Disclaimer: Esta historia no me pertenece al igual que los personajes. ADAPTACION
Capítulo 24
Lunes, 6:25 p.m.
McCarty hizo que acudieran tres agentes y un transportista para ayudar a cargar las falsificaciones. Tras una pequeña discusión, accedió a interrogar a Milani y a su abogado acerca de las imitaciones a la mañana siguiente, y a no contactar con el FBI hasta no haber llamado a Hale para ponerle al corriente de la información que el hombre pudiera divulgar. Isabella sabía que no estaba siguiendo precisamente el reglamento, y para gran sorpresa suya resultó que el hombre le caía bien.
Esta aventurilla se estaba volviendo cada vez más rara. Primero había trabado amistad con alguien a quien previamente había descartado como víctima, luego había llegado a un entendimiento, como mínimo respetuoso, con un abogado, y ahora a una situación similar con un policía. ¿Qué sería lo próximo, un cura?
—Más te vale que merezca la pena —dijo Edward, reuniéndose con ella en el vestíbulo—. No suelo llevar pantalones cortos a menos que se trate de circunstancias extremas.
—Son bonitos —dijo, sonriendo mientras él se acercaba. Los llevaba holgados, grises y con clase. También se había puesto una camiseta negra que hacía que deseara abalanzarse sobre él y olvidarse de la cena. Y pensar que se le había ocurrido aquel atuendo para colocarle en una posición de desventaja. Había intentado convencerse de que aquello había sido una prueba inteligente para comprobar en qué medida podía adaptarse a su petición, como si fuera proclive al autoengaño. Se trataba de si ella podía ser normal, olvidarse de su mundo durante una noche.
—Si ésta es tu idea de una broma, vas a lamentarlo de verdad.
Bella hizo un ligero movimiento con los hombros. «Vuelve a entrar en el juego.»
—¿No tienes un coche normalito?
—Voy a suponer que con «normalito» te refieres a barato, en cuyo caso la respuesta es no.
Ella dejó escapar un exagerado suspiro, disfrutando de una expresión de creciente turbación de su rostro.
—De acuerdo, supongo que podemos llevarnos el Benz.
—¿Cuál? —preguntó sin rodeos.
—El SLK. Es un modelo blanco pequeño.
—¡Caramba! —farfulló—. Conduzco yo, por si acaso tengo que salir pitando.
A Bella le sorprendería que aquélla fuera la máxima exigencia que él realizaba en toda la velada.
—Me parece bien. Vamos.
Cuando llegaron al centro de Palm Beach al fin le dijo adonde se dirigían.
—Chuck & Daniel's —repitió él—. Me suena de algo.
—Los Fabulosos Baker Boys solían tocar allí. Tienen un marisco delicioso. Y baile.
—Baile. ¿Nos gusta bailar?
Ella asintió.
—Claro que nos gusta.
—¿En pantalones cortos?
—Tenemos que parecer turistas.
Ed tomó la vía Royal Poinciana y aparcó el Mercedes junto al bordillo con una precisión que no puedo evitar admirar, sobre todo teniendo en cuenta que había crecido en un país donde conducían por el lado equivocado de la calle.
—¿Por qué tenemos que parecer turistas? —preguntó, echando de nuevo la capota.
—Porque aquí vienen en su mayoría turistas.
Ed le acarició la mejilla.
—Como señalaste antes, mezclarme no se me da demasiado bien —murmuró, retirando un mechón de su cabello de detrás de la oreja—, pero lo intentaré.
Mezclarse se le daba fatal; pero si hubiera ido vestido con su camisa y sus pantalones de pinzas de chico rico, les hubiera sido imposible cruzar la puerta sin que algún paparazzi les hiciera una foto. De este modo, cualquier grupo interesado tendría que mirar al menos dos veces. Además, tenía unas piernas estupendas.
—¿Terraza o cenador? —preguntó la anfitriona cuando entraron. Ed, naturalmente, la llevaba de la mano, y mientras el tropel de turistas femeninas del interior se volvía a echar un vistazo al dios moreno de profundos ojos grises, Bella no pudo evitar sentir cierta vanidad.
—Tú eres el invitado —le dijo—. Elijes tú.
—Cenador —decidió.
Ella hubiera preterido asientos en la terraza para poder tener vigilada la calle. Eso, sin embargo, no haría nada por propulsar su experiencia de la normalidad. Siguió a la anfitriona, permitiendo que Ed le sujetara la silla cuando llegaron a sus asientos.
—Muy bien, lo reconozco —dijo, echándose hacia delante para poder oír por encima del ruido de la música jazz que el grupo tocaba a su espalda—, casi todo el mundo lleva pantalones cortos.
—Ya te lo dije.
—Ahora, querida, ya que me has invitado a salir, ¿puedo dar por supuesto que pagarás tú?
—Sí, puedes. —La cuenta para su retiro en Milán no iba a verse en la bancarrota por una noche—. Date el capricho.
Su sonrisa se hizo más amplia, mientras el gris de sus ojos tomaba un matiz más cálido. El corazón de Bella dio un extraño vuelco como respuesta, y rápidamente echó mano de su copa de agua y la apuró de un trago.
—¿Algo para beber, amigos? —preguntó la camarera, cuya placa la identificaba como candy. No cabía duda de que lo era.
—¿Tienen carta de vinos? —preguntó Ed con suavidad, enarcando una ceja en dirección a Bella, sin duda esperando hacer que lamentara su comentario de «date un capricho».
—Básicamente tenemos dos colores. Tinto y blanco.
Ed dibujó su célebre sonrisa y Candy a punto estuvo de tragarse el chicle.
—Entonces, ¿cuál es el mejor tinto que tienen?
Ella nombró un Merlot francés y Ed pidió una botella.
—Claro. Vuelvo en un minuto y les tomo nota.
—Hum. Ni siquiera me ha preguntado qué quiero de beber —advirtió Bella.
—Bueno, seguramente da por supuesto que tú eres mi cita y que yo pedía para ambos. ¿Quieres que le llame y le pida que vuelva?
—Cierra el pico, inglés. El Merlot me parece bien.
Con otra risilla, Ed abrió el menú.
—Tú ya has comido aquí, ¿no? ¿Qué me recomiendas?
—Las ensaladas son buenas. Y los colines.
—Discúlpeme —anunció una voz emocionada que llegaba desde detrás de Bella, y ésta levantó la cabeza. Junto a la mesa había una despampanante rubia con un vestido cuyo escote le llegaba al ombligo y el bajo subía hasta la entrepierna.
—¿Sí? —preguntó, sin estar segura de sí ponerse a gritar o a reír.
—¿Eres Edward Cullen? —preguntó la mujer, ignorando a Bella.
Ed parpadeó.
—Ah, es a mí. Pensé que estaba hablando con ella. Sí, lo soy.
—¿Podrías firmarme un autógrafo?
—Por supuesto. ¿Tiene un bolígrafo? —La mujer le tendió una servilleta y un bolígrafo y Ed le firmó—. Ahí tiene.
—¿Qué me dices de tu número de teléfono? —La rubia se rio como una tonta, pero volvió a colocar la servilleta en la mano de Ed.
Bella se habría puesto en pie de no ser porque Ed le dio una patada por debajo de la mesa.
—¡Ay! —se quejó, fulminándole con la mirada.
—Lo siento, pero no doy mi número de teléfono.
—¿Estás seguro? —La chica del ombligo se relamió los labios.
—Permítame que le diga —prosiguió Ed, brindándole una cálida sonrisa, aunque Bella advirtió que sus ojos permanecieron fríos e imperturbables—, que en este preciso instante estoy ocupado disfrutando de la compañía de una preciosa dama con la que me encanta pasar cada momento libre del que dispongo. —Se irguió un poco más, bajando la voz prácticamente a un murmullo—. De modo que le agradezco su interés, pero jamás, ni en un millón de años, voy a darle mi número de teléfono. Buenas noches.
Con la cara roja como un tomate por debajo de los dos centímetros de maquillaje, la mujer se dio media vuelta, y se marchó mientras contoneaba sus perfectas caderas.
—Pero qué guay eres. —Susurró Bella.
—Al menos podrías fingir estar celosa —dijo, tirando de su mano por encima de la mesa para besarle los nudillos.
Claro que había estado celosa, pero de ningún modo iba a decírselo. No hasta que pudiera descifrar por sí misma qué demonios significaba eso. Al menos no le había entrado el pánico y tratado de pegar a una mujer casi desnuda por acercársele sigilosamente por la espalda.
—No es tu tipo.
—¿Y cuál es exactamente mi tipo? —preguntó.
—Una que pudiera haberte dado una contestación en vez de largarse echa una furia.
Con un poco habitual bufido se bebió su copa de agua.
—Probablemente, tengas razón. ¿Qué debo pedir?
—¿No te apetece una ensalada? —sonrió ampliamente ante su expresión afligida. Cierto fastidio no le estaría mal empleado por ser tan guapo—. De acuerdo, está bien. El cangrejo gigante de Alaska es delicioso. Yo voy a pedirme el filete de corvina con costra de nuez de Macadamia.
Ed confiaba lo suficiente en ella como para pedir cangrejo y Bella tuvo que reconocer que el pescado iba mucho mejor con el Merlot que con la cerveza que a punto había estado de pedirse. Retiraron la lona de falso techo que cubría el espacio, y en el jardín la luna y la luz de las estrellas iluminaban la pista de baile. No se había percatado de que el interior del cenador fuera tan… romántico, con el grupo de jazz tocando y las parejas comenzando a girar por la pista.
Finalmente, Ed dejó su tenedor y las tenacillas en su plato.
—Tenías razón. Estaba magnífico.
Bella comprendió que estaba divagando y retiró su servilleta.
—Me alegra que te haya gustado.
—¿Quieres bailar, querida?
Él se puso en pie, tendiéndole la mano. Bueno, había sido ella quien primero lo sugiriera. Suspirando, aceptó su mano y dejó que la ayudara a levantarse.
—Tengo que hacerte una confesión —dijo en voz baja, deslizando ambas manos en torno a su cintura.
—¿Cuál?
—Esa mujer podría haber estar desnuda y aun así me hubiera sido imposible apartar los ojos de ti.
Se mecieron al unísono, con el cuerpo pegado uno al del otro.
—Estaba prácticamente desnuda.
—¿Lo estaba? Supongo que eso demuestra lo dicho.
Había pensado que Isabella pretendía llevarle a algún tugurio en una zona desmilitarizada. Sin embargo, Chuck & Daniel's era un lugar agradable, animado e incluso romántico con su pista de baile al aire libre. Por lo general prefería restaurantes más exclusivos, debido a que era menos plausible que allí se le acercara la gente en busca de autógrafos o consejo sobre inversiones, pero aquel lugar le gustaba lo suficiente como para volver a quedar con ella.
Se sentía un poco estúpido bailando una música lenta en pantalones cortos, y no puso objeciones cuando unos veinte minutos después, ella sugirió que volvieran a la casa para examinar de nuevo la galería. La factura, que rondaba los cien dólares, les aguardaba en la mesa, pero Isabella no permitió que pagara él. Por el contrario, sacó un buen fajo de dinero de su bolso y lo dejó sobre la mesa. Ed no quería saber de dónde había sacado el dinero.
—Eres mi invitado, ¿recuerdas? —dijo, tomándolo del brazo mientras regresaban al SLK.
—¿Quieres conducir?
—¿En serio? Me encantaría.
Bella bajó de nuevo la capota y puso el coche en marcha, luego volvió a parar el motor.
—¿Qué sucede? —preguntó, percatándose del rostro ceñudo de Bella.
—Solamente quería que supieras que no me gustas por esto —dijo, dando un golpecito al volante.
—¿No?
—No. Me gustas por… esto. —Y alzó la mano y la llevó a la cabeza de Edward, peinando un mechón de pelo entre sus dedos y posando después la mano sobre su pecho—. Y por esto. Y porque llevas pantalones cortos a un restaurante porque yo te lo he pedido. ¿Estamos?
Ed le sonrió.
—Estamos.
—De acuerdo. Agárrate.
Tan pronto como volvieron se plantó un par de vaqueros y unas zapatillas y se reunió con ella en la galería. Bella se encontraba al otro extremo del pasillo de donde la había visto por primera vez, con los ojos cerrados y las manos caídas a los costados. La observó, sabiendo que en su cabeza estaría saltando el muro trasero, para acto seguido cruzar sigilosamente el rincón del jardín y el césped.
—¿Ya estamos dentro de la casa? —preguntó tras un momento.
Isabella se sobresaltó.
—No. Estamos justo afuera —dijo, frunciendo levemente el ceño y se volvió de espaldas, para dirigirse hacia las escaleras de la parte trasera de la casa—. Vamos.
—¿Cómo entramos? —preguntó, siguiéndola hasta la planta baja.
Ella se deslizó al exterior por la puerta del patio posterior, y se refugió en las sombras bajo un grupo de cipreses en la zona oeste de la casa.
—El problema de esto —dijo, calibrando la distancia desde la cámara más próxima—, es que estoy especulando en base a algo que podría ser erróneo. Así que, o bien estoy en lo cierto o completamente equivocada.
—Merece la pena intentarlo —declaró, comprendiendo, tal vez por primera vez, lo que ella quería decir cuando hacía referencia a que la seguridad era una mierda. Un equipo de rugby podría haber formado una molé donde ellos se encontraban sin ser pillados—. Y resulta que, además, tienes buen instinto.
—Hum. El halago te llevará a donde quieras —dijo con una rápida y amplia sonrisa, obviamente su atención seguía en gran medida centrada en sus alrededores.
Una descarga de energía comenzó a surgir en su espalda, al igual que la noche en que había entrado en casa de Matteo. Ella había mencionado el subidón que le provocaba el encontrarse en un lugar en el que se suponía no debía estar. Comprendía a lo que se refería, aunque continuó centrado en la figura menuda a su lado.
—¿Vamos?
—De acuerdo. Mi teoría es ésta: Laurent vino desde esa dirección porque es la ruta más protegida que va desde donde hallamos la huella hasta la casa.
—¿Por qué molestarse en ser tan sigiloso si Matteo se ocupaba de apagar todas las cámaras exteriores? —preguntó Edward.
—Tengo una teoría, pero esperemos un momento. —Deslizó la mano a lo largo de la rugosa pared de yeso, adentrándose aún más en las sombras—. ¿Qué hay aquí? —preguntó, dando un golpecito a una ventana.
Él ajustó su perspectiva.
—Es el almacén. Sillas supletorias y extensiones para mesas para grandes fiestas. Ese tipo de cosas.
Ella encendió una linterna que Ed no se había percatado que llevara.
—Aquí está. —Con la yema del dedo rozó un leve arañazo en la pintura que iba hacia el alféizar—. Introdujo una palanca plana y abrió el pestillo.
—Así que no sólo las cámaras y los sensores estaban desconectados.
—No creo que el exterior al completo estuviera desconectado —dijo entre dientes—, o Laurent no se hubiera molestado en ser sigiloso. Si estoy en lo cierto, seguramente Milani desconectó todos los sensores y alarmas internos de la casa; así es más fácil, sobre todo cuando podría desconocer el tipo exacto de seguridad que tenías en torno a la puerta de la galería. Pero nos estamos precipitando. Entremos de nuevo.
—¿Entrar?
—Por la puerta, a menos que quieras trepar y hacerlo por la ventana —dijo, sus dientes formaban una pálida curva blanca en la oscuridad.
—Entremos.
Volvieron a entrar por la puerta del patio y se dirigieron hacia el laberinto de pasillos que llevaban hacia el trastero. La puerta estaba cerrada con llave, pero Isabella la abrió antes de que él pudiera sacarla.
—La cerradura de la ventana está rota —dijo, moviéndose por entre los montones cubiertos con sábanas de mobiliario suplementario—. ¿Ves? —Empleando el extremo del mango de la linterna, dio un golpecito a la cerradura. Parecía cerrada, pero ésta se deslizó a un lado ante su contacto.
—DaRevin la forzó de modo que pareciera cerrada después de salir por la misma ventana.
—Sí.
—De acuerdo, pero tengo una pregunta.
—Dispara.
—¿Por qué estaba DaRevin en la casa si el propio Matteo iba a dar el cambiazo a la tablilla?
—Esa, encanto, es la pregunta de los tropecientos millones de dólares —respondió, saliendo de la habitación—. De acuerdo, somos Laurent. Sabemos dónde está la galería porque tenemos los planos. También sabemos que la cámara de seguridad del cuarto no está grabando, del mismo modo que sabemos que será seguro entrar por la ventana.
—Así que subimos al tercer piso por la escalera de atrás —dijo al tiempo que lo ponían en práctica—, teniendo cuidado de eludir la cutre vigilancia del tal Cullen hasta que estemos a salvo en la galería.
Ella siguió avanzando.
—Llegamos a la puerta y podemos ser un poco descuidados al forzar la cerradura secundaria porque las pruebas van a volar por los aires en un par de minutos.
La puerta colgaba hacia el interior del cuarto, suspendida de una bisagra, pero ella realizó unos movimientos con sus ágiles manos, y luego entró.
—Puesto que sabemos que los sensores de movimiento están desconectados —prosiguió—, cogemos la tablilla y salimos de nuevo, y cerramos la puerta al hacerlo.
—¿Porqué?
—Supongo que porque quería que todo pareciera normal desde la galería. Si Anderson, por ejemplo, hubiera visto la puerta abierta, podría haber entrado y salido por el mismo camino, sin detonar la bomba.
Edward se la quedó mirando durante un largo rato.
—¿Así que Anderson era el objetivo?
Ella se agachó lentamente junto a la pared como si colocara los explosivos. Respiró hondo y se irguió de nuevo.
—Sabes, no lo creo.
—Dime qué estás pensando.
—Ésta es la parte de la que no estoy segura. —Se secó las manos en la parte trasera de sus pantalones cortos con la mirada clavada en el agujero que había en la parte baja de la pared, donde había estado la bomba—. Ten un poco de paciencia conmigo… esto va a parecer una auténtica chaladura.
—Me da la sensación de que esa chaladura es lo único que tendrá lógica. ¿Y qué hay de los vigilantes de seguridad? Matteo no podía «desconectarlos».
—Hacen rondas de quince minutos. Laurent era consciente de eso, al igual que yo.
—Así que Milani y DaRevin trabajaban juntos.
—No lo creo. Aprecio varios indicios de que Laurent sabía que Milani iba a apagar las alarmas internas. Lo que no veo es ningún signo de que Milani supiera que Laurent iba a estar aquí.
Edward levantó la cabeza para mirar en dirección a la entrada de la galería al tiempo que asimilaba tal teoría.
—Pero estamos seguros de que fue Milani quien desactivó la señal de las cámaras y las alarmas, ¿no?
—Cierto, porque lo hizo cuando colocó las granadas y metió la falsa tablilla entre mis cosas. —De pronto dio un paso adelante—. Seamos Milani durante un minuto.
Se dirigió escaleras abajo, no hacia el despacho del asesor, si no a su pequeña habitación privada.
—Después de medianoche, habría pernoctado aquí, ¿verdad?
—Sí.
—Conforme a la teoría de que es él quien ha estado dando el cambiazo a las demás piezas de arte, asumiré que conoce un modo efectivo de apagar las alarmas. —El ceño que, debido a la concentración, arrugaba su frente se hizo más marcado—. O bien eso, o tiene a Mark en un puño. Ya no hablamos de la participación de una comisión por una tablilla troyana robada. Hablamos de cincuenta millones de dólares en material que sale por la puerta de modo regular.
—Interesante teoría —dijo Edward con aire sombrío.
—Pero no por esta noche. —Abriendo la puerta de Milani con la misma facilidad con que lo había hecho con la del trastero, entró en el cuarto—. Probablemente guardará aquí la falsificación, ya que Hale y tú tenéis acceso a su despacho. —Echó un vistazo a la estancia, una leve arruga en su ceño hizo aparición en su rostro—. Tenía intención de preguntar antes, ¿por qué no hay ninguna obra de arte aquí?
—No lo sé. No suelo supervisar la decoración de las habitaciones privadas.
—Incluso en las suites de invitados hay cosas bonitas. Aquí tenemos al tipo a cargo de coleccionar y catalogarlo todo, y no tiene más que unos pocos grabados y un falso jarrón Victoriano.
Asintiendo, Edward concluyó la visita a la habitación con ella.
—No puede desaparecer nada valioso de aquí, donde a buen seguro sería el principal sospechoso.
—Conforme a esta teoría, en cualquier caso. Muy bien. Hemos desconectado las alarmas y echado el guante a la tablilla falsa para sustituirla por la auténtica. Le hemos comunicado… a quienquiera que sea nuestro intermediario el día y la hora en que tendremos el objeto en nuestro poder, y sea quien sea nuestro comprador o intermediario se lo ha contado a su vez a Laurent, o a quien sea que le contratara.
—¿Cómo sabemos que hizo eso?
—Por el modo en que Laurent entró en la casa sabía que las alarmas estarían desconectadas.
—Cierto. Continúa.
—El intermediario y el comprador esperan la tablilla, y ésta será trasladada a Londres dentro de una semana, de modo que tanto si Milani sabe que has vuelto de Stuttgart como si no, debe venir y realizar el cambio. Es probable que Laurent no tenga ni idea de que has vuelto, pero le traería sin cuidado. Matteo se pone en marcha, lleva la radio de seguridad, bien porque está paranoico o porque de ese modo Mark puede advertirle si alguien le descubre. Tal vez escucha las llamadas del guardia de seguridad igual que tú, que Anderson ha descubierto un intruso. Le entra el pánico y vuelve a su habitación conectando otra vez las alarmas para que nadie piense que era un trabajito interno.
—Y luego todo explota, la tablilla desaparece y se queda forzosamente con la falsificación.
—Claro. Con un añadido. —Isabella volvió a detenerse arriba, por dónde había entrado en la galería en un principio—. Si yo no hubiera entrado, y si tú no hubieras estado aquí, habría sido él quien se tropezara con el cable.
Edward la miró. Tenía lógica el modo en que ella encajaba las piezas.
—Matteo era el objetivo.
—Con un montón de «síes», «probablemente» y «quizás» de por medio.
—¿Y qué hay de un «por qué»? —respondió—. ¿Por qué contratar a DaRevin para llevarse la tablilla y matar a Milani si éste iba a llevarse la piedra de todos modos? Me refiero a que, según lo que has dicho, quienquiera que impusiera la coordinación de esto se lo contó a ambos… lo cual me indica que se trata de la misma persona.
—No estoy segura de eso. Y aún queda la cuestión de quién me quería a mí aquí en el mismo momento en que tenía lugar toda esta mierda.
No sólo alguien le había encargado entrar a robar algo. La habían metido deliberadamente en medio de alguna disputo privada sin hacerle entrever absolutamente nada de en lo que se estaba metiendo. Edward tragó saliva. Isabella Swan había tenido una suerte increíble. Y aunque él no había conocido a Sean O'Hannon, si el intermediario hubiera tenido algún conocimiento de aquello, Edward se alegraba de que estuviera muerto.
—¿Os habría contratado O'Hannon a los tres para el mismo trabajo? —inquirió.
Isabella negó con la cabeza.
—No poseía la imaginación suficiente para coordinar tres allanamientos distintos al mismo tiempo, en el mismo lugar y sin que los unos supiéramos de los otros. Además, alguien le mató.
—Para empezar, ¿por qué tú? Desconocías por completo el periódico expolio que sufrían mis objetos de valor.
—Mi suposición es que yo debía ser el chivo expiatorio. Me culparían a mí de todo el lío tanto si me cogían como si acababa muerta. Seguramente esperaban que Milani y la falsificación fueran hallados entre los escombros. Todos darían por sentado que era la auténtica, naturalmente, y que él me la había arrebatado antes de que yo lo estropeara y acabáramos todos muertos.
—Admiro tu sangre fría para hablar con tanta calma de tu propia muerte.
Se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
—Solamente porque no estoy muerta. Créeme, estoy cabreada —maldijo, apartando de una patada un trozo de madera chamuscada—. Y con Laurent y O'Hannon muertos, no tengo modo de saber quién los contrató. A Black le sería posible averiguarlo, aunque vete tú a saber dónde podría estar en este momento. Podemos preguntarle a Milani, ya que en unas pocas horas McCarty le entregará al FBI junto con todas tus falsificaciones.
—Y ellos resolverán todo esto —señaló.
—Claro. Y la mayoría de las jodidas pistas siguen apuntándome a mí. Lo que significa que nuestra sociedad se disuelve y que me largo por patas de aquí.
Con la garganta cerrada, le cogió la mano. «¡Por Dios!» ¿Qué había hecho? Había sido consciente del plan de McCarty y de que el FBI… ¿Por qué no había deducido que ella seguiría siendo sospechosa? La respuesta era evidente: le resultaba inconcebible que se marchara, bajo cualquier tipo de circunstancias, y estaba acostumbrado a estar al mando en todos los aspectos de una situación. ¡Maldita sea! No iba a permitir que se fuera.
—Podías haber mencionado algo de eso antes de que metiéramos a McCarty —dijo, recurriendo a todo su autocontrol, ganado a pulso a lo largo de los años, a fin de parecer sereno.
Ella le apretó la mano.
—Ed, han muerto tres personas. Creo que eso pesa mucho más que mi comodidad personal. —La mirada que le lanzó decía mucho más que las palabras, pero Ed no estaba seguro de cómo interpretarla… aparte de comprender que no quería marcharse.
¿Cómo podría arreglarlo para que pudiera quedarse? Sin lugar a dudas, encontrar a quien había montado todo la absolvería, pero, como ella misma había dicho, les habían arrebatado todas las pistas de las manos. Ed entrecerró los ojos. O tal vez no.
—¿Te acuerdas del vestido verde que llevabas en casa de Jasper? Póntelo.
—¿Qué? Teniendo en cuenta el poco tiempo que…
—Y zapatos de tacón. Hay algunos en el armario en caso de que no hayas traído. —Ella seguía mostrándose terca, y Ed agachó la cabeza para besarla—. Confía en mí. Me reuniré contigo en el vestíbulo.
Isabella no tenía ni idea de lo que él pudiera estar pensando, en cuanto se hubo percatado de cuánto tiempo y esfuerzo le había dedicado alguien a orquestar aquel robo a largo plazo en la propiedad de Ed, supo que tendría que irse. El FBI y la Interpol no tenían aún nada lo bastante sólido como para arrestarla, pero aquello seguramente bastaría. Luego podrían tomarse su tiempo para escarbar en busca de más. Y, como solía decir su padre, escarbando siempre aparecen gusanos.
La decisión de irse ni siquiera debería haber sido difícil de tomar. A lo sumo disponía de otras veinticuatro horas antes de que unos hombres trajeados fueran a buscarla. En el fondo de su mente había sido consciente de que aquello sucedería; en cuanto se hubo enterado del asesinato de Laurent había comprendido que había mucho más en juego que la tablilla.
Si se marchaba antes del alba, podría encontrar un vuelo al extranjero. Una vez que McCarty había decidido mirar a otro lado, la red se había aflojado considerablemente.
Bella soltó el vestido de su percha y lo lanzó sobre la cama. Luego estampó un par de zapatos de color tostado contra la pared del fondo. El ruido sordo que hicieron resultó satisfactorio, pero no cambió nada. Seguía teniendo que abandonar Solano Dorado… que abandonarle a él.
¡Quién lo hubiera dicho! Durante casi cuatro años había llevado una vida tranquila a las afueras de Palm Beach, desempeñando un trabajo que le gustaba y que no requería forzar cerraduras o utilizar pistolas de pintura, realizando algún trabajito esporádico para Black si captaba su interés o curiosidad. Luego, una semana después de conocer… probablemente al hombre más fascinante con el que jamás se había cruzado, tenía que largarse. ¡Vaya puta mierda de destino!
Fuera lo que fuese lo que Ed tuviera en mente, parecía que quería que ella estuviera guapa, de modo que se tomó un momento para peinarse el cabello y retocarse el maquillaje. Mientras examinaba su rostro en el espejo, sintió el inesperado impulso de echarse a llorar.
—Anímate, Bella —gruñó. Jamás había llorado. Sólo porque al fin había comprendido lo que significaba, lo que se sentía al tener a alguien tan dinámico, tan importante, en su vida, no quería decir que tuviera que conservarlo.
Cuando se reunió con Ed en el vestíbulo, se olvidó de las lágrimas. A punto estuvo de olvidarse de respirar. Él se encontraba junto a la puerta, vestido con un traje negro, camisa gris y corbata roja. A pesar de que jamás podría confundirle con otra cosa que no fuera un hombre seguro de sí mismo y con éxito, de pronto parecía… poderoso.
—Hala —dijo—. Armani te sienta realmente bien.
—Gracias, y ¡eh!, lo mismo digo. ¿Preparada?
—¿Adónde vamos?
—A la cárcel.
