Capítulo 20
Emma parpadeó varias veces seguidas antes de abrir los ojos por completo. Por un segundo no supo dónde estaba. Pero entonces, sus ojos se posaron en Regina, adormecida a su lado. Una sonrisa se formó en sus labios y quiso extender la mano y tocarla, pero suspiró y resistió la tentación, dejándola dormir. Parecía que finalmente las dos se habían librado de las complejas y enmarañadas capas del comienzo. A paso lento y cuidadoso, hizo amago de salir del cuarto para ir a ver a su hijo, pero se detuvo delante de la ventana cuando lo vio fuera jugando en el jardín con otros niños.
―¿Qué haces ahí parada?―la voz de Regina llamó se atención. De pie, mirando hacia ella aún con el sueño visible en su rostro, Regina la atrajo hacia sus brazos ―Buenos días, querida. ¿Has dormido bien?
―Como hace mucho tiempo que no lo hacía―dijo Emma, presionando sus labios contra los de ella.
―¿Qué te parece desayuno en el jardín?
―¡Me parece una óptima idea!
Con el transcurso de las días, la normalidad pareció reinar entre ellas, aunque los trabajos de la hacienda hubieran aumentado el doble desde que Elsa y Aurora ya no trabajaran en la propiedad.
―Hace un día espectacular―dijo Emma, abriendo las cortinas con entusiasmo, permitiendo que el sol de comienzo de primavera inundase el ambiente ―Me encantaría pasear contigo por el campo de manzanas.
Sonriéndole, con las manos en la cadera, Regina se acercó.
―Eso me huele a una invitación para hacer el amor debajo de un manzano.
Dejando escapar una hermosa carcajada, Emma balanceó la cabeza y estaba a punto de responderle, pero la llegada de Marian acompañada del coronel y algunos soldados se lo impidió. Se hizo un extraño silencio, hasta que el coronel decidió romperlo.
―Buenos días…―murmuró él al mismo tiempo que hacía un ligero saludo con la cabeza ―¿Podemos hablar un minuto, señora Mills?
―Le escucho, coronel―seca, Regina le dirigió una mirada poco amigable.
―¿No sería mejor que habláramos en privado?―sugirió él
―No. Aquí está bien. Siéntese.
Intentando ocultar su descontento, el coronel la encaró durante unos segundos, parecía querer leer algo en sus ojos. Carraspeando, incomodado con la presencia de Emma, finalmente él se sentó.
―Y entonces, coronel―Regina cruzó sus brazos, preguntándose cuándo comenzaría la conversación ―¿A qué debo el honor de su visita?
Percibiendo el tono sarcástico en su voz, él la fusiló con la mirada antes de comenzar a hablar.
―Señora Mills, creo que ya es de su conocimiento la destrucción que los rebeldes están causando en los pueblos vecinos…
―Sí, he escuchado algo al respecto―dijo ella, sin mucho interés.
―¿Ha escuchado también que su próximo destino es Storybrooke?
―¿Por qué no va directo al grano, coronel?
―Bueno, estoy proponiendo vigilancia y seguridad a todos los hacendados de la región. A cambio, pido algunas cabezas de ganado para alimentar a las tropas.
Regina se levantó y caminó hacia la ventana mientras pensaba qué decir. Al girarse, ella lo miró desde la otra punta del salón. La respuesta llegó firme y seca.
―Agradezco la propuesta, coronel. Pero tengo gente suficiente en la hacienda para encargarse de la seguridad.
El coronel, mostrando reprobación en su mirada, se levantó y se acercó a Regina.
―Señora Mills, quiero recordarle que los rebeldes atacan en grandes grupos, y que es preciso mucho más que meros peones para poder detenerlos.
―No se preocupe, coronel. Confío en mis meros peones. Solo que no entiendo a qué viene esa propuesta si es su obligación mantener a la población segura.
―No dispongo de tantos hombres y por tanto no podemos estar en todas partes. Donando unas cabezas de ganado para alimentar a las tropas, la señora contribuye con el gobierno y mantiene su hacienda en seguridad porque obviamente daremos prioridad a quien esté contribuyendo.
Dejando escapar una breve carcajada, Regina dio un paso hacia delante y lo miró a los ojos
―Lo siento mucho, coronel. No estoy interesada en su propuesta. Ahora si me permite…
Los ojos de Emma se dirigieron de Regina, que indicaba la puerta, al coronel que tensaba su mandíbula. Dejando ver su enfado ante su rechazo, pidió permiso e hizo mención de salir, pero antes se detuvo un momento.
―Pensé que usted era algo más inteligente que sus padres, señora Mills…
Emma se sobresaltó cuando Regina empujó la mesa. El jarrón y los candelabros entrechocaron por el impacto. Con una mano apoyada en la mesa, y la otra apuntando hacia el coronel, las venas de su cuello eran bien palpables.
―¡Ni se atreva a mencionarlos!―exclamó ella, con el tono de voz elevado.
―¡Baje el tono cuando hable conmigo, señora Mills! ¡Puedo mandar detenerla por desacato!
Aparentemente impasible ante la amenaza del coronel, Regina esbozó una sonrisa maliciosa. Cruzando sus brazos, habló despacio. Su tono ahora era casi un susurro.
―Estoy en mi casa y aquí dentro hablo como me dé la gana.
―Tenga cuidado, señora Mills. Sería una pena que una mujer tan joven y tan rica tuviera el mismo destino que los padres.
Emma, con la boca entreabierta en un jadeo silencioso y los ojos desorbitados, encaró a Regina hecha un manojo de nervios. La morena frunció el ceño, acto que hizo que sus arrugas se marcaran más. Los ojos castaños, siempre hipnotizadores y hermosos, adquirieron un tono más profundo, tan oscuro y vengativo, que Emma se sintió incapaz de continuar mirando hacia ellos. En pánico, ella tragó en seco, preparándose para la tormenta.
Regina saltó y agarró el cuello del uniforme del coronel, alzándolo un poco del suelo, sus nudillos poniéndose blancos. Sus rostros estaban tan cerca que parecían dos amantes a punto de compartir un caluroso beso.
―Si piensa que va a hacer conmigo lo mismo que hizo con ellos, está profundamente equivocado―gruñó ella
Inmóvil como una piedra, el coronel encaró a Regina en silencio, sus ojos brillando como un fuego que se expande por el bosque. Jadeante, Emma se acercó y agarró el brazo de Regina, intentando controlar la situación.
―Regina…―dijo ella, parpadeando rápidamente, en un pánico creciente ―El coronel ya se va. Voy a acompañarlo a la puerta…
Con una mirada de pura furia, Regina soltó al coronel lentamente. Su cuerpo temblaba, ansiando la sangre de aquel hombre. Respirando hondo, ella finalmente se apartó.
―Señor coronel, acompáñeme, por favor―dijo Emma, casi sin aliento
Asintiendo, él se arregló el cuello del uniforme mientras la seguía.
―Coronel, acepte mis disculpas en nombre de Regina. Está muy nerviosa debido a algunos contratiempos que han tenido lugar en la hacienda.
―Entiendo, señorita Swan. Y espero que usted pueda conversar con ella y convencerla para que cambie de opinión.
―Hablaré con ella, sí, coronel. Y una vez más, disculpe.
―Qué tenga un buen día, señorita.
Cuando el coronel se hubo ido, Emma cerró la puerta y también sus ojos. Dejó escapar un tembloroso suspiro, se apoyó en el sofá y se sentó. Masajeándose las sienes, intentó luchar contra el palpitante dolor de cabeza, contra la sensación de que el cráneo iba a quebrarse. La tensión se expandía por todos los músculos de su cuerpo cuando la voz de Regina se hizo presente.
―¿Estás bien?
―Sí. ¿Y tú?
―También lo estoy.
―Regina, no me gusta ese hombre. No confío en él.
―Ni yo.
―Entonces, ¿por qué no aceptaste donar las cabezas de ganado? Es mejor tenerlo como amigo que como enemigo.
―¡Ni muerta! ¡Lo que quiero es que el coronel y todo su ejército se mueran!
Los ojos de Emma se desorbitaron ante aquellas palabras. Aunque no conociera la historia, ella sabía que la reacción de Regina tenía relación con la muerte de sus padres.
―Disculpa. Solo estoy preocupada por ti―murmuró Emma rodeando su cintura con sus brazos
―Lo sé, pero no te preocupes―le dio un beso en la cabeza, y retrocedió unos pasos ―Voy a hablar con Robin y en seguida vengo a buscarte para ir al campo de manzanas.
Después de que Emma asintió, Regina abrió la puerta, pero antes de que su mente pudiera digerir la conversación que había acabado de mantener con el coronel, otro tormento apareció.
―Hola Regina. ¿Podemos hablar un minuto?―cuestionó Elsa ―Hola, Emma―añadió en tono casi inaudible.
Regina se encogió de hombros con cierta mala voluntad y se giró volviendo al salón. Escuchó a Emma saludar a su ex amiga, escucho también a Elsa cerrar la puerta pero se mantuvo en silencio.
―¿He llegado en mala hora? Parece que vais a salir.
―Sí, estábamos a punto de salir―respondió Regina, con una dureza y frialdad que ni si quiera se preocupó por ocultar.
―Ah―Elsa miró alrededor. Soltando el aire que estaba aguantando, centró su atención en la puerta ―Quizás sea mejor conversar en otro momento.
―No íbamos a ningún sitio importante―intervino Emma, al notar la incomodidad en su rostro ―Os dejo a solas para que podáis charlar a gusto.
Con sus ojos fijos en el vaso de whisky que se acababa de servir, Regina ni se molestó en mirarla a los ojos mientras ella se acercaba.
―Disculpa, tú tenías razón…―dijo ella, posando delicadamente su mano sobre su hombro.
Apartándose con violencia, Regina se soltó y fusiló a Elsa con la mirada.
―Me equivoqué, Regina. Pero…
―¡Sí, te equivocaste!―ella la interrumpió―Has hecho todo lo contrario a aquello que esperaba de ti. Y nunca esperé esto de una amiga a la que conozco de casi toda la vida. Alguien a quien considero una hermana―Regina le lanzó una mirada de rabia, y enseguida, volvió a centrar su mirada en el vaso. Vaciándolo de un sorbo, intentó calmarse.
―Si pudiera volver atrás…
―¡Pero no puedes!―soltando el vaso sobre la mesa, se pasó las manos por el pelo mientras caminaba de un lado a otro.
Regina no estaba segura si la amistad podría salvarse. En aquel momento, no estaba segura de si la valía la pena salvarla porque se sentía traicionada.
―Tienes razón, Regina. No debí hacer lo que hice. Pero cuando Aurora me dijo que Emma te culpaba por la muerte de su hermano, sentí mucha rabia. Disculpa…
―¿Rabia? ¿Y tú qué tenías que ver con eso? De cualquier manera, no es a mí a quien le debes unas disculpas. Es a Emma.
―La verdad es que os debo disculpas a las dos―soltando un suspiro de resignación, Elsa bajó la mirada―Pero entenderé si tú nunca más quieres hablar conmigo.
Mientras hablaba, Elsa notó, horrorizada, que su garganta se contraía, las lágrimas comenzaban a brotar y la voz le fallaba.
―¿Conocías lo del documento que Aurora me hizo firmar? ¿Lo del falso abogado?―los ojos de Regina la escrutaban, como si intentara leer su alma. La tensión, aunque a distancia, era perceptible.
―No, Regina. Juro que no sabía nada de eso.
Viendo cómo la amiga estaba sudando frío intentando hacer las paces con ella, Regina pensó en la conversación que había mantenido con Emma la noche anterior. Emma le había contado cómo de liberada se sintió al perdonar a la madre y al hermano por los errores que ambos habían cometido con ella. Aunque sabía que Elsa había empeorado una situación ya mala, aun teniendo dificultad para lidiar con el sentimiento de traición, Regina sabía que guardar rencor no sería bueno para ninguna de ellas. La amiga estaba enarbolando una bandera blanca y Regina tenía que considerarlo.
Intentando ocultar el resentimiento que aún sentía, Regina encaró a Elsa durante un momento antes de extenderle la mano en un gesto de aceptación.
Aún temblorosa, Elsa respiró hondo y soltó el aire mientras apretaba la mano de Regina con firmeza.
―Gracias, amiga mía―ella tragó, intentando no atragantarse―Te agradezco mucho que no desistas de nuestra amistad. Significa mucho para mí.
―Estoy feliz por saber que Elsa y tú volvéis a ser amigas―comentó Emma, mientras mordisqueaba una manzana.
―No estoy segura de haber hecho lo correcto…
―Claro que has hecho lo correcto, Regina. Además, ella me ha pedido disculpas por lo sucedido.
―Está bien. No vamos a hablar más de eso.
―¿Y sobre qué quieres hablar?
Agarrando la mano de Emma, Regina la condujo entre los manzanos y enseguida se sentaron en el banco favorito, desde donde se veía toda la plantación. El sol ya estaba poniendo, bañando los árboles de una suave luz.
―Quiero hablar de cuánto te amo, y de cómo cada día me enamoró un poco más de ti…
―¿Por qué, Regina?―la pregunta cortó el aire antes de que ella pudiera pensárselo dos veces ―¿Por qué me escogiste? Tú vivías en la capital. Eres hermosa, rica. Podrías tener a la mujer que quisieras. ¿Por qué yo? Además, nada hay en mí que encaje con lo que tú necesitas y mereces.
―¿Por qué me preguntas eso?―cuestionó Regina, su cuerpo inmóvil y la mirada imperturbable.
―Porque solo consigo hacer una lista de las razones por las que tú no deberías quererme.
Cogiendo la mano de Emma, Regina se levantó y tiró de ella dulcemente. Sus ojos estudiaron su rostro.
―No estoy segura si algún día vas a entender, pero te necesito más que mi propia respiración. Eres una necesidad, no un querer. Desde el día en que te conocí, en el segundo en que mis ojos se cruzaron contigo, nunca más hubo nadie que mereciese ocupar un centímetro de espacio en mi mente.
Emma no dejó que dijera nada más y la besó con intensidad. Sus palabras se grabaron en su corazón. Ahora, ella solo quería respirarla.
―Te amo, Regina…―murmuró ella entre beso y beso
―Yo también te amo, Emma. Y te amaré durante el resto de mi vida. Eso te lo prometo.
Regina sabía que su promesa sería fácil se cumplir. Preferiría arder en las profundidades del infierno que faltar a su palabra porque Emma era todo para ella: su amor, su amante, su amiga. Suya. Para siempre.
