Capítulo 29

Te he echado de menos.

Acabo de escribirle a Britt para decirle que no voy a ir a la cena. Esta ya en el restaurante con Marley, esperándote. Suerte.

Sábado, 20:30 pm y Rachel ya llevaba más de media hora caminando sin un destino fijo. Pensando en la mejor excusa para no acudir a la que se supone iba a ser una salida entre cuatro amigas, pero que iba a resultar siendo una cita entre Marley y Brittany. Todo gracias a la perspicacia de Quinn y ella misma.

Habían pasado cuatro días desde que se encontraron en los jardines del Royce Hall y quedaron en cenar aquella noche del sábado. Cuatro días en los que Rachel no volvió a hablar con Quinn, excepto por un mensaje de confirmación que recibió el día anterior, para asegurarse de que la cena seguía en pie, y reservar en el restaurante elegido.

Marley ya se había marchado hacia el mismo, y a juzgar por el mensaje de Quinn, Brittany también debía estar en el lugar. Solo ellas dos, tal y como habían pactado, se iban a escabullir de aquella cena para convertirla una perfecta cita, en la que las dos amigas cibernéticas se iban a conocer sí o sí.

Ahora solo quedaba su excusa.

Rachel observaba el teléfono y leía una y otra vez el mensaje recibido por Quinn. Ya había tenido que utilizar una excusa para salir de la casa antes que Marley, y acudir en solitario al restaurante. Ahora tenía que volver a ponerse en contacto con ella, y excusarse con no acudir al mismo.

Le temblaba el pulso cuando se decidió a marcar el teléfono de su amiga y llamarla. Un simple mensaje no le habría dado el resultado esperado.

Apenas tardó un par de tonos en aceptar la llamada.

—Rachel, ¿dónde estás? Te estamos esperando.

—Marley —se aclaró la garganta mientras se detenía en mitad de la acera—, siento, siento muchísimo lo que te voy a decir, pero no voy a ir a la cena.

—¿Qué? ¿Por qué?

—No me encuentro bien —respondió siendo consciente de que era la peor de las excusas—, discúlpame con Quinn y Brittany. ¿De acuerdo? —fingió.

—¿Qué? ¿Cómo que no te encuentras bien?

—Me duele un poco la cabeza y tengo el estómago revuelto, ya sabes que me pongo así cuando voy a viajar y…

—Rachel —la detuvo—, no será una excusa. ¿Verdad?

—¿Excusa? —balbuceó— ¿Qué excusa?

—Brittany me acaba de decir que Quinn no viene porque se encuentra mal también. ¡Qué casualidad!

—¿Se, se encuentra mal? —susurró lamentándose por no haberle preguntado la excusa que había elegido para ausentarse.

—Sí, y le pasa lo mismito que a ti —respondió con sarcasmo.

—Vaya, pues sí qué, qué casualidad —balbuceó sin saber muy bien que decir.

—Rachel, si es una excusa para hacer tus planes, no tienes más que decírmelo. Lo entiendo.

—¿Qué planes? Mis planes eran los de cenar con vosotras.

—Pues a mí me da la sensación de que sabes que Quinn no viene, y vas a quedar con ella a solas.

—¡No! —interrumpió rápidamente— No, ni hablar, yo no voy a quedar con Quinn.

—Pues es una pena —susurró conteniendo la sonrisa.

—¿Una pena? —cuestionó confusa la morena.

—Sí, una pena. Llevas estos cuatro días hablando de Quinn, que si esto que si lo otro, que si no le guardas rencor, pero tampoco la quieres como amiga. Que, si te apetece hablar con ella, pero desconfías demasiado. Y sabes que lo único que necesitáis es hablar y aclararlo todo. Sería una pena que no aprovechases la última oportunidad que tienes de hacerlo antes de marcharte a Ohio. Sobre todo, si sabes que Quinn está en su apartamento completamente a solas, enferma, apenada por no poder salir — añadió con algo de sorna que Rachel pudo percibir perfectamente.

—Marley — interrumpió—. ¿Por qué no te dedicas a divertirte y dejas de meterte en mi vida?

—Yo solo te estaba dando una idea para que no te aburras esta noche, ya que salir conmigo y con Brittany no es el mejor plan para ti.

—Basta, me sacas de quicio cuando te pones así —recriminó—. Te estoy diciendo que me encuentro mal. ¿De acuerdo? Me voy a ir a casa a dormir y punto.

—Ok. Pues espero que se te pase el malestar, y descanses. Yo brindaré por ti.

—Eso, tú diviértete con esa chica. Ah, y si aceptas un consejo de mi parte, sé honesta con ella y cuéntale que tienes una ciberamiga.

—¿Qué? ¿Para qué le voy a decir eso?

—Tú no lo entiendes, pero a Brittany se les ven las intenciones a leguas, y tú le has gustado. No dejes que se haga ilusiones si no le vas a dar opciones.

—En primer lugar, yo no le gusto —susurró—. En segundo lugar, ¿qué dices de opciones? A mí no me gustan las chicas.

—Sí, sí, sí —intervino interrumpiéndola—, lo que tú digas. Yo solo te aconsejo que seas honesta desde el principio. Ya has visto lo que sucede cuando no se es sincera.

—Rachel, al igual que tú me has dicho, metete en tus asuntos — sentenció para zanjar la conversación antes de que empezasen a discutir como solían hacer.

—Ok, diviértete —respondió la morena conteniendo la sonrisa segundos antes de cortar la llamada, y respirar con tranquilidad.

No debía, puesto que Marley parecía haberse percatado de que todo era una estúpida excusa para no ir a la cena. Sin embargo, creía que lo hacía porque tenía una cita con Quinn, y eso no era cierto.

Lo único que recibió de la rubia fue aquel mensaje y nada más. No hubo más interés por su parte para alargar una conversación, o quizás estaba esperando una respuesta suya.

Plan perfecto. Marley y Brittany están a solas en el restaurante. Esperemos que no haya sido en vano.

Le costó más de cinco minutos enviar aquel mensaje, pero al final lo terminó haciendo solo por la insostenible necesidad que Marley le había provocado con aquel sarcástico comentario.

Su vuelo salía al día siguiente por la tarde, y tenía razón, aquella podría ser la última oportunidad de hablar y aclarar todo cuanto había sucedido con Quinn.

Sus vacaciones iban a durar más de un mes y medio, y no estaba segura de poder estar tanto tiempo si al menos haber aclarado su mente. Ya sabía que no iba a volver a tener lo que tenía con Quinn, pero al menos necesitaba dormir con la consciencia tranquila.

Y fue esa misma necesidad la que la obligó a caminar hacia Gayley Avenue, y dirigir sus pasos hacia la residencia de la rubia, mientras comprobaba continuamente que no había recibido ningún mensaje más procedente de ella.

Quizás había decidido marcharse a algún lugar, o se había metido en la cama para dormir pronto. O, tal vez, no quiso responderle más, daba igual. Rachel caminaba con todas aquellas dudas en su mente, y trataba de no detenerse en su intento por aclarar algo que, por su parte, seguía doliendo.

Y con aquellas mismas dudas llegó hasta el sendero trasero que le permitía la entrada a los jardines de la residencia, y siguió adelante con la intención de llegar justo donde tenía que llegar. En el mejor lugar en el que podía mantenerse serena y confortable; la ventana. Aquella ventana en la que tantas veces se había detenido y observado, buscando cualquier resquicio de movimiento que le permitiese saber que Quinn estaba en el interior. Aquella ventana de cortinas rojas que siempre cubrían a la perfección, y evitaban que el pequeño salón de la rubia quedase al descubierto, exceptuando aquella noche.

Rachel no pudo evitar sorprenderse al descubrir como una de las partes de la cortina permanecía sujeta en un extremo, y permitía la visión del interior del apartamento. Aunque no con demasiada nitidez.

El salón permanecía a oscuras exceptuando una leve luz que procedía de uno de los fondos, y que imaginó era el reflejo de la televisión.

Le bastó acercarse un par de metros para distinguir la silueta de Quinn recostada en el sofá, observando la pantalla de su móvil que permanecía entre sus manos.

Fue curioso para Rachel descubrirla de aquella forma. A pesar de que no podía distinguir con nitidez su rostro, debido a la oscuridad, si notó las dudas que parecía mostrar cada vez que alzaba el móvil, y se removía inquieta en el sofá. Unas dudas que aumentaron cuando decidió escribir algo y enviarlo.

Pensó que jamás iba a poder averiguar que era aquello que la tenía tan inquieta hasta que escuchó el sonido de su móvil en el interior del bolso. Una alarma que por supuesto, y debido a que la ventana estaba abierta, Quinn pudo percibir de igual manera e hizo que se sobresaltara tras descubrirla a escasos metros de la ventana.

Rachel se apresuró en coger el móvil y leer.

¿Cómo estás?

Nada más. Un simple y sincero ¿Cómo estás? Procedente de la misma chica que en ese instante ya la observaba desde el interior de su apartamento, y se cuestionaba si era real o una ilusión óptica que la receptora de su mensaje, estuviese allí.

Rachel no contestó, al menos no de la forma en la que Quinn esperaba recibir respuesta tras enviar aquel mensaje. La morena se limitó a guardar de nuevo el móvil en su bolso, y recorrer los escasos metros que la separaban de la ventana, donde con lentitud y paso firme tomó asiento, aprovechando el pequeño saliente de la misma.

Quinn dudó. Mucho más de lo que lo había hecho antes de mandarle el mensaje.

Se reincorporó en el sofá sin perderla de vista.

—No muy bien —respondió Rachel sin mirarla, permitiendo que su voz se escuchase perfectamente en el interior del apartamento—. Marley se ha dado cuenta de que le he puesto una excusa y ni siquiera se ha molestado. Creo que tantas mentiras me están convirtiendo en alguien que no quiero ser.

Quinn reaccionó tras varios segundos observándola, y siguiendo sus pasos se acercó a la ventana, donde también tomó asiento, quedando justo al lado de Rachel, con la única separación que la verja podría ofrecerles.

—A Britt le gustó Marley —susurró siendo consciente de que Rachel estaba allí para sincerarse de alguna forma—, me dijo que era muy guapa y que le había parecido interesante que estudiase música. Mentiría una y otra vez si es por conseguir que dos chicas como ellas se encuentren, y conozcan.

—Pues espero que funcione —respondió Rachel sin mirarla—. Le he dicho que sea sincera con ella y le cuente lo de su "ciber amiga". De esa forma se darán cuenta de quienes son.

—¿Y crees que lo hará?

—Después de todo lo que me ha pasado a mí —la miró de soslayo—, seguro que sí. Seguro que busca la forma de comentárselo.

Quinn quería seguir hablando, pero recibir aquella pequeña indirecta acerca de lo sucedido entre ambas, hizo que el mutismo se apoderase de ella, y no tuviese palabras que decir. No así Rachel, que iba dispuesta a hablar con el corazón y no dejar ningún cabo suelto.

—¿Quieres entrar y hablamos? —reaccionó al fin.

—No —susurró—, prefiero que esta ventana esté entre las dos —la miró.

—¿A qué has venido?

—Jamás pensé que pudiese ser algo tan grave —murmuró bajando la mirada—. Cuando llegué a Los Ángeles, creí que había empezado una nueva vida para mí, que aquí sí podría lograr alcanzar mis sueños y poder ser alguien importante. Alguien a quien la gente tuviese que mirar al pasar y desease conocerme. Pero no fue así. Llegué y me encontré sola, con una chica con la que compartir habitación y que ni siquiera se atrevía a hablar por la timidez. Me vi en un campus de más de 30.000 alumnos y nadie me miraba. Era buena en clases, pero no la mejor como solía ser en Ohio. Aquí hay miles de Rachel Berry, y pensaba que no iba a poder tener mi oportunidad para ser alguien especial. Hasta que de pronto apareció Santana, y me invitó a ser alguien especial, o al menos a intentarlo —la miró—. Quinn, me dijeron que lo único que debía hacer para poder pertenecer a ese club, era convencerte para que tú también participaras, nada más. Jamás imaginé que pudiese crear tantos problemas, tantos odios. Solo tenía que convencer a una chica para pertenecer a una fraternidad y eso, eso es algo que todas las chicas quieren en sus años de facultad. Todas menos tú —volvió a desviar la mirada—. Te aseguro que no quería ni pretendía hacerte daño, todo lo contrario. Cuando te conocí mejor, cuando supe como eras y lo que me empezó a suceder contigo, renuncié. Hablé con Jane y le dije que no quería seguir adelante, que no me importaba el coro, y ella me dijo que estaba bien, que podía retirarme. Que ya ellas se iban a encargar de convencerte, a las buenas o a las malas. Y me asusté —tragó saliva—. Me asusté porque Santana me dijo que buscarían a alguien que se acercara a ti, y te iban a convencer. Y, y yo no quería que eso sucediera. Santana tampoco. Ella me dijo que prefería que fuese yo quien te cuidase —volvió a mirarla—, y que solo tenía que lograr convencerte para ir a la fiesta. Que ese era el tiempo que necesitaba para convencer a Jane de que se olvidara de ti, y entonces ya nos dejarían en paz. Pero no fue así —se lamentó—. Brody vino a casa el sábado por la tarde para confesarme que Santana le había obligado a besarme en la fiesta, solo para que tú nos descubrieras. Que Jane no era más que una marioneta de ella, y que tuviese cuidado de vosotras dos —bajó la mirada apenada—. ¿Te imaginas como me sentí? Me dijo que Santana había sido tu amiga, tu compañera y tu chica, la misma de la que tú me hablaste —sollozó—, la misma que te rompió el corazón, y de repente estaba ahí, contigo en tu apartamento.

—Santana solo quiso jugar su última carta —interrumpió Quinn tras ver como Rachel estaba a punto de romper en llanto—. Llevo tres años ignorándola, y lo ha intentado muchas veces, a decir verdad. Ha intentado que le perdonase, que le diese una segunda oportunidad.

—¿Y por qué no se la has dado? —le recriminó— ¿No se supone que tú la amabas? ¿Qué había sido el amor de tu vida?

—No ha sido el amor de mi vida, ha sido mi primer amor, y fue hace tres años, Rachel —aclaró—. Santana me dejó sola. No estaba ni está dispuesta a dejar que la gente la vea con una chica. Por eso está metida en esa fraternidad, porque ahí puede disimular que tiene amigas. Y si la ven con alguien no pensaran que es su pareja.

Santana, Santana no está preparada para afrontar su sexualidad y yo no me voy a pasar la vida escondiéndome de algo de lo que no me arrepiento. Ya, ya te dije que no iba a defraudar a Mel, y no a fingir algo que no soy.

—¿Y por qué no me dijiste nada? ¿Por qué me dijiste que no la conocías? Ni siquiera me dijiste que conocías a Brody.

—Porque tenía miedo —susurró bajando la cabeza—. Tenía miedo de que ella te conociera, de que ella supiese que me gustabas y se interpusiera. Estaba segura de que lo iba a hacer, y no quería que se involucrase. Quería mantenerla alejada de ti. Y con Brody es lo mismo. Es un gay reprimido que pasa su vida mintiéndoles a chicas que se enamoran de él. ¿Por qué crees que te pregunté si estabais juntos? Temía porque me dijeses que sí.

—¿Qué habrías hecho? Si te llego a decir que me gusta Brody, ¿qué habrías hecho? ¿Callártelo?

—No, jamás —la miró—. Si te pregunté fue por asegurarme, y si me llegas a decir que estás con él, te habría advertido sin dudas.

—¿Y por qué no me advertiste cuando te dije que quería entrar en el coro y sabias que estaba Santana?

—Porque me dijiste que quien te había invitado a participar era esa tal Jane. Yo sabía que Santana estaba en esas cosas metida, pero pensé que quizás la habían relegado, y otra ocupaba su lugar. Nada más. Cuando me dijiste que no estabas con él, respiré tranquila. No soy quién para ir hablando de los demás, a menos que sea estrictamente necesario.

—¿Y el saludo? Cuando Brody se nos acercó en la fuente, ni siquiera le miraste. ¿Por qué?

—Porque no me interesan — replicó—. Rachel, no quiero tener nada que ver con ese tipo de gente. Los conozco y los quiero fuera de mi vida. Prefiero ignorarlos a fingir tal y como él hizo. Viven siendo otras personas, y es justo lo que yo trato de apartar de mi vida.

—¿Qué fue lo que te dijo Santana? —cuestionó tras un breve silencio.

—Me dijo que la noche de la fiesta se había enterado del motivo porque el supuestamente Jane estaba interesada en ti —respondió tomando una gran bocanada de aire—. Me dijo que tú habías dicho que conocías a mi padre, y que podrías conseguir muchas cosas de él y de mí a esa tal Jane, y que era ella quien te estaba recomendando. Santana me aseguró que no te conocía de nada.

—¿Qué? No, no me lo puedo creer —se lamentó—. Esa maldita mentirosa. Te lo aseguro Quinn, yo jamás…

—Tranquila —interrumpió—, le creí en ese momento, pero luego, cuando llegaste y me dijiste todo lo demás, supe que había sido una nueva estrategia de ella.

—Pero, ¿qué pretendía con todo eso? ¿Por qué me eligió a mí? ¿Por qué mete a Brody?

—No lo sé. Si te escuchó cantar y te investigó, sabría qué harías lo que fuera por estar en uno coro —balbuceó—. Supongo que su idea principal era la de salvarme de ti, y tu supuesto interés en mi padre, hacerme creer que solo podía confiar en ella y volver así a entrar en mi vida. Estoy segura de que pensó que, si yo te veía con Brody, sería más fácil para ella hacerme creer que solo buscabas fama. Pero supongo que nunca llegó a imaginar que yo me iba a enamorar de ti

Si su mente fuese igual de perversa y enrevesada que la de Santana, podría aceptar que toda aquella explicación tuviese algo de lógica y estuviese bien estructurada para llevar a cabo el plan perfecto. Sin embargo, Rachel no se detuvo en analizar la explicación de Quinn acerca de los motivos que llevó a Santana a actuar así. Ella se quedó a mitad de aquella explicación, justo en la mitad de una frase que ya retumbaba en su mente, y que había hecho que su corazón volviese a latir como lo hacía la misma noche que compartieron cama, y besos. Como cuando sintió su mandíbula apoyarse en sus hombros mientras revelaban fotografías, o cuando el agua las envolvía en aquella apasionada cena que mantuvieron en su casa, y que acabaron en el interior de la piscina.

Su corazón volvía a latir con la misma fuerza e intensidad al escuchar una simple y sencilla frase que Quinn dejó escapar sin más, como algo natural y obvio que ya ambas sabían.

"Supongo que nunca llegó a imaginar que me iba a enamorar de ti"

No había más. No quiso escuchar más que no fuese aquello, porque, al fin y al cabo, aquello era lo único que podría abrir la puerta que ambas habían cerrado hacía ya más de dos semanas. Lo único que la hacía sonreír, aunque tuviera que fingir que seguía estando enfadada. Cosa que ya no sucedía.

Le era imposible estarlo sabiendo que Quinn se había limitado a protegerla de Santana y Brody. Que no escondía nada más que no supiese ya de su vida, y había vuelto a mencionar a Mel.

Por ella. Por aquella pequeña y traviesa niña de siete años, Quinn era quien era. Por ella decidió que Santana, aun sabiendo que había sido su primer amor, no tenía cabida en su vida si no era honesta con el resto. Por ella era fiel a su personalidad.

Rachel se arrepentía de haber desconfiado tanto de ella y olvidarse que tenía la razón más importante para no hacerlo.

Melanie era la clave para saber que Quinn no tenía malas intenciones, ni nunca las tuvo hacia ella. Si no, ¿qué sentido tenía que la hubiese llevado a conocer a lo más preciado que tenía en su vida?

Quinn le abrió las puertas de su casa y de su corazón, y ella se dejó llevar por la rabia, por la humillante sensación de creer que todos se reían de ella, y no detenerse a pensar antes de actuar.

—Siento mucho lo que ha sucedido, Quinn — susurró bajando la mirada, completamente arrepentida—. Siento haber llegado al punto de estallar y no haber sido honesta contigo desde un principio.

—No podemos cambiar lo que ha sucedido —respondió—, supongo que el tiempo nos devolverá la tranquilidad.

—El tiempo —murmuró.

—Te vas mañana. ¿No es cierto? — preguntó tras varios segundos en silencio, en los que solo pudo mirarla de soslayo y ver como mantenía la mirada baja.

—Sí. Por eso he venido —se atrevió a mirarla—. No quería marcharme sin haber aclarado las cosas contigo. No podía.

—¿No pensabas volver a hablarme? —se interesó

—No estaba segura de que tú lo quisieras. ¿Lo quieres?

—Hay cosas que no se pueden evitar, Rachel — susurró—. No estaría tan mal si no me importases. ¿Entiendes?

Por supuesto que la entendía, porque ella estaba igual. No importaba cuanto le hubiese dolido creer que le estaba mintiendo, ni siquiera saber con certeza que lo había hecho queriendo, aunque fuese para protegerla. A Rachel le dolía más la impotencia de sentir esa necesidad por hablar con ella, por darle una nueva oportunidad, aunque algo en su interior se removiese en contra de su corazón.

—¿Qué ha pasado con Santana? ¿Has vuelto a hablar con ella?

—Sí —respondió con firmeza—. Hablé con ella el día después de que todo sucediera y no va a volver a molestarme. Eso lo puedo dar por hecho.

—¿Por qué estás tan segura? Dices que lleva tres años luchando por una oportunidad ¿Por qué se iba a rendir ahora?

—Porque si vuelve a hacer algo así, tomaré medidas, y lo primero será que no me va a tener nunca más en la misma residencia. Regresaré a mi casa y punto. Además, ella sabe que tengo influencias.

—¿Más que ella? —preguntó confusa— Jane dijo que procedía de la familia real de no sé dónde.

La sonrisa burlona de Quinn respondió a aquella pregunta.

—¿Es mentira verdad?

—Santana proviene de una familia humilde del sur de Texas. Llegó a Los Ángeles sin nada, y ahora todo lo que tiene es una apariencia, nada más. Todo lo que ha conseguido es base de mentiras y pisar a los demás —hizo una pausa—, pero ella es feliz así.

—No creo que sea tan feliz si vive buscando oportunidades para que regreses con ella. Estoy segura de que tú eres su mayor y más importante objetivo.

—Pues no tiene nada que hacer. Ya pasó su oportunidad.

—¿No sientes nada por ella?

—Pena —susurró con un lamento—. Me duele ver que no me ha querido como yo a ella, y que desperdicia su vida por mantener una imagen que no le corresponde. Vive en un mundo lleno de hipócritas y gente que solo busca su beneficio personal, sin importarle el daño que pueda provocar. Se ha contagiado de eso, y se ha convertido en una mala persona.

—Será una mala persona, pero si hace todo eso, es porque te quiere. ¿No?

—No, no puede quererme si sabe que no va a conseguir lo que pretende de la forma en que lo pretende. Si me quisiera, sabría que jamás conseguiría nada conmigo si no es honesta consigo misma. Y yo no puedo querer a alguien así —la miró—. Yo necesito mirar a los ojos, y ver que la persona a la que miro, está orgullosa consigo misma. Que es fiel y honesta a su personalidad, y no busca el mal para los demás.

Fue tan certera aquella confesión, y tan intensa la mirada, que Rachel no pudo aguantar demasiado y terminó desviándola de nuevo hacia el suelo.

Apenas la tenía a unos centímetros. Casi podía rozar su brazo con su mano, incluso podría tomarla entre las suyas con un leve movimiento, pero no se atrevía ni siquiera a respirar.

Aquella confesión pesaba sobre ella, porque no había sido honesta y bien sabía Quinn, que no se sentía orgullosa de sí misma. Al menos no en los últimos meses.

—Es eso lo que vi en ti cuando sucedió lo del simulacro —añadió sin dejar de mirarla, sabiendo que se había ofendido por su último comentario—. Vi a una chica que se olvidó de lo materialista, y se preocupaba por quienes estaban afuera de aquel cuarto de mantenimiento. Te vi a ti, Rachel. Te vi más allá de ese maquillaje que llevabas y el vestido que vestías. Te vi humilde y agradecida porque todo hubiese sido una falsa alarma, y nadie hubiera salido herido. Es por eso por lo que te dejé entrar en mi vida. No miro que quieras o busques fama, lo que realmente me interesa de una persona es saber que esa necesidad no la lleva a hacer daño a los demás para conseguirlo.

—¿Eso significa que no te habría importado seguir dejándome que te conociera aun estando en el coro?

—Te dije que no me importaba para nada lo que hicieras en el coro. Lo único que me preocupa es que tú no dejes de ser quién eres, nada más.

—Pues creo que es tarde —confesó—, la verdadera Rachel Berry estaría avergonzada de esta que está aquí.

—Yo solo veo a una chica arrepentida que necesita explicarse para poder tener la conciencia tranquila, y me parece totalmente lícito. Y no sabes cuánto lo agradezco.

—¿Agradeces que haya decidido venir?

—Llevo 15 minutos mirando el teléfono sin saber qué responderte para hablar contigo. ¿Sabes? En la cafetería, cuando estábamos con todo esto de Marley y Brittany, estuve a punto de salir corriendo y huir cuando te vi entrar. La sola idea de creer que podrías ser Satine, y que me habías vuelto a mentir, me estaba martirizando. Pero luego llegó Marley y supe que era imposible que hicieras algo así, que no me habrías mentido con eso, que no podrías jugar con dos chicas a la vez. Estaba tan confundida que no sabía qué hacer.

—Daría lo que fuera por volver al día en el que te vi en la biblioteca, y no saber que eras tú —balbuceó consternada—. No te imaginas lo que envidio en este momento a Marley y a Brittany. Ojalá te hubiese conocido así, como ellas se conocen, aunque no lo sepan.

—Podemos hacerlo —susurró deslizando la mano por una de las barras de la verja de la ventana, buscando un contacto con Rachel que había deseado desde el primer momento.

—¿Qué? —balbuceó tras notar como su mano acariciaba parte de su antebrazo.

—No te voy a ver en este verano, pero no quiero perderte —confesó—. Quiero seguir conociéndote, o mejor dicho conocerte de nuevo —tragó saliva—. Hagamos como ellas, hablemos tras la pantalla.

—¿Quieres, quieres que hablemos por ese chat?

—Bueno, por ese chat o de alguna otra manera que me permita verte de alguna forma —tragó saliva—. No sé, Rachel. No, no estoy preparada para hacer como que nada ha sucedido, porque yo también tengo el estúpido orgullo. Pero tampoco quiero que se acabe. Quizás de esa forma lograremos olvidar un poco lo malo, y conocernos un poco más. ¿No crees?

—¿Crees que funcionará?

—No lo sé, pero estoy dispuesta a intentarlo. Te juro que ahora mismo siento que estoy pisoteando mi orgullo, y no me molesta en absoluto. Sé que habrá momentos en los que desconfíe de ti, pero conocerte mejor me calmará.

—¿Estás segura? —cuestionó tratando de mantenerse serena, aunque lo que realmente deseaba era apartar aquellos barrotes que se interponían entre las dos y abrazarla— ¿De verdad te merezco la pena?

—Llevo mucho tiempo esperando a alguien como tú —respondió con la voz quebrada—. No puedo quedarme sentada, y ver cómo te alejas.

Una leve sonrisa desconcertante fue la respuesta de Rachel a aquella confesión. No estaba segura de qué es lo que tenía que hacer, pero sí sabía lo que pretendía Quinn, y le gustaba la idea.

Empezar de nuevo. Empezar a conocerse de la forma en la que lo habían hecho Brittany y Marley, aunque fuese completamente diferente.

Quinn simplemente le estaba pidiendo no perder el contacto. Hablar cuando pudiesen y seguir descubriéndose, aunque aquello ya fuese una completa utopía para Rachel. No había parte de su ser que Quinn no hubiese descubierto ya, y no solo hablaba de su corazón.

Rachel pensaba en la noche que habían pasado juntas, en cómo no quedó nada por descubrir en su cuerpo ni en el de Quinn. En el cariño que se habían regalado, no solo en aquellos momentos, sino a lo largo de aquel tiempo. Las miradas, las sonrisas y los segundos, los minutos y las horas que se habían dedicado solamente a ellas.

Quinn quería seguir conociéndola y Rachel sentía que no tenía mucho más que mostrarle de ella que no hubiese visto ya.

—No tengo mucho más, no soy mucho más de lo que ves.

—Me es suficiente —susurró—. Si tengo que olvidar lo que conozco para seguir haciéndolo, lo haré —sonrió tratando de tranquilizarla.

—¿Aquí y ahora? ¿Puedes olvidar que me has conocido en este preciso momento y darme la oportunidad de ser la Rachel Berry que llegó de Ohio hace 9 meses?

—No —la miró tras tomar su mano—, lo olvidaré mañana, cuando tú tomes ese avión y yo siga en mi mundo. Será entonces cuando decida que necesito hablar con una desconocida por ese chat, y rezaré porque esa desconocida esté esperando a alguien como yo.

—Estoy segura de que estará esperando —sonrió cómplice—, aunque eso será mañana o pasado, pero hoy… ¿Qué hacemos ahora? —susurró sin poder evitar mirarla a los ojos y desviarse hacia los labios— ¿Te sigo guardando un rencor que ya no existe? ¿Me marcho de aquí antes de que alguien de seguridad me saque por intrusa? ¿Finjo ser una chica Gamma? ¿Cómo hago para que no te pases 15 minutos mirando ese móvil y acabes con tu orgullo?

—Tienes razón, para qué esperar a mañana —balbuceó al tiempo que se apartaba de la ventana y se adentraba en el interior del salón, ante la confusa mirada de Rachel que desconocía por completo lo que pretendía hacer.

—¿Dónde vas? —cuestionó con la voz temblorosa al verla introducirse en el pequeño pasillo que la llevaba a su habitación.

Quinn no respondió. Guardó silencio hasta que regresó de nuevo a la ventana portando algo entre sus manos.

—Si queremos empezar desde cero, no puedo tener esto en mi habitación — respondió entregándole el libro—, es tu book. Quizás lo necesites este verano.

—¿Lo tenías en tu habitación? —balbuceó sin detenerse a pensar en nada mas que no fuese aquel detalle.

—Lo he mirado muchas veces, y no sabía cuándo iba a poder tener el valor de entregártelo.

—Gracias —respondió observando la portada de aquel álbum donde aparecía su nombre con letras doradas—. No sé cómo te voy a pagar por esto.

—No tienes nada que pagarme, es probable que para el año que viene tenga que hacer más cosas así —sonrió con dulzura—. Voy a necesitar a una buena actriz, sin duda.

—Creo que conozco a una que estará encantada de hacerlo —le devolvió la sonrisa y el silencio se apoderó de ambas.

Quinn no había vuelto a sentarse en la ventana, simplemente la observaba de pie mientras Rachel acariciaba el álbum con delicadeza, y no se atrevía a abrirlo.

Y no lo hacía porque sentía que había llegado el momento de marcharse, y empezar de cero, tal y como Quinn le había propuesto.

—Supongo que querrás seguir viendo la televisión.

—No es lo que más deseo, pero creo que es lo más acertado —respondió consciente de que no debían apresurarse, y tomarse la calma y el tiempo necesario.

—Gracias por todo, Quinn —se levantó de su improvisado asiento sin poder desviar la mirada del álbum—. Espero saber pronto de ti, o de alguien parecida a ti.

—Así será —susurró conteniendo la respiración—, cuídate Rachel.

Ya está. Se acabó la conversación, pensó Rachel que entendía con aquella última frase de Quinn, que debía marcharse y no alargar más una despedida que iba a resultar más dolorosa de lo que alguna vez pudo llegar a imaginar.

Sabía que iban a volver a encontrarse, y que ambas habían aceptado la opción de conocerse durante aquel verano, al igual que lo habían estado haciendo Brittany y Marley. Pero, aun así, le dolía tener que marcharse sin nada más. Sin un abrazo que ella misma se negó a darle tras rechazar la invitación de entrar en su hogar. Era el final, cuanto más claro estuviese entre ambas, mejor sería el principio.

—Ciao, Quinn —respondió mirándola a los ojos después de varios minutos tratando de evitarlo.

Esperaba poder contener algunas lágrimas que ya se apresuraban en asomarse por sus ojos, y lo pudo lograr gracias a una tranquilizadora y serena sonrisa que Quinn le regalaba. Definitivamente, si tenía que marcharse de alguna forma, esa era la mejor.

Y así lo hizo.

Rachel tomó una gran bocanada de aire y se aferró al álbum que permanecía entre sus brazos, antes de girarse por completo y comenzar el camino de retorno hacia su hogar, con esa sensación de saber que algo seguía faltándole en aquella despedida. Algo como lo que estaba a punto de suceder cuando escuchó el sonido de su móvil en el interior del bolso, y no tuvo más remedio que detenerse para comprobarlo, cuando ni siquiera había perdido de vista la ventana de Quinn.

Un mensaje. Un número, un nombre que evidentemente conocía y que la hizo girarse de nuevo para contemplar a Quinn sentada en el sofá de su salón, mientras mantenía la mirada fija en la pantalla de su móvil.

¿Hola? Encontré este número grabado en un árbol, junto a un cuervo, y me preguntaba si pertenecía a alguien. Me llamo Romeo. ¿Te apetece hablar conmigo?

No supo si reír o regresar hacia la ventana y tratar de encontrar una explicación a aquel mensaje. Pero una simple y delicada mirada de Quinn hacia ella cuando sus manos habían comenzado a temblar sin motivo aparente, la detuvieron allí, junto al sendero que la llevaba de vuelta a la realidad, mientras la observaba y comprendía que aquel mensaje era el principio. Era la respuesta a aquel ¿Para qué esperar a mañana?, que Quinn había dejado escapar minutos antes de entregarle aquel álbum.

Sonrió, tomó aire de nuevo y respondió.

Sí, pertenece a alguien. A mí. Me encantaría hablar contigo, Romeo.

Trató de evitar que la sonrisa se convirtiera en risa tras ver como Quinn la miraba al leer la respuesta, e imitaba su gesto, volviéndose divertida por saber que había entendido perfectamente lo que pretendía.

Un guiño de ojos fue la señal definitiva para que Rachel volviese a emprender sus pasos hacia la salida, esta vez, perdiendo de vista por completo a Quinn, pero sin desviar la mirada de la pantalla de su teléfono móvil, donde apenas un par de minutos después, volvió a aparecer otro mensaje.

Me alegra que así sea ¿Cómo te llamas?

Una carcajada que ya sí, no pudo evitar en mitad de la acera que la llevaba hacia Gayley Avenue, y que provocaba la atención de varios transeúntes que pasaban por lado. Definitivamente, había sido la mejor de las ideas, sin duda. Aquella noche, y las que estaban por llegar, iban a ser de lo más entretenidas para Rachel. Un verano especial.

Mi nombre es Julieta Fiammata Asto Capuleto —tecleó sin perder un solo segundo—, pero puedes llamarme Julieta.