EPÍLOGO
Los gritos de la parturienta habían cambiado la casa durante todo el día. El ir y venir apresurado de las doncellas lo había alterado, y el silencio del médico y la comadrona, que no habían salido del dormitorio durante todas las horas, lo que había frenético.
Estaba en el pasillo, delante de la puerta, echo un basilisco porque no le habían permitido entrar. A él, que había sido el azote de Londres, una simple mujercita con una cofia torcida, lo que había parado con una simple palabra y le había impedido estar al lado de su esposa mientras daba una luz.
Finalmente, al anochecer, el médico salió. Iba en mangas de camisa y las llevadas arremangadas hasta más arriba del codo. Estaba sudoroso y cansado, y estaba secando las manos en una toalla.
—Señor Masen, tengo el placer de anunciarle que es el padre de un hermoso niño —le anunciaron, ya Edward a punto de fallarle las rodillas—. Puede entrar a ver a su esposa ahora, si quiere.
No se dignó a contestarle. Entró como un torbellino en la habitación buscando desesperadamente a Bella con los ojos. Estaba en la cama, por supuesto. Pálida y ojerosa, tenía en el rostro una sonrisa beatífica llena de paz y amor dirigido a aquel pequeño trocito de sí mismo que sostenía entre los brazos.
Alzó la vista cuando lo oyó entrar, y ensanchó la sonrisa hasta que le iluminó el rostro y casi eclipsó la luz de las velas.
Edward se acercó a la cama con miedo. Ver a su hijo por fin lo hizo ser consciente de la responsabilidad que se le venía encima. Un ser indefenso iba a depender de él para sobrevivir, proteger y amarlo, darle todo lo que necesita, pero no solo cosas materiales. Grabar lo que él más ansió mientras crecía: que alguien le dijera que lo amaba.
Se sentó en el borde de la cama y pasó su enorme mano por encima de la cabecita de su hijo, que gorgojeo, algo que lo hizo sonreír. Miró a su esposa, y ellos cómo las lágrimas estaban agolpándose detrás de sus ojos. ¿Qué pensarías de él si lo que llorarías?
¿Lo creería débil? No, no su Bella.
—Gracias —le dijo en un susurro entrecortado por la emoción—. Gracias por nuestro hijo.
—De nada —contestó ella algo divertida—. ¿Quieres tenerlo en brazos?
-¡No! —Exclamó horrorizado—. Es demasiado pequeño —se excusó—, podría escurrirse y caerse al suelo.
Bella se rio. Estaba agotada, pero le divertía ver a su marido tan asustado.
No seas tonto —bromeó—. Toma
Le entregó a su pequeño hijo y él lo acurrucó, temeroso que se le cayera. Lo miró, admirado de haber sido capaz de crear algo tan hermoso e inocente. Él, un hombre al que habían acusado muchas veces de tener un corazón negro, de no sentir nada, ahora se moría de amor por un pequeño bebé ... y por la mujer que le había hecho ese regalo.
—Te amo —le dijo sin dejar de mirar a su hijo, pero entonces se dio cuenta de que Bella no sabría que se lo decidiría a ella si no la miraba a los ojos, así que lo repitió alzando la mirada y fijándola en ella—. Te amo, Bella.
Ella sonrió alzando la mano para acariciarle el rostro con ternura.
—Lo sé, mi amor. Lo sé
FIN
Gracias por todos los reviews, nunca pensé que esta historia me reportaría tantos mensajes. Sé que es una historia muy diferente y muestra una relación bastante tóxica pero me apetecía publicar una historia diferente.
Esta historia es una adaptación de Sophie West titulada Esclava Victoriana. Todos los reviews son para ella.
Gracias.
