Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«23»


Hinata se despertó tarde por la mañana y tuvo que sufrir las atenciones de Marie, quien insistió en cepillarle el pelo hasta hacerlo brillar antes de entrar en la discusión sobre si era más adecuado que se pusiera el vestido de muselina estampado en tonos lila o el rosa con volantes.

Incapaz de contener su curiosidad por comprobar como iba a tratarla Naruto aquella mañana, se vio obligada a bajar la escalera poco a poco con gran decoro. Entró en el despacho de él simulando la mayor tranquilidad. Desde la puerta lo vio en su escritorio hablando con uno de sus administradores. Levantó la vista y sus miradas se encontraron; Naruto la saludó con un gesto pero ella advirtió algo en su expresión que le pareció un indicio de desagrado.

Desconcertada ante la inesperada actitud, le devolvió el gesto y se dirigió al salón matutino, donde tomó el desayuno en un silencio taciturno mientras Penrose y Filbert iban de aquí para allá intercambiándose miradas de preocupación y nerviosismo.

Tomó la sabia decisión de que los tres meses siguientes pasarían con más rapidez si se mantenía ocupada, y por ello empezó planteándose unas cuantas visitas a los arrendatarios, así como la reanudación de las clases de lectura y escritura que había dejado cuando la familia se trasladó a Londres.

Se detuvo en la caballeriza a hablar con Henry, una persona sociable que prefería el atareado ambiente de los establos al vacío y el silencio de la casa. Volvió a última hora de la tarde. Emocionada por la libertad que había supuesto para ella desplazarse en su propio carruaje por los pintorescos caminos que serpenteaban en la vasta propiedad de Naruto, Hinata regresó al trote y se dirigió directamente a los establos.

Smarth corrió a tomarle las riendas con una radiante sonrisa. Impaciente, al parecer, por promover la armonía matrimonial entre ella y su esposo, dijo:—Su esposo ha estado aquí más de una hora esperándola, yendo de un lado para otro, impaciente por verla...

Sorprendida y complacida aunque algo avergonzada, Hinata sonrió a Naruto al verle salir de las caballerizas, aunque el gesto se desvaneció en sus labios cuando vio en su rostro la oscuridad de un nubarrón.

—No vuelvas a salir de la casa sin decirle a alguien exactamente adónde te diriges y precisar con exactitud cuándo piensas volver —le espetó, tomándola con gesto brusco por la cintura y ayudándola a bajar del carruaje—. Además, no puedes salir de la propiedad sin ir acompañada por un mozo de cuadra. Olsen es —señaló a un hombre enorme y musculoso que se encontraba en la puerta del establo— tu mozo de cuadra particular.

El enojo le pareció tan injustificado, las órdenes tan poco razonables y la actitud tan distinta a la inmensa ternura de la noche anterior que Hinata le miró un instante completamente atónita, y luego empezó a perder la calma al comprobar que Smarth se apartaba con gesto prudente de ellos.

—¿Has terminado ya? —respondió con la intención de dejarle allí plantado y dirigirse hacia la casa.

—No —exclamó él, aún más enojado—. Hay otra cosa: ¡no vuelvas a salir de mi cama en plena noche, cuando estoy dormido, como una prostituta volviendo a la calle!

—¡Como te atreves! —explotó ella, tan alterada que incluso levantó la mano para atizarle, aunque rectificó a tiempo.

Naruto le cogió la muñeca en mitad del gesto, aferrando con fuerza sus finos huesos, mirándola con los ojos como hielo... Y por un momento Hinata creyó que iba a golpearla. Luego, sin más, la soltó, dio media vuelta y se puso a andar hacia la casa.

—Señora —dijo Smarth acercándose a ella—, creo que el señor tiene un mal día, pues en mi vida le había visto de tan mal humor.

A pesar del tono tranquilizador, la expresión de aquel hombre reflejaba el desconcierto y la preocupación al fijar la vista en la ancha espalda de Naruto.

Hinata volvió la cabeza sin decir nada y miró al fiel sirviente con aire enojado y dolido.

—La verdad es que jamás le había visto un arranque... como el de hoy. Fui yo quien le ayudó a subir al primer poni, le conozco desde niño y no creo que haya habido alguien tan valiente, tan educado...

—¡Por favor! —saltó Hinata incapaz de aguantar otro de los encendidos elogios que tanto le habían gustado en otra época—. ¡Basta de mentiras! ¡Ya no puede hablarme de él como de un hombre noble y galante cuando está vivo y veo perfectamente cómo es... Un monstruo malhumorado y sin corazón!

—No, milady, no es así. Le conozco desde niño, como conocí a su padre antes que a él...

—¡Seguro que su padre también era un monstruo! —dijo Hinata, excesivamente dolida y enojada para prestar atención a lo que estaba diciendo—. ¡Estoy convencida de que son idénticos!

—¡No, milady! No. Se equivoca usted. Se equivoca totalmente si piensa algo así. ¿Por qué dice eso?

Asombrada por la fuerza de aquella negación, Hinata intentó controlar su mal humor y dijo con una leve sonrisa, encogiendo los hombros:

—Mi abuelo siempre decía que si querías saber como iba a ser un hombre tenías que fijarte en su padre.

—Su señor abuelo se equivocaba en el caso del señor Naruto y su padre —respondió Smarth con vehemencia.

Se le ocurrió a Hinata que Smarth podía ser en realidad un tesoro en cuanto a información sobre Naruto si ella conseguía sacarle la verdad sin retoques. Con actitud estoica, se repitió a sí misma que no le importaba nada que se refiriera a su temporal marido, pero estaba aún pensando en ello cuando ya decía en un tono algo irritado:

—Puesto que no se me permite ir a ninguna parte sola, ¿le importaría acompañarme hasta la valla para que pueda ver cómo juegan los potros?

Smarth asintió y, cuando se encontraron junto a la valla, dijo de repente:

—No tenía que haber hecho la apuesta contra él, milady, si me permite el comentario.

—¿Cómo sabe usted lo de la apuesta?

—Todo el mundo lo sabe. John Coachman se enteró por el mozo de cuadra de lord Hackson la misma tarde en que se anotó en el libro del White.

—Comprendo.

—Fue un terrible error hacer público que no le importaba Su Excelencia y no tendría que repetirlo. Él ha demostrado que la aprecia al no darle mucha importancia. Ni siquiera la madre del señor se habría atrevido a algo tan... —Smarth se detuvo de repente, avergonzado, mirando al suelo con aire abatido.

—En ningún momento me planteé que fuera algo público —dijo ella y acto seguido, fingiendo despreocupación, preguntó—: Hablando de la madre de mi marido, ¿cómo era ella?

Smarth cambió de postura, inquieto.

—Hermosa, por supuesto. Amante de las fiestas... Aquí se celebraban fiestas de todo tipo constantemente.

—Sería una mujer alegre y encantadora.

—¡No tenía nada que ver con usted! —exclamó Smarth y Hinata lo miró desconcertada, tanto por su vehemencia como por sus comentarios halagüeños—. En su vida se fijó en nadie que estuviera por debajo de su categoría ni se preocupó por alguien que no fuera ella misma.

—¡Qué cosas más raras dice usted! ¿A qué se refiere?

—Tengo que volver al trabajo, milady —dijo Smarth, deprimido—. Siempre que desee oír algo positivo sobre Su Excelencia, pase por aquí y se lo contaré.

Viendo que sería inútil, Hinata le dejó marchar. De todas formas no podía quitarse de la cabeza aquello ni de dónde lo había sacado el hombre.

Con la excusa de que precisaba que le untaran la bisagra de una puerta, llamó a Gibbons, un lacayo tan entregado a Naruto como Smarth y con el que había tenido también largas conversaciones en su estancia anterior en Konohagakure. Al igual que Smarth, el viejo sirviente se mostró encantado de verla y más que dispuesto a enfrascarse en historias sobre la niñez de Naruto, pero en cuanto ella sacó el tema de sus padres, Gibbons empezó a carraspear y a dar mil rodeos hasta que de pronto se acordó de que tenía algo urgente que hacer.

Con un vestido de seda de color naranja y el cabello suelto, Hinata salió de su habitación a las nueve, la hora en que cenaban, y descendió lentamente la escalera. Ahora que iba a ver otra vez a Naruto después del desagradable enfrentamiento en las caballerizas, la curiosidad que había sentido por él todo aquel tiempo se convirtió en indignación con una cierta dosis de pánico.

Al dirigirse al comedor, encontró a Higgins, quien le abrió las puertas del salón. Desconcertada, lo miró sin saber que hacer.

—Su Excelencia —le informó el mayordomo— siempre toma una copa de jerez en el salón antes de cenar.

Cuando ella entró en la estancia, Naruto levantó la vista, se dirigió hacia el aparador y sirvió una copa para ella. Hinata observó sus diestros movimientos, contemplándolo de arriba abajo e intentando no hacer caso de lo atractivo que le parecía con aquella chaqueta granate ceñida a los anchos hombros y el pantalón beis que ponía de relieve sus largas y musculosas piernas. Un rojo rubí destacaba en los pliegues del inmaculado pañuelo del cuello que contrastaba con su tez. Sin abrir la boca, le ofreció la copa de jerez.

Sin acertar a ver su estado de ánimo, Hinata tomó lo que le ofrecía. Pero las primeras palabras de él le dieron ganas de lanzarle el jerez en la cara.

—Tengo por costumbre —la informó, como un maestro que regaña al alumno que se ha retrasado— tomar un jerez en el salón a las ocho y media y cenar a las nueve. De ahora en adelante, Hinata, hazme el favor de aparecer puntualmente aquí a las ocho y media.

Los ojos le echaban chispas, pero consiguió hablar sin perder los estribos.

—Ya me has contado dónde debo dormir, adónde puedo ir, quién tiene que acompañarme y cuándo he de comer. ¿Te importaría precisarme cuándo puedo respirar?

Las cejas de Naruto se juntaron de pronto y luego recostó la cabeza en el respaldo y soltó un profundo suspiro. Se pasó la mano por la nuca en un gesto de frustración e inseguridad, pero un instante después bajó la mano.

—Hinata —dijo en un tono compungido y exasperado a la vez—, pretendía empezar disculpándome por la forma en que te he tratado hoy en las caballerizas. Habías vuelto una hora tarde y estaba preocupado por ti. No era mi intención empezar la velada regañándote o agobiándote con más normas. No soy un ogro... —Se interrumpió cuando Higgins llamó discretamente a la puerta y entró luego con una bandeja de plata en la que había una nota.

Algo aplacada por la disculpa, Hinata se sentó en una butaca tapizada con terciopelo y echó una ojeada al inmenso salón con sólido mobiliario barroco y tapicería de terciopelo granate que le daba una magnificencia casi opresiva. «Magnificencia opresiva» pensaba reprendiéndose mentalmente a sí misma. La actitud que mostraba Naruto respecto a su casa se le estaba contagiando.

Él tomó la nota de la bandeja y se sentó frente a Hinata, rompió el lacrado y al leer su contenido su expresión pasó del desconcierto a la ira.

—Es de Gaara —le informó y sus azules ojos adquirieron la dureza del pedernal y apretó con tal fuerza la mandíbula que su expresión se endureció instantáneamente—. Al parecer, ha decidido marcharse de Londres en plena temporada y se encuentra en su casa, a apenas cinco kilómetros de aquí.

La constatación de que su amigo estaba tan cerca de ella la llenó de alegría. Con expresión radiante, dijo:—Precisamente mañana pensaba ir a visitar a su madre y a su hermano.

—Te prohíbo que vayas —la interrumpió él con la mayor frialdad—. Mandaré una nota a Gaara explicándole que deseamos pasar unas semanas solos. —Al ver que ella estaba a punto de rebelarse, el tono de Naruto se hizo imperioso—. ¿Es que no me entiendes, Hinata? Te prohíbo que vayas.

Ella se levantó poco a poco y él la siguió, colocándose muy cerca.

—Creo que estás un poco loco —dijo ella casi sin voz mirándolo aturdida, enojada, como si estuviera ante un enfermo mental.

Curiosamente, aquello hizo sonreír a Naruto.

—Te creo —respondió, incapaz de comentarle que la vuelta de Gaara prácticamente confirmaba las sospechas de Hatake, y que la vida de ella también estaría en peligro, puesto que, en aquellos momentos, tal vez llevara ya en su seno al próximo heredero de Konohagakure. Luego añadió con firmeza—: Aun así, espero que me obedezcas.

Hinata abrió la boca para decirle que le importaban un bledo sus estúpidas normas, pero él colocó un dedo ante sus labios y la miró sonriendo.

—El trato, Hinata... Prometiste ser una esposa obediente. Me imagino que no querrás perder tan pronto...

Hinata le dirigió una mirada de fino desdén.

—No corro peligro de perder la apuesta. Tú ya la has perdido.

Con la copa en la mano, se acercó a la chimenea y simuló contemplar un frágil jarrón del siglo XIV.

—¿Y eso qué significa? —preguntó él acercándose a ella con cautela.

Hinata pasó un dedo por la base del preciado objeto.

—Tu parte de la apuesta consistía en intentar mostrarte tan agradable conmigo que yo decidiera permanecer a tu lado.

—¿Y?

—Y —respondió ella mirándolo con las cejas arqueadas y por encima del hombro— has fallado.

Hinata imaginaba que él desecharía el comentario con arrogante indiferencia. Pero por el contrario, poniéndole las manos en los hombros, la hizo dar la vuelta para que le mirara.

—En ese caso —dijo dirigiéndole una solemne sonrisa— tendré que esmerarme más, ¿no?

A Hinata la cogió desprevenida la seriedad y la ternura de aquella expresión y dejó que él la besara, aferrándose a su cordura mientras aquellos fuertes brazos la rodeaban, mientras los labios de él apresaban los suyos. El beso fue largo, insistente, Naruto se recreaba en aquella boca, saboreando cada instante.

Cuando por fin bajó los brazos al cabo de unos minutos, Hinata le miró asombrada, atónita. ¿Cómo podía ser tan extraordinariamente tierno de pronto y tan frío, encerrado en sí mismo y arbitrario poco después?. Tenía aquello en la cabeza mientras observaba los cautivadores ojos azules que ahora entornaba frente a ella. En un tono que parecía que ponía en voz alta la idea que tenía en la mente, dijo:

—¡Cuánto me gustaría entenderte!

—¿Qué es lo que no entiendes? —preguntó él, aunque ya lo sabía.

—Quisiera saber cuál es la razón que te ha llevado a reprenderme está tarde en los establos.

Hinata esperaba que él desechara el tema con un comentario burlón o pretendiera pasar página, pero tuvo la sorpresa de ver que no hacía ni una cosa ni otra. Con gran sinceridad dijo:

—En realidad, te he explicado la razón pero la he dejado para el final.

—¿Cómo?

—Me ha herido mi orgullo que me dejaras en plena noche —admitió.

—Te ha herido tu orgullo —repitió Hinata, perpleja ante él— ¿y por eso me has llamado pró... aquello tan horrible?

Hinata no se fijó en el brillo de diversión de los ojos de él, por ello le costó comprender que quien quedaba en ridículo era él y no ella.

—Por supuesto que lo he hecho —admitió él con seriedad—. No pretenderás que un hombre adulto e inteligente, que ha luchado en sangrientas batallas en dos países, tenga el valor de mirar a una mujer a los ojos y preguntarle en tono tranquilo y razonable por qué no ha querido pasar la noche con él.

—¿Por qué no? —dijo ella, atónita, y de repente se echó a reír al darse cuenta de lo que le había dicho él.

—El ego masculino —admitió él con una torcida sonrisa—. Me temo que haríamos lo que fuera para proteger nuestro ego.

—Gracias —dijo ella amablemente— por contarme la verdad.

—Ésa es la principal razón que me ha movido a tomarla contigo. Pero también tengo que admitir que hay algo en está casa que me pone siempre nervioso.

—¡Pero te criaste aquí!

—Puede que —respondió él tomándola del brazo y llevándola al salón— sea por eso que no me guste.

—¿Qué quieres decir? —soltó ella.

Naruto sonrió negando con la cabeza.

—Hace mucho tiempo, en el jardín de mi abuela, me preguntaste qué sentía y qué pensaba, y eso es lo que pretendo hacer. Lo que ocurre es que no estoy muy acostumbrado a abrir el corazón a nadie. Tendremos que abordarlo lentamente —dijo aún sonriendo—. Algún día responderé a tu pregunta.

Naruto se había propuesto esmerarse en mostrarse agradable y durante la cena cumplió con su cometido hasta el punto de que arminó la tranquilidad mental de Hinata.

Poco después de casarse, Hinata pensó que él procuraba mostrarse agradable con ella, pero aquellos esfuerzos no tenían comparación con lo de ahora. Durante las dos horas que duró la cena, aplicó su devastador encanto en provocarla con su deslumbrante sonrisa y en divertirla con una serie de escandalosos y desternillantes chismes sobre gente que ella conocía en Londres.

Luego la llevó a su cama e hizo el amor con ella con tal pasión que a punto estuvieron de convertirse en un solo cuerpo y una sola alma. Y después la mantuvo abrazada, pegada a él toda la noche.

Tomando una cesta de dulces que había pedido que le prepararan en la cocina, Hinata subió a su carruaje a la mañana siguiente decidida a visitar a Gaara, desafiando descaradamente las órdenes de Naruto. Intentaba convencerse a sí misma de que no se estaba enamorando de Naruto, de que simplemente sentía curiosidad sobre los padres de éste, pero en el fondo sabía que aquello no era del todo cierto. Estaba al borde de entregarle su corazón y terriblemente inquieta y deseosa de comprender a aquel enigmático y absorbente hombre con el que se había casado. Gaara era la única persona a la que podía acudir para encontrar respuestas a sus preguntas.

Después de informar a Olsen, el «lacayo personal» que le había asignado Naruto, de que no necesitaba su compañía para ir hasta casa de los Wilkinson, Hinata emprendió el camino hacia allí. Una vez concluida la breve visita, se dirigió hacia la casa de Gaara. Sin darse cuenta de que Olsen la seguía sigilosamente, aprovechando el cobijo de los árboles, puso el caballo al trote en la avenida que llevaba a la casa.

—¡Hinata! —exclamó Gaara, riendo, extendiendo los brazos hacia ella al bajar los escalones de la puerta y correr hacia la avenida flanqueada de árboles.

—Por la nota que me ha mandado está mañana Naruto he entendido que tenía intención de mantenerte en exclusiva para él las próximas semanas.

—No sabe que he venido —dijo ella abrazándolo cariñosamente—. ¿Me prometes que guardar ás el secreto?

—Por supuesto. Te doy mi palabra —dijo Gaara con una sonrisa inmensa—. Pasa, que verás a mi madre y a Kankuro... Estarán encantados de que hayas venido. Y no van a decir una palabra de tu visita —insistió al ver que Hinata dudaba.

—Cuando los haya visto —dijo ella rápidamente—, ¿saldremos a dar un paseo? Tengo algo que preguntarte.

—¡Como no! —exclamó Gaara.

Colocando la mano sobre el brazo que le ofrecía él, Hinata entró en la casa.

—Me imagino que te fuiste de Londres por las habladurías sobre nosotros —dijo en tono de disculpa.

—En parte, pero también porque me moria de ganas de saber como te iban las cosas. Y aun hay otra razón —admitió con una curiosa risita—. Ayer Sally Farmsworth me mandó una nota en la que me decía que quería verme.

Hinata reconoció inmediatamente en aquel nombre a la joven de la que él le había comentado que estuvo enamorado.

—¿Y fue a verte? —preguntó, impaciente, observando detenidamente su atractivo rostro.

—Sí.

—¿Qué le dijiste? ¿Qué hizo? —siguió preguntando.

—Me propuso matrimonio —admitió con ironía.

Hinata se echó a reír, animada y sorprendida.

—¿Y?

—Me lo estoy planteando —bromeó él—. No, la verdad es que la veré la semana que viene. Quiero que vea en persona lo que puedo ofrecerle respecto a mi residencia y mi familia. Como ya no soy duque... Cuando lo era, no me habría imaginado que me quisiera por otra razón. Ahora sé que sí y tengo poco que ofrecerle. Pero de eso, ni una palabra a mi madre. Quiero darle poco a poco la noticia de la visita de Sally. Mi madre no la tiene en muy buen concepto después de lo que pasó... antes.

Hinata aceptó inmediatamente y entraron en la casa.

—¡Qué alegría verla, querida! —exclamó lady Namikaze en su típico tono suave y risueño al verla entrar en el alegre saloncito en el que se encontraba con Kankuro, el hermano de Gaara—. ¡Qué sobresaltos nos da nuestro querido Naruto...! ¡Eso de pasar de la muerte a la vida!

Hinata agradeció la bienvenida y la preocupó ver lo pálida y delgada que estaba la madre de Gaara y lo blanco que tenía el pelo. Pensó que sin duda la conmoción de la vuelta de Naruto había afectado su frágil salud.

Lady Namikaze se volvió hacia la puerta.

—¿No ha venido Naruto con usted? —preguntó, haciendo patente su decepción.

—No, lo... lo siento, no ha venido. Él...

—Trabaja como un condenado, como siempre, estoy seguro —exclamó Kankuro, sonriendo, incorporándose con dificultad con la ayuda del bastón que utilizaba a causa del problema en la pierna—. Y decidido a acapararla para recuperar el tiempo perdido después de la larga ausencia.

—Trabaja mucho —respondió Hinata, agradecida por la excusa que le había proporcionado Kankuro. El hombre medía más de metro ochenta, era algo más alto que Gaara y tenía el pelo castaño y los ojos oscuros. El constante dolor de la pierna desde su nacimiento había pasado factura a su expresión. Unas arrugas provocadas por la tensión se dibujaban junto a las comisuras de sus labios, creando en su rostro un aire adusto, algo que no se reflejaba en su alegre carácter.

—Naruto prefería que Hinata esperara unos días antes de venir a vernos, por eso ha venido sola —improvisó Gaara dirigiéndose a su madre y a su hermano—. Le he prometido que no vamos a estropear la futura visita de su marido diciéndole que ella vino antes para ponernos al corriente de como le van las cosas.

—Y como le va a Naruto? —preguntó lady Namikaze.

Incómoda con las mentiras en las que le obligaban a participar, Hinata se pasó más de diez minutos explicando con detalles la captura y el encarcelamiento de Naruto. Cuando hubo terminado por fin de responder a todas las ansiosas preguntas de lady Namikaze sobre la salud de su esposo, Gaara se levantó e invitó a Hinata a dar un paseo por el jardín.

—Las finas arrugas que veo en tu bella frente me indican que algo te ocurre. ¿De qué se trata? —preguntó Gaara mientras cruzaban el césped camino de los jardines situados a la derecha de la casa.

—No lo sé muy bien —admitió ella algo compungida—. Desde el instante en que vislumbró Konohagakure, de una forma u otra, Naruto cambió. Anoche me contó que se había criado en Konohagakure y por ello aquel lugar le hace sentir muy mal. Pero cuando le pregunté por qué, no me lo quiso decir. Y ayer Smarth me contó algo rarísimo sobre los padres de Naruto... —siguió, utilizando el nombre de pila de su esposo por primera vez desde su regreso. Luego, volviéndose hacia Gaara dijo de pronto—: ¿Cómo eran sus padres? ¿Cómo fue su infancia?

Gaara seguía sonriendo pero parecía incómodo.

—¿Qué importancia tiene esto?

—No tendría ninguna —saltó enseguida ella— si la gente no se pusiera tan nerviosa cuando hago estas preguntas.

—¿A quién se las has hecho?

—Pues a Gibbons y a Smarth.

—¡Madre mía! —exclamó Gaara mirándola simulando consternación—. ¡Que no te pille Naruto! No soporta la familiaridad con los criados. Es un tabú familiar —añadió—, aunque no en la rama a la que yo pertenezco. Nosotros sólo tenemos seis sirvientes, de modo que es casi imposible no considerarlos algo así como de la familia.

Gaara se detuvo y se inclinó para cortar una rosa del pequeño jardín.

—Esas preguntas tendrías que hacérselas a Naruto.

—No me respondería. Hace mucho tiempo le dije que prefería la verdad a las tonterías. Anoche, cuando le pregunté por qué no le gustaba Konohagakure, me dijo que intentaba aprender a expresar lo que piensa y siente, pero que aún no se había acostumbrado a abrir su corazón. Dijo que tendremos que abordarlo lentamente —añadió con una leve sonrisa al recordar el tono de él—. Me prometió que algún día respondería a mi pregunta.

—¡Madre mía! —exclamó Gaara mirándola desconcertado—. ¿Naruto dijo todo esto? ¿Que estaba dispuesto a abrirte su corazón? Seguro que para él cuentas muchísimo más de lo que yo imaginaba.

Colocó la rosa en la oreja de ella y le dio una palmadita en la barbilla.

—Se ha convertido en un misterio que tengo que resolver —insistió Hinata al notar que Gaara prefería dejarlo ahí.

—¿Porque te estás enamorando de él?

—Porque soy tremenda e inexcusablemente curiosa —respondió ella con evasivas, y al ver que Gaara no parecía convencido, suspiró abatida—. De acuerdo, me da miedo enamorarme de un desconocido y él no tiene prisa alguna por ayudarme a conocerle.

Gaara vaciló un instante pero enseguida sintió lástima de ella.

—Muy bien, ya que no se trata de mera curiosidad, intentaré responder a tus preguntas. ¿Qué es lo que quieres saber?

Quitándose la rosa del pelo, Hinata hizo girar el tallo entre sus dedos con aire ausente.

—¿En primer lugar, ocurría algo en Konohagakure cuando él era pequeño? ¿Cómo fue su infancia?

—En las familias de la nobleza —empezó lentamente Gaara— normalmente los padres dedican una atención especial al «heredero». En el caso de Naruto la cosa aún era más clara porque encima era hijo único. Mientras a mi me dejaban trepar a los árboles y ensuciarme con la tierra, a Naruto le recordaban constantemente su categoría; le exigían limpieza, cuidado, puntualidad, solemnidad y ser consciente de su importancia en todo momento.

Su padre y su madre estaban completamente de acuerdo en algo: la superioridad de su rango. A diferencia de lo que ocurre con los hijos de otros nobles a quienes se permite relacionarse con otros de su edad que viven en la propiedad, aunque se trate de los hijos del servicio, mis tíos consideraban que era totalmente impropio que tuviera contacto con alguien que no fuera de su categoría. Y teniendo en cuenta que no abundan los duques y condes, sobre todo en está parte del país, se crió en un aislamiento total.

Se detuvo un momento con la vista fija en las copas de los árboles, suspirando.

—Yo mismo me preguntaba cómo podía soportar la soledad.

—No creo que los padres de Naruto consideraran que tu compañía no era aceptable.

—No, no lo veían así, pero yo casi nunca iba a Konohagakure, a menos que mis tíos estuvieran fuera. Cuando estaban en su residencia yo no soportaba el agobiante ambiente de allí... Me daba escalofríos. Además, mi tío me había dejado claro, igual que había hecho con mis padres, que mi presencia en Konohagakure no era deseable. Decían que desbarataba los estudios de Naruto y apartaba su cabeza de los asuntos serios. Cuando le concedían tiempo libre, él prefería desplazarse aquí, en lugar de que yo fuera a Konohagakure, porque adoraba a mi madre y se sentía feliz con nosotros. —Y con una sonrisa triste y enigmática, Gaara concluyó—: Cuando tenía ocho años, intentó negociar su herencia con mi familia. Estaba dispuesto a ofrecerme el título de marqués si me trasladaba a vivir a Konohagakure.

—Ni por asomo me imaginaba una infancia así —comentó Hinata cuando Gaara se calló—. Cuando yo era pequeña pensaba que ser rico sería como vivir en el paraíso.

Hinata recordó su propia infancia; los juegos con sus amistades, las horas y días pasados en libertad y buen humor, la calidez de la amistad con Sakura y su familia. La entristeció muchísimo saber que Naruto se había perdido todo aquello en la infancia.

—No todos los hijos de la nobleza se educan con tanta rigidez.

—¿Cómo eran... cómo eran exactamente sus padres?

Miraba a Gaara con tal atención que él le puso el brazo sobre los hombros en un gesto tranquilizador.

—Voy a resumírtelo de la forma más escueta posible. La madre de Naruto era la persona más coqueta del mundo y sus aventuras amorosas alcanzaron una notable fama. Al parecer, a mi tío no le importaba. Dicen que consideraba a las mujeres como seres débiles y amorales, incapaces de controlar sus pasiones. Por otra parte, era tan promiscuo como ella. Ahora bien, por lo que se refiere a Naruto, siempre se mostró muy rígido. Nunca le permitió que olvidara ni por un instante que era un Namikaze y el próximo duque de Konohagakure. Jamás aflojó.

Pretendía que Naruto fuera más inteligente, más valiente, más digno e ilustre de lo que había sido cualquier Namikaze en su historia, y cuanto más se esmeraba Naruto por complacerle, más exigente se mostraba el padre.

Si aprendía mal una lección, su preceptor tenía órdenes de castigarle con la palmeta; si no aparecía a cenar a las nueve en punto, es decir, ni un minuto antes ni un minuto después, no se le permitía comer hasta la noche siguiente. Cuando tenía ocho o nueve años ya montaba a caballo mucho mejor que la mayoría de adultos, pero en una cacería concreta, su caballo se negó a saltar, ya sea porque el muchacho era demasiado pequeño para exigírselo o porque tenía miedo de lanzarse. Nunca se me olvidará aquel día. Ni uno de los jinetes se había atrevido con el seto con el arroyo al otro lado, pero mi tío llegó allí a lomos del caballo e hizo detener la partida de caza. Ante todo el mundo se mofó de Naruto llamándole cobarde. Seguidamente le ordenó que saltara el seto.

—Y pensar —dijo Hinata con una voz apagada— que yo creía que los niños que tenían a sus padres al lado eran más afortunados que yo... ¿Saltó el seto?

—Tres veces —respondió Gaara secamente—. En el cuarto intento el caballo tropezó, se cayó arrastrando a Naruto y éste se rompió el brazo.

—Hinata palideció, pero Gaara estaba enfrascado en la historia y ni siquiera se dio cuenta.

—Evidentemente Naruto no lloró. No se le permitía hacerlo, ni siquiera cuando era muy pequeño. Mi tío decía que las lágrimas eran impropias de un hombre. Tenía unas ideas muy estrictas sobre este tipo de cosas.

Hinata volvió los ojos hacia el sol reprimiendo las lágrimas.

—¿Qué ideas?

—Consideraba que un hombre tiene que ser duro y completamente independiente para ser un hombre de verdad, y educó a Naruto para que opinara lo mismo.

Cualquier emoción «blanda» era impropia de un hombre y, por consiguiente, detestable. El sentimentalismo era blando... poco víril. Lo mismo que el amor y el verdadero afecto. Cualquier cosa que demostrara que un hombre era vulnerable se consideraba poco viril. Mi tío también rechazaba todo tipo de frivolidades a excepción de los devaneos con el sexo opuesto, que le parecían el súm-mum de la virilidad. Creo que jamás le vi reír, me refiero a la auténtica carcajada fruto de la alegría, no del sarcasmo. Por cierto, en muy pocas ocasiones he visto reír a Naruto. Trabajar y destacar en lo que uno hacía era lo único que contaba para mi tío, una actitud bastante curiosa para un noble, como habrás deducido tú misma.

—Yo le hago reír —dijo Hinata experimentando una mezcla de orgullo y tristeza.

Gaara se echó a reír.

—Esa sonrisa tuya es capaz de alegrar el corazón de cualquier hombre.

—No me extraña que no quisiera hablar de su infancia.

—La decisión de mi tío de conseguir que Naruto destacara en todo lo que hiciera dio sus frutos.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella, intrigada.

—Por ejemplo, Naruto estaba obligado a descollar en los estudios, y cuando fuimos a la universidad, sus conocimientos estaban tan encima de los de todos los demás que tuvieron que ponerle profesores particulares en temas que el resto, no podíamos seguir. Además, siempre encontró la forma de sacar partido de sus conocimientos, y eso que cuando sus padres murieron solo tenía catorce años. Luego el hermano de su madre y su esposa quedaron a cargo de él, pero es como si no hubiese cambiado nada, en referente a su tutores, luego a los diecinueve años además del título heredó once propiedades pero las arcas de Namikaze nunca habían estado muy llenas, y Konohagakure era la única de sus pertenencias que se mantenía a flote. Pero en tres años todas las demás empezaron a prosperar y él se estaba convirtiendo ya en uno de los hombres más ricos de Europa. Algo que no está mal para un joven de veintitrés años. Y aparte de esto, poco más puedo contarte.

Abrumada por la gratitud, Hinata abrazó cariñosamente a Gaara. En sus brazos, le miró sonriente y algo temblorosa.

—Muchas gracias —dijo con los ojos brillantes de afecto y seguidamente echó una ojeada al sol—. No puedo quedarme más tiempo. He dicho que estaría fuera una hora y ha pasado ya más tiempo.

—¿Qué puede ocurrir si tardas más? —bromeó Gaara, pero su expresión era de desconcierto.

—Que me descubran.

—¿Y?

—Y perdería la apuesta con Naruto.

—¿Qué apuesta?

Hinata iba a explicárselo pero la ternura y la fidelidad que sentía por su orgulloso y dominante esposo pesaban ya mucho en su interior y no quería avergonzarle contando a su primo que la única razón que la había movido a desplazarse a Konohagakure era que Naruto prácticamente la había sobornado para ello.

—Nada... una tonta apuesta que hicimos —dijo escabulléndose mientras Gaara la ayudaba a subir al carruaje.

Ensimismada, Hinata pasó por delante del lacayo que salía corriendo de la mansión para tomar las riendas y siguió hacia los establos, situados en un anexo detrás de la mansión. En su cabeza hervían las revelaciones sobre la infancia de Naruto en Konohagakure, le abrumaban el corazón y la llenaban de compasión. Ahora comprendía muchas cosas sobre Naruto que la habían desconcertado, enojado y herido, y entre ellas el sutil cambio que había notado en él desde su llegada a Konohagakure. Y pensar que ella, de niña, había pensado que la felicidad era tener a los padres en casa... Se dio cuenta de nuevo de que su abuelo tenía razón, porque siempre le repetía que nadie es lo que parece.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que ni siquiera saludó a Smarth al entrar en los establos, cuando él acudió a ayudarla a bajar. Se limitó a mirarle como si no existiera y luego volvió la vista hacia la casa.

Smarth se equivocó al pensar que no le hacía ningún caso porque se había jugado su confianza y afecto al negarse a hablar con ella de su marido.

—¡Milady! —exclamó Smarth con expresión herida por el desaire no intencionado de ella y al mismo tiempo terriblemente preocupado.

Hinata se volvió para mirarle, pero lo que veía en realidad era un niño al que no se le había permitido serlo.

—Por favor, milady —insistió el hombre, muy afectado—, no me miré como si le hubiera hecho mucho daño. —Luego, bajando la voz y señalándole la valla donde jugueteaban dos potros, dijo—: Si me acompaña hasta allí, le contaré algo que le interesará.

Haciendo un esfuerzo, Hinata se concentró en lo que le decía el desdichado sirviente e hizo lo que le sugería.

Smarth, con la vista fija en los caballos, bajó el tono para decir:

—El señor Gibbons y yo hemos estado hablando y hemos decidido que usted tiene derecho a saber por qué el señor es como es. No es un hombre duro, milady, pero por lo que tengo entendido, desde que ha vuelto, ocurre algo entre ustedes y tal vez se haya hecho la idea de que tiene el corazón duro como una piedra.

Hinata abrió la boca para decir al preocupado criado que no hacía falta que le revelara sus conocimientos, pero lo que dijo el hombre inmediatamente después la dejó helada.

—También nos ha movido a contárselo el hecho de habernos enterado de que usted no tenía intención de quedarse con él y de ser su esposa... es decir, por un periodo superior a tres meses.

—¿Cómo demonios...? —exclamó ella.

—Cotilleos del servicio, milady —comentó Smarth con cierto orgullo—. Los de Konohagakure tienen fama en toda Inglaterra. Se lo aseguro. Piense que aquí se sabe todo a los veinte minutos de que haya ocurrido donde sea... a menos claro está, que los únicos en enterarse hayan sido el señor Higgins o la señora Brimley. Sus labios están sellados como los de una vir... Jamás comentan nada a nadie —rectificó, sonrojándose.

—A usted debe de parecerle terriblemente irritante —le cortó Hinata y el otro enrojeció aún más.

Smarth fue cambiando de postura, se metió las manos en los bolsillos, las sacó otra vez y la miró consternado y desvalido, mientras en su rostro se reflejaba la desdicha.

—Usted me pidió que le hablara de los padres de Su Excelencia, y Gibbons y yo hemos decidido que no se lo podemos negar. Además, tiene derecho a saberlo.

En voz baja, con aire incómodo, Smarth le contó prácticamente lo mismo que le había explicado Gaara poco antes.

—Y ahora ya tiene usted idea de como transcurrió aquí la vida todos estos años —concluyó el hombre—. Gibbons y yo esperamos que usted pueda devolver la alegría a este lugar, como lo hizo en la temporada que pasó aquí antes. La auténtica alegría —puntualizó—. No la risa que sale de la boca sino más bien la que viene del corazón, como la que nos brindaba usted. Su Excelencia no la ha oído jamás en Konohagakure, y le haría un bien enorme, sobre todo si consiguiera usted que él participara de está alegría.

Todo lo que habían dicho a Hinata aquel día iba dando vueltas en su cabeza como un vertiginoso caleidoscopio, girando, cambiando de forma, adoptando nuevas dimensiones al pasar las horas, incluso mucho después de que Naruto la hubiera atraído hacia él y posteriormente se hubiera dormido.

Estaba amaneciendo y seguía aún despierta, mirando al techo, dudando sobre si pasar a una práctica que podía, y sin duda conseguirla, desprotegerla de nuevo ante Naruto. Hasta entonces, su objetivo había sido abandonar aquel lugar; para conseguirlo, había tenido que controlar cuidadosamente sus actos y sus emociones.

Se dio la vuelta en la cama y Naruto la abrazó, atrayéndola hacia su pecho, así como la parte posterior de las piernas contra las de él, a la vez que hundía el rostro en su cabellera. Levantó luego la mano y la apoyó en uno de sus senos en una soñolienta caricia que le hizo estremecer todo el cuerpo.

Lo deseaba, comprendió Hinata lanzando un suspiro de desánimo. A pesar de todo lo que había sido aquel hombre —un libertino, un despiadado mujeriego y un marido poco dispuesto a complacerla—, lo deseaba. En el tranquilo silencio de su corazón, por fin estaba dispuesta a admitirlo... Porque en aquellos momentos comprendía que había muchas más cosas detrás de aquel aristócrata mal criado y frívolo.

Deseaba su amor, su confianza y sus hijos. Quería convertir aquella casa en un lugar alegre para él, que Konohagakure le pareciera el sitio más bello. Deseaba convertir el mundo entero en algo bello para Naruto.

Gaara, la duquesa viuda e incluso Ino habían creído que ella era capaz de enamorar a Naruto. No podía abandonar sin intentarlo, ahora lo veía muy claro. Lo que no sabía era cómo soportaría un fracaso.

CONTINUARÁ...