Capítulo 30

Epílogo.

El mes de agosto en Los Ángeles suele ser el más caluroso del año, sin embargo, aquel día 23 una suave y templada brisa conseguía eliminar el agobio que provocaban las olas de calor durante aquellos días. Aunque lo cierto era que ella no había sufrido los casi 40 grados de temperatura que azotaron la ciudad durante aquellas últimas semanas, y que nada tenían que ver con los 25 grados de Ohio, que hacían de su verano uno de los más apacibles y tranquilos de todo el país.

Rachel lo agradecía. No le gustaba en absoluto el calor y de Los Ángeles, era lo único que le molestaba. Sin embargo, no podía quejarse de la luz de aquel cielo azulado que permanecía visible y despejado de nubes durante la mayor parte del tiempo, consiguiendo que la espera en aquel jardín fuese lo más amena e inspiradora posible.

Había echado tanto de menos aquel banco rodeando el majestuoso árbol que presidía aquella zona, que ni siquiera se preocupó por tener que esperar algunos minutos más de lo estipulado.

63 días hacía que no visitaba la residencia de Quinn, pero los nervios en su estómago eran como los del primer día que puso un pie en aquellos jardines. La única diferencia era que, al llegar a aquel lugar tan encantador, no era la rubia quien la estaba esperando. De hecho, no había nadie, excepto el banco que seguía inmune al paso del tiempo y el árbol que protegía con su sombra el recóndito jardín.

Iba a tardar, al menos eso es lo que le dijo por mensaje, así que Rachel tomó la iniciativa de tomar asiento y disfrutar del perfecto y soleado día.

Tenía muchísimas ganas de volver a verla.

Algunas fotos con Mel mientras viajaban a Florida con su familia, no eran suficientes para calmar esa necesidad que empezó en el mismo momento en el que abandonó aquella residencia hacia dos meses. Aunque al menos tenía el consuelo de haber podido hablar con ella todos los días en los que permanecieron alejadas, manteniéndose informadas de lo que hacía cada una durante vacaciones. Solo en la última semana habían tenido que dejar las largas charlas por mensajería. Su regreso a Los Ángeles suponía un ir y venir de compras, de salidas y entradas con sus padres y dedicarle menos tiempo a ese pasatiempo que había encontrado en Quinn, y sus divertidas conversaciones.

Unas conversaciones que le llevaron a descubrir muchas más cosas de aquella chica de pelo dorado, que de pequeña lo tenía pelirrojo. De aquella chica de ojos claros que sufría de miopía, y que había tomado la decisión de volver a utilizar lentes de contacto en detrimento de las enormes gafas, y a petición de expresa de su hermana pequeña. De aquella chica que le comentó que iba a estar dispuesta a ser un poco más social en el nuevo año, y darle una sorpresa que no iba a olvidar jamás. Y eso que ya era complicado que siguiera sorprendiéndole. Y, supuestamente, esa sorpresa es lo que la había llevado a pedirle que acudiese a aquella hora a aquel jardín.

Hacía apenas cinco horas que había llegado a la ciudad, y tras dejar todo preparado en su apartamento, se desplazó andando hasta allí. Que fuese andando también fue petición especial de Quinn, que le pidió que no llevase bicicleta ni ningún otro medio de transporte. Algo que a Rachel le resultó extraño tras llegar a la residencia, y comprobar que ni Quinn ni su coche estaban allí.

Un último repaso a la hora que aparecía en la pantalla de su móvil la distrajo por algunos minutos en los que perdió la visión del acceso al pequeño jardín. Motivo por el que no pudo ver como Quinn hacía acto de presencia en él, y la descubría completamente embelesada en el teléfono.

Caminó con calma, sin perder detalle de la morena, y tratando de no evitar que sus piernas se adelantasen y las zancadas destruyesen la pequeña sorpresa que pretendía darle.

Verla allí sentada, completamente absorbida por sus pensamientos, le hizo sonreír.

Dos meses sin verla había sido un verdadero castigo, más que un tiempo de reflexión.

Cada mensaje que intercambiaron a lo largo de aquellas 8 semanas, le convencía un poco más de estar ante alguien especial que se iba apoderando más y más de su ya maltratado corazón. Y no solo del suyo, sino también del de su familia. Si esfuerzo le costaba mantener la mente un poco distante y no pensar en ella durante todo el día, más difícil era hacerlo con Melanie cuestionándola continuamente acerca de su amiga, la actriz. La pequeña exigía fotos de su famosa amiga Rachel Berry, y la morena no tenía problemas en enviarle tantas cuantas desease. Martirizando aún más el estado de Quinn, que tenía que recibir todas aquellas imágenes en su propio móvil, y la obligaba a revisarlas una y otra vez, logrando que la distancia y el tiempo entre ambas, se hiciese mucho más difícil de sobrellevar.

No la vio, ni la escuchó, y Quinn lo agradeció.

Se mantuvo tras ella por algunos segundos antes de hablar y romper el silencio de aquel remanso de paz.

—¿Eres Julieta? —balbuceó dibujando media sonrisa. No solo por la ocurrencia sino por el gesto exagerado de Rachel tras escuchar su voz.

La morena se giró rápidamente, y llegó incluso a asustarse al encontrarla tan cerca. Al menos eso era lo que expresaba su rostro. Sin embargo, lo que Quinn no sabía, era que aquella extraña mueca de sorpresa no era por su presencia, sino por el cambio que pudo percibir en ella.

El pelo suelo, nada de coletas. Gafas de sol, nada de gafas de pasta. Un vestido floreado y una blusa que terminaba amarrada en su cintura, dándole un aire completamente distinto a una chica que solía vestir con ropa cómoda, y que llamaba la atención por la sobriedad y el aburrimiento que regalaban a su persona.

Quinn no era Quinn, o al menos esa fue la sensación que le provocó, aunque lo cierto es que se limitó a sonreír tras la pregunta.

—Eh sí. ¿Tú eres…?

—Romeo Candorebanto Montesco —respondió ofreciéndole la mano—, aunque puedes llamarme Quinn.

Sonrió más ampliamente, se mordió el labio y aprovechó el impulso que le ofrecía la mano de Quinn para levantarse del banco, y regalarle ese abrazo que tanto había deseado durante aquellas semanas.

Un abrazo que Quinn recibió con la misma intensidad y deseo.

Rachel tampoco era Rachel, o al menos la Rachel de los vestidos y el maquillaje excesivo. Aquella chica que rodeaba su cuerpo en aquel cariñoso y espontaneo abrazo, era esa Rachel que Quinn sabía que existía, y que ella se empeñaba en esconder.

El pelo recogido en la nuca, los rebeldes flequillos y un conjunto de camiseta y falda que resaltaba el bronceado de su piel, completamente limpia, solo con un leve rastro de rubor en sus mejillas, y brillo en los labios.

Nada más. Rachel Berry no necesitaba mucho más para estar hermosa, y parecía que en aquel verano había terminado aceptándolo.

—Dios eres preciosa —susurró Quinn observándola tras el abrazo.

—Y tú eres una chica —bromeó sin poder contener la emoción—, jamás pensé que Romeo fuese nombre de chica.

—Las apariencias engañan —respondió divertida, deshaciendo el abrazo con dulzura, sin perder el contacto con sus manos—. ¿Llevas mucho esperando? —cuestionó invitándola a que volviese a sentarse.

—No, no mucho —fingió—, un par de minutos.

—¿De veras? —insistió tomando asiento junto a ella.

—Eh no — confesó—, lo cierto es que llevo casi 15 minutos esperándote, pero todo está bien. Estaba entretenida —sonrió.

—Bueno, lo siento — se disculpó—, pensaba que iba a llegar a tiempo, pero me ha sido imposible. Tenía que recoger algunas cosas de casa y organizar otras.

—No te preocupes Quinn, digo Romeo —siguió bromeando—. Estoy bien. Me encanta este lugar es, es perfecto, y se está muy bien.

—Mmm sí, lo cierto es que es genial —lanzó una mirada a su alrededor—. Vamos a tener que venir a menudo.

—Tendré que venir yo —intervino—, me basta con que tú me invites y…

—No podré invitarte —interrumpió—. Dudo que me dejen entrar más aquí.

—¿Qué? —la miró confusa— ¿Por qué dices eso?

Quinn volvía a tomar la mano de la morena y comenzaba a acariciarla como solía hacer siempre inconscientemente, solo que esa vez lo hacía a conciencia.

—¿Qué ocurre, Quinn? —se impacientó al notar un leve suspiro de la rubia, y algo de resignación en su rostro.

—No voy a vivir más aquí —respondió alzando la mirada hacia ella—. He tomado la decisión de cambiar de residencia.

—¿Qué? ¿Por qué? No me has dicho nada.

—No, porque todo ha surgido en estos últimos días —se tensó.

—¿Qué ha surgido? —cuestionó temerosa.

—Santana —balbuceó.

—¿Santana? —tragó saliva— ¿Te ha dicho algo?

—Ha regresado de Texas y bueno —desvió la mirada—, volví a encontrármela en la entrada y volvió a insistirme. Me dijo que no iba a dejar de intentar conquistarme y me he cansado.

El gesto serio de Rachel demostraba el malestar que le había producido saber que la latina había vuelto a entrar en el juego, incluso antes de que ella regresase a la ciudad.

Le temía. No había dejado de pensar en ella y en Jane en todo el verano, a pesar de que Quinn trataba de evitar que así fuera. El solo hecho de pensar que tenía que regresar y probablemente, encontrárselas a diario, le hacía palidecer. Su carrera, a pesar de todo, dependía de la fama y la popularidad, y si Santana se encargaba de manchar su brillante curriculum, iba a salir mal parada, sin duda.

—Tranquila Rachel —sonó con dulzura—. Santana no nos va a hacer nada, ni a mí ni a ti. Lo máximo que puede llegar a hacer es algo como lo que hizo contigo. Pero ya me encargaré yo de que eso no suceda. Si veo que algún chico guapo se te acerca, se las verá conmigo —bromeó—. Y si quieres participar en el concurso de talentos, lo harás sola, y les demostrarás que eres mejor que todas ellas.

—No me preocupa eso, Quinn —respondió sin cambiar su gesto—. Me preocupa que Santana y Jane consigan detener mi proyección, y te afecte a ti también. Yo tengo mucho que perder, porque mi futuro depende de lo que logre en esta facultad, pero tú tienes mucho más, y más importante, Quinn. Quizás no tu profesión, pero todos aquí parecen conocer a tu padre, y me da miedo que hagan algo perjudicial.

—Son crías —sonrió—. Te dije que yo podía lograr detenerlas gracias a la influencia de mi padre, y te aseguro que iba a ser horrible para ellas que solo buscan popularidad. Saben que no pueden jugar con eso, y no lo van a hacer.

—Ojalá sea así —se lamentó cabizbaja—. Ojalá se cansen y nos dejen en paz, aunque ya han conseguido que tú tengas que tomar la decisión de regresar a tu casa.

—¿Regresar a mi casa? ¿Quién ha dicho eso?

—Tú —la miró—. Acabas de decir que vas a cambiar de hogar. ¿No es cierto?

—Cambiar, no regresar a la casa de mis padres —aclaró.

—¿Y dónde vas a vivir?

—¿Por qué crees que te he citado aquí?

—Mmm, porque te morías por verme —respondió sonrojada.

—A parte de eso —intervino divertida, obligándola a que le devolviese la mirada.

—Mmm, no sé, pensé que estarías aquí, en tu casa.

—Necesito que me ayudes a hacer la mudanza —dijo sin pensar—. Necesito que me acompañes a recoger algunas cosas y trasladarlas en el coche a mi nuevo apartamento.

—¿Dónde es?

Sonrió, pero no lo hizo como lo había estado haciendo durante todo el tiempo. Quinn mordió la patilla de sus gafas de sol y buscó en el interior de un pequeño bolsillo que tenía la blusa, donde sacó un papel doblado que le entregó a la morena.

—11050 de Ophir Drive —musitó leyendo el papel.

—¿Sabes dónde es?

—Eh sí, es la residencia que hay justo enfrente de la mía —respondió sin percatarse de lo que pretendía hacerle entender—. ¿Por?

—Voy a vivir ahí —respondió sonriente—. A partir de ahora, si quieres verme solo tendrás que cruzar la calle.

—¡No! —exclamó sorprendida—. ¿De veras?

—Sí. Es lo más cercano que he podido encontrar.

—Pero… Oh dios —balbuceó sorprendida—, pero esa residencia no tiene nada que ver con ésta. Quiero decir, está muy bien, pero no es tan lujosa.

—Lo sé, pero tiene piscina —dijo con algo de travesura—. Y… ¿Sabes qué? No voy a estar sola.

—¿Cómo que no vas a estar sola?

—¿No te lo ha comentado Marley?

—¿Marley? No, no he hablado con ella de nada, solo sé que tiene que llegar dentro de dos días. ¿Por? No, no me vas a decir que Marley se va a vivir ahí, contigo, ¿no? Porque como me digas eso, me muero. Y yo necesito a una compañera para compartir gastos, y no quiero perderla. Además, me ha costado muchos lo siento para que me perdonase por hacerme pasar por ella con el tema de Britt, y ahora que ya me había perdonado quiero volver a tenerla conmigo.

—No, no —la interrumpió al ver como no detenía el discurso—. Marley seguirá viviendo contigo, al menos hasta donde yo sé, y espero que así sea, claro.

—¿Entonces? ¿Qué me tenía que decir?

—Que voy a compartir apartamento con Brittany.

—¿Qué? ¿De veras?

—Sí —sonrió tras la mueca de sorpresa de Rachel— ¿Recuerdas cuando te dije que me vine a vivir a una residencia porque quería vivir la vida del campus a pleno? Pues bien, creo que compartir apartamento con una buena amiga, es un buen plan para llevar a cabo eso. Estar sola todo el día no es agradable. Yo también necesito compañía.

—Vaya pues, pues me alegra que tomes una decisión así.

—Sí bueno, recuerda que cuando le dije a Britt lo del intercambio de roles en el chat, le prometí que haría lo que me pidiese para compensarla, y ella me dijo que iba a tener que invitarla a comer muchas veces —bromeó—. Ahora lo podré hacer en nuestra propia casa.

—Cierto —se mostró complacida—. Tenemos mucha suerte de tenerlas, cualquiera no nos habría perdonado así.

—Es verdad. Supongo que el hecho de que haya funcionado, nos ha ayudado. Quizás si no hubiese resultado, no habrían tenido esa reacción.

—Totalmente de acuerdo —musitó pensativa—. Son tal para cual —susurró con dulzura—. Jamás vi a Marley tan ilusionada.

—Es alentador enamorarte de una persona sin siquiera verla en persona, y que sientas la misma atracción cuando la conoces. Hace que creas en el amor, sin duda.

—Exacto —la miró sonriente, guardando tras ella un breve silencio que se contagió también a Quinn.

Rachel la observó, y no solo se limitó a perderse en la sonrisa o en los ojos, sino que desvió la mirada por el resto del cuerpo de la chica, volviendo a sorprenderse por el cambio de imagen.

—¿Qué? —balbuceó Quinn tras ver como las dudas empezaban a adueñarse del rostro de la morena tras aquella inspección.

—Nada, es solo que no sé, te veo diferente —susurró—. Estás preciosa, sin duda, pero diferente.

—Esta soy yo, Rachel —respondió volviendo a tomar su mano—. He pensado mucho durante este verano. Me he dado cuenta que no paraba de exigir honestidad en los demás, y yo no lo estaba siendo conmigo misma. Es cierto que no soy la chica del instituto que se pasaba horas y horas en arreglándose el pelo, de compras, maquillándose, pero tampoco soy la chica que veías el año pasado.

—Yo pensé que…

—Tenía miedo, Rachel. Tenía miedo a que se acercasen a mí. Ya lo sabes, no confiaba en nadie y por eso me vestía así. Nadie que no me conociese, se iba a acercar a una chica asocial como yo pretendía que me viesen. Me he dado cuenta de que es absurdo. No puedo fingir ser más que nadie, ni menos. Simplemente ser yo.

—¿Y cómo es esa Quinn? —intervino— ¿No eres como la chica que me ha estado hablando durante todo este verano?

—Sí, esa es la que soy. La única diferencia es mi imagen, y es ésta. Una chica normal que procura estar acorde a las situaciones, y que se peina de vez en cuando —bromeó provocando la sonrisa en Rachel.

—No he conocido a ninguna chica más guapa que tú, Quinn. Da igual como vistas, da igual si llevas gafas de sol o de ver. Da igual si tu pelo luce así, esplendido o recogido en una coleta. No he visto a nadie como tú en toda mi vida.

—¿Y eso es bueno?

—Si tengo opciones de conquistarte, sin duda lo es —sonrió cómplice.

—Eso no va a ser posible.

—¿No?

—No.

—¿Por qué? ¿No estás dispuesta a…?

—Porque ya me has conquistado —respondió sin dejar que terminase aquella pregunta—. No sé qué planes tienes para este año, Rachel Berry, pero te aseguro que dentro de los míos está el hacer que te vuelvas loca por mí.

Rubor. De nuevo aquel rubor que encendía sus mejillas, y del que no se había logrado desprender ni siquiera durante aquellas semanas alejada de Quinn.

Rachel bajaba la mirada con una sonrisa dibujando sus labios, y cubría parte de ella con sus manos, lamentándose por no saber reaccionar a las indirectas directísimas de la rubia, sin que el calor la llenase de vergüenza.

—¿Qué ocurre? —se acercó sonriente, buscando la mirada de Rachel que permanecía anclada en sus manos.

—No puedo evitarlo —susurró sin perder la timidez—. No puedo evitar morir con cada indirecta, halago o piropo como quieras llamarlo, tuyo. No sé cómo lo haces, ni sé lo que has hecho conmigo para que me ponga así, pero…

—¿Pero…?

—Pero me encanta, y sí estoy dispuesta que logres que me vuelva loca por ti, más aún.

—Bien —se mordió el labio—, estamos de acuerdo en un punto importante.

—Así es, aunque antes —volvió a alzar la mirada—, antes hay algo que vas a tener que hacer, bueno, mejor dicho, vamos a tener que hacer.

—Pídeme lo que quieras.

—Ya has podido comprobar que mis padres son bastante clásicos, a pesar de ser excesivamente modernos — rio.

—Sí, pude comprobarlo cuando se colaron en aquella videollamada.

Una risotada de Rachel estuvo a punto de hacerle perder la seriedad que quería mostrar, pero consiguió mantenerse firme.

—¿Qué sucede con eso? —volvió a preguntar Quinn.

—Pues pasa que ellos siempre suelen venir a visitarme antes de que empiece el curso, y lo van a hacer esta semana que viene. Dentro de dos días más concretamente.

—¿Y?

—Pues que insisten en conocerte —volvió a bajar la mirada—. Quieren saber quién es esa chica que no ha parado de hacer sonar mi teléfono en todo el verano.

—Mmm, entiendo. Supongo que querrán saber con qué clase de chica vas a salir a cenar, al cine, a bailar, a nadar. ¿No es cierto?

—Exacto —la miró con travesura tras escuchar lo que tenía preparado para ella.

—Ok, pues podemos organizar una cena, y yo estaré encantada de conocerlos en persona. A diferencia de ti, yo no me pongo nerviosa con los padres, todo lo contrario, los conquisto —bromeó regalándole una pequeña y divertida caricia en la barbilla.

—No está mal — sonrió—, si los conquistas a ellos, a mí me tendrás en tus manos.

—Ok. Pues trato hecho —le ofreció la mano para sellar el pacto—. Tú vienes ahora mismo a ayudarme con algunas cosas de la mudanza, y yo conquisto a los Capuletos al completo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —sentenció tomando la mano y regalándole un apretón al tiempo que se ponía de pie—. ¿Vamos a por esas cajas?

—Mmm, claro vamos —respondió imitándola y levantándose del banco, dispuesta a emprender el trayecto que las separaba del que iba a ser su viejo apartamento. Sin embargo, Rachel no lo permitió.

Esperó a que Quinn diese algunas zancadas para detenerla antes de que abandonara el pequeño jardín.

—Quinn —susurró con la suficiente nitidez como para que la rubia la escuchase.

—Dime —se giró de nuevo hacia ella.

—Me pregunto… ¿No había algo que querías hacer?

—Mmm ¿Algo que quería hacer? —cuestionó extrañada mientras observaba como Rachel sacaba su teléfono del bolso y buscaba algo en él.

—24 de junio, 10:23 am, he soñado contigo esta noche. Menudo beso me has regalado, espero que lo lleves a cabo algún día.

—Oh dios…

—No, no, espera aún hay más —continuó Rachel sin apartar la mirada de la pantalla del teléfono—. 11 de julio, 00:12 am. No vuelvo a ver nunca más Imagine You and me. Ahora me muero por un beso tuyo.

—Rachel, por favor —susurró lamentándose tras escuchar los mensajes que ella misma había ido enviándole.

—Espera, espera — sonrió divertida—, hay uno más reciente que supera a esos.

—No, no es necesario que…

—20 de agosto, 21:35 pm. Me da igual que te molestes o me grites, en cuanto te vea no voy a poder evitar besarte. De hecho, es lo que voy a hacer.

Rachel alzó la mirada tras terminar de leer aquel último mensaje y observó cómo Quinn permanecía cabizbaja, tratando de contener la sonrisa mientras se mordía el labio y negaba de forma divertida con la cabeza.

—¿Y bien? ¿No tienes nada que decir? —volvió a hablar Rachel tras notar como Quinn dudaba—. Me gustaría que ésta nueva Quinn fuese consecuente con sus propias palabras y… —comenzó a bajar el tono de su voz tras ver como la rubia destruía el breve espacio que las separaba— Llevase a cabo lo que, lo que…

—¿Quieres que te bese? — susurró Quinn interrumpiendo el leve balbuceo en el que se había convertido el monologo de Rachel.

—Si no lo haces tú, lo voy a tener que hacer yo —respondió perdiéndose en los labios.

Entonces, escúcheme tranquila mientras mis labios oran, y los suyos se purifican — susurró evocando a una de las románticas escenas de Romeo y Julieta, y que por supuesto, Rachel iba a entender a perfección.

En mis labios queda la huella de su pecado —musitó impaciente.

Una nueva sonrisa, un suspiro y un beso.

Tan dulce y delicado como los que alguna vez se dieron. Tan nuevo y sorprendente, como un primer beso. Tan único como los que alguna vez se entregaron, y especial como los que estaban por llegar.

¿Del pecado de mis labios? —se separó con dulzura— Ellos se retractarán con otro beso —volvió a besarla.

—Quinn —balbuceó tratando de recuperar la compostura, tras aquel segundo y más intenso beso.

—Dime —respondió a escasos centímetros de sus labios.

—Besas muy virtuosamente —sentenció con una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

—Ok —suspiró sabiendo que Rachel no estaba por la labor de acabar con aquella escena—. Vamos Julieta —la tomó de la mano para obligarla a que la siguiera.

—¡Oh mi Romeo! —exclamó divertida— Marchaos, pues yo no pienso irme. ¿Qué es esto? ¿Un frasco en la mano de mí amada? El veneno ha sido su fin prematuro. ¡Ah, egoísta! ¿Te lo bebes todo sin dejarme una gota que me ayude a seguirte? Te besaré: tal vez…

—¡Rachel! —volvió a girarse para mirarla y detener aquel estallido de dramatismo tan típico en la morena.

—Dime Romeo —murmuró con dulzura, tanto que Quinn no pudo evitar mantenerse seria y terminó por volver a esbozar una sonrisa.

—Vamos Julieta, ni se te ocurra coger el puñal —sentenció—, te necesito para hacer la mudanza.

—Sono tutto tua, (Soy toda tuya)

—Tuo, Rachel se dice tuo.

—Sono tutto tuo.