Disclaimmer: Hey Arnold no me pertenece, es propiedad de Craig Barttlet. Yo sólo escribo sobre ellos sin ánimo de lucro.

¡Gracias por escribirme Andrea! ¡Me has hecho muy feliz! Tenía rato sin reír como me has hecho reír hoy, eres una maravillosa persona, y en mi tendrás una fiel amiga, siempre.

Nimia, gracias por tu review, espero que la sorpresa de que el capítulo anterior haya sido una retrospección de la vida de Miriam fuera agradable. Y también me parece que Jesús queda un poco como un bandido en ese capítulo XD (y por un poco en realidad quiero decir demasiado) Y la verdad es que me gusta mucho el drama en una historia... gracias por el cumplido, intento mejorar y saber tu sincera opinión es de mucha ayuda. Otro abrazo virtual y cuídate mucho.

Mario DV, como siempre, un placer leer tu review, :3 ando aquí tejiendo intrigas, para que mi ofrenda sea digna de ser disfrutada por ti. XD He escrito dos capítulos más, que publicaré mañana y el domingo, en ellos verás cómo repercuten los acontecimientos en la juventud de Miriam.

Sandra SD, Jajajajaja me lo tomé como un halago que haya despertado en ti las ganas de cachetear a Jesús, porque significa que algo estoy haciendo bien XD espero pronto recuperes el acceso a tu usuario, :D eso me pasó una vez jejeje eso de la memoria no se me da muy bien. Ojalá que disfrutes este capítulo.

Guest… ¡Hola! Me has sonrojado con tu review, no sé si merezco las flores, pero igualmente te las acepto porque me han hecho muy feliz, gracias por dejar tu review. Intentaré publicar con mayor prontitud para que tengas más capítulos para leer, aunque no sé si el trabajo me lo permita. Haré lo que pueda.

Drinea, creo que soy un poco cruel con nuestra rubia favorita por subirla a esta montaña rusa de emociones, pero ver cómo sale de cada uno de sus problemas vale la pena. Espero que sigas leyendo y dejándome saber tu opinión de la historia.

AdyTema, ¡Bienvenida! Qué gusto conocerte, y tus reviews me han hecho emocionarme, reír, y aprender mucho. No sólo los que me has dejado en esta historia, sino en el resto de los fics que estoy escribiendo. En cuanto leí lo que escribiste sobre los falsos cognados, corrí a preguntarle a mi papá lo que eran (mi padre lo sabe todo, en serio, todo) Y me preguntó "¿No te lo enseñaron en tus clases de inglés?" y yo así de "No, para nada" y su expresión de decepción por todo el dinero que invirtió en esas clases fue muy graciosa. Quería compartir eso contigo, porque me ha dicho que te dé las gracias por haber despertado mi curiosidad al respecto lo suficiente para que ahora ya sepa lo que son. Tendré cuidado al escribir de no usarlos. Y que te haya interesado la historia es un halago para mí, muchas gracias, desde el fondo de mi corazón.

Guest, Jajajaja sí, una intriga tras otra (*insertar risa malvada de villano noventero*) ;) Pero finalmente, aquí está la continuación.

MyMindPalace221b, te entiendo, hice la preparatoria en línea y también me costó adaptarme a la modalidad, espero que te esté yendo muy bien, verás que pronto te acostumbras, le agarras el gusto :D y gracias por seguir leyendo las locas ideas que he estado subiendo, y por darte el tiempo de escribirme un review, ¡Ánimo! y espero que disfrutes este capítulo.

CAPITULO VEINTIOCHO

Olga tenía la mandíbula desencajada y la mirada perdida. ¿Qué era lo que había dicho su padre? No… un momento… si lo que escuchó era correcto, eso significaba que Bob Pataki no era…

Lágrimas llegaron sin avisar a sus pupilas. Miró a ambos adultos frente a ella, y aunque ella misma era una adulta, nunca antes se sintió tan pequeña.

-No quiero escuchar más- pidió lastimeramente. Miriam tenía el corazón roto al ver la desolada expresión de su hija mayor –No quiero- volvió a susurrar. Esas navidades eran las peores de su vida… cuando prácticamente obligó a Helga a volver a Hillwood, lo hizo con la intención de que el orgulloso de su padre y su madre llena de remordimientos, pudieran hacer las paces con ella. Helga se merecía tener buenos recuerdos de Miriam.

Ella los tenía.

Esos ocho años de diferencia entre ellas habían hecho que, aunque hermanas, sus infancias fueran diametralmente diferentes y la mayor siempre fue consciente de ello.

Por eso procuraba animarla cuando la visitaba, aunque sus visitas parecían tener el efecto contrario al deseado. Nunca se imaginó que sus padres guardaban un secreto así. Girando sobre sus talones, corrió de nuevo hacia el hospital, dejando de pie a dos descorazonados Patakis.

-¿Crees que hicimos lo correcto al decírselo?- preguntó Bob, sintiendo la carga, que provocar el llanto de su hija mayor le inducía, presionando su pecho, dificultándole respirar normalmente.

-No era un secreto que quisiera llevarme a la tumba, Bob- y la mujer lo tomó de la mano –Ellas merecen saber cuánto las amas… cuánto nos amas… y tú no se los dirás, Bob- le dijo con cariño. El patriarca la miró con una seriedad apabullante para quien no estuviera acostumbrado.

-¿Vale la pena? Esto puede provocarles mucho dolor o… podríamos perderlas- Miriam observó el destello de la angustia aparecer por un efímero segundo en la mirada de su esposo. Él tenía razón, había el riesgo de que ocultarles algo así tanto tiempo hiciera que se alejaran.

-Ya las hemos perdido… quizás siendo sinceros con ellas, podamos recuperarlas- el hombre suspiró pesadamente y, con cierta hosquedad, palmeó la espalda de la rubia.

-Sólo quiero hacerte feliz… es lo que siempre quise… pero… creo que… nunca supe cómo- era un intento de disculpa que llegaba un poco tarde, a pesar de ello, Miriam sonrió enternecida.

-Que yo no pude amarte como esperabas, no significa que no fuera feliz… mis problemas con el alcohol no fueron tu culpa. Soy la única responsable de mis decisiones. Yo fui quien me trajo aquí hoy, no te culpes por mi enfermedad, no lo hagas nunca, por favor- abrazó al que llevaba siendo su esposo 29 años, agradecida con él por haberse mantenido a su lado.

-Desearía que la menor no tuviera que enterarse de esto- Miriam asintió de acuerdo con él, y mientras Bob descansaba su cabeza en la coronilla de la mujer, ella no podía evitar preguntarse si debió haber pedido a Olga que no se lo contara a su hermana, después de todo, era algo con lo que ellos tenían que lidiar.

-Necesitas comer más, Helga. Te has puesto muy delgada estando en Londres- Melissa inspeccionaba a la rubia a detalle, incomodándola un poco.

-No exageres… tiene rollitos por todos lados- le dijo Jamie O. ganándose un golpe en la nuca cortesía de su hermana menor.

-Jamás le digas a una chica que tiene "rollitos"- le riñó Timberly, provocando las risas de Gerald, Helga y Melissa, mientras llegaban al grupo de la familia Johanssen casi al mismo tiempo que los señores Pataki con similares expresiones de abatimiento.

-Creo que iré a casa- habló Miriam, principalmente dirigiéndose a su hija menor –No me encuentro muy bien- Helga, a pesar de sentirse aliviada de que hubiera despertado de su inconsciencia, le miró con preocupación.

-¿Los acompaño?- preguntó insegura de cómo comportarse.

-No, necesitas desayunar, tu padre me hará compañía- y le sonrió desganada. Helga sintió que algo había cambiado desde la última vez que habló con sus padres, lucían más viejos de alguna manera, y más… enfermos… ambos.

-De acuerdo- murmuró y los observó despedirse de la familia de su amigo para irse con rumbo a la casa familiar… ¿Qué pasó para que la mirada de su madre se viera tan vacía?

-¿A dónde te gustaría ir a desayunar?- preguntó Jamie O. dejando caer su brazo sobre los hombros de la chica, en un intento de sacarla de sus pensamientos, que a todas luces eran pesimistas.

-¿Podemos ir a casa?- la forma en que la rubia dijo aquella frase, tuvo sonriendo a Gerald como un niño en la mañana de navidad todo el camino a la residencia de los Johanssen.

Olga se topó entonces con Arnold mientras vagaba por los pasillos del hospital. No sabía por qué regresó al sitio, quizás para ver al padre de Lorenzo, aunque no se creía capaz de acercarse o hablar con él… Sus padres no necesitaron decírselo, bastó con ver sus reacciones ante el hombre para imaginarse quién era su padre biológico… lo que no le daba su imaginación para concluir era cómo nació Helga.

-¿Olga? ¿Estás bien?- los dos rubios compartieron una mirada que bastó al chico para entender que no, ella no estaba bien -¿Quieres hablar de eso?- y cuando la mayor negó vehementemente, Arnold sólo pudo suspirar. Sin poder evitarlo, el recuerdo de aquella tarde lluviosa en la que se encontró con Helga en la calle mientras ella parecía estar desecha inundó cada rincón de su mente, era uno de sus arrepentimientos el no saber cómo comportarse en esa situación, él terminó empujando a la rubia a los brazos de su antiguo mejor amigo y presenciar el beso que compartieron era un cruel recordatorio de que había perdido más de una oportunidad con ella… y estaba determinado en ser merecedor de una más -¿Buscas a tu hermana?- le preguntó el rubio, intentando entender qué aquejaba a la mayor.

-Creo… creo que ella fue a desayunar con los Johanssen- Olga observó la reacción de Arnold con mucha atención, haber leído las palabras que su hermanita bebé le dedicó a ese chico la hacía desear reunirlos para que el corazón de la menor finalmente dejara de sufrir a causa de su distanciamiento. Pero ver a Gerald besar a Helga y que ella no hiciera nada por impedirlo o terminar el contacto, le hacía replantearse cuáles eran los sentimientos de su hermana. El chico se veía claramente inconforme con su respuesta sobre la ubicación de Helga. Sonrió con cierta satisfacción, tener competencia normalmente era un buen aliciente para sacar lo mejor de uno mismo -¿Tú qué haces?- le preguntó la rubia, con sincera curiosidad, limpiándose las traicioneras lágrimas que consiguieron rodar por sus mejillas.

-Ven, te muestro- la tomó de la mano sonriéndole –quizás te distraiga de lo que haya pasado- comentó mientras la guiaba hacia un segundo pasillo, pasando el área de cuidados intensivos y llegando al pabellón de geriatría.

-Arnold, ¿Qué hacemos aquí?- le preguntó una confundida rubia.

-Vamos a visitar a Lorenzo- y Olga lo miró como si se hubiese vuelto loco, quizás se había vuelto un poco.

Entraron a una habitación que, aunque aparentaba ser como las demás, ahora tenía equipo especial que pertenecía al área de observaciones post operatorias del ala de neurocirugía… Y sobre la cama, se encontraba un inconsciente Lorenzo, con la cabeza vendada y aislado por una cortina plástica transparente. En la habitación estaban Nadine, Sid, Rex, Sheena y Eugene. Arnold se acercó al último.

-¿Dónde está Rhonda?- inquirió.

-Harold despertó. Lila vino a avisarle y se fueron juntas- la noticia llenó de genuina alegría al rubio. Olga se dedicó a observar al chico detrás de la cortina, inconscientemente buscando similitudes entre ambos, sorprendiéndose al encontrarlas en la nariz, el mentón y la forma de sus ojos… Se preguntó si tendría parecido alguno al señor Mota de Larrea.

-¿Qué hace aquí Lorenzo?- preguntó Olga, girándose al grupo de jóvenes adultos.

-Fue idea de Arnold… su padre quería trasladarlo a otra clínica, y sin importar quién le dijera que era demasiado riesgoso para él. Sólo queríamos evitar arriesgarlo así. Arnold le habló a Sheena para preguntarle si su tía Shelley si tenía amigas enfermeras en el hospital y resultó que sí- narraba Rex –Se pusieron en contacto con ellas para poder convencerlas de ayudar, junto con Nadine, y luego Arnold convenció al médico que atiende a Lorenzo de que nos ayudara con el cambio de habitación, el personal médico y de enfermería habilitó este cuarto… y además, convencimos a la recepcionista de darle a firmar los documentos del traslado al señor Mota de Larrea en lugar de los formularios de alta voluntaria… Así, él no puede acusar al médico por no haber seguido sus deseos- Olga los miró con ojos desorbitados.

-¿Realmente hicieron todo eso?- incrédula, se giró de nuevo hacia Lorenzo en su cama. Parecía respirar tranquilamente… una realización la golpeó aturdiéndola, el pelinegro inconsciente es su medio hermano… no lo había pensado, era su… hermanito bebé. –Tenemos que cuidarlo hasta que se recupere- exclamó, tomando las manos de Arnold y viéndolo con una determinación que aterró un poco al rubio.

-E-es que haremos Olga… tranquila… es nuestro amigo- y los demás expresaron su conformidad con la declaración del chico cabeza de balón, relajando su expresión… ahora los miraba a todos enternecida.

-Gracias- y comenzó a llorar silenciosamente frente a un estupefacto grupo de jóvenes que no tenían idea de cómo calmar a la rubia.

Finalmente, Patty podía pasar a ver a Harold.

Tenía la sensación de haber pasado una eternidad sentada en esa sala de espera, enfermando de incertidumbre y de impotencia. Y mientras caminaba por el pasillo, las lágrimas se le agolpaban tras sus ojos por el miedo irracional que despertaba en ella a cada paso, pavor de encontrar esa habitación vacía, pavor de que todo fuera mentira, pavor de que todo fuera real… decir que tenía sentimientos encontrados no haría justicia a la maraña de sensaciones que se atenazaban en la boca de su estómago.

Nunca un pasillo le pareció tan largo.

Nunca un segundo lo sintió tan corto.

La cabeza iba a explotarle y sólo podía rezar en su fuero interno para que del otro lado de la puerta, Harold estuviera bien.

-¿Entrarás, Patty?- escuchar su voz hizo que su corazón bombeara a mil por hora. Quería salir corriendo, quería entrar de una buena vez. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Y reuniendo el valor que le hacía falta, empujó la puerta de la habitación encontrándose con la escena de Marilyn a lado de su hijo despierto, y Jerry detrás de ella, ambos fatigados pero felices –Y ahí estás… tardaste mucho- Harold le sonreía, extendiendo una mano hacia ella, invitándola a acercarse. Patty no lo resistió más. Corrió imprudentemente a abrazarle, sólo pudo escuchar el quejido de dolor de su primer amor antes de que las risas del chico inundaran la habitación, haciéndola reír a ella también.

-Me asustaste. Me asustaste muchísimo… creí que… pensé- decía mientras el llanto que había estado procurando retener dentro de sí, se revelaba y fluía libremente por su rostro, dificultándole hablar con claridad, dándole temblores en sus extremidades aferrada como estaba al unigénito Berman.

-Tranquila… ya estoy mejor… pronto estaré bien- le decía al mismo tiempo que frotaba parsimoniosamente su espalda, ofreciendo un mudo consuelo al agitado corazón de la castaña.

Los señores Berman observaban enternecidos la escena. Nunca comprendieron qué pasó entre la joven y su hijo, para ellos era muy claro el cariño que se tenían, para Marilyn no había duda sobre el amor que ella le profesaba… ¿Por qué no funcionaron?

Después de una hora, Rhonda, Lila y Brainny observaron a Patty llegar a la sala de espera.

-¡Tardaste una eternidad!- le reprochó la pelinegra… moría por ver a su novio, por cerciorarse de que estuviera bien.

-Sólo entra- la castaña se marchó, luciendo derrotada, hacia la cafetería. Phoebe y Park la esperaban ahí, de acuerdo a un mensaje que le enviaron. Arrastraba los pies… ya no tenía mucho qué hacer en el hospital, el día siguiente era Martes 24. Era casi medio día, eso significaba que llevaba cerca de 34 horas sin ir a casa, aunque les escribía mucho a sus padres, probablemente estarían preocupados y la mejor idea era ir a casa.

Rhonda era la novia de Harold ahora.

Ella ni siquiera era amiga del chico, le dejó muy claro al de gorra azul la última vez que lo vio antes del accidente que no estaba preparada. No podía seguir permitiendo que su mundo girara entorno a su ex novio… dolía… dolía demasiado… lo peor era que no había podido apartarse, no había podido comer o dormir o ir a casa como el resto, con sus excepciones de algunos minutos en los que el cansancio había ganado o alguno de sus amigos le había obligado a comer algo.

Con el alivio de verlo, vino también la conclusión… ella ya no formaba parte de la vida de Harold. Llevaban un año sin hablarse. Un año como completos desconocidos. Y ese pensamiento la sumió en la desolación, porque era la verdad.

-Vaya, vaya, guapo… hasta que despertaste- saludó Rhonda entrando a la habitación de Harold que guardó silencio inmediatamente al escucharla, hasta hace unos segundos hablaba animadamente con sus padres, ¿Por qué de pronto el ambiente se sentía pesado e incómodo? ¿Qué significaba la manera en que la veía?

-Mamá, papá ¿Pueden dejarme a solas con Rhonda?- ambos adultos no parecían conformes con la petición de su hijo, que sonriendo insistió en que tenía algo de qué hablar con la pelinegra, no dejando otra opción a sus padres que salir de la habitación. Al cerrar la puerta, Marilyn quiso pegar su oreja para escuchar de qué iba aquello, frustrada por su propio marido que haló de ella para sacarla de ahí –Te ves desvelada- Rhonda no supo cómo responder, el tono monocorde que usó el chico era inusual, y claro que se veía desvelada. Estaba desvelada. Cómo iba a dormir sabiendo que a Harold le habían disparado por su culpa, ¿Qué estaba pasando?

-No he dormido bien. Estaba preocupada por ti- no fue su intención que sonara como un reproche, pero al escucharse a sí misma, fue justamente como un reproche que se oían esas palabras al abandonar sus labios.

-Ya no lo estés- continuaba indiferente a ella, frunció el ceño, confundida.

-¿Harold? ¿Estás molesto?- sintió algo así como una succión en el estómago, un mal, pero muy mal, presentimiento. El joven giró el rostro, evitando su mirada.

-No quiero saber de ti en un tiempo Rhonda- al escucharlo, tuvo la sensación de que el piso debajo de sus pies desaparecía y comenzaba una caída libre sin fin al vacío… ¿Qué había dicho Harold?

-¿Qué?- consiguió graznar la pelinegra.

-Necesito un tiempo-para Rhonda no pasó desapercibido el ligero temblor que invadía manos y piernas del joven en la cama.

-¿Por qué?- preguntó intentando que no se le notara la desesperación que comenzaba a sentir, por lo menos, él no la estaba mirando.

-Porque he estado equivocado. Porque me has mentido demasiado. Porque estoy cansado. Porque mañana es navidad y no podré estar en casa con mi familia o contigo o con cualquiera de mis amigos- después de una pausa, Harold finalmente hizo contacto visual con su novia –Dijiste, después de lo que pasó en la graduación en preparatoria, que luego de una experiencia así, querías una vida tranquila, simple… cuando me confesaste que te gustaba, te dije que no podía ofrecerte el mismo estilo de vida que tenías con tu familia y me dijiste que no te importaba, que era eso lo que querías. Me dijiste que tus padres estaban de acuerdo con nuestra relación, me ocultaste que Lorenzo llegó a hospedarse en tu casa, me ocultaste que le asignaron una habitación, que estuviste con él- Rhonda jadeó.

-Basta- susurró, lastimosamente.

-¿Cómo crees que me sentí cuando Curly habló y yo no tenía ni idea? Lorenzo fue tu primera vez… Por Dios, te dio un regalo que yo jamás, ni aunque ahorrara toda una vida, podría comprarte- siguió diciendo.

-Basta, por favor- pidió la chica nuevamente –Sé que, es mi culpa que Curly te haya disparado… mi papá ya…- Harold la cortó.

-Ni siquiera me estás escuchando. No mencioné el disparo. Hubiera recibido uno por ti cualquier día de la semana sin titubear. Estoy hablando de cómo me has manipulado, diciendo lo que pensabas que quería escuchar… Quiero tiempo para pensar… Yo… ya no sé si te conozco- Rhonda no sabía qué hacer, y en medio de su intranquilidad, se aferró a lo único que había conocido toda la vida, su orgullo.

-Bien… si eso quieres… eso tendrás. Pero no puedo asegurarte que te estaré esperando- le espetó con rencor, girando en redondo con la cabeza en alto y con un caminar que exudaba confianza, como si fuera la dueña del lugar, abandonó la habitación del joven, dejándolo solo.

Después de un copioso desayuno, la familia Johanssen comenzó a hacer planes para celebrar la nochebuena.

-Podríamos servir romeritos, y pavo relleno- decía Tairisha a sus concuñas.

-De postre puedo preparar un flan de turrón que me queda para chuparse los dedos, tú me ayudarás ¿verdad Timberly?- decía Melissa, su cuñada asintiendo efusivamente -¿Qué hay de ti Sasha?- la aludida se sonrojó -¿Nos ayudarás?- bastó con imaginarse a su amiga con las mejillas tiernamente manchadas de harina y su angelical sonrisa para aceptar hacerla de pinche en la cocina.

-Esta tiene que ser una navidad inolvidable- decía Kendra –cariño, ¿Por qué no invitas a tus amigos?- le preguntó a Gerald. Helga sonrió de lado con el pensamiento que cruzó su mente "Lista Kendra, muy lista. Esperas que el pelos de borrego invite a Phoebe", ambas mujeres cruzaron miradas, casi eran visibles los rayos que se dedicaban una a la otra. El moreno sintió una gota deslizarse por la parte posterior de su cabeza, y suspiró desganado, su madre podía ser bastante infantil cuando se enneciaba con una idea.

-¿Tú qué opinas Helga?- le preguntó a la rubia, obligándola a posar sus ojos en él y olvidarse momentáneamente de la madre de su amigo -¿Quieres que pasen un rato aquí los demás?- Helga se sintió ligeramente halagada de que consultara para eso su opinión, finalmente, era la casa de Gerald y él podría haberla ignorado sin ningún problema.

-Podríamos proponerlo- dijo encogiéndose de hombros. Sólo esperaba que con lo molesta que estaba cierta oriental, no quisiera asistir a la cena.

-¿Por qué no se dan un baño rápido antes de volver al hospital?- propuso el Comisionado, y ambos aceptaron la idea de buena gana.

Al entrar a la habitación que ocupaba en la casa de los Johanssen para tomar lo que necesitaba para ducharse, no pudo evitar sentir que le pertenecía a una Helga en otra vida. Ya no era virgen. Dejó que lentamente su cerebro hiciera las paces con esa idea. Había sido un arranque. Un impulso. Una necesidad. No se arrepentía, pero sí tenía la vaga sensación de haber perdido algo importante.

Por lo menos, eso que perdió ahora le pertenecía a Gerald.

Los colores le subieron al rostro y la rubia se aventó en la cama y mordió una almohada antes de dejar salir grititos emocionados que la habrían dejado en vergüenza si alguien los escuchara porque era una reacción bastante infantil.

Se dio vuelta, quedando bocaarriba, clavando la mirada en el techo. Pensar que en Seattle estuvo en una posición similar con el peso del atractivo cuerpo de Gerald sobre ella… con su virilidad presionada contra sus muslos, esperando que ella le permitiera penetrarla, con esa sonrisa suya que pondría a temblar las rodillas de cualquier incauta desprevenida, y ese brillo en sus ojos, con sólo esa mirada, el moreno había conseguido que su cuerpo reaccionara excitándose, era un par de ojos que ocultaban juguetonamente deseo y pasión que ella despertaba, que iban dirigidos a ella… recordó el camino que hicieron sus fuertes manos por su cuerpo, tomándola sin pudor, acariciándola con devoción… recordó sus besos, fervorosos, apasionantes y que hacían que ese lugar entre sus piernas se humedeciera, aún en contra de su voluntad.

-Oye, Helga- la rubia soltó un grito al ser tomada desprevenida, con una de sus manos dentro de su pantalón y la blusa medio desabrochada, acostada sobre su cama soltando suspiros placenteros. Gerald la miraba con sorpresa desmedida.

-¿¡Qué quieres Geraldo!?- vociferó, arrojándole una almohada lo más rápido que pudo, sintiéndose pudorosa por ridículo que sonara que justamente él despertara esa sensación en ella, siendo que habían compartido lecho durante la madrugada del día anterior.

-Ah… eh… yo… e-es que… ah- se había quedado en blanco, lo único que se repetía una y otra vez en su mente era la imagen de la rubia acariciando su propio cuerpo, dándose placer a ella misma.

-¡Criminal! ¿Se te olvidó cómo se habla el español o qué? ¡Largo de mi cuarto!- y se apresuró a cerrar la puerta en las narices del chico. Tenía el corazón en la garganta, pulsando, latiéndole desesperado. Se cubrió el rostro con ambas manos y se deslizó por la puerta hasta quedar en posición fetal en el suelo. Su madre estaba enferma, su padre se comportaba como un cavernícola peleando con los padres de sus amigos, Harold y Lorenzo hospitalizados, Brian dolido por el comentario del inútil de Park y ahora… ahora eso… ¿Por qué la vida se ensañaba de esa forma con ella?

Brian se sobresaltó al sentir que una mano apretaba su hombro derecho, se giró en redondo para encontrarse con el preocupado rostro de su novia. Lila lo miraba con sus hermosos ojos como esmeraldas recién pulidas debajo de esas guirnaldas que eran sus pestañas. El castaño suspiró.

-Pensé que te vería en la cafetería o con Harold, ¿Por qué has venido al jardín interior?- la pelirroja se sorprendió cuando lo sintió dejar caer su peso en ella y colocar su cabeza sobre la suya.

-Aah… deja que… aah… me quede así… aah… un momento… aah… por favor- Lila se sonrojó. Su pulso acelerándose –me relaja… aah… tu aroma- y fue suficiente para que la chica sintiera que su corazón estallaba en su pecho.

-Oh, Brian- exclamó con voz soñadora –Siempre contarás conmigo, para cualquier cosa- y lo rodeó con sus brazos. Estaba helando. El aire frío auguraba una pronta nevada, las bajas temperaturas escaldaban la piel descubierta, pero ambos sentían una creciente calidez en su interior. Ya no estaban solos. Ni volverían a estarlo nunca.

Marcy, Mary, Agatha y Sheena, repartían el almuerzo que habían llevado a sus amigos en la cafetería.

Phoebe, Patty, Park, Nadine, Sid, Stinky, Olga, Rex y Eugene, comían alegremente.

Marcy se percató de que Arnold se encontraba algo alejado, con el celular, llamando insistentemente a alguien que parecía no estar respondiendo.

-¿No comerás?- le preguntó al acercarse, el rubio se sorprendió al verla, había estado tan ensimismado en sus pensamientos que no se fijó que llegó con Sheena y las demás.

-No tengo apetito- pareció compungido. Normalmente, Marcy se retiraría, indiferente a lo que decidiera su interlocutor, no era una persona entrometida. De hecho, podría considerarse que era bastante egocéntrica, no prestaba mucha atención a los demás, al menos que tuviera que ver con ella. Pero la expresión melancólica, como de héroe trágico de alguna novela literaria épica, terminó por imposibilitarle el alejarse de ahí.

-¿Qué sucede? ¿Es por esa chica que te gusta?- Arnold la miró con sorpresa, como si no hubiese esperado que ella recordara lo que le había confesado durante la fiesta de Rhonda, o quizás sintiendo que habían pasado demasiadas cosas en ese periodo de tiempo como para que ella le prestara atención a un detalle tan banal comparado a lo que vivían sus compañeros.

-En realidad- pensó en responderle que no era asunto suyo… pero se detuvo a sí mismo cuando se dio cuenta de que sonaría muy rudo de su parte. Así que suspiró, y decidió ser sincero con la castaña –Sí, tiene que ver con la chica que me gusta… de hecho le estoy llamando y no me responde… Harold despertó y no sé si ella está enterada, ni siquiera sé por qué se fue… aparece y sale de mi vida como…- el rubio soltó una exclamación frustrada al no encontrar palabras adecuadas para definir cómo se sentía.

-¿Pasó algo para que ella no quiera contestar tus llamadas?- el recuerdo de la conversación que tuvo con ella en la que le decía que deseaba recuperarla, la reacción de la rubia no fue alentadora, pero por lo menos no lo había rechazado definitivamente.

-Quizás la asusté- respondió pensativo –quizás fui demasiado directo… no lo sé… no sé cómo hablar con ella, y cada vez que intento acercarme, volver a conocernos, ella me rehúye- Marcy asintió.

-Deberías dejar de presionarla. Y recuerda que las acciones dicen más que las palabras- la chica palmeó la espalda del rubio en un gesto de camaradería –aunque una huelga de hambre para que te haga caso me parece que también funciona, por si quieres seguir utilizando esa estrategia- su voz cargada de sarcasmo, y arrancándole una sonrisa a Arnold.

-Ya sé por qué me recuerdas a ella- Marcy la miró con una ceja arqueada.

-¿Sabes? Empieza a molestarme que me digas eso cada que nos encontramos- Arnold sonrió divertido.

-No es mi intención, pero ahora entiendo por qué no puedo evitar decírtelo. Hablar contigo ahora, es como hablar con ella cuando… bueno, cuando ella me hablaba- y su sonrisa se tornó irónica.

-La chica que te gusta… ¿Es Helga Pataki?- el rubio asintió –Ella es genial… tienes buen gusto- y ambos compartieron una mirada de complicidad –en fin… sé que negándote a comer no conseguirás que alguien como ella te conteste el teléfono, así que deberías unírtenos… no todos son tan antipáticos como yo, y podrían apreciar tu presencia- el rubio soltó una carcajada –Si quieres, después de llenar el estómago, puedes hablarme más de la tragicomedia en la que se ha convertido tu vida mi buen amigo- el de cabeza de balón se detuvo a mirarla, sorprendido del sustantivo que usó para referirse a él, deteniendo su andar hacia la mesa donde el resto de sus amigos almorzaban -¿Qué?- inquirió la castaña, algo confundida.

-No… no es nada- y sonrió de mejor humor, si podía conseguir que esa huraña chica le llamara amigo, quizás no todo estaba perdido con la rubia Pataki.

Después de un par de mordidas a su croissant, su celular vibró en su bolsillo…

¡Helga le estaba devolviendo la llamada!

Casi se atraganta con el trozo que tenía en la boca, Sid comenzó a golpearle la espalda intentando que se desobstruyera su garganta, Patty intentó detenerlo, recordando el curso de primeros auxilios que tomaban de manera obligatoria y mensual en su universidad, hacer eso no ayudaba y podía generar que el objeto terminara por tapar las vías aéreas, Phoebe le insistía que mirara hacia arriba y el rubio sólo podía pensar en que había perdido la llamada de Helga.

-Vaya… qué extraño… para haber insistido con 13 llamadas perdidas, el cabeza de balón no me contesta- hablaba consigo misma, como acostumbraba de vez en cuando desde pequeña. Observó por la ventana… el cielo prometía una blanca navidad… aunque odiaba el frío, disfrutaba mucho la belleza de los copos de nieve y del paisaje blanco en el que se convertía la ciudad.

Suspiró con nostalgia al recordar una navidad en particular en la que se propuso a sí misma darle el mejor regalo a Arnold. El cristal se empañó son su exhalación y con una suave sonrisa en los labios, llevó su dedo a la ventana, dibujando un balón de futbol… Ahora, aquella época le parecía idílica comparada a los hechos recientes en su vida. No quería regresar al hospital… y al mismo tiempo, se moría de ganas de ver a Harold, ojalá Patty no estuviera molesta por lo que Park había dicho, besar a Harold en aquel momento le pareció lo correcto. No podía recordar ahora qué la había hecho pensar que era una buena idea, pero sí recordaba los temblorosos y resecos labios de su amigo contra los de ella. En su infantil mente, estaba agradeciéndole, agradeciendo que la defendiera, aunque fuera de algo que él mismo provocó, agradeciendo que reparó su posesión más valiosa… Nunca hubo malicia… Patty parecía ser dura como una roca, podía parecer que era un roble imposible de doblar por la mitad, pero sabía que esa muralla tenía sus grietas a través de las cuales se colaban las flechas y terminaban por hacerle daño de todas formas.

Unos toques en la puerta le hicieron reaccionar. El dibujo del balón se había desvanecido del cristal. Escuchó la voz de Gerald, amortiguada por la puerta que los separaba.

-¿Helga? ¿Nos vamos?- aún no se había cambiado, su única prenda era la toalla enrollada en su cuerpo. Súbitamente, recordó el bochorno de haber sido descubierta por el moreno en un momento privado y enrojeció hasta lo anatómicamente improbable.

-¡Espérame en la estancia! ¡Ya voy!- se sintió aliviada cuando lo escuchó alejarse. Le mortificaba pensar en que tendría que hacer con él el viaje en auto al hospital.

Finalmente, los chicos consiguieron que Arnold dejara de atragantarse y ahora reían de lo ocurrido. Fue en ese momento en el que el médico de Lorenzo cruzó las puertas de la cafetería.

-Chicos… ¡Lorenzo ha despertado!- exclamó aliviado de llevarles buenas noticias al grupo de jóvenes adultos. Se pusieron inmediatamente de pie, y el grupo encabezado por Rhonda marchó a toda prisa a la habitación. La pelinegra jadeaba cuando cruzó el umbral que la separaba de su mejor amigo, encontrándolo sentado en la cama, siendo revisado por un médico y una enfermera asistente. En cuanto Lorenzo la vio, todo su rostro se iluminó como árbol de navidad.

-Vaya, parece ser que ya llegó tu novia… verla era lo que te hacía falta, ¿verdad?- comentó pícaramente el doctor, codeando a la enfermera que rio con el comentario -¡Ah! Lo que daría por ser joven de nuevo y enamorarme como se enamora uno a su edad- continuó diciendo el médico, sonrojando al par de pelinegros –De verdad que la juventud es maravillosa… no como mi ex mujer, esa arpía me quitó todo en el divorcio y ahora sale con mi mejor amigo y me condiciona las visitas a mi hija… ¡Púdrete en el infierno Romina!- Todos en la habitación tenían similares expresiones de confusión –Te dejaré con tus amigos Lorenzo, volveré en un rato más para verificar que todo continúe en orden- y el pelinegro sonrió despidiéndose cortésmente del profesionista.

-¡Lorenzo! Qué alivio que estés bien, no tienes idea lo preocupados que estábamos todos, ¿Cierto, chicos?- Sheena se le había adelantado a Rhonda, dejándola con la boca abierta, escrito en todo el rostro que tenía la intención de decir algo.

-Sí… y nos alegra mucho de ver que has despertado- aseguró Sid.

-Creo que deberíamos avisar a los padres de Lorenzo, ¿no?- opinó Phoebe, siendo secundada por Patty.

-Lo que necesita este chico es calma y espacio para respirar… opino que, los que sobramos aquí, nos despidamos y partamos. Mañana podemos pasar de nuevo- declaró Marcy.

-Tiene razón, no creo que sea bueno para Lorenzo abrumarlo con tantas visitas- estuvo de acuerdo Stinky.

Uno a uno, fueron despidiéndose. Rhonda esperó pacientemente… el último en acercarse a la cama del pelinegro fue Arnold.

-Espero que te recuperes por completo- Lorenzo le sonrió a su amigo de la infancia.

-Tenía muchos años sin saber de ti- habló con esfuerzo.

-Tranquilo, tendremos muchos años más para saberlo todo… descansa…- y chocaron puños antes de que el rubio saliera dejando solos al par de pelinegros. Rhonda había estado demasiado alterada la última hora, demasiado frenética… ojalá que hablar con el chico la tranquilizara, podría terminar enfermando si no. Salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

-¿Co-cómo te sientes?- preguntó tímida la unigénita Lloyd, con cierto temor de que la reacción del pelinegro fuera similar a la de Harold, que le dijera que no quería verla.

-Bien… si consideras… que… me abrieron la cabeza- la sonrisa afable en su rostro no fue suficiente para sosegar el miedo que paralizaba a la joven -¿Quieres explicarme lo que me pasó?- le dijo, parecía costarle girar el cuello para verla, así que la pelinegra caminó hasta quedar frente a él y evitarle ese esfuerzo.

-Bueno… Curly… él pensó que entre tú y yo… te atacó en la fiesta que había en mi casa- el pelinegro asintió con comprensión en su mirada.

-Lo bueno es que nadie más resultó herido- y esa afirmación hizo que el corazón de Rhonda se contrajera en su pecho dolorosamente. Pensar en Harold ardía en la boca de su estómago.

-Lo bueno es que tú estás bien ahora- intentó sonreír pero no pudo, y le fue imposible evitar que el pelinegro se diera cuenta.

-Rhonda… te conozco bien… ¿Qué te está molestando?- y sin poder contenerse, las lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas libremente.

Le contó a Lorenzo todo. De principio a fin. Porque su historia con Harold probablemente ya tenía un fin.

Arnold caminaba en dirección a la habitación de Harold, quería visitar a su amigo, aunque hubiera pasado algún tiempo sin que hayan hablado. Al llegar a la antesala se encontró con Gerald y Helga que venían de dirección contraria pero tenían el mismo destino que el rubio, parecían incómodos uno al lado del otro.

-Arnoldo, tenía una ridícula cantidad de llamadas perdidas tuyas… ¿Pasó algo?- preguntó la rubia en cuanto se hallaron frente a frente… el moreno frunció el ceño.

-En realidad sí- el rubio observó de reojo a Gerald, complacido de notar lo molesto que estaba de que Helga le estuviera hablando directamente –Lorenzo ya ha despertado- la expresión del rostro de la rubia cambió notablemente, sonreía genuinamente aliviada, una sonrisa bella que cautivó al joven con cabeza de balón, y de forma espontánea y porque la alegría la invadía, soltó una exclamación de júbilo y abrazó al portador de la noticia.

-¡Eso es fenomenal!- exclamó la menor de las Pataki, separándose del chico. El abrazo duró un par de segundos para molestia del rubio y un poco de alivio del moreno, que hubiera preferido que el abrazo ni siquiera hubiera pasado -¿Y podemos visitarlo en el ala de neurología?- preguntó Helga.

-Es que…- y Arnold les explicó lo que hicieron para poder evitar que Lorenzo se expusiera durante un traslado de dos horas.

-Qué bien que Lorenzo esté mejorando- exclamó Gerald –primero podemos visitar a Harold para darle tiempo de platicar con Rhonda a solas- el moreno se acercó con la intención de tomar la mano de la rubia, pero fue interceptado por el cuerpo de Arnold que se paró entre los dos.

-Me parece bien, vayamos- agregó, de frente al rostro de Helga y señaló el pasillo por el que debían continuar su andar hacia la habitación de Harold. Gerald tuvo que controlar los impulsos homicidas que se intensificaban por ratos en contra de su antiguo mejor amigo.

El trío anduvo el tramo que faltaba por recorrer y se encontraron con la familia Berman.

Harold sonrió gratamente sorprendido de ver a sus amigos frente a él.

-¡Helga! ¡Gerald! ¡Arnold!- su sonrisa se ensanchó –qué gusto verlos… aunque ojalá fuera bajo otras circunstancias- la rubia se acercó a su lado y depositó un beso en su mejilla.

-No digas tonterías, que justo ahora, verte despierto me parece la mejor circunstancia dado lo que pasó en esa fiesta- la expresión del chico se ensombreció un poco ante el recuerdo de Rhonda.

-¿Recuerdas lo que ocurrió?- preguntó Arnold.

-Claro… aunque quiera olvidarlo- su mirada se tornó atormentada y el rubio intentó traer de nuevo el ambiente ameno que había en la habitación, pero Gerald se adelantó.

-¿Cuándo te dan el alta? Porque mi familia quiere que pasen nochebuena y navidad con nosotros, no hay mucho espacio, pero tenerlos ahí sería genial- Harold sonrió.

-El doctor dijo que si continuo así, puede ser que mañana al mediodía esté volviendo a casa- Marilyn expresó lo feliz que eso la ponía –Y gracias por la invitación, pero prefiero pasar esas fechas con mis padres… nos podemos ver después- y le sonrió al moreno, el tema anterior había quedado olvidado.

-Tú también puedes venir- ambos rubios se giraron hacia Gerald sorprendidos –Estás cordialmente invitado Arnold… nos vamos a divertir muchísimo- y Harold tuvo escalofríos… ¿Qué pretendía Gerald? Después de todo, aun no olvidaba lo que escuchó decir a Arnold en esa llamada… en la dichosa fiesta. Y Harold era 100% Team Gerald, pero, para él, el moreno acababa de hacerse touchdown él mismo.

Aquello tenía toda la pinta de ser una receta para el desastre, una cena navideña con esos tres sentados a la misma mesa, no podría resultar en otra cosa que no fuera drama.