16. Victoria para los inadaptados sociales del mundo

Allá por mi noveno cumpleaños, mi madre tuvo una de sus «brillantes» ideas. Ha tenido muchas más desde entonces, pero esta se llevó la palma. Invitó a la mitad de la clase a una fiesta de pijamas, incluso contrató a un organizador de fiestas para que lo planificara todo. Su objetivo era que yo ampliara mi círculo de amistades más allá de Karin. Quizá había tenido una epifanía sobre lo bruja que acabaría siendo mi mejor amiga.

En cualquier caso, imagina la sorpresa, el horror y el miedo paralizante cuando los hermanos Uchiha se presentaron aquel día en la puerta de mi casa. Todo el mundo los consideraba hermanos aunque fueran de madres distintas. Yo era la única que veía lo diferentes que eran. Uno era un ángel, el otro, Lucifer.

Monté una pataleta, quería que Itachi se marchara, pero las «niñas educadas» no se comportan así. Se quedó a dormir y al final el daño no fue tan irreparable como pensaba. Solo acabé con un sarpullido de los polvos picapica que me echó en el saco de dormir, una reacción alérgica por culpa de las rosas blancas que me trajo y, al día siguiente, un leve color verde en el pelo después de lavármelo con champú.

Para él, fue un aburrimiento en toda regla. Creo que se controló porque era mi cumpleaños.

En eso estoy pensando el día después de la gala cuando me levanto. Bueno, en eso y en que tengo cientos, miles de Umpa Lumpas bailando zumba dentro de la cabeza. Es como si el cráneo me pesara una tonelada y alguien lo hubiera confundido con unas maracas. ¡Parad ya de zarandearme! A esta sensación le sigue otra: no puedo respirar, literalmente. Algo me comprime los pulmones. Me duele cada vez que intento respirar y me pongo muy nerviosa. Me entra el pánico, abro los ojos e intento liberarme del peso que me está aplastando, mientras combato este maldito dolor de cabeza.

Alguien gruñe cerca de mí y yo me quedo petrificada. Dejo de empujar con las manos lo que parece un muro de acero y me deslizo hasta el borde de la cama. Pero ¿qué...?

—¿Así es como despertáis a la gente en esta familia? —murmura Itachi a mi lado, y me quita el brazo de encima del pecho.

Itachi. Brazo. Torso. Cama. Mi cama.

Con la delicadeza que me caracteriza, suelto un grito en cuanto las palabras que acabo de oír cobran sentido.

—No te acordabas de que estaba aquí, ¿eh?

Un Itachi sin camiseta se despereza y luego bosteza. Mis ojos se pasean por todo su torso desnudo y se detienen sobre sus ondulantes músculos y sus abdominales bien definidos.

—Sí, va a ser eso.

Intento recuperar el aliento y desvío la mirada. La cama cruje, por lo que sé que se ha levantado.

—Ya puedes mirar, estoy presentable.

Lo dice con demasiada chulería para mi gusto, pero me lo merezco. Sabe que le acabo de pegar una repasada. Seguro que es lo que hacen todas las chicas cuando lo conocen. No estoy ciega, soy una adolescente con las hormonas alborotadas, las mismas hormonas que nunca me habían hecho sentir como una pervertida hasta que Itachi apareció en escena.

—¿Cuánto bebí ayer por la noche? —farfullo, levantando las rodillas hasta el pecho y apoyando la cabeza en ellas.

Me vienen a la cabeza imágenes de Sasuke y de Gloria Gaynor, me veo subida a un escenario dando un discurso y a Itachi rodeado de un grupito de chicas con las tetas operadas. Vale, puede que no todas las tuvieran operadas, pero sí que babeaban por él y diría que eso es igual de malo.

—No lo suficiente como para olvidarte de todo.

Resopla y se sienta a mi lado. Me aparta la mano de la cara y me obliga a mirarle. Mientras tanto, yo me debato entre las ganas de vomitar y la necesidad de controlar el ataque al corazón que está a punto de darme. De verdad, estar cerca de Itachi me afecta de una forma muy extraña.

—Lo recuerdo casi todo. A ver, ¿qué sentido tiene emborracharse si luego puedes visualizar hasta la última estupidez que has hecho estando piripi?

—No hiciste ninguna estupidez. Fuiste sincera por primera vez en tu vida, Saku, y eso mola.

Observo la expresión decidida de su cara. De repente, todo cobra sentido y soy consciente de que ayer hice cosas que Itachi siempre me ha pedido que haga. Le planté cara a al chico que llevaba tanto tiempo controlándome. Fui yo misma delante de todo el pueblo, en lugar de comportarme como la Sakura tímida, callada y sumisa. Hice algo increíblemente egoísta: le rajé las ruedas del coche a Sasuke pero me sentí genial haciéndolo, así que no pasa nada.

—Tienes razón, ayer estuve de diez, ¿no?

Itachi se ríe y luego se va a la habitación de invitados, que tiene baño propio. No me preocupa que alguien lo vea salir de mi habitación por la sencilla razón de que no hay nadie en casa. Mis padres suelen tomarse un descanso después de la gala. Este año se han ido a pescar con unos amigos. Y Shikamaru ya se habría hecho notar, así que deduzco que tampoco está.

Me dirijo al cuarto de baño con la intención de no salir de la ducha hasta parecer una pasa, pero algo me detiene.

Cierro los ojos y vuelvo sobre mis pasos hasta que estoy frente al espejo de mi habitación. Me estoy poniendo colorada como un tomate, y no es por el peinado tipo nido ni por los churretones de rímel que tengo por toda la cara. Ni siquiera me importa tener los labios manchados de carmín. Ah, no, todo eso no me preocupa, aunque debería. Lo que de verdad me preocupa es que ¡no llevo pantalones!

He dormido en la misma cama que Itachi Uchiha y he olvidado ponerme los pantalones. Por favor, que alguien me traiga un vaso con cianuro.

Después de ducharme a conciencia y quitarme toda la mugre, decido ponerme algo cómodo para pasar el día. La tiara, que descansa sobre el tocador, es un recordatorio constante de lo que conseguí ayer. Si quisiera, ahora mismo podría convertirme en Karin o en cualquiera de las chicas más populares del instituto. La prueba irrefutable es este subidón de autoestima. Sé que puede parecer un poco superficial, pero siento que por fin he dejado de ser Sakura la Obesa, la perdedora, la amiga gorda de Karin. También sé que el chico por el que creo que empiezo a sentir algo y que es el responsable de casi todas mis pesadillas está en mi casa. Miro de reojo la enorme camiseta raída que tengo en la mano y la lanzo al fondo del vestidor. Seguro que se me ocurre algo mejor. Al final, me decanto por un look más fino y que, a ser posible, no delate que le he dedicado casi treinta minutos. Me pongo unos vaqueros cortos de marca que me compró mi madre, un top blanco de punto con un hombro al aire y añado un toque informal con unas chanclas para lucir las uñas de los pies, que me pinté ayer para la ocasión.

Itachi está abajo, silbando mientras cocina. La imagen es muy parecida a otra bastante reciente, pero la diferencia es obvia. Ahora estoy mucho más pendiente de él. Me gusta mirarlo y estudiar su perfil. Admiro la gracia atlética con la que se mueve de aquí para allá, removiendo, batiendo y girando en el aire. Me encanta cómo se muerde el meñique cuando algo sabe raro. Adoro el leve fruncido de sus cejas cuando se le quema una tostada.

Me acerco a él de puntillas, intentando no hacer ruido. Está de espaldas a mí, preparando café. El olor me arrolla como un tren de mercancías, pero en el mejor sentido. Se me hace la boca agua y los Umpa Lumpas de mi cabeza gravitan hacia la fuente de tan delicioso olor.

—¿Cuánto azúcar le pones?

Vaya, se acabó el sigilo.

—Una cucharada. Ah, y un poco de leche.

Se sienta delante de mí y yo me bebo el café de un trago. Es como el elixir de la vida, sobre todo teniendo en cuenta mi estado mental. No sé a qué viene tanto revuelo con el alcohol. Beber no es divertido y la resaca, menos.

—Tómate esto, pero con la barriga vacía no.

Me pasa un par de ibuprofenos y un vaso de agua. Se me revuelve el estómago solo de pensar en comer, pero consigo tragarme un huevo duro y un par de tostadas. Cuanto más insulso, mejor. Las pastillas me hacen efecto unos diez minutos más tarde, momento en el que los Umpa Lumpas vuelven por fin a la Fábrica de Chocolate.

Me da tanta vergüenza haber dormido medio desnuda a su lado que no me atrevo a mirarlo. Él, por su parte, canturrea en voz baja, lo cual es señal de que está de buen humor. Al parecer, mi falta de ropa no le ha afectado en absoluto.

—¿Por qué estás tan callada? —me pregunta mientras se bebe el café, y arquea una ceja.

Yo me encojo de hombros, tratando de quitarle hierro al asunto.

—Estoy pensando en lo de anoche —digo, y es verdad.

No me refiero a la gala o a ganar el concurso de belleza, sino a lo que pasó después. No es la primera vez que dormimos en la misma cama, pero esta vez algo ha cambiado. Seguro que él también lo ha notado y por eso estaba abrazado a mí cuando me he despertado.

—Sí, estaba convencido de que ganarías —replica con una amplia sonrisa.

Sabía que lo entendería mal, ya contaba con ello.

—Karin debe de estar echando pestes ahora mismo. Me da hasta miedo encontrarme con ella.

Me estremezco, pero lo digo en broma. Ayer por la noche fue como si algo cambiara, como si las inhibiciones que llevo arrastrando toda la vida hubieran desaparecido. Hablar con Sasuke, decirle lo que realmente pienso y admitir que Itachi es mejor persona que él, me ha hecho más valiente. Ahora sé que puedo plantarle cara a Karin. Sigue siendo la misma chica que tiene pánico a las hormigas, la misma con una alergia horrible al cilantro y la que lloró horas y horas sin parar cuando murió Marissa Cooper en The O. C. Sí, la conozco como si la hubiera parido, y saber que es tan humana como yo me ayudará a tomar la decisión de acabar con su sufrimiento.

A Itachi le cambia la cara, no se ha dado cuenta de que estaba bromeando. Lo mío es meter la pata, ¿eh?

—Hasta aquí hemos llegado, Saku, ya basta. Se acabó, ya no tiene poder sobre ti. Si dependiera de mí, después de lo de Kakusu, estaría criando malvas. La vamos a destruir, pero tú tienes que dejar de tenerle miedo.

—Pero es que no me da miedo —lo interrumpo y espero su reacción. Se niega a mirarme a los ojos y sigue comiendo. Tengo que hacerlo bien o esto se me irá de las manos—. Si dejo que se salga con la suya es porque voy un poco justita de autoestima. —Intenta decir algo, pero le interrumpo—. Ya, ya lo sé. Puede que no sea suficientemente bonita, lista y delgada, pero no me merezco todo lo que me hace. Hasta ahora he dejado que me pisoteara porque creía que me lo merecía, pero ahora las cosas han cambiado.

—¿Por qué?

Sus ojos se clavan en los míos. El ambiente está cargado, se puede palpar la tensión a nuestro alrededor. Casi echo de menos que me vacile, que me tire los tejos, incluso al bully que lleva dentro.

—Porque he conocido a un inútil integral que ha conseguido que me diera cuenta de que a veces ser un poco egocéntrico es bueno para el alma.

Me llevo una mano al corazón y suspiro con aire dramático. Luego se rompe el hechizo del momento y a Itachi se le escapa la risa, que es como música para mis oídos.

Holgazaneamos un rato. Aún no son las doce, así que les mando un mensaje a Ino y a Temari preguntándoles si les apetece hacer algo. Sus respuestas son un jarro de agua fría: Ino no puede salir de casa porque ayer casi se salta el toque de queda y Temari trabaja. Casi siempre está trabajando, en lo que le salga. Su madre es una cantante frustrada reconvertida en esteticista. No fue muy cauta con el dinero de su herencia y se lo gastó casi todo en una maqueta que envió a una discográfica para que la contratara. Luego se quedó embarazada y tuvo que abandonar su sueño temporalmente, y volvió al pueblo para criar a su hija. Nadie habla del padre de Temari, ni siquiera ella. Es un tabú para todos. Marie no ha sido la mejor madre del mundo. Aún ahora sigue gastando como si se ganara la vida atracando bancos. Sigue soñando con triunfar, pero, cuantos más fracasos acumula, más se hunde en la miseria. Temari se hace la fuerte, pero sé lo que le está costando ahorrar para la universidad.

Estamos viendo dibujos, Itachi tumbado en el sofá de la sala de estar y yo acurrucada en mi butaca favorita. Le está mandando un mensaje a alguien y no quiero admitirlo, pero me molesta.

Me molesta mucho.

¿Y si es una de las chicas de ayer? Parecían más que dispuestas a darle sus números. Eran todas guapísimas, Itachi sería imbécil si pasara de ellas. Seguro que son más ocurrentes y saben ligar mucho mejor que yo. Ahora mismo estarían haciendo algo más interesante que ver reposiciones de Rugrats. Itachi se ríe por décima vez y yo le tiro un cojín que, cómo no, consigue esquivar sin inmutarse.

—¿Qué he hecho? —pregunta con incredulidad, y yo frunzo el entrecejo.

—No me dejas escuchar los dibujos con esa risita de cerdo. ¡Deja de mandar mensajitos a tus groupies o lárgate! —resoplo, y me cruzo de brazos.

Me mira atónito durante un par de segundos y luego se le escapa una carcajada. El muy imbécil tiene las santas narices de reírse de mí, de burlarse de mis celos, que son más que evidentes. Empiezo a sentirme incómoda y me hundo en la butaca para ver si así puedo desaparecer. Otro tanto para mi boca, victoria para los inadaptados sociales del mundo.

—Estaba hablando con mi abuela.

Se le caen las lágrimas de tanto reírse y le tiembla el cuerpo entero. De pronto, hunde la cara en el respaldo del sofá y le da un puñetazo. Vaya, menuda metida de pata.

—N...no lo sabía. Es que era un poco molesto.

Frunzo el entrecejo y subo las rodillas hasta el pecho. Ahora mismo lo que necesito es que se abra la tierra y me trague. Es que ni me inmutaría si un meteorito impactara contra el planeta y acabara con la raza humana.

—Estabas celosa, Saku, admítelo.

Se está haciendo el chulo, pero le brillan los ojos y yo no puedo evitar que me invada un calorcito por dentro. Le gusta la idea de que esté celosa y a mí me gusta que le guste. Refuerza la sensación de que quizá, solo quizá, para él soy distinta del resto de las chicas de su club de fans.

Pero tengo que representar mi papel, así que pongo los ojos en blanco y resoplo.

—Estás flipando, Uchiha.

—Pero estás celosa. —Me chincha hasta que me pongo colorada.

Esta vez se lo he puesto en bandeja. Tengo que cambiar de tema antes de que se dé cuenta de que tiene razón.

—¿Cómo está la abu Uchiha? Hace siglos que no la veo.

La abu Uchiha es la madre del sheriff Uchiha y una de las personas más guays que conozco. Rompe..., no, tacha eso, fulmina cualquier estereotipo que puedas tener de alguien mayor de sesenta años. Cuando éramos pequeños y vivía en el pueblo con su marido, el abuelo de Itachi, solía ir a su casa muy a menudo porque siempre se ofrecía voluntaria para hacerme de canguro. Aún recuerdo la ropa tan estrafalaria que solía llevar. Tenía un montón de pelucas de todos los colores y las combinaba con unos atuendos a cual más alocado. Un día se ponía una peluca rosa chicle y un vestido hasta los pies, y al siguiente optaba por una peluca negra con pantalones de piel, camiseta negra y chupa de cuero. Además, era la única persona que no permitía que Itachi se fuera de rositas cada vez que me hacía algo. Una vez lo pilló vaciándome una bandeja de hielo por la espalda y le impuso como castigo limpiar todos los váteres de la casa. Obviamente, para mí era un ídolo.

Cuando murió su marido, vendió la casa y se mudó. La gente dice que viaja por todo el mundo y que hace submarinismo en el Caribe; me pregunto si es verdad. Sé que Itachi la ve a menudo, incluso cuando estaba a varios estados de aquí, en la academia militar. Está muy unido a ella, aunque siempre intenta que no se le note. Por lo que sé, antes iba a visitarla cada quince días. Es un blandengue cuando se trata de su abu, por mucho que la gente lo considere el chico malo del pueblo.

No sé si es consciente de que estoy intentando evitar el tema de los celos, al menos no se le nota. Mira la pantalla del móvil y sacude lentamente la cabeza.

—Es la viejecita más chiflada que conozco. Me acaba de contar que el otro día tiró una bomba fétida en una partida de bingo.

Muy propio de ella.

—¿La sigues viendo a menudo?

Itachi asiente.

—Lo intento, pero no quiere que vaya a la residencia. Si por ella fuera, estaría por ahí corriendo con el coche, pero mi padre ha dicho que hasta aquí. No sabes cómo odia ese sitio.

Me lo puedo imaginar. Para un espíritu libre como la abu Uchiha, estar encerrada en una residencia de ancianos tiene que ser una pesadilla. Da igual lo bien que cuiden de ella, no está hecha para estar encerrada entre cuatro paredes.

Itachi me observa y yo desvío la mirada hacia la ventana. Soy incapaz de quitarme de la cabeza que me está mirando. Empiezo a sentir un cosquilleo en la piel y me muero por saber qué es lo que está pensando, pero me da miedo meter la pata otra vez. Mis sentimientos son cada vez más evidentes, tengo que ponerme en guardia antes de que se dé cuenta de todo.

—¿Te apetece acompañarme a verla? Estás libre, ¿no? Tenemos todo el fin de semana por delante y nada que hacer. ¿Quieres ir? Seguro que le hará ilusión.

Me gustaría, la verdad, hace mucho que no la veo. Por lo que explica Itachi, vive a cuatro horas de aquí, el trayecto tampoco es tan largo. Sé que a mis padres no les importará; de hecho, no vuelven hasta mañana. Shikamaru es el único que podría liarla, pero puedo ocuparme de él. Además, está tan obsesionado con la Chica Misteriosa que lo demás no le importa.

Lo lamentable de esta situación es que mientras una minúscula parte de mí tiene en cuenta estas consideraciones, la otra, mucho mayor, da saltitos, emocionada. Pues claro que quiero ir.

Itachi está esperando mi respuesta, pero me parece detectar cierto recelo en él, cierto nerviosismo incluso, como si me estuviera poniendo a prueba. Me pregunto qué pasaría si dijera que no, pero supongo que nunca lo sabremos porque se me escapa un «sí» por la boca.

Se le ilumina la cara y sonríe como un niño el día de Navidad. Nos ponemos manos a la obra. Yo me maquillo mientras él va a casa a cambiarse y a buscar el coche. Así tengo tiempo para tranquilizarme y pensar.

Te aseguro que no soy adivina, pero tengo la sensación de que este viaje va a determinar nuestra relación. Hasta ahora hemos estado oscilando como un péndulo entre ser enemigos, amigos o algo más. Los bailes, los vestidos, los casi besos... Ya hemos pasado a la siguiente fase, ¿no?

Imagino todas las posibilidades y empiezo a hiperventilar. Estoy distraída, fregando los platos para calmarme, cuando de pronto siento que se me eriza el pelo de la nuca. Sé que es él, no hace falta ni que lo pregunte.

—¿Lista para irnos? —me susurra al oído.

No me había dado cuenta de que estaba tan cerca. Se me cae una taza de plástico y aterriza en el suelo con un estrépito considerable.

Me doy la vuelta y veo que me tiene retenida entre sus brazos. Me falta la respiración y el corazón me late desbocado contra las costillas.

—¡No hagas eso! Casi me matas de un susto —le espeto, pero estoy jadeando y eso disminuye el efecto de la reprimenda.

Espero que me chinche, que se burle de mí y convierta la situación en otra de sus bromas, pero está tan serio que me sorprende. Le brillan los ojos, tiene los labios un poco separados y las mejillas coloradas.

—Itachi, ¿qué...?

—¿Le has dicho a Sasuke que crees que soy sexy?

Mierda.

Quiero desaparecer, que me abduzcan los extraterrestres y que me atropelle un camión de gran tonelaje. ¡Pero será bocazas! Ayer me sentí un poco culpable por rajarle las ruedas del coche, pero ahora tengo el convencimiento que me quedé corta. Como coja un bate de béisbol, le dejo el Jeep que no se lo arreglan ni los de la MTV . ¿Cómo ha podido...? Pero ¿qué pretendía...?

¿Por qué me tienen que pasar estas cosas a mí?

—N... no quería decir exactamente... Sasuke me malinterpretó y yo...

No sé qué decir y que el corazón me lata tan fuerte tampoco ayuda. Me está subiendo la sangre a la cabeza y tengo un pitido en los oídos. Creo que no me encuentro bien.

—¿Te gusto, Saku?

Trago saliva. ¿Ahora viene cuando por fin hablamos sobre esta extraña tensión que hay entre los dos? ¿Quiero admitir que estoy colada por Itachi Uchiha? Las palabras «colada» y «Itachi Uchiha» en una misma frase suenan muy extrañas, como si no pegaran, pero la verdad es que sí pegan.

Me levanta la barbilla para que le mire a los ojos. Hay una extraña mezcla de felicidad y miedo en su cara. Me cuesta aún más responder. Toda la esperanza, todo el nerviosismo, todos los sentimientos contradictorios están ahora al descubierto. Podría cargármelo todo con una sola palabra.

—No lo sé.

Itachi inclina la cabeza y sonríe de medio lado.

—Bueno, mejor eso que un no.

—No puedo decir que no, después de todo lo que hemos pasado —digo con un hilo de voz, incapaz de volver a mirarlo.

El latido de mi corazón se ha vuelto errático, no es normal. El martilleo es tan potente que apenas me oigo a mí misma.

Me sujeta por la mejilla, acariciándome la piel con el pulgar. Se me cierran los ojos e instintivamente me apoyo contra su mano. Es un momento tan perfecto, tan devastador e irreal que siento que en cualquier instante me despertaré y descubriré que todo esto no es más que una fantasía urdida por mi mente.

—Saku —me dice con un tono de voz que habla por sí solo: anhelo y deseo, calidez y protección, añoranza y... algo más.

Respira hondo, como si se preparara para algo. Me da miedo soltar el aire que llevo un buen rato conteniendo. Tengo la cabeza llena de pensamientos, emociones, sentimientos que no puedo expresar con palabras. Creo que no estoy preparada para lo que está a punto de decir.

—Nos lo tomaremos con calma, con toda la calma que tú quieras. —Oigo que traga saliva y me siento mejor porque sé que está tan nervioso como yo—. Lo que necesites, las condiciones las pones tú. Yo solo quiero que me des la oportunidad de demostrarte que ya no soy el imbécil de antes.

Ya no eres el mismo chico que se marchó, me gustaría poder decírselo en voz alta. Quiero que sepa que me ha cambiado la vida, literalmente, pero estoy bloqueada, soy incapaz de hablar. Asiento como una idiota y él aparta las manos de mi cara, me coge de la mano y entrelaza los dedos con los míos.

—Te lo prometo, Saku, no te decepcionaré.

No sé qué decir, así que le aprieto la mano a modo de respuesta. Solo la gente que me conoce de toda la vida sabe que para mí ese gesto tiene más valor que las palabras. Itachi sabe que no soy la persona más elocuente del mundo y no me presiona, no insiste para que hable. Acabamos de fregar los platos entre los dos y entonces es la única vez que me suelta la mano.

Más tarde, me aseguro de que la casa está bien cerrada y Itachi y yo nos dirigimos hacia su Volvo. No hemos hablado mucho, solo de cosas prácticas y con monosílabos. ¿Será siempre así a partir de ahora? ¿Nos sentiremos incómodos o demasiado avergonzados para tratarnos como siempre?

Itachi pone en marcha el coche y yo me siento a su lado. Nos incorporamos al tráfico y me vuelve a coger la mano. Sonríe tímidamente y yo le devuelvo el gesto.

—Saku —me dice al cabo de un rato, y yo aparto la mirada de la ventanilla.

—¿Sí? —pregunto en voz baja, temiendo lo que viene a continuación.

—Le he dicho a Sasuke que lo de rajarle las ruedas fue idea tuya.

Se ríe y yo lo miro con los ojos abiertos de par en par.

—¡No habrás sido capaz!

Me abalanzo sobre él por encima del hueco que separa los dos asientos, pero me retiene el cinturón. Él se ríe de mi torpeza y mi azoramiento, y entonces lo entiendo. No importa en qué nos convirtamos el uno para el otro, al final lo más importante en nuestra relación es su capacidad para sacarme de quicio.

Y de momento lo está bordando. Aun así, no le suelto la mano ni una sola vez durante todo el trayecto.