Cuando llegó a la dirección que le había indicado Snape, se sentía extrañamente acongojado por el lugar. Las calles que había recorrido eran oscuras y las paredes de ladrillo que la delimitaban incitaban a una sensación de claustrofobia. La puerta de madera, vieja y anticuada así como la suciedad que se pegaba a las ventanas, no hacían nada para levantar el espíritu. Algo oprimía su pecho mientras veía el lugar, viejo y abandonado… gris; aunque hubiera colores. No podía imaginarse que allí hubiera un solo recuerdo feliz, mucho menos que alguien allí lo fuera.
En ese momento, en el que esperaba respondieran a los golpes en la madera con los que anunció su presencia, le dolió algo en el interior. Se resistía a pensar que ese ambiente describiera la personalidad de Snape, porque si así era, sería doloroso. Y él sabía que Snape era mucho más de lo que en ese barrio veía. De alguna forma se había acostumbrado, tal vez, a relacionar a Snape con Hogwarts: sí oscuro a veces, fuerte, permanente pero cambiante, vivo… mágico. En este lugar, sin embargo, podía entender a la perfección de dónde había nacido la personalidad más oscura del hombre que había sido profesor, espía y mortífago.
En ese lugar de Cokeworth, en Spinner's End, se podía sentir que la frase "la vida no es justa" permeaba de cada tabique, de cada esquina y de cada sombra. El ambiente, más que ponerlo alerta como si se sintiera en peligro, lo deprimía… casi como si de allí fuera a nacer un dementor.
La puerta se abrió poco después del llamado y la vista de Snape lo capturó de inmediato. Sin el pañuelo negro en su cuello, túnica restrictiva y sólo llevando pantalones negros y la camisola blanca abierta hasta las clavículas —mostrándole más piel de la que había visto en años, o nunca dependiendo de qué quisiera creer—, el cabello sujeto en la parte de atrás de la cabeza; Snape lucía…
Se sintió sonreír como bobo y a su sangre la sintió correr agitada como el latido de su corazón.
—Señor Potter —saludó Snape formalmente, inclinando un poco la cabeza.
Esa voz.
—Señor Snape —saludó repitiendo los gestos y el tono del otro.
—Adelante —ofreció su anfitrión dando un paso al lado para dejarlo pasar.
—No sabía qué prefiere beber —comenzó mientras era guiado al interior—. Traje cerveza de mantequilla y whiskey de fuego.
—Abra el que prefiera, señor Potter. Vuelvo en un momento.
—Llámeme Harry, por favor —pidió mientras lo seguía hasta una habitación cerrada, con las paredes llenas por completo de libros.
Snape le indicó con un gesto que tomara asiento en un viejo sillón de dos plazas que prometía ser atroz, pero Harry tomó asiento descubriendo que el mueble era cien veces más cómodo de lo que había parecido en primera instancia.
—Si así lo prefiere, señor Harry —dijo Snape formalmente.
En cuanto miró a Snape con resentimiento por aquello, lo encontró con un ligero tirón en la comisura de los labios que apenas pasaba por sonrisa. Tarde entendió, o quiso creer, aquella respuesta como una broma. Entre fruncir el ceño sorprendido y no poder controlar su propia sonrisa, el gesto de Snape desapareció de su rostro. No así el deseo de besar ese gesto.
Habían pasado pocos meses desde la última vez que lo había visto, cierto, pero sentía que no era suficiente. Supo en ese momento que iba a tener que usar toda la fuerza de voluntad que tuviera en su cuerpo para no lanzarse sobre el hombre y abrir un poco más su camisa, para no recorrer sus manos por la piel cubierta y la que descubriera. Pero, demonios, había pasado casi dos años donde sólo se habían visto tres veces o cuatro y nunca lo suficiente. Ahora, viéndolo con el cabello sujeto relajadamente, el cuello descubierto mostrando distraídamente la cicatriz a la que había sobrevivido y sin tantas capas de ropa que cubrieran su cuerpo… no sabía qué hacer para detener sus manos de buscar el cuerpo con el que había fantaseado por ¿tres?, ¿cuatro? años.
Sus manos ansiaban averiguar si sus recuerdos hacían justicia al tacto de esa piel, o si había olvidado el sabor de esos labios.
Mientras abría una cerveza de mantequilla para entretener sus manos en otra cosa, vio al culpable de su agitación desaparecer por una puerta secreta tras una estantería de libros y subir por las escaleras. Le dio un trago a su bebida fría, agradeciendo tener unos momentos para recomponerse antes que Snape volviera. Se entretuvo con su bebida mientras observaba la habitación: los libros acomodados de piso a techo le recordaban vagamente al despacho del profesor con cientos de frascos de cristal acomodados apretadamente entre ellos, la chimenea encendida que daba más luz que la lámpara que colgaba del techo, los tres muebles que conformaban una especie de sala de estar alrededor de la chimenea.
El lugar era una mezcla de sensaciones avasalladoras. Entre una claustrofobia casi de encierro opresivo y una calidez de cercanía. Era esa fina línea entre un ambiente tenue y ambarino y un ambiente falto de luz. Era sensual, tal vez; personal definitivamente. Acogedor al mismo tiempo que solitario.
Cuando se hubo recuperado de las sensaciones en su cuerpo, con la cerveza terminada y tras lo que le pareció haber esperado un tiempo ya irrazonable, se dirigió a la estantería que había visto al hombre abrir. Metiendo sólo la cabeza en esa dirección, lo llamó alto.
La voz de Snape respondió desde la parte de arriba de las escaleras comentándole que bajaría en un segundo y, casi en ese tiempo, el hombre bajaba por las escaleras.
—¿Todo bien? —preguntó cuando Snape se reunió con él. Para su decepción el hombre ahora usaba más ropa.
Sin llegar a las constrictivas ropas que usaba en el colegio, Snape había cerrado su camisa con el pañuelo en su cuello, había vuelto a su peinado habitual y había perdido un cierto aire de… accesibilidad.
—Terminando un par de detalles —respondió sencillamente.
—¿Llegué temprano? —preguntó asustado. Había estado calculando el tiempo justo para no hacerlo.
—Yo me demoré unos minutos. Lamento haberlo hecho esperar, Harry —dijo mientras cerraba el acceso a sus habitaciones privadas.
—No hay problema —dijo con una gran sonrisa y desviando su atención a los libros en las paredes—. ¿Ha leído todos estos libros? —preguntó acariciando el lomo de los más cercanos.
Snape quedó a la espalda de Harry, observando el movimiento sobre el lomo del libro y asintió aunque el joven no lo viera.
—La mayoría, sí —respondió Snape en algo más que un susurro acercándose a su oído—. ¿Listo para la cena?
Harry atinó a asentir mientras sentía un agradable temblor en su espalda. Snape lo guió por otra puerta secreta y se encontró en un comedor más iluminado, pequeño, pero que de inmediato le pareció acogedor. Entre sorprenderse por lo que veía, porque Snape lo dejara ver la intimidad de su hogar, por preguntarse si la disposición de esa casa tenía que ver con la personalidad de Snape o con las necesidades que se fueron presentando de acuerdo vivía en esa casa; Harry no podía seguir la conversación de su anfitrión realmente.
La cena apareció en la mesa a un movimiento de varita y el aroma a comida lo inundó de inmediato. Sin hablar de lujo, la mesa se veía… perfecta: Una botella de vino blanco que, por su vida, no sabría decir su procedencia; copa de agua, copa de ese mismo blanco, un plato con un ave pequeña bañada en una salsa espesa marrón oscuro y vegetales.
El primer bocado le supo a gloria y tuvo que reprimir un sonido de placer.
Ni siquiera la comida de los elfos domésticos era tan… exquisita.
—Codorniz —dijo apreciativamente antes de paladear de nuevo—. Salvia, tomillo, orégano, albahaca, pimienta… laurel. ¿Whiskey o vino? —preguntó mientras tomaba un trago del vino en su copa —. Vino —se respondió él mismo.
—¿Es de su agrado? —preguntó Snape neutralmente.
—¿De mi agrado? —se sorprendió—. Snape, ¡nunca había probado algo así! El sabor es tan… exacto, tan... definido. Puedo reconocer cada uno de los ingredientes con los que está cocinado y al mismo tiempo un sabor complicado pero completamente nuevo y exquisito. Es un festín para los sentidos —dijo emocionado—. Es… como una caricia que se esparce por el cuerpo…
El carraspeo de Snape lo hizo darse cuenta que hablaba demasiado, que casi habla de más. Apenas notó el rojizo en las mejillas de Snape se preguntó si había incomodado a su anfitrión o si lo había enfurecido. Ahora mortificado, terminaron la cena en un silencio incómodo.
—Gracias por la cena —dijo quedamente cuando terminaron de comer—. Estuvo exquisita.
Snape asintió una vez antes de ponerse de pie. Harry, copiando el gesto, entendió que era momento de marcharse y se pateó mentalmente por lo que había causado.
—¿Volvemos al salón? —preguntó Snape con voz llana.
Harry sonrió mientras Snape se acercaba y ponía una mano sobre su espalda guiándolo con el toque. Sintió el calor de esa mano entre sus omoplatos y a esta deslizarse un palmo hacia abajo.
Cerró los ojos para disfrutar la respuesta de su cuerpo ante el movimiento, y siguió al hombre deseando solamente poder voltear a él y besarlo, llevarlo a la mesa en la que habían comido y…
En el salón, Snape avivó la chimenea con un movimiento de varita y abrió la botella de Whiskey mientras hacía aparecer dos vasos más. Sirvió la bebida caoba en cada uno y le acercó el primero. Harry bebió de inmediato, esperando que el alcohol hiciera por sus nervios lo que una poción a sus heridas. La minúscula risa de Snape ante el gesto lo hizo enrojecer y dejó su bebida sobre la desvencijada mesa. Se preguntó por la estabilidad del mueble cuando un golpe accidental probó no volcarla, y ésta la adjudicó a la magia.
Snape tomó asiento en el sillón de una plaza y Harry tomó asiento en el de dos. La luz ambarina de las llamas y el calor que le llegaba desde la chimenea hizo más por sus nervios que la bebida y pronto se encontró relajándose en el silencio de la compañía de Snape.
Tomó su vaso de nuevo para entretener sus manos y se recreó en el salón. Si bien al principio podía parecer una especie de celda atiborrada de libros, era fácil acostumbrarse al espacio; sentirse cobijado por el calor del fuego quemando a unos pies de distancia y dejarse llevar por lo que pudo haber sido el salón en el pasado. Mientras intentaba adivinar el contenido en tantos libros, sus ojos acabaron puestos en la figura de Snape iluminada por el fuego. El sonido de la madera crepitando en el silencio le parecía una tímida música de fondo ad hoc para el hombre que, con vaso de whiskey en la mano, sólo parecía faltarle un libro en la otra... y tal vez un perro cazador a sus pies.
Viendo a Snape sentado frente a la chimenea podía verlo claramente perteneciendo a otra época. A una época de escenas de cacería y Lores, magia involucrada o no. Su silencio, su rígida postura, la forma en la que se relajaba… todo le recordaba más a ademanes que esperaba de una familia como los Malfoy. Mientras que él mismo se sentía mejor representado por una cena estilo Weasley: caos, barullo, risas, gente, aparatos muggles.
—Tiene algo en mente, Harry —dijo Snape suavemente, sin dejar de mirar el fuego.
—Contrario a asunciones pasadas, tengo mucho en la mente, Snape —respondió sin malicia.
La suave risa de Snape lo sorprendió una vez más. Eran francamente pocas las veces que lo había escuchado reír y ni una hacerlo remotamente fuerte. Snape llevó el vaso a sus labios y Harry se encontró hipnotizado con cada movimiento, los dedos que sujetaban el cristal, el contacto de esos labios con el borde, la tensión de la garganta cuando tragaba. No porque los movimientos fueran diferentes o deliberados, pero no podía apartar la vista. Harry se encontró humedeciéndose los labios con la lengua y se apresuró a tomar un trago más de su bebida.
El whiskey quemó en su boca y en su garganta al tragar, pudo sentir el alcohol llegar al estómago y allí dispersarse como calor por el resto de su cuerpo.
Dejó el vaso vacío sobre la mesa y acarició el borde del cristal con los dedos. Casi pensativamente. ¿Qué estaba haciendo ahí? Se preguntó por milésima vez en lo que parecían días.
Pero se engañaba a él mismo con tal pregunta, no es que no lo supiera. Sabía perfectamente bien por qué estaba allí; por qué siempre iría al llamado de Snape: Porque por más que se dijera que era imposible, por más que se dijera que debía olvidarlo; aún tenía la esperanza de… algo más. De que su amistad se transformara en más —así como su enemistad lo había hecho—.
—¿Cómo está su ahijado? —preguntó Snape.
—Está enorme —dijo emocionado por el recuerdo—. Metamorfomago como su madre, y tan lleno de vida y energía que es imposible pararlo —dijo con una orgullosa sonrisa. El gesto de Snape no mutó de su estoico contemplar el fuego, pero asintió una vez—. ¿Ha visto a los Malfoy? —preguntó a su vez.
Snape bebió lentamente un trago más de la bebida.
—Se encuentran bien —respondió al fin—. Ocupados con sus asuntos.
Harry asintió sin saber que más decir o qué más preguntar. Fue a la botella para rellenar su vaso y se encontró con la piel de Snape. Se sorprendió por el contacto inesperado y buscó con la mirada la del hombre.
—Permítame —dijo Snape antes de servirle.
—Gracias —respondió quedamente, apartando su mano sin querer hacerlo.
—Usted trajo la botella —siguió tranquilamente antes de tomar el vaso y ofrecérselo.
Tomó la bebida de la mano de Snape y se encontró de nuevo sujetando vaso y piel ajena. Por un largo momento se quedaron así, sólo tocándose levemente con un vaso de whiskey como excusa para tocarse el uno al otro, hasta que Snape apartó la mano.
Harry sintió la pérdida de inmediato y cubrió su gesto con el vaso, tomando un nuevo trago. Devolvió la mirada al fuego, esperanzado, frustrado, precavido. El sonido de vidrio contra madera lo distrajo de sus pensamientos, miró en dirección a Snape para encontrar su vaso vacío. Se acercó para servirle a él y tomó asiento de nuevo, ahora más cerca del hombre. Mientras lo miraba en silencio notó el gesto pensativo del hombre.
Harry acercó una mano lentamente hacia el rostro de Snape haciendo que la atención de él se concentrara de nuevo en el mundo que lo rodeaba y Harry sonrió de lado.
—¿Puedo? —preguntó suavemente.
Cuando Snape asintió lentamente, Harry acortó la distancia entre su mano y la quijada del hombre. La suave piel bajo su toque fue cálida sobre la terca línea del hueso, deslizó sus dedos sobre la piel hasta los labios y el suspiro de Snape le dio pie para acercarse igual de lento y besarlo.
La sorpresa de Snape la sintió como un rechazo que el hombre compensó acercándose de regreso a sus labios. Harry suspiró en el beso cuando sintió la mano de Snape acariciar su hombro y abrió los labios para él. Snape tomó la invitación de inmediato siguiendo con un beso interesado, calmado y reconfortante.
Cuando quiso subir la temperatura de ese beso, Harry se apartó de aquellos labios y acarició de nuevo la quijada de Snape, extrañando ya el contacto.
—Gracias —dijo en un susurro.
Regresó un segundo a esos labios para besarlos de nuevo y no se dio la oportunidad de permanecer allí. Tragó con fuerza y regresó a su asiento. Sólo un segundo. Entonces se dio cuenta que no sería suficiente. Sólo un beso no sería suficiente ni esa noche ni ninguna otra.
Se puso de pie, inhaló profundamente y miró nerviosamente a todos lados.
—Creo que es momento que me marche —dijo tras un carraspeo.
—Potter.
Y, por Merlín, esa voz hizo dos cosas al mismo tiempo: reforzó su decisión de marcharse y minó su esfuerzo por hacerlo. La mano de Snape en su cintura cerró el trato y su cuerpo se encontró rozando los labios del hombre de nuevo.
—Si me quedo, no voy a poder detenerme sólo con besos —tibiamente amenazó a Snape.
El cambio en el gesto de Snape fue tan rápido que no supo diferenciar qué había visto allí, en todo caso, el gesto apacible del hombre había cambiado.
—Siéntese, Potter —ordenó Snape fríamente.
El tono hizo más por él que una ducha fría. El momento acabó tan abruptamente como lo haría un hechizo, se sintió mareado por la confusión y casi se deja caer al sillón para obedecer la orden como si fuera un reflejo condicionado.
—Tras decirle aquello por lo que le he llamado esta noche puede marcharse señor Potter —avisó Snape con voz tensa.
Harry se sorprendió por el radical cambio en el hombre. Lo vio terminar el whiskey en el vaso de un trago, servirse otro y beberlo casi completo de nuevo. Aún en silencio.
Le quedaba claro que esto le costaba trabajo a Snape ponerlo en palabras. Un extraño temor lo recorrió de nuevo; nunca había visto así de consternado a Snape, nunca lo había visto… usando valor líquido. Tragó con fuerza y se obligó a permanecer en su asiento.
Soltando un suspiro resignado, Snape se encorvó hacia adelante sosteniendo el vaso entre sus manos y clavó la mirada en éste, como si a tal le fuera a hablar.
—Cuando desperté en San Mungo… con todas esas visiones y… recuerdos —tragó saliva—. Cuando me dijeron lo que había sucedido: hablaron del coma, hablaron de todo pero no de una negociación con la muerte y, claramente, nada que explicara mis… recuerdos inmediatos. Con todo lo dicho… comprendí que sólo había sido una alucinación, pero cuando hablaste como tú en mis recuerdos… creí que era el resto quienes mentían, ellos los que no entendían, los que no sabían. Entonces vi que tus recuerdos no eran los mismos —carraspeó—. Después de despertar me enfrenté a que mis circunstancias habían… cambiado. Y cuando supe que tus recuerdos eran diferentes, no pensé más en estos que como lo haría de sueños comunes y corrientes.
—¿La sentencia de Azkaban? —preguntó Harry en un susurro.
Snape asintió sin voltear a verlo y apretó la sujeción sobre el vaso que resguardaba entre sus manos.
—Cuando me enfrentaste para que entrara a tu mente, bajando cada defensa imaginable supe, sólo supe, que aquello que sentía como recuerdos eran sólo fantasías o ensoñaciones producto de una mente al borde de la muerte… Eran tan diferentes que no había posibilidad de que no fuera… un sueño.
"Después de preguntarme mi forma de animago… ya no supe si había algo "real" allí o no, pero no podía… Me convencí que no eran coincidencias o simples fantasías hasta su última carta. Aunque hubo algunos casos más que no me dejaban de recordar aquellos… aquellas fantasías. El nombre de su ahijado es tan fácil de investigar como mi forma de animago. Los recuerdos de la boa constrictor y de un muggle en el hábitat de ésta, así como su infancia con los muggles —cerró los ojos para cobrar valor, o tal vez para organizar sus pensamientos—. ¿Dormía en un pequeño lugar bajo las escaleras? —Harry asintió—. ¿Pensaba en las arañas como sus amigas? —Harry asintió de nuevo en silencio—. Esa insufrible mujer muggle, ¿le dejó el cabello tan mal cortado que su magia tuvo que arreglarlo? —Harry asintió y sonrió ante uno de los menores males que había vivido en esa casa—. Ese niño gordo y su… pandilla ¿lo perseguían para hacerle daño?
—Lo hacían —respondió quedamente.
Snape asintió formalmente pero sin dejar de ver el vaso entre sus manos.
—Sé eso ya fuera por estar en su mente, por las clases de Oclumancia o por esas fantasías. Pero quiero hacerle un par de preguntas más —Snape esperó a que Harry asintiera y siguió—. Por esas fantasías sabe que me convierto en murciélago y eso se puede investigar, pero no tenía forma de saber que, en efecto, no tolero el durazno, o la cicatriz que tengo en la espalda, ¿Sabe porqué está ahí?
—No —susurró Harry—. Nunca hablamos… tanto. Desperté de ese coma cuando nos besamos y… uhm… me desvestías en el salón de pociones… y oh, lo que hiciste después…
El sonido que Snape lanzó lo interrumpió de nuevo. Algo a medio camino de un gemido de dolor y frustración. El hombre se apretó el puente de la nariz con los dedos en un gesto de extrema frustración, o viéndose apenado, por el tinte rojizo que su mano cubría casi por completo.
—¿Qué sucede? —preguntó Harry tentativamente.
—Cuando evoca su recuerdo más feliz… —siguió Snape, claramente cambiando el tema… o regresando al primero— cuando invocó su patronus por primera vez, tengo entendido, pensó en su padre para lograrlo. Esto lo podría saber por su imprudencia al pedirme que entrara en su mente —siguió antes de darle tiempo a responder—, lo cual hace esto aún más complicado.
—Snape, ¿porqué aceptaste entrar en mi mente si ya creías que eran fantasías? —preguntó con cuidado.
—No se salga del tema, Potter —gruñó Snape.
—¿A qué vas con esto? —rezongó entonces. Si Snape no quería hablar de eso entre ellos, no tenía idea de qué buscaba con la conversación.
—La forma del patronus de un mago puede cambiar durante el curso de su vida. Ya sea por luto, por enamorarse o por un cambio profundo en la personalidad —comenzó recordándole a Harry al profesor dando cátedra—. En esta… fantasía, he visto otra forma para su patronus. Sin que usted lo supiera en San Mungo…
Lo entendió de inmediato entonces. Lo que el hombre quería de él era que probara la realidad de sus fantasías. Así como alguna vez él había buscado un aspecto de esa realidad para probar la veracidad de lo que había vivido… Snape se lo pedía ahora. Sólo que, al parecer, se lo había dejado complicado al hombre gracias a su petición en San Mungo y su… imprudente arrojo.
Quería poner algo a prueba, fueran los recuerdos separados, la realidad, sus sentimientos o los de él… lo que fuera; Snape estaba pidiéndole la ayuda que él alguna vez pidió.
Temor… el pánico a fallar lo recorrió de inmediato: si su patronus no había cambiado, si había cambiado pero la nueva forma no era la que el hombre había visto en sus fantasías… Snape se convencería de que no había realidad en aquellos recuerdos, se convencería de que nada existía entre ellos…
Si fallaba, perdería a Snape… tal vez para siempre.
La ansiedad de hacía años lo atacó como si hubiera sido una serpiente enroscada esperando atacar. ¿Sería eso entonces? ¿Su patonus debería ser una serpiente para que Snape no lo dejara? Pero también podía ser un murciélago, se dijo en cuanto recordó el cambio de patronus de Tonks… el de ella había sido un lobo por Remus, ¿no? Tal vez era eso, tenía que proyectar un murciélago plateado que significara sus sentimientos por Snape. O el depredador de un ciervo —¿Cuál era el depredador natural de un ciervo?— que significara el odio de Snape hacia James Potter y lo que había significado para él, significando así que él aceptaba el odio de Snape por su padre como una parte más de el hombre.
La cabeza comenzaba a dolerle.
—¿Aquí? ¿Ahora? —se encontró preguntando con un temblor en la voz.
No podía hacerlo.
—El motivo de este encuentro puede postergarse otro par de años, señor Potter —respondió Snape con sarcasmo.
Harry gruñó en respuesta.
Y luego lo pensó mejor. ¿Podría el hombre estar tan desesperado por encontrar una razón para la cercanía con él como él deseaba estar cerca del hombre?
Queriendo creer eso sacó su varita. Se concentró no sólo en los recuerdos de su "año fantasma" sino en los recuerdos "reales" que tenía con Snape: los del pensadero, el saberlo vivo, los cuidados que había tenido con él cuando su ataque de pánico por contarle aquella pesadilla, la poco resguardada mirada de pánico con la que apareció una hora después que mandara justo esa carta; verlo en la gala, el roce de sus manos cuando coincidían en un movimiento, el beso en el Colegio y el que acababan de compartir, saberlo quien le había dado la oportunidad de vivir por medio del sacrificio de su madre.
Sin pensarlo más, pero dejando que todos esos y más recuerdos de Severus lo llenaran por dentro, convocó al guardián plateado.
Su varita canalizó la quinta essentia que lo rodeaba en ese momento y, con un aleteo plateado, un cuervo tomó forma, agitó sus alas plateadas completamente definidas y voló en un círculo sobre ellos para desaparecer justo antes de posarse sobre la chimenea del salón.
Harry estaba notoriamente más sorprendido que Snape, quien se limitó a cerrar los ojos y asentir una vez.
—Sabiendo ya que aquello fue real —habló Snape con tono llano pero definitivo—, pero que no podíamos saberlo por ningún otro medio, es lógico asumir que se formó algún tipo de vínculo… de conexión mientras estábamos inconscientes.
Harry recordó la conversación que había tenido hacía años con el retrato de Dumbledore. Aunque no recordaba todo, recordaba haber aceptado que Snape y él habían formado un lazo, una conexión. No se atrevió a decirle que lo sabía, algo —tal vez esa conexión misma—, le decía que Snape jamás le perdonaría no habérselo dicho con anterioridad. Una vez más, le pareció, era mejor guardar silencio, aunque eso lo hiciera sentirse un cobarde.
Lo llamaría prudencia.
—Me parece una franca posibilidad —dijo en cambio.
—¿Qué piensa de eso, Potter?
—Que pienso de qué, ¿de tener una conexión con usted? —preguntó con una sonrisa de felicidad que seguro lo hacía parecer bobo.
—Se ha encontrado ya en una posición similar. La conexión que mantenía con Voldemort, Potter —explicó.
—No es lo mismo —espetó de inmediato.
—Lo es en ciertos aspectos.
—Entonces sólo quiere decir que usted puede meterse en mi cabeza —retó Harry con un tono de indiferencia—. Nunca ha necesitado una conexión conmigo para hacer eso, ambos nos hemos resignado a que soy pésimo para Oclumancia —sonrió cínicamente—. ¿Qué piensa usted de tener una conexión conmigo? —devolvió la pregunta—. Usted también tuvo una parecida con Voldemort y con Dumbledore.
—No es lo mismo, Potter —rezongó Snape.
A toda respuesta Harry sonrió como si hubiera ganado una batalla de ingenio. Y no lo había buscado. En serio. Pero, si a Snape no le parecía que fuera lo mismo su conexión con Voldemort y con Dumbledore, al mismo tiempo le decía que la de él con Voldemort no era la misma.
Snape gruñó como si se hubiera dado cuenta de lo mismo al mismo tiempo.
—Esta conexión, me parece de inmediato —se explicó Snape—, lo predestina a acciones que no pueden ser llamadas únicamente suyas, así como una vez fue para usted con Voldemort. Mis… afiliaciones, las decidí por mí mismo.
—Yo… —comenzó pero no sabía qué decir.
Su mente estaba tratando de entender lo que esas últimas palabras significaran para él y no sólo hacia los otros dos magos. Porque habían estado hablando de la conexión entre ellos dos, ¿no?, ¿se había perdido en el tema?
¿Sólo era él entendiendo lo que le quería cuando sintió que Snape le decía haber decidido estar con él?
—Quería tratar este tema con usted para asegurarnos que no perdimos la cabeza —cortó Snape abruptamente—. Ahora que hemos demostrado que seguimos cuerdos, aunque parcialmente, creo que ambos tenemos mucho en qué pensar, señor Potter. Gracias por quedarse, buenas noches.
Lo abrupto de la despedida lo sorprendió más que herirlo. Su mente quedó en blanco.
—Por supuesto, profesor… señor… ah, Snape —tartamudeó—. Uhm, nos vemos… supongo.
—Adiós, señor Potter —lo despidió Snape al fin.
Como autómata, Harry salió por el camino por el que había entrado a la casa de Snape, se sentía mareado y aún operando sin que su cabeza interviniera en la decisión del movimiento de su cuerpo. No supo cómo regresó a su casa.
