Capítulo 31: Redención

Parte 1


« ¿Qué mejor manera de morir puede tener un hombre, que la de enfrentarse a su terrible destino, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses? ».

H. C.


No importaba cuán reducidos fuesen los horizontes dentro de las murallas, el mundo que yacía allí dentro era denominado «su hogar». Por ello, Erwin Smith inspiró aire, reuniendo toda la fortaleza que le era posible para enfrentarse a la catástrofe que se alzaba frente a sus ojos. Faltaba poco para que todo el escenario desapareciera; de momento, era escombros y muertos.

El ataque ocurrió en Stohess, y para Smith aquello no representaba novedad alguna. Siempre había sospechado que la Policía Militar tuviese participación en ello o que, por lo menos, algunos de sus miembros estuviesen involucrados. El lugar del evento no era más que la ratificación de toda la información que fue trabajada durante reuniones y reuniones con sus subordinados.

Erguido, de pie sobre la muralla, el comandante sondeaba cada rincón del campo de batalla, atento para dar nuevas órdenes. Junto a su equipo, se mantenían al margen, administrando la cantidad de soldados que entraban en batallaba tras cada nueva avalancha de titanes.

¿Dónde estaba el foco? ¿Dónde estaban escondidos los hombres de la Facción para inyectar a sus secuaces y soltarlos con el fin de devastar la ciudad? Según los informes de los soldados enviados a sondear, la base de la Policía Militar parecía intacta, y es que sus hombres ―los que no eran partícipes del plan― habían forjado una barrera a punta de cañones y soldados equipados. Muchos murieron, pero aquello sirvió para contener a las criaturas que habían alcanzado sus instalaciones.

La Guarnición se encargó de agrupar a los pobladores para sacarlos de inmediato del área de combate. Fueron arrastrados por carretones para ser llevados a zonas de refugiados. Para la mala suerte de algunos, el asunto terminó fatal: soldados y habitantes aplastados por los pies de los titanes ágiles antes de poder escapar.

El resto de los encargados continuó con su labor de dirigir a las multitudes para alejarlas del peligro, sin embargo, una parte de ellos se quedó para ser apoyo de la Legión y apostar la vida en la cruenta batalla.

Los titanes ágiles iban de un lado a otro, saltando de edificio en edificio, derribando pilares, trozos de concreto, techumbres y cornisas. La única forma de deshacerse de uno era utilizar a alguien de carnada para que distrajera al titán, otro debía arriesgarse a cortarle los talones, y el siguiente aprovechar la debilidad para cercenar la nuca. Y todo eso, con un cuarto centinela cuidando las espaldas de todos. En el proceso, había uno o dos muertos.

Estaban perdiendo demasiado rápido y los destrozos no valían tal esfuerzo. El daño no se veía aplacado, y Erwin comenzaba a impacientarse. Los sacrificios debían hacerse y lo comprendía, mas parecía que toda la dedicación y pérdida que estaba apostando eran en vano. No podía controlarlo, comenzaba a escaparse de sus manos.

Entonces, Eren Jaeger tomó la decisión.

―Comandante, no tenemos otra opción. No importa qué tanto queramos evitarlo, sucederá ―Erwin sabía bien que Eren tenía un enorme potencial; que, tras tanto tiempo de ejercicios y experimentos, se había vuelto fuerte y capaz. No obstante, era la pieza final, el último comodín, y luego de eso llegaba la resignación―. Se lo dije con anterioridad y usted aceptó. Yo puedo contenerlos. Es probable que con el equipo mi talento sea tanto más inferior, por eso… deje que me transforme.

―Eren, no tengo otra opción más que confiar en ti.

En ese preciso momento, Erwin se preguntó dónde estaba Levi, si las cosas estarían bien, cómo estaba Mikasa. Algo de pesimismo comenzaba a ocasionarle grandes inquietudes; se negaba a creer en ello, pero no dejaba de ser viable.

―Gracias, comandante ―asintió el joven, sacándolo de sus cavilaciones.

Eren se dispuso a estudiar todo el terreno para ver qué áreas sería oportuno atacar primero, qué desventajas tenía y qué provecho podía sacar de todo ese desastre.

Mientras, Erwin ordenó a los soldados recargar los cañones que habían alcanzado a montar en la orilla del muro. Restaban un par de titanes ágiles difíciles de atrapar, y aún tenían tiempo para la próxima horda. Luego de eso, el grito dio la señal de fuego, y con eso consiguieron abatir a uno más.

La explosión de los disparos logró esconder parte de la caótica transformación de Eren o parte del ruido estruendoso, porque los rayos y la humareda se manifestaron impolutos como siempre. Tras unos segundos en que la nube de humo se disipó, la figura de su titán se erigió junto a la de Smith, quien se veía ridículamente minúsculo.

Para su provecho, Eren consiguió alzarse como un titán grande y fornido, sin llegar a abusar de tales características, lo que le proveería de mayor agilidad.

―Cuento contigo ―le habló Smith, y Eren asintió.

Antes de que pudiese aventarse hacia el centro de la batalla, el sonido de unos pistones y la fricción de un par de cuerdas hicieron a Smith voltear y a Eren virar el rostro de su titán, tras sentir a alguien posado en su hombro.

Hange, de pronto, había aparecido al lado de Erwin, dispuesta para luchar.

―Pero, ¿qué…? ―el aire se le acabó, impidiéndole acabar la oración.

―No estaba exagerando ―dijo Erwin, consciente del impacto que debía provocarle a Hange ver la ciudad destrozada―. Pero no hay tiempo para eso. Tu escuadrón está sobre el tejado de la imprenta.

―Bien ―asintió.

Por un breve momento, Erwin alzó la vista para observar a Levi, quien se encontraba en el hombro de Eren.

Eso le recordó…

―¿Todo bien? ―quiso saber, antes de continuar.

Hange lo comprendió perfectamente.

―Ah, Erwin. Es una niña preciosa. Aquí entre nos, es idéntica a Levi. ¿Ya te dije que él era el verdadero embarazado?

Erwin sonrió y contempló a Hange descender por el muro, corriendo a toda velocidad, ayudándose del equipo para avanzar rápidamente y encontrar un sector propicio para abalanzarse sobre algún tejado o borde de edificio.

―¡Recarguen!

Volvió a dar la orden y avanzó por el muro, intentando llegar a todos los escuadrones dispuestos allí.

Levi se quedó en el hombro de Eren, haciendo lo mismo que este había hecho instantes antes: analizar la situación. Y, ciertamente, parecía mucho más jodida de lo que él había imaginado. Entendía que los titanes eran destructivos, mas parecía haberlos subestimado. No recordaba que hubiesen atravesado por una catástrofe similar alguna vez.

Ese tal Thomas Olsson iba a pagárselas muy caro. Tenía que dolerle o Levi no se perdonaría a sí mismo jamás.

Luego de sentirse preparado para entrar en batalla, habló con Eren. Tenía su propio plan en mente y, tras sentirse lleno de vigor y motivación por la razón que había tenido entre sus brazos instantes antes, se creía capaz de ejecutarlo hasta el final.

―¿Reconocieron el punto de salida de todos estos hijos de puta?

―No ―dijo Eren, con su voz tormentosa y profunda.

―Sería una pérdida de tiempo intentar encontrarlo. Haremos que ellos mismos nos muestren, ¿estás de acuerdo, Eren?

―Sí.

Levi soltó los ganchos para salir volando tras dar su orden. No era muy complejo después de todo; apenas acabase esa horda, vendrían más y podrían ampararse en ello para reconocer el punto de origen. Levi estaría esperando el momento. Estaba empecinado en devolverle la mano a Olsson, ya que todo aquel desastre se debía sencillamente al gusto por hacer daño. El asunto era entre él y los Ackerman, por lo que carecía de todo sentido destruir la ciudad.

Sin embargo, había otro trasfondo en ello. Y debía tratarse del acuerdo que Olsson había zanjado con Nile Dawk, aquel en que se involucraba a la Legión. Sin Legión, no había Ackerman, sin Legión no había fondos invertidos en la misma, sin Legión no había información en el haz de la luz. Y la enemistad de Nile con el comandante Erwin había crecido hasta volverse odio puro, así que motivos no faltaban.

Si lo pensaba bien, había razones. Sí, las había. Ninguna que lo convenciera del todo, ninguna lo suficientemente madura para despertar el interés de Levi Ackerman. Esa gente comenzaba a ser una piedra en el camino y él precisaba quitarla.

Se colgó del hombro de un titán ágil y comenzó su cacería. Tan rápido como pudo, el titán volteó para intentar pillarlo con una mano y quitárselo de encima. Todo el trabajo era asunto de reflejos, no se podía pestañear; un solo cuadro de la escena perdido y se iba la vida en ello. Se soltó para darle la vuelta y aterrizar en el hombro restante. Cuando la otra mano venía hacia sí, amenazando con arrebatarle la existencia, Levi corrió para esquivarla y cercenarla usando ambas cuchillas y un giro magistral.

La bestia soltó un rugido tétrico y aturdidor… Ah, sí, Levi recordaba bien, esos horripilantes ruidos tan graves que asemejaban a un trueno, una respiración ronca y enorme, vibrante, como un ronroneo descomunal.

Cuando el ser acabó con su lamento, clavó la mirada en Levi, con tanto odio como jamás vio en un titán.

A raíz de eso, pensamientos le atacaron.

Los titanes no tenían expresión. Los titanes eran personas. Los titanes podían evaporarse o contener a una persona en su interior, como Eren. Pero los titanes de tipo ágil, según toda la información que habían recopilado, eran una mezcla de ambos. Eran inteligentes y conscientes, mas al cercenar su nuca, se evaporaban sin dejar rastro. Eran el tipo de soldado que se inmola para cometer un objetivo.

Eso era, provenían de sueros modificados para tal fin. Fueron las palabras de Hange tras sus resultados, fueron las de Kenny, fueron las de Vito Astor. Y aunque en un principio habían creído que Olsson utilizaba rehenes ―que, en efecto, así era―, no todos los especímenes eran forzados. Muchos de ellos, se entregaban. Eran los más inteligentes de todos y los más hábiles.

Entonces, los titanes no eran bestias. Eran personas utilizadas como herramientas… como armas.

« ¿Qué sentido tiene entregar la vida de esa forma? ¿Qué sentido tiene arriesgar la vida por una idea que puede estar equivocada?», fue lo que Levi pensó, un milisegundo antes de que la mano que aún quedaba fuese dirigida hacia él a toda velocidad.

La esquivó, y el titán sin manos se volvió un poco más torpe. Fue el momento indicado para lanzarse en picada al suelo y cortarle los talones. Cuando el ser cayó y se mantuvo sobre sus cuatro extremidades, Levi cortó la nuca. El vapor salió un minuto más tarde.

Llevaba tiempo sin enredarse en una batalla con titanes y, sin embargo, su brío no podía vencerse de ninguna manera. Y, en aquel entonces en que había dado vida a algo tan maravilloso, parecía que su fuerza se incrementaba segundo a segundo, convirtiéndolo en un arma imparable. Incontables giros en el aire, espadazos, carreras de un lado a otro, saltos y movimientos casi irreales le hicieron la justicia que su nombre tanto aclamaba: el soldado más fuerte de la humanidad.

Titán tras titán caído, Levi se sentía más capaz que nunca, pero también se sentía acompañado. Y lo recordaba cuando alzaba la vista y veía a Eren arrancarse un pequeño titán del hombro mientras aplastaba a otro; a Hange liderar su escuadrón para acorralar a dos titanes más; a Jean, a Connie, a Armin, incluso a Sasha―Erwin los había llamado a todos―; y a todo su escuadrón: Petra, Erd, Auruo, Gunther, volando de un lado a otro, de tejado en tejado, buscando el ángulo para atacar mientras los titanes les pisaban los talones. Además, de todos los otros soldados que apostaban la vida y los que ya la habían perdido. Y lo habían hecho defendiendo una causa que no les competía del todo.

Los cañones no dejaban de disparar; el ruido en toda la escena era ensordecedor: gritos, órdenes agitadas y desesperadas, pisadas titánicas, rugidos, caos y destrucción.

Sentirse acompañado era un punto. Algo totalmente diferente era sentirse responsable, aunque Levi no sabía decir por qué. No era algo que él hubiese previsto o querido. Apenas entendía las razones, y «entender» era un concepto práctico más que en su estricto rigor, porque, en el fondo, no aceptaba ningún motivo por convincente y lógico que sonara. Para él, nada justificaría jamás aquella cacería sanguinaria. Primero, porque la misma le había arruinado la completa existencia tras confinar a su madre a un destino despreciable y tras arrastrar a su tío y último familiar a tomar decisiones abruptas por sobrevivir. O todo hubiese sido diferente.

Tales pensamientos conformaron toda la ira necesaria para seguir acabando con los titanes que les atacaban sin pausa.

La horda siguiente había aparecido y, desesperado, Levi miraba hacia todas direcciones, intentando hallar el punto de partida de esta. No había caso. Tarde comprendió que no había un solo foco, sino varios. Tras reparar en ello, apretó los dientes con fuerza, producto de la ira, y tras matar al titán que entretenía, se alejó volando para llegar hasta su escuadrón que acababa de abatir a otro ágil.

―¡Petra! ―el grito había sido angustiante, tanto para hacerlos voltear a todos.

―¡Capitán! ―oyó a sus subordinados al unísono.

―No es un solo foco de salida, son muchos. Por favor, intenten identificarlos y manténganse con vida.

―¡Sí, señor! ―replicaron con entusiasmo y se aventuraron hacia el núcleo de la batalla.

Pero antes de que pudiesen llegar más lejos, Levi les habló con fuerza:

―Lo primero no es obligatorio ―ellos le miraron por sobre el hombro antes de continuar―. Solo intenten identificar los focos… pero, lo segundo… lo segundo, era una orden: manténganse con vida.

―Sí, señor ―exclamó Gunther y se precipitó, dejando atrás a sus compañeros, quienes espabilaron segundos más tarde, conmovidos por las palabras del capitán.

Y las palabras de aliento fueron necesarias, porque aquella nueva horda superó sus expectativas.

Los titanes ágiles siempre habían sido eso, rápidos y ligeros en sus movimientos, pero en aquel momento parecían violentamente iracundos. Y la preocupación se incrementó con creces cuando Levi logró ver cómo una torre completa de un edificio salió expedida por los aires hasta chocar con una construcción cercana. Luego, vio a Eren correr hasta el lugar para enfrentar al titán que había efectuado tal ataque.

Ese minuto de distracción provocó que Levi ignorase el titán que corría hacia él a toda velocidad, brincando de tejado en tejado. El capitán reaccionó a tiempo, justo cuando la criatura había dado un salto para llegar hasta su posición. El aterrizaje ocasionó la ruptura del tejado en el que estaba Levi, haciendo que este perdiese el equilibrio, trastabillase y resbalase, porque la edificación comenzaba a desmoronarse. El titán intentaba lanzar las manos a lo que fuese que pudiera ayudarle a no caer; mientras, Levi resistía el derrumbe del tejado tras haberse anclado con su espada.

Cuando se quitó el aturdimiento, accionó su equipo y el gas lo ayudó a elevarse en el aire, y clavó los ganchos en un edificio próximo para salir de allí. Pero, al apenas intentarlo, el titán saltó en su misma dirección, buscando acabar con él por todos los medios.

¿Cuánto tiempo llevaba luchando contra titanes? Ya casi no recordaba, pero sí tenía claro que siempre habían sido enfrentamientos estúpidos: humanos ágiles contra titanes torpes. ¿En qué momento las cosas habían cambiado tanto?

Frente a aquel titán, sentía que había un equilibrio casi intimidante, uno que solo podía experimentarse cuando las batallas se llevaban a cabo con un humano; mismas en las que no había grandes diferencias entre contrincantes. Tal como en ese instante.

Se había convertido en una lucha personal.

El titán no cesó de acecharlo, acercándose a él peligrosamente, desplazándose en cuatro extremidades, como si analizara qué brinco dar para acabar con él por fin. Sin embargo, el comportamiento casi juguetón de la bestia solo conseguía ser jocoso a ojos de Levi.

Él sabía bien que nunca antes había experimentado tamañas ganas de vivir.

Sus amores le esperaban tras la batalla y él llegaría, no importaba cómo, pero viviría. Y llegaría así le faltasen las cuatro extremidades o se ganase cicatrices eternas. Viviría.

Con ese pensamiento en mente, rodeó a la criatura para entorpecerla y luego trocearla a su gusto. Era bueno que algunos titanes no fuesen inmunes al dolor. Un buen corte los dejaba débiles por bastante tiempo, dándoles ventaja de realizar ataques más certeros.

Y así fue.

En su caso, al menos.

Cuando volteó para constatar la situación de sus compañeros, se dio cuenta de que las cosas no iban bien, y tuvo que volar abusando de su gas para salvar la vida de Armin, quien pendía del tejado de una torre de una iglesia, mientras tres titanes ágiles aguardaban por él debajo. Nadie podía ayudarle, puesto que todos parecían enfrentar un escenario similar, no obstante, Armin era quien tenía menores probabilidades.

Y, por Mikasa, que él nunca permitiría que algo le pasara al muchacho.

Se aventuró, surcando el aire, mirando cómo en el suelo bajo él la regadera de escombros y cuerpos muertos componían el paisaje más desolador jamás visto. Negó con la cabeza y se concentró en su presente, porque era todo cuanto podía hacer. Y salvar a Armin.

Lo que duró en el tejado de la iglesia pudo ser un pestañeo. Tomó al joven y lo sacó de ahí en el acto, llevándolo hacia otro tejado seguro. Pero, pese a sus esfuerzos, se llevó una buena cuota de la consecuencia, porque tres titanes ágiles seguían siendo muchos. Él podía contra uno solo, no contra tres.

Un salto largo permitió que uno de los enemigos les acompañase y halase el cable del equipo de Levi para llevárselo consigo.

El capitán consiguió que el muchacho que acaba de salvar llegase más alto, empujándolo con ambas manos antes de que el titán le atrapase también.

―Armin, escala. Cruza el tejado…

―¡Pero, capitán, deme la mano! ―intentó ayudarle.

―¡Cruza el tejado! ―le gritó él como respuesta, sabiendo que era más sencillo si Armin se encontraba fuera de peligro.

Cerrando los ojos con fuerza, y con inmensa culpa, Armin cruzó. Y las tejas se desprendieron, haciendo que él titán resbalase y arrastrase a Levi consigo, porque en ningún momento soltó la cuerda.

«No».

Su mente lo replicaba incansablemente. Lo sabía bien: no era su día. Y no lo sería hasta que aquella niña que había tenido en sus brazos, le trajese un igual entre los suyos y él pudiese partir tras saberse completo.

Antes de eso, era furia y energía.

Junto a un desgarrador gruñido, haló la cuerda con tanta fuerza, que la misma fricción contra la mano del titán se convirtió en un arma que le rompió los dedos. Antes de llegar al suelo y azotarse, Levi se alzó y se convirtió en un torbellino cuyo objetivo era cortar todo a su paso. Y lo consiguió, cortó la cintura del titán hasta lograr que la bestia vaciara lo que fuese que tuviera en el estómago (una masa viscosa a la que no quiso prestar mucha atención).

Cuando los dos titanes restantes se abalanzaron sobre él, gracias al gas de su equipo se propulsó aún más alto y los rodeó, con tanta rapidez que fue imposible, incluso para ambas bestias, poder atraparlo. Una cruce veloz frente al rostro de uno de los enemigos fue suficiente para romperle los ojos y mantenerlo ocupado con ello.

El restante fue más sencillo: cortes en los tobillos para luego subir corriendo por su columna hasta llegar a la nuca. Cuando el titán intentó cubrirse, devolverse para darle un corte bajo el brazo fue suficiente. No tardó en humear contra el piso, y eso le dio tiempo a Levi de acabar con el titán que quedaba.

«Puedo con tres», pensó tras corroborar sus propios límites. ¿Y con cuántos más podía?

Se elevó nuevamente para analizar la situación. No importaba cuántos titanes pudiera o no acabar, porque el panorama seguía siendo el mismo.

En un lapso de su escrutinio, atisbó a Ymir luchando en la distancia… o no luchando, derechamente. Estaba protegiendo algo.

Cuando reconoció a la figura, no tardó en volar hasta ella a toda velocidad, con la adrenalina bombeando en sus oídos.

―¿Qué estás haciendo aquí? ―vociferó, tomando a Historia de la cintura para levantarla y sacarla de la zona de peligro, arrastrándola hasta el tejado de un edificio.

Ymir volteó a verlos, incrédula.

―¡Tenía que venir! ―chilló la joven, intentando soltarse.

Levi la depositó sobre las tejas y se acuclilló a su costado.

―¡Te estábamos protegiendo! No tenías que salir del castillo. ¡Podrían atacarte!

―¡Ya casi no quedaba nadie, capitán! ―ella se tomó la libertad de sostenerlo de los hombros para hacerlo entrar en razón―. ¿Quedarme allí sin salir a luchar? ¿Qué clase de reina soy?

Tras oírla hablar, Levi ensanchó la mirada. Su pecho no dejaba de subir y bajar acaloradamente, producto del asombro, del caos y de todas las cosas juntas que estaban ocurriendo.

Ante el silencio de Levi, ella prosiguió, gritándole las palabras con agitación.

―Mire allá al frente, capitán. Nuestros compañeros mueren y luchan. Están entregando su vida. Hange me lo contó, me dijo lo que Kenny había confesado: mi familia propició la cacería de su clan. Así que puedo decirle que no está solo en esto; también tengo algo de responsabilidad o, en último caso, algo que decir al respecto.

―Historia…

―¡Lo haré! Al finalizar todo, y si vencemos, reclamaré mi trono. No tengo nada, Levi ―las pasiones la llevaron a dirigirse a él de forma más personal y una de sus manos le sostuvo el rostro―. No tengo nada y por eso puedo apostarlo todo. El único riesgo que pude haber tomado habría sido quedarme sin hacer nada. Pero prefiero entregar mi vida por algo más. No me dejen encerrada, sáquenme al mundo. Déjenme demostrar que puedo hacerlo. Déjenme ser digna de la decisión que voy a tomar. ¿O quién creerá a una muchacha cualquiera que de la nada se proclama a sí misma reina?

El rugido de un titán y múltiples cañonazos los hicieron espabilar. Levi volteó para detectar el origen del ruido, pero evitó distraerse de ello para prestar atención a Historia por un momento. Aquello era demasiado importante, ella lo era y, asimismo, lo que comprometía para las decisiones futuras, tanto para la Legión como para la humanidad.

―Está bien. Pero no puedes morir. Y no me importa cómo o qué hagas para lograrlo, pero no morirás.

―Historia… ―de pronto, las palabras temblorosas de Ymir se inmiscuyeron en medio de la conversación. Ella se les había sumado y no la habían notado―. ¿Qué haces?

La muchacha que tanto amaba le dedicó una dulce sonrisa fraterna y resignada.

―Ymir… lo siento.

―¡Ymir! ― exclamó Levi―. Tengo una misión para ti ―se puso de pie y caminó hasta ella para mirarla seriamente. Urgía la prontitud―. Vas a proteger a Historia Reiss con tu vida si hace falta. No podemos perderla, y sé que serías capaz de arriesgar mucho por ella. Por eso, tienes que ser tú. Supongo que puedo contar contigo.

―En efecto, capitán.

―Ymir… ―Historia intentó interrumpir, pero Levi ya se había ido de vuelta al campo de batalla y la aludida la tomaba consigo para acompañarla hasta algunas zonas de combate que no fuesen tan dificultosas.

Sin embargo, al cabo de unos minutos, no hubo zona que estuviese menos congestionada. Lo que parecía mínimamente sostenible, acabó por terminar siendo imposible de llevar. Todas las esperanzas parecieron perdidas, sobre todo, cuando Erwin se vio obligado a luchar en el frente; cuando los cañones demoraban más en disparar, porque los recursos comenzaban a acabarse; cuando los gritos no representaban furia sino pánico y muerte.

Levi se había puesto a toda prueba y había perdido ya la cuenta de las vidas que había salvado. El problema era que estaba herido, porque los titanes ágiles eran demasiado bruscos, por lo que se había ganado diversos golpes y rasguños. Comenzaba a cansarse, y si bien seguía teniendo fuerza suficiente, era humano, y los músculos resentidos le reclamaban tanto salvajismo.

Lo peor ocurrió cuando intentaba salvar la vida de Petra. La muchacha, inevitablemente, había terminado alejándose demasiado de la seguridad del escuadrón. Los titanes, dos de ellos, la habían apartado hasta arrinconarla sobre el tejado de una casona. La pobre corría, tratando de anclar sus ganchos en un lugar que le permitiera salir ilesa de allí, pero no había escapatoria. Las criaturas asemejaban a dos gatos hambrientos, intentando comerse a un indefenso ratón.

Tras soltar un chasquido, Levi se aventó a toda velocidad, abusando del gas, para llegar a ella a tiempo. Mas cuando faltaba poco para alcanzarla, y él creía a las bestias lo suficientemente distraídas como para percibirle, uno de ellos volteó rápidamente y logró agarrar la cuerda que no había llegado del todo hasta su hombro. La tiró con tanta fuerza y precisión, con un reflejo tan perfecto, que arrastró al soldado consigo, aun cuando este intentó, por todos los medios, contener el tirón.

Aterrizó sobre la espalda del titán, buscando zafarse, contrarrestando la fuerza que lo halaba, plantando los pies con firmeza sobre la piel del sujeto. Retrocedía forzosamente, lidiando para no resbalarse, consiguiendo que los pliegues de piel hicieran las veces de tope.

No podía permitirse cortar la cuerda. Y su aparición había sido apenas útil para que Petra alcanzase a pelear con el otro titán mientras él contenía al que estaba bajo sus pies.

No podía soltarse tampoco, porque si soltaba el gancho que estaba en el otro extremo de la espalda, entonces el titán tendría mejor acceso para terminar de arrastrarlo.

Como si hubiese leído sus pensamientos, el ser alzó el brazo en el aire, halando aún más la cuerda, y Levi sintió el pánico tras recordar que la cuerda no era tan larga. Siguió oponiendo resistencia, doblando las rodillas para ejercer mayor fuerza y no dejarse llevar.

El titán parecía estar burlándose de él, puesto que sabía que con un tirón más, lo suficientemente fuerte, podría quitarse al hombre de encima. No obstante, no lo hacía porque el otro gancho seguía anclado a su piel, y Levi no desaprovecharía la oportunidad para rasgarlo o, simplemente, cortarlo.

Ambos pendían de un hilo.

Aunque Levi mucho más… literalmente.

Con un giro de su muñeca, la bestia logró enrollarse la cuerda en la palma de la mano, acortando la distancia entre él y el soldado. Levi asumió que soltarse era su única opción. Y al hacerlo, fue absorbido por la fuerza que la mano del titán había ejercido. No dudó en hacerla su objetivo y alistó las cuchillas para rebanar cada dedo.

Petra llegó a ayudarle y comenzó a atacar a la criatura, propinándole diversos cortes que lo distrajeron para que Levi pudiese rematarle al fin. Eso consiguió que el ser abriera la mano para soltar la cuerda. Mas cuando Levi dio un giro en el aire para darse impulso y cortarle la nuca, la cuerda aún no terminaba de retraerse, y el titán no perdió la oportunidad de halarla con su otra mano una vez más.

Producto de sus giros, más la fuerza ejercida por el nuevo tirón, la cuerda acabó enredándose en la cintura de Levi, y el arrastre lo llevo a apretarse con fuerza. La fricción fue demasiada, se convirtió en un arma, tal como un calor lacerante, capaz de partirlo a la mitad. Pero no fue suficiente para acabar con él.

El grito que expelió y que aturdió a Petra, quien no daba crédito a lo que veía, emulaba más ira que dolor, y aun así parecía una mezcla de ambas. Soltó breves jadeos por la presión que amenazaba con partirlo y, luego, liberó un nuevo alarido.

―¡Capitán!

Petra consiguió abatir a aquel titán restante y, en ese preciso momento, la tensión de la cuerda comenzó a soltarse, volviéndose flácida.

Solo entonces, Levi pudo respirar en paz. Alcanzó a elevarse una última vez para dejarse caer sobre un tejado y descansar un segundo.

Su subordinada no tardó en llegar a su lado para atenderlo y constatar que se encontrase bien.

―Dios, capitán… su camisa ―la voz de Petra temblaba, así como sus manos que intentaban tocar a Levi y al mismo tiempo no, mientras él respiraba convulso.

Cuando Levi la oyó hablar, se miró a sí mismo y notó la franja de sangre que humedecía su blanca camisa a la altura de su abdomen.

―Estoy bien. En un segundo, estoy de vuelta.

―No, capitán. Está sangrando ―sin poder contra la preocupación, Petra le abrió la camisa, solo a la altura del abdomen, para así poder tener una noción del problema.

La fricción de la cuerda había conseguido romperle la piel superficialmente. Parecía un rasguño enorme, de costado a costado de la zona, un tanto inflamado y rojizo. La sangre provenía de las zonas en las que la cuerda había profundizado más. Pero no era nada grave, nada iba a escapársele de ahí.

―¿Necesita un torniquete? ―Levi se puso de pie y volvió a abotonarse.

―No. ¿Estás tú bien?

―Lo estoy, pero está seguro de que…

―¡Petra! Busca a los demás de nuestro escuadrón. Quédate con ellos. Es una orden.

Fue en ese momento, antes de que Petra hubiese podido moverse para salir de allí, que oyeron un rugido enorme, seguido de una explosión repentina y estruendosa. Tuvieron que voltear y prestarle atención, porque no era posible ignorarlo.

Entre medio del humo, un titán pequeño y también muy ágil comenzó a atacar a los otros titanes. Era un ejemplar menudo, con el cabello negro, de hebras lacias y punzantes, dientes filosos y sombríos ojos negros.

Y les estaba ayudando.

―Pero, ¿qué…?

Antes de que Levi pudiese terminar la pregunta, vio a Christa volar detrás de aquel titán, gritando incansablemente: « ¡Ymir, Ymir!».

―¿Ymir? ―susurró sin poder convencerse de lo que estaba viendo.

Y se aventuró sin pensarlo dos veces hasta aquel lugar, no solo para corroborar lo que veían sus ojos, sino para intentar proteger a Historia, ya que, por lo visto, estaba sola.

Tras llegar a ella, no dudó en tomarla para sacarla de allí cuanto antes, aun cuando en el proceso la joven se removió con angustia y le gritó múltiples cosas que él no conseguía entender.

―¿Qué? ―le gruñó, y luego la soltó al ver que Historia había soltado sus ganchos para desplazarse por sí misma.

La siguió. Ambos se refugiaron tras la torre de un edificio.

―No sé cómo ocurrió ―la voz de ella era histeria pura.

―¿Qué cosa? ―a Levi le urgía la respuesta.

―Es Ymir ―la apuntó con el dedo―… ¡estábamos rodeadas! No teníamos oportunidad, y… y… y luego ella… Yo no tenía idea sobre… esto.

―No importa mucho ahora ―espetó él, buscando resolverlo en el acto―. Será útil.

Y así fue.

El titán de Ymir era pequeño y flexible, ágil y manejable; estaba a la altura y era un excelente rival al nivel de los titanes ágiles. Dios, que iba a tener que dar un millón de explicaciones y que Levi iba a joderle la vida hasta el infinito por haberse guardado algo como eso. No le importaba ganársela de enemiga o tener que disciplinarla por tal falta de respeto y desaire a la Legión. Pero, de momento, su mayor preocupación era que realmente ella pudiese contener a la horda de titanes, porque seguían abarrotando a la ciudad y las fuerzas comenzaban a agotarse.

Historia siguió los pasos de Ymir, y Levi se tranquilizó tras saber que la joven estaría más protegida que cualquier otro soldado. Con eso en mente, divisó la ubicación de Erwin y se dirigió allá en el acto. Cuando al fin pudo contactar con el comandante y comunicarle la noticia, este parecía aturdido. Estaba en plena batalla y tuvo que dejar de lado su misión para oír a Levi.

Tenía un plan en mente. Estaban perdiendo fuerzas contra las hordas y parecía más que apropiado reunirse, retraer las tropas para hacer un solo punto de concentración. Con todos dispersos, tenían mucho que perder.

En cambio, si se reagrupaban y utilizaban los, ahora, dos titanes con los que contaban, tendrían más posibilidades de ganar la batalla (aun cuando ganar era un concepto que se alejaba de todas las consecuencias).

Levi se encargó de enviar soldados a repartir el mensaje, y a medida que eso ocurría, las tropas comenzaron a retroceder, reuniéndose en un punto en concreto. Eren acabó de luchar para devolverse de inmediato al punto de encuentro y así proteger a los soldados que restaban. Historia fue quien informó a Ymir de la decisión. Y dando botes, esta obedeció, reuniéndose con todos los demás.

―¿Cómo puede ser? ―chilló Sasha, cuando estuvo en zona segura junto al resto.

―Nunca nos dijo nada ―susurró Jean, incrédulo al mirar la criatura que supuestamente era Ymir.

Ella se encontraba sobre un tejado, casi al acecho, y al extremo contrario de su posición estaba Eren, estudiándola con ojos estrechos, incrédulo, inseguro, y pese a todo, resignado a aceptar que podían contar con su ayuda.

―¿Cuándo decía algo, si no era para fastidiar? ―Connie se sumó a los comentarios.

―El plan del capitán Levi funcionará, pero… ¿luego qué? ¿Cómo sabremos cuando dejen de venir? ―Armin se acercó a ellos tras oírles.

―No lo sé ―berreó Jean, frustrado―. Ymir es un titán… ¿qué mierda se hizo Christa en la cabeza?... todo está cayéndose a pedazos y siento que todos nuestros superiores saben algo menos nosotros. No sé qué creer…

―Jean ―gruñó Armin, tratando de que volviese en sí―. En medio del campo de batalla, no hay tiempo para discutir ni para exigir explicaciones. Acata órdenes y reacciona. El capitán Levi no está pensando en por qué Ymir no nos dijo esto; está, en cambio, sacándole provecho a la situación. Supervivencia, Jean. Lo demás, lo veremos luego.

Los titanes ágiles, por un momento, se detuvieron. Los que aún resistían eran pequeños y saltones, y aguardaron sobre las edificaciones como si esperasen una orden para continuar o, quizás, estuviesen resguardándose al notar que el bando opuesto se había reagrupado. Eso no era buena señal.

Erwin se posicionó frente a las tropas y analizó el panorama. Contaba con dos titanes, quedaban pocos ágiles, mas ignoraban cuantos ejemplares quedaban aun en la reserva del enemigo. Ellos no eran demasiados, y Erwin sabía que si seguía aquel ritmo de batalla, iba a sacrificar a gran parte de la Legión, y ni siquiera eso era garantía de éxito.

Pero, ¿qué importaba más? ¿Las cifras o proteger la vida de las personas dentro de las murallas? Era tan fácil catalogarlo de homicida, pero nunca nadie entendería que aquella era la más dura decisión que debía tomar, la que más odiaba, la parte de su trabajo que no acababa de soportar: sacrificar vidas.

Su respiración se mantenía inquieta mientras sus ojos analizaban todo a su paso: ¿qué tantas posibilidades tenían de ganar y cuánto arriesgaban? Historia no podía morir, Eren no podía morir, y por todos los cielos, Levi tampoco podía permitirse la humana acción de morir.

―¿Muy complejo?

Una voz habló en alto, un grito en otras palabras, y sacó a Smith de sus cavilaciones. Percibió el estremecimiento de sus soldados a sus espaldas tras el asombro de ver a Thomas Olsson en un tejado cercano, rodeado de algunos de sus hombres.

La Facción al fin daba la cara.

Erwin percibió por el rabillo a Levi removerse y lo calmó en el acto:

―Quédate ahí.

―No, no, déjenle venir. Si quieres que tu amada ciudad resista este combate que parece no terminar, deja que la lacra se acerque. Me parece un intercambio justo ―habló con fuerza, y el silencio en el escenario era tal, que podían oírle perfectamente.

―¿Una ciudad por una lacra? ―vociferó Erwin―. Vaya, tal parece que es una buena lacra, como para tener tan buen precio.

―¿Su vida? ―rio―. Pagaría con un mundo si pudiese verle morir.

―Entonces, ¿por qué no vienes y la tomas? ―gritó Levi, retándolo.

Fue el detonador de la avalancha de titanes que se lanzó sobre ellos, los que restaban y los que se sumaron tras ligeras humaredas eléctricas, ligeras, ágiles y casi imperceptibles. Por eso, nunca les oían.

Ymir y Eren entraron en acción al instante, acompañados de un nuevo arranque de energía y cólera, los que convirtieron en enormes mordidas, arañazos, patadas y desgarros.

Y los soldados se lanzaron a la suerte, firmes en sus alas de la libertad, surcando el aire con giros precisos, sosteniendo las cuchillas con vigor, sin dudar, dispuestos a entregar todo, incluso, la vida si era necesario.

Levi no desaprovechó la oportunidad. Se dirigió raudo hasta el hombre ―quien intuyó que debía ser Olsson― para asesinarle, para acabar con su vida antes de que fuese él quien se dispusiera a acabar con la suya. No iba a darle ese honor.

No obstante, titanes ágiles se cruzaban en su camino mientras Olsson se valía de los mismos para moverse de lugar en lugar. Y, desde lejos, lo miraba con sorna, sonriendo ladinamente mientras se alejaba de su alcance.

Parecía un ave de rapiña, aguardando por su cadáver. Y el abrigo negro que llevaba ratificaba su aspecto rapaz.

―No vas a acabar conmigo ―le dijo Levi, y al parecer el hombre había podido leerle los labios.

―Lo haré ―le respondió con mímica.

Y otro titán entró en escena, pero, una vez más, Levi consiguió abatirlo.

La lucha continuó y, a ratos, Levi lograba darse el espacio de mirar a su alrededor para constatar la seguridad de sus compañeros. Y no daba crédito a lo cruenta que se había vuelto la batalla, a lo sanguinaria que había llegado a ser, mas se resignó ante la verdad tras ver a Armin con los mechones de cabello húmedos por la sangre, pegados a su frente; a Petra con el pantalón rasgado y sucio con sangre; a Hange con dos soldados menos en su escuadrón y con el vidrio de una gafa roto; a Sasha intentando proteger a Connie, porque el muchacho se hallaba aturdido sobre un tejado, con un golpe en la cabeza; a Gunther con la mirada perdida como si estuviese fuera de sí, su capa hecha añicos. Mirase donde mirase, todos estaban cubiertos de sangre, de ellos mismos, de titán, de los caídos…

«Sueros modificados para crear a un titán lo suficientemente operativo para contrarrestar las habilidades de los portadores del poder despertado…», pensó Levi mientras se dejaba caer sobre la nuca de otro titán.

Y luego volvía su atención a Thomas Olsson que se hallaba sobre un tejado, rodeado por sus hombres, admirando su obra.

…aunque con un deje de preocupación en su mirada.

Y, sobre todo, cuando se dio cuenta de que comenzaba a perder.

Ymir y Eren estaban realizando un trabajo excepcional, expedito y efectivo. Los titanes comenzaban a acabarse y tal parecía que la reserva se estaba agotando o lo había hecho, porque el rostro de horror del hombre fue toda una obra de arte. Y porque no volvieron a aparecer más hordas.

Y Levi ansiaba fervientemente ese momento, para hablar con Olsson cara a cara y sin titanes de por medio, sin la cobardía de esconderse tras sus monstruos, y que le manifestase sus inquietudes para que, luego de acabar con él, pudiese relegarlas a la fila de cosas que le importaban una mierda.

Quedaban pocos titanes por eliminar, era un respiro considerable. Pero la confianza en ello era peligrosa, y Levi recordó lo injusto que eso podía ser tras oír el rugido desgarrador que resonó cortando el aire.

Un grupo de titanes tenían a Ymir acorralada, eran más grandes que ella y más fuertes. Historia estaba gritando, su voz emulaba tal tormento que provocaba escalofríos oírla; la llamaba, le rogaba, suplicaba, pero no había forma de detener la masacre. Eren lo intentó, y falló tras recibir más titanes sobre la espalda. Nadie podía hacer algo, puesto que todos corrían peligro con los titanes que quedaban; no era muchos, pero eran suficientes para seguir suponiendo un obstáculo.

No había balas de cañón, algunos soldados de la Guarnición habían ido en búsqueda de ayuda… solo quedaban ellos y la resignación.

Levi contempló cómo Olsson se removió para extraer algo de su abrigo. Y fue testigo de cómo el hombre tomó jeringas para inyectar, incluso, a los sujetos que le cuidaban. Los lanzó al vacío, los entregó a la batalla, apostó todo, porque sabía que podía dar vuelta la partida.

Durante el proceso, Levi se dirigió hasta el lugar, desesperadamente, intentando detenerlo, acabarlo. Pero, al apenas acercarse, tras la cortina de humo, como un fantasma que emerge del inframundo, la figura de un titán se abalanzó sobre él, coartando sus intenciones.

Y se arrepintió de haberlo intentado, porque tuvo que mantenerse ocupado, luchando por su vida y no pudo devolverse para ayudar a Ymir...

En efecto, nadie pudo.

Los titanes que quedaban con vida parecían ser los más difíciles de asesinar. Eran irremediablemente superiores en batalla.

Cuando al fin Levi pudo liberarse de aquel titán que lo retenía, intentó socorrer a la soldado que perecía entre las múltiples mordidas. Historia estaba ahí, tratando de ayudarle, pero su vida estaba en peligro, porque eran cinco titanes, y si bien estaban ocupados hiriendo a Ymir, no escatimarían en tomarse un segundo para quitarse a Reiss de encima.

―¡Historia! ―la llamó Levi, exasperado, recordando que le había pedido tajantemente mantenerse con vida.

No podían perder a Ymir. Pero tampoco podían perder a Historia.

―¡No! ¡Ymir! ―protestó violentamente, cuando Levi la sacó de la zona de peligro.

Divisó a Armin y a Sasha, y dejó a Historia con ellos.

―Sáquenla de aquí. ¡Ahora!

La orden fue concisa. No esperó respuesta de los jóvenes que aturdidos intentaban comprender la situación. Ni siquiera ahondó en los gritos desgarradores que Historia no cesaba de dar, de sus quejas e imploraciones que comenzaban a resonar cada vez más en la distancia.

Su único objetivo se había vuelto intentar, por iluso que fuese, rescatar a Ymir. O a lo que quedase de ella.

Olsson era un demonio sobre la Tierra. Ni siquiera había tenido consideración con sus guardias. Y esos mismos significaban en aquel momento una obstrucción considerable, porque estaban intentando acabar con sus camaradas que restaban. Les habían hecho creer que estaban ganando y entonces el miserable había aventado su carta bajo la manga.

Eren buscó la forma de ayudar, aún con algunos titanes pendiendo de su cuerpo, desgarrándolo a gajos.

Levi, haciendo uso de sus cuchillas, cortó todo a su paso, enceguecido ―porque Ymir se había vuelto un testigo de vital importancia―, dejó que la furia lo guiase, a pesar de que las miradas sorteadas que echaba hacia el suelo le indicaban que no quedaba más que sangre y destrozos.

El sentimiento que lo agobió parecía querer ahogarlo, porque Ymir había sido un diamante que acababan de perder. Y, por eso, tuvo mayor razón para destrozar los restos de titán que aún quedaban. Había cortado la nuca de los cinco. Había podido con los cinco, sabiendo cómo escabullirse mientras las bestias comían sin parar.

… Pero había sido demasiado tarde.

Demasiado tarde.

Soltó un jadeo cuando la culpa impregnada frente a sus ojos fue demasiada. Y no había culpa alguna, pero así se sentía. La habían perdido. ¿Y cuántas cosas habían perdido antes, cuántas soluciones se habían ido con el viento? No comprendía por qué aquello se sentía tan nuevo.

Tras liberarse de un gruñido colérico, se dedicó a acabar con los titanes restantes. Mas cuando vio que la batalla comenzaba a llegar a su fin y constató que sus soldados estaban reuniendo los cuerpos de los heridos que aún podían salvar, supo que había llegado la hora que tanto estaba esperando.

Erwin Smith dio la orden de retraer tropas ―las que quedaban― nuevamente, cuando todos los titanes murieron. Solo restaba detener a Olsson.

El Escuadrón de Levi se encargó de sacar a Eren de su magullado enclaustro para llevarlo a zona segura. Hange ordenó a un grupo de soldados ir en búsqueda de los soldados de la Guarnición que habían ido por ayuda. Iban a necesitar de varias carretas y manos extras.

Levi voló a toda velocidad hacia el tejado en el que se hallaba Olsson. Aterrizó caóticamente, haciendo resonar la suela de sus botas contra las tejas, como si su cuerpo fuese más pesado de lo normal. El hombre frente a él no se empequeñeció ante la llegada gloriosa del ser que más odiaba sobre aquel mundo.

Le contempló con desdén y con calma. Al fin, se veían las caras. Levi, al menos, por primera vez.

Alzó su espada y la posicionó sobre el cuello del hombre.

―Anda, mátame ―Olsson sonrió de medio lado―. No importa mucho cuando lo que queda de mis hombres tiene la importante misión de encontrar a tu perra. Y van a encontrarla, eso puedo jurarlo.

―No tienes idea de lo que hablas, jamás podrán con ello.

―Claro que sí. Es lamentable para ti estar aquí, pero es provechoso para nosotros.

Le hizo fruncir el ceño, producto de la preocupación que comenzó a germinar en él… Pero tenía que confiar. Kenny estaba con Mikasa.

―Mataste a una de las personas más importante que acabábamos de encontrar ―espetó, cambiando el tema.

―No fui yo ―fue cínico―. ¿Acaso no viste que fueron los titanes?

Levi entrecerró los párpados y tragó con dureza.

―No me hagas matarte ―su espada presionó contra la garganta enemiga. No quería detenerse, pero el deber lo llamaba a gritos, y aquel hombre frente a él suponía una valiosa fuente de información. No podía asesinarle, a pesar de todo―. Terrible y lamentablemente, te necesitamos con vida. Así que, por favor, coopera para que no te mate.

―¿Qué necesitas saber? ―gruñó el hombre.

―Muchas cosas, y tenemos tiempo, así que guárdalo para después.

―Creo que es justo que sepas el por qué antes de morir. Incluso, una rata como tú merece eso.

―No te muevas ―le amenazó tras percibir que el sujeto cambiaba de postura para mirarlo de frente.

El arma seguía en su garganta.

―Si tan solo el suero que te dieron hubiese sido efectivo ―hizo una mueca de inconformidad―. No fue más que una ridiculez. El suero no reacciona en la sangre Ackerman.

―¿De qué hablas? ―espetó Levi, presionando la cuchilla con más fuerza.

―No eres más que un engendro ―sonrió con sorna―. Seres mandados a hacer por la realeza para confinarse como sus perros… Hasta que su súper arma se volvió en su contra…

No obstante, antes de que Levi pudiese decir algo en respuesta, un estruendo tremendo sacudió el edificio en el que estaban y una sombra monumental se alzó rápido para luego pretender abalanzarse sobre él.

Sus ojos se ensancharon y su primera reacción fue estirar el brazo para alcanzar a Olsson. Todo fue demasiado rápido; el temblor botó al hombre al suelo y el titán que había aparecido para interrumpirlo todo, sacó a Thomas de la escena, sin dudar en atacar a Levi en el proceso.

El capitán dio un brinco fugaz, buscando aislarse del escenario, sabiendo que era hora de priorizar su vida.

Pero no quería perder a Olsson. No podía.

Lanzó los ganchos para permitirse sobrevolar el edificio y casi perdió el equilibrio tras reparar en las presencias ajenas que se abrían paso sobre el tejado, auxiliando al líder de la Facción. A ese sujeto sí lo reconocía a la perfección: Gregor Durston, mentor de Zacklay, el que había fingido su muerte, el que avalaba la cacería contra los Ackerman.

Frunció el ceño por el impacto e intentó aventarse contra ellos, queriendo, por todos los medios, hacerse con el cuerpo de Thomas. Mas no lo consiguió. El titán ágil que los protegía era grande y poderoso. Se convirtió en una amenazaba difícil de abatir en ese momento en que su cuerpo estaba cansado y herido.

Decidió que retroceder era lo mejor. Y Erwin Smith no tardó en llegar hasta él.

―Levi, retirada.

―¡Tienen a Olsson! ―gruñó en respuesta, exasperado por lanzarse contra la batalla nuevamente.

―No importa. Tenemos bajas desmesuradas, Levi. Debemos retirarnos por ahora.

―¡Erwin!

―No, Levi. Piensa con claridad.

Fue demasiado tarde cuando alzaron la vista, Olsson y sus rescatistas ya no encontraban ahí. Únicamente, les acechaba el último titán ágil, quien se encontraba dispuesto para atacar. Solo que no había nadie que pudiese hacerle frente. Los soldados heridos comenzaban a ser trasladados de vuelta a las barracas, necesitaban asistencia médica, no estaban en condiciones de seguir luchando. Eren ya había sido extraído de su titán y no les quedaban más opciones.

―Yo lo haré.

―¿Puedes? ―Erwin no pudo evitar preguntar, aun sabiendo que no había esperanzas excepto Levi en ese momento.

―Sí. Hasta el final ―era la promesa que se había hecho así mismo; sabía que aquel titán no podía vivir tanto como sabía que él no podía morir. Y tuvo que reunir todo su conocimiento de estrategias pasadas para hacer coexistir ambas ideas.

Convencido, se aventó una vez más hacia la batalla.

Mientras, Erwin Smith aprovechó el espacio para comandar a los soldados que comenzaban a evacuar la zona, procurando sacarles de ahí cuanto antes y de la forma más segura posible. Confiaba en que Levi les entregaría tiempo suficiente.


Tan pacífica…

Su novedad tenía un aura distinta. Aturdía mis sentidos, haciéndome creer que el tiempo había transcurrido más rápido de lo habitual. Si estuve allí o no, era difícil de decir; si aquel dolor inmenso y agónico había sido percibido por mis nervios era difuso. Había tanta paz en ella como en su respiración pausada, la suficiente para hacerme olvidar cualquier malestar. Cansancio… eso era todo, las energías que ella extirpaba de mí.

Tantas otras cosas en un pasado habían zanjado los límites entre el fin y el inicio de una nueva etapa; Niiv representaba el fin de todo y un mundo del que no tenía conocimiento. Aquello abría las puertas de la expectación y me dejaba a mí en el umbral, dispuesta a avanzar ciegamente.

Ella lo valía.

El silencio en la cabaña era profundo, mas no vacío. Se volvía tranquilizante.

Sin embargo, Kenny se encontraba en las inmediaciones, sondeando el perímetro. Le causaba inquietud saber que la Facción había comenzado su ataque; sabía que no descansarían hasta dar con mi ubicación para así asesinarme. Instantes antes se había mostrado impaciente, yendo de un lado a otro a la vez que soltaba bufidos y parecía cavilar.

Creía que si me acompañaba más tiempo, perdería de vista cualquier indicio de extraños en la zona. Prefirió salir para realizar su guardia y dejarme dentro de aquel cálido lugar para permitirme descansar luego de tan extenuante ritual.

Por lo tanto, permanecí en la cama, con Niiv envuelta en sus mantas y entre mis brazos. Me dediqué a contemplarla mientras mi pulgar acariciaba el puente de su nariz, su entrecejo y su frente. Al llegar ahí, algunas pelusas ligeras de tono claro me trajeron recuerdos de mi padre. No obstante, el resto de lo que pretendía ser su escaso cabello era oscuro, oscuro como el de Levi, como el mío.

Mirarla me sosegaba en cierta medida, en cambio, su ceño fruncido me recordaba al responsable de su herencia y reanimaba la preocupación que nublaba mis pensamientos.

Levi se encontraba afuera, en la ciudad, luchando. Y yo no podía hacer nada al respecto.

La criatura que acunaba contra mí era una limitación implícita, demandaba que me quedara a su lado y mantuviese la mente fría. En ese momento, ya no hubo arrebatos que comandasen mis acciones; mis intenciones de ayudar eran latentes, pero mi raciocinio inquebrantable, por lo que cuadré mis ideas, obligándome a guardar la calma y pensar con claridad.

Levi viviría, lo lograría, y yo debía cumplir mi parte de todo ese plan: mantenerme a salvo.

Cuando la inquietud volvía a mí, bajaba mis ojos hasta Niiv y sonreía con ternura al reparar en lo mucho que tenía de Levi. Recordé aquel discurso que le había dado meses atrás, aquel donde prometía darle un buen futuro y le pedía tener los ojos de su padre.

Qué niña tan literal… los ojos y algo más.

Era hermosa. Todo en ella me maravillaba.

Deposité un beso en su frente y la arropé, sintiendo una enorme satisfacción al hacerlo, un sentimiento inexplicable que anhelaba explotar dentro de mí.

Lamenté tanto que todo eso fuese tan breve…

―Levántate. Rápido ―Kenny entró dando zancadas, y rebuscó por todo el lugar algo que yo desconocía.

―Kenny ―me removí en la cama intentando comprender el porqué de su exabrupto; su voz había sido cortante y áspera, sumado a su rostro de desesperación y enojo―, ¿qué está pasando?

―Tenemos compañía.

―¿Qué? ―jadeé, viendo cómo se acercaba a mí para entregarme un abrigo largo. Era el suyo.

―No voy a luchar. Si caigo en batalla, ¿quién va a protegerte?

―Pero…

―Sé que es curioso viniendo de mí, pero prefiero que salgamos de aquí cuanto antes. Cualquier exabrupto haría llorar a la bebé y nos delataría. Vamos a salir de la manera más silenciosa posible. ¡Vístete! ―exigió, tendiéndome el abrigo con prisa y logrando que espabilase―. Y dame a la niña.

―¡Pero…! ―antes de poder continuar, Kenny chistó, haciéndome callar, provocando que susurrase exasperada―. ¡No funcionará! Van a encontrarnos de igual modo.

―Tienes que irte de aquí ―habló con el mismo tono―. No puedes permanecer más tiempo en este lugar, porque aquí dentro somos conejos en una madriguera. Si no salimos, tarde o temprano serán ellos los que irrumpan.

Presioné a mi hija contra mi pecho, con suma preocupación. No obstante, la presencia de Kenny me llenó de fortaleza. Sabía que a su lado nada malo nos ocurriría, pero ¿qué tanto arriesgaba él?

―¿Cuál es el plan? ―inquirí, resignada.

―Viste el abrigo y tu capa. La bebé se va conmigo.

―¿Qué? ―espeté.

―Shht… ―se quejó, dando tirones a las frazadas para apurar mi salida―. ¿Qué no lo entiendes? Irán detrás de ti a toda costa. No soy el blanco. Podrás luchar sola, pero no con la niña en tus brazos. Puedo ponerla salvo, mas sé bien que tú podrás defenderte sin problemas.

―Tengo miedo ―confesé, aunque mi voz fuese todo lo contrario y se oyese más que repuesta.

―También yo ―admitió él, logrando que alzara el rostro para mirarlo y que mis ojos conectasen con los suyos―. Pero es la única forma, ¿no lo entiendes? Es probable que los hayan abatido en la ciudad. De otra forma, no estarían aquí.

―¿Cómo lo supieron?... ―negué, dándome cuenta de que nos retrasaba.

Me puse de pie y le tendí a mi hija para poder ponerme la capa. Era incómodo, me sentía frágil y adolorida, pero la supervivencia urgía, y tuve que relegar todos mis malestares hacia un rincón.

―Conocían mis bases, esta cabaña fue una de ellas alguna vez. Saben que estoy con ustedes. Solo… no esperaba que atasen esos cabos… no esperaba que buscasen aquí, exactamente. Deben tener más espías de los que pensamos.

―Da lo mismo ya.

Terminé de vestirme y vi de reojo cómo Kenny tomaba una manta de la cama para crear una espacie de morral en la que sostener a Niiv contra su pecho. Le ayudé a acomodar la prenda y anudar la tela en su nuca, asegurándome de que todo quedase firme y en su lugar.

Luego de eso, el mismo Kenny arropó a la bebé y cuidó que pudiese respirar bien.

―Demuestra quien eres, Mikasa ―fue severo―. Ahora más que nunca. Sé una Ackerman.

Asentí, sin embargo, una tristeza inmensa me embargó cuando tuve que seguir su andar a sus espaldas. Vacilante, crucé el umbral de la puerta de la cocina de aquel lugar, que daba hacia una salida trasera. Aparentemente, los hombres se hallaban en el frontis.

La única movilización con la que contábamos era la carreta. Pero Kenny consideró que era demasiado riesgoso. Optó por soltar a ambos animales, dejó uno para sí y me entregó el otro.

Antes de que pudiésemos cruzar palabra nuevamente, las voces a nuestras espaldas no tardaron en hacerse oír:

―¡Aquí están!

Luego de eso, el hombre que estaba allí, de pie a metros de nosotros, apuntó con su escopeta.

―¡Ponte la capucha! ―exclamó Kenny.

Sin que pudiese preverlo, dio riendas al caballo y huyó. Supe de inmediato que debía hacer lo mismo. Kenny no iba a darme segundas instrucciones ni a dejar migajas para seguir su rastro. Dependía de mí cabalgar a toda velocidad y perderme en el inmenso bosque nos rodeaba.

Así que lo hice, porque mi vida dependía de ello.

Kenny siguió un camino y yo intenté alejarme lo más que pude de la última dirección que logré percibir de él.

En mi mente, llamé a mis padres a gritos, rogándoles por medio de un llamado espiritual, proteger a mi hija, a mi esposo, y a quien ya consideraba una suerte de suegro.

Eran la nueva familia que tenía… mía, propia. Y no quería perderlos.

Más gritos se oyeron en la distancia y galopes ajenos. Ellos no se cansarían, y yo me encontraba desarmada. El ruido que emitían dejaba en evidencia que eran demasiados como para que pudiese abatirlos yo sola. No en mi reciente estado exhausto y doliente, al menos.

Azoté las riendas, apurando aún más al pobre animal que no paraba de bufar. Los botes que daba me aturdían y se sentían terriblemente incómodos. Cerré mis ojos y resistí con todas mis energías. Tenía que vivir, tenía que volver.

Sabía que Niiv estaba en buenas manos y tenía que confiar. Tal vez, era una ridiculez volver a los cuarteles, puesto que sabía que era el primer lugar en el que aquellos sujetos buscarían. Pero podría encontrar algo con qué defenderme. No sabía nada sobre la situación de la Legión y el ataque en la ciudad, excepto lo nocivo que había sido.

Levi estaba allá. Todos mis amigos también.

Por un momento, apreté los párpados y negué con fuerza. Tenía que razonar con claridad. Quizás, ir en busca de ayuda era una buena opción. El plan no había resultado según lo previsto. Era tiempo de cambiar la estrategia.


Fue un torbellino, yendo de un lado a otro para zafarse de las manos hábiles de aquel titán ágil. Sus latidos martillaban en sus oídos, sentía la piel arder y la boca seca junto a un sabor metálico extendiéndose a lo largo de su paladar. Estaba cansado, rozando un límite de hartazgo peligroso, uno que si no terminaba, acabaría con él. Era demasiado, demasiado y no restaban esperanzas…

Cuando decidió que había sido demasiado tiempo ya y que sus fuerzas no lo acompañarían por más, ante los ojos de sus compañeros que lo veían en la distancia y aguardaban el final, cometió el sacrificio más riesgoso que había llevado a cabo jamás.

Se convirtió en un hombre sin opciones y con la convicción de que existía algo más grande que su misma existencia. Por ende, lo hizo.

Se dejó caer…

Voló hasta lo más alto y se permitió caer al vacío. O, en realidad, a las mandíbulas enormes y abiertas que le esperaban debajo. Y confió.

Confió porque era todo lo que podía hacer.

Confiar en sí mismo, como cada vez que daba frente a la batalla.

El silencio reinó. Los pocos soldados que esperaban a que la lucha acabase fueron incapaces de reaccionar, sus rostros desfigurados por el horror era todo cuanto podían entregar.

Levi cayó en la boca gigante y esta se cerró, tan hermética como todas las bocas que habían visto antes.

Entonces, el titán tragó, y tras hacerlo se enderezó para luego dirigirles una mirada amenazante, casi indicándoles que serían los próximos.

―¡Rápido, a cubierto!

La alarma provocó el pánico de los que apenas comenzaban a retirarse. El caos se dispersó rápidamente, trayendo consigo gritos y urgencia, no obstante, tan pronto como llegó, se evaporó. Resultó curioso, tanto como para retenerlos de huir y dejarlos quietos en su lugar, expectantes de lo que ocurriría a continuación.

El titán no volvió a avanzar, en cambio, se quedó en su posición al acecho, rígido y silente, como una estatua. No emitía ruidos, ni siquiera sus característicos gruñidos emulando truenos. Al cabo de unos de segundo, efectuó su primer movimiento: intentó tragar. Luego de nuevo. Y una vez más…

―Comandante Erwin ―un joven soldado alertó a su líder como si buscase de él una explicación.

El aludido, con el ceño fruncido e intentando contener su preocupación, dio un par de pasos adelante para analizar la situación. El titán se había tragado a Levi, pero…

―Erwin ―Hange estaba ahí, sumándose a su lado con la misma mirada incrédula.

Sin embargo, el hombre seguía esperando algo.

Esperando que Levi Ackerman dijese la verdad…

«No estás muerto», replicó en su mente sin dejar de observar la escena.

El titán se movió, dando un respingo inquieto e intentando tragar de nuevo. Lo que era sutil, se convirtió en brincos cortos y los brazos de la criatura yendo a golpearse a sí mismo mientras su garganta subía y bajaba incansablemente.

Su espectáculo duró un par de minutos más, hasta que…

… Levi Ackerman dijo la verdad.

Si el problema no podía resolverse desde fuera, entonces, debía hacerse desde adentro, desde la raíz…

La cortina de sangre surcó los cielos, formando un arco que se dispersó en el aire; suficiente para cortar las respiraciones ajenas, víctimas del impacto, del alivio, de la esperanza. La espada hizo su aparición justo en la nuca del titán, y abrió camino al gancho que salió eyectado a afirmarse contra cualquier muro útil. No para hacerle volar, sino para permitirle arrastrarse mientras sus justas espadas acababan con todo al fin.

Y lo cortó, con toda la fuerza posible, arrastrando la cuchilla con tanta energía como jamás creyó posible, y se hizo un espacio para salir a la luz. Cubierto de la sangre humeante, dio un brinco en el aire para girar y cercenar cualquier vestigio de la nuca.

Y antes de que el cuerpo muerto cayese al suelo junto con él, se elevó una vez para dejarse caer sobre un tejado.

Erwin respiraba en paz. Hange no podía creerlo. Y supieron que había sido mucho, incluso para el soldado más fuerte de la humanidad, cuando notaron su rostro perdido, sus labios abiertos y su semblante desorientado. Había sido demasiado riesgoso. El calor de la criatura más el tiempo que pasó recluido en la garganta titánica hicieron estragos con él, y sin embargo, había dado todo de sí para protegerles, exponiendo su propia vida.

No obstante, algo en su cabeza no andaba bien. Un dolor punzante comenzó sigiloso hasta tornarse despiadado, su piel ardía y sentía que podía desplomarse en cualquier minuto.

Aun así, no permitió a su aturdimiento ser obstáculo. Al segundo siguiente, intentaba reponerse y dirigirse hacia la multitud, pese a su andar turbulento y su respiración irregular.

Necesitaba imperantemente un caballo.

Todo le daba vueltas y se sentía afiebrado. Dentro de poco, acabaría cediendo agotamiento debido a sus sobre exigencias. Pero siguió adelante, convencido de que era capaz.

Aún tenía las palabras de Olsson imantadas en la mente, y eso era todo lo que necesitaba para continuar.

Algunos soldados se acercaron a él cuando aterrizó cerca de ellos, mas no les permitió interferir con sus acciones. Erwin y Hange lo hicieron también, pero tampoco les prestó la atención que esperaban.

―Necesito un caballo, mi caballo… ahora, por favor.

―Levi, necesitas un médico ―espetó Hange, tomándolo del hombro.

Él se soltó de un tirón con el resquicio de sus fuerzas.

―Van por Mikasa… ellos van por Mikasa… ―cerró los ojos con fuerza, producto del aturdimiento, y miró en otra dirección.

Allí había un caballo.

―¡Levi! ―Erwin quiso detenerle; al segundo siguiente, se dio cuenta de lo absurdo que era aquello―. Coge un arma. Enviaré un escuadrón a respaldarte.

―Solo quiero tiempo ―jadeó tras subirse al animal que consiguió sin conocer a su dueño―. Pero hazlo de todos modos. Necesitaré ayuda si espero lo peor.

Ante la mirada incrédula de los presentes, dio riendas al animal y partió, con la garganta prieta, un pánico desgarrador en las entrañas y un agotamiento preocupante que le amenazaba.