Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la trama a JAnnMcCole. Yo solo traduzco.
Capítulo diecinueve
Tiempo de Duelo
"Nada más grueso que la hoja de un cuchillo separa la felicidad de la melancolía." ~Virginia Woolf.
BELLA
—Sra. Cullen, ¿está segura que no necesita un médico? —Scooter, el policía sabelotodo, me preguntó mientras descansaba contra nuestra Range Rover.
Todo el teatro había sido desalojado hace unos momentos, pero ninguno de los invitados se había ido. Lo único más trágico que una ópera era nuestras vidas. Con perros, los cerdos estaban allí con sus linternas, insignias de plata y cinta amarilla, revisando la escena; todos ellos tomaban fotos del cuerpo de Ben mientras yacía allí, frío y sin vida. No se suponía que debía morir. Mis hombres morían cuando yo lo decía… al menos si el mundo funcionara como debía.
—¿Sra. Cullen?
—Estamos bien, oficial. Creo que es hora de que lleve a mi esposa a casa —respondió Edward, caminando hacia mi lado.
—Sr. Cullen, si tiene algo para añadir a la investigación…
—Como dije antes, estábamos saliendo del teatro cuando nuestro guardaespaldas fue disparado —siseó Edward, abriendo la puerta del coche para mí.
—Eso es lo que tratamos de descifrar. No hay razón para que alguien mate a su guardaespaldas, esa bala podría haber sido para usted, Sra. Cullen. Ese tipo de arma fue usada con el presidente. —Scooter se enderezó, aferrando la puerta de mi coche.
—En las noticias dicen que fue la Primera Dama… —comencé, pero él me interrumpió.
—Así es, pero ella tuvo un cómplice del que no tenemos información. Si solo podrían venir a la estación, quizás nos ayudarían a encontrar una conexión…
—Eres un policía, no un detective. Si tienes más preguntas para nosotros, por favor, contacta a nuestro abogado. Buenas noches, oficial —dijo Edward, ayudándome a entrar al auto antes de cerrar la puerta con fuerza—. Conduce.
Jacob no necesitó que se lo digan dos veces. Se sentía raro dejar a un hombre atrás. Ben había estado conmigo por años… con Jacob por años. Para él, Ben fue su mentor y para Angela… sabía que Seth debió haberla llamado. Este no era el tipo de noticias que contabas por teléfono, pero Angela querría el tiempo para separarse de nosotros.
A mi lado, Edward se encontraba tan tenso que se sentía helado y todo lo que pude hacer fue mirar a la noche oscura. Chicago estaba acostumbrado a la muerte. Yo estaba acostumbrada a la muerte. No me encontraba ni adolorida ni en shock, solo estaba jodidamente enojada. Me sentía incapaz y no era una sensación familiar. Esto era malo, necesitábamos vengarnos rápidamente o tendremos una anarquía. La razón por la que nuestros hombres confiaban en nosotros, por la que eran leales a nosotros, era simplemente porque éramos lo animales más grandes y malos. Renée nos hacía quedar como débiles. Esto tiene que terminar. No estaba segura de cómo. ¿Cómo ella podía ser tan buena? ¿Cómo podía matar, meterse en nuestra casa, saber a dónde vamos? ¿Quién sabía tanto?
Suspiré mientras nos deteníamos frente a la casa. Cuando Jacob me abrió la puerta, ni siquiera esperé a Edward o que cualquier otra persona me ayudara. Al ver a Esme, Carlisle, junto con Rose y Emmett juntos en el medio de la entrada me hizo querer gritar. No quería lidiar con esta mierda ahora mismo.
—Gracias a Dios están bien. —Esme suspiró, caminando hacia mí mientras me quitaba el abrigo y se lo daba a la criada a mi lado.
—Eso depende de tu definición de bien, madre —comentó Edward, entrando y ubicándose a mi lado—. ¿Puedo preguntar qué están haciendo ustedes dos aquí?
—Vivimos aquí —espetó Rose.
—Rose…
—Edward, lo siento, costumbre. Mi padre terminó su campaña y volvió a Chicago así que nosotros…
Emmett tomó su mano, dando un paso hacia adelante con esperanza de callarla.
—Jasper y Alice volverán en la mañana. Pensé que querrías a la familia junta antes de vengarnos de esta perra. Dime que…
No podía escucharlos por un maldito segundo más… Eran tan idiotas, no había razón por la cual perder el tiempo con el desperdicio de espacio. Pasando por su costado, fingí que no estaban allí mientras subía las escaleras. Las suelas de mis pies dolían como culo de perra en un club de BDSM, todo lo que quería era mi cama, pero desafortunadamente sabía que no podía ir allí todavía. Usualmente no iba al cuarto de Angela. Iba más allá del decoro, pero qué diablos, yo hacía las reglas. Entrando en su cuarto, sabía que no la vería.
Su cama estaba hecha, cada libro que la rodeaba estaba apilado alrededor del cuarto como monumentos y sus cortinas estaban cerradas. Respirando profundamente, caminé hacia su cama y tomé todos sus almohadones y los lancé al suelo, creando una cama improvisada donde recostarme. Ni bien me coloqué de costado, la vi hecha una bola debajo de la cama, sus ojos derramando lágrimas descontroladamente.
Esta era Angela. Después de todo lo que ella había pasado, el único lugar donde se sentía a salvo era debajo de la cama. Era un hábito que no pudo quitarse después de haber sido raptada.
—Me había pedido casamiento —susurró, moviendo su mano así podía ver el anillo. Incluso en la oscuridad, podía notar que era pequeño y en forma de una lágrima. Era muy de Angela—. Le dije "déjame pensar en ello". Le dije que quería hablar contigo, pero la verdad es que estaba aterrada. Me dijo que me quedara con el anillo, que me ayudaría a pensar. Debería haberle dicho que sí.
—Todos sabemos que lo hubieras hecho. Él también. —Le sonreí. Ella, como yo, solo quería ser difícil.
Ella puso los ojos en blanco, esperando detener las lágrimas, pero no funcionó.
—No puedo moverme. Si me muevo, la vida sigue y no puedo… Lo amaba demasiado.
—Entonces no te muevas —le susurré. El problema con amar a alguien así de mucho, era el hecho que dolía diez veces más perderlo… era por eso que Edward iba a tener que morir antes que yo.
—Está bien.
EDWARD
—¿Qué número de trago es? —preguntó Emmett, entrando en mi oficina.
Observando el vaso en mi mano, me bebí todo rápidamente antes de sacar otra botella de mi cajón.
—No llevo las cuentas. ¿Qué quieres?
Se sentó frente a mí y suspiró mientras sacaba dos cigarros.
—Quiero ayudarte. Quiero volver a ser tu hermano. He pasado semanas en la campaña, siendo interrogado sobre cómo se siente ser un Cullen, cómo somos, qué pienso sobre las familias que solo pueden usar cupones justo después de haberle comprado un collar de diamantes a Rosalie. Padre me dijo que lo odiaría. Estar lejos de la familia y tener que fingir que me importa un carajo casi me volvió loco. Rosalie lo disfrutó. Lo amó, estábamos siendo tratados como títeres en el escenario, bailando para todos; yendo a donde nos indicaban, manteniendo nuestros discursos ensayados, ser la mejor persona con gente a la que quería arrancarle la cabeza. Parte de mí la pasó mal teniéndote como mi Jefe, pero preferiría bailar bajo tu comando que del de los demás.
Observándolo por un momento, le di mi vaso y tomé un cigarro.
—¿Tienes un encendedor?
—Mientras que no se lo digas a mi esposa —rio, acercando el fuego.
—Al menos puedes mentirle a la tuya. Bella puede sentir el humo como un sabueso. Honestamente, ella me conoce lo suficiente que me deja pasar algunas mentiras, por el bien de mi orgullo. —Sonriendo, ambos tomamos una calada.
—Han mejorado mucho, solían querer matarse. —Él no tenía idea de lo equivocado y lo correcto que estaba. Ella aun intentaba matarme, excepto que ahora los dos terminábamos desnudos—. ¿Qué vas a hacer con lo de esta perra Renée?
—Ella está a un paso delante de nosotros en todo. Hacemos una jugada, ella hace una mejor, ¿alguna idea? —Porque yo ya no tenía alguna.
Se echó hacia atrás, apoyándose contra la silla y rascándose la cabeza.
—Ninguna. No lo entiendo. Ese disparo… fue demasiado preciso. Es el tipo de disparo que yo…
—Ve al grano.
—Lo que digo es que ella fácilmente podía haber matado a Bella. Al igual como pudo haberlo hecho después del accidente. La tuvo enfrente, ¿por qué no lo hizo?
—Eso lo entiendo. —Desearía no hacerlo, pero lo hago—. A ella le gusta torturar físicamente. Envenenó a Charlie por años. Ahora, se está asegurando que su hija viva con miedo. Quiero saber su fin… hay algo más grande aquí. ¿Qué va a pasar cuando Hale gane? Ambos sabemos que va a pasar, es por eso que ustedes volvieron antes. Tiene el noventa y un por ciento de probabilidad de ganar… eso es más alto a cualquier examen que has tomado.
—Vete a la mierda.
Sonreí, bebiendo el resto de mi brandy.
—¿Y? ¿Qué quieres que hagamos? —preguntó seriamente, fumando. Pensé en ello por un momento antes de quitar el teléfono de mi bolsillo.
—Renée llamó a Bella antes de que efectuara el disparo. Estoy seguro que fue un teléfono descartable, pero aun así chequéalo por mí. —Dejándolo sobre la mesa frente a él, apagué mi cigarro y me puse de pie.
—Sí, jefe.
No confiaba en él tanto como desearía poder, más aún, no confiaba en su mujer. Había una grieta entre nosotros que iba más allá de nuestra infancia. Sin embargo, si había alguien en el mundo capaz de ganar mi confianza, era él. Era sangre, después de todo.
—No te acabes todo mi brandy —dije antes de irme. No había visto a Bella en más de una hora y mis manos comenzaban a picar. Cada maldita cerradura había sido cambiada por segunda vez, habíamos añadido al menos veinte cámaras nuevas y ahora teníamos a varios hombres chequeando las premisas a cada hora. Sin embargo, ninguna seguridad extra daba algo de paz mental cuando se trataba de ella.
—Bella —llamé cuando entré en nuestro cuarto. La cama seguía hecha, pensaba que ya estaría durmiendo.
—Aquí —gritó desde el baño. Siguiendo el aroma a vainilla y el suave resplandor de las velas, noté a su vestido y sus zapatos en una pila cerca de la puerta. Verla allí metida en la bañera, con sus pechos cubiertos de espuma, su cabello en un rodete desordenado, mechones pegándose a su pecho y con los ojos cerrados, era suficiente como para dejarme de rodillas.
—Deja de mirarme. Te invitaría, pero está demasiado caliente para ti —dijo suavemente, sin molestarse en abrir los ojos.
—Sí, claro. Tú y yo sabemos que quieres esa bañera para ti misma. —Remangándome los puños, tomé asiento en el suelo al lado de la bañera color perla, dibujando círculos sobre su estómago. Ella inhaló profundo, sus pechos siguieron el movimiento antes de relajarse contra mi mano.
—Ben le pidió casamiento a Angela —susurró—. No estoy segura de cómo ella va a tomar esto y no tengo tiempo para ayudarla… no sé cómo.
—Tú… nosotros no podemos. Lo único que podemos hacer es arrancarle la cabeza a esa bruja.
Ella sonrió, sus ojos se abrieron solo un poco.
—¿Quién se queda con qué parte? Quiero más que una venganza. Una por mí y otra por mi padre.
—Le has estado leyendo El Mercader de Venecia otra vez, ¿no? —El niño va salir hablando anticuado.
—Es mucho mejor que La Rebelión de Atlas que le lees tú.
—Esa novela es…
—Una visión de lo que el mundo podría ser, bla, bla, bla. Gracias a Dios lo leíste mientras estaba durmiendo.
—Obviamente no estabas durmiendo profundamente…
Antes que pudiera terminar, ella me salpicó agua con sus manos, mojando mi rostro.
—No pude contenerme —rio ella.
—Tienes suerte de estar embarazada.
—Corrección, tú tienes suerte de que esté embarazada, porque podría patearte el culo con facilidad, de nuevo.
—Me ganaste una vez…
—Una vez es todo lo que necesitas. —Movió una mano sobre su vientre como si estuviera probando su punto.
Me encontraba demasiado cansado como para discutir. Descansé mi cabeza contra la bañera, ambos sentados intentando descomprimirnos. Sin embargo, mi esposa no creía en el descanso. Ella siempre estaba pensando en el trabajo.
—¿Cuánto nos pagó Roy?
Suspiré profundo, pero no me moví.
—Acabamos de hacer 312 millones, la mayoría del dinero va a una cuenta en el extranjero. ¿Por qué? ¿Planeas tomar el dinero y huir?
Ella sacudió su cabeza, sentándose derecha.
—Nop, solo pienso que quizás deberíamos viajar lejos una vez que nazca el bebé.
—Tenemos unas semanas…
—De hecho, creo que acabo de romper bolsa.
—¡¿Qué?! —grité, saltando—. ¿Estás segura? ¿Cómo puedes notarlo si estás en el agua?
—¡Ah! —siseó, aferrándose a los bordes de la bañera—. ¡Estoy jodidamente segura, deja de volverte loco y ayúdame a salir de aquí!
Oh, mierda.
Dejando caer unas toallas al suelo, la agarré del brazo y la cintura, sosteniéndola contra mí mientras la sacaba de allí. Quería simplemente tomarla en brazos, pero dudaba que sería capaz de hacerlo. Lentamente, la encaminé devuelta hacia nuestro cuarto, dejándola en la cama.
—Angela empacó un bolso…
—Lo tengo —respondí, corriendo hacia su ropa—. ¡Ah, mierda! ¡Acabo de pisar uno de tus tacones!
—Edward, necesito ropa, mis pantalones deportivos.
Echando un vistazo por las filas y filas de su ropa, no tenía idea de dónde se encontraba sus cosas.
Tomando un par de pantalones negros, corrí hacia ella y noté que respiraba rápidamente. Levantó su vista hacia mí y observó los pantalones en mis manos.
—Esos no son.
—¿Realmente imp…?
—¡Tu hijo está queriéndose salir por mi puta vagina! ¡Quiero mis pantalones grises! —gritó antes de respirar profundo, dibujando círculos sobre su vientre.
Me sentí paralizarme.
Está de parto. La puta madre, mi esposa está de parto.
—¡Oh, por favor, no hagas esto, Edward! ¡No seas de los que se desmayan! ¡Necesito ropa!
Asintiendo, corrí de vuelta al armario, esquivando sus malditos zapatos, saqué el pantalón de la percha y corrí de vuelta hacia ella. Arrodillándome a su lado, le puse los pantalones.
—Ah, esto realmente duele —siseó, tomando uno de mis hombros mientras otra contracción pasaba.
—Solo respira, amor. —Aferrando los costados de su vientre, nos miramos a los ojos, respirando juntos hasta que pasó.
Suspiró y se sonó el cuello, tomando su chaqueta.
—Gracias a Dios existen los libros de bebés.
—Papá —dije al teléfono—. No, escucha, Bella rompió bolsa…
—¿Qué? —gritó fuerte antes de llamar a mi madre—. ¡Esme! Bella está de parto…
—¡Papá, escúchame! Necesito una barrera alrededor nuestro mientras nos dirigimos al hospital. Estamos por salir. —Creía que me había escuchado, pero no podía decirlo por todo el alboroto en el cuarto.
—Por supuesto que decides llegar antes y cuando me encuentro exhausta. Como si no estuviera nerviosa ya —Bella susurró a su estómago.
Tomando sus manos, besé cada una de sus palmas.
—Vamos a estar bien. Todos vamos a estar bien, lo juro.
Ella asintió, sus ojos se cerraban lentamente. El reloj en la mesa de luz parecía tentarnos, eran las 2:04 a.m.
—No estoy lista para esto, Edward. Llega temprano. No puede llegar temprano, porque no estoy lista. Solo puedo hacerlo si lo estoy —susurró entre inhalaciones profundas mientras mi madre golpeaba a la puerta repetidamente.
—¿Edward? ¿Bella? ¿Están bien? ¿Podemos entrar? ¿Cada cuanto tienes contracciones? —Mi madre golpeaba como si fuera parte del puto equipo SWAT.
—Si hay alguna mujer en el mundo que puede hacer esto, esa eres tú. —Esperé a que asintiera antes de llamar a mi madre—. Estamos bien, puedes entrar.
—¡Oh, gracias a Dios! —gritó, entrando con ruleros todavía en su cabeza y un par de pantalones deportivos que no sabía que tenía.
—¡Ah! —chilló Bella con dientes apretados—. ¿Puede alguien, por favor, llevarme a un maldito hospital? Ni loca tendré a este bebé aquí.
BELLA
—¡Oh, será mejor que las endorfinas hagan efecto antes de que él llegue! —grité en medio de otra contracción y me dejé caer sobre los almohadones—. Han pasado nueve horas, solo quiero dormir, diablos.
—Shh, nena, lo sé —susurró Edward, limpiando el sudor en mi piel. Pero, finalmente, aparté sus manos.
—Tus malditas manos es lo que me condujeron a esta mierda. ¡Ni bien termina esto, te voy a cortar la verga y compraré unos pitbulls así se la comen!
—Sra. Cullen, necesitamos que se relaje…
—¿Alguna vez a intentado relajarse con una cabeza haciéndose paso por tu vagina? Tengo una buena vagina. ¡Una vagina adorable, estrecha y genial! Pregúntele, es por eso que estoy aquí. ¡Estoy intentando calmarme, pero de nuevo, hay una cabeza asomándose por mi increíble vagina! Ahora, si me dejan tranquila, ¡quiero que todos se vayan! —Intenté de todo y las malditas drogas que me estaban dando no estaban funcionando. Mi cuerpo puede comerse las epidurales de desayuno. No me podían dar más ya que no era seguro para el bebé y ¿qué podía responder a eso? "A la mierda, ¿denme las drogas?" Los médicos y las enfermeras no se iban, solo me trataban como si fuera otra mujer embarazada quejándose.
—Edward, quiero que se vayan. Necesito un segundo, por favor —me quejé, cubriendo mi rostro con la manta.
—Está bien. —Besó mi cabeza antes de gritarle a la doctora, insistiendo que salgan de la sala de parto. Nuestro doctor no estaba aquí, así que nos asignaron una mujer desconocida que seguía palpando como si estuviéramos en una maldita cita. No levanté la vista. Simplemente quería que el dolor se detuviera.
Él apartó mi cabello y habló.
—Esta es una pregunta estúpida, lo sé, pero ¿cómo te sientes?
—Asustada. Cansada. Frustrada y demasiado cansada —susurré, inclinándome contra él mientras me sostenía en sus brazos.
—Lo estás haciendo genial, amor. Ya casi termina…
—¿Cómo lo sabes? —Había escuchado a las malditas enfermeras decir que este parto sería largo y eso fue solo después de la hora ocho—. Estoy tan cansada de estar embarazada, Edward. Juro por Dios…
Antes que él pudiera decirme alguna mierda apaciguadora, tomé con fuerza su mano mientras otra contracción recorría mi cuerpo. Apreté mis dientes con tanta fuerza que pensé que se quebrarían, ni siquiera podía escucharme gritar.
—¿Sra. Cullen? ¿Qué está sintiendo? —gritó la doctora, volviendo a entrar con un nuevo par de guantes en sus manos.
Observándola por un momento, quise gritar. ¿Qué diablos? ¡Estaba sintiendo dolor! ¡¿Qué tipo de pregunta pelotuda era esa?!
—Dolor. Quiero pujar. —Fue todo lo que pude decir.
Presionando una mano dentro de mí, uso la otra para presionar contra mi vientre.
—Lo siento, Sra. Cullen, no puede.
Mierda.
—¿Cómo están sus signos vitales? —preguntó ella, girándose hacia el enfermero a mi lado.
—Su presión sanguínea se eleva con cada contracción, pero no baja.
—¿Qué diablos significa eso? —espetó Edward, apartándose de mí por primera vez desde que entramos a este cuarto.
Mirando a su reloj mientras escuchaba mi vientre por un momento, sacudió su cabeza.
—Vamos a tener que hacer una cesárea, Sr. y Sra. Cullen.
—Quieres abrirla. —Edward sacudió su cabeza, pellizcándose el puente de la nariz antes de echarme un vistazo.
—Su bebé no está posicionándose de forma correcta, Sr. Cullen, y su presión sanguínea, Sra. Cullen, está elevándose. Es más seguro para usted y su hijo…
—Entonces, hágalo —anuncié, tomando la mano de Edward—. Si esto es lo más seguro...
Asintiendo hacia ella, él besó mi mano y volvió a sentarse a mi lado.
—Vas a estar bien.
—De acuerdo, vamos a prepararte…
Simplemente la bloqueé y me concentré en las luces arriba de mí y la sensación fría de la toalla que Edward posaba sobre mi piel. Todo tenía que ser jodidamente complicado. Diablos.
—Sra. Cullen, soy el anestesiólogo, Dr. Meroe. Voy a suministrarle algo para que no sienta nada, pero seguirá lo suficientemente consciente para conocer a su bebé.
Quería hablar, pero no pude. Estaba demasiado cansada, todo lo que pude hacer fue asentir y luchar contra la nerviosidad que crecía en la base de mi garganta.
—¿Puedes sentir eso? —susurró Edward, observando mi estómago. Sus ojos brillaban con… algo mientras volvía a mirarme.
—Créeme, si sintiera algo, lo sabrías —dije, intentando reacomodarme.
—Bien, Sr. y Sra. Cullen, su hijo estará aquí en unos segundos…
—¡Segundos! —Mi cabeza se hizo a un lado rápidamente, pero no pude ver nada. Varias manos me agarraban y soltaban suavemente. Hubo un tirón y mucha presión. Y entonces… nada.
—Aquí estamos —arrulló la doctora detrás de su máscara mientras un suave llanto… el llanto de mi hijo sonaba por el cuarto.
Me sentí inhalar profundo al mismo tiempo que Edward lo hacía, mordiéndose los labios para evitar que las lágrimas caigan de sus ojos. Había un bulto llorando lleno de sangre y fluido.
—¿Quisiera…?
—Sí —respondió él, interrumpiéndola y tomando el par de tijeras. No sabía que me encontraba llorando hasta que tuve que secar mi rostro mientras veía a Edward cortar el cordón umbilical.
Las pequeñas manos de nuestro hijo se movían por todos lados.
Estiré mis brazos en busca de él y ni bien lo tuve allí, sabía que jamás querría soltarlo.
—Hola… —lloré, besando su cabeza—. Soy tu m-ma…
—Ella es tu mami. —Edward besó mi hombro, de pie a mi lado antes de acariciar las pequeñas mejillas rosadas.
Asintiendo, le dije suavemente:
—Soy tu mami, Ethan.
—Gracias —susurró Edward antes de besarme nuevamente—. Muchas gracias por esto… por él.
