No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.

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Las copas de los árboles estaban grises a la luz de la luna cuando Isabella saltó la tapia de la villa de Esme.

Estaba pensando que matar no era difícil si se sabía qué hacer y se tomaba a las víctimas por sorpresa. Los perros y los lobos auténticos advertían de sus intenciones antes de atacar. Ella no lo necesitaba y no lo había hecho.

Se movió en silencio a través del jardín a oscuras. Recordaba el mensaje de Esme de que la villa estaba defendida por una compañía de mercenarios francos. No quería que nadie la viera y diese la alarma.

Se asomó al atrio y vio a Esme sola, paseando arriba y abajo junto al estanque. La única luz era la hoz de la luna nueva, que brillaba en el cielo y en el agua. Fue fácil invocar el cambio. Un instante después, Isabella se alzó como una mujer y se caminó hacia Esme, que pestañeó y miró a la pálida figura que se acercaba a ella.

—¿Isabella? ¿O eres sólo un fantasma?

—Aquí estoy. Sabías que vendría de alguna forma, ¿verdad?

—Sí. —La palabra fue un suspiro. Esme se acercó para tocar a Isabella, como si quisiese asegurarse de que era real. Apartó la mano como si se hubiera quemado—. ¡Cristo! —exclamó mirándose los dedos manchados de sangre.

—No es mía —dijo Isabella con indiferencia.

—¿De quién es?

—No sé sus nombres, eran hombres de Amun. Envió soldados a la casa donde vivía Tony. Mataron a todos los que encontraron allí. Mutilaron a algunos antes de matarlos. — Libre de la indiferencia de la loba a la violencia, se sintió repentinamente enferma de horror—. Les sorprendí torturando a alguien, a un muchacho... el pastor al que pagué para que escondiese a Tony. Yo... la loba... No, la loba y yo los matamos. Hice que el pastor huyese, y puede que venga aquí. Le reconocerás por sus dedos rotos. Por favor, recíbele con amabilidad y no intentes sonsacarle información: cuando me reúna con Tony, ni siquiera el muchacho sabrá ya dónde está.

Tras hablar, Isabella se aseó convirtiéndose en loba y metiéndose en el estanque. Esme emitió un sonido entrecortado y apartó la cara, cubriéndosela con el manto. La loba se sacudió para secarse como los perros, y Isabella reapareció un instante después.

—¡Dios! —susurró Esme.

Estaba con la boca abierta, una mano apretada contra su pecho. Su cara parecía pálida a la débil luz de la luna.

—Lo siento —dijo Isabella—. ¿Te he sobresaltado?

—¿Sobresaltado? Oh, sí, eso creo —respondió Esme ácidamente—. "Sobresaltado" es una palabra demasiado débil para cómo me siento.

—¿Qué ves? Yo no puedo ver el cambio, estoy dentro de él.

—Nada —contestó Esme—. Pero tampoco se ven las alas de un pájaro cuando está en vuelo. Sólo un temblor, una chispa difusa, como la luz de la luna reflejándose en aguas agitadas.

—Tengo frío. Mucho más, ahora que la loba no está conmigo, pues he matado y no quería hacerlo.

—Hay otro manto en el banco, y algo de vino —respondió Esme, señalando al más cercano a la puerta del triclinio.

Isabella se cubrió y se sirvió una copa de vino. El jarro era el mismo que había visto en su primera noche con Esme, con el pico en forma de cabeza de lobo gruñendo.

—El jarro te asustó la primera vez que estuviste aquí, ¿verdad?

—Sí. Por un momento había conseguido engañarme a mí misma acerca de mi verdadera naturaleza, pero verlo trajo todo de vuelta.

—Y todavía estás intentando engañarte —dijo Esme—. Puedo ver las lágrimas que corren por tus mejillas. ¿Por qué todo ese dolor? ¿Es por los hombres que has matado?

Isabella se encontró estremeciéndose. Acunó la copa de vino en las manos y bebió profundamente.

—No lo sé.

—Piénsalo. ¿Qué opción tenías?

Isabella sacudió la cabeza.

—Ninguna. No podía dejarles torturar al chico. De hecho, no pude soportar ver lo que le hacían... y algunas de las otras cosas que habían hecho allí... eran indecibles. Debieron de matar lentamente a aquellos pobres desgraciados, sólo por ver cómo sufrían. Los hombres de Amun merecían morir. La loba lo sabía. Yo lo sabía. Pero la loba no recuerda sus ojos cuando la luz sale de ellos, como yo lo hago. No le importa. Para ella todo es simple, haces lo que debes hacer. Me protege mientras estoy con ella. —La cara de Isabella se torció de dolor—. Pero no soy totalmente ella. También soy yo misma, y por eso sufro.

—No puedo ayudarte —dijo Esme—. Si haces esas cosas, tienes que encontrar alguna manera de vivir con ellas, como hago yo.

—¿Tú?

Esme se rió.

—¿Recuerdas lo que dijo Carlisle sobre Peter McKwen, que le asesiné?

—No lo negaste.

—¿De qué iba a servir? Media Roma sabe que lo hice, y no fue el primero. Peter pertenecía al rey lombardo, y por un tiempo controló el trono de Pedro, tanto como si él mismo se sentase en él. Cuando los nobles romanos se unieron, desafiándole y eligiendo a Carlisle, Peter prometió que ataría un dogal alrededor del cuello de Carlisle y lo arrastraría cautivo ante Dimitri. Pero para entonces yo había atraído a los francos a una alianza con la Santa Sede. Tony era mi embajador ante el rey franco, es una de las razones del afecto que le tiene Carlisle. Enfrentado a una posible guerra con los francos, Dimitri no envió tropas en ayuda de Peter, y éste tuvo que huir. Pero el muy necio se fue a Rávena, cuyo arzobispo le quería menos si es posible que yo misma y le retuvo allí. Carlisle quería un juicio público y el destierro de Peter. Viajé a Rávena en secreto y le dije al Arzobispo Comus que no quedaría precisamente abatida por el dolor si Peter sufriese alguna desgracia fatal. Sin embargo, aquel idiota tenía el hígado tan delicado como Carlisle. ¡Hombres! ¡Con toda esa charlatanería de leyes y procesos! —escupió Esme—. Qué tontería. Como si Peter McKwen se hubiese preocupado por la ley alguna vez. Como si lo hubiese hecho de haber fracasado nuestra alianza franca o de haber caído Carlisle o yo en sus manos...

Isabella tenía algo más de calor gracias al vino que fluía caliente por sus venas, animándola. Tomó otro sorbo.

—¿Y?

Esme se rió entre dientes, como si le divirtiese su propia astucia.

—Alquilé una gran casa y di una fiesta para el arzobispo y Peter y sus hombres. Contraté a casi todas las prostitutas de Rávena para entretenerles. No esperaban menos de mí, después de todo, soy la muy disoluta Esme. Cuando todos estaban entregados a la bebida y los éxtasis del placer carnal (no había una, sino tres bonitas muchachas para cada hombre), mis hombres y yo bajamos a Peter a los sótanos del palacio del obispo y le estrangulamos con un garrote. —Esme bajó la mirada a sus manos. —Yo hice girar el palo que le rompió el cuello. Aquello no lo hizo más fácil para mí. —Su voz se agitó—. Suplicó, rogó, hizo promesas que no valían ni el aliento necesario para pronunciarlas. Tuvo una muerte muy indigna. Se atribuyó la muerte al Arzobispo Comus, que prefirió callar a admitir que había sido engañado por una mujer.

—Matar te enferma tanto como a mí.

—Sí —dijo Esme, mirando desvalida a Isabella—. No creo que me hubiese confesado contigo de lo contrario.

—Yo no puedo darte la absolución.

—Ni yo a ti.

Isabella bebió de nuevo.

—¿Cómo mataré a mi marido? Sabes que es lo que quería Eleazar.

—Hazlo de forma que no te atrapen, y sólo si es absolutamente necesario. Es el mejor y único consejo que puedo darte. Y no aprendas a recrearte en la muerte como hacen algunos hombres. Las mujeres tienen el poder de la vida y la muerte. Nosotras, después de todo, damos a luz y tenemos el destino de la humanidad en nuestras manos. Por eso los hombres intentan gobernarnos con tanto ahínco, querida, saben que, si mirásemos bien lo que han hecho con la existencia humana, podríamos cerrar nuestras piernas y poner fin a la comedia en nuestros vientres yermos.

—¿De verdad lo harías, Esme? ¿Serías capaz?

Esme echó atrás la cabeza, y una expresión de dolor casi insufrible cruzó su cara.

—No. Puedo recordar la primera vez que Tony dio patadas en mi vientre. Entonces creía que cualquier cosa era posible. Ah, era mi vida. Mi vida estaba en él. Sigo esperando, aunque toda esperanza se haya perdido ya. Las mujeres estamos malditas con la vida. Nos ata, y seguimos creyendo con cada niño que alumbramos que el mundo será mejor de lo que ha sido en el pasado, que lo recibirá con amor.

—No siempre es así.

—Nunca lo es. Un niño, querida, es a menudo sólo otra boca que alimentar. Quizás tengamos suerte cuando algún hombre encuentra una especie de honor en el hecho de que su chorrito de semen hinche nuestra barriga, y considera apropiado protegerlo.

El viento se hizo más fuerte. Nubes altas pasaron ante la luna.

—Está soplando el viento norte —dijo Esme—. Mañana habrá escarcha en el césped, e incluso las flores de mi jardín sentirán el frío.

—¿Quién es Carmen, y por qué tengo su espejo?

—Carmen es una mujer muerta, una puta muerta. ¿Por qué te importa tanto?

—No lo sé, pero de algún modo pienso que los muertos son tan importantes en esto como los vivos. Dime, Esme, ¿quién era?

Esme se encogió de hombros.

—Ya que lo preguntas, haré algo mejor que hablarte de ella. Te la mostraré.

Había una lámpara en el banco, junto al jarro de vino. Esme la encendió golpeando un pedernal con un anillo de acero que llevaba.

—Tengo otro comedor —dijo resguardando la llama del viento—. Uno que ya no uso nunca. —Aunque rió al decirlo, había un toque de crueldad en su risa.

Guió a Isabella alrededor del estanque del atrio hasta una puerta cubierta por una cortina. El interior, una vez corridas las cortinas, estaba totalmente a oscuras. La pequeña llama de la lámpara creaba un mínimo círculo de luz en torno a las dos mujeres. Esme caminó hacia una de las paredes y alzó la lámpara.

—Mira a Carmen —dijo, apartando la cabeza y cubriéndose la cara con el manto.

Carmen estaba pintada como Venus, sentada entre cojines en su tocador, desnuda y atendida por sus doncellas. Una estaba a su espalda, arreglándole el pelo largo y rubio. Otra elegante belleza le mostraba joyas para su inspección. La tercera, con la cabeza inclinada casi en adoración, ataba unas sandalias sobre sus pies blancos y pequeños mientras su ama contemplaba la labor de peinado en un espejo de plata.

El detalle de la pintura era tan exquisito que Isabella pudo reconocer el espejo con su motivo de flores. Sus ojos estudiaron el rostro de Carmen y supo que no estaba mirando una visión idealizada del artista, sino el rostro de una mujer viva.

Los grandes ojos verdes tenían una chispa de travesura, y las pecas salpicaban su nariz bellamente formada. Los labios, ligeramente gruesos, sonreían invitadoramente. Los pechos desnudos eran exuberantes y un poco respingones, elevándose en los pezones color rosa. La cintura era delgada, y la barriga una plataforma dulcemente encorvada de deseo donde anidaba un sexo cubierto de rizado vello rubio rojizo.

—Cómo debió de amarla Tony —dijo Isabella.

—Sí. No soporto mirar las pinturas de esta habitación, pero tampoco soy capaz de destruirlas. Están entre las últimas que hizo antes de contraer la enfermedad que fue su ruina. Ella vino del este, huyendo, dijo, de un cruel y peligroso amante bien situado en el gobierno. No hubiese debido darle cobijo. Hubiese debido saber que nada bueno viene jamás de Constantinopla. Esos malditos griegos sólo causan problemas. Ojalá hubiese atrapado a cualquier otro hombre de Roma, incluso a mi Carlisle, antes que a mi hijo. Ella lo sabía. Incluso la primera vez que yació con mi hijo, esa perra sabía que tenía la enfermedad que acabaría con su belleza y con su vida. Cuando mi hijo cayó enfermo, empecé a investigar la causa de su enfermedad. Envié un mensaje a un corresponsal en la corte del emperador en Constantinopla, preguntándole por Carmen. Parece que su último amante no sólo no era una alta autoridad, sino que ya estaba recorriendo los caminos vestido de negro y con una campana en la mano. Hice que la sacaran de su casa, la espléndida casa que había pagado mi dinero, pues yo se lo concedía todo a Tony. Mandé que la trajeran aquí, y mis criadas limpiaron el maquillaje que cubría su cara y su cuerpo. Las llagas, esas marcas pálidas y entumecidas que destruyen poco a poco la carne del leproso, estaban por todas partes.

Esme dejó de hablar. Su rabia le había hecho boquear en busca de aire. A la luz de las lámparas, su cara era como una piedra, y sus ojos relucían como la punta de una daga.

—Debo decir algo en su favor: al final se portó con más dignidad que Peter McKwen y sus vómitos. Tuvo la elegancia de mostrarse contrita. No suplicó por su vida. La única excusa que dio fue que Tony era su última esperanza, el último destello de una lámpara agonizante antes de que el aceite se agote y llegue la noche. No puedo decir que me conmoviese. Quería verla morir entre gritos, pero no quería que Tony me odiase, así que le ofrecí la misma elección que los cesares a sus enemigos: la daga o la ejecución pública. En realidad, optó por el arsénico. Le di un espléndido funeral, como deseaba Tony.

—¿Lo sabe él?

—No podría decirlo —contestó Esme—. Nunca hemos vuelto a hablar de ella.

Esme se alejó de las sombras, caminando hasta el centro de la habitación, y lanzó la lámpara al suelo. Las llamas prendieron en el aceite, llegando casi hasta el techo. Las dos mujeres se miraron. La de la pintura estaba congelada en el tiempo, en los últimos momentos antes de que la belleza quedase extinguida por la enfermedad y la muerte.

Esme, la mujer viva, estaba de pie al otro lado de las llamas, su cara una desnuda máscara de dolor.

—Mi hijo, mi hijo —lloró—. La perra me quitó a mi hijo. ¿Es por mis pecados, Isabella? ¿Está pagando Tony por lo que yo he hecho? ¿Es eso?

Isabella retrocedió hacia las cortinas que cubrían la entrada del triclinio y las corrió a un lado. El viento tiró de su manto. Podía sentir el cambio que se aproximaba, como la sombra de una nube recorre una llanura.

—No sé nada del pecado, Esme. Nunca lo he entendido. Es una cosa de la Iglesia. ¿Voy a creer en una Iglesia que me llamaría bruja y me quemaría? No puedo. Todos los años pasados de rodillas y todas las penitencias que ofreció mi madre no consiguieron nada, y tampoco lo harán ahora. Sólo espero poder devolverte a tu hijo como sea.

Esme vio algo como un relámpago de verano reluciendo alrededor de Isabella, y a la loba corriendo como una trémula luz de plata, escurridiza como las nubes que, una a una, bailaban con la luna.

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Uhh… entonces… ya supimos cómo se enfermó Tony… que bien por Esme… yo hubiera hecho lo mismo.

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¡Nos leemos pronto!