Capítulo 20

El mugriento grupo de hombres y sus dos cautivos llegaron a un castillo poco antes de anochecer. El sol poniente le había indicado a Hinata la dirección de su viaje, y ella cuidadosamente había intentado acordarse de todas las marcas del camino que pudo. Afortunadamente, parecían viajar justo hacia el Este, así que si—cuando— ella lograra liberar a Naruto y ellos escaparan, sabía que deberían volver justo por el Oeste.

El castillo era sorprendentemente pequeño, poco más que un torreón con un vestíbulo grande añadido, que parecía un remiendo ruinoso. Hinata fue conducida al interior oscuro, maloliente, pero al menos caminaba ella misma. Ella observó, tratando de esconder su ansiedad, como Naruto era llevado adentro. El bulto había dejado de retorcerse un par de horas antes, y ella se preguntó si por descuido le habían asfixiado. Evidentemente el mismo pensamiento se le ocurrió a la bestia, porque gritó algo y uno de los cuatro hombres que llevaba a Naruto le abofeteó en un lado de la cabeza. Un gruñido amortiguado los tranquilizó a ellos, y Hinata.

Asegurar a Naruto es mucho más importante que tratar con ella, al menos de momento.

Trajeron una antorcha humeante, y Naruto fue llevado hacia abajo por una escalera estrecha y sinuosa de piedra, a la profundidad de las entrañas del castillo.

Hinata los siguió porque no sabía qué más hacer, y las mujeres sucias, hoscas que habían observado su llegada no parecían darle la bienvenida. Además, ella necesitaba saber dónde estaría prisionero Naruto.

La mazmorra era espeluznante. Era malsana, húmeda y oscura, con humedad rezumando de las paredes fangosas de piedra. El aire era perceptiblemente más frío. Había tres celdas excavadas en la tierra firme, cada una de ellas aseguradas por una enorme puerta de madera. No había ninguna reja en la puerta; los prisioneros de esta mazmorra vivirían en la oscuridad total, con frío y humedad, y probablemente morirían de neumonía en un plazo de una semana o dos.

La bestia cortó las cuerdas que ataron los tartanes en torno a Naruto el Negro; él y todos sus hombres permanecían de pie con las armas preparadas, por si Naruto tratara de escapar. Hinata estaba de puntillas, con los ojos bien abiertos mientras trataba de echar un vistazo al hombre que la había hechizado durante tanto tiempo. Su movimiento atrajo la atención de la bestia y él la miró frunciendo el ceño. Él ladró una orden, y uno de los hombres a regañadientes tomó su brazo y la obligó a ir hacia las escaleras. Ella trató de oponerse, de entorpecerle, pero él no estaba de humos para perderse la diversión y literalmente la arrastró subiendo las escaleras, retorciendo su brazo durante el proceso.

Debajo, se escucharon gritos que salían de gargantas masculinas y ella retorció la cabeza, tratando de ver, pero estaba ya demasiado arriba de las escaleras curvadas. Hubo un estruendo, maldiciones, y los sonidos de una pelea, pies arrastrándose sobre la piedra y el ruido sordo de puños golpeando carne.

Ella se sobresaltó, preguntándose si tenían intención de matarle a golpes. Su guardia le sacudió con fuerza el brazo, mirándola con el entrecejo fruncido. Ella le asestó una mirada furiosa frustrada. Gritarle no serviría de nada, porque nadie la entendía.

Alcanzaron la cámara grande y él la empujó hacia otro tramo de escaleras, pero éste se curvaba hacia arriba en el torreón. Esta escalera era igual de oscura y estrecha. Hinata echó una mirada abajo y vio las caras resentidas vigilándola.

El guardia se detuvo delante de una puerta de madera burda, la abrió, y empujó a su interior.

Al instante ella giró pero él le cerró la puerta en la cara, y gruñó una orden gruñida que ella asumió que significaba "¡Permanece aquí!".

No había ojo de la cerradura en la puerta y la tranca estaba situada de este lado de la puerta, eso quería decir que ella no estaba encerrada dentro, pero cuando apoyó la oreja contra la madera oyó al guarda colocándose en el otro lado.

Ella giró y miró su prisión. El alojamiento era pequeño y oscuro, iluminado por una sola antorcha humeante cuya luz realmente no alcanzaba todas las esquinas del cuarto a pesar de su escasa amplitud.

La única ventana era una abertura estrecha, hecha así para que una flecha pudiera ser disparada desde ella en cualquier ángulo.

El suelo estaba cubierto de juncos que con el tiempo se habían vuelto negros y malolientes, y el único mobiliario estaba compuesto por una cama toscamente hecha que parecía más o menos del tamaño de una cama doble moderna, una sola silla, y una mesa inestable. Había un pequeño baúl colocado contra la pared más lejana, y una sola vela sobre la mesa.

Había una chimenea, pero ningún fuego. Una botella de cuero estaba sobre la mesa al lado de la vela, y una sola taza de metal.

Hinata aprovechó la intimidad que tenía ahora, que estaba segura de que era sólo temporal. A menos que estuviera equivocada, éste era el dormitorio de la bestia. De prisa ella extrajo las pinzas de su pelo, que había sostenido en alto extraordinariamente bien, y se desenrolló la navaja. Después de volver a poner las pinzas en su ranura, ella deslizó el arma dentro de su media y volvió a atar la liga, dispuesta conservar combinación de arma y herramienta con ella de ahora en adelante.

Cogiendo la pequeña caja de madera del bolsillo interior de la bolsa de la arpillera, la abrió y sacó el pañuelo, desenrollándolo con cuidado para no perder ninguna de las preciadas pastillas. Ella había traído un frasco lleno de antibióticos, recetas de analgésicos y tranquilizantes, además de un poco de todo lo que había podido conseguir en una farmacia de Edimburgo. Los tranquilizantes fueron unimpulso, un esfuerzo por cubrir todas las bases. Era extraño que fuesen el primer medicamento que ella tendría que usar.

Las cápsulas rojizas estaban en dosis de cien miligramos, lo suficiente como para dormir a alguien.

Tenía que imaginarse una forma de hacer que la bestia se las tomara sin darse cuenta, porque ella no podía dárselas simplemente y decirle "Tomaos esto".

Contempló la botella de cuero, pensando. El alcohol intensificaba los efectos del tranquilizante. Lo que no era una dosis letal del medicamento podía volverse mortal si el que las tomaba además bebía alcohol. Ella no quería matar a la bestia, solamente ponerle fuera de combate. Dos o tres píldoras eran suficientes para que cualquiera se durmiera. La bestia era un hombre pesado, no muy alto pero que ella le calculaba unos cien kilos de peso. Ella eligió tres cápsulas, y volvió a esconder los medicamentos que quedaban en la bolsa de arpillera.

Ella abrió la botella del cuero y olfateó el contenido. Sus ojos lagrimearon por el olor de la tosca y fuerte cerveza. Él no notaría nada malo en el sabor aunque ella disolvía treinta cápsulas enteras en su taza.

Sin embargo, con tres debería bastar. Cuidadosamente ella hizo pedazos las cápsulas, vertiendo el polvo en la estropeada taza de metal. Luego vertió un poco de cerveza en la taza y agitó el líquido hasta que el polvo se disolvió. Miró con atención dentro de la taza. El color de la cerveza parecía un poco de nebuloso, pero con esta luz él no tenía muchas probabilidades de advertirlo.

Luego, obligándola a calmarse y a tener paciencia, Hinata se sentó en la silla con la taza en la mano.

Esperó mucho tiempo. El ruido que flotaba suavemente hacia arriba le hacía pensar que había una celebración que continuaba escaleras abajo. Tenía hambre, pero no estaba ansiosa por unirse a ellos. Si a alguien se le ocurría enviar comida, estupendo. Si no, había tenido hambre antes.

Ella se adormeció. La antorcha parpadeante era tan sedante como observar un fuego en una chimenea, y emitía suficiente calor para que ella no tuviera frío.

Pensó en Naruto, y supo que él no estaba ni lo suficiente caliente ni cómodo como para dormir. Él también tendría hambre. Si no le habían dado de comer a ella, entonces ciertamente no le habían alimentado a él. Eso suponiendo que aún estuviera vivo, pero ella no creía que le hubieran matado aún. Si la bestia pensaba matarle, querría regodearse un poco primero. Ella intuía que era ese tipo de hombre.

Finalmente oyó voces fuera de la puerta. No se levantó de un salto, sino que siguió sentada relajada en la silla, o al menos tan relajada como podría estarlo encima algo tan duro como una roca.

La puerta se abrió y la bestia entró, su desgreñada cabeza bajó y sus pequeños ojos brillaron de anticipación. Él miró la taza, la botella abierta de cerveza sobre la mesa, y sus labios se abrieron en una gran sonrisa sarcástica, exhibiendo dientes horribles y restos de la cena que él había comido.

Hinata bostezó y despacio se puso de pie. Fingió beber un sorbo de la cerveza, luego le miró y levantó la taza en una pregunta silenciosa, inclinando la cabeza hacia la botella. Él dijo algo con voz cavernosa que ella tomó por un asentimiento, y ella llenó la taza, y luego se la pasó a él.

Él engulló la cerveza en dos tragos, luego se enjugó la boca mojada con la mano.

Sus ojos nunca la abandonaron, y la lujuria ardía apasionadamente en ellos.

Ella luchó contra el impulso de vomitar incluso mientras el alivio la llenaba.

Dios Querido, ¿cuánto tiempo tardarían en hacer efecto los sedantes? Él había comido, lo cual reduciría la velocidad del efecto, pero por su aspecto, también había bebido mucho. Ella tenía que hacer algo para entretenerle durante un rato, cualquier cosa que evitase que la atacara ahora.

Su ingenio se declaró en huelga, y lo único que se le ocurrió fue hacer un gesto de comer, sus cejas levantadas, y luego ella se frotó el estómago para indicar hambre. Él frunció el entrecejo, pero fue a la puerta y gritó a voz en cuello algo, ella esperaba una petición para que trajeran comida. Evidentemente él no tenía la intención de matarla de hambre, sino solamente se le había olvidado.

Él se acercó a la silla, se sentó, y vertió otra taza de cerveza. Hinata le sonrió, apuntado hacia sí misma, y dijo:

— Hinata Hyuga.

—¿Eh? —Al menos ella entendía ese sonido, pensó con alivio. Ella dijo otra vez:

— Hinata Hyuga —luego ella le señaló y esperó.

Él entendió ahora. Él aporreó su pecho de toro.

— Gatō El Hay.

— Gatō —repitió ella. Ella probó otra sonrisa—. Bien, Gatō, yo no le deseo ningún daño, pero espero que el sedante le haga caerse de culo al suelo. Sé que usted tiene grandes planes para esta noche, pero ya también los tengo, y usted no está incluido. Tan pronto como todo el mundo esté dormido, voy a ver cuánto daño le han hecho usted y sus matones a "ya sabe usted quién", y luego voy a sacarle fuera de aquí — Gatō escuchó su discurso con impaciencia creciente, y la interrumpió con un gesto impaciente de su mano. Luego él le espetó algo relacionado con ella. Ella hizo un gesto desvalido, agitando las manos y sacudiendo la cabeza.

Un ruido sordo breve sonó en la puerta y ésta se abrió. Una mujer gorda, sucia con pelo oscuro entró, llevando una bandeja pequeña delante que contenía un pedazo grueso de hogaza y un trozo de queso. Ella colocó sobre el suelo la bandeja con un golpe seco, mirando furiosamente a Hinata todo el tiempo. O bien a nadie aquí le gustaban los extranjeros por principio, o la mujer tenía algo con Gatō, lo cual le daba una nueva apreciación del viejo dicho de que el poder era un afrodisíaco.

La mujer salió, y Hinata arrancó un pellizco de la hogaza de pan. Ella paseó alrededor del cuarto, mordiscando refinadamente el pan y haciendo algún comentario casual a Gatō. Su mirada todavía la seguía, pero después de diez o quince minutos ella advirtió que él parpadeaba con seriedad. Ella continuó paseándose, su conducta completamente relajada, regresando a la mesa para saborear un bocado diminuto de queso. No estaba malo.

Los párpados de Gatō se cerraban pesadamente. Hinata caminó hacia la ventana estrecha y permaneció quieta, mirando hacia afuera a la noche mientras todavía fingía comer. Estando en las sombras como ella estaba, y estando Gatō tan drogado como estaba, no era probablemente que él se diera cuenta de que su mano estaba vacía.

La noche estaba iluminada por la luz de las estrellas, y una niebla suave se concentraba en los valles. Hinata en silencio vigilaba, escuchando los ronquidos de Gatō, pero la inactividad la carcomió. Sentía como si su cuerpo no pudiera encerrar la fuerza de su sangre, que golpeaba a través de sus venas.

Ella se sentía excitada, impaciente, ardiendo de energía. La constante cautela con la cual había vivido el año pasado, el sentido de ruina que gravitaba sobre ella, se había ido. Obito no la podría alcanzar aquí. Había peligros muy reales que ella podría afrontar pero a pesar de todo se sentía extrañamente ligera, como si le hubieran quitado un peso de encima.

Se sentía viva. La comprensión la conmocionó. Se había acostumbrado tanto a la desolación entumecida de su interior que ya ni siquiera advertía su ausencia.

Hasta el día de hoy, todo lo que ella había sentido durante un año había sido miedo, furia y odio, enfatizado por instantes de un dolor tan agudo que el entumecimiento había sido bienvenido. Pero hoy había sentido animación, e interés; ¡Ella incluso había sonreído como loca a Gatō! Las sonrisas eran completamente falsas, pero eran más de lo que ella había logrado durante un año.

Ella estaba realmente aquí. Le dolía cada músculo, se sentía lastimada interiormente, pero ella estaba aquí y Naruto el Negro estaba apenas dos pisos debajo de ella. Ambos eran prisioneros, probablemente él estaba herido, por los puños de sus captores si no sus espadas y sus dagas, pero ella podía sentir su presencia como un campo de energía, haciéndole sentir un hormigueo en las puntas de los dedos.

Un trueno suave alcanzó sus oídos. Miró a la mesa, sobre la cual Gatō estaba caído, con la cabeza descansando sobre un brazo extendido.

Anduvo de puntillas al otro lado de la mesa y desplazó la botella hacia una posición más segura. Un golpetazo de su brazo lo habría desplazado, y quizá le habría despertado, aunque creía que probablemente ni siquiera un cañón lo lograría esa noche. No iba a correr el riesgo.

No tenía ni idea de la hora que era, así que cautelosamente se sentó en la cama y se obligó a sí misma a esperar. La cerveza habría fluido libremente esa noche. Los hombres estarían cansados y lastimados de la batalla precedente, y la cerveza aliviaría sus sufrimientos. Dormirían temprano esa noche, y profundamente.

A pesar de todo esperó, hasta que estuvo en peligro de quedarse dormida ella misma. Cuando ella se sacudió con fuerza para despertarse por segunda vez, supo que tenía que ir ahora.

Recogió su bolsa y caminó silenciosamente hacia la puerta. Abrió la puerta con facilidad, mirando con atención a través de la rendija para ver si había un guardia de pie afuera. La oscuridad vacía le dio la bienvenida, alumbrada sólo por un fulgor débil que venía de abajo.

Salió a hurtadillas de la cámara y empezó a bajar las escaleras. Los hombres dormían en la sala grande, bultos roncadores que atronaban envueltos en sus tartanes. No fue de puntillas; caminó calmadamente, como si tuviera derecho a estar allí. Cualquiera que se despertara y la viera a la tenue luz podría pensar no era nada más que una sirvienta, pero si ella se moviese furtivamente, provocaría sospechas. Samui le había contado todo eso a ella: "camina como si tuvieras derecho a la acera entera, y los petimetres perversos te dejarán en paz".

Un candelabro grande de hierro estaba colocado en una mesa, las velas gruesas estaban medio consumidas. Hinata lo recogió por si acaso no había luz abajo. No quería usar su pequeña linterna y tratar de explicárselo a Naruto, al menos todavía no.

La escalera hacia la mazmorra estaba detrás de la sala grande, oculta detrás de una puerta tan oscura que casi no la vio. Colocó tanto el candelabro como la bolsa en el suelo, y fue abriendo poco a poco la puerta, cuidando de que los goznes de cuero no chirriaran. Una luz llegaba desde abajo. Había un vigilante, entonces, puesto que un prisionero no necesitaría luz.

Pasó su cuerpo por la abertura, sujetando la puerta mientras recuperaba el saco y el candelero. No necesitaba la vela, pero necesitaba un arma. Ella apagó soplando la vela y pellizcó la mecha con dedos humedecidos en saliva, y luego quitó la vela de la alcayata sobre el palo y lo metió la bolsa. Cuidadosamente colocó sobre el suelo del escalón de la parte superior la bolsa, luego hizo una respiración profunda, luego otra, y silenciosamente rezó.

El muro de piedra de la mazmorra estaba frío y húmedo contra su espalda mientras Hinata bajaba las escaleras estrechas, desniveladas. No había barandilla, y el parpadeo de la antorcha de abajo no penetraba en lo alto de las escaleras negras y curvadas. Tenía que andar a tientas hacia abajo, deseando haber encendido la vela después de todo, pero habría alertado al guarda de su presencia.

El peso del pesado candelabro de hierro tiraba de su brazo. Cuando hubo bajado la mitad de las escaleras, pudo ver al único centinela, sentado abajo, sobre un tosco banco con la espalda descansando contra la pared, y un pellejo áspero de vino en su codo. Bien; si tenía suerte, habría bebido hasta el estupor. Aunque tuviera la resistencia escocesa al alcohol, al menos el licor habría reducido la velocidad de sus reflejos. Esperaba que estuviese dormido porque dado donde estaba sentado, ella tendría que acercarse a él casi de frente. La luz era escasa y podría esconder el candelabro contra su pierna, pero si él se levantaba sería mucho más difícil para ella golpearle con bastante fuerza como para ponerle fuera de combate. Estaba tan lastimada y golpeada por su viaje a través del tiempo que no confiaba en su fuerza.

Era preferible si simplemente pudiera levantar el pesado candelabro y dejarlo caer ayudada por la gravedad.

Con cautela, Hinata adelantó ligeramente su pie, buscando el borde de cada peldaño mientras intentaba no raspar su zapato contra la piedra. El aire estaba frío y hediondo. El olor asaltó su nariz, haciendo que la frunciera con asco. El olor estaba compuesto de desperdicios humanos inconfundibles, pero debajo de esa capa estaban los más agudos y más desagradables de sangre, miedo, y sudor agrio de dolor. Los hombres habían sido torturados, y asesinados, en esas profundidades inmundas que nunca veían el sol.

Dependía de ella asegurarse de que Naruto el Negro no se unía a esa categoría.

Tuvo un pensamiento culpable: ¿había sido capturado por culpa de ella? El sentido común le decía que era ridículo; era imposible que Naruto hubiera escuchado su llamada mental. Ella no pudo haber causado la fracción de segundo de falta de atención que podía haber ocasionado su captura.

En realidad no había visto lo que sucedió, de todas formas, así que era absurdo sentirse culpable. Pero su misma presencia aquí era la prueba de que lo imposible era posible, así que no podría decir seguro que Naruto no hubiera oído su llamamiento.

No sabía cuánto tiempo tenía. Gatō de Hay dormiría hasta avanzada la mañana, bajo la influencia doble del alcohol y los tranquilizantes. Dado cuánto había bebido, ella sólo esperaba no haberle dado una sobredosis. Aunque fuera bruto y repugnante, ella no quería matarle. Pero estaba profundamente agradecida por haber traído esos medicamentos. Sin el Seconal, de ningún modo hubiera podido escaparse de Gatō, mucho menos evitar ser violada.

Su pie explorador no encontró más peldaños. El suelo no era nada más que suciedad abultada, dura, desnivelada y traicionera. Se quedó quieta por un momento, haciendo respiraciones profundas, silenciosas mientras trataba de estabilizar sus nervios. El guarda todavía sentado en el banco, dejó caer su cabeza dormida hacia adelante encima de su pecho. ¿Estaba de veras dormido, o borracho, o solamente haciéndose el muerto? ¿A pesar de lo cuidadosa que había sido, había oído algún susurro delator, y ahora trataba de atraerla más cerca con engaños?

No tenía importancia; no tenía elección. Aun si su captura no fuera por su culpa, no podía dejar a Naruto el Negro aquí para que Gatō lo matara. Naruto era el Guardián, la única persona viva que sabía tanto los secretos como la localización del Tesoro de los templarios. A menos que ella pudiera encontrar el Tesoro por sí misma, necesitaría sus conocimientos, su colaboración, para impedir que Obito pusiera sus manos sobre el Tesoro.

Ella quería detener a Obito, y quería a Obito muerto; para eso, necesitaba a Naruto el Negro vivo.

Contempló al vigilante. Si estaba despierto y solamente estaba siendo artero, ella despertaría menos sospechas acercándose a él directamente, como si no tuviera nada que esconder.

La teoría de Samui, otra vez. Además, si él la viese, no esperaría ninguna amenaza de una mujer. Su corazón aporreaba salvajemente en su pecho, y durante un momento unos puntos negros flotaron ante sus ojos. El pánico hizo que su estómago se retorciera, y pensó que iba a vomitar.

Desesperadamente aspiró más aire, conteniendo la náusea y debilidad. Se negó a permitirse vacilar ahora, después de todo lo que ya había pasado.

El sudor frío hizo erupción en su cuerpo, goteando hacia abajo por su columna vertebral. Hinata obligó a sus pies a moverse, despacio, midiendo los pasos que la llevaban a través del suelo áspero como si no tuviera nada en absoluto que esconder. La luz de la antorcha bailó y se ladeó, como si estuviera bajo el hechizo de alguna música que no se podía oír, haciendo vacilar las sombras en las paredes de piedra húmeda. El vigilante no se movió.

Tres metros. Uno y medio. Luego ella se quedó de pie directamente delante de la guardia, tan cerca que podía oler el hedor de su cuerpo sin lavar, bien definido y acre. Hinata tragó, y se fortaleció para el golpe que tenía que dar. Ella lanzó hacia arriba una oración rápida para no causarle ningún daño permanente, y usando ambos brazos doloridos levantó el pesado candelabro.

Su ropa crujió con sus movimientos. Él se movió, abriendo los ojos legañosos y mirando con atención arriba hacia ella. Se quedó con la boca abierta. Hinata se inclinó hacia abajo, y el candelabro macizo de hierro chocó violentamente contra un lado de su cabeza con un ruido sordo y firme que la hizo encogerse de miedo.

Cualquier cosa que él podía haber dicho, cualquier alarma que él podía haber dado, se disolvió en un gruñido mientras él se deslizaba de costado, con los ojos cerrándose otra vez.

La sangre goteó abajo por un lado de su cabeza, enredándose en su pelo sucio. Bajando la mirada vio que él era más joven de lo que había pensado, seguramente no tenía más de veinte años.

Sus mejillas mugrientas todavía mantenían una cierta curvatura infantil. Las lágrimas afloraron a sus ojos, pero ella las rechazó bruscamente, la necesidad luchando con el remordimiento.

De las tres celdas, sólo una estaba atrancada. ¿Cómo podía comunicarse mejor con él? El día de hoy le había enseñado que el gaélico no era una posibilidad.

Sin embargo, él era un templario. Casi con seguridad hablaría francés. Ella se sentía capacitada para hablar en inglés o en francés antiguo, pero el latín no se había modificado en absoluto desde su época, así que ese fue el lenguaje que ella escogió.

—He venido a liberaros —dijo ella con suavidad mientras luchaba con la barra.

¡Dios mío, era pesada! Era como forcejear con un tronco de árbol dos metros de alto y unos buenos veinte centímetros de ancho.

Sus manos se resbalaron en la madera, y una astilla se clavó profundamente en su meñique. Hinata dio un grito involuntario de dolor mientras retiraba la mano hacia atrás de un tirón.

—¿Estáis herida? —La pregunta fue expresada con una profunda calma, suavemente, con una voz ronca, y llegó muy clara a sus oídos como si él estuviera de pie cerca, al otro lado de la puerta.

Oyéndolo, Hinata se quedó paralizada, sus ojos se cerraron mientras luchaba otra vez con las lágrimas y una oleada electrizante de emoción que amenazaba con abrumarla. Era realmente Naruto el Negro, y oh, Dios mío, él sonaba justo como lo hacía en sus sueños.

Esa voz era como el trueno y el terciopelo, capaz de un rugido que congelaría sus enemigos o un ronroneo cálido que derretiría una mujer en sus brazos.

—Sólo... sólo uno poco —logró decir con voz temblorosa. Luchó para recordar las palabras correctas—. Una astilla... La barra es muy pesada, y se resbaló.

—¿Estáis sola? —la preocupación estaba allí ahora—. La barra es demasiada grande para una simple mujer.

—¡Puedo hacerlo! —dijo ella ferozmente.

¿Simple? ¿Simple? ¿Qué sabría él? Había sobrevivido huyendo durante un año. Había logrado llegar allí, contra todas las probabilidades, y además ella era la que estaba en el lado libre de la puerta. La cólera mezclada con la euforia, surgió a través de sus venas, haciéndole sentir como si fuera a reventar a través de su piel.

Quería gritar, quería golpear algo, quería bailar. En lugar de eso ella volvió su atención a la barra.

Abandonando cualquier intento para levantarla con sus manos, flexionó las rodillas y encajó su hombro bajo ella, empujándola hacia arriba con toda la fuerza en su espalda y sus piernas.

El peso de la barra se clavó en su hombro, casi la condujo hacia abajo otra vez. Apretando los dientes, Hinata afirmó sus piernas e hizo un gran esfuerzo. Podía sentir como la sangre se precipita hasta su cara, sentía el corazón y los pulmones esforzándose. Sus rodillas trastabillaron.

¡Maldita sea, ella no dejaría que este estúpido pedazo de madera la derrotara, no después de todo lo que ya había soportado! Un gruñido de negativa explotó más allá de sus labios y ella convocó cada partícula de fuerza de su cuerpo dolorido, acumulándola para un esfuerzo final. Los músculos del muslo gritaban por el dolor, la espalda le ardía.

Desesperadamente ella empujó hacia arriba, obligando a sus piernas a enderezarse, y un extremo de la barra lentamente se levantó centímetro a centímetro. Se balanceó por un momento y ella empujó otra vez, y la barra empezó.a deslizarse a través de la otra abrazadera. La madera áspera raspó su mejilla, desgarró sus ropas. Usando ambas manos, ignorando la necesidad de descanso, ella empujó la barra hacia adelante hasta que estuvo libre de la abrazadera derecha.

En lugar de continuar con su deslizamiento a través de la otra abrazadera, la pesada barra redujo la velocidad, y su peso se inclinó de regreso hacia ella. Hinata salió a gatas del camino de la barra mientras un extremo golpeaba el suelo de tierra con un ruido sordo que retumbó. La barra se quedó sujeta allí, con un extremo en el suelo y el otro balanceándose contra la segunda abrazadera.

Ella se quedó inmóvil, respirando con fuerza, temblándole cada músculo, pero con el triunfo rugiendo a través de ella, agudo y dulce. El calor irradiaba de ella, desterrando el frío como si estuviera de pie cerca de un fuego, y ya no podía sentir dolor en su mano herida. Se sentía revitalizada, invencible, y sus pechos se alzaron tensos y despiertos bajo su ropa.

—Abrid la puerta —invitó ella, las palabras saliendo sofocadamente a pesar de sus esfuerzos por estabilizar su voz. Además no pudo resistirse a una burla—: Si vos podéis —una risa queda llegó a sus oídos, y lentamente la puerta maciza comenzó a abrirse, empujando la enorme barra delante de ella.

Hinata dio un paso hacia atrás, su mirada ávidamente sujeta al espacio negro abierto entre la puerta y el marco, a la espera de su primera ojeada de Naruto el Negro en carne y hueso.

Él pasó a través de la puerta de manera tan despreocupada como si estuviera de vacaciones, pero no había nada despreocupado en la mirada clara que barrió al guardia inconsciente y luego saltó hacia ella, barriéndola de pies a cabeza en una sola mirada desconfiada, envolvente. Su energía la abrasó como en una explosión, una fuerza casi palpable, y ella sintió el flujo de sangre hacia su cara.

Él podía haber salido directamente de sus sueños. Estaba allí, tal como había sido en las imágenes que la habían asediado durante noches interminables, como había sido cuando su esencia había tirado de ella a través de casi siete siglos.

Lentamente, como la mano de un amante flotando suavemente sobre la cara de su amor, apenas tocando como si un contacto demasiado fuerte destruyese el hechizo, la mirada de ella recorrió sus rasgos.

Sí, era él. Ella le conocía bien, su cara memorizada en innumerables sueños.

La frente ancha, despejada. Los ojos, tan celestes como el cielo mas despejado, tan antiguos como el pecado. La nariz fina, de puente alto celta, y los pómulos cincelados. Los labios firmes y serios, la mandíbula y mentón inflexibles. Él era grande. Ella no se había percatado de qué alto era, pero puesto de pie era treinta centímetros más alto que ella, al menos medía un metro noventa y cinco. Su pelo rubio largo se mecía más allá de sus hombros, hombros que tenían por lo menos una envergadura de sesenta centímetros de músculo sólido. El pelo de sus sienes estaba sujeto por una delgada trenza a cada lado de su cara.

Su camisa y su tartán estaban sucios, y pardos por la sangre seca. Los cardenales moteaban su cara. Un ojo estaba hinchado, casi cerrado. Pero a pesar de eso, era fuerte y enérgico, insensible al frío que a ella le hacía temblar, o al menos se dijo a sí misma que era por el frío. Él era más salvaje de lo que ella podía haberse imaginado, y pero era exactamente como lo había soñado. La realidad de él era como un golpe, y ella se tambaleó.

Él miró alrededor, su cara dura y determinada, cada músculo preparado para el combate.

—¿Estáis sola? —preguntó otra vez, obviamente dudando de que ella hubiera manejado la barra por sí misma.

—Sí —murmuró ella.

No había ningún enemigo precipitándose desde las sombras oscuras, no se oía ninguna alarma.

Lentamente él volvió la mirada hacia ella, y con la antorcha detrás de ella perfilando su figura, ella supo que podía ver lo violentamente que temblaba.

—Frágil pero valiente —murmuró él, acercándose. A pesar de sí misma, ella se habría encogido hacia atrás, pero él se movió con la velocidad engañosa de un tigre atacando. Un brazo duro pasó alrededor de su cintura, tanto sosteniéndola como atrapándola, tirando de ella contra él—. No, no me temáis, dulzura. ¿Quién sois? Apuesto a que no sois pariente de Gatō, no con esa cara tan bonita y ese dominio del latín.

—N–no —tartamudeó ella.

El contacto con él iba subiéndosele a la cabeza, haciéndola sentirse mareada. Oh, Dios Santo. Su voz había tomado una nota profunda, inconfundible. El estómago se le encogió de pánico. Ella levantó su mano derecha contra su pecho para apartarle. El toque le clavó la astilla más profundamente en el dedo, y ella se sobresaltó por la punzada de dolor.

Al instante él apresó su mano, sus dedos duros envolviéndose con gentileza alrededor de ella y girándola hacia la luz. El estómago se le encogió con fuerza otra vez por el contraste de su mano yaciendo en esa palma callosa. Como Gatō, su mano estaba sucia por la batalla que él había librado ese día, pero ese era el único parecido entre los dos hombres. La mano grande de Naruto el Negro era delgada y poderosa, los largos dedos bien formados, las uñas cuidadas. A pesar de la fuerza obvia de esa mano, acunó la suya mucho más pequeña con mucha delicadeza como si él agarrara a un pajarillo recién nacido.

Ella echó un vistazo a la herida pequeña, ardiente de su mano. La astilla larga, puntiaguda había entrado en su dedo longitudinalmente, y el extremo sobresalía apenas por encima de la curva del primer nudillo. Él emitió un quedo sonido compasivo, casi un canturreo, y le levantó la mano hacia su boca. Con delicada precisión cogió el extremo de la astilla en sus dientes blancos, y firmemente lo extrajo.

Hinata se sobresaltó otra vez de dolor, haciendo una brusca inspiración con un siseo y levantándose de puntillas contra él, pero él le sujetó la mano firme en su poderoso apretón. Escupió la astilla, luego chupó con fuerza en la herida sangrante.

Ella sintió su lengua dando un golpecito contra su piel, lavándole el daño, y un gemido que no tenía nada que ver con el dolor se escapó de sus labios.

Esa mirada cielo regresó a su cara, tan cerca de la de él ahora, y sus ojos se dilataron y se volvieron más pesados a medida que él percibía cómo estaba con ella. Sus delgadas fosas nasales se agitaron como las de un semental, aspirando el perfume de la hembra. Y luego su expresión cambió, transformándose en un reconocimiento furioso.

—¡Vos! —él escupió la palabra como si fuera un insulto.

Sus manos se clavaron en los hombros de ella mientras la hacía girar hacia la luz. Ella no había vuelto a hacerse el moño después sacar la navaja, y él hundió una mano profundamente en la masa espesa, levantándola como para medir su longitud. Su cara aceitunada era salvaje.

—¿M–mi? —chilló ella sin corrección gramatical, en inglés. Ella se contuvo y regresó al latín—. ¿Yo?

—¿Quién sois? —preguntó él otra vez, y esta vez la pregunta era severa, con furia apenas contenida—. Fuisteis vos, gritando mi nombre, quien me distrajo hoy provocando mi captura. Vos me habéis vigilado durante meses, sin mostrar nunca vuestro rostro, hasta invadir mis sueños. ¿Sois una espía, una bruja? — Hinata se puso pálida, clavando los ojos en él en horrorizada consternación.

¿Él había sentido sus sueños, los había compartido con ella? Oh, no. Después ella se sacudió con fuerza a medida que registraban sus últimas palabras.

—¡No! ¡No soy una espía, o una bruja!

—¿Entonces por qué me habéis vigilado? — preguntó torvamente, soltándola para cruzar velozmente hasta el guardia inconsciente.

Miró brevemente la cabeza sangrante del joven, luego el candelabro de hierro que yacía a su lado, antes de tomar la espada y la daga como si sintiera la necesidad de estar armado en su presencia.

La daga desapareció dentro de su bota suave de cuero, y él empezó a hacerle frente, los ojos entrecerrados y vigilantes.

—¿Cómo habéis acudido a mi cama tantas veces que conozco hasta vuestra propia fragancia? ¿Cómo llegasteis con Gatō hoy? Oí vuestra voz, sé que estabais allí.

—Ellos me c–capturaron también —la vacilación de su voz la disgustó, e hizo una respiración profunda, irritada.

Estaba avergonzada de que él hubiera compartido esos sueños eróticos con ella. No sabía cómo había ocurrido, pero todo acerca de esto iba más allá de la normalidad y no había nada que pudiera hacer respecto a eso.

—Probablemente sea mentira. Apenas tenéis aspecto de maltrato.

—Creo que Gatō tenía intención de pedir rescate.

—Eso no os libraría de él, dulzura —ella se sonrojó otra vez, incapaz de controlar el calor en sus mejillas, pero eso parecía mucho más una respuesta a la sarcástica palabra cariñosa que a sus crudas palabras.

—No. Me libré de eso.

—¿Cómo lograsteis esa proeza? ¿Un encantamiento?

—¡No soy una bruja! Le di una bebida que le hizo dormir. Estaba borracho, de todos modos.

—¿Y todos los demás?

—Están todos dormidos por la bebida. Creen que estáis encerrado con seguridad, y que vuestros hombres no se atreverán a atacar mientras os tengan.

—No, pero estarán cerca —él no parecía tan furioso ahora, aunque su mirada era todavía dura cuando la miraba—. Aún no habéis contestado a mi pregunta. ¿Quién sois?

— Hinata Hyuga —lo dijo en inglés, porque ella no conocía el giro latino concreto.

Él repitió su nombre como ella lo había dicho, copiando lentamente la pronunciación, su lengua segura en las sílabas con la destreza de alguien que hablaba varias lenguas. Luego él dio un paso cerca de ella, con la espada todavía en su mano, tan cerca que su gran cuerpo grande ensombreció la luz parpadeante de la antorcha.

—¿Y cómo me habéis vigilado?

—No lo he hecho —Ella hizo un gesto desvalido—. Soñé.

—Ah. Más sueños —todavía estaba furioso, ella lo podía sentir, pero su voz había cobrado esa nota baja, seductora otra vez, haciéndola temblar mientras luchaba contra su influjo—. ¿En vuestros sueños, dulzura, estaba dentro de vos? — murmuró, acercándose aun más, su brazo izquierdo deslizándose en torno a su cintura y lenta, inexorablemente, tirando de ella contra él—. ¿Estabais debajo de mí en mi cama, mientras os montaba con fuerza? — Hinata luchaba para respirar.

Sus pulmones no estaban funcionando bien, sólo inhalaban rápidas respiraciones superficiales. Ella afirmó las manos contra su pecho, sintiendo el increíble calor de su cuerpo a través de la camisa de lino áspera. También ella se sentía ardiente, inquieta y aterrorizada, con la piel casi dolorosamente sensible.

Su mirada era aguda y ardiente, alarmantemente conocedora. Sus labios se separaron ligeramente, su respiración llegaba un poco demasiado rápido mientras el brazo duro alrededor de su cintura la impulsaba aun más y más cerca, hasta que sus pechos se tocaron.

—Soy un tonto —murmuró él, esta vez en escocés, pero de algún modo ella le entendió—. No tengo tiempo para más, pero al menos tendré vuestro sabor —Él la levantó, girándola para inmovilizarla contra una de las puertas de la celda.

Su cuerpo grande, con músculos de hierro se apretó contra ella desde el hombro hasta la rodilla, y la respiración de ella se le cortó al notar la plenitud de su excitación.

Instantáneamente él se aprovechó de sus labios separados y puso su boca sobre la de ella. Su beso fue devastador, no por su violencia sino por sus efectos. Su sangre se despertó salvajemente en respuesta, y su cuerpo instintivamente se amoldó al de él. Su sabor era ardiente, áspero y salvaje, impactantemente familiar. Él usó la lengua con habilidad abrasando su alma, exigiéndole respuesta, luego ahondando su ventaja cuando ella impotentemente se la dio.

Sus manos se movieron sobre su cuerpo, ahuecándose en sus pechos, y su trasero, moviéndola contra él. Sus dedos largos se deslizaron entre sus piernas, tocándola a través de su túnica. Hinata tuvo un segundo de advertencia, un agarrotamiento interior casi doloroso, y frenéticamente ella empujó contra él pero era demasiado tarde.

La sensación se astilló en mil fragmentos penetrantes, y con un grito ronco se arqueó contra él.

Ella sintió su sorpresa mientras su boca amortiguaba su grito, después él la sujetó más apretadamente mientras el clímax pulsaba a través de ella, con aquellos dedos diabólicamente sabios frotando con gentileza para darle a ella una medida exacta de satisfacción. Los espasmos finalmente se calmaron, reduciéndose a pequeños temblores, y ella se hundió débilmente contra él.

Retiró de un tirón su boca de la de él y presionó su cabeza con fuerza contra el hombro de él, con la cara ardiendo de mortificación. Nunca se había sentido tan avergonzada y humillada en toda su vida.

Alcanzar el clímax en un sueño era lo suficientemente perturbador, pero hacerlo frente a él, sin más estimulación que un beso y una caricia atrevida... ardía de vergüenza.

—Muchacha —dijo él, su voz baja y ronca, casi un susurro. Sus labios presionaron brevemente la curva expuesta de su cuello, un toque abrasador y tierno. Él respiraba en jadeos suaves, cortos a medida que él la dejaba deslizarse sobre sus pies, por toda la longitud de su cuerpo.

Ella habría agachado la cabeza pero él le sujetó la barbilla, alzando su cara para poder verla. Su pulgar barrió sobre la suavidad de su boca. Él tenía los labios hinchados y brillantes, sus ojos entrecerrados con lujuria.

—Una lástima que deba irme —murmuró en escocés—. Abrasaríais a un hombre hasta convertirlo en cenizas, pero se volvería cenizas con una sonrisa en la cara —Él se inclinó y rozó su boca con la de él, luego palmeó su trasero y la colocó lejos de él.

Temblando, Hinata se apoyó contra la puerta, su mente en blanco y sus rodillas como agua. Él se movía tan rápido que ya había alcanzado las escaleras antes de que el entendimiento se hundiera en su cerebro.

Ella se esforzó en ponerse recta, con los ojos dilatados.

—¡No, un momento! — gritó—. ¡Llevadme con vos! —Él ni siquiera se detuvo, sus piernas poderosas subiendo las escaleras de dos en dos. Él le lanzó una sonrisa burlona.

—Os doy las gracias por mi libertad, pero la gratitud no me hace un tonto — dijo, regresando al latín, y desapareció hacia arriba en la oscuridad.

¡Oh, Diablos! Ella no se atrevía a gritar otra vez. Ella se lanzó en pos de él pero sus piernas todavía temblaban, y apenas tenía fuerzas para subir por las escaleras. No había ni rastro de él cuando ella emergió de la mazmorra.

Ella no podía dar la alarma, porque al fin y al cabo ella no quería que le volvieran a capturar. Ni ella misma se atrevía a quedarse. Ella recogió su bolsa y fue de puntillas hacia la cocina, pensando que era la vía de escape más probable. Si hubiera un guarda allí, Naruto se habría encargado de él. Ella tenía que salir de esta prisión mugrienta y encontrarle otra vez.

Él no era un héroe, maldito fuera, ni un caballero de brillante armadura. Era simplemente un hombre, sin embargo más grande que la mayoría, más audaz y más enérgico. Era arrogante y rudo, y era su única esperanza.

Continuará...