Disclaimer: Algunos de los personajes no me pertenecen, Stephenie Meyer los creo en su preciosa cabecita, yo solo juego un poquito con ellos. La historia es mía.


Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)


Nueve meses después, septiembre de 2014

Jasper ingresó al edificio de Cullen's INC LA, casi dando brinquitos de lo feliz y nervioso que estaba. Necesitaba a sus hermanos. Lo supo desde el momento en el que recibió la llamada que había estado esperando por años. Tal vez unos años antes se habría escapado sin decirle a las entrometidas de sus hermanas ni a sus parejas, que les tenían tanto miedo que con solo una mirada les sacaban toda la maldita sopa. Ahora ya no. Si algo le había enseñado su traumático divorcio era que no debía estar solo todo el tiempo.

Ya no eran solo Isabella, sus padres y él, ahora tenía a su hermana perdida y a sus dos cuñados que, con el paso de los años, se convirtieron en sus hermanos, los únicos, además de sus padres, con la calma mental que necesitaba en ese momento.

—¡Detengan el elevador! —pidió, apresurándose hacia él. Una mano impidió que las puertas terminaran de cerrarse para dejarlo entrar. Una sonrisa de sorpresa se le escapó cuando vio quién fue la amable persona que le hizo el favor—. Afton, volviste —musitó, estrechando su mano. El exnovio de Ilaria asintió, muy orgulloso de sí mismo.

—Edward y Raoul prácticamente me rogaron que volviera. Aunque es solo para capacitarme. Me pidieron que sea codirector de la sucursal en Australia.

—La que están construyendo —comentó Jasper. Afton asintió—. Me alegro por ti. Comenzaba a pensar que los Vulturi te tenían secuestrado para seguir usándote como excusa para no dirigirle la palabra a mi hermana.

Afton lanzó unas risitas.

—Lo intentaron —bromeó—. Espero que ahora que Ilaria está embarazada, se calmen un poco.

Jasper tenía el mismo deseo. Su hermana merecía tener cerca a las personas que la criaron, sobre todo ahora que estaba por convertirse en madre.

Se despidieron cuando Afton bajó en el piso doce. En cuestión de segundos, Jasper ya estaba caminando hacia la oficina de Edward.

Su secretaria no estaba en su puesto, por lo que se atrevió a entrar sin anunciarse. Para su sorpresa, Raoul estaba ahí también. Ambos le sonrieron a modo de saludo.

—¿Están las chicas aquí? —les preguntó. No había pensado en eso. Si las gemelas estaban en el edificio, no podría llevarse a sus maridos sin que ellas lo supieran.

—No. Están en la decoradora —respondió Edward—. ¿Ocurre algo?

—Necesito su ayuda. Andando —ordenó, caminando a la puerta de cristal. Edward y Raoul se miraron confundidos—. Vamos —insistió. Al ver sus prisas, ambos se pusieron de pie, apresurados. Siguieron a Jasper por el pasillo, no sin antes avisarles a sus respectivas asistentes que saldrían.

—¿Se puede saber a dónde estamos yendo? —le preguntó Raoul cuando subieron al auto de Jasper.

—A la joyería —respondió él. Edward lo miró con las cejas alzadas y una sonrisa cómplice—. No pensaban que iba a esperar un año, ¿cierto?

—Bueno, hasta que alguien recuerda que el tiempo corre —soltó Raoul.

—Las chicas no pueden saber nada de esto, ¿de acuerdo?

—Vamos, Jasper, ellas saben guardar un secreto mejor que nosotros, seamos realistas —le dijo Edward.

—El secreto no me importa, Natasha sabe que es el siguiente paso. Lo que me preocupa es que ese par no me va a dejar de molestar y hasta terminarán por arruinar la sorpresa.

—En ese caso, regresa. Están saliendo de la decoradora —advirtió Edward, al ver a su esposa e Ilaria de pie en la acera frente al edificio, con Cynthia, Irina y Natasha.

—Demonios —masculló Jasper, al tiempo que Irina se giraba hacia su dirección. Los vio. Edward le hizo una seña a su hermana, antes de que Jasper reaccionara y tomara reversa para salir de esa calle. No pasó mucho tiempo antes que Edward recibiera la llamada de Irina. Respondió por medio del altavoz.

—Buenas tardes, hermana —saludó.

¿Qué están haciendo?

—Vamos a la joyería. ¿Bella, Ilaria y Natasha nos vieron?

No estoy segura. Vamos a almorzar a Rodeo, manténganse lejos de ahí. Jasper, ya era hora.

Los tres rieron, Raoul, incluso, murmuró algo como "vaya que sí".

—Gracias, Irina —respondió Jasper. Irina terminó la llamada—. No va a decir nada, ¿verdad?

—Si no dijo nada de la carta de mi madre, puede guardar este secreto.

—Que no es un secreto.

—Pues eso parece. Estás haciendo que hasta la pobre Irina le mienta al dúo del mal —rio Raoul—. Si la descubren, la van a despellejar.

Edward y Jasper lanzaron unas risitas.

—¿Qué se siente tener al dúo dinámico junto después de casi veinte años?

—Fantástico —dijo Jasper—. La familia por fin está completa. O lo estará, en todo caso.

—Y volvemos al tema del anillo. ¿Cómo es? —preguntó Raoul.

—¿Qué tal los antojos, Raoul? —soltó Edward entre risas. Raoul golpeó el respaldo de su asiento.

—No me digas que tú no compartiste síntomas con la Princesa, porque a veces te pones tan insoportable como ella en sus días buenos.

—Por cierto, ¿he estado alucinando o no estás desayunando tus pimientos de siempre? —inquirió Jasper. Edward apretó los labios, mirando hacia la vía, haciendo que sus hermanos abrieran los ojos de par en par al entender lo que estaba ocurriendo.

—¡No! —exclamó Raoul, acompañando las carcajadas de Jasper. Edward asintió, alzando dos dedos—. ¡NO!

—¿Qué? —musitó Jasper, deteniendo el coche a medio camino—. ¿Son dos?

—Mellizos, parece. Y si Bella se entera que ya les dije, me va a matar, así que cierren la boca. Ella quiere decírselo a la familia una vez que hayan pasado las doce semanas de riesgo.

—Existen los métodos anticonceptivos, Edward, lo sabes, ¿no? —se burló Jasper, reanudando camino hacia la joyería.

—Tenemos una suerte horrible con ellos, Jasper. Con Vanessa, a Bella se le olvidó tomar las pastillas no sé cuántos días, con Joey los cálculos nos fallaron, y ahora el maldito condón se rompió. Yo creo que después de estos dos, nos vamos a tener que operar —se quejó, pasándose una mano por el rostro. Jasper y Raoul se rieron.

—O dejar de tener una noche de adultos, lo que les duela menos —soltó Raoul, sin dejar de reír—. BrujiBella sabe planear fiestas, pero no bebés, que divertido.

—La buena noticia es que hacen bebés tan hermosos como fiestas. Felicidades, hermano.

—Felicidades, viejo. El cuarto es el vencido.

Edward lanzó unas risitas.

—Gracias.

Jasper se estacionó frente a la joyería. Antes de bajar, miraron a ambos lados, asegurándose que las chicas no estuvieran cerca.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarles? —los saludó una vendedora detrás de la vitrina principal.

—Soy Jasper Swan, tengo…

La vendedora asintió, interrumpiéndolo.

—Por supuesto, señor Swan. Estábamos esperándolo. Acompáñenme por aquí, por favor.

La vendedora los guio hacia un salón privado, rodeado de exhibidores con gran variedad de anillos de compromiso, impresionantes collares de diamantes y demás gemas, oro, plata… Aquí la Princesa se la pasaría en grande terminando con la fortuna de su familia.

—Aquí fue donde compré el anillo de Ilaria —dijo Raoul después que les sirvieran un poco de champagne.

—Creí que fue en Nueva York.

—No. Allá compramos las alianzas. Solo lo vi en el aparador y el resto es historia.

—¿Qué? ¿Lo decidiste así de la nada?

—Ciertamente no pensé comprar el anillo ese día, Edward. Era algo que ya tenía en mente, pero no sabía cuándo hacerlo. ¿Tú qué? ¿Un día te levantaste de la cama y pensaste "hoy voy a encargar ese anillo"?

Edward sonrió.

—Algo así. Sabía desde el primer momento que quería casarme con ella. Teníamos solo una semana como novios cuando dibujé el anillo y lo envié a Londres… De hecho, iba a hacerlo en el coctel que nos organizaron mis padres, pero…

Jasper asintió, dándole unos golpecitos en la espalda.

—Habría sido una linda sorpresa.

—Y peligrosa. Si eso ocurrió con prácticamente nada, solo Dios sabe lo que habría pasado si te declaras con tu ex presente.

—Señor Swan —saludó el gerente de la joyería, entrando al privado con una caja negra en las manos—. Buenas tardes, me alegro que haya encontrado el tiempo para venir hoy.

—No podía no hacerlo. Mis cuñados me acompañaron: Edward Cullen y Raoul Parker.

—Es un gusto conocerlo, señor Cullen. Recuerdo al señor Parker. Por cierto, muchas felicidades.

—Muchas gracias —respondió Raoul.

—Por favor, tomen asiento —pidió, dejando el cofre en la mesilla. Lo abrió con mucho cuidado, revelando una cajita musical en miniatura—. Háganos el honor, señor Swan.

Jasper tomó la cajita y la abrió. No les sorprendió la suave música que salió de ella.

—Antes de mudarnos a Los Ángeles, le di una caja musical —explicó ante los fascinados y confundidos rostros de sus cuñados—. Creí que sería un buen detalle.

—Es una idea magnífica —le dijo Edward.

El gerente tomó el anillo entre sus dedos cubiertos por guantes blancos.

Era hermoso. El ópalo blanco con destellos tornasolados se encontraba rodeado por doce pequeños diamantes, todo sobre una delgadísima banda de oro. Nada más. Parecía el sol en un anillo. Justo lo que Natasha merecía.

—Es aún mejor de lo que había imaginado —dijo Jasper—. Muchas gracias.

—Fue un placer.

—¿Qué opinan?

—Que no sabemos por qué necesitabas nuestra ayuda. Es obvio que hiciste un trabajo excelente —respondió Edward.

Jasper les sonrió.

—De acuerdo, no era exactamente ayuda lo que necesitaba. Sin ustedes, el dúo dinámico y mis padres, no estaría aquí. Sé que todos ustedes piensan que cometí un error al involucrarme con Alice, pero yo no lo considero así. Tengo a Tyler, a Jacqueline y a Cynthia, eso es suficiente para que no me arrepienta de esos cuatro años.

—Creo, bueno, creemos —corrigió Edward, mirando a Raoul, él asintió—, que en realidad obtuviste un aprendizaje. Siempre debes luchar por lo que realmente quieres, Jasper, no te conformes por nada. Eso era por lo que luchaban tus hermanas. Sabemos lo insoportables que pueden llegar a ser, pero te aman, tú eres su verdadero héroe y quieren que seas feliz.

—Son un par de brujas —soltó Jasper, riendo.

—Eso no lo vamos a negar. Y si hay algo más en lo que te podamos ayudar para hacer tu declaración aún mejor, cuenta con nosotros.

—Bueno, ya que lo dicen… Tengo unas cuantas ideas.

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.

.

Hacía seis meses que se había establecido en Wyoming junto a Charlotte, ¿y a quién se fue a encontrar allá? A su novio de la secundaria.

Bien dicen que si las cosas están destinadas a pasar, pasarán.

Volvió a ver a Charlotte en Jackson, días después de que regresó. Se había estado quedando en el hotelito donde ella trabajaba como recepcionista, y la invitó a su casa a quedarse "el tiempo que ella quisiera". Cuando ahorró lo suficiente para comprar un departamento en Wyoming, hizo que su amiga de la infancia empacara sus cosas junto a ella y la acompañara. Nunca se había sentido más feliz. Por eso, cuando se encontró con Gustavo en el supermercado, dos meses después de su llegada, sintió que la vida al fin le sonreía.

Gustavo la invitó a una cita tras otra, a los tres meses las cosas entre ellos simplemente retomaron el curso que habían dejado en la secundaria.

Esa era la noche de su primera cita como novios oficiales. Alice estaba temblando de nervios y emoción, tanta que tuvo que llamar a Heidi y Liam para que, junto a Charlotte, le ayudaran a elegir su atuendo para esa noche.

Poco a poco se había deshecho del chip que le habían implantado los Swan, pero no olvidó sus enseñanzas. Ninguna. Aún mantenía los tobillos bien juntos cuando se sentaba, o seguía saludando a la gente con la cortesía y la elegancia digna de una princesa, no se paraba de la mesa hasta que todos hubieran terminado, y no comenzaba a comer hasta que todos tuvieran sus platos frente a ellos. Solo charlaba con la persona a su derecha y correspondía a los intentos de la persona a su izquierda. No se presentaba a sí misma hasta que alguien lo hiciera. Tomaba sus copas de vino del poste, no del cáliz. Sabía qué cubierto elegir aun en una mesa informal, qué joyería portar para un evento de noche o de día, los dress codes aún los tenía tatuados en la mente. Y entendió, por sobre todas las cosas, que ella era responsable de sí misma, de sus acciones, nadie más.

Gracias a la ayuda de sus amigos, terminó con una blusa amarilla sin hombros, con mangas largas y flores estampadas, jeans negros, sandalias altas de color amarillo, un maxi collar del mismo color, con aretes negros y un clutch negro con lentejuelas bordadas.

—¡Alice! ¡Gustavo está aquí! —avisó Charlotte.

—¡Ya voy! —respondió ella, mirándose en el espejo. Antes de salir, se quitó el brazalete de lentejuelas negras. Se debatió entre quitarse el anillo de compromiso o no. A pesar de que lo usaba en la mano derecha, convirtiéndolo en su accesorio del diario, no quería llamar la atención hacia él. Pero es que era hermoso…

No. Era su sello. Gustavo ya sabía por qué lo usaba. Quería recordarse, llevándolo, a la persona en la que nunca querría convertirse otra vez, mientras que, al mismo tiempo, atesoraba su pasado como parte de ella.

Salió de su habitación, sonriéndole a su novio.

Había preparado una pequeña fiesta para su cumpleaños, con su familia. Alice ya los conocía, por supuesto, pero con todo lo que ocurrió un año atrás, no esperaba con impaciencia saludarlos.

Los tres fueron en el auto de Gustavo. Su casa no quedaba lejos del departamento de las chicas.

No se había dado cuenta de lo aterrada que estaba hasta que Gustavo detuvo el auto frente a su casa. De pronto, todos los recuerdos de las gemelas a la defensiva, de Charlie y Renée listos para intervenir, de Jasper avergonzado… Todo le golpeó como un camión de carga.

—No estés nerviosa —le dijo él, presionándole la rodilla—. Ellos te adoraban cuando estábamos en la escuela.

—Antes de todo el escándalo que hice con mi divorcio, y lo de Clarissa…

Gustavo torció el gesto.

—Vamos. Estarás bien.

—Les dijiste que soy yo, ¿cierto?

—Por supuesto. Tenía que advertirles que fueran amables.

—Gustavo, cállate ya —lo regañó Charlotte, sacudiendo la cabeza, haciendo que sus rizos rojos brincaran por el movimiento. Gustavo le dedicó una sonrisa apenada a Alice, diciéndole todo lo que necesitaba con sus lindos ojos color miel. Ella le guiñó un ojo, abriendo su puerta.

Al entrar a la linda casa, Alice se quitó el abrigo dándoselo a Gustavo para que lo guardara en el armario, justo cuando toda la familia Allen se acercaba a ellos, comandados por los padres de Gustavo.

Para su sorpresa, su madre, Regina, la abrazó animadamente, diciéndole "que bueno verte otra vez". Era justo como la recordaba, tan cálida y amable, como Clarissa nunca lo fue. Una verdadera madre.

—A mí también me da gusto verte de nuevo, Regina —respondió Alice, sonriéndole.

—Me alegro que este jovencito no te haya espantado lo suficiente como para no venir. Le dijimos que tú siempre serías nuestra Alice, no importa qué —le dijo Gustavo padre.

Ellos fueron las primeras figuras paternas que conoció, antes de Charlie y Renée. Era como volver a casa, después de todo.

—Gracias.

Estaban todos amontonados en la sala, listos para ver a la emblemática nueva Alice. ¿Lucía tan diferente como se sentía? Eso parecía a juzgar por las miradas que la familia le dirigía.

Hacía años que no los veía. Había terminado con Gustavo cuando decidió que quería mudarse a California a seguir su sueño de ser diseñadora de modas, él se quedaría en Mississippi a trabajar en el taller mecánico de la familia y, tal vez, cursar algunas clases en Ole Miss cuando acabara la escuela. Ella quería más que eso, por eso decidieron separarse por las buenas. La última vez que se vieron fue en el cumpleaños diecisiete de ella. Los Allen le organizaron una fiesta de despedida, a falta de intenciones por parte de Clarissa y Benedict. Le desearon suerte y le prometieron que estarían a su disposición si las cosas en California no prosperaban.

Se sentía como toda una vida.

No los invitó a su boda con Jasper, ni a los bautizos de Tyler y Jacqueline, o al debut de Cynthia, a quien adoraban, también. Se había olvidado por completo de ellos, y, sin embargo, ahí estaban, dándole la bienvenida como hija pródiga.

—¿Dónde está tu hermana? —le preguntó Regina, haciéndola sentarse a su lado en el sillón.

Alice torció el gesto, dirigiéndole una mirada a Gustavo, que estaba en el minibar de la casa, sirviendo los tragos de ambos. Él asintió, animándola a responder.

—Ella decidió quedarse en California —musitó—. Era lo mejor. No queríamos que volviera con mis padres y no sabía en dónde iba a quedarme después, así que como la adulta que es, tomó su decisión.

Los Allen entendieron que ese tema era delicado, así que no hicieron más preguntas.

—Vimos las fotografías de su debut. Está hermosa.

Alice asintió, sonriendo.

—Lo está, sí.

—¿Qué estudia?

—Finanzas. Trabajará con la familia en la constructora o en la decoradora, aún no sabe bien.

Un silencio se levantó en la sala antes de que una de las primas recordara que había juegos de mesa esperándolos.

Al principio, Alice se sintió rara, mirando la mesa del comedor que solo tenía bocadillos, casi extrañando no estar ahí con una cena de tres tiempos, una copa llena de vino y otra de agua, cubiertos que, quizá, no serían necesarios…

… pero con el pasar de los minutos, se fue soltando. Esto era diferente, y le encantaba.

Se divirtió como niña, jugando Scrabble, Charadas, UNO…

Si así iban a ser las reuniones familiares de ahora en adelante, las aceptaría encantada.

Mientras organizaban otros juegos, Alice decidió salir a tomar un poco de aire. Había retomado el curso de su vida pre-familia Swan con lentitud, un día a la vez… Reencontrarse con los Allen y que pareciera como que nada había cambiado, después de un rato, la abrumó. Es que habían cambiado muchas cosas, tal vez hasta demasiadas…

No podía fingir que era igual a la niña de diecisiete años que dejó su tranquila y sosa vida sureña para vivir el sueño californiano, no quería tener que hacerlo. Ella había vivido en una enorme mansión, con gente que lo hacía todo por ella, con muchas tarjetas de crédito en la cartera, miles y miles de dólares para gastar en joyas y en ropa… Esa fue su vida, y no podía eliminarla de su sistema de la nada.

—Desde que supimos de tu divorcio me pregunté muchas veces si nosotros habíamos tenido parte de la culpa por dejarte ir a California tan fácil —murmuró Regina, uniéndose a ella en la terraza. Alice la miró, sobresaltada por la sorpresa—. Sabíamos que ibas a hacer algo grande con tu vida, pero pudiste hacerlo en Jackson. Esa familia jamás habría puesto un pie en la ciudad, así que no los habrías conocido y no hubieras tenido que pasar por todo eso. Debimos pelear un poco más por ti y por Cynthia… Tú solo querías huir de ahí, lejos de Clarissa, lejos de la gente que las miraba con lástima por esos padres tan horribles que les tocaron, por eso aceptamos tan bien que dejaran la ciudad, no podíamos retenerlas en un lugar donde no se sintieran felices.

Alice le sonrió, comprensiva.

—Nuestra vida en California y con los Swan no fue mala, Regina. La verdad es que todos nos recibieron con los brazos abiertos. Mi matrimonio fue el verdadero error en esa ecuación. Ahora que lo pienso, creo que Cynthia y yo pudimos ser realmente felices viviendo en una pequeña casa en Los Ángeles, con Tyler y visitas ocasionales de Jasper y su familia, eso habría sido lo correcto. Pero, eso fue hace cinco años, es mucho tiempo, y Tyler nos necesitaba casados para…

—¿Cómo es él? Vimos algunas de las fotografías familiares, luce como un niñito tan hermoso…

—Es fantástico. Todos los días doy gracias a Dios porque no heredó nada de mi familia. Siempre está sonriendo y jugueteando por todos lados. Le encantan los autos de carreras, si lo dejamos en el suelo, libre de arrastrarlos por el mármol, él es feliz.

—¿Y la niña? Aaahmmm…

—Jacqueline. También es una niñita feliz, a pesar de todo lo que Clarissa y yo le hicimos no pierde el espíritu con el que nació. Me recuerda mucho a su tía por la que fue nombrada cuando la conocí: es una lucecita hermosa —sonrió, sintiéndose melancólica al pensar en Tyler y Jacqueline. Los extrañaba con el alma.

—Y ahora no los verás crecer… Nadie debería separar a un hijo de su madre, apuesto que si esas tres mujeres horribles…

—Fue mi decisión —la interrumpió, con un sentido de protección que crecía en su interior por los Swan. Se sentía ofendida en nombre de Renée, Isabella e Ilaria, no aceptaba que nadie se atreviera a poner en tela de juicio su papel de madres. Ninguna de las tres dudaría un solo segundo en dar sus vidas por Tyler y Jacqueline—. Yo quería irme de la ciudad, no sabía a dónde, no sabía con quién… No podría darles la vida que se merecen, y Jasper es un padre sensacional. Todo su mundo gira alrededor de ellos desde el momento en el que nacieron. Si ellos algún día quieren verme, los recibiré con los brazos abiertos, pero tendrá que ser su decisión, yo no apelaré a un derecho de madre que nunca me gané.

Regina pareció entender en ese momento que, de verdad, había cosas que no sabía. Miró a Alice con el ceño fruncido.

—Alice, ¿qué pasó? Dime la verdad.

.

.

.

¿Por qué me dejé convencer de hacer esto?, se preguntó mientras sacaba el enorme cofre rosado de su clóset. Lo dejó sobre su tocador antes de sacar de un doble fondo del cajón junto a su cama la pequeña llave adornada por un listoncito de encaje.

Abrió la cerradura con manos temblorosas y descubrió todos los muchos compartimentos del cofre bajo la expectante mirada de Regina, Charlotte, Gustavo padre y Gustavo hijo.

No le había enseñado ese detalle a nadie, lo mantenía bien oculto de todos, no porque se sintiera avergonzada, sino porque, en teoría, era millonaria al tenerlas. Quería deshacerse de ese estigma, aunque no de las joyas. Su conciencia no se lo permitía.

—¿Usaste todo esto? —le preguntó Regina. Alice asintió—. ¿Dónde?

Alice suspiró.

—Tienen muchas fiestas: bodas, cumpleaños, eventos de la empresa, reuniones familiares, Año Nuevo, Navidades… Mi año no estaba completo si no tenía que arreglarme para corbata blanca al menos una vez. Para cada ocasión, compraba algo nuevo. Este set lo llevé en Inglaterra, cuando su hermana y su cuñado heredaron el emporio —musitó, tomando el collar y los aretes de diamantes montados en oro. Con delicadeza, se los colocó a Regina, haciéndola mirarse al espejo.

—Son pesados —le dijo.

—Bastante —respondió Alice entre risas—, pero pesa más la responsabilidad de saber que, algún día, seríamos nosotros los que recibiríamos otra empresa. Yo quería que ocurriera en ese momento, también. ¿Por qué su hermanita pequeña estaba recibiendo ese puesto y yo no? —soltó, quitándole las joyas a Regina—. ¿Por qué ella tenía un tesoro más grande que el mío, heredado por su tía, y yo solo tenía esto? —masculló, sacando el pequeño estuche negro y abriéndolo para revelar los pequeños aretes de Elizabeth—. Eran de su tía, que murió de cáncer cuando él tenía doce años. La santa y querida tía Elizabeth le dejó estos aretes para que se los diera a su esposa. Él quería que eso fuera para siempre, así que me los dio.

—Y aún los conservas por si te los piden para…

—Natasha. Sí.

—¿Él de verdad te engañó con ella? —le preguntó Charlotte. Alice sacudió la cabeza.

—No de la manera en la que yo lo hice —dijo—, pero siempre fue el amor de su vida. La dejó porque creyó que casarnos sería lo mejor, para Cynthia, para Tyler y para mí. Y por un tiempo lo fue, hasta que ser solo los padres de Tyler y Jacqueline ya no valió la pena. Yo estaba enojada con él por preferir a sus hermanas y a los niños, él ya no me soportaba porque quería las ventajas del apellido sin el trabajo que conlleva. Me metí en muchos problemas con su familia, él se metió en muchos problemas con su familia, y eso fue haciendo mella entre nosotros.

—Entonces, en su fotografía familiar ella apareció en tu lugar y todo acabó —musitó Gustavo hijo, frotándole los brazos. Alice asintió.

—Este fue mi último set —continuó, sacando los aretes, el collar y el anillo de diamantes rosados. Esta vez, los dejó sobre el tocador, solo exhibiéndolos—, el que usé esa noche. El vestido… —murmuró, regresando a su clóset. Se tardó unos minutos en salir, cuando lo hizo, estaba utilizando otra vez el vestido fucsia de espalda descubierta. Le quedaba tan bien como esa vez. Se había calzado también las sandalias, lo que hizo que sus acompañantes no se sorprendieran cuando vieron que se colocaba las joyas que estaban en el tocador.

De otro compartimento del cofre, sacó la diadema que usó esa noche, también; la colocó en su cabello como hizo esa última vez: como una tiara.

Y así, en cuestión de minutos, volvió a ser una princesa de los Swan.

—Guau —murmuró Gustavo, mirándola por el reflejo del espejo.

Se quedó frente al espejo un buen rato, viendo su imagen y recordando lo que fue esa noche y el caos que le siguió. Todo lo que hizo, todo lo que no hizo, lo que dijo, lo que no dijo…

Fue más catártico de lo que esperaba. Todo eso se fue de su vida mientras regresaba las joyas al cofre y se quitaba el vestido y los zapatos para volver a su ropa normal.

A su vida normal.

—Aun con todo eso, jamás podría deshacerme de mis joyas —dijo, volviendo a cerrar el cofre. Lo guardó otra vez en su clóset—. Me dejaron conservarlas y así lo haré, porque, por más que quiera, no podré deshacerme de todo lo que aprendí ahí, de todo lo que viví ahí. Los Swan siempre serán parte de la persona que soy en este momento.

Ahora se sentía más libre que nunca. Esa era la diferencia.

Por fin podía ser feliz sin depender de cuánto dinero tuviera, de cuántas joyas se colgara al cuerpo, de cuánta atención le otorgaran.

Ya tenía la vida que se prometió alcanzar cuando dejó Jackson. No la encontró en Los Ángeles, como creyó. ¿Quién se habría imaginado que la tendría en un lugar dejado de la mano de Dios en Wyoming? Ciertamente, no ella.

Kate Cullen y Jasper Swan se sentirían orgullosos de ella. Ya podría vivir.


Hola, ¿cómo están? Alice se reencontró con personas de su pasado, con quienes la conocieron antes de que se volviera loca, ¿creen que fue bueno o malo? Ella ha reconocido que cometió errores y que la vida que ella pensaba que quería, al final no resulto ser la mejor. Si me lo preguntan, mi parte favorita de este capítulo fue la última: pasaron muchos meses desde que dejo Los Ángeles, pero no fue sino hasta ese momento que pudo librarse de todo lo que vivió ahí. Aunque también diría que me encanto esa mini reunión de Jasper, Edward y Raoul. No pude parar de reír mientras escribía las reacciones de Jasper y Raoul a la noticia de Edward jajaja.

Gracias a Yoliki, Tecupi, piligm, Beastyle, saraipineda44 y Dara por sus reviews en el capítulo anterior, y al resto de ustedes por leer. Espero que les haya gustado este capítulo. Nos vemos en el siguiente y en los reviews. ¡Solo nos quedan dos!

Annie.