21

—Candy, afloja el paso ahora mismo o regresamos al castillo de inmediato.

El viento le alborotaba los rizos mientras se inclinaba cada vez más sobre el largo y elegante cuello de la hermosa yegua árabe, animándola a ir cada vez más rápido, mientras fingía no oír el furioso grito de Anthony. Solo le había costado una semana de engatusamientos para convencerlo de salir a cazar.

Era demasiado tentador; un día precioso, un caballo rápido y, por fin, la libertad de los opresivos muros grises de aquella sombría mazmorra. Se sentía viva, renacida, y era maravilloso. Riendo, volvió la cabeza para mirar a Anthony, a Pauna y a Tom, el adusto vikingo que la seguía en medio del polvo.

La furiosa expresión de la cara de Anthony le quitó el aliento. Era asombroso lo mucho que se parecían los dos hermanos en temperamento, mucho más de lo que ellos mismos se daban cuenta. Los dos eran líderes fuertes y seguros, con una sana dosis del fiero orgullo de las Highlands y, como Candy comprendió al mirar la cara de Anthony, tendencia a la obstinación. Pero había diferencias. Anthony siempre estaba ahí para ofrecer amabilidad y, aparentemente, era más alegre que su formidable hermano, aunque Candy vislumbraba la agitación sombría y turbulenta que acechaba detrás de aquella fachada pícara de la que carecía Albert.

Candy había descubierto el origen de esa agitación unas semanas antes. Estaba pinchando a Anthony sobre lo bien que se había metido en su papel de jefe temporal, cuando una extraña expresión apareció en su cara. Mencionó que no era la primera vez que actuaba como jefe. Poco antes de que ella llegara a Dunvegan, Albert había sido hecho prisionero por Argyll, siguiendo órdenes del rey, por no haber cumplido los términos del General Band.

Durante el confinamiento de su hermano, Anthony había dirigido a los MacAndrew en un ataque contra los MacDonald en Binquihillin. Los MacAndrew fueron derrotados y dos de sus primos murieron. Anthony se culpaba y se había tomado muy mal las pérdidas. Candy sabía lo importante que era que, esta vez, nada saliera mal. Acalló la punzada de culpa. No podía pasar nada.

Tiró ligeramente de las riendas para frenar a la yegua y permitir que Anthony la alcanzara. No quería jugar con su suerte. Era una amazona consumada, acostumbrada a hacer carreras con sus hermanos, y le irritaba tener que actuar como una dama después de tanto tiempo sin salir. Si Anthony dejara de actuar como una niñera sobreprotectora, vería que no corría ningún peligro.

—Está bien, Anthony. Pero te comportas de una manera igual de irritante que ese tirano de hermano tuyo, con su ceño desaprobador. Soy una amazona excelente. Incluso podría probar la mano con ese espectacular caballo de guerra andaluz en el que estás sentado.-Y ante su mirada de escepticismo, añadió—: Por favor, disfrutemos de este hermoso día.

Anthony hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No sé por qué he dejado que me convenzas, Candy. Albert se pondrá furioso. Si consideras que tengo un aspecto sombrío, espera a que mi hermano se entere de nuestra «pequeña cacería».

—Bueno, no voy a preocuparme de una eventualidad que quizá nunca se produzca. Hace tanto tiempo que se ha ido que, tal vez, ha decidido no volver-respondió con aire modesto, fingiendo indiferencia.

—Oh, sí que volverá-advirtió Anthony—. Lo espero de vuelta en cualquier momento. Pero después de esta salida, tú y yo quizá deseemos lo contrario.

Candy detuvo el caballo y le cogió la mano a Anthony cuando este detuvo su caballo negro junto a la yegua. Había sido un buen amigo para ella. Le apretó la mano, agradecida, y se disculpó.

—Lo siento, Anthony. Sé que tenías algunos reparos a nuestra salida. Debes de pensar que soy una niñita tonta y malcriada. Pero seguro que Albert no se dio cuenta de que estaría fuera tanto tiempo; de lo contrario no nos habría dejado encadenadas al castillo. No podía esperar que nos quedáramos dentro tanto tiempo. Y hemos tomado precauciones-dijo, refiriéndose al grupo de guerreros que los seguía. Señaló, con un ademán, los hermosos olmos de Escocia que los rodeaban; la luz ambarina de finales de otoño prestaba una calidez suave al frío día. Candy tenía las mejillas encendidas por el ejercicio y la alegría—. Con estos hermosos bosques en nuestro patio trasero, sería pura tortura no disfrutar de la caza mientras podemos.

Anthony movió la cabeza, fingiéndose derrotado.

—Está bien, Candy, tú ganas. Si pensara que iba a servir de algo, pediría clemencia. Disfrutemos de la caza y ya nos preocuparemos de las repercusiones más tarde. Pero, por lo menos, descansemos un poco. Daremos de beber a los caballos y Pauna podrá practicar su habilidad con el arco que nos ha prestado el joven Jimmy.

Candy estaba a punto de discutir, pero en el último momento observó la mirada suplicante de Pauna y comprendió, con un sentimiento culpable, que su desenfrenado galope no había aterrado solo a Anthony. A regañadientes, aceptó, asintiendo con la cabeza.

—¡Lo he hecho!-La flecha dibujó una curva perfecta, aunque no precisa, contra el claro azul del cielo, antes de aterrizar inofensivamente entre el musgo y las hojas caídas que rodeaban el árbol.

Candy vio cómo una alegría llena de sorpresa iluminaba el rostro de Pauna. Con los brazos en jarras, entonó haciendo una imitación perfecta de la voz de Pony:

—Te lo había dicho, princesa; si de verdad te lo propones, puedes hacer todo lo que quieras.

Pauna puso los ojos en blanco y se rió de la imitación de Candy. Se volvió hacia su hermano.

—Anthony, ¿lo has visto? ¿Lo has visto? He disparado la flecha.

Anthony se echó a reír, y sus profundos ojos azules chispearon encantados.

—Debo decir que estoy impresionado, hermanita. Ya veo que ahora tendré que esconder mi espada. Pareces haber encontrado una instructora consumada en el arte de la guerra.

Candy sonrió ante la imagen de Pauna con una gran espada escocesa. Dudaba de que pudiera levantarla del suelo y mucho menos amenazar a alguien con ella. Pero nunca se sabía. Pauna había demostrado ser muy fuerte para su tamaño; incluso el arco de niño que habían pedido prestado exigía una considerable fuerza para manejarlo.

—Todo el mérito es de Pauna. Yo no he hecho más que enseñarle a sostener el arco; el resto ha sido cosa suya. Bien hecho, Pauna.-Se levantó decididamente del tronco cubierto de un musgo de color verde vivo donde había estado sentada, mientras veía practicar a Pauna, y se sacudió el polvo de la falda de su traje de rico terciopelo color amatista—. Me parece que ya hemos practicado bastante por hoy. ¿Estamos dispuestos a cazar un ciervo o dos y aumentar las reservas para el invierno?

Al parecer anticipándose a sus deseos, Anthony ya le estaba acercando el caballo. Candy enarcó sorprendida una ceja suavemente arqueada y luego se rió ante su evidente transparencia. Se encogió de hombros pero no ofreció ninguna excusa; estaba ansiosa por ponerse en marcha antes de que se acabara el día. Miró hacia arriba, entre los árboles, al sol que estaba directamente encima de ella y supo que solo quedaban unas horas antes de que Anthony insistiera en volver al castillo. Los días eran ya insoportablemente cortos.

Pasaron dos horas en un instante. Candy no recordaba la última vez que había disfrutado tanto. Excepto... un recuerdo de labios devoradores y dedos acariciadores se hizo presente en su mente antes de que pudiera apartarlo. Albert no estaba, los recuerdos no iban a traerlo antes de vuelta.

Notó todo el peso de la mirada de Anthony sobre ella.

—¿Has tenido bastante?-le preguntó—. Se está haciendo tarde y me preocupa que el tiempo cambie.-Miró hacia arriba para indicar las nubes que se iban acumulando.

Todavía la sorprendía la rapidez con que un sol brillante podía dar paso a una fuerte tormenta en Skye.

Candy sonrió:

—No, no he tenido bastante. Pero sé que debemos volver.

Con un ademán autoritario que le recordó claramente a su hermano, Anthony ordenó a sus hombres que iniciaran el camino de regreso a la barcaza.

Cabalgaron en amistoso silencio durante un rato antes de que Candy hablara.

—Gracias, Anthony. No sé cómo decirte lo mucho que este día ha significado para mí.

Anthony miró significativamente a su hermana Pauna, que iba delante con Tom.

—Soy yo quien debería darte las gracias por lo que has hecho por Pauna. La cólera de mi hermano es un pequeño precio que pagar por la felicidad que hay en el rostro de mi hermana. Es casi como si los últimos años se hubieran desvanecido, como una pesadilla. Su cambio es extraordinario.-Con un gesto de la cabeza señaló a Tom—. Hasta el vikingo parece haberse dado cuenta.

Intercambiaron una sonrisa.

—Yo pensaba lo mismo-dijo Candy—. Aunque intenta ocultar su interés, es tan evidente como el ceño que pone.

Anthony se rió y siguieron su camino. Cuando la luz del día empezó a declinar, Anthony ordenó a algunos de los hombres de armas que se adelantaran y prepararan las barcas. Estaban a salvo tan cerca de Dunvegan, pero Anthony dijo que no quería que las mujeres estuvieran en el lago más de lo necesario por si se desataba una tormenta. Candy no se dio cuenta de lo mucho que se habían rezagado hasta que entraron en el bosque y solo vio a Pauna y a Tom por delante de ella y de Anthony.

Tom condujo al pequeño grupo por el estrecho sendero, adentrándose en el bosque. El suave viento alborotaba suavemente las hojas del suelo. Las campanillas y las prímulas de la primavera habían desaparecido tiempo atrás para ser sustituidas por los digitales, los cardos, la salvia y luego el brezo de color rojizo. El suelo del bosque estaba salpicado de grandes setas negras. Relajada por la exuberante belleza que la rodeaba y por el suave balanceo de la yegua, que iba eligiendo su camino, con precisión, por el desigual suelo del sendero, Candy, perdida en sus ensoñaciones, se sobresaltó ante la súbita detención. Levantó los ojos y vio que Tom alzaba una mano, advirtiéndoles que guardaran silencio.

Algo no iba bien.

Una quietud poco natural parecía haber acallado los sonidos del bosque, recordando a Candy la extraña quietud del aire que, con frecuencia, precedía a una tormenta aterradora, cuando las criaturas de la naturaleza huían, percibiendo el peligro antes que el hombre. Instintivamente, contuvo la respiración, esforzándose por oír algo. Ya totalmente alerta, escudriñó los árboles pero no encontró nada fuera de lo corriente. Suponiendo que quizá Tom había detectado un ciervo en el follaje delante de él, soltó el aire y se relajó de nuevo en la silla.

Fue justo antes de que se abrieran las puertas del infierno.

El brazo de Anthony la empujó de súbito y con brusquedad hacia delante, contra el caballo, solo un momento antes de que el quedo silbido de una flecha zumbara por encima de ella. Precisamente, por el espacio que antes ocupaba su cabeza.

—Maldición.-Oyó el juramento de Anthony, con la cabeza todavía apretada con fuerza contra las crines de la yegua. La voz amable y burlona había desaparecido, sustituida por la dura y decisiva voz de mando—. Tom, llévate a Pauna y Candy y ve al embarcadero. Trae ayuda. Yo me quedaré e intentaré contenerlos.-Dio una palmada en la grupa a la yegua de Candy—. Vete. Deprisa. Cabalga todo lo rápido que puedas.

Ante la ruda orden física, la yegua saltó hacia delante furiosamente. Esforzándose por mantenerse en la silla, Candy cogió las riendas del aterrado caballo, mientras trataba desesperadamente de calmarlo. Delante de ella, Tom, tirando del caballo de Pauna, desapareció en el denso bosque. Espera, se dijo enfadada consigo misma, cuando un rayo de claridad mental atravesó el caos. Aquello era culpa suya. No podía dejar solo a Anthony. Sin pensar en el peligro, hizo dar media vuelta al caballo y empezó a regresar hacia Anthony.

Lo habían rodeado, pero se defendía bien, haciendo retroceder a los hombres con los amplios golpes de su espada. Casi se había abierto camino cuando la vio y sus ojos se entrecerraron con un gesto alarmante.

—¿Qué diablos crees que estás haciendo...?-Se quedó en silencio cuando el golpe de una espada en la espalda lo dejó atontado, pero fue el siguiente golpe en la cabeza lo que lo tiró de la silla. Cayó al suelo, sin sentido.

—¡Noooo! Anthony. Oh, Dios, por favor.-Se llevó las manos a la cara, horrorizada, y abrió la boca para gritar, pero la conmoción era tal que de ella no salió ningún sonido. La vencía el temor por Anthony, pero después de una breve sensación de parálisis, algo parecido a la calma dominó sus movimientos. Extrañamente ajena al horror y el terror que la rodeaban, Candy se sintió llena de una fiera determinación, como un guerrero en medio de la batalla; sabía qué tenía que hacer: tenía que controlarse y ayudarlo.

Saltó de la silla, olvidando el arco, apresurándose a acudir a donde Anthony yacía torcido y horriblemente inmóvil encima de un montón de polvo y hojas. Estaba tan concentrada en llegar hasta él que no se fijó en que la rodeaba un puñado de hombres de armas de aspecto aterrador, hasta que fue demasiado tarde. Estaba a punto de alargar los brazos hacia Anthony cuando fue arrancada de allí bruscamente y se encontró entre los brazos de un guerrero sucio, de aspecto tosco. Cuando lo miró a los ojos, se estremeció. Tenía la mirada de un arenque muerto.

—Mira qué tenemos aquí. Me parece que hemos conseguido un poco de diversión para la tarde.-Su mirada desagradable y lujuriosa la recorrió de arriba abajo—. Al parecer, hemos encontrado una belleza de primera. Apuesto a que el hombre al que perteneces estará ansioso por recuperarte y dispuesto a pagar por ello. Aunque espero que no sea ese, muchacha-dijo, señalando hacia donde estaba Anthony—. No es probable que te reclame dentro de poco... si es que lo hace alguna vez.-Su rancio aliento silbaba en su oreja. Candy se encogió visiblemente ante la amenaza que le agriaba la voz.

En su interior, maldijo su estupidez al dejar el arco y las flechas en el caballo. Su instinto le había fallado, pero el ataque se había producido muy rápidamente.

—Soltadme. ¿No veis que este hombre está herido? Me necesita. Dejadme ir.-Trató de librar su cuerpo de los brazos que la sujetaban, pero el hombre era demasiado fuerte y la agarraba con demasiada fuerza.

El guerrero soltó una desagradable risotada.

—No te preocupes por él. Allí adonde va, no te necesitará.-Cruelmente, dio una patada al cuerpo inmóvil de Anthony.

Candy se sintió aliviada al oír el gemido de dolor.

Anthony estaba tan inmóvil que había temido que ya estuviera muerto. Probablemente, el golpe solo le había hecho perder el sentido, pero no lo dejarían con vida. Tenía que hacer algo. Si no le hubiera suplicado a Anthony que salieran de Dunvegan, nada de eso habría pasado. La angustia se mezcló con la impotencia.

—¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?

—Ya te he dicho lo que queremos de ti, un poco de diversión.-Sonrió, dejando al descubierto los dientes renegridos y torcidos que le quedaban—. En cuanto a la otra pregunta, ¿quién crees que somos? ¿Quién sería lo bastante atrevido como para atacar las tierras de los MacAndrew a plena luz del día?-La arrogancia que emanaba de aquel hombre de tez oscura era enorme.

—Mackenzie -dijo Candy entre dientes.

—Ah, veo que nuestra fama nos precede. ¿Y quién eres tú, belleza mía?-Consideró su apariencia, observando la calidad de su ropa—. Evidentemente, una dama.-Alargó la mano para acariciarle el pecho con sus dedos ásperos y sucios—. Una dama con el cuerpo de una ramera.

Instintivamente, Candy le apartó la mano de una bofetada. Él respondió rápidamente, dándole un brutal manotazo en la barbilla. La cabeza de Candy salió despedida hacia atrás por la fuerza del golpe y se le soltó el pelo de las cintas que lo sujetaban. Si es que era posible, las miradas lujuriosas de los hombres se llenaron todavía más de deseo.

Aunque atontada por el golpe, juró:

—Si me volvéis a tocar, os mataré.

...

Hola chicas bellas. Aqui otro capitulo, como pueden ver, el paseo tranquilo no duró demasiado. Veremos que pasa.