¿Acaso es todo lo que quieres decirme?
Al día siguiente Candy bajó al pueblo más cercano con clínica, dispuesta a ejercer como enfermera y paliar el desamparo sanitario de la región. Tom se había ofrecido a acercarla. Él debía bajar casi cada día, para llevar su producción a los diferentes pueblos y le venía de paso. Cuando ellos eran pequeños no había ningún médico en el pueblo más cercano. Pero recientemente, dos pueblos más lejos, se había establecido una pequeña clínica. Pertenecía a un viejo amigo de la Srta. Pony.
Con las referencias de Candy, el hombre se mostró extrañado y pensativo. Pero tras cavilar un poco, exclamó- ¡Ah! Muchacha, usted me debe estar hablándome de Pauline Giddings -Rio-. Es verdad, aún me cuesta acostumbrarme que conserve ese sobrenombre. Ni siquiera había relacionado el orfanato con ella. Siempre creí que sería algo que abandonaría de mayor.
Sin embargo, para Candy, lo difícil era acostumbrarse a su verdadero nombre. Toda su vida la había conocido como la Srta. Pony e, incluso, otros conocidos, como la directora Mary Jane, también la seguían nombrando por su mote. El doctor le ofreció trabajo para tres días a la semana y le solicitó el compromiso de estar a disposición, por si surgiera alguna emergencia. El sueldo era suficiente como para contribuir en su manutención en el Hogar y no depender de Albert. Aunque él se ofreciera a pasarle una mensualidad, Candy prefería conservar su independencia. Consideraba que él ya había hecho por ella más que suficiente todos estos años.
Él estaba asumiendo sus responsabilidades como patriarca de los Andrew y ella quería hacer lo mismo con su propio futuro. En ocasiones, tenía la sensación de que, todos aquellos con los que había crecido como persona, se alejaban de ella. Otras, tenía la certeza de que era ella la que lo hacía. Sabía que quería trabajar sanando. Se llegó a plantear estudiar para ser doctora, animada, inicialmente, por el Dr. Campbell y, años más tarde, por Albert. Pero con todos los problemas que le habían acarreado la familia Leagan, tan solo siendo una enfermera, no se imaginaba volviendo a batallar en un campo de estudios que, ya de por sí, ponía más trabas a cualquier mujer. Los últimos años habían sido muy intensos y sentía que necesitaba tomar perspectiva. Quizás más adelante...
Tom podía acompañarla la mayoría de los días, aunque le recomendó hablar con el Sr. Cartwright. Su rancho quedaba más cerca del Hogar y quizás pudiera cederle uno de sus caballos, en caso de emergencia.
A pesar de los años, el Sr. Cartwright y Jimmy se alegraron muchísimo de su visita y de saber que tenía intención de permanecer un tiempo en la zona, trabajando como enfermera. El hombre consideraba que aquello era muy buena noticia para todos los vecinos, aunque no fuera desde el propio pueblo. El viaje a Chicago era mucho más largo en caso de urgencia y quien más quien menos tenía auto, carro o caballo para acercarse al siguiente pueblo. Candy le expuso la sugerencia de Tom, ofreciéndose a pagar un alquiler por la montura.
Tanto Jimmy como el Sr. Cartwright se rieron con ganas por la ocurrencia y le ofrecieron uno de sus caballos sin coste. Jimmy seguía yendo al hogar, al quedar en las tierras colindantes al rancho, y el Sr. Cartwright consideraba que, la paciencia de las mujeres con su hijo adoptivo, ya pagaba bastante. El chico era noble de corazón pero seguía siendo un terremoto comparable a la misma Candy. Así que el Sr. Cartwright tenía más de una deuda con las mujeres, por las travesuras del muchacho y por seguir ayudándolo con su educación. Contrariamente a lo que pudiera parecer, la forma de ser de Jimmy, alegraba la vida del anciano y consideraba su adopción como una de las mejores decisiones que hubiera tomado.
De este modo, Candy dio otro paso más hacia su autonomía y libre movilidad. Le cedieron una yegua de muy buen carácter que pronto le tomó confianza y cariño. Candy también disfrutaba cuidándola en su tiempo libre. Mientras cepillaba su crin, cambiaba su cama o sacaba el estiércol, recordaba su tiempo en los establos de los Leagan, cuando cuidaba de César y Cleopatra. Quien sabe qué habría sido de ellos. Había escuchado que los Leagan los habían vendido por separado. Eran animales muy inteligentes y habían estado muy unidos. Pero era de esperar que si los Leagan ya no sabían tratar a las personas, menos consideración tendrían por los animales. Candy siempre había creído que la forma en que las personas trataban a los animales, reflejaba su verdadera bondad interior. De ahí que observar el ensañamiento de Terry con la oveja, en Escocia, la perturbara y le dejara un mal sabor de boca en su momento.
Gracias a Terry superó su aprensión a montar y, cuando no trabajaba, aprovechaba para cabalgar hasta el pueblo y realizar otros encargos para sus madres. Visitaba asiduamente la oficina de correo, ansiosa por recibir nuevas noticias de Albert. En cierto modo, no podía evitar sentirse egoísta al desear que él no tuviera tantas obligaciones. Se había acostumbrado a la convivencia en el apartamento. En Chicago, él continuaba ocupado tras desvelar su auténtica identidad públicamente. Incluso conviviendo en la misma casa ella continuaba sintiéndose sola. Él siempre volvía por las noches pero era demasiado tarde e impropio como para poder hablar de su día, tal como solían hacerlo en su apartamento.
Al principio, Candy interpretó esa sensación de soledad como la paulatina pérdida y alejamiento de sus seres queridos. Creyó que volver al Hogar de Pony podría ser una buena cura para esa sensación. Pero a medida que pasaban los días, la sensación persistía y su añoranza por Albert aumentaba. Se había sentido tan feliz al descubrir que él era su príncipe. Era un misterio que la había acompañado toda su vida. Hubiera deseado preguntarle tantas cosas... Saber por qué él había estado allí aquel día, si la había reconocido después, si ya había recuperado la memoria cuando ella le hablara del príncipe en su apartamento. Al cabo de una semana, recibió la respuesta a su carta. Aquella donde le había reclamado por marcharse tan apresuradamente tras la revelación.
Volvió a subir a su colina para poder leerla con tranquilidad. Albert se disculpaba por su breve encuentro y le pedía que no lo tratara tan formal. Aunque no todo eran disculpas...
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"...
...No voy a justificarme, pero quiero que sepas que siempre me he preguntado si estaba haciendo lo correcto.
Lo único que quería era cuidarte desde las sombras.
¿Quién hubiera dicho que ibas a ser tú la que acabara cuidando del 'señor Albert'?
¡Parece la trama de una novela barata!
Solo por eso, soportaré que me trates como a un anciano o que me llames 'tío abuelo' las veces que hagan falta.
...
Me hubiera gustado hacerlo en el lugar donde nos vimos por primera vez, en la colina de Pony.
De esta forma, creía que volverías a verme como al joven que una vez fui.
Querida Candy, lo entendiste todo enseguida.
Me bastó con ver tus ojos llenos de lágrimas para saber que lo veías todo con claridad de una vez por todas.
Mi intención era quedarme a tu lado para explicártelo todo con calma, pero nos interrumpieron.
...
Candy, espero con ganas tu próxima carta.
Me gustaría ver a la verdadera Candy esta vez
..."
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Candy releyó la carta varias veces con el corazón desbocado ¿Cuánto tiempo era ese 'siempre'? ¿Desde cuándo se estaba preguntando él si hacía lo correcto? ¿Por qué se preguntaba si hacía lo correcto, si únicamente la había cuidado y protegido siempre? ¿Era posible que él estuviera afrontando emociones tan conflictivas como las suyas propias? ¿O estaba buscando significados donde no los había? Pero si él se había preocupado solo por su bienestar ¿Por qué exponía ese conflicto interno, si no le había causado en ningún momento daño alguno?
Cada vez que se justificaba a sí misma con esto último, su mente la azotaba con la misma pregunta ¿Qué era lo que Albert consideraba incorrecto? y su corazón le respondía que era por la misma necesidad que ella sentía de encontrarle desesperadamente tras su marcha. Esa necesidad que ella se negaba a sí misma, argumentándose que era con Terry con quien quería estar... Sin embargo, no era con él con quien se había quedado en Rockstown. Ella podría haberle ayudado también a levantarse, tal como le rogara su madre, pero no lo hizo. Siguió buscando a Albert, siguió añorando a Albert, seguia esperando noticias de Albert...
Reconocer que sentía algo más que pura amistad por él la hacía sentirse como una traidora hacia Terry ¿Podría haberse empezado a enamorar de Albert mientras aún amaba a Terry?
Anthony volvió a su memoria en aquel momento. Amar a Terry no había significado dejar de amar a Anthony. Aún soñaba con él, con sus rosas, con sus risas, sus juegos, sus dulces palabras y su muerte. Sobre todo su muerte, la seguía despertando en noches de pesadilla. Había llegado a detestar inicialmente a Terry por burlarse de él, pero gracias al mismo Terry comprendió que la vida seguía. Y de hecho, por eso mismo empezó a amarlo. La vida debía continuar. Que continuara no conllevaba el olvido. Continuar era renacer y convertir en tesoros los recuerdos de aquellos que habían quedado atrás.
Volviendo a su carta, Candy creyó percibir que la colina también guardaba un significado especial para Albert. Allí había querido desvelarle toda la verdad. Hubiera podido hacerlo en cualquier lugar. El broche, ese emblema, se encontraba en más de un rincón de cualquiera de las propiedades Andrew que ella había visitado. Además ¿Qué importancia tenía que ella lo viera o no joven? Eso era algo que Albert siempre parecía lamentar ¿Qué claridad creyó ver en sus ojos? ¿Qué imaginaba él que ella había comprendido?
Lo único que recordaba Candy de aquel momento era pensar que era real, que él siempre había existido, que era una de las personas más maravillosas en su vida, que solo quería permanecer en sus brazos...
¿Y la verdadera Candy? Habían convivido años en el apartamento y meses en Chicago... ¿Qué verdadera Candy esperaba ver que no hubiera visto ya? ¿Era posible que él estuviera pasando por el mismo conflicto que ella? ¿Que sintiera algo más que una bonita amistad y que temiera sobrepasar los límites e, incluso, traicionar su propia amistad con Terry? Ya en el hospital demostró su reserva a exponer cómo se sentía, llegando a huir de allí. En muchas ocasiones lo había encontrado observándola pensativo pero nunca llegaba a exponer lo que pensaba. Era realmente irritante y algo en su interior le gritaba que esas palabras eran su forma de implorarle que fuera ella la que interpretara.
Con Terry había sido tan fácil. Él simplemente estallaba en su ira y sacaba lo que llevaba en su interior, mostrando todo lo que contenía bajo su fachada de chico rebelde e independiente. Pero Albert no era así. La única vez que llegó a hacer algo mínimamente parecido fue en la anulación de su compromiso. Ni ella misma se hubiera atrevido a contradecirle en aquel momento.
Tomó las hojas en blanco que había llevado consigo para responderle y comenzó su respuesta. Si Albert quería que ella interpretara, ella le mostraría lo que ella podía llegar a interpretar, si él no le daba más detalles. Dos podían jugar a este juego.
"Para el príncipe de la colina:
..."
Continuará...
Referencias a "Candy Candy La historia definitiva", de Keiko Nagita
Pg. 9-10 - Se descubre el verdadero motivo del sobrenombre de la Srta. Pony
Pg. 349 - Carta al Dr. Donald Martin - sobre la inexistencia de clínica u hospital en el pueblo.
Pg. 319 - Carta para el Dr. Frank Campbell - agradeciendo los tratados de medicina que él había regalado.
Pg. 370 - Carta de respuesta de Albert para Candy. Parcialmente reproducida aquí.
Pg. 371 - Carta de Candy para Albert, narrando cómo Albert se descubrió como príncipe de la colina... ¡Cómo si él no hubiera estado ahí para saber todo eso!
Pg. 379 - Querido Albert - Candy recuerda que se enteró de la separación de César y Cleopatra.
