23
¿Y ahora esto?
Tenía razón Rachel, y mucha, a decir verdad, cuando me advirtió que vivir con un par de chicos no era lo más agradable que había tenido que hacer en su vida. Ni siquiera siendo los dos chicos más cuidadosos y escrupulosos del universo. De hecho, probablemente por ese mismo motivo se hacía más complicado.
Apenas llevaba con ellos medio día y ya podría contar como una decena las veces que Kurt y Blaine consiguieron sacarme de quicio.
Si no era el baño eran los platos, sino eran los platos, eran los cojines mal puestos en el sofá. Si no eran los cojines, era el estupor de ver como las películas de Rachel aparecían desordenadas en las estanterías. Y eso sin contar con las continuas reprimendas acompañadas de los correspondientes besos de reconciliación que se daban a cada rato. Creo que no pasaban dos minutos sin verlos discutir, y a continuación besarse. Y eso me empezaba a enfermar. Aunque lo cierto era que me moría de envidia.
Si digo que aquella noche no dormí, estaría diciendo la mayor mentira que jamás dije. Dormí mucho, muchísimo. Dormí como una bendita, dormí como nunca antes lo había hecho gracias a ella. Gracias a su brazo rodeando mi cintura y a su cálido aliento meciendo mi pelo. Gracias a lo confortable de su cama y la paz que lograba transmitirme con tan solo su presencia. Y no satisfecha con eso, llegó la hora de despertar, y lo hizo regalándome una sonrisa a modo de disculpa por permitir que su despertador sonase rompiendo nuestra calma.
Amanecí frente a ella, sin saber en qué momento de la noche decidí que tenerla a escasos centímetros de mi cara era más agradable que tras de mí. Y aunque el momento de abrir los ojos y encontrarme con los de ella fue un tanto incomodo, no pude evitar relajarme al verla sonreír, y disculparse por haberme despertado.
Eran las 7 de la mañana cuando me dio los buenos días, y la vi abandonar la cama con pereza, invitándome a que siguiera ocupándola todo el tiempo que me apeteciera en aquella mañana. Una reunión con el equipo de la serie la obligaba a salir a aquella hora del apartamento, y me dejaba como única anfitriona de la parejita feliz que me había robado la habitación aquella noche.
Lo confieso. La hora que estuve remoloneando en la cama de Rachel, agradecí con todas mis fuerzas que hubieran ocupado la mía, aunque eso evidentemente era algo que guardé para mí misma.
Hacía casi dos años que no veía a Kurt y tres que no coincidía con Blaine. Y a pesar de la emoción que me transmitieron cuando nos encontramos en el salón, y de la charla inicial poniéndonos al día de nuestras vidas, no logramos congeniar tan bien como se supone que debíamos hacerlo después de haber sido compañeros de clase.
De nada servía haber compartido tantos momentos juntos, después de tantas experiencias buenas y malas. Eran muy pocas las relaciones de amistad que lograban mantenerse cuando el tiempo y la distancia alejaba nuestras vidas de las que una vez formaron parte de nuestro mundo. Por eso yo valoraba tanto tener a Santana a mi lado, porque a pesar de nuestras diferencias, de esos meses en los que no podíamos vernos por diferentes motivos o por como nuestros caminos tomaban rumbos opuestos, sabía que siempre estaría a mi lado. Y cuando nos veíamos era como si nunca hubiésemos dejado de hacerlo. Ni siquiera con Britt logré mantener esa amistad que sí tenía con mi representante mafiosa. Y supuse que tanto Kurt como Blaine tenían la misma sensación que yo, excepto porque su más fuerte y fiel enlace con la adolescencia, era Rachel. Yo sabía de sobra que Kurt era el alma gemela de Rachel. Que ambos sabían compenetrarse a la perfección, y que si él no fuera gay podría ser perfectamente su marido. Ese que la mimaría con una rosa cada mañana, y construiría una casita de árbol en su precioso jardín. Pero por suerte no lo era, y digo por suerte porque yo no soportaba tanta perfección en un hombre. De hecho, lo detestaba muchísimo, aunque no me hubiese dado motivos para ello.
Lo cierto es que la mañana se hizo demasiado larga. Sobre todo, porque me obligaron a salir con ellos a almorzar en el muelle y me sentí tan fuera de lugar que no pude evitar acordarme del pobre Edison, el gatito de Caroline. Curiosamente, ni Kurt ni Blaine mencionaron absolutamente nada de mi promance con Rachel, por lo que imaginé que las noticias aún no habían llegado a la ciudad de los rascacielos. O tal vez tenían terminantemente prohibido hablarme de ello. No lo sé. Solo sé que lo único que parecía importarles era disfrutar de la buenísima temperatura de la ciudad. Y eso nos llevó a dar un paseo por la zona comercial del muelle justo después de comer. Y lo agradecí. Aquello me sirvió para olvidarme un poco de la intensidad del amor que se demostraban los dos tortolitos, y relajarme gastándome en compras más de lo que debía y podía. Era uno de mis grandes defectos, o cualidades según se mire. Cuando se trataba de regalar no me importaba en absoluto quedarme sin liquidez alguna, y en una de las tiendas encontré algo que supe que a Rachel le encantaría. Sí, pensé en ella en ese instante, como lo estuve haciendo prácticamente todo el día.
Era incomprensible, pero la echaba de menos. Deseaba que estuviese allí con nosotros, no solo por tener que soportar yo sola a Kurt y Blaine, sino porque empezaba a ser consciente de que aquellos ya eran mis últimos días en la ciudad. A pesar de que tenía pendiente el casting. Tanto si lo superaba como si no, tenía que regresar a New Haven, y sentía que debía aprovechar cada minuto que vivía en aquel lugar.
Regresamos al apartamento cuando la tarde ya empezaba a ceder, y Santana me avisaba de la hora concreta en la que íbamos a encontrarnos con Mercedes y Brittany, más el restaurante elegido para la cena. Rachel seguía sin dar señales de vida, aunque Kurt decidió avisarle de los planes de aquella noche para que tuviese tiempo de organizarse. Yo me limité a aprovechar el tiempo que teníamos ya en el apartamento, para preparar la maleta que me iba a llevar a Lima el día siguiente, y dejar el pequeño regalo que le había comprado a Rachel en su propia habitación. Admito que no pegaba demasiado con la decoración clásica y elegante con la que vestía la estancia, pero no me importó en absoluto. Lo dejé allí, encima de su cómoda, reinando la habitación y provocándome una sonrisa solo por pensar en la suya cuando lo descubriese. Esperé pacientemente a que los presumidos novios se preparasen para afrontar la noche de la mejor manera posible, y me decidí a ocupar la ducha cuando al fin la dejaron libre.
Estaba ya fuera de la misma, cubierta con el albornoz y secándome el pelo con la toalla cuando escuché varios toques en la puerta, y su voz, casi imperceptible, tras ella.
—¿Quinn?
—Sí, estoy aquí —respondí como una idiota. ¿Dónde iba a estar si no?
—¿Puedo entrar o estás…?
—Entra, entra —ordené abalanzándome sobre la puerta para permitirle el paso. Sí, lo sé, tal vez dejé muestras de una necesidad inaudita por verla, pero no me importó en absoluto. Y por lo visto ella también parecía querer verme a toda prisa. Al menos eso pude saber tras descubrir su rostro.
Me miró expectante, hasta que sonreí tímidamente y la contagié. Vi como Kurt parecía observar la escena curiosa desde el salón, y la invité a entrar en el baño para evitar que siguiera metiéndose en nuestros asuntos. Si había algo que el tiempo no había cambiado en Hummel, era su inmensa capacidad para curiosear donde nadie le invita.
—No, no quería molestarte.
—Tranquila, ya he acabado.
—Ya, ya veo —balbuceó mirándome de pies a cabeza—. Eh…Quinn, si no te importa me voy a meter en la ducha, acabo de llegar y como me retrase no llego a tiempo para la cena con las chicas.
—Oh, claro. Yo solo me estaba secando el pelo un poco, me visto y…—Juro que quise hablar, juro que quise continuar con mi explicación de lo que estaba y pretendía hacer en los siguientes minutos, pero no pude. ¿Os acordáis del área de Broca? ¿La maldita zona del cerebro que te deja sin habla cuando le da la gana? Pues bien, el dichoso clic en mi cerebro sonó, desconectando por completo mi verborrea en el momento justo en que la vi deshacerse de la blusa frente a mí, dejándome verla en todo su esplendor. Y no contenta con eso y tras esquivarme para acercarse a la ducha, comenzó a bajar con sutileza la cremallera de su falda mientras se deshacía de los zapatos. Cuando quise darme cuenta estaba completamente desnuda, dándome la espalda en todo momento, por supuesto, y dispuesta a colarse en la bañera. Yo me giré como si el demonio tirase de mí, aunque estoy convencida de haberlo escuchado susurrándome al oído que no dejase de mirarla. Incitándome a que no me perdiese aquel espectáculo bajo ningún concepto. Porque el cuerpo de Rachel era eso, un verdadero espectáculo.
Y lo peor no fue tener que soportar la tensión que me embargó de repente. Lo peor fue ver que pretendía que aquello se alargase cuando yo ni siquiera era capaz de comprender qué me estaba sucediendo.
—Me ha dicho Kurt que habéis salido a comer y habéis estado en el muelle. ¿Te lo has pasado bien?
—Eh, sí…Claro que sí —fingí con tal de no pensar demasiado. Lo único que me importaba en ese instante en el que el agua ya empezaba a caer sobre ella, era poder centrarme únicamente en mi reflejo en el espejo. No lo hice, por lo que mi única escapatoria para no parecer una pervertida fue inclinar mi cabeza hacia el suelo y cubrirla entera con la toalla. De ese modo, por mucho que mis ojos se desviasen hacia ella no podía verla. Pero evidentemente no iba a poder estar mucho tiempo así si no quería morir por culpa de la sangre agolpándose en mi cabeza.
—Quinn —me susurró exigiendo que la mirase—. ¿Puedes acercarte un momento? —añadió utilizando la estúpida mampara para protegerse. Digo estúpida porque era transparente, y obviamente, aunque servía para evitar que el agua salpicase todo, no lograba tapar absolutamente nada de su cuerpo.
—¿Qué…Qué quieres? —balbuceé esforzándome en que mis ojos se quedaran fijos en los suyos. Jamás pensé que fuese algo tan complicado de hacer hasta que lo sufrí en aquel mismo instante.
—Ven —volvió a susurrar incitándome a que me acercara más. Yo lo hice a duras penas, pero lo hice. Y cuando estuve a escasos centímetros de su cara, cuando incluso podía contar las gotas exactas de agua que se suspendían de sus pestañas, se acercó a mi oído logrando que el intenso olor del gel de chocolate me dejara completamente a su merced —Kurt no sabe nada.
—¿No sabe nada de qué? —cuestioné como pude, repitiéndome una y mil veces que era mi amiga.
—George me dijo anoche que debía evitar contar la verdad de nuestro promance, sin importar que fuesen amigos o familiares. Quiero decir, me dijo que si creían que estábamos juntas simplemente lo negásemos, pero que nunca confesemos que estaba todo pactado.
—¿Por qué? ¿Desconfías de ellos? —repliqué también con un susurro. Lo cierto es que no fui consciente de lo cómico que podría resultar vernos en aquella situación desde fuera, a pesar de mi incomodidad. Rachel pegada a la mampara asomando la cabeza, y yo frente a ella luchando porque mis ojos se centrarán en los suyos, y no en su cuerpo. Y pensándolo bien, me costó asimilar como era posible que ella, precisamente ella, estuviese mostrándose desnuda frente a mí tan tranquila. ¿Dónde quedaba esa inseguridad que me había mostrado días atrás? ¿Dónde quedaba esa norma de no irrumpir en el baño cuando lo estuviese utilizando? Parecía otra Rachel completamente diferente. Más decidida. Más lanzada.
Evidentemente la culpa era mía, por supuesto. Fui yo quien le negó la noche anterior que ocurriera nada entre nosotras. Fui yo quien le dijo que no me gustaba de ese modo, y ella parecía pensar lo mismo. Rachel simplemente me estaba tratando como a una amiga más, y las amigas no tenían problema alguno por desnudarse frente a la otra. ¿O sí?
—No, claro que no desconfío de ellos, pero según George esos asuntos es mejor mantenerlos como un secreto profesional. Nunca sabes qué cosas pueden suceder, las situaciones que pueden vivir, ni si en algún momento alguno de ellos puede comentar algo y todo se sepa. Por el bien de nuestras carreras profesionales, jamás debemos confesar haber hecho algo así. Simplemente negarlo. ¿De acuerdo?
—Ok. Me, me parece perfecto.
—Bien —me sonrió satisfecha—. Quería decírtelo antes de que nos viese juntas, porque estoy convencida de que nos lo va a preguntar. Por eso me colé con tanta urgencia. Lo siento —añadió con tanta dulzura que no pude evitar hacer otra cosa más que sonreír. Sonreír y mirarla sin contemplaciones. No sé si llegó a molestarle porque cuando fui consciente de lo que hacía, me giré rápidamente y regresé al espejo—. ¿Todo bien? —me dijo y yo asentí.
—¿La reunión bien? —cuestioné cuando recuperé el aliento.
—Ajam. Nos han explicado el planning que vamos a tener en las próximas semanas. Es genial, voy a tener varias entrevistas radiofónicas, y también nos van a hacer sesiones de fotos. Tengo que pedir cita para que me arreglen un poco el pelo y otras cosas más. Pienso parecer una verdadera estrella.
Como si no lo fuera, pensé sin poder evitar lanzarle una última mirada cuando regresaba bajo la ducha. Digo última porque después de aquella decidí que no podía seguir sufriendo de aquella manera.
—Me parece perfecto. Eh…Rachel, me marcho. Voy, voy a vestirme a mi habitación —le dije recogiendo mi ropa.
—Ok. No voy a tardar mucho. No quiero hacer esperar a Santana.
—No, será mejor que no lo hagas —le avisé cuando ya me disponía a salir del baño, no sin antes volver a martirizarme. La miré, y justo ella me miró portando una traviesa sonrisa que yo quise asociar a mi comentario acerca de no hacer esperar a Santana. Y no porque precisamente me pillaba mirándola. Después de ello salí de allí como si el diablo, el mismo que me había estado torturando, me empujara a colarme en mi habitación sin mirar una sola vez a los alegres tortolitos que disfrutaban del sol en la terraza. Y fue allí, protegida por las paredes de la misma y sin la mirada de los invitados o el tentador cuerpo de Rachel, cuando fui consciente de lo que me estaba sucediendo. De cómo mis hormonas, esas que pensé que se habían calmado durante la noche, volvían a hacer de las suyas en mi cuerpo. Me cuesta admitirlo, pero estaba completamente excitada por culpa de Rachel, y su particular sensualidad sin que el alcohol recorriese mi sangre. Sin el influjo de los poderes afrodisiacos de la estúpida cerveza belga. Me sentía como si llevase años sin beber y me estuviesen ofreciendo un vaso de agua fría y tentadora. Sentía como me quemaba todo. Mis manos, mi pecho, incluso la garganta. Todo mi cuerpo ardía en aquel instante por culpa de un par de minutos con ella desnuda frente a mí. Tanto que agradecí con todas mis fuerzas ser una chica y no un chico. Estoy convencida de no haber podido pasar desapercibida si lo fuese. Sin duda.
—¡Quinn! —su voz logró sacarme esos pensamientos de la cabeza. La voz de Blaine, no la de Rachel por supuesto. Era él quien golpeaba mi puerta —¿Puedo entrar?
—Eh…Un segundo —me excusé para poder al menos vestirme. Había olvidado por completo que aquella también era su habitación. Y lo supe cuando se disculpó al entrar y se excusó con tener que coger algo de su maleta.
Después de aquello no hubo más intervenciones. Y aunque mi cabeza seguía dándole vueltas a cómo me encontraba, pude lograr centrarme en prepararme para acudir a nuestra cita de aquella noche. No podía asegurarlo, pero estoy convencida de que el subconsciente y mis hormonas fueron las culpables de que yo terminase utilizando parte de la ropa que habíamos comprado cuando empezó la locura del promance. La misma ropa con la que yo no me sentía del todo segura, pero que en aquel instante hizo que me viera realmente sexy frente al espejo. Y a juzgar por la cara de Kurt al verme y luego la de Rachel, supe que estaba en lo cierto.
Ella no. Ella se vistió como solía hacer para las ocasiones como aquellas. No utilizó shorts rasgados ni una blusa lo suficientemente transparente que dejase ver que llevaba ropa interior a juego, como yo hice. Ella fue más elegante, más clásica y acorde a su estilo. En lo único que coincidimos fueron en nuestros zapatos y en el pelo perfectamente peinado para la ocasión. Todo lo demás, incluido el maquillaje, nos hacía parecer dos personas completamente opuestas.
Y fue el dichoso maquillaje, lo que me llevó a vivir otra de esas escenas que hacían que de nuevo la temperatura subiese y destruyese mis esquemas.
Apenas faltaban 40 minutos para la hora en la que habíamos quedado. Rachel aún seguía metida en su habitación con la compañía de Kurt, mientras Blaine me contaba que estaba a punto de trabajar con el mismísimo Hugh Jackman en una obra musical. Algo que evidentemente, a mí me importaba poco o nada. Y fue justo en ese instante cuando Kurt decidió dar señales de vida exigiendo mi presencia en la habitación.
—Toda para ti, yo ahora mismo no la soporto —me dijo mientras se dejaba caer en el sofá.
—¿Toda para mí?
—Está histérica tratando de maquillarse, y no me deja que la ayude. Deberías ir y acabar con su tortura antes de que se convierta en un payaso.
No comprendí muy bien lo que quiso decirme, hasta que decidí armarme de valor y colarme en la habitación. Y lo cierto es que a primera vista no vi nada raro, más que a Rachel tratando de perfilarse los ojos mientras se miraba en el espejo. Fue después, al acercarme, cuando descubrí que su mano temblaba frente a su rostro. Me miró a través del espejo y dejó escapar un suspiro de resignación e impotencia de sus labios.
—¿Te pasa algo? Me ha dicho Kurt que…
—Nada, no me pasa nada —respondió con brusquedad, pero rápidamente rectificó y me habló con dulzura—. Es solo que no consigo terminar de maquillarme. Estoy horrible.
—No digas tonterías, Rachel. Estás hermosa.
—No, no lo estoy. ¿Acaso no me ves? ¡Mira mi ojo!
—¿Qué le pasa a tu ojo?
—Que no puedo maquillarlo.
—Pero, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás temblando? —cuestioné olvidándome de mi tortura y de las hormonas que aún seguían revoloteando por mi cuerpo.
—Porque estoy nerviosa. No, no quiero llegar tarde y quiero estar bien, pero no consigo igualar mi maldito ojo izquierdo con el derecho.
—Vamos, Rach… No es para tanto.
—Sí, sí que lo es. Kurt me tiene histérica con las preguntitas, y encima vamos a llegar tarde por mi culpa, y no me lo puedo permitir. Nunca llego tarde a las citas.
—Relájate. ¿Ok?
—No puedo.
—¿Me dejas que te ayude?
—Sí, por favor —balbuceó dándose por vencida tras dejar caer el lápiz de ojo sobre la cómoda donde horas antes yo había dejado su regalo. Un regalo que permanecía oculto por la el maletín de maquillaje que utilizaba. Supuse que ni siquiera se había percatado de ello.
—Ok, a ver… Déjame que te vea —le dije obligándola a que me mirase, siendo el ser más inconsciente del universo. Solo a alguien como yo se le ocurriría encerrarse en una habitación con la persona que minutos antes la había hecho llegar casi al punto de ebullición, para acercarse a su cara y maquillarla. Solo una inconsciente como yo podría hacer algo así y no percatarse de ello hasta que ya era tarde.
Cuando tomé el lápiz y la vi plantada frente a mí, sabiendo que me tenía que acercar mucho más a ella, supe que había cometido un nuevo error, y que era tarde para deshacerlo. Así que tragué saliva, me llené de valor, y pensando en la ira que descargaría Santana sobre nosotras si llegábamos tarde, tomé las riendas de la situación.
—Ok, solo te falta un ojo por pintar.
—Sí, el izquierdo, ya te lo he dicho. No, no puedo…Me tiembla tanto el pulso que temo por hacerme daño.
—No te preocupes. Cierra los ojos y relájate —musité tomándola por la barbilla para que alzase el rostro hacia mí. Idiota. No pude evitar insultarme a mí misma cuando noté como el incomprensible calor volvía a ascender por mi estómago hasta llegar a mi pecho. Posé con delicadeza mi mano sobre su pómulo, y tal y como yo sabía hacer comencé a trazar la línea que perfilaba su párpado con suavidad, evitando en todo momento llegar a hacerle algún tipo de daño. Era algo que yo hacía casi a diario, por lo que no debía suponerme inconveniente alguno. Es más, no tenía por qué resultar difícil de hacer aún si no tenías tanta experiencia. Simplemente tenía que trazar una fina línea en el parpado que, gracias al lápiz que utilizaba, lo podría hacer hasta un niño de dos años. Pero no fue ese el problema que me surgió, por llamarlo de alguna manera. Mi pulso era perfecto y la línea quedó magistralmente trazada, logrando que sus ojos fuesen aún más expresivos de lo que ya eran. El inconveniente surgió cuando fui consciente de nuestra situación, cuando noté que su cuerpo también desprendía un calor inaudito, y como su respiración chocaba directamente con la mía. Cuando descubrí sus labios entre abiertos llamándome, gritándome que me acercase a ellos mientras no era capaz de controlar mi propio cuerpo.
No era necesaria tanta cercanía para pintar un simple ojo, pero allí estábamos, y ambas completamente conscientes de lo que hacíamos. Casi sin espacio entre las dos para que el aire pudiese pasar, y jugando a que el aliento nos sirviera para medir la distancia que separaban nuestros labios. Estaba decidida. Iba completa y concienzudamente decidida a morderlos, a besarlos, a quedarme con ellos y disfrutarlos. A aprovecharme de aquella situación para calmar de una jodida vez esas ganas que se apoderaron de mí de la noche a la mañana, sin pensar en las consecuencias o en cómo me iba a excusar. Quería besarla y ella parecía estar dispuesta a ello, pero ya sabemos que nunca fui chica con suerte. Y a pesar de que sus ojos ya se habían abierto para mirarme, y confirmar mis sospechas de que esperaba aquel beso, no pude hacerlo por culpa del estúpido gominas que nos interrumpió, y el insoportable sonido del teléfono.
—¡Rachel! —gritó Blaine desde el salón, rompiendo la magia que habíamos creado en apenas un par de minutos—. ¡Te llaman! —añadió asomándose a la habitación. Yo me aparté de ella tratando de contener el temblor que me había contagiado, y Rachel se limitó a dejar escapar un resignado suspiro segundos antes de atender la dichosa llamada. Y todo se acabó. Bueno, todo no, porque mis ganas seguían recordándome que estaba perdiendo por completo la cabeza. Pero sí se acabó la oportunidad de besarla en aquel instante, y después de escucharla hablar por teléfono creí que no volvería a tenerla en toda la noche.
Sí, así separando cada letra con un espacio para matizar más el adjetivo que tan bien me describía. Quinn ilusa Fabray. Lo he repetido mil veces, lo sé, pero nunca me cansaré de hacerlo después de cómo se dieron las circunstancias. Juro que incluso llegué a pensar si podría funcionar de nombre, porque no había mejor palabra que me representara en aquel momento, en esta historia.
La de la llamada no era otra más que Santana indicándole que había un cambio de planes de última hora, y que ya estaban llegando a Chateau Marmont. Ya podría haber enviado un simple mensaje y no interrumpirnos. En fin, lo preocupante del aviso es que nos dejaba con menos tiempo de margen para llegar a tiempo. De hecho, ya íbamos tarde. Así que tras colgar la llamada y ya con la presencia de Kurt y Blaine metiéndonos presión, nuestro pequeño encuentro mágico se esfumó para siempre, dejando paso un momento de tensión en el que no hubo otra cosa más que prisas, prisas y más prisas.
Y no por mi parte, que quede claro. Era Rachel la puntual, como nos repitió en el taxi por más de una docena de veces. Jamás, nunca antes había llegado a una cita tarde, aunque en aquella ocasión podía excusarse con el cambio de planes que surgió a última hora y que nos alejaba unos 20 minutos más del primer restaurante que eligieron.
Yo sin embargo me mantuve serena, dentro de lo que cabía. Rachel decidió ocupar el asiento delantero del taxi, por lo que me regaló esos 40 minutos que tardábamos en llegar para poder pensar con claridad, y tranquilizarme a mí misma.
No, no lo logré.
Me resultaba tremendamente complicado asimilar como en apenas una hora había tenido dos oportunidades de lanzarme hacia sus labios, y estuve decidida a hacerlo cuando la noche anterior le confesé que no sentía nada por ella. Y lo peor es que seguía completamente convencida de no sentir nada, y que todo lo que me sucedía era consecuencia del estúpido calentón de la abstinencia. Eso era todo. Esa era mi única excusa y conclusión. Echar la culpa a la abstinencia. Y la única solución a falta de poder saciar mi necesidad, era sacarlo cuanto antes de mi cabeza para que dejara de excitarme como lo hacía. Evidentemente, olvidé que la mente es el músculo más poderoso del ser humano, y complicado, yo diría que casi imposible, engañarla. Un avión que cruzaba el cielo, el tráfico de las calles, un señor con un acordeón junto a un semáforo, los 30 kilos de gomina en el pelo de Blaine, las uñas perfectamente limadas de Kurt, o el vaso de café que reposaba entre los dos asientos delanteros del taxi, junto a las perfectas y esculpidas piernas de Rachel.
Batalla perdida.
Lo juro. Luché contra todas mis fuerzas por poner mi mente en blanco o al menos distraerme, pero todo lo que me servía como excusa para hacerlo, terminaba llevándome a ella. Cualquier cosa que pasara por mi mente para esquivar los pensamientos, acababa encontrando una salida, una rendija o escapatoria que me hacía pensar en ella y en la monumental estupidez que me estaba sacudiendo. De hecho, empecé a sospechar que podía estar leyendo mi mente, porque cada vez que recordaba alguna de las escenas que habíamos vivido, ella desviaba la mirada por el espejo retrovisor y me bloqueaba sin contemplaciones.
Dicen que es el propio cuerpo el que comienza a enviarte señales, a avisarte de lo que está sucediendo cuando tu cabeza y tu corazón no quieren ser conscientes de ello. Y mi cuerpo ya había empezado a reaccionar, sin duda. Aunque yo seguía sin querer verlo.
Logré al menos olvidarme de ello momentáneamente. Y gracias a Dios que lo hice, porque si no me habría vuelto loca. Pero aquello no sucedió hasta que por fin llegamos al restaurante, después de más de cuarenta minutos de trayecto, decenas de miradas a través del espejo retrovisor, y algún que otro roce fortuito de manos tras abandonar el taxi.
Fue Rachel, dejándome a mí en último lugar con mis pensamientos perversos y la piel de gallina, quien se adelantó para indicarle al responsable de mesas del restaurante que nos estaban esperando en el interior. Y fue en ese preciso instante, cuando esperábamos que consultase el libro de reservas, cuando al fin logré sacar de mi mente mi pequeña obsesión por Rachel. Antes de que el chico nos indicara que podíamos acceder al interior, una voz, un susurro justo detrás de mí me regaló el entretenimiento perfecto para acabar con el martirio y darle un nuevo rumbo a mi noche.
No os lo vais a creer, pero sí. Sucedió. Y yo por fin creí que el karma me tenía algo bueno reservado.
—Acaba de entrar —escuché a una chica que esperaba su turno detrás de mí.
—¿Estás segura? Yo creo que no era él —le replicó el chico que la acompañaba.
—Te digo que sí, que era él. He visto todas sus películas. Podría reconocerlo simplemente por su voz.
—No…No sé, no creo que esté aquí como uno más.
—Marlon —le recriminó un tanto molesta, y yo llegué a girar mi cara para escuchar mejor la conversación si saber que estaba a punto de entrar en el cielo—. Te digo que era él. No hay muchas personas que puedan confundirse con él. Era él, y está aquí.
—Ok —masculló el chico sin demasiada convicción—. Si tú dices que DiCaprio está aquí, mejor para nosotros. ¿No?
