Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor.

Hay OOC


20} PARA SIEMPRE


Firme en la baranda de estribor, perdida su mirada en la inmensidad de las aguas encrespadas por el viento, cada vez más impetuoso, que azotaba su rostro, desmelenaba su cabello y se colaba por entre su casaca abierta, Naruto ni siquiera daba muestras de sufrir la intensidad del frío del mar abierto, cavilando en sus meditaciones.

—Deberíamos plegar velas, milord —intervinieron a su espalda.

Naruto echó un vistazo al cielo encapotado, cada vez más negro.

—Aún no, señor Nara. Aún no.

—Si seguimos navegando a este ritmo endiablado y estalla la tormenta que se adivina, la nave será una cáscara de nuez a merced del oleaje, milord.

—El Kitsune aguantará el temporal, no os inquietéis.

Shikamaru Nara, el marino que capitaneaba la nave, se abstuvo de decir nada más. No iba a objetar a su patrón, un hombre obcecado por un amor no correspondido, con una fijación que desafiaría a un mar tempestuoso. Amaba aquella nave como si de un hijo se tratara y asumiría el riesgo que significaba surcar el océano con todo el velamen desplegado, si así lo quería su señor. Al fin y al cabo, ya lo habían hecho en otras ocasiones.

Naruto, a la vez, confiaba ciegamente en Shikamaru, un hombre dotado como pocos para el gobierno de una nave, con quien ya había sorteado temporales de gran violencia con una pericia digna de encomio. Sin embargo, ahora creía que el vendaval iba a amainar y el barco, un inmejorable navío, tenía que devorar millas para acercarse a un objetivo al que ya no iba a renunciar.

Navegaba armado de una provisión de energía renovada, pleno de una vivacidad interior que le impulsaba a su futuro con Hinata o a su perdición.

Le había costado mucho hacerse a la idea, no fue nada fácil renunciar a su vida anterior, pero una vez tomó la decisión no dejaría que nada ni nadie, ni siquiera el mayor de los tifones, le alejara de su destino. Esa era la vida que le gustaba a Hinata, y él iba en su busca para compartirla con ella. Si Hinata no quería ser su condesa, él sería su corsario.

Aquel tiempo sin su presencia, casi diez días que se le hicieron eternos, había trastocado su cerebro y había mermado su cordura. Pero su madre primero y Lady Õtsutsuki después le convencieron de que Hinata necesitaba tiempo. Tiempo para asimilar su nueva realidad diametralmente opuesta a la de su vida anterior, una vida de la que tendría que despedirse, porque acabaría haciéndolo.

Le arrancaron la promesa de que debía esperar su vuelta, pero loco de impaciencia, la rompió tres días después incapaz de aguardar su regreso a Inglaterra. Naruto también necesitaba aclarar las cosas con ella y por Dios que lo haría, le gustase a ella o no. Tenía que pedirle perdón por tanto equívoco que no sabía por dónde empezar, pero estaba seguro de que conseguiría hacerle entender que desconocía su verdadera identidad, que siempre creyó en su inocencia y, sobre todo, que todo cuanto hizo fue por ella, porque la amaba con desesperación.

—Te alcanzaré, Hinata, ¡maldita sea tu alma corsaria! Y cuando lo haga, ni Satanás podrá hacer que te libres de mí.

A millas de distancia, sobre la cubierta del Moon Sea, también ella tronaba, igual de rabiosa, repitiendo palabras similares:

—¡Condenada sea tu alma, Naruto Uzumaki! —barbotó, evocando al hombre del que se había enamorado, que rondaba en su cabeza sin que pudiera eludirlo.

—Renegar de él no te servirá de ayuda, muchacha.

Quiso desdeñar el comentario de Iruka, incluso ignorarlo a él, a quien aún no había perdonado del todo que la hubiera mantenido en la ignorancia durante tantos años. En realidad, apenas habían vuelto a tocar el tema desde que embarcaron, pero este era un momento tan bueno o tan malo como cualquier otro para que se sincerara, porque ella tenía todo el derecho a saber.

—¿Por qué, Iruka?

Él se encogió de hombros, entendiendo a qué se refería, y buscó acomodo junto a ella, apoyando los antebrazos en la borda.

—Deberíamos arriar velas —se limitó a decir.

—¡Vete al infierno! Te he hecho una pregunta y ya va siendo hora de que contestes con algo más que evasivas.

—Le hice una promesa a tu padre, ya lo sabes, y suelo cumplir lo que prometo.

—Entonces, explícame sus motivos.

—Tenía miedo.

—¿De qué?

—De que prefirieras esa otra vida a esta. Lady Hanna fue el gran amor de tu padre, hubiera dado su alma por ella. Podría habérsela llevado de Inglaterra, secuestrarla, ella misma se lo pidió ante la imposibilidad de que pudieran estar juntos a causa de la oposición de sus padres. Pero no lo hizo porque Hiashi Hyuga era un hombre cabal, no quiso negarle las comodidades y privilegios de los que iba a tener que despojarse si dejaba Inglaterra, arrastrándola a una vida incierta. —Elevó la mirada hacia los mástiles—. Por eso renunció a tu madre, abandonándola, rechazando su propia felicidad sin saber que tú venías de camino. Cuando se enteró de su muerte, y de que tú existías, se retractó de sus renuncias y ya no se planteó otra meta que tener a su hija cerca. Te buscó, te encontró y te raptó, Hinata, eso es lo que hizo tu padre, porque eras lo único que le quedaba de lady Hanna, la única razón por la que merecía la pena seguir viviendo. Para entonces ya había hecho fortuna en la mar, suficiente para darte una vida cómoda. Desde luego, no contaba con que, a la hora de la verdad, tú te negarías a dejar el Moon.

—Debería haberse sincerado conmigo, Iruka.

—No tuvo valor. Más de una vez lo vi llorar atormentado, muchacha, rompiéndosele el alma entre su parte afectiva, que necesitaba mantenerte a su lado y otra parte de él, más práctica, que entendía que debía devolverte a Inglaterra para que gozaras de una vida mejor.

—Poco me importaba un título entonces, amigo mío, y tampoco me importa ahora.

—Lo sé. Pero él no lo sabía. Tú eras feliz en un barco donde todo el mundo estaba pendiente de ti y tu presencia y tu vitalidad de niña le hacía dichoso, dándole alas para seguir adelante. Así lo asumió definitivamente, pero me hizo jurar que guardaría silencio sobre tu madre y los Õtsutsuki para siempre. No quería que lo maldijeras si te enterabas.

—¡Por Dios! ¿Cómo iba a maldecir al hombre que me dio la vida, Iruka? Me mimó a cada segundo que viví junto a él y yo le quise como creo que se debe querer a un padre. Ahora, con la perspectiva de la distancia en el tiempo, creo que la culpa también fue mía, lo admito, porque mil veces quise que me hablara de mi madre y otras tantas desistí. No podía abordar este asunto, sus ojos se oscurecían y se cernía sobre su rostro una tristeza y un silencio que me obligaban a no insistir.

—Esa sensación que percibías te tiene que dar una idea de lo que sufría.

—El amor es una farsa. Sobre todo, si la persona de la que te enamoras resulta ser un impostor.

—A mí no me engañas, Hinata. Aplícate la historia de tu padre y no renuncies a la persona de la que sigues enamorada.

—¡Un cuerno!

Iruka se permitió disfrutar del sonrojo que le cubría las mejillas.

—¡Ya, ya! Pero yo me pregunto cómo reaccionarías si Naruto apareciera de repente.

—Atravesándolo con mi sable.

—¡Ja, ja, ja! ¡Seguro que sí!

Iruka se alejó de allí y el eco de sus risotadas incitó a que Hinata maldijera de nuevo al Conde de Konoha y, de paso, a todos los varones de la Tierra.

Un cielo inclemente vapuleaba el barco entre bramidos de viento y lluvia racheada, obligándoles finalmente a recoger velas. Los elementos se aliaban negándose a que Naruto Uzumaki materializase en realidad su vehemente deseo de avistar el Moon Sea.

Muy poco podía imaginar que no muy lejos de su ruta marina Iruka daba las mismas órdenes que el capitán Nara, y la tripulación de Hinata se aprestaba también a arriar el velamen.

Naruto acababa de bajar a su camarote para cambiarse la ropa empapada y descansar un poco. Ni siquiera había abierto la puerta y la voz del vigía encaramado en la cofa de la nave le detuvo en seco.

—¡Barco a la vista!

Corriendo escaleras arriba regresó a cubierta como una exhalación para recibir de manos de Shikamaru el catalejo que enfocó en lontananza, limpiando de tanto en tanto el visor de vaho y agua, concentrándose al máximo en el objetivo que el oleaje, en su balanceo, le ocultaba de su lente al amparo del aguacero. En un momento dado, entumecidos sus brazos de escudriñar, un visaje casi imperceptible alteró su rostro. Devolvió el instrumento a su capitán y afianzó sus manos en la borda, sin tensión ya y listo para dar la cara.

—Te pillé. Capitán o Duquesa, tendrás que escucharme.

—Bandera inglesa —confirmó Hinata.

—Y diría yo que vuelan por darnos alcance. ¡Qué poco me gusta que naveguen a nuestro trasero!

—Voy a mi camarote. Vigila ese barco y, si acorta la distancia más de lo razonable, avísame y les lanzamos una andanada de advertencia que les quite cualquier mala tentación. A estas alturas, no voy a permitir que nos ponga en aprietos.

—¡Por las barbas de Neptuno, señor Nara! —bramó. La cortina de agua iba quedando atrás, pero del Moon apenas si conseguían distinguir la punta del mástil, lo que acrecentó en Naruto una desazón por si lo perdían, pretendiendo que su capitán diera sosiego a su contrariedad o, más bien, trasladándole su impotencia—. ¡Se nos están distanciando, maldita sea!

No se dio este por aludido. Por mucho que el patrón pretendiera que al Kitsune le salieran alas, ni él ni la tripulación podían darle gusto.

—Hacemos todo cuanto podemos, milord, vos mismo veis que el viento está rolando.

Naruto no replicó porque sabía que no debía. Shikamaru era un magnífico marino y no era culpa suya si la nave de Hinata había sorteado mejor que ellos las rachas de viento y las cortinas de agua, tomándoles una ventaja apreciable. En realidad, si había un culpable, era él mismo, porque en su prisa por ir tras ella no había elegido el barco más adecuado: el Kitsune era una nave un poco más pesada que el Moon Sea, aunque fuera más moderna y tuviera mejor velamen. Resultaba incluso milagroso que hubieran podido darles alcance, habiendo salido tres días antes que ellos de las costas inglesas.

Las horas fueron cayendo sin que se aminoraran las distancias, aunque en ningún momento dejaron de divisar la arboladura de la otra nave. Sin embargo, a media tarde, el Moon redujo su velocidad y se le fueron acercando hasta el punto de divisar el casco en su conjunto.

Mas, de pronto, sin previo aviso, se abrieron dos troneras centrales de babor, asomaron las bocas de los cañones y dispararon hacia ellos. Inmediatamente dio instrucciones Shikamaru de prepararse para un enfrentamiento. Solo fue una andanada de aviso, pero Naruto no quiso arriesgar a su tripulación; si modificaban la altura del disparo, no tardarían en hacer blanco y él no venía a pelear.

—¡Capitán, ondead bandera blanca! —le ordenó. Como este, extrañado, se demorara en repetírselo a sus hombres, se volvió hacia él—. ¡Maldita sea, haced que se ice esa puñetera bandera de una vez! —vociferó afianzándose a la borda, casi volcándose sobre ella, entrecerrando los ojos para observar cuanto podía los movimientos de la cubierta del Moon—. ¡Hija del diablo, serías capaz de hundirme!

Iruka avistó trapo blanco y canceló la orden de disparar otra descarga y Hinata, dejando su camarote a toda prisa, subió a cubierta al oír las detonaciones.

—¿Qué ocurre, Iruka? ¿Por qué diantre hemos disparado?

—¿No dijiste que una andanada de advertencia les quitaría las ganas de besarnos el trasero?

—Es un barco inglés, ¡por todos los santos!

—No soy ciego, claro que es inglés. Pero tampoco soy sordo y no has dejado de despotricar en mis orejas sobre cierto individuo a quien no querías volver a ver ni muerto, ¿no es así? —Le pasó el catalejo—. Echa un vistazo a la enseña que ondea bajo la bandera.

Apenas una ojeada y ella se lo devolvió como si le quemara.

—Hijo de una... ¡Abrid todas las troneras de babor!

—¿Te has vuelto loca?

—Es una orden, señor Umino.

—Sabes que esa orden yo no la voy a cumplir. Nunca lo haría habiendo izado bandera blanca.

—Es una treta. No tengas tantos escrúpulos, porque si no das orden de abrir fuego, lo haré yo.

Umino la tomó del brazo, apretándoselo con tanta fuerza que le hizo daño.

—Tú no eres la Hinata que yo conozco, así que quiero pensar que se te está recalentando el cerebro. Una bandera blanca es sagrada y ningún navegante que se precie lo olvida nunca. Y tú tampoco, o me tendrás enfrente.

—Es el escudo de Naruto, ¿es que acaso no lo has visto?

—Sí, lo he visto, pero no permitas que tu frustración te haga perder la cabeza, arrastrándonos a todos a la perdición, muchacha.

—No quiero que se me acerque.

—Tal vez él no viaje a bordo.

No quiso contestarle, solo se lo quedó mirando atentamente. Si Naruto Uzumaki no se encontraba a bordo se habría dejado llevar cometiendo un disparate tan pueril, tan canalla y vergonzante que lo hubiera lamentado toda su vida, perdiendo su dignidad y a su mejor hombre y amigo, Iruka Umino.

Bajó la cabeza y abandonó la cubierta escaleras abajo, hundiéndose en las tripas de la nave.

Estuvo muy poco tiempo. Cuando subió, lucía su sable en la cadera e Iruka blasfemaba porque no estaba nada seguro de que el Conde de Konoha hubiera decidido quedarse en Londres.

Las dos naves estaban tan próximas que las tripulaciones podían verse las caras.

—Si no tenéis un buen motivo para navegar en paralelo y tan cerca —advirtió a voz en grito Iruka, haciendo bocina con las manos—, más vale que sigáis vuestro camino.

—Permiso para subir a bordo, señor Umino —solicitó Naruto.

—¡Atrévete a poner un solo pie en mi cubierta y te sacaré con los dos por delante, Naruto! —replicó Hinata.

Naruto no se permitió ir de humilde, no era tiempo de vaguedades, pero tampoco de apocado, así que recurrió a la ironía más fina haciendo una reverencia exagerada y añadió:

—Me arriesgaré, capitán. Tengo que hablar contigo.

—No tenemos nada que decirnos. Maniobra para alejar tu nave o los cañones de la mía hablarán por mí.

—No creo que con tus actos vayas a validar las acusaciones de Kashin afirmando que atacabas naves inglesas.

Sin esperar respuesta asió firmemente una maroma, tomó impulso y saltó al Moon Sea. Casi sin asentar sus pies del todo sobre cubierta Hinata se le echó encima como un tifón, puño en alto, que descargó en su mentón sin opción alguna a esquivar el golpe, yéndose al suelo cuan largo era. La risotada de la tripulación en pleno puso el contrapunto jocoso a la atmósfera de tensión por la que podían desarrollarse los acontecimientos.

Se levantó, se sacudió con parsimonia la ropa y se llevó la mano a la mandíbula. Luego, miró a Hinata detenidamente, vistiendo de nuevo como un corsario más, tanteándose los nudillos por la fuerza del puñetazo, mujer de una pieza, hermosa como siempre, deseable como nunca.

—No sé si agradecerte el gentil recibimiento.

—Voy a colgarte de los pulgares, Naruto.

—Primero vas a escucharme.

—No quiero oír nada.

—Es lo más importante que hayas oído de mi boca.

—¡Me importa un bledo!

Naruto se pasó de nuevo la mano por la barbilla, planteándose cómo decirle que por encima de todo debía escucharle.

—Hinata, de lo que tengo que hablarte roza el secreto de Estado, excede cuestiones personales y no puede ser explicado a los cuatro vientos, requiere un mínimo de privacidad. Por favor, solo te pido que lo oigas.

La gravedad del acento con que Naruto se dirigía a ella mermó la resistencia de Hinata. Dirigió la vista a Iruka y este supo enseguida que en aquel asunto estaban de más él y la tripulación. Ella, imperturbable, aún se demoraba en su respuesta.

—¿Qué estáis mirando? Volved al trabajo, cada uno a lo suyo, vamos —ladró el vozarrón de Iruka dirigiéndose a sus marineros.

A su pesar, Hinata se dio cuenta de que no podía negarle, al menos, la oportunidad de una disculpa. No creía que hubiera ningún secreto de Estado del que ella tuviera que estar al tanto, intuía más bien que era un farol de Naruto para sincerarse a su manera. Pero no dejaba de ser cierto, por otra parte, que ella no podía estar huyendo permanentemente.

—Está bien, acompáñame.

—Señor Nara, manténgase a estribor y guarde las distancias— voceó Naruto a su capitán antes de seguirla.

Bajaron al camarote de Hinata y ella quiso enseguida mostrar frialdad al dirigirse a él.

—Tienes algo que decirme, ¿no? Pues habla.

—Sigues pegando duro.

—Ha sido solo una caricia.

—Te equivocas: tus caricias dejan huella, los golpes siempre se pasan.

Hinata se turbó un poco, y antes que él pudiera notarlo extendió el brazo pretendiendo abofetearlo. No lo logró. Al contrario, se encontró atrapada entre sus fuertes brazos, con los suyos doblados a la espalda, sin posibilidad alguna de liberarse. Tan cerca de su boca que contuvo el aliento y, por un instante, olvidó cuánto le odiaba. Forcejeó para soltarse, pero fue una resistencia artificial, porque sin ser consciente de ello, se estaba relajando, pugnando, en realidad, por abstenerse de volver a besarlo.

—Eres despreciable, apártate de mí.

—No voy a decir que no merezca tal calificativo y cualquier otro con el que juzgues mi proceder. Pero, por favor, una vez más, te pido que me dejes hablarte. Sé que te mentí, que te dejé creer que yo era quien no era, que me enrolé en tu barco con una pantomima. No te haces idea de cómo lo lamento, pero siempre estuve atrapado entre dos fuegos. Por un lado, seguía órdenes de nuestra soberana para verificar si eran ciertas o no las acusaciones que pesaban contra el capitán Hyuga y por otro, la atracción fervorosa de tu persona, de quien me enamoré sin remedio. —Acariciaba sus hombros a la vez que le hablaba.

La había soltado, pero ella ni se había dado cuenta, porque lo miraba a los ojos y veía la verdad en sus pupilas azules, con una sinceridad tal que ni pestañeaba.

—Bonita excusa —repuso sin ninguna convicción—. ¿Eso fue antes o después de engatusarme, haciéndome creer que te habías enamorado de mí?

Pero ya no era la misma Hinata la que hablaba, arisca y vengativa, sino la otra, aquella en cuyo interior vibraba el espíritu de una mujer que había sido amada y porfiaba por no renegar del hombre que había colmado su femineidad, devolviéndola a una condición que había relegado navegando. Hasta tal punto, que ya no gritaba, solo mantenía una capa superficial de rechazo. Porque pesaba más en su ánimo el hecho de que el amor de Naruto fuera auténtico, que el dolor infligido por su engaño, una brasa aplicada a su corazón. Con él delante, sin embargo, se reducía a un rescoldo tenue que se iba apagando.

—Juro por Dios que nunca hice nada por embaucarte. Burlé tu confianza en mi papel de espía y aceptaré cada uno de tus reproches por mi proceder ladino, incluso asqueroso, pero tienes que saber —musitó él, acoplando ahora sus manos a la estrecha cintura femenina—, que lo que siento por ti es lo único sincero de toda esta condenada aventura. En realidad, lo único sincero de mi vida. No he fingido haberme enamorado de ti, Hinata. Estoy enamorado de ti. Te amo.

—Te hubiera matado en palacio, de no haber estado en presencia de la Reina. En aquellos instantes, lo hubiera hecho sin pestañear. Es más, habría disfrutado haciéndolo.

Naruto creyó entender que del comentario anterior se desprendía cierta dosis de humor.

—No vayas de engreída conmigo. Si no te di una zurra cuando huías fue por no poner a tu bisabuela en evidencia delante de todos. —El cuerpo de Hinata se tensó, pero solo una fracción de segundo—. He venido en tu busca porque quiero que te cases conmigo.

Toda su defensa se desmoronó. Fue invadida por el efecto de una emoción súbita que le quebró toda opresión, si aún le quedaba alguna. ¡Acababa de pedirle matrimonio!

Para esquivar el sofoco recurrió a la broma y atinó a contestar:

—Como broma, no está mal. Poco original, eso sí.

—En mis palabras ya no hay asomo de humor. Te lo pedí una vez, cuando de verdad te creí corsaria. Ahora, vuelvo a hacerlo. Mis sentimientos son los mismos, no han variado un ápice, Hinata, sigo queriendo que seas mi esposa.

—Vete el infierno.

—Si me acompañas tú, ahora mismo.

No había vuelta atrás, estaba inerme ante él, se vio privada de toda resistencia porque no iba a negarse a sí misma la evidencia de estar también enamorada, completamente enamorada del atractivo sinvergüenza que no la soltaba. Lo amaba. Ahora y antes, incluso sabiendo que se hacía pasar por un simple buscavidas. Por supuesto que creía en sus palabras, que su reiterada oferta de matrimonio le sonaba tan cierta como el cielo que tenían sobre sus cabezas. Estaba dispuesta a decirle que sí, era lo que más deseaba en el mundo, que Naruto fuera suyo, solamente suyo. Eso sí, merecía que le hiciera sufrir un poco.

—Ni a la mismísima Gloria me iría contigo... milord.

—Apostemos. Los corsarios sois dados a la pelea, ¿no es cierto? Entonces, decidamos la cuestión de una vez y que sea la suerte quien decida: peleemos, capitán —ofreció, apartándose de ella.

—No lo dices en serio. Tú no tienes ganas de morir.

—Y tú no estás segura de vencerme, cariño —emuló su mordacidad.

Desde luego que no estaba segura de poder ganarle en una riña cuerpo a cuerpo. Había sido testigo privilegiado de su manejo de las armas y no era tan estúpida para creerse superior a todo contrincante.

Pero Naruto no le proponía una simple apuesta, le lanzaba un reto ante las tripulaciones de ambos barcos, un desafío cuyo alcance les superaba a ambos, no ya por el desenlace en sí, sino porque podía acarrear un componente de sangre.

Tenía dos opciones: o aceptaba ahora su propuesta de matrimonio, lo que implicaba su capitulación o... ¡por las ventosas de un pulpo, ella era el capitán Hyuga, no podía negarse a cruzas los aceros!

Aceptaría el desafío. Por muy consejero de Tsunade I Senju que fuera su rival.

—Así que pretendes que apostemos una boda, señor conde.

—Una boda, señora duquesa.

Subieron a cubierta provistos ambos de sus correspondientes armas listas para el choque.

—Temo que te quedarás soltero, voy a hacer que lamentes tu altanería —le provocó.

—Eso tendrás que demostrarlo.

—Ya te gané en una ocasión.

—Sí, pero la suerte cambia, chérie.

—Pero no va a ser ahora y con ello te alejarás de mi vida para siempre.

En modo alguno era ese el pensamiento de Naruto, aunque le siguió el juego. No respondió enseguida, se lo pensó unos segundos que a ella le parecieron siglos y se colocó en guardia.

—Acepto, porque si he de renunciar a ti ya no me importará que me arrojes a los tiburones. Ya me daría igual, mi vida valdría menos que una simple moneda.

A Hinata le culebreó un escalofrío por la espalda. Supo sin lugar a dudas que los ojos a los que miraba fijamente no le mentían, que hablaban con el corazón. Entonces, ¿por qué accedía a batirse? Ya no habría marcha atrás, ¿era eso lo que quería, una pequeña venganza a costa de perderlo para siempre?

No hubo espacio para más divagaciones, interrumpidas por su voz que la requería:

—Cuando gustéis, lady Hinata.

—Preparado, lord Naruto.

Difícilmente los marineros de cualquier navío encontrarían una atracción tan interesante como una pelea en alta mar. Decenas de rostros de uno y otro barco parecieron oír una llamada transmitida por no se sabe qué ondas para sumergirse en la inminencia de un combate.

Fue ella quien inició el ataque, retrocediendo él, a la defensiva. No le dio cuartel: si él ejecutaba una finta a la derecha, ella lo respondía con otra; si él cortaba el aire con un mandoble, le respondía ella con otro; si avanzaba, se replegaba para, acto seguido, embestir con brío renovado, haciéndole volver sobre sus pasos.

Naruto competía con ella con los cinco sentidos porque no ignoraba su destreza, pero se reservaba aplicar todo su ímpetu porque por nada del mundo se permitiría herirla. Además, tenía que ser combativo, con una agresividad de la que no cupiera duda alguna, que ensalzara las dotes aguerridas de Hinata, para evitar la mínima sospecha de que él no ponía todo su empeño.

Ella, a su vez, también tenía su propio debate interno: por un lado, demostrarle ante todos que sabía valerse por sí misma, sin la necesidad de que un hombre la protegiera, y por otro, dejarse vencer, porque, en definitiva, no iba a permitirse perderle ahora que había vuelto a ella.

Pesaban en su ánimo los largos años fortaleciendo su naturaleza, ocultando sus sentimientos femeninos, unos sentimientos que anhelaban, como en cualquier otra mujer, la complicidad y el amor de un hombre. Y pesaban también las ocasiones en que tuvo que tragarse las lágrimas, porque un capitán no lloraba nunca, y así tenía que ganarse el respeto de los suyos. Precisamente por eso, por estar siempre mostrando su lado más duro, se resistía a permitir que todos vieran su otra cara y arremetió con más ímpetu.

Naruto paró el golpe como pudo, lo devolvió con destreza y fuerza y Hinata resbaló sobre la cubierta yendo a chocar con la borda. Caballerosamente, él esperó a que se recobrase.

Iruka fruncía el ceño más y más con cada cintarazo de Naruto. ¿A qué demonios estaba jugando, por qué transigía, qué motivo le impulsaba a permitir que Hinata siguiera con el enfrentamiento? Podía haberla desarmado en un par de ocasiones y, sin embargo, había retrocedido permitiendo que ella ocupara su espacio. Su tosca inteligencia, pensaba Iruka, no alcanzaba a comprender las razones del conde, pero si estuviera en su lugar y amara a Hinata como creía que él la amaba, acabaría con aquella farsa, cargaría al hombro con ella y se la llevaría a Inglaterra.

El capitán Nara, por su lado, también conocía a Naruto desde hacía años, y se estaba haciendo cruces. Él había entrenado con el joven conde muchas veces, sabía que podría vencer a la muchacha con un brazo atado a la espalda, aunque reconocía, con un asombro no exento de admiración, que la chica era un hueso muy duro de roer y luchaba como un demonio.

Pero Naruto sabía muy bien qué estrategia seguir en aquella pelea: si quería obtener la victoria, es decir, a la dama, no podía humillarla. Amaba a Hinata tal y como era, valerosa, arriesgada, tenaz, combativa. No deseaba una muñeca que lo acompañara allí donde fuera, para lucir su aristocracia por los salones de palacio, y tampoco que acatara sus decisiones sin comentarlas con ella.

Esa no sería Hinata Hyuga, la mujer corsaria de la que él se había enamorado. Quería que lo compartieran todo, sin exclusiones, de igual a igual, dos en uno, sin limitaciones por razones de sexo. Tendría que ser así en su ámbito personal, porque la sociedad en la que iban a vivir si así lo aceptaba ella, en la Inglaterra actual, era absolutamente impensable otro proceder de cara a los demás. Así es como quería conseguir el sí definitivo de Hinata Hyuga.

En sus elucubraciones, redujo su concentración, más pendiente de ella que de su propia guardia y la punta del acero de Hinata rasgó su pecho, un corte ligero que le hizo trastabillar y desplomarse sobre cubierta, aturdido y confuso.

Se hizo un silencio total y absoluto, un compás de abrumadora espera por la insospechada conclusión de una pelea en cuyo desenlace difícilmente hubiera apostado ninguna de las dos tripulaciones.

A Hinata se le paralizó el corazón diluyendo en el acto toda sensación placentera que sucede a la victoria. El filo del sable apenas había rozado el pecho de Naruto. ¿O acaso lo había herido de gravedad? Porque él seguía boca abajo, sin moverse, incluso no conseguía ver si respiraba. Un pánico atroz le atenazó, un nudo espantoso obturaba su garganta.

—¿Naruto...?

No recibió respuesta, arrojó su sable a un lado y se precipitó hacia él, lívida, con la sangre latiendo desacompasada en las sienes, pugnando en vano por dar la vuelta a Naruto, un peso muerto.

—¡Naruto! —Lo zarandeó—. ¡Naruto, respóndeme! —Unas lágrimas inclementes comenzaron a manarle, lágrimas desesperadas, amargas, de frustración y desconsuelo, unas lágrimas sin remisión que rompieron los diques que encorsetaban su condición de mujer y mostraban sin reserva la aflicción incontenible de su alma enamorada. Consiguió darle la vuelta y se dio perfecta cuenta de que la herida era una hendidura fina y alargada, aparatosa, con profusión de sangre, pero sin profundidad. Se inclinó hasta colocar su oído a la altura del corazón de Naruto, que bombeaba regular y rítmicamente, y su propia palpitación se fue serenando. Entonces se sentó y acomodó la cabeza masculina en su regazo.

—Capitán... —pretendió intervenir Iruka, el único que acertó a reaccionar ante una escena que entontecía los ánimos rudos de unos hombres que apenas sabían expresarse en otro medio que no fuera el de la violencia.

—¡Fuera! —le gritó, histérica, para volver de inmediato a Naruto, acariciando sus párpados cerrados, su rostro amado, la boca que incendiara su deseo—. ¡Oh, Dios! Yo no quería... ¡Oh, amor mío perdóname! —La angustia y el llanto estrangulaban su voz, se le desgarraba el alma—. Abre los ojos, mírame, vuelve a decirme que quieres hacerme tu esposa. ¡Responde, condenado seas! —Lo sacudió de nuevo—. Me casaré contigo. ¡Me casaré contigo porque te amo! ¿Me oyes? ¡Te amo por encima de todo!

Y Naruto Uzumaki abrió sus ojos. Y se evadió del regazo de Hinata Hyuga irguiéndose y abrazándose a ella con la codicia con que se ambiciona un tesoro, uniendo sus labios a los suyos, poniendo fin a una tregua que iban a finalizar con la firma de sus besos.

—Has hecho trampa —le recriminó ella cuando pudo respirar, al compás de sus latidos desbocados.

—¿Y qué esperabas, milady?

—¿Por qué así?

—Porque así se manifiesta la delgada línea que separa la vida de la muerte y yo quiero tenerte a mi lado siempre, lo más lejos posible de cualquier peligro que te aceche. Por otra parte, un corte insignificante a cambio de tu promesa de casarte conmigo, bien merece este pequeño sacrificio.

—Te arrepentirás de esta artimaña, milord, me la cobraré algún día —le dijo—. Y entonces, tal vez lamentes haberte casado conmigo.

Se besaban ajenos a todo, a las tripulaciones, al viento y al mar, sin otra compañía que la pasión que se les desataba.

—Ni aunque pasen mil años, capitán Hinata —negó él—. Ni aunque pasen mil años.

-Fin-