21. CONFÍA EN MÍ


Habían transcurrido treinta minutos cuando Yuka bajó por las escaleras tras haber dejado durmiendo al bebé. Naruto, que había permanecido conversando distraídamente con varios hombres cerca de la puerta vigilando las escaleras, salió rápidamente para interceptar a la criada e informarle de que ya no precisarían de sus servicios esa noche.

La niña frunció el entrecejo, extrañada, pero obedeció a su amo y se marchó hacia la parte trasera de la mansión.

Naruto subió por las escaleras lentamente. Echó una ojeada por encima del hombro al vestíbulo para asegurarse de que estaba vacío, y vio que los invitados estaban divirtiéndose en el salón de baile y en el estudio.

Entró en el dormitorio sin llamar y cerró la puerta tras él. Se apoyó en la pared y se quedó contemplando a Hinata. Esta, sentada en el tocador, se estaba arreglando el peinado y, al verle entrar, lo vigiló por el rabillo del ojo mientras continuaba con la tarea.

Únicamente llevaba puesto la enagua y sus senos eran así mucho más seductores. Su cuerpo suave y su cabello negro resplandecían bajo la cálida luz de la vela. La contempló con deseo, deteniéndose brevemente en sus blancos hombros y sus pezones rosados, que se transparentaban bajo la enagua.

Parecía relajado, seguro de sí mismo. Se acercó a ella sonriendo y dejó el puro en el cenicero del tocador.

—He llegado a algunas conclusiones esta noche, Hinata, y hay varias cosas que deseo decirte —anunció.

Retrocedió hasta la cama y se apoyó en el enorme pilar. La contempló a través del espejo.

—Primero me gustaría aclarar una cuestión —prosiguió—. Me conoces lo suficiente para saber lo que habría ocurrido si me hubiera negado de verdad a casarme contigo. Si crees que existe un hombre sobre la faz de la tierra que pueda obligarme a hacer algo en contra de mi voluntad, estás muy equivocada. Si no hubieras sido tú, ahora estaría pudriéndome en la cárcel.

Hinata abrió los ojos de par en par escuchando en silencio, muy atenta.

—Una vez, hace tiempo —continuó él—, te hablé con odio y me negué lo que más deseaba. Era mi orgullo el que quería herirte y vengarse de ti por multitud de cosas que constituían un misterio incluso para mí. Pero era yo el que sufría, era yo el que se daba golpes de pecho frustrado mientras tú jugabas alegremente con mi corazón y jurabas que me odiabas. La venganza no fue mía al final, mi amor, sino tuya. Así que ahora, me veo envuelto en juegos en los que siempre soy el perdedor.

Estoy cansado de ser un extraño en mi propia casa, en mi propia cama. He llegado a un punto en el que tengo que tomar una decisión. Puedo acostarme contigo o buscar otra mujer que alivie mis tensiones. Pero no busco a otra, Hinata. No deseo a otra. Te quiero a ti.

Empezó a aflojarse el alzacuello esbozando una sonrisa.

—Así que los juegos se han acabado y como hombre que soy tendré lo que me corresponde. No he estado con una mujer desde hace casi un año. Desde que acaricié tu cuerpo virgen aquella noche. Si te digo la verdad, no me ha sido nada fácil mantenerme alejado de ti. Pero no voy a continuar viviendo como un monje. No era mi intención volver a tomarte por la fuerza. No escogí esa clase de relación. Pero si debo hacerlo, lo haré, pues no puedo seguir viviendo bajo tu mismo techo y no disfrutar del placer de tu cuerpo.

Es mejor que de ahora en adelante te resignes a compartir esa cama conmigo y al hecho de que nuestra relación va a ser... muy íntima. —Se quitó el abrigo y se lo colgó del brazo.

—Te voy a dejar sola unos minutos y cuando regrese quiero que estés en la cama. Y recuerda querida, no estamos en casa de lord Sarutobi, sino en la mía, y nadie va a atreverse a entrar por esa puerta para salvarte.

Hinata permaneció inmóvil viendo cómo su esposo cerraba la puerta tras él. Un arrebato de cólera estalló en su interior, y de un golpe estrelló el cenicero contra el suelo.

¿Quién se piensa que es, viniendo aquí con la casa llena de invitados, y entre ellos esa bruja pelirroja, para ordenarme que me abra de piernas?, pensó la joven.

¿Cree que no son necesarias las palabras de amor y las caricias para preparar mi cuerpo? ¿Soy una posesión y no una esposa para él? Ya se aprovechó una vez de una joven asustada, pero ahora soy una mujer y voy a vengarme de él peleando hasta la extenuación.

Mantendré las piernas juntas hasta que se me agoten las fuerzas. Sólo entonces me someteré a él. No tiene derecho... —Se quedó pensativa durante unos segundos—. Pero sí lo tiene — argumentó su yo más amable—. Es mi marido y el padre de mi hijo. Le pertenezco, y soy yo quien no tiene derecho a mantenerse apartada de él.

Alzó la vista y se vio reflejada en el espejo. Al recordar el modo en que Naruto le había besado los senos y acariciado su cuerpo desnudo, se estremeció.

¿Por qué debo postergar el momento?, se preguntó de pronto. Es lo que he estado deseando que ocurriera. Es lo que había planeado, por lo que he luchado tanto. ¿Debe mi orgullo desgarrarnos de esta forma?

Se levantó de la silla con una negativa y empezó a abrir los cajones de la cómoda hasta encontrar lo que buscaba: el camisón azul de su noche de bodas. Lo sacó con amor y lo colocó sobre la cama con cuidado, entonces se apresuró a arreglarse para su esposo en el tocador.


Naruto cerró la puerta a sus espaldas y permaneció inmóvil durante unos minutos, pensando en lo que se avecinaba. Al oír el golpe del cenicero contra el suelo se quedó sin sentido y se apoyó contra la pared abatido.

Así que ésa es la forma en que va a ocurrir, se dijo.

Lanzó la chaqueta sobre la cama muy irritado y se aproximó a ese lugar de descanso odioso sacándose el chaleco.

Va a ser como una violación, pensó consternado. Habría tenido una docena de oportunidades para poseerla si hubiera mantenido la boca cerrada o hubiera sido un caballero. Incluso esta noche en el jardín la hubiera podido tomar. Pero demonios, de qué sirve mirar atrás.

He adoptado una postura y pase lo que pase esta noche, la interminable espera habrá finalizado.

Volverá a luchar contra mí, ahora lo sé, y debo poseerla tanto si es a la fuerza como con suavidad, intentando contenerme todo lo que mi cuerpo me permita y tratarla con dulzura, aunque sé que cuando acaricie su piel sedosa enloqueceré. Exhaló un suspiro.

Pensé en un intercambio de palabras amoroso, pero ahora tendré que yacer en mi lecho de espinas o en ninguno, y prepararme para la batalla. Pero quizá lo que se avecina allane el terreno entre los dos y podamos compartir momentos de amor apasionado.

Estaba de pie, desnudo frente al espejo.

Así pues, pensó, ya ha tenido tiempo suficiente, pronto lo sabremos. Echó un vistazo a la puerta y, pensándolo mejor, cogió el albornoz y se lo puso, pues sabía que la visión de su desnudez la perturbaría aún más.

Demonios, se dijo, ya me he entretenido lo suficiente. He fijado una tarea y debo llevarla a cabo ahora.

Se dirigió hacia la puerta con paso firme y al llegar a ésta se detuvo. Su respiración se aceleró al igual que el corazón. Tragó saliva, irguió la espalda y con una profunda inspiración abrió la puerta de un empujón. Las colgaduras del dosel estaban medio corridas, y no vio a Hinata por ninguna parte.

Oh, Señor, la he presionado demasiado, se dijo aterrado. Se ha marchado. Ha huido de mí.

Entró en el dormitorio y un ligero movimiento en la cama atrajo su atención. Se volvió aliviado para cerrar la puerta, dejó la bata sobre una silla y se dirigió lentamente hacia los pies de la cama, rodeándola hasta llegar a la abertura de las cortinas.

Al verla, se quedó sin respiración. La sangre irrumpió en sus venas como un torrente violento, y su presencia embriagó sus sentidos.

Recorrió su cuerpo con una caricia larga y apasionada. Estaba estirada, ligeramente reclinada sobre las almohadas, con el cabello sobre los hombros y las sábanas retiradas a los pies de la cama. El camisón azul transparente encendió su deseo.

Estaba recogido de forma provocativa entre sus muslos dejando al aire la cadera y una de sus esbeltas piernas. Al contemplar sus senos turgentes se le hizo muy difícil respirar. Hinata le sonrió dulcemente con un brillo seductor en la mirada y extendió los brazos invitándole a compartir con ella el ansiado lecho.

Naruto, temiendo que se tratara de un sueño, se inclinó sobre la cama, pero ella lo atrajo hacia sí. Su piel era suave y cálida.

Su fragancia lo envolvió al tiempo que sus brazos. Naruto desató la cinta del camisón y Hinata le susurró al oído:

—Has tardado mucho, mi amor.

Naruto sintió que le daba vueltas la cabeza, mientras la estrechaba firmemente entre sus brazos susurrándole palabras dulces rozando con los labios su cuello tentador.

—Hinata... Oh, Hinata —jadeó—. Te he deseado desde hace tanto tiempo. No podía soportarlo ni un minuto más.

La besó en la boca y sus cuerpos se unieron con ansias. Naruto con toda la experiencia del amor, Hinata empezando a degustarlo. La joven gimió bajo las manos expertas y los besos apasionados de su esposo.

Se entregó a él por entero, con una intensidad, un frenesí y un abandono que sorprendió no sólo a Naruto sino a ella misma. Hinata sintió la virilidad de su esposo abriéndose paso sin violencia e intentó guiarla en su camino hasta el nido.

Al primer contacto retrocedió asustada por la intensidad de la pasión de su enamorado, pero las palabras de aliento susurradas por él la animaron hasta que sintió cómo el fuego penetraba en su interior.

Hinata abrió los ojos disfrutando de la placentera sensación y vio el rostro de su esposo crispado por la excitación, con la apariencia de un ser divino sobre ella. Naruto se deleitaba con la tierna intimidad compartida por ambos.

Hinata le declaró su amor entre susurros, rodeándole con los brazos, presionando los senos contra su torso desnudo y atrayendo su rostro hacia el de ella. Lo besó sin reservas, introduciendo su delicada lengua, invitando a Naruto a iniciar sus movimientos, primero suaves, con cuidado, luego violentos, desatados por la tormenta pasional entre ambos amantes. De pronto, Hinata rompió el silencio al encontrar por fin lo que hacía tiempo le esperaba.

—¡Naruto! —exclamó, extática.

Y él se enorgulleció de su triunfo mientras el fuego moría lentamente dejando las cenizas del amor esparcidas en el lecho.

La brisa suave agitaba las cortinas y hacía parpadear la llama de la vela, proyectando sombras sobre el techo e iluminando los cuerpos que yacían en la cama. Hinata, en los brazos de Naruto, se sentía extrañamente incorpórea, como si flotara en una nube separada del mundo que la rodeaba. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa placentera en los labios mientras Naruto recorría con un dedo su rostro, acariciando sus labios, sus ojos y sus cejas sesgadas.

—Siempre había creído que para disfrutar del amor era necesaria una mínima experiencia —susurró Naruto—, pero ahora veo que también en eso estaba equivocado. Nunca antes había saboreado el placer con tanta dulzura.

—Oh, querido, no estás solo. —Hinata sonrió abriendo los ojos y mirándole con amor—. Si hubiera sabido antes cómo era, hubiese exigido mis derechos. —Rió un poco y lo rodeó con sus brazos—. Es una lástima que hayamos perdido tanto tiempo en conocernos.

Naruto la besó tiernamente mientras musitaba:

—Me odiabas, ¿lo recuerdas?

—Mmm, muy al principio quizá sí—respondió Hinata devolviéndole los besos—. Luego tal vez no. Sólo sé que me asustabas más de lo que era capaz de soportar.

Él soltó una carcajada, rodando con ella sobre la cama, hundiéndose en su cuello, deleitándose con la sensación de la suavidad de su desnudez.

—También yo tenía miedo de mí mismo —afirmó—. Temía perderte por completo.

Hinata se puso encima de él con una expresión de mal humor.

—Eras tan mezquino como un animal en celo, Naruto Namikaze, y lo sabes —le reprendió.

Naruto esbozó una media sonrisa mientras recorría el hombro, el pecho, el pezón rosado de su esposa con el dedo, jugando con él.

—Iba en contra de mis principios que me obligaran a casarme — murmuró—. Y no ayudó a mejorar mi mal humor que tu tía me tratara como si fuera un zoquete de las colonias. Luego tener que pasar la noche de bodas bajo el escrutinio de lord Sarutobi, puso de nuevo a prueba mi temperamento. Pero cuando dijiste que me odiabas, entonces me puse furioso, y como eras la única a quien podía atacar, me vengué en ti. Ten cuidado, mi vida. La venganza no es un arma de doble filo. Sólo tiene uno y, cada vez que la blandía, podía sentir su destrucción.

Hinata lo miró con ojos inocentes.

—¿Qué es lo que hice para herirte?— Naruto volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.

—Oh, pregúntame mejor qué es lo que no hiciste, mi amor. Realmente sería más sencillo de responder. Jugaste a ser una mujer y me tuve que quedar de brazos cruzados, el macho indefenso, y observar cómo abusabas de mi corazón. Desnudaste tus senos frente a mí, excitando mis sentidos, y te hubiera tomado por la fuerza al menos unas mil veces.

Hinata rió tontamente. Luego apoyó su mejilla en el hombro de su esposo y le pasó un dedo sobre el pecho, pensativa.

—¿Sabes, Naruto?, casi siento lástima de tía Anko. Nunca ha sabido lo que es ser amada o incluso tener un amigo.

Naruto esbozó una sonrisa y abrió los ojos.

—No te sientas mal por ella, cielo —le aconsejó—. Probablemente estará disfrutando del dinero que le di.

Hinata se incorporó sobresaltada buscando el rostro de su marido.

—¿Le diste dinero a tía Anko? Naruto asintió.

—Una cantidad importante —confirmó—. Dijo que era para pagar los dos años que viviste con ellos.

—¡Y le pagaste! —gritó ella indignada—. Oh, Naruto, ya se lo había cobrado al vender todas mis pertenencias. Y, además, ya le pagué con mi trabajo durante esos dos años. No tiene derecho a reclamar esa deuda. Estoy tan avergonzada. Debiste creer que éramos unos ladrones.

Él soltó una carcajada, atrayéndola de nuevo hacia sí.

—Se lo di por más de una razón, mi amor —repuso—. Esa mujer podría haber tratado de reclamaros a ti y a mi hijo, creyendo que tenía suficiente riqueza para mantenerla cómodamente. No tenía ganas de tener que soportar su presencia diaria cerca de mí y mucho menos de ti.

Una cosa es tener una esposa reticente y otra muy distinta, una suegra ofensiva para complicar las cosas. Habría matado a esa bruja si hubiera vuelto a ponerte una mano encima. Así que le di el dinero sin discutir. De hecho, se lo entregué con tanta rapidez que incluso ella misma se asombró.

—Oh, Naruto. —Hinata rió, alegre—. Eres maravilloso...

Él se echó a reír mientras acariciaba su cuerpo con la mano.

—Bueno, ya nos la hemos quitado de encima ¿verdad, mi amor?

La sonrisa de Hinata se desvaneció al recordar el cuerpo sin vida de Orochimaru Mitarashi despatarrado en el suelo, y echó sus brazos alrededor del cuello de su esposo, apretándose a él con firmeza.

—Espero que nos hayamos deshecho de ella, Naruto —afirmó.

Naruto apartó el cabello de su rostro y al hablarle lo hizo con dulzura.

—¿Me vas a decir por qué estás tan asustada, mi amor? ¿Vas a dejar que te ayude? —inquirió.

La joven se apartó y cerró los ojos temiendo lo que les ocurriría si descubría que había matado a un hombre. Sacudió la cabeza consiguiendo sonreír. .

—No es nada, querido —lo tranquilizó—. De verdad, no es nada. — Abrió los ojos y lo sorprendió mirándola, expectante, tratando de adivinar sus pensamientos.

Luego se inclinó para besarla presionando su espalda contra las almohadas.

—Te amo, Hinata —declaró—. Te amo más que a mi propia vida. Confía en mí, amor mío.

Sus labios se fundieron con los de su amada y Hinata volvió a derretirse en sus brazos. Tras un largo rato, la joven le susurró al oído:

—Yo también te amo, Naruto, mi esposo amado.