Horas después de ducharse y haber vuelto a su verdadera cama, Bella dormitaba a ratos, aquellos durante los que el agotamiento vencía a los agitados pensamientos que se desistían a dejarla descansar. La pilló despierta el momento en que su hermana Violeta volvió a casa, así que pudo oír cómo su padre le avisaba de que Bella estaba durmiendo en su habitación, para que no entrara y la despertara. No oyó que la chica preguntara nada, pero a los dos segundos, escuchó a su padre exclamar su nombre con reproche justo antes de abrirse la puerta.

-¡Hermanita! - Sintió el colchón estremecerse con el peso extra que se abalanzó sobre ella antes de darle tiempo a saber qué estaba pasando.- ¡Estás en casa!

Continuó alegre la joven, con todo el largo de su cuerpo sobre el de su hermana, apretujandola como pudo con los brazos y apoyando el perfil de la cara sobre su pecho. Su padre entró riñéndola como a una niña, pero paró enseguida cuando vio que Bella reía. Ya, suavizado, le pidió que la dejara descansar porque también había salido. Violeta la miró detenidamente a los ojos y entrecerró los suyos, como si viera su interior a través de ellos, y cuando la mayor ya se sentía como si su hermana estuviera averiguando, de manera imposible, todo lo que le había pasado con Leonardo, esta habló.

-¿Te has puesto ciega como un topo, eh? -Consiguió hacerle reír de nuevo, en parte de alivio.- Reconozco los síntomas, soy una experta. Tranquila, la experiencia me proporciona mucha empatía hacia ti en este momento.

Le dio un efusivo beso en la frente y desapareció de la habitación tal cual había irrumpido. Fue un buen momento.

A su otra hermana la vio al medio día, cuando entró con huevos estrellados, preocupada porque comiera frito para que este absorbiera el alcohol de su organismo. Agradecida por su interés, le aseguró que se alimentaría. Pero allí estaba, horas después, con el plato intacto en la mesita de noche, y ella seguía mirando el techo, como si este la hipnotizara. Entonces oyó que llamaban a la puerta y entró su padre.

-Cariño, ¿estás despierta?

-Sí, papá.

-¿Sabes que tienes el móvil apagado?

Pues no, ni lo sabía ni le preocupaba, ni había recordado que tendría que haberle recargado la batería.

-¿Por qué lo dices?

Se extrañó.

-Un hombre se ha puesto en contacto conmigo porque no ha podido hacerlo contigo, dice que es importante.

Se incorporó y pudo ver por fin que su padre mantenía su propio teléfono contra el pecho para que se mantuviera en la privacidad lo que ellos dos hablaran.

-Vale, pásamelo.

El hombre se acercó, se lo cedió y salió del cuarto para dejarle hablar tranquila.

-¿Hola?

-Buenas tardes. ¿Bella?

Le asombró escuchar a alguien desconocido que se dirigiera a ella por su apodo en un tono formal.

-Em... ¿Sí?

-Le llamo desde el polideportivo "In corpore sano". Tenemos una vacante en nuestro personal y la señora Cotillard me ha recomendado que la buscara a usted.

-¡Ah... !

No supo cómo reaccionar. Y sin que le dieran tregua a poder hacerlo, le siguieron hablando para informarle que el horario era hasta las cuatro de la tarde, con una hora de descanso para comer y que podría hacerlo en el propio restaurante del centro. Era de lunes a viernes, y por si todo aquello no le sonara ya extraordinario, la cifra del sueldo le hizo creer que se había dormido y estaba soñando.

-¡Vaya! Perdone pero es que no me esperaba nada de esto, me quedé sin empleo ayer. Pero sí me interesa, claro.

-Perfecto. ¿Cuándo le viene bien empezar? ¿Mañana o necesita unos días?

-¡¿Empezar?! ¿No va a hacerme una entrevista?

-Confío en el criterio de la señora Cotillard.

La señora Cotillard. ¡Qué buena mujer! La iba a echar de menos, iba a echarles de menos a todos, se le nubló la vista por las lágrimas que aparecieron de repente.

-Ella...

Carraspeó para disimular la inflexión de su voz que delataba su incipiente llanto. Intentó continuar pero no se vio capaz.

-Comprendo que esto le habrá venido de forma muy repentina, si lo prefiere, puede contactar con mi secretario cuando se organice. Llame a este teléfono.

Cuando la llamada acabó, Bella agradeció tener el momento de respiro para calmarse antes de concretar todos los detalles, pero sabía que empezaría al día siguiente. Seguía necesitando un sueldo, y tras lo que había sido pasar horas muertas, sabía que también necesitaba distraerse.


-¿Alguien sabe algo de Bella?

Preguntó el chef Albert, tomando asiento en uno de los sofás de la salita de Armand y Alice.

-No sabemos que querrá la señora Cotillard, pero tenía prisa en reunirnos aquí. Y el teléfono de Bella sigue apagado.

Respondió la mujer, apartando una última vez la vista decepcionada de su móvil para dejarlo con tanto descuido sobre la mesa, que parecía echarle la culpa de no ser capaz de contactar con otro terminal desconectado.

-¿Y si nos acercamos a su casa?

Sugirió el cocinero, sin haber tocado aún el respaldo de su asiento, reclamando su, siempre a flor de piel, nervio a su cuerpo que se pusiera en pie para hacer algo.

-Si no quiere hablar con nadie, menos querrá ahora vernos, sería muy violento.

Desechó la idea el jefe de seguridad, manteniendo la mirada a un punto fijo pensativo y las manos en jarras, arrugando por encima de ellas la chaqueta de su traje.

-No lo entiendo, Armand. Cuando volviste, dijiste que Bella no estaba realmente enfadada con el Rey.

Se rebanaba los sesos su mujer, tras dejarse caer en una de las sillas de la mesa.

-No sé qué le puso en esa maldita nota, pero hasta él me ha confesado darse cuenta de que fue lo peor que se le pudo haber ocurrido escribirle.

-No entiendo... ¿No era una nota de disculpa?

-Todo lo que me ha dicho es que fue demasiado sincero, y que lo triste es que la verdad resulte en que no la merece.

-¿Qué demonios significa eso?

Acabó por ponerse en pie el chef, más acostumbrado a lidiar con las crisis tensando su cuerpo.

El timbre se hizo oír, Armand acudió a la puerta y dio entrada a una irritada Cotillard seguida por un apesadumbrado Pierre.

-No os preocupéis por Bella. Va a estar bien. Va a trabajar en el centro "In corpore Sano"

-¡¿Qué?!

-¡¿Por qué?!

-¿Cuándo?

-Mirad, no os quiero mentir. Se lo ha conseguido el rey, pero si nos pregunta, le diremos que he sido yo.

Fue la respuesta genérica y absoluta de la señora Cotillard. Y no fue suficiente para ninguno, como pareció expresar en nombre de todos Alice al decir, confusa.

-Ahora tengo más preguntas que antes...

Como la otra mujer, con los brazos cruzados y mirando hacia otro lado, parecía demasiado molesta para seguir dando explicaciones satisfactorias, intervino Pierre, aunque no con más entusiasmo.

-Escuchad, sé que suena injusto, pero la realidad es que Bella no va a romper la maldición. No quiere volver a tener contacto con Leonardo. Todo lo que conseguiríamos diciéndole la verdad, es que rechazara el empleo.

-Pero, entonces, ¿Qué? ¿Vamos a dejar pasar esto? ¡Estábamos a esto de conseguirlo! -

Armand acercó el pulgar y el índice de su mano hasta casi tocarse, a la altura de la vista para exponer bien su frustración, y tras abandonar el gesto, siguió con vehemencia.- Los he visto juntos, sé que esa chica puede verlo como un humano, y sé que él la ama como tal.

-Él no dice lo mismo.

Algo en la forma de repicar del asistente alarmaba al escolta, emanaba cierta lástima en tener que hacerlo, pero no dejaría que le contagiara su pesimismo.

-¡Él ahora está en modo negativo y no va a creer que ella...!

-No. -Volvió a hacerse oír Cotillard.- No se refiere a que diga que ella no le ame. Sino que él no la ama a ella. Sus palabras textuales han sido: "No la amo como un ser humano, así que no la amo en absoluto"

Al fin Alice se puso en pie.

-Eso es mentira. Es como la artimaña del empleo con la señora Cotillard. Quiere engañarnos a todos porque se ha rendido y no quiere que demos la vara. Pero lo que hay entre ellos es amor. Cotillard, sé que es muy cabezón y parece imposible hacerle razonar, sé que estás frustrada pero...

-No, Alice, no estoy frustrada. Estoy enfadada.

-¿Qué...?

-Me ha contado lo que puso en la maldita carta. No la ama.

Con eso consiguió callarlos a todos por un momento, hasta que la terquedad de Armand le hizo ser el rimero en salir del asombro para exigir saber.

-¿Qué ponía en la carta?

-Lo que sentía y... lo lamento pero no es amor. ¿Es que no lo veis? -Desligó al fin sus brazos para extenderlos con las palmas hacia el cielo, dirigiéndose a todos los presentes.- Ella ha puesto todo lo que podía poner de su parte, una chica como Bella no se hubiese acostado con él de no ver algo bueno, y sin embargo, la maldición sigue sin romperse. Es él el que no ha cumplido.

A todos les dolió no poder discutir eso. Y por si ya no se sentían bastante mal, Albert habló desde su asiento, donde su espalda ahora sí tocaba el respaldo del sofá para rendir su peso en él.

-Ha sido en gran parte culpa nuestra.

-¿Ahora piensas que no deberíamos haber intervenido?

Se indignaba Armand ante un inoportuno comentario.

-No, al contrario, hemos tardado demasiado en intervenir. No tendríamos que haber esperado a que apareciera una chica que pudiera hacerle cambiar, ni debimos haber ignorado todo lo que hacía para convertirse en lo que su madrina nos demostró que había llegado a ser. Estuvimos aquí todo el tiempo, desde que los señores Rey murieron, y dejamos que su hijo tomara todas las malas decisiones que quisiera, por pena o por miedo, pero lo hicimos. Nosotros le ayudamos a convertirse en lo que es, dejando que nos tratara con brusquedad, permitiéndole los excesos, dejando que se enfriara para que no sintiera dolor como si eso fuera algo revocable. La más inocente en su transformación fue la bruja.

-Y Bella. Bella fue la única que no le permitía ser así.

Reconoció Pierre, en un tono arrepentido que representaba cómo todos los presentes se sentían.

-Hagamoslo por Bella. Mintámosla. Que no vaya a seguir pasando por malas experiencias esperando que alguien cambie.

Accedió Alice.

-El Rey merece la maldición tanto como nosotros, nos hemos ganado a una Bestia por jefe.

Añadió Cottilard. Al único al que alentaron esas palabras, fue al jefe de seguridad.

-Bien, pues somos los que debemos cambiarlo. Estaba en nuestras manos todo este tiempo romper la maldición. Reeducaremos al Rey. Este no es el verdadero final, es un acontecimiento que nos ha ilustrado cómo realmente se debe resolver esto.

-Armand. Es tarde. El aniversario va a seguir celebrándose, como todos los años.

Pierre de verdad que se le advertía muy dolido por tener que decirle eso a su compañero, como si fuera a robarle la ilusión a un niño.

-¡No pasa nada por otro año que no se presente!

-Sí que se va a presentar. Y hablará frente un canal en directo.

Armand frunció el ceño con auténtica extrañeza.

-Pero si... ¡No pueden verlo así!

-Sería su ruina. La gente no lo entendería, este sería el hotel de la Bestia.

Se sumó su esposa a tener que exponer lo evidente.

-Por eso va a venderlo, para no hundirnos con él.

-¡¿Qué?!


Era la habitual sensación de empezar un nuevo trabajo. Sólo eso. La inquietud de no tener la certeza de estar haciendo lo correcto, el miedo de meter la pata, de lo desconocido. Era lo que se repetía ante el vacío que notó en el estómago al conocer su nuevo lugar de trabajo y lo distinto que era todo a comparación de dos días antes. Se había olvidado casi por completo mientras había estado atenta a aprender de un superior que le acompañaría su primer día, por eso el malestar se incrementó cuando se detuvo a comer en la cocina con otros compañeros, no porque recordara con quien no iba a volver a compartir la mesa...

Por la tarde se animó más. Era la primera vez que podía disfrutar del día sabiendo que no tendría que acudir por la noche a trabajar. Y como iba a ser siempre así, buscó información sobre el curso de fotografía que quería. ¡Y se había inscrito! Su vida parecía, no sólo volver a su cauce, sino que, además, con esperanzas en el futuro. Por si fuera poco, durante la cena, sus hermanas parlotearon sobre cómo iban a recuperar las joyas. Pensaba que eran sólo fantasías de sus inocentes y optimistas cabecitas, pero su padre, claramente contrariado a hacerlo, confesó que un abogado de varios otros pequeños negocios afectados estaba a punto de conseguir que recuperaran lo perdido, pero no había querido adelantarle a su hija mayor nada para no volver a decepcionarlo en caso de que no surgiera bien, como había aprendido por las malas la última vez que le había dado esperanzas. Bella se sintió un poco dolida porque volviera a no contarle cosas importantes, como ya había hecho cuando tenían la tienda. Todo el malestar fue por eso, ni una pequeña parte fue porque recordara que Leo sí lo hacía, no, la pena que le pudiera dar que su ex jefe le hubiera hecho sentir tan bien con ese tipo de cosas para que luego resultara haber sido un cabrón con ella, era absurda. Agitó la cabeza desdeñando el pensamiento y sonrió a su padre, comprendiendo su decisión, pero no las miradas de extrañeza que vio a sus hermanas dedicarles a ambos.

-¿Pero tú no... ?

-Cariño, te suena el móvil.

Interrumpió el hombre a Vanesa para dirigirse a la mayor de sus hijas. Esta juraría no haberlo oído, pero ahora que se lo decía, escuchaba el tono proveniente de su habitación, donde se lo había dejado.

-¡Oh! A ver si es del curro.

Se levantó de camino al móvil, y el simple hecho de tener que ir a buscarlo le dio una punzada en el estómago, pero por el ponerse en pie en medio de la cena, con la comida asentándose, no porque le recordó que Leo nunca llevaba el móvil encima cuando comían juntos y cómo se sintió la primera vez que se dio cuenta. Así que lo ignoró. Se centró en lamentar que el teléfono dejara de sonar antes de llegar a descolgar. Cuando lo cogió, vio que había sido una llamada desde un número oculto. ¿Habría sido Leonardo? ¿Podría haber pensado por un instante en tratar de que le contestara al teléfono para arrepentirse antes de que ella llegara a hacerlo? Si era así, casi resultaba gracioso, porque no le había borrado de la agenda sólo para saber si era él quien le llamaba y no descolgar. Por culpa de eso, se reconocía a sí misma haber tenido la tentación de escribirle algo, cualquier cosa, para exigirle una explicación, o insultarle, o preguntarle cómo estaba... Suspiró. Entró en la agenda de su móvil, al contacto guardado como Leo. Dudó unos instantes, pero al fin se decidió. Lo borró. Total, si la llamaba iba a ser con número oculto. Volvió a la mesa y continuó con su cena.


-¡No entiendo por qué tanto cuadro!

Asustado, su padre la mandó callar con un dedo extendido sobre sus propios labios y chistando vehementemente, antes de abrir unos centímetros la puerta de su habitación para comprobar que el resto de la casa seguía a oscuras y sin Bella rondando. La volvió a cerrar.

-Tenéis que confiar en mí y hacerme caso.

-Papá, llamas con número oculto a Bella durante la cena para decirnos a sus espaldas que quedemos en secreto en tu cuarto por la noche y pedirnos que no le digamos que ese abogado lo mandó Leonardo Rey. Me parece que está siendo todo muy melodramático.

La apoyó Samanta, ambas demasiado intrigadas por todo aquello.

-Para respetar la privacidad de vuestra hermana no puedo contaros lo que ha pasado. Pero no puede oír nada relacionado con su ex jefe, ¿de acuerdo?

-Espera un momento... -Abrió Violeta los ojos desorbitadamente, como si hubiese descubierto la solución a un enigma.- Su ex jefe era Leonardo Rey, la Bestia, el mujeriego del país, y ella llegó a casa borracha por primera vez en años y ya no trabaja ahí...

Ambas se miraron pensando lo mismo.

-¡Se lo ha tirado!

-¡Por Dios, bajad la voz!

Exclamó, exasperado, el padre, todo lo farfullado que pudo, raspándose con ello la garganta, antes de volver a comprobar que los espacios comunes del hogar seguían en penumbra y soledad.

-Bella es demasiado buena, no quiero que crea que ese hombre nos ayuda porque la quiere y la vuelva a utilizar.

-Papá, queremos a nuestra hermana, y sólo queremos que sea feliz.

Por un momento, pensó que le iba a dar un ataque. Sus hijas también serían unas ilusas románticas e irían en ese instante a contarle la verdad a Bella y las tres le odiarían.

-Cuenta con que no hablemos.

Se llevó la mano al pecho y soltó el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta. No recordaba la última vez que una sorpresa le hubiera dado tanto alivio.

-Genial, gracias. A partir de ahora este será nuestro secreto, ¿De acuerdo?

Ellas asintieron en sincronía.

-Queda entre nosotros.

-Protegeremos a nuestra hermana.

-Os quiero, mis niñas. Ahora volver a vuestra habitación antes de que nos oiga.

Su padre les dio la espalda e incluso llegaron a despegar un pie del suelo, pero se detuvieron el seco cuando vieron que, al abrirse la puerta, entraba luz de fuera.

-¿Bella?

No pudo evitar que se le escapara al hombre, cuando la vio allí de pie, a un metro de la puerta, con un vaso de agua en la mano. Las otras dos mujeres no se asustaron menos.

-Menuda pillada.

Pudo entender perfectamente Samanta que le decía Violeta por los exagerados movimientos de sus labios para comunicarse sin hablar.

-Hija, y...

-Me había levantado a por agua. ¿Por qué tienes esa cara de susto?

Sus hermanas tuvieron que taparse la boca con la mano para que no las oyera suspirar de alivio.

-No, yo, sólo... pensaba que a lo mejor te encontrabas mal.

Mintió el hombre, avergonzándose por ello. Bella rió despreocupadamente.

-¡Claro que no! Anda, vuelve a la cama.

Se acercó para darle un beso de buenas noches, y su padre, antes de que pudiera llegar a asomarse a su cuarto, se adelantó a ello y dio un paso para encontrarse con su hija fuera de él.

-¡Buenas noches cariño!

Ella no pareció sospechar nada, bostezó, y volvió a su habitación. Él volvió a la suya.

-Gracias a Dios... Esperad un momento aquí para que no os oiga.

Bella se alegraba tanto por su familia, que pudo acabar el día sin que le sobrecogiera la pena por todo lo que le había pasado con Leonato Rey. Y abrazada a su vieja almohada en su cama, pensó que podría tener un final feliz después de todo... aunque probablemente fuera a echar siempre de menos cómo se sentía con su ahora ex jefe.


Habían pasado un par de semanas, y Bella ya no podía culpar a la novedad por lo que sentía en el trabajo, en las horas de la comida, y en cualquier momento que algo le recordaba a su ex jefe.

Se lo estaba confesando a Noelia, en casa de esta última, quien ya estaba al tanto de todo lo que había pasado con Leonardo Rey.

-Es que... no entiendo cómo aun me cuesta tanto creerlo. Todo el mundo lo conocía y me dijeron que era un mujeriego. ¿Cómo pude ser tan tonta?

-No eres tonta por no juzgar a una persona por lo que oyes de terceros que ni siquiera lo conocían personalmente.

No parecía ni que la rubia tuviera que centrarse en llegar a una conclusión así, distraída como estaba ordenando papeles en su escritorio.

-Bueno, pero sí lo fui por creer que podía querer conmigo algo mas de lo que tuvimos cuando nadie más lo ha hecho.

Noelia detuvo sus tejemanejes de hojas, libretas y carpetas para darse la vuelta y mirar a su amiga, cabizbaja, sentada en el colchón, con la espalda apoyada en la pared y los brazos en cruz. Se levantó y se sentó a su lado.

-¿Qué dices, Bella?

-Es verdad, Noelia. Hay algo en mi forma de ser, o falta, que repele a los tíos de sentir algo romántico por mí.

La camarera puso su mano sobre una de las de la morena y esta le miró al fín.

-Bella, como te dije una vez, desgraciadamente, a mí me gustan con algo más abajo y algo menos arriba. Así que me da igual lo buena que estés para quererte. A lo mejor hay algunos a los que les distrae tu físico, pero para mí, me resulta imposible conocerte y no amarte.

La oleada de afecto que sintió la chica en ese momento, llegó hasta su rostro iluminándolo, estirando sus labios en una sonrisa, y aguando sus ojos.

-¡Joder, Noelia! -Desligó sus brazos para rodear a su amiga.- Qué pena que a mí tampoco me vayan las tetas. Podríamos tener una relación de pareja sin sexo. Vamos, como el matrimonio medio.

Le habló sobre su hombro. Se apartaron y Noelia siguió con la conversación como si nada.

-Oye, pues es buena idea. Cuando necesitáramos de sexo, bastaría con salir y escoger a los que más nos gustaran.

Bella soltó la primera carcajada auténtica desde que había abandonado el maldito hotel.

-Noelia, tú eres el auténtico amor de mi vida.

La rubia le sonrió con ternura.

-Así que deja de echarte a culpa de cualquier modo por lo que ha pasado. Por cómo se comportaba contigo, no tenías ningún motivo para pensar mal de él. Sólo con los datos que tienes ahora sabes que es un cerdo. No por rumores o por lo que digan terceros. Has usad tu juicio. Y ha sido justo.

Tenia razón. Esa nota no venía de terceros. Era algo escrito con su puño y letra. Y no es que diera ugar a muchas lecturas. Ahí él tuvo la oportunidad de explicar lo que había sido para él su noche con ella. Y eso era lo que había puesto.


Bella estaba comiendo con varios compañero en la mesa común con la tele puesta de fondo. Agradecía a distracción de mas compañía para no recordar la que le faltaba, cuando, en una impresión de que el universo de reía de ella, la presentadora de la pantalla empezó a hablar del gran aniversario que se iba a celebrar en el hotel Rey. No se había dado cuenta de que aquél era el día.

-Bella, ¿Tú estuviste trabajando ahí, verdad?

Le preguntó uno de los botones.

-Sí...

-¿Viste a la Bestia?

-¿Te refieres a Leonardo Rey?

-Si, claro.

-Sí, lo vi.

-Hace cinco años que no se le ve. ¿Cómo está ahora?

-Pues...

¿Cómo estaba ahora? ¿Qué le podía decir? Porque lo más fácil hubiese sido contestar, "pues normal" pero no se sentía de contestar honradamente así. ¿Pero si no era normal, qué era? A veces le había asustado, otra le había atraído... ¿Cómo podía ser? ¿Por qué no tenía una percepción firme y clara?

-Bella.

Casi se sobresaltó cuando oyó, de pronto, a su nuevo jefe.

-¿Sí?

-Perdona que te moleste en tu hora para comer, pero te necesito para algo urgente. Luego podrás salir antes.

-Vale.

Fue andando junto con el hombre, y algo se le ocurrió probar, no supo por qué, y no quiso si quiera pensarlo, pero lo hizo.

-El otro día, agradecía a la señora Cotillard que me consiguiera este empleo.

-Me alegra que estés a gusto con nosotros, nosotros lo estamos contigo.

Le sonrió el hombre. Ella asintió, y prosiguió todo lo natural que pudo.

-Sí, gracias. Le comenté, también, que aquí tiene a su doble, porque, ¿qué increíble su parecido con Rosi, verdad?

-¿Con Rosi, de cocina? A lo mejor si la señora Cotillard midiera el doble de lo que lo hace.

Soltó una carcajada, que aunque fue inofensiva, a Bella se le antojó como la propia de un villano cuando al herir a un inocente. Ese hombre conocía a Cotillard. Claro que sí. Claro que era cierto que la mujer era la que había hablado por ella para conseguir el empleo.

-Lo sé, era en plan sarcástico.


El padre de Bella llegaba a casa contento de hablar con su nuevo abogado. Además, volvía a tener bajo su techo a sus tres hijas. La verdad, no podía pedirle más a la vida. Entró en su acogedor hogar. Poco les quedaba en esa pequeña casa, pronto de mudarían a una que tuviera una enorme abitación para cada uno de ellos, una salita, un comedor...

-Papá.

-No había oído la puerta del cuarto de bella mientras había estado soñando despierto por la cocina mientras se preparaba el café.

-Hola cariño.

La saludó. Pero ella no sonrió, siguió mirándole fijamente.

-¿Cariño?

-Papá. -Y puso la mano en alto para mostrar la nota que sujetaba y él conocía tan bien.- Papá, ¿ónde está el resto de la nota?