No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

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Vestido de etiqueta y con las manos en los bolsillos del pantalón, Edward parecía salido de una portada de revista. De hecho seguro que saldría en las páginas de sociales de los periódicos al día siguiente. Podía sentir los ojos de los invitados fijos en él. Y también la dulce mirada de Isabella que hacía que su corazón latiera muy de prisa.

—Bueno, en primer lugar, quiero agradecerles a todos su presencia. Muchas gracias por venir.

Los concurrentes aplaudieron. Así que era esto, un discurso de agradecimiento.

No sabían qué esperar, el pastel con el Sky Blue resultaba muy intrigante.

Esme también aplaudió. Por fin Edward se mostraba complacido por su fiesta de cumpleaños. No entendía lo del pastel, pero su hijo era bastante excéntrico, a sus ojos.

Durante mucho tiempo había mostrado cierta resistencia a este tipo de celebraciones, pero esta vez... bueno, al parecer estaba entrando en razón. Y si esa chiquilla no hubiese aparecido en escena, la noche habría sido perfecta.

—Ahora pasemos al tema del pastel. Este pastel es mío, yo me lo comeré solito, pero es tan bello que quería que todos ustedes lo viesen. Tiene una vela aquí, pero no habrá ni cantito de feliz cumpleaños, ni pedido de deseo. Mi deseo ya ha sido cumplido —Y luego se dirigió a Isabella—. Ven, Princesa, por favor.

Ella estaba tan ruborizada que parecía una rosa. Se acercó a Edward tímidamente y sonrió. Él la tomó de la mano y continuó hablando.

—Esta hermosa mujer me ha concedido el honor de ser mi esposa, y ese es el mejor obsequio que he recibido en toda mi vida.

Murmullos, susurros y luego aplausos, muchos aplausos. Uf, menos mal, pensó Bella mientras Carlisle la abrazaba. Todo el mundo comenzó a felicitarlos, querían saber la fecha y los detalles de la boda.

Pero Edward pidió silencio.

—Aún no he terminado— agregó. Y acto seguido tomó de su bolsillo una sortija y se la puso a Isabella sobre la que le había dado anteriormente. Era el anillo de la bisabuela de Edward, la Condesa Alexandra Cullen, el mismo anillo que Esme había perdido en el acuerdo de divorcio.

Clavada en sus elegantes sandalias, Esme apretaba los puños con furia. Estaba tan molesta que ni hacía el esfuerzo en disimularlo. A su lado, su ex suegra miraba azorada a Carlisle intentando averiguar si lo que acababa de escuchar era una broma o iba en serio. Y Kate... la pobre Kate lloraba mientras miraba a la furibunda Esme.

—¡Tú me habías dicho que Edward se casaría conmigoooo...! —lloriqueó.

Afortunadamente para ella nadie le prestaba atención, pues todos estaban rodeando a la pareja que se acababa de comprometer.

Esme la observó como si fuese un insecto.

—Cállate, estúpida. No has sabido conquistarlo porque eres demasiado fácil. Y esta chiquilla tonta que le ha ocultado el dulce, lo ha conseguido. Tiene a tu Edward y a mi sortija.

Y girando sobre sus talones, corrió escaleras arriba dejando a Kate con la boca abierta.

Carlisle la vio marcharse, apenado. Había olvidado tomarle la foto, y era una lástima.

Esme no volvería a la fiesta, y ahora tendría que conformarse con molestar a su madre, porque Kate parecía no estar de humor para nada.

Bella y Edward permanecían ajenos a todo. No esperaban nada de los ofidios ponzoñosos, como él les decía, así que no hubo decepciones ni resentimientos por no contar con sus buenos deseos. Lo único que había en sus corazones era amor y dicha.

Y en el de Ben había sólo hielo. Estaba asombrado y furioso. Apuró su trago y luego se marchó con disimulo. Estaba harto de esos ricachones que siempre conseguían todo lo que se proponían.

Cuando la fiesta llegó a su fin, Edward acompañó a su ahora prometida hasta la puerta del dormitorio. Se besaron apasionadamente. Él le deshizo el peinado, y ella se sintió como si la hubiese desnudado. Se apretó contra su cuerpo y le lamió la nuez de Adán como tantas veces lo había hecho. Alguien tosió a sus espaldas. Era Renata.

—Edward, te recuerdo que ésta es una casa decente —le dijo en tono de reproche.

Estaba visto que lo bueno no iba a durar mucho. Con cierto pesar se despidió de Isabella con un beso en la frente y bajó junto a su abuela. Ojalá no le soltara un sermón, porque no estaba de humor. Tenía a la mujer de su vida bajo su propio techo y no podía dormir con ella.

Isabella se puso su camisón blanco y cepilló su cabello cien veces. Se acostó, pero no logró conciliar el sueño. Es que tenía al hombre de sus sueños a un paso, pero le estaba vedado acercársele... Tenía sed. Salió de la habitación descalza y de puntillas y se dirigió a la cocina a buscar algo de beber.

Inclinada ante el refrigerador buscaba agua mineral. Con la puerta abierta se sirvió un vaso de Evian y devolvió la botella a su lugar. Cuando la cerró casi se muere de un infarto. Detrás estaba Kate. Con el maquillaje arruinado y despeinada, parecía un espectro.

—¡Uf! Kate, casi me matas de un susto...

—Eso estaría más que bien… ¿por qué no te mueres, Isabella?

Bella vaciló. Kate parecía bastante peligrosa e inestable. Nunca pensó que lo iba a tomar tan mal. Casi sintió pena por ella, así que prefirió no responder. Bebió un sorbo y se dispuso a irse, pero Kate la tomó de un brazo y no se lo permitió.

—No tan rápido. Sabes que no lo conseguirás, ¿verdad? Te crees muy lista, niña, pero no lo eres. Edward es mío.

A Isabella no le estaba gustando nada el cariz que estaban tomando los acontecimientos.

—Suéltame, Kate —pidió.

—Cállate. Le has puesto una zanahoria delante... Pues no te saldrás con la tuya, pequeña zorra.

—Mira, no te voy a permitir que me hables así... —respondió Bella alzando un poco la voz.

—Tú no me dirás cómo tengo que hablarte; tú no eres nadie. Eres una vulgar cazafortunas, que si no fuese porque meneas el culo tan bien, sólo hubieses entrado a esta casa como mucama.

Eso colmó la paciencia de Isabella. Se hartó de tantos insultos y mostró las uñas.

—¿Sabes qué? No me interesa el dinero de Edward, me interesa su alma, me interesa su cuerpo... —comenzó a decir, pero no pudo continuar porque Kate la golpeó.

Le dio un bofetón tan fuerte que la hizo volver el rostro a un lado. El vaso se deslizó de su mano y se hizo añicos contra el suelo con gran estrépito. Luego, todo fue muy confuso. De la nada apareció Edward y apartó a Kate; la sostuvo del cuello contra la pared, mientras sus ojos echaban chispas.

—Jamás la vuelvas a tocar —siseó a cinco centímetros de su rostro.

Kate estaba paralizada. La mano de Edward no la estaba estrangulando, solamente la tenía clavada a la pared, pero le costaba respirar. Podía sentir la furia en su mirada y en el tono de su voz, y sintió miedo, mucho miedo. Intentó gritar pidiendo auxilio, pero no podía articular palabra.

La cocina se llenó al instante de gente alarmada por los ruidos que habían quebrado el silencio nocturno.

—Edward, suéltala ya —le pidió Carlisle con firmeza.

Él obedeció y se dirigió a Isabella. Le acarició la mejilla.

—Te hizo daño...

Isabella negó con la cabeza, y en ese momento Edward se dio cuenta de que estaba descalza entre cristales rotos. Inmediatamente la alzó en sus brazos, la sentó sobre la isla central de la cocina y le examinó los pies buscando algún corte.

Renata y Esme intentaban contener a Kate, mientras la señora del servicio levantaba los cristales del suelo.

También estaban presentes Jasper y una amiga de Renata, que se tapaba la boca espantada por la escena. Jasper abrió el congelador y le alcanzó hielo a Edward, que lo puso en un paño y se lo aplicó a Bella en la mejilla.

—Edward, eres un animal... —comenzó a decir Esme, indignada.

Él la miró con frialdad.

—Esme… ¿qué sabes tú de animales? Los animales no abandonan a sus crías, madre.

Un manto de silencio cubrió el ambiente. A Carlisle se le llenaron los ojos de lágrimas, pues era la primera vez que escuchaba una palabra de reproche de los labios de Edward.

Esme se quedó de una pieza.

—Tú... tú eres la culpable… —comenzó a decir con los ojos puestos en Isabella.

Pero Edward volvió a interrumpirla.

—Cierra la boca. Y vete acostumbrando. Tú también, abuela. Y tú... —le dijo a Kate mirándola con desprecio —Isabella es mi mujer. Nos casaremos en noviembre, pero considérenla ya la señora Cullen y la dueña de esta casa, ya que les recuerdo que el abuelo testó a mi favor y es parte de mi herencia. Y si no les gusta toman sus cosas y se marchan a un hotel.

Y dicho eso, tomó a Isabella en sus brazos y se dirigió a su dormitorio de la planta baja con ella, y con su abuela pegada a sus talones.

—Edward, quiero creer que no dormirás con ella en tu habitación. Por favor, esta es una casa decente, no un hotel, y no voy a permitir...

—Cállate, abuela —dijo él con frialdad.

—Oh... —Renata se quedó parada en el medio del pasillo, desolada. No podía soportar que bajo su mismo techo ocurrieran ese tipo de actividades pecaminosas, ni que su nieto fuese tan grosero con ella. Angustiada, se hizo la señal de la cruz.

Edward depositó a Isabella en su cama y sostuvo el hielo contra su mejilla.

—¿Te duele, mi amor?

—Un poquito... —respondió, e hizo un esfuerzo por sonreír.

—Lo siento Princesa.

Se recostó al lado de ella y la acarició con ternura.

—No es tu culpa —susurró Bella—. ¿Dormiremos juntos, Edward?

—Dormiremos juntos. Dormiremos, he dicho —repitió sonriendo—. Tú te quedas allí y me das la espalda, y yo haré lo mismo. Hasta mañana, mi cielo —le dijo mientras se daba la vuelta.

—Hasta mañana...

"No sé si estoy aliviada o decepcionada. Dormiremos, ha dicho. Bueno, como sea estoy a su lado. Ha valido la pena el bofetón. En el fondo comprendo a Kate. Ver a Edward irse con otra debe ser insoportable, pero perder la dignidad de esa forma…".

En la cocina, Kate lloraba desconsoladamente. Esme estaba harta de ella, pero intentaba contenerla. Y a ella, ¿quién la contenía? Lo que le había dicho Edward instantes antes había sido como un puñal en su corazón. Esa mocosa había transformado a su hijo en un monstruo rencoroso.

—Ay, Esme. Edward está ahora con ella en su habitación. Le está haciendo el amor a esa zorra maldita...

—Kate, tranquilízate. Si le está haciendo el amor, es algo muy bueno. Lo que necesita él es quitarse las ganas. Si lo hace, también se le irán las ansias de casarse con ella, ¿entiendes? Ojalá lo hagan toda la noche. Eso es muy pero muy bueno, Kate.

Estaba convencida de que una vez que Edward saciara sus instintos, desecharía a Isabella como lo había hecho con tantas. Era cuestión de tiempo. Y tiempo había, faltaban meses para noviembre, tenían muchas noches por delante.

Aún estaba oscuro cuando Bella despertó sobresaltada. Pestañeó varias veces para adaptarse a la penumbra. Edward estaba despierto, recostado de perfil a su lado, apoyado en un codo.

—¿Pasa algo? —preguntó ella alarmada.

—Nada, mi amor. Sólo te observaba dormir.

Por un electrizante minuto se miraron a los ojos. Estaban a medio metro de distancia, y el silencio era absoluto hasta que comenzaron a escuchar el sonido de sus propias respiraciones, que cada vez se agitaban más y más. Sólo por enlazar sus miradas, se les disparaba el corazón a ambos.

El deseo fue creciendo, y se extendió por sus cuerpos al mismo ritmo. Cuando se hizo insoportable, lo único que quedó por definir era quién hacía el primer movimiento.

Isabella levantó las piernas y, sin apartarle la mirada, se quitó las bragas y luego las balanceó delante de los ojos de Edward. Él continuaba inmóvil sin dejar de contemplarla. Ella estaba confundida, si eso no era una clara señal de que le importaban un comino las retrógradas abuelas y las histéricas pretendientes, no sabía qué más hacer.

—Dime Isabella, ¿Marie no te enseñó que las niñas buenas no entregan sus bragas así? ¿No escuchaste a mi abuela Renata recordarnos que esta es una casa decente? ¿No me oíste cuando te dije que solamente dormiremos juntos? —la interrogó Edward, en un tono por demás burlón.

—Me importa una mierda lo que opinen ellas, y tú no estabas durmiendo precisamente...

Edward sonrió. Estaba encantado con tenerla a su lado, y ya no sabía qué hacer con ese bulto que lo había atormentado el día entero, pero disfrutaba de jugar un poco con ella. Se incorporó lentamente y se tendió encima de Bella. Bajó la mano, tomó el ruedo de su camisón y se lo quitó en un rápido movimiento, que ella facilitó levantando las caderas. Estaba desnuda, excitada y más que dispuesta. Él ni siquiera tanteó el terreno. Sacó el miembro de su pijama y sin más miramientos se lo introdujo hasta el fondo, mientras le cubría la boca con un profundo beso.

Con la lengua de Edward en su garganta y el pene en su vagina, Isabella gemía y se retorcía dominada por el deseo. Sus caderas tenían vida propia: se movían hacia los lados y hacia arriba acompañando los movimientos de Edward, que se volvían cada vez más desenfrenados.

Él entraba y salía frenéticamente, gruñendo ronco. Poseído por la fuerza de la pasión que lo consumía, se olvidó de todo menos de ella. Al diablo las abuelas, la estúpida de Kate y hasta su propia madre. Lo único que valía, lo único que le interesaba era Isabella y su maravilloso coño que lo estaba destrozando de placer.

Acabaron juntos y en el momento del clímax, él tuvo la suficiente lucidez de taparle la boca con la mano. No querían volver a despertar a nadie. Se besaron jadeando. Sonreían... Por fin habían podido saciar sus deseos. ¿Realmente lo habían hecho? A juzgar por la rigidez del miembro de Edward, eso recién estaba comenzando.

Esa noche no volvieron a dormir. Lo hicieron de casi todas las formas posibles. Y cuando el sol se alzaba sobre el horizonte, Isabella tomó el pene de Edward en su boca...

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Se fueron sin despedirse. Tomaron sus cosas y el pastel y salieron sin decir nada.

Cuando estaban a punto de subir al coche, Esme los detuvo.

—¡Edward! ¿Ya te vas? —preguntó ignorando a Isabella.

—Ya nos vamos —respondió él con una mueca de disgusto.

—No puedes irte, esta tarde vendrá gente que quiere saludarte...

—Ya sé quiénes son: periodistas. Salúdalos de mi parte, madre. Y ahora, adiós.

—Tenemos que hablar, querido —rogó Esme.

Él se detuvo para observarla. Parecía desvalida y triste, pero no tuvo piedad de ella. Los demonios que lo habían acompañado toda su vida le susurraron maldades al oído.

—Es demasiado tarde —dijo secamente. Y luego subió al coche y arrancó, dejando a Esme de pie en la entrada, lívida de furia.

"Isabella es la culpable de todo. Ya haré algo para impedir ese matrimonio: como que me llamo Esme Platt que esos dos no se casarán. Esa zorrita no tendrá jamás ni a mi hijo, ni a mi sortija", pensó dominada por la ira. Entró a la casa muy erguida.

Con Kate hecha un mar de lágrimas y los paparazzi acosándola iba a ser un largo día...

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¡El drama! OMG! ¿Se esperaban algo así? Jajaja espero que manden a Esme al cuerno jajaja

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¡Nos leemos pronto!