16, CAPÍTULO DIECISÉIS,

CHAPTER SIXTEEN.


Volvemos cuando se terminan los muffins.

—Era cuestión de tiempo —dice Shawn, encogiéndose de hombros.

Es un ingrato.

Beatrice nos recibe en el salón, blandiendo una sonrisa cineasta. Intento no enrojecer bajo el hecho de que ella ya se figuraba un par de cosas sobre Shawn y yo, tanto que logró entender lo que pasaba incluso antes que nosotros.

—¿Cómo les ha ido? —pregunta, mientras toma la canasta y las mantas percudidas por plantas secas y el tallo de flores silvestres.

Shawn se acerca a mi lado y envuelve con su brazo mi cintura, y esa es toda la respuesta que Beatrice necesita. El rubor llena mis mejillas. Ella luce tan satisfecha.

—Ha sido una decepción —comenta Shawn, suspirando exageradamente. Empieza a jalarme hacia las escaleras del este—. África ha preferido los muffins de moras por encima de los de chispas de chocolate. Es una chica rara, Bea.

Boquiabierta, miro sobre mi hombro hacia Beatrice, en afán de descubrir su reacción. Ella ríe mientras se pierde por el pasillo debajo de las escaleras.

Dirigiéndonos al segundo piso, percibo más presencia en la casa. Personas del servicio moviéndose entre las habitaciones, sacudiendo, puliendo. A través de los amplios balcones, el jardín es rociado y mimado.

—¿Planeas quedarte en Toronto por más tiempo? —inquiero, siguiéndolo por el pasillo.

—Sí, solo en marzo ya inicio con los conciertos. —Shawn frota su nuca—. Los chicos del equipo saben que estoy aquí y han decidido invadir mi casa. Aprovechar el tiempo o lo que sea. Todo antes de los próximos jetlag.

—¿Qué harán?

Shawn no parece cómodo con la idea de responderme.

—Fiestas, más que nada. Una que otra composición.

—Oh, es cierto —recuerdo de pronto—. ¿Cómo vas con eso último?

Él se limita a contestar, —Ven.

Abre la puerta de nogal, la del estudio, y me apremia a entrar sin una segunda mirada.

Es algo impresionante, algo mareante. Imaginar que todo esto sirve para explotar su talento. Son muchos los aparatos y es demasiado el cuidado a la hora de tratarlos. No funcionan en las manos incorrectas.

La estancia es alfombrada, pero tapizada con cables e instrumentos. Tengo que ver el camino por donde piso. Hay un gran piano de cola, de un blanco impoluto, en el centro de la habitación y colgando de la pared contraria decenas de guitarras se exponen a la vista como trofeos.

—¿Ahora me ves? —susurra Shawn. Su aliento resbala por mi cuello.

Volteo, pero él ya está pasándome. Se acerca al piano y con un movimiento elegante, se sienta. Titubeo sobre mis pies hasta que me llama. —Siéntate conmigo.

Me sitúo a su lado, entrecruzando mis tobillos mientras Shawn estira sus piernas y acerca sus botas a los pedales. De inmediato, su delgado y aristocrático cuerpo adquiere un tinte caliente.

Tamborilea sus dedos sobre el teclado antes de mirarme. —¿Sabes tocar?

—Claro, lo suficiente —respondo—. Tomé una infinidad de talleres; piano, ballet, canto, dibujo, idiomas, salsa...

—¿Clases de salsa? —advierte, con un arqueamiento de ceja divertido.

—Sí —admito, avergonzada—. Antes de descubrir que las clases eran sobre el extravagante baile cubano y no sobre gastronomía picante. Mis tortillas no fueron bienvenidas.

Shawn se echa a reír. Le frunzo el ceño, con la dignidad por los suelos.

—De todos modos, ¿por qué tantos talleres? —carraspea, intentando esconder una sonrisa.

No se esfuerza mucho, cabe decir.

—Desde muy pequeña, mamá nos educó muy bien. A mis hermanos, a mí —digo. Mi voz se convierte en algo nostálgico—. Nos enseñó la independencia y a cultivar el carácter por sobre todas las cosas.

Shawn se detiene. No estaba moviéndose, pero algo en la postura de su cuerpo me advierte que de pronto toda su atención está depositada en mí.

Sonrío, ladeando la cabeza para mirarlo. —Jartum y Vientián lograron salirse por la tangente muchas veces, pero a mí me gustaba aprender.

Extiendo mi mano, delineando el borde de la caja. El piano es de una maravillosa madera de caoba, fino y níveo. Toda una belleza musical.

Suspiro. —Entonces, en lugar de hacerme de novios, guapos y divertidos, me instruí de cultura y arte. Y eso es todo.

—Bueno —tararea Shawn—, ahora me tienes. Y soy guapo y divertido.

Si la arrogancia fuera persona...

—Supongo que al final salí ganando —digo.

Él sonríe y se estira hasta alcanzar las pautas sobre el atril.

—Me habías dicho que no cantabas —indica, sonriendo torcidamente. Ha reparado en esa parte.

—Y no lo hago, no como tú. Aprendí a desarrollar mi voz, pero no más que eso.

Shawn murmura algo ininteligible. —Ya lo veremos.

Mis mejillas se manchan de un sonrojo evidente y nervioso.

—Y ballet —aclara, todavía hojeando las partituras.

—Eso sí, supongo.

—¿Cuán flexible? —Utiliza un premeditado tono lascivo.

La implicación se toma su momento en informarme. Cuando finalmente lo hace, golpeo su brazo, escandalizada. —¡Sólo preguntaba! —se excusa.

—Entonces pregunta con más educación.

—Bien, ¿pero cuánto?

Tardo mi tiempo en responder.

—Lo necesario —digo finalmente.

Shawn estira una sonrisa.

Introduce la mano en los bolsillos de su abrigo, en busca de algo que recuerda haber puesto ahí. Saca una página plegada en cuatro y la despliega. Suaviza sus dobleces antes de añadirla frente a las demás partituras.

Las deposita de vuelta en el atril. Cuando acerca sus manos al teclado, me remuevo, preparándome para escuchar la danza de sus dedos, pero estos permanecen inmóviles, flotando centímetros por encima de las teclas blancas y negras.

—Toca algo para mí —pide de pronto.

Retrae sus manos, empuñándolas, y aleja sus botas de los pedales. No me queda de otra que mirarlo, confundida.

—¿Qué deseas escuchar? —inquiero, sin embargo.

—Sorpréndeme.

Mi corazón aumenta su pulso en el momento que mis dedos caen en el teclado. Tomo aliento y me inclino más hacia el piano, estirando mi pierna hasta posar la punta de mi tacón en uno de los pedales derechos, todavía sin presionar. Intento traer mi instrucción de regreso. Hace mucho no disfrutaba de un instrumento musical como este.

Nerviosa, porque sé que Shawn está atento a cualquiera de mis movimientos, presiono con dulzura la nota fa. Un largo tono agudo brota de la caja de resonancia. Me apresuro a tocar re y la, hasta que el sonido armónico se repite. Utilizo expresamente mi mano derecha para la melodía, mientras que con la izquierda persigo las notas largas de acompañamiento. Mezclo los acordes con premura, pues el inicio es exigente. Pronto a la ecuación se añaden do y mi.

Cuando paso a la segunda estrofa, ahora con sol, es cuando percibo la mirada de profunda concentración de Shawn, como si intentara diferir las connotaciones. Sonrío, un tanto egocéntrica. Esporádicamente, mi mano izquierda salta siempre entre las mismas notas, prolongando la cadencia. Al igual, mi pie presiona hacia abajo el pedal de resonancia, dilatando especialmente el sonido de algunas notas.

—¿Pero qué estás tocando, África? —pregunta, observando fascinado el movimiento rítmico de mis dedos.

Aún no llego al punto de quiebre.

—La canción de apertura de Gravity Falls.

Shawn ríe, destrozando mi concentración. Trastabillo en el teclado, arruinando la perfecta armonía del Raromagedón. Intento recuperarla, pero es demasiado tarde. Su sonrisa me ha cautivado.

—¿Estoy distrayéndote? —susurra, burlón. Su torso roza mi brazo. Siento su calor.

Fuerzo mi mente lejos de él, comprendiendo que poco falta para ceder por completo.

—En realidad —digo, mordiendo mi labio—, las distracciones son más efectivas. Extrañamente, me ayudan a concentrarme y no dejar ir el punto.

—¿En serio? —replica, acercándose tanto que su aroma es todo lo que percibo. Elegante, varonil. Canela. Mmm—. ¿Ponemos a prueba esa declaración?

—Shawn —amonesto, segura que todas mis restricciones caerán y no importará qué esté haciendo. Me fusionaré en él.

Shawn pone su mano en mi pierna.

El salto de electricidad y calor me sobrecoge. Presiono la en lugar de mi. La canción cae por el precipicio de las infamias.

Ahora no es sólo eso. Gira en sí y estira su brazo. Aparta gentilmente todos esos mechones largos de cabello cayendo sobre mis hombros. Despeja por completo mi cuello, que se eriza solo por sentir su mirada.

—¿Qué pretendes? —demando, todavía orgullosa.

—Disfrutarte —responde simplemente.

Le acompaña un apretón de su mano sobre mi pierna.

Creo que estoy calcinándome por dentro.

La introducción avanza hasta donde la melodía comienza a ser más rápida. Todo es apresurado y mis dedos intentan perseguir las notas adecuadas.

Por un momento, me olvido que esto se ha convertido en un reto. Entonces Shawn pone su boca en mi cuello y yo simplemente me desmorono.

—Eso no es justo —murmuro, convirtiéndome en una masa incongruente que sabe tocar el piano—, ponme a prueba hablándome mientras leo y verás cómo te ignoro.

Él ríe y el sonido de su risa me parece cien veces más armonioso que cualquier nota musical. Involuntariamente, inclino mi cuello, obsequiándole más campo de acción. Le siento sonreír sobre mi piel, complacido. Presumido.

Aquí es donde la canción alcanza la escala. Donde todo ocurre en milésimas de segundos. Surge una velocidad en mi mano derecha, presionando y saltando de una tecla hacia otra. La mano izquierda sigue apretando sólo ocasionalmente. Sus besos en mi cuello se combinan con el flujo musical. Mi cuerpo se inclina hacia su cuerpo, algo sacado por instinto, pero mis ojos están concentrados en las partituras nadando en mi mente.

Nace a la vida una nueva habilidad.

Ahora el protagónico es de ambas manos. Notas efímeras y agudas, repitiéndose una tras otra, donde mis dedos regresan a las mismas teclas blancas en busca de lo propio. Incluso así, la melodía se une hasta formar una sinfonía icónica.

Gravity Falls se adueña de las paredes del estudio, repercutiendo y asombrando.

Su boca en mi cuello, danzando, lamiendo, se convierte en mi ancla. Mi fuente de inspiración. Descubro que con un estímulo tan placentero como este, puedo desatar toda mi gracia. Todo lo que siempre se ha mantenido escondido dentro de mí.

Me estiro hacia el inicio de las 88 teclas del piano, y pulso rápidamente sobre ellas. Índice y medio juntos, anular y meñique también, asemejando el saludo vulcano.

Mi atención se deposita por ese lado, tocando las teclas como botón de control descompuesto. Shawn toma mi cuello y accede a ese punto por debajo de mi mandíbula, justo contra mi garganta. El pulso se me dispara en su boca. Su cabello cosquillea contra mi piel. La sangre corre a toda velocidad por mis venas.

Entonces sólo hay notas ocasionales y lentas, estirándose hacia su final. Presiono por tres segundos exactos, donde él envuelve sus labios en mi piel, lamiéndola suavemente, antes de levantar la punta de mi tacón del pedal, matando el sonido y finalizando la función.

Todo termina de pronto.

Respiro agitada y retraigo mis manos. Al dejar de oír, Shawn se aleja lentamente. Le miro y descubro una dilatación tal en sus ojos, como si el pigmento hubiera dejado de existir. No me atrevo a imaginar cómo estoy yo, aunque bien lo esté experimentando.

—Te lo dije —susurro.

—Eres una pequeña sabelotodo —reflexiona.

—Aún no has visto nada —digo.

Shawn sonríe con malicia. Quiero tragarme mis palabras. —Es tu turno —indico, ahogadamente.

Mira las partituras sobre el atril, la página lineada. Parece que esta le ha injuriado profundamente, pues de su expresión se adueña tal desaliento.

Muevo mi vista en dirección de la hoja y descubro un pentagrama, solitario en toda la extensión de la pauta. Está lleno de signos musicales; figuras, claves de sopranos y de tenores, más que nada. Corcheas y tempos. Naturalmente, la lógica de la estructura escapa de mi entendimiento. Quiero decir, claramente ahí hay una melodía, corta pero muy... muy efusiva. Pero, al ser nueva (imaginándome que lo es), realmente no puedo entender la composición.

Siento que acabo de leer la última página de un libro sin haber empezado por el principio.

No entiendo un diablo.

—¿Lo escribiste tú? —le pregunto en voz baja.

Shawn asiente quedamente.

—Es, es... ni siquiera sé qué es. —Aparta la mirada, molesto—. No es la introducción o el estribillo. Y no me sirve.

—Bien, ¿por qué no lo tocas? No tengo ni la menor idea sobre composición musical, pero alguna función le hallaremos.

Me mira, estudiando la expresión de mi rostro. ¿Por qué se halla tan precavido? Casi como... como si temiera mi opinión.

¿Qué rayos?

Es lo último de lo que debería preocuparse.

—Vamos —le aliento—, mueve esos dedos para mí.

Shawn arquea una ceja. Quiero que la tierra me trague.

—De acuerdo —dice, con facilidad. Tal vez demasiada—. ¿En dónde quieres que mueva mis dedos para ti, África?

—En el piano, Shawn —puntualizo, azorada.

—No eres divertida.

Pero lo deja ir y posiciona sus manos en el teclado, la punta de su bota en el pedal. De inmediato, su postura adquiere una gracia verdaderamente admirable. Los músculos en su espalda se tensan, al igual que sus nudillos, aún cuando no está flexionándolos. Simplemente, todo parece cambiar en Shawn. Se convierte en una persona totalmente distinta. Y a pesar de todo, sigue siendo él.

Shawn acaricia por encima el teclado, soltando el aliento.

Luego empieza.

La notación es americana, muy distinta a la latina que yo utilizo. Mientras que mi nomenclatura es, por ejemplo... do, re, mi, él maneja C, D, E.

Háblame de diferencias culturales.

Shawn da inicio a la melodía de fondo con tres notas musicales desde su mano izquierda. Ante mis ojos latinos, él toca: sol, si, re. Recibe mi atención a raudales, tan rápido que por un segundo dejo de existir por mí misma.

Él inspira y prosigue una milésima de segundo después con si, su mano derecha se une al ruedo. Luego un fa sostenido que explota contra mis oídos. Sus largos y delgados dedos siguen presionando teclas, los anillos en ellos reflejando la luz. Mis ojos persiguen cada uno de sus movimientos, realmente fascinados. Shawn comienza a desprender un aura por demás sugestiva.

Las notaciones empiezan a volar de la caja, a mezclarse en una bocanada melódica, aguda e hipnotizante.

Mi corazón se acelera cuando la cadencia se mantiene, dilatándose, creando una conexión entre notas. Estoy tan sorprendida escuchándolo que la incredulidad tarda en hacerse paso.

¡Es imposible que esta canción sea desagradable! ¿Cómo pudo siquiera comenzar a pensarlo?

Dura sólo segundos, renaciendo bajo ciertas pautas y luego dejándolas ir. Quizá fueron diez, o veinte, ¿quién sabe? No dura lo suficiente. Mi alma anhela por más.

Shawn detiene sus manos y, durante un minuto, no se mueve. No adquiere un solo movimiento. Intentando procesar varios pensamientos a la vez, me remuevo sobre la banca hasta encararlo. Mis rodillas chocan contra sus piernas.

—¿Por qué te inquietaba tanto que lo escuchara? —pregunto, confundida.

—Lo compuse ayer, África. Justo después de verte. Obviamente no está ni la mitad de lista.

Parpadeo y mi corazón se acelera. —Meses bloqueado —resopla Shawn—, y entonces llegas tú y me haces escribir una canción que no odio del todo.

Aún atrapada por la confesión, mi boca tarda en unir las palabras.

—¿"Del todo"? —advierto, con un sobresalto.

—Aún no está completa.

—¿Eso es suficiente motivo para odiarla siquiera un poco?

Su mirada se vuelve esquiva. Pero creo que entiendo. Un artista nunca puede sentirse completamente satisfecho con su trabajo, aún cuando este es excepcional en todos sus sentidos. Siempre estará en su naturaleza cuestionarse.

Lo que me pregunto es, ¿qué es lo que Shawn odiaría?

Me siento intimidada por esa duda.

—¿Le compusiste letra? —le pregunto a Shawn.

Asiente, tragando con fuerza. Pone sus manos en el piano y repite la melodía. Pero, esta vez, hace algo que me toma con la guardia baja.

Él canta.

—Estoy tratando de seguir adelante, olvidarte, pero me aferro. —Desde el fondo de su garganta brota un murmullo, bajo, provocativo. Lo corea una segunda vez, bailando sus dedos.

Desciende hasta perderse junto a las notas del piano.

Oh, bebé Dios.

Debido a que Shawn se ha convertido como... en la persona más grande en habitar mi corazón, y su presencia es la más significativa en mi vida –mi hermoso pretendiente–, mi reacción no es la de una atolondrada fangirl.

No, no. He madurado. El patrón ha cambiado.

Sin embargo, no deja de ser sorprendente escucharle cantar. Mis hormonas en verdad se sienten halagadas. Y ni hablar de mi aliento, que se ha escapado de vacaciones.

Shawn carraspea. —Bueno... ¿qué opinas?

Resuello, sin habla. Levanto un dedo, logrando balbucear, —Necesito un momento.

Se le escapa una ligera risa. Toma la partitura arrugada y la estudia con algo de cinismo.

—La melodía ha estado atascada en mi cabeza desde ayer —dice—. Logré darle sentido a este pentagrama, pero todo lo demás ahora mismo está difuso.

—Odio lo difuso —confiero.

—Lo difuso es una mierda.

—Shawn, sin maldecir, carajo.

Shawn resopla, divertido. Le brindo una sonrisa antes de inclinarme sobre él y mirar la partitura en su regazo. Ladeo la cabeza, intentando designarle un puesto.

—Dijiste... que no funciona como introducción ni estribillo —expreso, estudiando la composición. Encuentro la parte entonada, pero hay un hueco donde él no cantó nada—. En tus canciones, generalmente, el estribillo trabaja como coda.

Shawn asiente levemente antes de fruncir el ceño y mirarme de forma extraña.

Muerdo la uña de mi pulgar, desneuronándome para ordenar los pensamientos en mi cabeza. La información está ahí, todo lo que aprendí en los talleres y todo lo que recuerdo que Shawn me ha enseñado. Sólo necesito aclarar la bruma.

—Sí, ya sabes. "There's nothing holdin' me back?" Modificaste la última estrofa. Ya no era, bebé, no hay nada deteniéndome, sino, me siento tan libre cuando estás conmigo... bebé. Por cierto, ¿tienes alguna fijación por ese apelativo?

—Entiendo... y no, África. No tengo ninguna fijación.

Aún así, él mantiene el manto atónito en sus ojos.

—Lo menciono porque es una palabra demasiado recurrente en tus canciones y yo no...

—África —refunfuña.

—Bien, está bien, Sr. Gruñón.

Shawn rueda despóticamente sus envidiables ojos.

Señalo la parte vacía de letra en el pentagrama. Las connotaciones parecen solitarias, sin oración verbal que las sostenga. ¿Por qué siempre tengo que conferirle sentimiento a las cosas sin aliento de vida?

—Parte del estribillo podría ir ahí —sugiero.

Me reacomodo en mi lugar, reclamando la mirada de Shawn en busca de sus pensamientos más visibles. Él luce francamente... asombrado.

—Aún no entiendo precisamente cómo funciona el puente —susurro, de pronto tímida—, pero lo que cantaste podría ser la unión entre el estribillo y la coda.

Shawn abre y cierra su boca. Pestañea con vigor y expande su pecho. Cuando creo que finalmente va a responder con algún contraataque o algo parecido, me sorprende totalmente al exclamar:

—Podría besarte ahora mismo.

Abro los ojos, pescada por sorpresa y mi corazón se acelera. Qué fácil, con unas pocas palabras, es capaz de desatar el caos en mi interior.

Shawn no procede y la espera se hace añicos. ¿Por qué... si luce tan inclinado a besarme, no únicamente en este momento, sino además en el lago, por qué no actúa?

Fuerzo mi anhelo lejos y me obligo a retroceder sobre la misma banca, consciente que, sin ambos darnos cuenta, nos hemos acercado más de lo prudente.

Shawn parece captar mi tácita mesura, más bien rechazo a su rechazo. Aclara su voz, pasándose la mano por el cabello. Su frente y los rasgos más destacables en su cara quedan aclarados.

—El equipo... —digo, frunciendo el ceño—, ¿ellos vendrán a ayudarte con la pieza?

—Teddy y Scott, más que nada —responde, encogiéndose de hombros—. Quizá incluso Nate.

—Entonces piensas producirla.

—¿Te molestaría eso?

—¿Por qué me...?

Un timbre corta mi desconcierto. Es mi celular, vomitando su tono de llamada. Leo el remitente antes de responder, excusándome con Shawn. Se trata de Amelia.

Mando una oración de piedad a todos los ángeles, después musito, —¿Hola?

—Por un demonio, África, como eres descarada —exclama Amelia, perceptiblemente alterada—. ¿Dónde rayos se supone que estás?

—¿Italy no te lo dijo? —inquiero, mordiendo mi labio.

Shawn me envía una mirada, directo a mi boca. Quizá por la presión de mis dientes, quizá porque está escuchándome hablar en español.

—Italy está... no lo sé, creo que está desmayada. Su casa es un desastre. Hay un chico desplomado en la encimera de la cocina y un lagarto durmiendo en el sofá. Trató de morderme. El chico, no el lagarto. Hay miles de latas de cerveza y Kyandi tratando de limpiarlo todo ella misma. Es demasiada calamidad para mí sola, África.

Casi veo el mohín puesto en sus labios.

Suspiro, acariciándome las sienes.

—Estoy con Shawn —suelto de una vez por todas.

—Oh —exclama. La suple un silencio tal, como si no supiera cómo proceder ahora—. ¿Dormiste con él?

—Sí, pasé la noche en su casa —digo, poniendo especial énfasis en la literalidad.

—Mmm —murmura, como si no me creyera—. Hablaremos después de eso.

—Regresaré a tiempo para el vuelo —concedo, antes de que me haga prometérselo.

—Sí, sí. Date prisa.

Amelia no necesita de muchas explicaciones. Cuelga la llamada sin esperar más.

—¿Tienes que volver? —me pregunta Shawn, mirándome por debajo de sus pestañas.

Parpadeo, sumida en el letargo de sus hermosos ojos. ¿Por qué soy tan susceptible a él?

Con algo de pasmo, reviso la hora en mi celular. Mi brío mengua. A cuatro horas para el abordaje, debo encontrarme en el aeropuerto en una, máximo dos horas.

—Sí —murmuro—, ya debo irme.

Siento su mano en mi mejilla, despejando el cabello detrás de mi oreja.

—Vamos —dice—, te llevaré.

Alcanzo a captar un último vistazo del estudio antes de que Shawn cierre su puerta. Me lleva escaleras abajo.

Beatrice nos ve llegar con un suspiro entre el escándalo de órdenes y acatos. El servicio es casi bullicioso.

—Ella se va —casi inquiere, pero es más una aclaración.

—África debe volver a México —le explica Shawn.

Beatrice me mira a mí.

—Podrías quedarte —sugiere, con un arqueamiento de sus maternales cejas—, podrías hacer desistir a Shawn de hacer esta fiesta.

Ella ya no utiliza el coloquial "señor", lo que me lleva a dudar sobre la frivolidad de la fiesta. Shawn rueda sus ojos, abordado.

—Bea —advierte.

Beatrice suspira de nuevo. Realmente me gustaría saber de qué va su preocupación, pero no cuento con tiempo. Existe un largo camino de regreso.

Me acerco, dudosa. Pero ella extiende sus brazos, la bienvenida a una despedida afectuosa. Estoy riendo al momento de abrazarla. Su franqueza verdaderamente ha cautivado mi corazón.

En voz baja, le agradezco por esos pequeños empujes casi tácitos que da a Shawn. Ya no me siento tan inquieta sabiéndolo en esta colosal y fría casa. La tiene a ella y, ahora, a sus amigos.

—Adiós, Beatrice.

—Bea —aclara ella suavemente, soltando mi mano luego de un apretón.

¡He trascendido formalidades!

Sosamente contenta, digo, —Adiós, Bea.

Las puertas principales están abiertas de par en par. Permitiendo la luz de la tarde entrar a raudales, junto a las personas de servicio. Cargan con aparatos eléctricos, comida y vinos. ¿De cuánta magnitud estamos hablando?

Media hora después, Shawn estaciona frente a la entrada de la casa de Italy. Un silencio inusual se mantiene en el aire. ¿Debido a las palabras de, ejem, ejem... Bea? Diablos, sí.

El jardín frontal es francamente un desastre. Latas vacías, colillas de cigarros, vómito, e inclusive ropa interior unisex.

—Es sólo una fiesta —dice Shawn de pronto.

Suspiro y desvío mis ojos a su cara.

—¿Por qué a Bea no le parece así? —pregunto, curiosa.

—Las cosas a veces pretenden salirse de control. Los chicos acostumbran llevar alucinógenos, hierba... incluso mujeres. Pero tarde o temprano todo termina.

—¿Formas parte de ello? —inquiero, algo asqueada.

—No, claro que no. Pero ellos sí.

Intento pensar con claridad, no interponer mi parcialidad.

—¿Debo preocuparme? —pido, después de un momento.

Shawn niega, pero la desazón se mantiene en mi pecho, junto a un mal presentimiento. No puedo evitar sentirme fuera de lugar.

—De acuerdo —musito. Confío en ti, confío en que tu mundo no te hará daño.

Aunque a veces te aleje de mí.

Shawn pasa sus nudillos por la línea de mi mandíbula. Incapaz de ayudarme a mí misma, muero ante su toque. Lleva su pulgar a mi boca y acaricia mi labio inferior. Es cosquilleante e íntimo.

No hay día siguiente, sino próxima vez incierta.

—África —murmura.

—Shawn —exhalo.

Este es nuestro punto y coma.