única que sabía todo. Ella te estaba buscando a ti y también seguía saliendo con Santana, sabiendo que estaba interesada. Ha jugado con las dos y eso no se hace, menos aun cuando sabía que erais amigas desde…
Silencio.
Yo no repliqué nada porque mi mente estaba procesando aquella versión de Kurt en la que Quinn cargaba con toda la culpa, y él se detuvo porque escuchó lo mismo que yo. El sonido de la cerradura abriéndose y el frío que se colaba cuando la puerta se abría frente a nosotros.
Yo desvié la mirada instintivamente y le di la espalda tomando asiento en el sofá, pero él se mantuvo alerta. Supuse que quería ser testigo directo de la reacción de Santana al encontrarme allí. Para su sorpresa, y la mía, Santana no reaccionó de ninguna manera. Bueno, sí, lo hizo mostrando una indiferencia total hacia nosotros dos, y eso me resultaba terriblemente extraño.
—¿Dónde vas? —le preguntó Kurt al ver como dejaba el abrigo en la percha y lo cambiaba por otro.
—No me gustan las malas compañías, comeré fuera —respondió regalándome la primera de las indirectas.
—Pues yo creo que deberías quedarte —volvió a hablar Kurt—. Creo que tenéis un asunto que aclarar.
—Yo no tengo nada que aclarar con nadie.
—Yo tampoco —balbuceé robándole el majestuoso sándwich vegetal a Kurt.
Es curioso, pero el haber dejado los remordimientos de conciencia fuera de mi cabeza, el haberme desprendido de esa asfixiante presión que sentía durante las últimas semanas, me hizo recobrar el apetito. Aunque mi aspecto físico indicara lo contrario.
La rabia me regalaba unas ganas inmensas de comer y no parar hasta que mi cuerpo dijera basta, y aquel sándwich parecía realmente delicioso. No solo lo parecía, sino que lo estaba.
—Pues me temo que ese agujero en tu puerta indica lo contrario —añadió señalando hacia el hueco que había dejado en la puerta con la patada que le dio de madrugada.
—Si sigues metiendo tus asuntos donde no te llaman, ese haré ese agujero entre tus dientes —le amenazó—, así que si no quieres perder esa patética sonrisa que tienes, más te vale que te calles.
—¡Hey!
Ahí estaba. Ahí volvió Santana y yo lo agradecí. Si iba a discutir con ella, algo inevitable dadas las circunstancias, prefería que fuese de esa manera y no enfrentándome a un bloque que me ignoraba.
—¿Por qué lo pagas conmigo? —añadió Kurt levantándose del sofá— ¿No os dais cuenta que la única que tiene la culpa aquí, es esa inglesa? Por amor de Dios, sois amigas desde hace cuánto, ¿diez, quince, veinte años? Y vais a pelear por una estúpida…
—Esa no es mi amiga —interrumpió Santana, y yo lo volví a agradecer. No me gustaba en absoluto que Kurt calificase de aquella forma a Quinn, por mucho que nos hubiera mentido a las dos. A pesar de todo, para mi seguía siendo especial, y eso era algo que ninguno de los dos con sus insultos iba a lograr cambiar—. ¿Sería yo tu amiga si me estuviese acostando con Blaine? —ironizó, y yo no pude reprimirme más.
—Yo no me he acostado con nadie. Sin embargo, tú sí que has intentado hacerme creer eso —la miré ofendida—. Has sido tú la que no has pensado ni un solo minuto en mí, has sido tú la que me has visto llorar, sabiendo lo que me sucedía y no has tenido la decencia de ser honesta conmigo. Yo solo quise dejarte el camino libre, y tú te has aprovechado de eso, sin importarte cuánto podría estar doliéndome.
—¡Hipócrita! —me escupió sin argumentos, aunque sí parecía tenerlos.
—¿Hipócrita yo? Ok, lo soy. Pero ¿y tú?
—Yo no sabía nada. Me enteré de todo la semana pasada, cuando tú ya estabas mintiéndome, cuando tú ya te estabas riendo de mí. Además, qué mierda hago dándote explicaciones, no me interesas, no me importas —añadió con tanto odio en su mirada, que ni siquiera fui capaz de reaccionar.
Aunque lo cierto era que mi estado de confusión me evitó hacerlo. Aquella pequeña confesión acerca de saberlo solo hacía apenas una semana, cambiaba de nuevo la perspectiva de todo aquel asunto. Aunque no podía olvidar que me había hecho creer que se estaba acostando con ella solo por fastidiarme. Pero si no lo sabía cuándo me confesó que estaba enamorada de Quinn, todo cambiaba. De hecho, incluso lograba que los remordimientos de conciencia regresaran de manera fulminante a mí, aunque mi malestar siguiese guardándole rencor.
—¿Podéis dejar de discutir como dos crías? —intervino Kurt— ¿De verdad pensáis que es la solución? Es Quinn la que está detrás de todo, es ella la que ha jugado con las dos y vosotras habéis caído como moscas en la miel. ¡Por amor de dios! ¡Abrid los ojos!
—A mí no me importa, Quinn —mascullé sin saber muy bien quien debía importarme y quién no. La confusión había vuelto a mí, y solo la paz y el silencio me iba a ayudar a asimilar y analizar con calma todo lo sucedido. Pero para eso aún me faltaban un par de días. —A mí no me importa ya nada ni nadie, yo lo único que quiero es marcharme de vacaciones y olvidarme de todo. No pienso romperme más la cabeza.
—¿De vacaciones? ¿Pero tienes trabajo para poder tener vacaciones? —me cuestionó Santana con sarcasmo— Porque te recuerdo que sigo siendo tu jefa, y a mí no me da la gana de que tengas vacaciones.
—Pues la voy a tener —respondí tajantemente—. Primero porque me da la gana tenerlas, y segundo porque me debes esas vacaciones. así que es lo que hay.
—Oh, perfecto, mejor me lo pones para despedirte de una jodida vez. Cuando regreses vas a tener que buscar un buen trabajo que consiga pagarte el alquiler, o ya te puedes ir buscando otro apartamento.
—¡San, por favor! —intervino Kurt— No puedes hacer eso.
—Sí, sí que puedo, básicamente porque ya soy la dueña de la cafetería, así que haré lo que…
—Muy bien —no dejé que continuase—, despídeme.
—¡Rachel! —exclamó Kurt y yo le sonreí triunfante.
—Tranquilo, es lo mejor que puede hacer, dejaré de ver los asquerosos donuts de huevo y no tendré que soportar su soberbia. Además, tendrá que pagarme una indemnización tan grande por el despido improcedente, que podré vivir durante meses sin tener que trabajar.
Jaque mate, pensé al ver su rostro descompuesto y el mutismo que la invadió al ser consciente de que tenía todas las de ganar, si ella se empeñaba en joderme la vida. Sin embargo, no debí creerme superior a ella en ese instante, porque siempre que me sentía así, algo sucedía para tornar de nuevo la situación, y se volvía en mi contra.
Y eso no iba a tardar en suceder.
—¿Así que no te importa absolutamente nada? —reaccionó— Ni el trabajo, ni Quinn.
—No, no me importa nada más que mi vida —no dejé que continuase—. Esa que he dejado de lado en muchas ocasiones por ti. Lo siento, pero a partir de ahora voy a pensar en mí, y en nadie más.
Orgullo, soberbia, prepotencia, no tenía ni idea de lo que me había invadido al responder de aquella forma, aunque inevitablemente tuve que pensar en la mentira de nuevo. Porque por mucho que yo insistiera en que nada me importaba, lo cierto es que cada minuto que pasaba de aquella tortura, más rota me sentía, más dolor se anclaba en mi pecho, y menos ganas de seguir adelante tenía.
Lo único que me apetecía era meterme bajo la manta, largarme a algún lugar desconocido donde nadie me alterase como lo hacía ella, o desaparecer sin más. Pero ese sería el camino fácil, el que siempre eligen los perdedores y los cobardes, y yo no lo era. Tal vez había dejado indicios de cobardía al no tener el valor de enfrentarme y luchar por lo que sentía, pero eso no era excusa para huir absolutamente de todo.
Me iba a marchar a Lima, sí, pero porque mi cabeza necesitaba un remanso de paz para centrarme en lo que realmente debía importar en mi vida. Pero después de esas semanas fuera, iba a regresar y lo haría a mi apartamento, al igual que siempre, y por supuesto acudiría a trabajar a la cafetería. Aun sabiendo que, si me mantenía en el puesto, iba a ser un auténtico calvario. No me importaba. Por primera vez en mi vida iba a mirar por mí misma, y eso era algo que ni siquiera dudaba.
Sin embargo, aún me quedaban muchas lágrimas que derramar, y no solo por la impotencia de tantas discusiones, sino por la pena que Santana estaba dispuesta a crearme con sus mezquinas acciones.
Lo digo y lo repito, un guantazo, una bofetada, un golpe o un tirón de pelos, incluso una patada como la que le propinó a la puerta, dolería menos que lo que tramaba esa cabeza en mi contra. Y tal vez lo hacía porque me conocía, porque suponía que la agresividad física no era algo que me quebrase el corazón.
—Ok —murmuró Santana tras mi respuesta y a continuación la vi hacer algo que jamás habría imaginado que fuese capaz.
No, no me golpeó, tampoco golpeó a Kurt. No lloró, ni me lanzó ningún tipo de improperio. De hecho, ni siquiera me miró.
Tras colocarse el abrigo que seguía manteniendo entre sus manos mientras Kurt trataba de hacernos entrar en razón, dirigió sus pasos hacia mi habitación, y yo entré en pánico. Me temía lo peor, y no estaba dispuesta a presenciar como mi cama, o mi ropa tal vez, salían despedidas por la ventana. O quizás pretendía meterle fuego, no lo sé, pero lo cierto es que verla hacer eso me dejó bloqueada y sin reacción alguna. Hasta que volví a verla aparecer con una falsa y fingida sonrisa dibujando sus labios, y el regalo más preciado que me habían hecho entre sus manos.
Tragué saliva al verlo, y quise gritarle para que lo soltase, pero no me salía la voz, ni mi cuerpo era capaz de reaccionar. Simplemente la observé caminar hasta quedar frente a mí, aunque mis ojos no se separaban de su tallo, de las dos hojas que le quedaban y los tiernos pétalos que se conservaban, de manera surrealista, en la flor. En el lirio malva.
Decir que él estaba mi corazón habría sonado demasiado cursi y patético, pero contando que yo ya ostentaba ese título de cursilería nata, podría afirmarlo con rotundidad.
Y si en esa flor estaba mi corazón, ver como caía de manera intencionada en el suelo y las botas con los diez centímetros de tacón que calzaba Santana lo destrozaban, reflejó la más sarcástica y real metáfora de cómo me sentía por dentro.
No quedó ni una sola hoja, ni un solo pétalo bañado con aquellos tonos morados en perfecto estado. Y yo no pude evitar que las lágrimas bañasen mis ojos al presenciarlo. De hecho, juré que incluso Kurt estuvo a punto de hacerlo.
Ella ni siquiera me miró, o quizá sí lo hizo, pero yo no pude hacerlo. No podía mirarla a los ojos después de lo que acababa de hacer con una simple flor. Con la flor más hermosa que me habían regalado, y el mensaje que guardaba.
—Perfecto —masculló—. A Rachel Berry no le importa absolutamente nada, ni siquiera una estúpida flor muerta.
Santana acabó su asesinato dejando las pruebas del mismo frente a mí, y se marchó tal y como llegó. Pero yo no atendí a responderle. Sabía que, si lo hacía, iba a ser complicado detener el llanto, y no quería que me viese de aquella forma por una flor. Aunque lo que ella no sabía era que acababa de pisotear la última pizca de ilusión que aún me quedaba por lo vivido, por los agradables sentimientos y la felicidad que me provocó recibir aquel regalo de manos de Quinn.
No. No me importaba Quinn, pero sí todo lo que sentía por ella y lo que había vivido en apenas unas semanas. Y eso no podía evitarlo, ni siquiera podía no pensarlo, y menos aun cuando el único vestigio real que me quedaba de haberme sentido especial, estaba completamente destrozado en el suelo.
