Septiembre pasó volando y enseguida llegó octubre con un frío húmedo que se extendió por los campos y penetró en el castillo. La señora Pomfrey, la vieja enfermera, estaba atareadísima debido a una repentina epidemia de catarro entre profesores y alumnos. Su poción pimentónica tenía efectos instantáneos, aunque dejaba al que la tomaba echando humo por las orejas durante varias horas.

Gotas de lluvia del tamaño de balas repicaron contra las ventanas del castillo durante días y días; el nivel del lago subió, los senderos de flores se transformaron en arroyos de agua sucia y las calabazas de Hagrid adquirieron el tamaño de cobertizos.

Las clases se complicaban día a día. Los profesores los cargaban de trabajo y les exigían el doble que al resto de sus compañeros, pues no disponían de siete años para formarse como los demás. Johanna seguía amando la clase de pociones tanto como aborrecía al profesor que las impartía. Cada clase era un campo de batalla para alumna y profesor que se lanzaban comentarios ácidos como si fueran flechas envenenadas. A pesar de eso Johanna seguía sorprendiendo a sus compañeros con los excelentes resultados que demostraba en esa materia. Las demás no se le daban tan bien, era su amiga Emma la que sobresalía y tenía que ayudarla a menudo. Sus compañeros se esforzaban para alcanzar las exigencias del curso, pronto llegaría el invierno y los exámenes y tenían mucho por aprender.

El frío y la humedad atravesaban las gruesas paredes de las mazmorras, que con la llegada del otoño se habían cubierto de una capa de moho y musgo que desprendía un fuerte olor a setas y bosque. Los alumnos de la clase de pociones hacían sus mezclas lo más cerca del caldero posible, para entrar en calor. Johanna que tenía las manos y pies helados intentaba, sin éxito, entrar en calor. La chica removía su poción con cuidado entre temblores. Se sobresaltó al notar un peso cálido sobre sus hombros. Patrick, el nuevo ayudante del profesor de pociones, le había puesto una capa por encima. La miró con una sonrisa encantadora y le guiñó el ojo. Johanna se ruborizó por el gesto, pero siguió a su trabajo. El gesto pasó inadvertido para el resto de los alumnos de la clase, que estaban demasiado ocupados evitando que sus pociones estallaran. Pero no pasó inadvertido para el profesor que los contemplaba con dureza.

Al finalizar la clase, los alumnos abandonaron el aula con rapidez, a excepción de Johanna que se retrasó para devolverle la capa a Parick y agradecerle el gesto. Tímidamente se acercó al ayudante del profesor con la capa entre los brazos.

- Muchas gracias. – Le dijo la chica ofreciéndole la capa que tenía en las manos.

- No ha sido nada. No puedo permitir que una chica tan guapa enferme sin ponerle remedio. - Dijo–con su característica voz seductora mientras esbozaba una sonrisa.

Johanna se ruborizó un poco, no estaba acostumbrada a los cumplidos y le costaba responder naturalmente a ellos.

- No he podido evitar darme cuenta de tu habilidad para la materia. Eres muy buena. Poca gente hay con nuestro talento.

Un carraspeo de oyó detrás de los jóvenes.

- Pensaba que tenía mejor criterio señor Idnoril. Adulando de esta manera a la señorita Macbay no la beneficia en absoluto. Su técnica en pociones está muy verde y es poco precisa. Abusa de la intuición y con sus precipitados halagos no hace más que alimentar su exceso de confianza.

El profesor de pociones les miraba con su característico rosto serio inexpresivo que tanto miedo había causado antaño a sus estudiantes.

El rostro totalmente enrojecido de Johanna reflejaba ira, vergüenza y un poco de asombro. Patrick por su lado permaneció en silencio aceptando las palabras del profesor sin discutirle.

Era la primera vez desde su noche en Londres que se habían quedado casi a solas. El único contacto que mantenían era el intercambio de sarcasmos durante las clases. Ante el asombro de los alumnos más jóvenes, que consideraban a su profesor de pociones algo así como un héroe caído en desgracia, cuyo mal carácter era fruto de su desdicha y no merecía sino lástima. Eso irritaba al profesor, quien encontraba un agradable desahogo en las peleas que mantenían clase tras clase.

- Perdona por no ser más que mediocre, después de solo cuatro meses de clases. – Le dijo la chica indignada. – O a lo mejor es que a tu edad ya no diferencias una buena de una mala poción.

Patrick escondió una carcajada que le mereció una mirada fulminante del profesor.

- Señorita Macbay, si se deja embaucar por tan inmerecidos halagos nunca mejorará. Pero adelante, déjese llevar por su ego.

El profesor se dio la vuelta y se alejó dando por terminada la discusión y escondiendo una media sonrisa de victoria.

Patrick acompañó a la chica hasta la puerta.

- No le hagas caso. Eres muy buena en pociones. No conseguir su aprobación no es señal de nada. Nadie nunca conseguirá su completa aprobación. Conseguir más de un Aceptable en su asignatura ya es señal de que tu trabajo es muy bueno.

- Le cogió la mano entre sus dos manos y la miró a los ojos.

- Créeme cuando te digo que eres de las mejores alumnas que han pasado por esta mazmorra. No dudes en pedirme ayuda en cualquier momento, si la necesitas.

- Gracias. – Murmuró Johanna nerviosa.

Sin saber muy bien que más decirle, se despidió para reunirse con sus compañeros que ya estarían en el Gran comedor.

Los días se iban acortando semana tras semana, anunciando la inminente llegada del invierno. Johanna y sus compañeros pasaban gran parte de su tiempo libre estudiando y practicando, al contrario que sus jóvenes compañeros que se tomaban las clases más como un trámite.

Desde que la relación de Emma y Edward se había hecho medio oficial, la chica había pasado poco tiempo con su amiga. Le había pasado lo mismo con Sam y Morpheus, que a pesar de mantener su relación en secreto intentaban pasar todo el tiempo posible, juntos. A Johanna le constaba que muchas noches se escapaban y se veían en Hogsmeade.

Johanna por su parte pasaba gran parte de su escaso tiempo libre hablando con Patrick de pociones. Después de cenar se encontraban en el pequeño despacho del ayudante, contiguo a la clase, para hablar sobre la materia.

- En la biblioteca no he encontrado los libros de pociones de cursos más adelantados. ¿Habría alguna manera de obtenerlos? – Le preguntó un día Johanna.

Patrick se quedó pensando durante unos segundos.

- Creo que en el aula hay libros viejos de cursos superiores. Vamos a verlo si quieres.

El chico le tendió la mano para que le siguiera. Atravesaron una puerta que les llevó hasta la clase. En las estanterías más alejadas de la zona de pupitres había viejos libros ajados que iban desde primero hasta séptimo. Patrick cogió los volúmenes y se los entregó a Johanna. Esta los recibió con prudencia. Estaban cubiertos de polvo y parecían no haberse tocado en años.

- Te los puedes quedar hasta final de curso, nadie notará su ausencia.

- ¿Estás seguro? – Preguntó la chica.

- No te preocupes, yo me encargo de todo. – Le dijo rodeándole a cadera con el brazo para acompañarla de nuevo al despacho.

Después de eso Johanna aprovechaba cualquier oportunidad para ojear los libros. Todos eran tan viejos por dentro como por fuera, a excepción del de sexto que parecía no haber sido tocado a pesar de su aspecto ajado exterior. Los libros que había abierto pertenecían a un tal "Príncipe mestizo", estaban llenos de notas en los márgenes y modificaciones en las pociones. Johanna abrió el libro de primero para comprobar si la poción curativa que le habían subministrado para la resaca tenía modificaciones, pero al abrir el libro vio que las anotaciones no eran tan frecuentes, y tampoco vio el nombre del príncipe por ningún lado. Pero se asombró al ver en los márgenes unos nombres escritos en lo que parecía tinta marrón.

"Lily y Sev amigos para siempre"

A Johanna se le hizo un nudo en el estómago, eran los libros de su profesor, y sabía que no le haría gracia saber que ella los tenía.

Lo que le extrañó fue la naturalidad con la que un día había escrito sus sentimientos tan abiertamente. Se quedó unos segundos contemplando aquella frase, había algo diferente en la letra, era más redonda, más femenina. Además el color de la tinta no era normal. Entonces se dio cuenta. Era algo que también había hecho ella de pequeña. Seguramente Lily fue la que le enseñó esa pequeña magia muggle.

Era tinta invisible de limón. Un truco muy utilizado entre los niños muggles, pero que con el paso del tiempo se volvía visible para siempre. Pasando las páginas se dio cuenta de que frecuentemente aparecían los dos nombres juntos, ya escritos con la letra del joven Severus.

Johanna sabía que tenía que devolver los libros antes de que su profesor se diera cuenta de la sustracción. Al fin y al cabo esa debía ser la única prueba de que Snape había tenido sentimientos en algún momento de su vida. Sabía que le molestaría que alguien pudiera descubrir su mejor parte.

Una noche, se armó de valor. Sigilosamente bajó hasta las mazmorras sin ser descubierta. Se plantó ante la puerta de la clase y murmuró "Alojomora". La puerta chirrió en el silencio de la noche al abrirse. Johanna entró de puntillas. Iba en pijama para poder fingir estar sonámbula en caso de que la descubrieran. Sin hacer ruido se acercó a la estantería del fondo y colocó de nuevo los libros. Le quitó el polvo a toda la estantería para que no se notara la diferencia. Al terminar, se disponía a abandonar la oscura aula cuando se topó con una alta figura que la agarró con rudeza por el brazo.

Las antorchas de la pared se prendieron dejando al descubierto el inexorable rostro del profesor de pociones.

- Así que eras tú la ladrona. Debí imaginarlo.

Johanna intentó explicarle la situación, pero el profesor no la dejó.

- Hacía semanas que me estaban desapareciendo ingredientes de mi armario privado y por fin he cazado al ladrón.

Johanna se quedó estupefacta, no se había dado cuenta de lo de los libros, pero la estaba acusando de algo mucho peor.

- Yo no te he robado ningún ingrediente. – Dijo la chica un poco molesta por la acusación.

Tras decir eso notó una punzada en la cabeza y volvió a notar la molesta sensación como si estuvieran rebuscando en su mente en busca de respuestas. Johanna le propinó una patada a su captor para desconcentrarlo y la sensación desapareció.

- ¿Contento? – Preguntó la chica. – Ya has visto que no te he robado yo los ingredientes.

Severus la miraba con el semblante serio, conteniendo la rabia por la agresión que acababa de sufrir.

- Entonces, explícame por qué estás aquí.

Johanna titubeó antes de abrir la boca, pero pensó que ya no tenía nada que perder y al fin y al cabo, los libros se los dieron.

Cuando terminó el relato, el profesor estaba mudo, se imaginaba lo que había llevado a su alumna a devolver los libros de aquella manera y se sentía furioso y avergonzado a partes iguales.

Johanna al ver que no obtenía ninguna respuesta del profesor, empezó a hablar por puro nerviosismo, con su característica incontinencia verbal.

- No deberías guardar bajo llave la mejor parte de ti.

- ¿De qué estás hablando? – Preguntó el profesor desconcertado.

- A, claro, no lo sabes… La tinta de limón no es invisible para siempre, supongo que entonces Lily no lo sabía y no te lo dijo. Es algo que todos lo muggles descubrimos con el tiempo.

Johanna esperaba la violenta reacción de su profesor, pero no llegó. Este se sentó abatido en su escritorio y con el semblante serio y señalando la puerta le dijo.

- Vete, sal de mi vista.

Se lo dijo suavemente, sin brusquedad en el tono y sin elevar la voz. Johanna se quedó donde estaba sin moverse.

- Me has sorprendido Snape. – Dijo la chica con calma mal disimulada. – No te creía capaz de amar y resulta que debajo de esas capas de tela negra y esa piel fría como el mármol se esconde un corazón enjaulado, cumpliendo cadena perpetua por tus errores.

- No hables de lo que no sabes. – Le dijo el hombre intentando mantener la calma.

El sosiego del hombre le sirvió a Johanna como una invitación para seguir hablando.

- Puede ser que no sepa la mitad de la historia, pero sí que entiendo de sentimientos. – La chica cogió aire y se armó de valor. – Al final tendré que darles la razón a todos aquellos que me aseguraban por activa y por pasiva que no eras una mala persona.

Aquella frase crispó al profesor, que apretó los puños encima de la mesa. Pero dejó que la chica siguiera hablando.

- Lo único malo que hay en ti es tu propia penitencia. Esa absurda barrera que te impide ser feliz. Pero no me das pena, ser así es tu elección y nadie más que tú puede cambiarlo. Si los demás sienten pena por ti es por qué es lo que transmites. Ese tormento y desesperación que pesan sobre tus espaldas son como un grito de auxilio.

La chica dejó de hablar asustada ante la reacción inminente del profesor. Este se levantó y se acercó a la chica hasta dejarla arrinconada contra la pared.

- No sabes nada. Solo eres una cría. – Le espetó.

- Y tu un viejo gruñón. – Le respondió la chica armándose de valor.

El clima de la sala era muy tenso, algo que Johanna no podía soportar. En ocasiones, cuanto más tensa era la situación peor era su reacción. En acto de defensa su cerebro actuaba haciéndole soltar por la boca lo primero que le pasara por la cabeza.

- A todo esto. ¿Qué edad tienes? – Le preguntó la chica ante el asombro del profesor. – Pareces joven de aspecto, pero te comportas como un viejo gruñón y teniendo en cuenta que compartiste curso con los padres del famosísimo…

El profesor no la dejó terminar, le tapó la boca con brusquedad y la apartó.

- No te incumbe. Ahora vete, antes de que te acuse del robo de los ingredientes.

Johanna abandonó el aula con una extraña sensación en el estómago.