Harry se había levantado más temprano, realmente le había costado trabajo dormir. Y sus sueños habían sido muy extraños.

Pero había algo que le quitó la pesadez del sueño rápidamente, una sensación cálida y vibrante justo donde estaba su estómago.

Estaba dormido en la cama de al lado y le había dicho que estaba enamorado de él, desde siempre.

Desde siempre.

Ahora tenía una nueva tarea, tenía que demostrarle a ese testarudo Malfoy que arriesgarse valía la pena.

Había conseguido encontrar varios trozos del alma de un tarado que dominaba el mundo, demostrarle a Draco Malfoy que él también iba en serio, no podía ser más difícil.

Preparó un buen desayuno, hacía mucho que no preparaba tortitas, y ese día iban a comer muchas tortitas con nata y chocolate.

El olor delicioso del desayuno despertó a Draco, y Harry ya había preparado la mesa.

No es que fuera el mejor decorando un plato para hacerlo más apetecible, pero había hecho su mejor esfuerzo.

―¿Y esto?―le miró con recelo.

―¿No podemos desayunar?―preguntó sonriendo a su vez.

Draco le miró de lado pero se sentó delante de él. Y Harry atacó su propio plato.

No se le escapaban las miradas del rubio, y aprovechó una de ellas para lamer sus labios llenos de nata.

Captó su atención, así que en otro de sus bocados volvió a lamer su labio superior.

Esperaba una reacción por parte de Draco, sin duda, había estado ensayando el gesto un buen rato. Pero en ningún caso esperaba la carcajada y la mano que se llevó a la cara el objeto de su deseo.

―¿En serio?―le preguntó Draco con lágrimas en los ojos de la risa.

―¿Qué?―Al parecer tenía restos de nata en la boca, porque se había manchado la mano al limpiarse un poco.

―¿Estás tratando de seducirme con eso?

En realidad la respuesta era sí, pero debía estar haciendo un mal espectáculo si el cretino se reía de él.

Se comió su desayuno hecho con todo el cariño del mundo con la boca llena de tortitas, si algo le chorreaba por la boca, que se jodiera.

Aún Draco se andaba riendo, quizás había resultado demasiado obvio, y quizás un tanto ridículo. Pero no iba a cejar en el intento, solo tenía que depurar la técnica.

El único punto a su favor era que sabía que le gustaba; en contra, que no tenía ni puñetera idea de como seducir.

Pasaron una mañana relativamente tranquila, salvo por los ataques de risa de Draco. En cualquier caso, Harry hacía todo lo posible por obviarle, él sí que iba a reírse cuando lo tuviera debajo suya.

Bueno, en realidad él prefería estar debajo, como la otra vez. Se había sentido condenadamente bien tenerle entre sus piernas. Tenía que conseguir llevarle a ese punto de nuevo.

Y tuvo una idea, una buena, esa no podía fallar. Esa ya le había hecho mirarle antes. Tenía que funcionar.

Decidido tomó unos pantalones cortos, y en un alarde de atrevimiento, no exento de cierto sentimiento de vergüenza, se quitó la camiseta.

Tomó el espacio disponible y comenzó a ejercitarse.

Draco estaba leyendo, pero levantó la vista cuando Harry comenzó a realizar estiramientos. Aquellos pantalones se quedaba clavados justo en sus caderas dejando espacio para contemplar sus abdominales oblicuos, de los cuales estaba muy orgulloso.

El brillo en sus ojos le dijo que aquello era mucho mejor que la nata.

Una buena serie de ejercicios estudiados iban a ser su plan de ataque; el sudor y sus propios sonidos al realizarlos hicieron a Draco verse algo incómodo.

Estaba empapado, y tomó una toalla para limpiarse el sudor. Lo suyo no era la seducción, quizás, pero tenía que probar.

Con los ojos grises sobre él, pasó la toalla por su pecho, de normal jamás hubiera hecho algo similar, pero demoró pasándola por uno de sus pezones.

Pequeño y oscuro se alzaba empinado por el contacto, decidió probar suerte. Tenía toda la atención de Draco, la excusa del libro hacía rato que se le había ido al traste.

Abrió su boca, dejando emitir un pequeño gemido, mezcla de placer y cansancio por el ejercicio.

Draco tragó duro y Harry se sintió eufórico bajando la toalla un poco más hasta donde comenzaba una fina hilera de vello oscuro que se perdía bajo la cinturilla de su pantalón.

Draco se levantó de la cama, y Harry pensaba que lo había logrado.

―No creas que no sé lo que estás intentando―le acusó Draco―. Un poco de espectáculo erótico barato no me va a hacer cambiar de idea. Olvídalo.

Pero Draco no se quedó en la habitación, se fue todo digno al cuarto de baño y cerró la puerta de un golpe.

Harry se habría decepcionado si no hubiera visto como el pantalón del rubio estaba teniendo serios problemas de contención.

Quizás no fuera jugar muy limpio, pero el camino del amor y la guerra estaba lleno de golpes sucios.

Y él iba a jugar todo lo sucio que pudiera.

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No son mis horas, peeeero a nadie le amarga un dulce; ni siquiera a Draco.

En fin, lindos sueños.

Shimi.