Había más humo elevándose en otro punto del pueblo, pero nuestros ojos estaban prendidos del cadáver del elfo.

– Lo han ahorcado – murmuré todavía demasiado anonadada.

Era la primera vez, o eso creía, que veía a una de aquellas criaturas míticas, peligrosas, venenosas y que debían ser exterminadas y no logré que me provocase la repulsión o miedo que debería. Tan solo sentí pena por ver que había muerto tan lejos de los suyos. Sus brazos estaban llenos de cortes y la coraza de cuero que llevada estaba partida y se veían las heridas que había debajo.

– No han muerto por ahorcamiento – susurró Lavina –. Esas heridas son previas. El elfo murió peleando, se defendió. El gnomo, en cambio, murió por una sola puñalada. Probablemente como escarmiento al resto de su tripulación.

– Hemos llegado tarde – murmuré.

– Todavía no – dijo Rivaverde –. Siguen buscando en la orilla este. Eso significa que alguno de ellos cruzó y ha logrado escapar.

– ¿Qué hacemos?

En ese momento, un grupo de orcos apareció en el embarcadero a la carrera y nos gritaron una orden.

– ¡Detened el barco!

Pero antes de que lográsemos obedecer, dos de los orcos apuntaron ballestas hacia nosotros y dispararon.

– Dulzagua, ¡cuidado! – gritó Lavina.

Todos nos agachamos tras la borda. La gnoma se lanzó al suelo y los virotes volaron por encima de donde había estado un momento antes. Estaban apuntando al timonel.

– ¡Puta mierda sagrada!– blasfemó Lavina.

La vi tomar el barril que había en cubierta y usarlo para cubrirse de dos virotazos más, que se clavaron en su madera, mientras llegaba hasta Dulzagua, parapetada tras el timón.

– ¡Dirije el barco! Yo te cubro.

– ¿Hacia dónde, capitán? – chilló la gnoma.

– ¡Aléjanos de la orilla izquierda!

Oí la voz de Pequeña Nutria.

– ¡Tío, hacia los juncos! Dulzagua, llévanos hasta allí.

Miré hacia donde señalaba. Había un meandro medio kilómetro río arriba que estaba cubierto de juncos en la orilla derecha y recordé las palabras que le había dirigido a Pequeña Nutria un borracho en una taberna de Puerto Baden: "Te gusta encontrar cosas por los juncos".

Más virotes y flechas cayeron sobre el Viento Bueno, clavándose en la madera, y nos mantuvimos a cubierto mientras Dulzagua alejaba nuestro barco del alcance de sus armas y hacia el punto que le habían señalado. Lavina se mantuvo entre la timonel y los enemigos, usando el barril de escudo. Una flecha se atravesó su brazal derecho y, por un momento, me asusté. Luego me percaté de que tan solo había atravesado superficialmente el cuero de su protección.

Las flechas dejaron de alcanzarnos y me asomé con prudencia. Los orcos estaban volviendo hacia el pueblo a la carrera. Esto no había acabado. Había un legado que en breve haría acto de presencia. Rivaverde se puso en pie y miró hacia atrás.

– Sobrino, voy a llamar a las damas. Encuentra rápido a tus pasajeros y súbelos a bordo.

– Sí, tío.

– ¡Daos prisa! – nos apremió Lavina.

Dulzagua maniobró el Viento Bueno hacia la orilla derecha del meandro. La velocidad del agua eran mucho menor y veíamos el fondo de arena del río demasiado cerca. Corríamos el riesgo de embarrancar. Pequeña Nutria no esperó a que el barco se hubiese detenido y saltó al agua. No necesitó decirme nada, lo seguí, porque yo estaba con él cuando ese borracho en Puerto Baden le dijo que buscase cosas por los juncos.

Justo cuando saltaba pensé que probablemente debería haberme quitado antes la coraza de cuero y la capa. El frío del agua me dolió al sumergirme. Pero el río era tan poco profundo y lento allí, que golpeé el fondo de arena con los pies y me empujé hacia arriba. Tomé aire, volví a hundirme y, tras dos saltos más, pude hacer pie y caminar tras Pequeña Nutria.

Seguí lo mejor que pude a mi compañero. Salió del agua y se adentró entre los juncos con la destreza de un gazapo entre las zarzas mientras yo apartaba cañas, tropezaba y trataba de no perderlo de vista. No me percaté de que se había detenido hasta que choqué con él.

Delante nuestro había dos elfos. Una elfa y un elfo más concretamente. Ella se puso en pie y levantó una vara de combate protegiendo a su compañero. Llevaba ropas de lo que parecía lino en tonos ocres y protecciones de cuero por todo el cuerpo. Era una armadura ligera, pero el diseño era diferente a nada que hubiese visto hasta el momento y me desconcertó. Su larga cabellera negra y lacia estaba recogida parcialmente hacia atrás con varias trenzas. No fui capaz de determinar su edad, era adulta, pero sus formas espigadas y su rostro afilado me desconcertaban. Vi que había colocado una capa sobre su compañero. Él no se movió del suelo. Estaba encogido alrededor de una mancha de sangre sobre su estómago. A todas luces estaba herido y ella había tratado de parar la hemorragia por medios mundanos.

Pequeña Nutria levantó las manos y susurró en un idioma que no entendí. La elfa no pareció convencida, porque aferró el bastón con más determinación y la vi murmurar unas palabras, que reconocí como el comienzo de una invocación a la magia. Era muy mala idea lanzar un hechizo si había un astirax por la zona.

– Espera, espera –le dije.

Aparté a Pequeña Nutria y me situé frente a la elfa. Me enderecé y respiré despacio tratando de transmitirle calma. Pude notar que en esa postura le estaba exponiendo todos mis órganos vitales. Era el equivalente a mostrar la barriga para un perro. Ella se detuvo y me miró, esperando algo. Y, llevada por una súbita inspiración, abrí las manos mostrándoselas, me llevé la derecha al pecho e incliné la cabeza en un saludo. No supe, en aquel momento, de dónde me vino esa idea, pero funcionó, porque la elfa bajó su arma y preguntó en idioma ereño:

– ¿Quiénes sois?

Tenía un acento muy curioso y su voz sonaba más áspera de lo que yo esperaba.

– Nos envían para sacaros de aquí – dijo Pequeña Nutria –. ¡Debemos ir a nuestro barco ya! No tenemos tiempo.

La elfa señaló a su compañero en el suelo.

– Necesita magia para curarse, pero si lo hago llamaré al ástirax. Hay un legado, ha matado a uno de nosotros.

– Lo sabemos – le dije –, vamos a llevaros a nuestro barco.

Tomé uno de los brazos del elfo y lo pasé sobre mis hombros. Ella tomó el otro y cargamos con él hacia el Viento Bueno. Lo oí quejarse, todavía estaba vivo, pero dudaba que fuese a durar mucho, había demasiada sangre. Era muy delgado, y apenas un poco más alto que yo. Era la primera vez que veía a un elfo tan de cerca… o eso creía. Tenía el cabello negro, igual que su compañera, recogido parcialmente en trenzas hacia atrás.

Pequeña Nutria nos abrió paso entre los juncos y salimos a cubierto del Viento Bueno. Desde la otra orilla pude oír voces en orco. Nos acercamos a la borda y vimos a Lavina inclinarse hacia nosotros cuando trastabillamos por el agua hasta ella.

Primero agarró al elfo inerte y lo subió a bordo con un solo brazo. Después le dio la mano a su compañera y la ayudó a bordo también. Luego me ayudó a mí y Pequeña Nutria fue el último.

– ¡Estamos todos! – gritó Lavina –. Vámonos.

Dulzagua hizo virar el barco, las velas se inflaron y por un momento creí que lo íbamos a conseguir. Pero, al ponerme en pie, vi a la criatura corriendo por la orilla para alcanzarnos. Era una especie de lagarto dentado acuático muy grande. Se movía a una velocidad pasmosa sobre sus cortas patas torcidas, ondulando sobre el terreno. Su carne se había desgarrado en varios puntos. Era el Astirax. Había poseído a algún tipo de criatura acuática.

– ¡Cuidado! ¡Astirax! – grité.

Vi que Lavina había preparado nuestro surtido de armas sobre la cubierta en nuestra ausencia. Así que tomé una de las ballestas de inmediato y la tensé. Lavina se volvió a tiempo para verlo saltar al agua y enfilar hacia nosotros nadando como una maldita anguila gigante. La guerrera tomó el arco, arrancó una de las flechas de la cubierta y disparó frente a la estela que iba dejando.

– Ya nos han visto. Ahora, ya no importa – dijo la elfa.

Se agachó junto a su compañero, posó las manos sobre sus heridas y empezó a recitar algo. Él estaba muy pálido y yo dudaba incluso que la ayuda de su magia llegase a tiempo. Pero no me entretuve en mirar el proceso. Apunté a la estela que nadaba hacia nosotros, calculando la trayectoria, y disparé cuando estaba a apenas diez metros. No sé si llegué a herirle, se movía demasiado rápido. Dos segundos más tarde la bestia saltó por encima de la borda, impulsándose desde el agua en un salto antinatural.

Lo recibió Lavina, con una segada de su espada larga en mitad del salto que le dejó un tajo en el abdomen, por donde se derramaron vísceras y lodo.

Pero aquella cosa ni se inmutó, ni mostró dolor alguno. Cayó sobre sus patas, pisándose las propias entrañas y se lanzó hacia los elfos. Iba a por la magia que había olido. Lavina cargó contra la bestia y la golpeó en el costado haciéndola tropezar e interrumpiendo su ataque. La criatura rodó sobre la cubierta y se levantó sobre sus patas de nuevo.

Disparé de nuevo la ballesta y el virote se clavó en su cuello. Lavina volvió a interponerse en su camino y descargó la espada dos veces sobre su cabeza. La criatura retrocedió ante la fuerza de los golpes pero, de pronto, se movió tan rápido que no pude verlo. Sus fauces se cerraron sobre la pierna de Lavina y la oí gritar de dolor. Creo que yo también grité cuando aquel engendró sacudió la cabeza y lanzó a la humana contra el mástil. Lavina cayó al suelo y la bestia volvió su mirada hacia la elfa que todavía estaba hechizando. Entonces oí a Pequeña Nutria gritarle:

– ¡Eh, ástirax! ¡Aquí!

Y cuando miré hacia él, me quedé anonadada. El gnomo alzó los brazos y, con un fogonazo, un pájaro de fuego se desplegó sobre él. ¿Qué demonios? ¿Estaba lanzando un hechizo? Sí, estaba hechizando, porque el ástirax no mordió aquella ave de presa flamígera que se le lanzaba encima. Abrió las fauces y los bordes del pájaro se difuminaron en volutas doradas que fueron absorbidas hacia la boca del ástirax. Esa aparición era solamente eso: una aparición, una ilusión. Pero la magia que la había creado era real… y el canalizador que había invocado a la magia era Pequeña Nutria.

Sin tiempo a recargar la ballesta, desenvainé la daga y pretendí clavarla en los flancos de esa aberración. No logré ni acercarme. La cola del saurio me golpeó con una fuerza brutal y me derribó.

La ilusión desapareció a los pocos instantes absorbida por el vacío en la boca del ástirax y tras ella quedó solo Pequeña Nutria. Desde el suelo vi cómo el ástirax avanzaba hacia él con las fauces abiertas. Pequeña Nutria trató de retroceder pero, de pronto, se quedó inmóvil, se puso pálido y cayó de rodillas ante el ástirax tratando de encontrar un aire que le faltaba. El miedo me llenó y me empujó con tanta fuerza que no sé de dónde saqué el instinto.

Corrí hacia Pequeña Nutria, me deslicé sobre la sangre y vísceras que había sobre la cubierta y llegué hasta él justo cuando la sombra del Astirax se cernía sobre nosotros, sus fauces cayendo para dar el golpe final. Abracé al gnomo y llamé a las sombras.

"Por favor, por favor… no le dejéis morir..."

Sentí un suave tirón que me arrastraba y me aferré cabezotamente a Pequeña Nutria. No pensaba ir a ninguna parte sin él. Sentí que surgía a algún sitio sobre una cubierta de madera…

Estaba junto al mástil, a su sombra. El ástirax a unos pocos menos de nosotros mordió el suelo, donde habíamos estado unos segundos antes. Lavina, a nuestro lado, se puso en pie apoyándose en el mástil y aferró su espada larga. Todo su pantalón estaba manchado de sangre que también goteaba sobre el suelo.

El ástirax pareció confundido y miró alrededor buscando a su presa. Pero ya no había magia activa así que decidió cargar contra los rivales más cercanos: nosotros.

En ese momento, fue cuando el elfo cayó sobre él. Llevaba dos espadas cortas curvas. Una la clavó sobre la cabeza del ástirax. Mientras el lagarto trataba de girarse hacia ese nuevo rival, vi al elfo pasar una pierna sobre el animal y situarse a horcajadas sobre él, quitándose del alcance de sus garras y mandíbulas. Deslizó el cuchillo bajo la garganta de la criatura y la degolló.

El ástirax permaneció unos instantes debatiéndose débilmente, hasta que dejó de moverse. Entonces, el elfo lo soltó y aquel engendro cayó al suelo, muerto.

– ¿Me has llevado por la sombra?

Bajé la mirada. Era Pequeña Nutria. Todavía lo estaba abrazando. Hubiese llorado de alivio al verlo vivo. En cambio dije:

– No sabía que podías canalizar magia.

– No sabía que podías arrastrar a otros por la sombra – replicó.

– Yo tampoco. Creo que es porque me lo has permitido. Gracias.

– De nada.


ANOTACIONES


Pues sí, Pequeña Nutria es un canalizador mágico y un ilusionista… Y es mejor que siga escondiéndolo si quiere vivir.