Agape to Eros
By Tsuki No Hana
XXX
"Calvin Klein"
Llevaba un buen rato charlando con aquella chica pelirroja, no sabía cuánto con exactitud, pues tenían tantos temas de conversación que el tiempo fluyó de manera rápida y sencilla.
En ese lapso de tiempo, mientras los dos bebían un par de tazas calientitas de café, Yuuri escuchó a la linda vecina de Viktor platicándole que era maestra de ballet y que incluso ayudaba a algunos patinadores con el lado artístico de sus carreras, ingeniándose buenas coreografías para ellos. Ella le dijo que se había vuelto su fan hace varios años.
—No es para tanto —se rascó la nuca.
—¡Pero claro que sí! Interpretaste la rutina de Viktor a la perfección, eso fue sumamente increíble. Y la manera en que te mueves… —apoyó el codo sobre la barra y descansó la barbilla sobre su palma abierta—… es en verdad muy fascinante. Debo decir que ni siquiera Viktor tiene esa capacidad tuya de crear música con el cuerpo, tus pasos son tan… ¿Practicaste ballet de pequeño?
—Hasta hace unos años, sí —sonrió—. Tuve a una muy buena maestra —recordó a Minako con cariño.
La pelirroja suspiró y analizó detenidamente el rostro de Yuuri. Éste lo notó y se puso un tanto nervioso. De pronto hubo silencio entre los dos y no sabía cómo romperlo, sus ojos tan azules lo estaban escudriñando con la mirada y deseaba que eso terminara.
—Yuuri, eres muy guapo —apretó los labios, como reprimiendo un gritillo.
El aludido se puso tan nervioso que comenzó a tartamudear, pasándose una mano por sus cabellos y haciendo unos ademanes muy chistosos. No estaba acostumbrado a ese tipo de comentarios.
—Lo siento, te puse más nervioso —se rio—. Mejor dime ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí? —era obvio que sabía eso, no había límite, se quedaría ahí siempre y cuando Viktor también lo hiciera. Estaba segura.
—Uhm, bueno… —se llevó una mano al mentón en pose pensativa—. En realidad no lo había pensado. Estaré aquí a menos que Viktor decida que vivamos en otra parte —esbozó una sonrisa tan pura y hermosa que la mujer casi se tuvo que poner lentes de sol para no terminar deslumbrada.
—Entonces estás viviendo con él.
—Claro ¿No sabías que era tu vecino? —inquirió con curiosidad. Entonces Irina se sintió mal por engañarlo de esa forma. Yuuri era tan lindo y tan ingenuo.
—Soy muy despistada. Pero cuéntame más sobre su relación —se removió en la silla, emocionada.
—Bueno… —de nuevo se puso nervioso. No solía abrirse con la gente que apenas conocía, de esto se dio cuenta la otra, pero aun así quiso intentar—. Actualmente somos muy felices. Es la primera vez que viviré con alguien en su casa, como su pareja, así que estoy nervioso. Pero él es maravilloso —suspiró—. No podría encontrar a alguien mejor que él —imitó la acción de ella y apoyó su codo sobre la barra, ya había terminado su café y ahora miraba a la nada, con unos ojitos llenos de amor e ilusión—. Cuando estoy solo todo es monótono y aburrido, pero cuando él aparece es como si todo tomara más color, más vida. No sé si me estoy explicando.
Irina asintió enérgicamente, conmocionada por sus palabras.
—Con él hasta el más mínimo detalle me parece hermoso y fascinante —continuó, riendo un poco al recordar algo—. Por lo regular se me hace muy tedioso el tiempo dentro del avión, pero con él se me va demasiado rápido.
—Qué hermoso —suspiró con anhelo y nostalgia.
Entonces el teléfono de Yuuri comenzó a sonar, lo miró y esbozó una sonrisa radiante acompañada por el leve sonrojo de sus pómulos. No dudó en contestar, claro, preguntándole a su nueva amiga si no le molestaba que lo hiciera.
Irina se tensó por completo cuando se dio cuenta de que era Viktor con quien hablaba, más cuando Yuuri le dijo "Estoy en el departamento de tu vecina de abajo, es muy agradable". No tardó mucho en colgar.
—Lo siento, Viktor llegó a casa con la comida, tengo que irme —sonrió. Si seguía sonriendo así, se le quedarían las mejillas tiesas y atrofiadas por permanecer tanto tiempo en esa posición.
—Está bien, no te preocupes. Fue un gusto conocerte, Yuuri —le sonrió dulcemente, pues de verdad había sido un total gusto—. Espero que vengas pronto a visitarme de nuevo, para otra taza de café.
—Sería un placer. Muchas gracias por la invitación —hizo una pequeña reverencia y ella aguantó una risilla, no estaba acostumbrada a eso, así que mejor se acercó a él, se paró de puntitas y le dio un beso en cada mejilla. El aludido se sonrojó por la sorpresa y los nervios que eso implicó.
—Mándale a Viktor mis saludos —le guiñó un ojo y finalmente lo despidió.
Yuuri salió del departamento con una sonrisa de oreja a oreja. No dejaba de juguetear con el brazalete en su muñeca y con el anillo en su dedo. Y es que no había palabras en este mundo para explicar la inmensa felicidad que sentía. Todo era bonito, perfecto.
Llegó a casa y se sorprendió al ver a su amado caminando de un lado a otro en el recibidor, parecía león enjaulado. Cuando se percató de su presencia corrió hacia él y lo tomó de los hombros.
—¡Yuuri! ¿Qué hacías con ella? ¿Qué te dijo?
—¿Uhm? —se abrumó un poco con su intensidad. Lo vio demasiado nervioso y asustado, incluso había comenzado a morderse las uñas—. Nada, ella es muy agradable, me invitó un café y charlamos mientras estuviste afuera. Es una mujer en verdad agradable, tan servicial y gentil. ¡Dijo que era mi fan! —se emocionó mucho—. Es maestra de ballet y también patina. Creo que también es fan tuya. Por cierto, te mandó saludos.
—¡Ja! Saludos, que chistosita —refunfuñó algunas palabras en ruso. Yuuri se entretuvo mirando las dos arrugas que se formaron en su entrecejo al tenerlo tan fruncido. También fue divertido ver nuevas expresiones que agregaría al repertorio de muecas Nikiforov.
—¿Qué tiene de malo? —se cruzó de brazos—. Deberías tratar más con ella, es linda, agradable y me dijo que soy… —fue interrumpido.
—La mujer con la que tomaste café fue Irina, mi ex esposa.
El japonés se quedó con la boca abierta y sin nada qué decir.
—P-pero ella no… —lo pensó y hasta ese momento se percató del hecho de que nunca le dijo su nombre—...¡¿Qué?!
Sonaba lógico, era pelirroja, ojos azules y además se le había hecho muy familiar.
—Sí —suspiró—. Olvidé decírtelo. Rayos —se mortificó mucho. Tuvo miedo.
—¿Irina es tu vecina? ¿Pero qué…? —no pudo continuar, Viktor ya lo estaba abrazando.
—Lo siento, lo siento. Olvidé decírtelo porque en verdad olvidé ese detalle.
—Está bien —no sabía muy bien cómo sentirse al respecto, pero en definitiva correspondió a su abrazo y comenzó a acariciar la espalda de su amado al ver lo nervioso que estaba—. Amor —se separó de él y miró lo asustado que se encontraba—. Tranquilo, no estoy molesto. Sí me desconcertó un poco y aún estoy tratando de asimilar el hecho de que ella no me lo dijera en ningún momento y de que me cayera tan bien —murmuró en voz muy baja eso último—. Pero no me voy a molestar contigo —apretó sus mejillas entre sus manos y se paró de puntillas para besar su frente—. Aunque sí es bastante extraño y retorcido que vivas en el mismo edificio que tu ex esposa —sonrió.
El ruso se quedó completamente sorprendido. El Yuuri de hace un par de años le habría montado todo un drama en serio.
—¿Qué trajiste de comer? Muero de hambre —comenzó a caminar hacia la cocina, olfateando en el aire un delicioso aroma.
Viktor se quedó parado donde estaba, respirando pesado y aún asustado. Se había estado quebrando la cabeza, pensando en cómo explicarle ese pequeño detalle luego de colgar en la última llamada, pero al parecer Yuuri sí había cambiado mucho, y totalmente para bien.
—¡¿Patatas rellenas?! —se le hizo agua la boca al abrir los paquetes que trajo su novio. Estaba hambriento—. Vitya ¿Te vas a quedar ahí parado todo el día? Muero de hambre y no sé dónde están las cosas en este departamento.
El ruso al fin reaccionó, sonrió de medio lado y fue directo hacia él.
—Nuestro departamento —replicó—. Ve acostumbrándote —lo abrazó por detrás, depositando un dulce besito en su nuca desnuda.
A Yuuri le recorrió un escalofrío por toda la espina.
—Hablando de "nuestro departamento" —se giró sin deshacer el abrazo—. Cariño, rompí la llave del grifo de la cocina —se mordió el labio.
—¿Disculpa?
En realidad no había escuchado lo que le dijo, pues se distrajo con su hermosa expresión mientras se mordía el labio de manera tan sensual, seguramente de manera inconsciente.
—Te digo que ya rompí algo y ni siquiera tengo un día aquí —se cubrió el rostro con ambas manos.
Viktor rio y lo estrechó con más fuerza, apoyando su mentón sobre su coronilla.
—No pasa nada, amor. Llamaré a alguien para que lo arregle.
—Ya solicité a un plomero, fui con el casero.
—Perfecto —besó su frente—. Ahora comamos, que ni siquiera hemos desayunado y ya casi es medio día.
Sacó los platos y cubiertos, señalándole a Yuuri dónde se encontraba cada cosa.
—En verdad no tienes nada en tu alacena —se sorprendió mucho.
—Vayamos al súper más tarde —se emocionó.
A Yuuri le brillaron los ojos. Sería la primera vez que irían juntos como pareja a hacer las compras. Todo se sentía tan diferente, que incluso hacer el mandado parecía emocionante para ambos.
Comieron juntos, frente a frente en la barra de la cocina, charlando como siempre y molestándose uno al otro de vez en cuando.
Al terminar, Viktor le mostró a Yuuri todo el lugar.
El departamento era amplio, demasiado para una sola persona. Al entrar tenía un pequeño recibidor con un mueble donde –Yuuri se dio cuenta- Viktor solía dejar las llaves de la casa y del auto, dentro de un pequeño cenicero. La sala era amplia y confortante, tenía una chimenea, sillones cómodos y una alfombra muy felpuda. El estilo era moderno y la variedad de colores se encontraba entre los marrones, azules y blancos.
La cocina era demasiado amplia y funcional para alguien que no la usaba. Tenía una barra cerca de la estufa que servía como antecomedor, con banquitos altos. Al mirarlos, Yuuri pudo imaginarse a Viktor sentado ahí todas las mañanas, tomando café y desayunando cereal con leche (Lo único que sabía "preparar" sin tener que usar fuego).
Tenía tres habitaciones: la principal (Y más amplia, esa que olía deliciosamente a Viktor), y otras dos más pequeñas y amuebladas a pesar de que nadie más habitaba ahí. Viktor le dijo que Chris había ocupado una de ellas en esas ocasiones en que lo visitaba, también Aleksi y en muy esporádicas veces lo llegó a hacer Yurio, en aquellos días cuando su abuelo era ingresado en el hospital y no se quería quedar solo en su casa.
Sólo había un baño, éste era de tamaño promedio, con una bañera blanca y ovalada donde los dos cabrían muy bien si enredaban sus cuerpos uno con el otro.
Y lo que más le gustó a Yuuri, fue el termostato. Estaba feliz porque no sufriría de frío. Las pocas veces que había viajado a Rusia, se había quedado en lugares donde fallaba la calefacción.
Viktor no tardó en replicar y decirle que no lo necesitaban, pues él sería su termostato. Yuuri lo miró con diversión y palmeó su hombro antes de irse a desempacar. El pobre ruso comenzó a tenerle resentimiento a esa cosa y se planteó seriamente la opción de descomponerlo.
Ambos desempacaron juntos. Pusieron las maletas sobre la cama y fueron acomodando poco a poco sus cosas en la habitación. Yuuri se sorprendió al ver la gran cantidad de ropa que tenía su amado.
—Y eso que despejé el armario y los cajones para que pudieras poner tus cosas —rio.
—¿Y dónde dejaste tus cosas?
—En los otros cuartos.
Yuuri se conmocionó al abrir algunos cajones y encontrarse con ropa que Viktor le había comprado. Tenía demasiado buen gusto, pero cuando vio la marca de las prendas…
—¡Viktor! No puedo aceptar esto —se exaltó al ver de qué tiendas provenían algunas playeras y abrigos, incluso el pijama se veía que era de un sitio muy costoso.
—Claro que lo vas a aceptar ¿O vas a rechazar un regalo mío?
El japonés se sintió entre la espada y la pared. Lo pensó unos segundos y respondió:
—Está bien, los acepto y te lo agradezco mucho, pero no lo hagas de nuevo —se sonrojó—. Deja que yo compre mi propia ropa.
—Pero eres mi pareja —inclinó su cabeza hacia un lado, tal como hacía Makkachin a veces. Se veía demasiado tierno, pues realmente no veía el problema en comprarle cosas a su amado.
—Lo sé, y te lo agradezco mucho —apretó las prendas contra su pecho, feliz—. Pero me hace sentir un poco incómodo, yo debería de hacer lo mismo contigo.
—Pero no es necesario —sonrió—. Ya sé, te compraré ropa muy seguido, hasta que te acostumbres.
—No… —suspiró—. Amor, no lo hagas.
—No seas orgulloso.
—Y tú no seas un necio.
—Lo soy —rio, sacó de su bolsillo una llave y se la lanzó por el aire. Yuuri la atrapó y lo miró sin entender—. ¿Recuerdas tu sorpresa? Está bajo llave en el mueble de la impresora, al lado de la sala.
—¿En tu escritorio?
—Sí.
Ni siquiera preguntó más. Salió casi corriendo, seguido por Makkachin.
Abrió con premura el cajón y se topó con algo que había dado por perdido hace ya mucho tiempo.
—¡Oh por dios! ¡Mi colección de posters!
Miró hacia atrás, en busca de Viktor. Lo encontró de inmediato, parado cerca de él con las manos dentro de los bolsillos del pantalón.
—Creí que los echarías de menos, así que los guardé.
Yuuri no dijo nada, se le llenaron los ojos de lágrimas y sin soltar su amada colección, corrió hacia él y se estampó contra su pecho. Hundió la cara en el suéter cálido de su novio.
—Lo siento, lo siento tanto mi amor. No debí tirarlos.
—No tienes que disculparte. Estabas muy enojado en ese momento, entiendo. Sólo… no los vuelvas a tirar ¡¿Sabes cuánto me costó hacer la pose del número doscientos cincuenta y cuatro?! Ese era edición limitada, ya no lo consigues en ningún lado, cuídalos —frotó su cabeza con cariño.
—Lo haré.
Terminaron de desempacar. Tenían sueño por el cambio de horario, pero era tanta su emoción de estar al fin juntos, que no querían que el día terminara. Viktor tomó las llaves y se llevó a Yuuri para dar un paseo por el vecindario antes de ir a comprar el mandado.
—Sigo sorprendido por el hecho de que sepas conducir —dejó que su amado le abriera la puerta, sonrojándose como adolescente por ello. Además, no era cualquier auto, se trataba de un Audi; Yuuri no sabía el modelo ni mucho menos el año, pero estaba seguro que era uno de los mejores: un Audi color gris—. Eres el cliché de hombre rico con elegante departamento y auto del año —continuó Yuuri, murmurando en voz baja y con las mejillas infladas.
Ciertamente no estaba acostumbrado a tanto lujo, se sentía un poco abrumado.
—¿Me acabas de llamar cliché? —entró en shock y se desconcentró un poco de la manejada—. Espera… ¿Auto del año? —rio—. Mi auto ya es viejo.
—¡A eso me refiero! —exclamó con las mejillas aún más sonrojadas—. Los dos somos de mundos muy distintos. No estoy acostumbrado a todo esto.
—Amor —puso una mano sobre la rodilla de su novio, sin dejar de mirar el camino frente a ellos—. Tienes que acostumbrarte, además, todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío.
—Yo no tengo tanto como tú.
Viktor suspiró.
—Me conoces muy bien, Yuuri Katsuki. Me conociste incluso antes de saber el asunto de mi herencia y el dinero que tengo. Eso no debería interferir ahora.
—No interfiere, es sólo que… —no sabía cómo explicarse—.Ya me imaginaba que tenías dinero, pero has superado mis expectativas —se abrumó más.
—No quiero que te sientas incómodo con eso —apretó su rodilla con la mano—. Además, tú tienes tanto para darme —esbozó una sonrisa tierna y adorable, dejando de mirar el camino sólo para dedicarle esa sonrisa a su novio—. Eres mi vida, así de simple.
—Y tu padre… él piensa que estoy contigo sólo por tu dinero —era algo que no había podido sacarse de la mente desde que lo conoció.
—Él no entiende, no sabe nada y no le des importancia siquiera a su existencia —su tono dulce y amable cambió drásticamente a uno completamente hostil.
Yuuri no dijo más, no quería arruinar ese gran día con un discurso sobre la importancia de que se reconciliara con ese hombre. Se limitó a inclinarse hacia su amado y depositarle un lindo beso en la mejilla seguido de un suave "Gracias" para después entrelazar sus dedos con los de él, sin quitarle la mano de su pierna. Ese pequeño gesto: sentir la mano pesada y grande de Viktor sobre su muslo, se había convertido de pronto en una de sus cosas favoritas.
Iban en un agradable silencio, Viktor encendió la calefacción y Yuuri le agradeció con una caricia en el dorso de su mano aún atrapada por él.
—Conduces muy bien —lo elogió con una sonrisilla bailando en sus labios.
—¿Quieres conducir un rato? —ofreció con naturalidad. Lo que Yuuri no sabía era que el ruso jamás ofrecía su auto a nadie, le gustaba demasiado y lo cuidaba mucho como para permitir que alguien más siquiera tocara el volante.
—Uhmm, no creo que quieras prestármelo.
—¿Por qué? No nos perderemos, te diré por dónde ir y dónde girar.
—No sé conducir.
—¡¿Qué?! ¿Es en serio?
—Jamás fue una necesidad. En casa hay tantos medios de transporte que nunca tuve la necesidad.
—Bueno, tendré que enseñarte.
—¡¿En este auto?! Dios, no.
Viktor rio.
—¿Quieres que lo estrelle contra un poste? —continuó el japonés.
—No lo harás, yo te diré cómo hacerlo, es fácil.
—Bien —suspiró, ya se estaba poniendo nervioso, pero se distrajo al ver que estaban pasando al lado de un parque muy bello. La gente caminaba con sus mascotas entre los largos y frondosos árboles.
—Solía ir muy seguido a ese parque —mencionó Viktor al ver a Yuuri tan interesado—. Era de mis sitios favoritos. Allá —señaló un punto indefinido del lugar—, cuesta abajo hay un lago que en invierno se congela y mucha gente va a patinar. Papá solía llevarnos a Aleksi y a mí. Ellos jugaban hockey y yo practicaba mis rutinas —sonrió con nostalgia. Al Dimitri de esos años no le tenía resentimiento.
—¿Podemos ir un día?
—¡Seguro!
Llegaron al supermercado y como pareja de recién casados fueron por un carrito y entraron felices por hacer algo tan simple y común, rutinario para muchos.
Viktor era de las personas que iban echando al carrito de compras todo lo que se les antojaba o lo que se les cruzaba en el camino.
No llevaban ni veinte minutos en el lugar y Yuuri ya empujaba un carrito rebosante de comida chatarra.
—Amor, deberíamos comprar las provisiones para hacer de comer el resto de la semana.
En cambio, Yuuri era tan organizado que cuando iba al súper (Antes lo hacía con Phichit en Detroit) llevaba una lista de compras, o en caso de no traerla, pensaba en las posibilidades de platillos para la semana. Antes no sabía cocinar, así que su mejor amigo y él siempre se limitaban a comprar ingredientes para comidas simples y rápidas. Pero ahora que sabía hacerlo, iba a lucirse con su amado y haría feliz a su estómago.
—Cierto, cierto —se llevó una mano al mentón y puso expresión seria, pero ésta se transformó en una llena de ilusión al ver un aparador con diferentes tipos de helado, justo detrás de su novio—. ¡Yuuri! Llevemos ese de chocolate con chispas de chocolate. ¡Y este de sabor brownie! ¡Y este otro de chocomenta! ¿Si? ¡¿Si?!
—No sé por qué me estás preguntando eso si ya metiste dos litros de cada uno al carrito —quiso sonar serio, pero la risa le ganó. Su amado era un niño crecido, no había remedio.
El japonés se dedicó a recolectar lo indispensable para tener una alimentación sana y balanceada mientras que su pareja se emocionaba cada vez que miraba golosinas y comida chatarra que -debía ser sincero- él también amaba. Pero no podía sucumbir ante sus deseos de comer tanta porquería. Le había costado mucho llegar a su peso ideal, no lo estropearía.
De pronto Viktor desapareció. Yuuri pensó que seguramente se fue a buscar el pastelillo con más calorías de toda la tienda, así que aprovechó para terminar de encontrar lo que necesitaba.
Llegó al área de farmacia y con algo de vergüenza se acercó al pasillo de los preservativos. Definitivamente tenía que llevar un par de cajas. Se entretuvo viendo la variedad de colores, sabores y texturas que había, también halló diferentes tipos de lubricantes y afrodisiacos extraños. Desechó de inmediato la idea de llevar de éstos últimos, ellos definitivamente no los necesitaban.
Tomó un paquete con bastantes preservativos tamaño jumbo en una mano, pero luego hubo otra cajita que llamó su atención. La tomó en su mano libre y leyó el curioso empaque.
—¿Condones que brillan en la oscuridad?
El japonés pegó un brinco y se asustó tanto que su amado tuvo que abrazarlo. No lo había visto acercarse porque últimamente Viktor tenía la manía de aparecerse por detrás para abrazarlo y susurrarle cosas al oído, tal como en ese momento, claro, esa vez no pudo abrazarlo del todo bien, pues traía en sus manos muchas cosas que luego echó al carrito.
—¿Los quieres llevar? —inquirió de nuevo.
—Y-yo sólo estaba viendo —se puso demasiado nervioso, su rostro era tan rojo como una frambuesa.
El ruso miró lo que sostenían las manos de su novio, en una tenía una caja y en la otra el curioso paquete.
—Hay que llevar suficientes provisiones —tomó lo que tenía Yuuri en las manos y lo echó sin duda al carrito, luego miró el aparador y tomó un par de cajas surtidas con preservativos de sabores y colores—. Hay que probar estos —echó tres cajas más de esos que brillan en la oscuridad—. Va a ser divertido —soltó una risita cantarina y siguió viendo los estantes, tomando todo lo que le parecía necesario, como más condones y lubricantes de diferentes tipos.
—A-amor, nos están observando —murmuró en voz bajita, aún muy sonrojado y mirando de reojo al hombre que estaba parado junto a ellos, haciendo también sus compras.
Él los miraba con una expresión de asco, a lo cual Viktor respondió con una amplia sonrisa cínica, justo antes de vaciar un estante de condones, echándolos todos a su carrito ya desbordante.
Las mejillas del extraño se tornaron ligeramente rojas antes de darse media vuelta e irse lejos de ellos.
—Viktor, eres increíble —contuvo sus inmensas ganas de reír. El aludido sólo se encogió de hombros y siguió haciendo compras con su amado.
Cuando se encontraban haciendo fila en cajas, ambos comenzaron a bostezar con fuerza. El jet lag les había afectado más de lo esperado y con sólo pensar en todo lo que tendrían que llegar a guardar, les daba mucha pereza.
De regreso a casa encendieron la radio y encontraron una estación con noticias sobre famosos. Curiosamente estaban hablando sobre ellos dos, gran coincidencia.
La locutora hablaba sobre ellos y su hermosa relación que era revelada a cuentagotas por ambos en sus redes sociales. Se quejaba un poco de que ambos habían dejado de publicar tan seguido sobre sus vidas, pero lo justificaba con el hecho de que la estaban pasando tan bien que no pasaba por sus mentes ocuparse de sus fans en esos momentos.
—Tiene razón —se rio el ruso, tratando de recordar cuándo fue la última vez que entró a Instagram, había sido aquel día cuando los descubrieron teniendo sexo en el cine.
Yuuri tomó su teléfono y entró de inmediato a las redes sociales, encontrando miles de notificaciones de sus fans, preguntando por su vida actual, su relación con Viktor y sus futuros planes. También había miles de comentarios de la gente en aquella foto que Viktor les tomó al salir del cine. La gran mayoría había entendido la indirecta, así que dejaron comentarios de todo tipo, casi todo ellos eran de emoción incontenible.
—Amor, voltea un segundo —le pidió con todo el cariño del mundo.
Viktor obedeció y sonrió como pocas veces, sus ojos brillaban, sus mejillas resplandecían y sus labios rosas se veían más rosados y vivos que nunca. Yuuri le daba color a su vida, literalmente.
Y justo en ese momento, el menor tomó una selfie de ambos, tomándolo por sorpresa.
—Creo que podemos tener este pequeño detalle para ellos —dijo, refiriéndose a sus fans.
Editó la fotografía y la subió a Instragram con los siguientes hashtags: # #Shopping #NewLife. Eso daba a entender muchas cosas, suficientes para que los fans entraran en crisis de locura.
—¡Hay que tomar más fotos! ¡En el departamento, con Makkachin! —casi brincó de felicidad en su propio asiento. No tardaría en ser de nuevo el viejo Viktor, ese que subía fotos a las redes sociales cada cinco minutos.
—Me parece perfecto —ahora fue él quien puso su mano sobre el muslo de Viktor, sólo que lo hizo más arriba de lo normal, por la parte interna.
—Yuuri —canturreó en modo sugerente, apretando el volante entre sus manos—. ¿Quieres estrenar los que brillan en la oscuridad?
—No —respondió seriamente—. No quiero esperar hasta la noche para hacerlo. He aguantado mucho tiempo, no puedo esperar —subió un poco más su mano.
—¡Yuuri! —exclamó—. Si sigues haciendo eso, me estacionaré en el primer lugar que encuentre y te tomaré aquí mismo —no bromeaba.
—¿Qué lugar seguía en nuestra lista?
El ruso tragó en seco y pisó el acelerador, les faltaba muy poco para llegar a casa. Prefería hacerlo en la comodidad de su cama, no quería interrupciones.
Durante el camino, Yuuri siguió acariciándolo, pero no se atrevía a hacer mucho, por seguridad de ambos. Temía que su amado se saliera del camino.
Llegaron al estacionamiento en el sótano del edificio y Yuuri le pidió a su novio que abriera la cajuela del auto.
—Déjalas ahí —se quitó el cinturón de seguridad—. Vamos a la acción.
—Pero traemos comida que se puede echar a perder.
El ruso se mordió un labio. Yuuri tenía razón y no entendía cómo podía pensar con claridad cuando él en lo único que pensaba era en comérselo ahí mismo.
Tomaron todas las bolsas y con dificultad se dirigieron apresurados a su departamento. Procuraron colgarse las bolsas de todas partes, para evitar así tener que dar una segunda vuelta.
Iban tan cargados que no pudieron darse los mimos que querían hacerse. Así que se limitaron a decirse cositas durante el camino. Si no tuvieran todas esas bolsas, lo hubieran hecho ahí mismo, en el elevador.
—Te voy a hacer tantas cosas.
—¿Cómo qué, Vitya?
Quería acercársele, pero temía que se le cayera una bolsa. Ambos iban atiborrados con sus compras.
—No puedo decírtelas aún, algunas quizás ni siquiera sean legales.
—Dios mío —tragó en seco—. ¿Y cuándo haremos…? Ejem, tú sabes a lo que me refiero.
—¿Mi fantasía? —sus ojos se obscurecieron en deseo—. Pronto, cariño, muy pronto.
Se morían por manosearse, y al no poder hacerlo, salieron casi corriendo del elevador cuando llegaron a su piso. Caminaron con premura por el pasillo, pero se detuvieron abruptamente al ver a alguien sentado en el suelo, recargando la espalda contra la puerta principal.
Viktor lo vio y se espantó, pensando lo peor. Por un momento pensó que quizás le había ocurrido algo a su abuelo, pues la escena de hace unos años se estaba repitiendo con él sentado de esa forma en el suelo del pasillo.
—¡Ya era hora de que llegaran! —su rostro feliz y sus palabras hoscas no tenían relación, pero así era él.
—¡Yurio! —sonrió el japonés, feliz de verlo después de tanto tiempo.
—¿Está todo bien? —la calentura desapareció en Viktor, quien de inmediato lo recorrió con la mirada, buscando alguna lesión o algo de lo qué preocuparse.
—Sí —se puso de pie y sintió el impulso de ir y abrazarlos, lo cual hubiera ocurrido si no hubieran estado tan cargados con sus compras—. Vi la publicación del cerdo y noté que estaban en tu auto, así que supuse que al fin se habían mudado juntos. Ya era hora, estúpidos. Aunque debieron de tener la mínima decencia de avisarnos a todos, han estado desaparecidos por un tiempo—replicó mientras se acercaba a Viktor y metía la mano en su bolsillo.
—Yurio, no es necesario que tú… uhm.
Pretendía buscar las llaves y ayudarlos con las compras. Pero sus buenas intenciones desaparecieron cuando sus dedos rosaron algo extraño y duro que no estaba dentro del bolsillo, pero sí debajo de la tela del pantalón.
—Oh-por-Dios —sacó la mano en cámara lenta y con los ojos muy abiertos, totalmente espantado—. ¡Oh por dios! ¡No! ¡Tendrán que cortarme la mano! —agarró su muñeca con la otra mano que no se había "contaminado" —. ¡Córtenme la mano! ¡Ya! —corría sobre su propio lugar, nervioso y en total pánico.
Estaba dramatizando, pero era justificable. A ninguno le gustaría sentir el miembro medio erecto de su 'hermano' ni por accidente.
—Te dije que no lo hicieras —suspiró el ruso con resignación, un poco avergonzado. Sus mejillas estaban coloradas.
—¡¿Qué demonios venían haciendo ustedes dos?! —seguía brincando hiperactivamente en su mismo sitio—. No, mejor no me digan, no quiero enterarme de sus cochinadas.
—Son las mismas "cochinadas" que haces con tu novio Otabek.
—¡Ah, cállate, anciano!
Viktor se carcajeó. Le echó encima un par de bolsas al rubio y se fue a abrir la puerta, éste seguía suplicando que le cortaran la mano y Yuuri no contenía sus ganas de reír por ello.
Una vez dentro, dejaron las bolsas sobre la mesa del comedor principal y el más joven corrió al baño para lavarse las manos con lejía.
—¿En serio tocó tu…?
—Ni lo menciones —sí le daba un poco de vergüenza.
El japonés frunció los labios con disgusto.
—¿Estás celoso? —inquirió entre risillas.
—Debería de estarlo, él ya te tocó y yo no lo he hecho en semanas —se cruzó de brazos.
Viktor se llevó ambas manos a la boca para contener su carcajada, pues Yurio volvía del baño con sus manos enrojecidas por tanto tallarlas.
—¿Y qué haces aquí? —inquirió el mayor, curioso.
Yurio alzó una ceja y lo miró en silencio unos segundos, preguntándose a sí mismo si Viktor era en verdad torpe.
—Quería verlos.
Era mucho más de lo que tiempo atrás hubiera admitido.
—¿Te quieres quedar a cenar? —ofreció el japonés.
Los ojos verdes del menor se iluminaron por completo. No respondió con palabras, sólo asintió enérgicamente y fue en dirección a las bolsas sobre la mesa. Comenzó a desempacar las compras, yendo a la cocina para guardar las cosas.
—Está muy feliz —murmuró Viktor, cruzado de brazos junto a Yuuri, ambos mirando cómo el más pequeño se encargaba de guardar todas las compras.
—¿Cómo lo sabes?
—No se fue a pesar del incidente de hace rato.
Yuuri lo miró y sonrió, reconociéndolo un poco más alto que antes, o quizás medía lo mismo, pero lo sentía más maduro. Tal vez eran sus facciones que poco a poco iban cambiando, se veía más adulto. Después de todo ya tenía dieciocho años, estaba por dejar de ser un adolescente.
Entre los tres terminaron de guardar las compras, pero ocurrió algo muy gracioso. Casualmente a Yurio le tocó abrir la bolsa con todas las provisiones privadas de sus dos amigos.
—¿Pero qué demo…?
—Oh, esos los guardaré en el baño y otros en la recámara —murmuró con simpleza antes quitarle la bolsa de las manos y mirar su contenido.
—¿Planean hacer una campaña de prevención del SIDA o qué mierda? —se escandalizó un poco.
Viktor sólo revolvió el contenido de la bolsa con una mano, hasta que encontró lo que buscaba.
—Toma, llévate estos. Se supone que brillan en la oscuridad, Yuuri y yo aún no los probamos, pero podrías usarlos con…
—¡Demasiada información! —se llevó ambas manos a los oídos, sin embargo, segundos después extendió el brazo y arrebató el paquete de condones de la mano que se los extendía.
—Mi pequeño hermanito está creciendo —se limpió una lágrima inexistente—. Hace años te cambiaba los pañales y ahora te proveo de protección.
—¡Cállate y no me obligues a patearte el trasero! —lo amenazó, verdaderamente sonrojado.
—La tía Yulia estaría muy conmocionada —murmuró con serenidad, mirando a Yurio fijamente. El rostro de éste se suavizó ante la mención de su madre.
El japonés miraba la escena como si fuera el expectante de una película cómica.
Yurio se dio media vuelta y se encaminó a la cocina.
—Haré algo de cenar. No quiero terminar envenenado por tu culpa —fue diciendo mientras caminaba, escondiendo su expresión llorosa de su "hermano mayor" y del "cerdo".
Yuuri se le unió en la cocina a Yurio, éste le explicó con detalle cómo hacer ciertos platillos, le dio tips de cocina y le enseñó lo que llevaba aprendido en la universidad. El japonés se sorprendió por la habilidad del otro para cortar, y preparar los alimentos. No había tardado mucho en tener casi finalizada la cena.
Viktor tuvo estrictamente prohibido ingresar a la cocina mientras la estufa estuviera encendida. Temían que ocurriera una catástrofe. Además, ya había estado ahí sólo cinco minutos y ya había tirado accidentalmente unas zanahorias ralladas, pensando que eran desechos y no parte de la ensalada. Yurio se había enojado mucho y lo corrió a gritos.
El pobre de Viktor se fue a esperar a la sala, junto con Makkachin, quien por cierto, sí tenía acceso a la cocina.
—¿Cómo estás llevando esto? —preguntó de pronto el rubio.
—Bien, no se me ha quemado la salsa —se emocionó.
—No seas idiota. Hablo de ti y de Viktor.
—Oh… —sonrió de oreja a oreja, como toda una colegiala enamorada, no, como una esposa en su etapa de luna de miel—. Va perfectamente. Nos conocemos mejor, ahora tenemos una mejor comunicación y nuestro amor es aún más fuerte que antes, o al menos eso siento.
—El anciano está de verdad feliz —dejó la estufa en paz y lo miró fijamente a los ojos, con su mirada de soldado—. Tú también estás desbordando felicidad. No sean tan idiotas como para arruinarlo de nuevo.
—Nada lo hará. Ya conocí a su exesposa y debo admitir que me sentí un estúpido al darme cuenta de que es una buena mujer, algo loca, pero buena.
—¡¿Ya la conociste?! ¿Cuándo?
—Larga historia.
—Al menos ya sabes que vive abajo ¿cierto?
—Sí —se rio.
—¿No te incomoda?
—Un poco, pero ya lo hablaré con Viktor —suspiró.
—Yo sólo puedo decirte que no tienes nada de qué preocuparte. Si esos dos hubieran querido tener algo, ya lo habrían tenido en estos últimos años —se encogió de hombros—. En verdad no tienes nada de qué preocuparte. Mejor ve viendo cómo hacerle para escapar de sus cursilerías —hizo cara de asco.
—Pero a mí me gustan.
—Cierto, casi olvidaba que eres igual de empalagoso que él —bufó.
—¿Ya puedo entrar a la cocina? —la tierna vocecilla de Viktor se dejó escuchar.
—Ni se te ocurra —lo apuntó con un cucharon—. Da unos pasos atrás, Nikiforov —lo amenazó con media sonrisa retadora en los labios y con sus ojos verdes refulgentes. Había extrañado molestar a esos dos.
—Si tan sólo pudieras notar lo infantil que te ves en estos momentos —arguyó el mayor, enfurruñado.
—No más que tú, seguramente —apuntó sus mejillas infladas.
Yuuri sólo se echó a reír y fue hacia su amado, dándole un beso en la mejilla y entregándole la vajilla para que fuese poniendo la mesa.
Durante la cena, Yurio les habló de todo aquello que no les platicó en esos años. Habló sobre Otabek, la universidad, sus amigos, su abuelo, el patinaje, Yakov, Lilia, sus clases de ballet obligatorias y sobre un viaje que hizo a Kazajistán.
Viktor y Yuuri lo escucharon muy atentamente, disfrutando en grande de esa cena. Por primera vez en mucho tiempo se sintieron en familia. Era la primera noche de Yuuri en San Petersburgo y no podía ser mejor.
Terminaron de cenar para luego irse a la sala y seguir charlando. Los dos rusos se embutieron casi un litro de helado cada uno mientras que Yuuri había decidido prepararse un poco de té caliente. No entendía a los rusos extraños e inmunes al frío.
Viktor se levantó de la sala y fue al baño. Ese momento lo aprovechó Yuuri para charlar algo importante con su amigo.
—Sobre el viaje a Kazajistán que nos platicaste hace poco… —sonrió pícaramente—. No fuiste sólo a pasear ¿No es así?
El pequeño se revolvió en su asiento, nervioso.
—No. Otabek me llevó para que pudiera conocer formalmente a su familia. Me presentó a sus padres —se llevó una gran cucharada de helado a la boca.
—¿Te trató bien en tu primera vez?
El pobre escupió todo el helado sobre el cojín favorito de Viktor. Estaba más rojo que la grana y Yuuri casi juró que escuchó el latir desenfrenado de su corazón.
—Lo pregunto porque es obvio que tienes una vida sexual activa, después de todo aceptaste los condones que te ofreció Viktor hace rato.
—Uhm… —se rascó la nuca con incomodidad y desvió la mirada al suelo. El sonrojo no disminuía en toda su faz.
—Lo siento, creo que estoy siendo algo entrometido —se disculpó, avergonzado también.
—No, en realidad no he podido charlarlo con nadie más. Otabek… bueno, él es mi mejor amigo y mi novio, pero luego de él… —le estaba costando mucho decir aquello—… tú eres el siguiente. No tengo a nadie más a quién platicarle estas cosas.
—Está tu abuelo.
—¡No voy a hablar de sexo con mi abuelo! —se espantó.
—¿Viktor?
—No es gracioso, Katsuki.
El aludido se rio un poco, antes de guardar silencio y mirarlo con total asombro.
—¿Quieres hablar de sexo conmigo? —se extrañó bastante.
Yurio puso los ojos en blanco y por un momento casi se arrepiente de ello.
—Sí, cerdo, sí.
—¿¡Lo dices en serio?! —se emocionó mucho.
—Ya. Tampoco te emociones tanto. Te lo platico a ti porque eres más viejo que yo y porque… bueno, tienes más experiencia en estas cosas. Y no me molestas como lo hace el anciano.
—Bueno, platícame ya —sonrió, ansioso.
—Nuestra primera vez fue… incómoda, no fue perfecta, como muchos dicen.
Yuuri rio.
—Para eso son las primeras veces, para estropearlo y hacerlo mejor en las siguientes.
—Bueno… —se puso nervioso—. Beka fue muy… lindo. No fue perfecto, pero sí inolvidable —suspiró y cerró los ojos—. Fue tan cuidadoso que no lo hicimos sino hasta que fui mayor de edad ¿Sabes lo frustrante que fue eso?
—No realmente —se rio—. Yo seguía virgen a los veinticuatro —se encogió de hombros y se sonrojó hasta las orejas cuando el otro lo miró con una cara llena de sorpresa e incredulidad.
—Virgen a los veinticuatro —murmuró sin creerlo.
—Oh vamos, ya no lo repitas que no suena muy bien —se rio—. ¿Entonces Otabek y tú no hicieron nada hasta tu mayoría de edad?
—Hicimos cosas, pero no las hicimos completas hasta que tuve dieciocho. A veces es desesperantemente caballeroso —sus ojos sonreían en su máximo esplendor a pesar de que sus labios tenían a penas una pequeña curvatura.
Yuuri no pudo evitar soltar una exclamación llena de ternura, la cual no fue muy bien vista por el rubio, quien se le quedó mirando muy raro durante eternos segundos.
—Vuelves a hacer esa exclamación y juro que te pateo el culo —masticó cada palabra.
Yuuri sólo puso los ojos en blanco y soltó una pequeña risa.
—¿Solucionaste ese problema que tenían con los celos?
—Sí —sonrió—. Lo hablamos y todo fue bien. En realidad resultó que Beka tenía razón y yo le gustaba a ese amigo —se encogió de hombros—. Intentó sobrepasarse conmigo y yo estuve a punto de darle su merecido, pero Beka se me adelantó y fue asombroso —le brillaron los ojos al recordar el heroico momento.
Yuuri iba a hacer la misma exclamación cursi, pero temió por su culo y no lo hizo.
—Oh… no te había mostrado esto —se metió la mano por el cuello de la camiseta hasta encontrar una fina cadena que sacó con mucha facilidad, de ella colgaba un bello anillo—. Otabek me lo regaló en la noche del baile de graduación —sonrió como bobo al recordar aquello.
—¡Yurio! Ese tipo de anillo…
—Lo sé, no es cualquier anillo, investigué al respecto —se sonrojó—. Pero él no me ha dicho nada, estoy esperando a que lo haga.
—Tienen toda una vida por delante, aún son jóvenes, así que disfruta cada momento. Ya tendrán tiempo suficiente para ese tipo de compromisos —soltó una risilla.
—¿Qué es tan gracioso, cerdo?
—Es que es como si él ya te hubiera separado. Ya eres exclusivamente de él y no te lo ha dicho.
—Ni siquiera necesita decírmelo —miró el bello anillo—. Yo ya soy parte de él y él de mí —lo dijo con tanta naturalidad que Yuuri sintió mariposas en su estómago, recordando a cierto ruso travieso.
—Por cierto… —ahora fue el turno de Yuuri para mostrarle el anillo que colgaba de su cuello, seguido del que tenía en su mano derecha.
—¿Por qué tienes ambos?
—Estoy buscando la manera de regresárselos a Viktor sin que piense que no los quiero. Sé que iba a pedirme matrimonio, pero yo eché a perder todo en aquel entonces. Quiero redimir mis errores.
—Pues dáselos y ya.
—No es tan fácil.
—Pero claro que sí.
Yuuri le sonrió y en ese momento volvió Viktor a la sala, tallándose los ojos como niño pequeño que tiene sueño y quiere irse a la cama. Ciertamente no era muy temprano y los dos mayores aún estaban cansados por el viaje.
—Me voy —el rubio se puso de pie y metió ambas manos a los bolsos de su chamarra antes de encaminarse a la entrada y tomar ahí su abrigo.
—Es tarde, déjame llevarte —se ofreció el mayor.
—No exageres, vivo a unas cuadras —rodó los ojos.
—Me sentiría más tranquilo si te lleva a casa —intervino Yuuri. El aludido lo miró unos segundos antes de terminar aceptando. No lo admitiría directamente, pero al cerdo pocas cosas le negaba, le tenía un cariño fraternal muy fuerte.
Cuando Yurio se subió al auto y notó la calefacción, de inmediato se quejó.
—Yuuri es muy friolento.
—Ese cerdo… —masculló con una sonrisilla.
—Ya conoció a Irina —soltó de repente el mayor, sentía que debía soltarlo.
—Lo sé, me lo platicó.
—¡¿Y qué te dijo?!
—Nada —se encogió de hombros—. Al parecer le cayó bien.
—Estoy preocupado.
—En serio, viejo. Estás exagerando las cosas, él ya no es como antes, pensé que lo habrías notado.
—Tienes razón —suspiró.
—Es que me preocupa la posibilidad de que esté conteniendo lo que en realidad siente y que poco después pueda explotar. Me da pavor.
—Háblalo con él, es la única manera de solucionarlo.
—Lo sé, lo sé —gruñó con fastidio—. Es sólo que ahora mismo estamos tan felices que temo mucho arruínalo y que todo sea un desastre.
—Tú eres un desastre y el cerdo te ama —se encogió de hombros por millonésima vez.
Viktor dejó a Yurio en su casa, y cuando regresó a la propia llegó muy feliz, pensando en que podría retomar lo que dejó a medias en el ascensor, pero en cambio se encontró con un bello durmiente sobre su cama.
Yuuri estaba recostado sobre el edredón, todavía con su ropa normal. El pobre se había quedado dormido esperándolo. Se había tardado por haberse quedado afuera de la casa de Yurio, platicando con él en el auto antes de que se bajara y entrara a casa.
Desvistió a su amado con cariño y cuidado hasta dejarlo en ropa interior. Lo metió bajo las mantas y luego de desvestirse a sí mismo, se metió a su lado, abrazándolo y con Makkachin durmiendo sobre sus pies, calentándolos.
A la mañana siguiente fue Yuuri el primero en despertar. Experimentó una sensación inexplicable al abrir los ojos y tener el rostro angelical de Viktor a centímetros del suyo. Para él no había nadie más hermoso en el mundo. El río de saliva corriendo por su mejilla pasaba a segundo plano cuando observaba su expresión serena, su rostro masculino tan atractivo y perfecto.
Si se ponía a observarlo así de cerca, podía decir muchas cosas bellas de él y su atractivo, pues podía ver cosas que quizás nadie más notaba. Tales como:
Sus pequeñas y casi imperceptibles pecas sobre la piel de sus pómulos eran divinas, no cualquiera tenía el privilegio de observarlas tan de cerca, ni siquiera de saber de su existencia.
También estaba el ángulo de su mandíbula, tan marcado, tan masculino y perfecto. Le daban ganas de morderlo hasta el cansancio. Viktor lo tacharía de loco fetichista, pero poco le importaba.
Todo su rostro era perfecto, pero otra cosa que amaba de él, eran sus espesas y largas pestañas del mismo color de su cabello. Seguramente había muchas mujeres celosas por esas pestañas tan bellas. Yuuri las comparó con las propias y rio al darse cuenta en la gran diferencia. Las pestañas de Yuuri eran muy cortitas, pero en abundancia.
Subió más su mirada hasta toparse con esa frente medio despejada debido al peinado loco que tenía Viktor después de moverse tanto durante la noche (Viktor era un huracán en la cama, y no, no en ese sentido). Yuuri no sabía cómo hacerle ver a su novio que en realidad amaba esa parte de su cuerpo, si por él fuera, se la pasaría todo un día besándola. Le daba ese toque especial a Viktor, ese toque interesante y único.
Finalmente y con pereza, se levantó de la cama dándose cuenta de su poca ropa. Vio la camisa que Viktor había usado un día antes, reposando sobre el diván al pie de la cama. No lo pensó dos veces para tomarla con confianza y ponérsela encima, sin abrochar, sólo para no resentir el fresco. Aspiró profundamente y a sus fosas nasales llegó el delicioso aroma a Viktor, a su colonia mezclada con su sutil aroma masculino. Esa camisa olía al misterioso perfume de Viktor, olía a hombre.
Se dio cuenta de que su amado había puesto la calefacción en el departamento, pues su celular indicaba 8°C en la ciudad y ahí dentro podía andar semidesnudo cómodamente.
Sintió un poco de pena por su novio, pues éste sí tenía calor, se notaba por su forma de dormir. Así que fue directo al termostato, acomodó la temperatura y se dirigió a la cocina para prepararle una sorpresa.
El ruso abrió los ojos cuando percibió un delicioso aroma a comida. Tardó unos segundos para ubicarse en tiempo y espacio. Estaba en su casa, con Yuuri, los dos estaban juntos, felices, y no era un sueño. Una sonrisa inmensa se abrió paso en su expresión antes de que rodara por la cama y diera suaves patadas al colchón. Estaba que rebosaba de felicidad, no podía creerlo aún.
No se molestó en vestirse, se fue directo a la cocina, sólo en calzoncillos.
Sintió algo extraño en la base del estómago cuando lo vio de pie allí, dándole la espalda y cocinando algo que olía a huevos y jamón. ¡Se veía increíblemente adorable! Traía su camisa, ésta le quedaba muy grande, así que alcanzaba a cubrirle por debajo del trasero. Sus hermosas y torneadas piernas se veían tan perfectas que tuvo ganas de ir y darle un mordisco a cada muslo.
Se quedó de pie tras él, observándolo de lejos mientras se movía de un lado a otro en la cocina, cortando, lavando y abriendo todas las puertecillas y cajones para encontrar las cosas necesarias. Fue hasta poco después cuando Viktor se percató de los audífonos en sus oídos. Estaba escuchando música y quizás por eso no se había percatado de su presencia allí.
Lo observó en silencio por un rato más. Tuvo que contener sus ganas de reír cuando vio que su amado comenzaba a bailar al ritmo de alguna canción en su teléfono. Con una mano en la sartén y con la otra sosteniendo la espátula, se movía con buen ritmo, pero no por eso era menos chistoso verlo bailar semidesnudo, descalzo y contoneando las caderas.
Yuuri casi tiró la comida al suelo cuando se percató de que tenía espectadores: Makkachin y Viktor. Éste último en calzoncillos, recargado contra la pared con piernas y brazos cruzados.
—¡V-viktor!
—Lo siento, no quería asustarte —se rio un poco—. Pensé que me despertarías —caminó hacia él hasta rodearlo con sus brazos y darle un beso de buenos días.
—Quería darte una sorpresa —sonrió, totalmente embobado—. Amor, ve a vestirte, te dará un resfriado.
—Tú tienes mi camisa.
Yuuri rodó los ojos mientras sonreía y volvía a cocinar.
—Amor, tienes varios cuartos llenos con tu ropa, ve a ponerte algo.
Viktor le dio un besito travieso en el cuello antes de ir y hacer lo que le dijo.
Cuando regresó, Yuuri seguía cocinando. Aprovechó que de nuevo no se había percatado de su presencia para acercársele. Lo tomó de su angosta cintura con una mano mientras lo pegaba a su cuerpo y besaba su cuello, apretándole el trasero con la mano libre.
El cuerpo entero de Yuuri se estremeció e incluso jadeó. Fue la distracción perfecta para no darse cuenta de que su amado se estaba robando un trozo de tocino.
—¡Ey! —le reclamó luego de ver cómo se lo comía—. Ve a la mesa, ahora mismo te sirvo —le codeó las costillas al ver que no deshacía el abrazo por atrás.
El otro, con la boca llena, le dio un beso de piquito en los labios, sabor tocino. Yuuri por poco y le da en la cabeza con la sartén. Su amado lo sacaba de quicio (En buen sentido).
Luego de desayunar, se arreglaron un poco para salir a caminar por las calles, a pie para pasear a Makkachin.
Estaban tan cegados en su bella burbuja de amor, que no estuvieron al pendiente del pronóstico del clima, y una lluvia repentina los atrapó en medio de la calle.
En esta ocasión Viktor fue precavido, ya que traía consigo un paraguas de mano. Los tres se refugiaron debajo de éste hasta que encontraron un lugar dónde tomar un café mientras su preciada mascota los acompañaba.
La mañana se les fue volando, sus charlas parecían no tener fin. Viktor le respondía preguntas a Yuuri, preguntas de fan a ídolo. El ruso se regocijaba como loco.
—¿Modelo? —inquirió, sorprendido.
—Sí. Cuando era más joven me ganaba la vida patinando, los patrocinadores llovían y con ello pude vivir independientemente cuando comencé a vivir por mi cuenta.
Yuuri se sonrojó.
—Recuerdo haber comprado todas las revistas en las que salías, pero nunca te vi como… modelo. ¿Podrías mostrarme esas fotos?
—¡Pero claro! —se emocionó mucho—. Creo que los catálogos deben estar en alguna caja del armario —se llevó una mano al mentón, pensativo.
—Espera… ¿Dijiste "Catálogos"? ¿Q-qué tipo de modelo eras, Viktor?
—¿Nunca viste los catálogos de Calvin Klein?
A Yuuri se le cayó el alma hasta los pies.
—¡¿Qué dijiste?! ¡¿Calvin Klein?! Por Dios… —se llevó ambas manos a las mejillas. Todos sus gestos eran por completo los de un fanboy.
Puso ambas manos sobre la mesa y se inclinó sobre Viktor, mirándolo desde un poco más alto.
—Tienes-que-mostrármelas-ahora.
El ruso aguantó sus ganas de reír. Amaba ver a Yuuri en modo fan. Sentía una mezcla de ternura y emoción muy grande. Le daban ganas de agarrarlo a besos y no soltarlo hasta terminar extasiado.
No lo hizo esperar y se fueron juntos de regreso al departamento. Ahí buscó en el armario por un rato hasta que dio con la vieja caja, empolvada y repleta de catálogos que aún conservaban su cubierta de plástico. Viktor ni se había molestado en sacarlas de su empaque.
Yuuri esperaba afuera del armario, caminando de un lado a otro, muy ansioso.
Cuando Viktor salió del closet con la caja en sus manos, Yuuri se la arrebató de inmediato y corrió a sentarse sobre un tapete afelpado que había en la habitación. Parecía niño chiquito en la mañana de navidad a punto de abrir sus regalos.
Destapó la caja y sus ojos se agrandaron al observar la primera revista. Viktor estaba en la portada.
En la portada posando muy sensualmente con sólo un bóxer negro.
¡Sólo un bóxer negro!
Yuuri se dejó caer de espaldas, con la revista aún entre sus manos y literalmente babeando. El pobre necesitaba procesar toda esa información. Se creía el fan número uno de Viktor y ni siquiera estaba enterado de esas revistas.
Viktor modelo… ¿El hombre podía ser más perfecto?
—Amor, ¿Estás llorando? —se le acercó con cautela. Nunca había visto a su novio emocionarse así.
—No sabía que fuiste modelo —sorbió su nariz fuertemente, tirado en el tapete y abrazando la revista.
—Lo hice para ganar un poco de dinero. En esas fechas aún no tenía acceso a mi herencia, era menor de edad y no quería que Yakov o Lilia me apoyaran económicamente. Además, la situación con mi padre era muy complicada desde entonces.
—Oh por Dios —seguía lloriqueando, abrazando la revista y tomando más de la caja sin siquiera moverse de su lugar. Abrazó todo el montón de ejemplares diferentes y siguió lloriqueando.
—Yuuri ¿Acaso escuchaste algo de lo que te dije?
—Oh por Dios —repitió.
No, no le había prestado atención.
Decidió dejarlo solo cuando comenzó a rodar de un lado a otro, sin soltar lo que abrazaba. Viktor contuvo sus carcajadas y salió del cuarto. Esta vez ni siquiera Makkachin quiso quedarse con el japonés.
Después de digerir un poco la noticia de que su novio había sido modelo de Calvin Klein, se incorporó hasta quedarse sentado en pose india sobre el tapete, y así miró con detenimiento la primera revista que había tomado.
Viktor se veía… apetecible. Sí, no había mejor palabra para describirlo que esa. A Yuuri le afloraba un instinto animal con sólo verlo a esa edad, posando para las cámaras con sólo un bóxer cubriendo esas partes que ahora conocía tan bien. Todo eso, sumando el hecho de que tenía el cabello hasta por debajo de la cintura… Dios, Yuuri estaba a punto de sufrir una hemorragia nasal.
Miró el primer catálogo, el cual parecía haber sido su primer trabajo. Viktor posaba con más chicos y chicas, todos se veían mayores, pero ninguno tan hermoso como él. En todas las fotos portaba un tipo de ropa interior diferente, los colores variaban y las poses también. No podía creer que a esa edad Viktor tuviera ya tan buen cuerpo, menos podía creer aún que en ese entonces había portado el traje de eros, mismo que usó hace unos años.
Se pasó horas ahí encerrado, viendo hoja por hoja de los catálogos. No todos eran de ropa interior, pero igualmente los disfrutaba. Ver a Viktor con ropa de diseñador y a esa edad… era simplemente sublime.
Poco antes de que terminara de verlos todos, alguien tocó a la puerta.
—Amor, estoy aburrido —hizo un tierno puchero, asomándose a medias por la puerta—. ¿Sigues viendo esas cosas?
—Casi termino —le dijo sin siquiera verlo, estaba igual de emocionado que en un principio, aunque un poco más concentrado. Había dejado un separador en las páginas donde Viktor le gustaba más.
El ruso caminó desganado hasta su lado, sentándose en el tapete, hombro con hombro y mirando lo que hacía.
—¿Qué ibas a hacer con todos estos ejemplares? —inquirió, mirando la expresión confundida de su amado.
—Tirarlos —se encogió de hombros—. Sólo acumulan polvo.
—¡NO! No puedes tirarlos —ojeó las páginas con premura, como si las fuera a tirar ya, no quería perderse de ningún Viktor en ropa sexy, ropa elegante, con coleta de caballo, con trenza o con el cabello salvajemente suelto. Los quería todos para él.
Se quedó perdido observando los ejemplares que le faltaban.
Viktor aguardó pacientemente a que terminara.
—Cariño ¿Me regalas estos catálogos? —lo miró con ojitos de cachorro.
—¿Te gustaron tanto?
Asintió repetidas veces, muy entusiasmado.
—Todas tuyas —soltó luego de un suspiro.
Yuuri se le echó encima y lo besó en la mejilla con mucho amor antes de incorporarse y comenzar a acomodar todas las revistas, por orden, dentro de la caja.
—¿Qué haces? —inquirió el ruso al ver que se quedaba con una revista en la mano luego de haber guardado la caja en su lugar.
—Me falta ésta por ver.
—Claro que no. Esa fue la que viste primero, lo sé porque en esa fue la primera vez que trabajé como modelo.
—Uhm… quiero verla de nuevo.
—¿Prefieres pasar el tiempo viendo eso que estar con tu novio?
Viktor infló sus mejillas y frunció el ceño. Sí, estaba celoso de sí mismo.
Yuuri no supo qué responder, tartamudeó un poco. No sabía cómo explicarle que le emocionaba sobremanera tener todos esos ejemplares bajo su dominio.
Pero entonces, Nikiforov tuvo una muy buena idea.
—¿No prefieres que… —lo rodeó por completo con sus brazos—…modele exclusivamente para ti?
Yuuri pasó saliva ruidosamente.
—Tengo en un cajón la prenda de la última página de ese catálogo.
—¿L-la última?
—Sí, la última —murmuró en su oído, mordiéndole el lóbulo antes de separarse de su rostro—. Tú decides: la revista o yo.
Yuuri se zafó del abrazo sólo para poner el catálogo a salvo sobre una repisa, momentos después regresó donde su amado para tomarlo de la nuca y unir así sus labios.
—Muéstrame todo lo que tienes.
No fue necesario decir más.
Viktor cerró la puerta de la habitación para no tener interrupciones caninas y luego se encaminó a su armario. Momentos después salió con sólo un pequeño bóxer blanco de la misma marca de los catálogos.
Las puertas del armario estaban justo frente al diván que estaba al pie de la cama, donde Yuuri esperaba expectante, ansioso.
—Dios mío —se llevó ambas manos al rostro, temiendo que una hemorragia nasal lo atacara.
Viktor portaba solamente esa ropa interior. Dejaba todo su cuerpo expuesto. Su perfecto y bien trabajado cuerpo. Si bien era delgado, tenía los músculos lo suficientemente marcados como para que a Yuuri se le hiciera agua la boca. Ya ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que pudo tocarlo de manera íntima, necesitaba hacerlo ya, sin embargo no quería dejar de observar lo que tenía en frente.
—¿Qué opinas, Yuuri? —hizo una pose demasiado sexy, pasándose ambas manos por el cabello—. ¿Te gusto?
El aludido sonrió de lado en una mueca demasiado provocadora. Sin dejar de mirarlo, se subió por completo al diván, arrastrándose hacia atrás hasta quedar sentado en la cama. Se quitó los zapatos con los pies y al mismo tiempo comenzó a desvestirse hasta quedar sólo en ropa interior. A diferencia de Viktor, Yuuri traía puesto un bóxer color azul marino, también algo pequeño.
Viktor lo observaba desde su lugar, atento y emocionado.
—¿Qué esperas? —alzó una ceja, esperándolo en medio de la cama—. Ven acá, quiero ver esa ropa más de cerca.
El mayor no desobedeció y se subió con premura a la cama.
Yuuri quedó sentado sobre su trasero y apoyó su peso con sus manos estiradas hacia atrás mientras Viktor estaba sobre sus rodillas, demasiado cerca del su amado. El rostro de Yuuri quedaba muy cercano a la ropa interior de su novio.
—¿Así de cerca?
—Más —tomó ambas nalgas y lo jaló hacia sí.
Deslizó las manos desde su trasero hasta sus caderas, acariciando lentamente cada centímetro de tela, admirando cada curva y cada bulto que se veía con mayor contraste debido a la luz que entraba por la ventana, haciendo sombras y formas.
—Imaginé que te gustaría este modelo, y creo saber por qué, pero aun así me gustaría escucharlo de tus labios.
Las mejillas de Yuuri se sonrojaron levemente.
—Me gusta porque no deja nada a la imaginación. Este color hace que pueda distinguir todo, absolutamente todo —se relamió los labios.
Viktor seguía en la misma posición, y Yuuri estaba cada vez más cerca de su entrepierna.
—Y te queda tan pequeño —gruñó un poco.
—¿Te gusto más que en la revista?
—Me encantas —fue lo último que dijo antes de jalar con sus dientes el elástico del bóxer.
—¿Me lo quito ya?
—No… no te lo quites —él tenía otros planes.
Se incorporó lo suficiente para tener la entrepierna del ruso al alcance su sus labios, así dirigió éstos a esa parte levemente abultada y ahí depositó un beso muy pequeño, por sobre la tela.
Viktor gimió levemente con esa mínima acción.
Yuuri empezó su trabajo, dejando más y más besos en esa entrepierna. Se notaba con claridad el miembro ya erecto de su novio. Podía distinguir la trayectoria que éste tomaba por debajo de la tela. Era una ventaja del color del bóxer. El pene de Viktor se alzaba hacia arriba y a la derecha, hinchándose un poco más con cada atención recibida.
Hubo un momento en el que quiso quitarse ya la ropa y sentir los labios de Yuuri directo en su piel, pero éste no se lo permitió, en cambio, comenzó a dar ligeros mordiscos, logrando sacarle jadeos intensos a su amado, quien terminó soltando un grito ahogado cuando Yuuri humedeció con su boca la punta del pene, mordisqueándolo con sumo cuidado.
Sus rodillas no soportaron tanto. Yuuri era su más grande debilidad, y más aún cuando entraba en ese modo "eros" tan maravilloso.
Curioso, y sin querer quedarse atrás, llevó una de sus manos a la entrepierna de Yuuri, notando lo muy excitado que se encontraba.
—¡Vaya! —rio—. Sí te gustó la ropa interior.
—No, me gustas tú en esa ropa. El Viktor de ahora con esa ropa me vuelve loco —dijo, antes de devorar los labios de su novio, quien habría querido decir algo, pero ese algo se le olvidó al sentir la lengua de Yuuri invadiendo ya su boca.
Viktor se excitó tanto con esas palabras y con el beso, que no soportó más y siendo un poco rudo tumbó a su amado sobre el edredón, sentándose a horcajadas sobre su erección y restregándole la propia con fiereza. Movía sus caderas en un hipnótico vaivén. El colchón se movía al compás de sus embestidas y Yuuri ya gemía fuerte a pesar de que sus entrepiernas no se tocaban directamente, quizás eso era lo que más les excitaba en ese momento, el placer indirecto.
—¿Te gusta esto? —preguntó en un jadeo, embistiéndolo con un fuerte movimiento de cadera, haciéndole sentir lo grande que estaba ya su erección.
—Me encanta —onduló su pelvis hacia adelante, en busca de un mayor contacto—. Vitya, sé que es pronto, pero… —jadeó al sentir otra embestida—…quiero hacerlo ya. Lo siento.
—No te disculpes —se echó sobre él y poniendo las manos sobre sus hombros, le susurró—: yo también quiero hacerlo ya. Ahora —mordió con fuerza y sin delicadeza el cuello de su amado, éste se retorció de puro placer.
Habían estado en abstinencia por mucho tiempo, necesitaban hacerlo rápido ahora para calmar las ansias, en otra ocasión tendrían más de juegos previos.
Viktor no esperó a que Yuuri se lo dijera de nuevo, pero antes fue en busca de los condones y el lubricante que guardaba en su mesita de noche. Regresó con Yuuri y lo volteó bocabajo en el colchón. Sin quitarle la prenda, metió la mano por debajo de ésta e introdujo un dedo lubricado en su interior, muy pronto pudo introducir un segundo y para antes de que hiciera lo mismo con un tercero, Yuuri ya estaba gimiendo y apretando las sábanas entre sus puños.
El japonés no lo notó, pero una sonrisa malvada surcó los labios de su novio antes de que éste volviera a introducir sólo dos dedos, pero más profundo y un tanto más angulado que antes.
Buscaba algo.
Y supo que lo encontró cuando Yuuri ahogó un grito con la almohada en su cara. Todo su cuerpo se contorsionó, su espalda hizo una perfecta curva que dejaba su trasero más alzado que antes, esto facilitó el juego de Viktor, introduciendo y sacando sus dedos, provocándole el mismo placer una y otra vez.
Dejó de hacer todo aquello cuando tuvo la gran necesidad de penetrarlo cuanto antes.
—No te detengas, Vitya —gimió con inconformidad.
—Te va a gustar lo que viene —abrió el paquete del condón y al escuchar ese ruido, Yuuri se giró a mirarlo.
—Déjame hacerlo —pidió, incorporándose.
Viktor no supo si el sonrojo en sus mejillas era de vergüenza o por el calor que ya hacía en la habitación.
Yuuri tomó el condón en sus manos y antes de intentar ponérselo a su amado, volvió a besar su pene por sobre la tela de la ropa, pegó su cara ahí y restregó su mejilla contra la entrepierna del otro, quien estaba más que fascinado con esa escena tan excitante.
Procedió a quitarse el bóxer, pero Yuuri se lo impidió por segunda vez en la tarde. Con una mirada maliciosa sacó el pene de su amado por entre los pliegues delanteros de la prenda, notando el alivio que el mayor sintió cuando hizo aquello y más aún cuando comenzó a lamerlo de arriba abajo sólo con la punta de su lengua.
—Oh Yuuri, mi Yuuri —gimió cuando sintió la calidez de su aliento rozando su piel tan sensible, se moría por sentir el interior de su boca, pero se abstuvo a sabiendas de lo urgidos que ambos estaban por culminar ese acto.
Pero como si su amado le leyera la mente, introdujo todo el pedazo de carne en el interior de su boca y en parte de su garganta. Todo.
Viktor no pudo sostenerse, terminó tendido sobre las sábanas y muy agitado al sentir el perfecto trabajo que hacía Yuuri. Éste jugaba con su lengua, haciendo círculos y frotando todo lo posible. Succionaba y de vez en cuando rozaba sus dientes en esa piel tan suave y sensible, notaba que cada vez que hacía esto último, Viktor se estremecía. Debía de tener cuidado, pues sus dientes eran un arma de doble filo, en cualquier momento podrían convertirse en algo incómodo y poco placentero.
Cuando creyó que el pene de su amado no podía estar más estimulado, procedió a aplicarle el condón.
—¿Qué haces mi amor?
—La envoltura dice que tiene sabor a plátano, quiero comprobarlo —le dedicó una mirada tan lasciva que Viktor sintió más placer con eso que con cualquier caricia recibida hasta el momento.
Yuuri se puso el condón en la boca y llevó ésta hasta el pene de su amado, sujetándolo con ambas manos mientras lo aplicaba con maestría. El ruso se preocupó, pensando por un momento que podría pasarle lo mismo que a él. Sintió envidia cuando Yuuri pudo hacerlo a la perfección, excitándolo aún más con ese simple hecho.
—¿Sabe bien? —inquirió el ruso.
Nunca se esperó escuchar una risita traviesa en esos momentos. Yuuri se incorporó hasta su altura y lo besó en los labios.
El sabor a banana inundó las papilas gustativas del mayor, comprobando que en efecto, sabía bien. Se perdieron en ese caliente beso hasta que sus labios hinchados se cansaron de ello y sus entrepiernas exigían más acción.
—Hazlo ya, Vitya —lo incentivó con un tono de voz muy sugerente, tumbándose bocabajo en el colchón y alzando mucho su trasero, aún con la ropa puesta.
Viktor entendió que su amado quería hacer el amor así, con ropa, y respetó su decisión, además que ese hecho lo excitaba un poco más de lo normal.
No lo pensó más y entró en Yuuri con cuidado, sintiendo cómo su pene se abría paso entre la carne de su novio, apretado, caliente, resbaloso.
El japonés se retorció de placer y apretó puños y dientes. Habían extrañado demasiado ese tipo de unión entre sus cuerpos.
—¿Así? —preguntó al mismo tiempo en que daba una estocada fuerte y profunda, sólo una. Había recordado que a Yuuri le gustaba el juego rudo.
—Más fuerte.
—¿Así?
—¡Oh!
Lo había hecho bien. Ya sabía reconocer cuándo hacía lo correcto y cuando su amado quería más. Los gemidos agudos de Yuuri significaban que lo había agarrado desprevenido, cuando eran un poco más graves quería decir que lo hacía muy bien, pero… cuando un gemido gutural salía de su garganta, significaba que había tocado su próstata y además lo estaba estimulando lo suficiente como para soportar un juego aún más rudo.
La ropa interior no fue un gran impedimento, de hecho le causaba un poco de morbo hacerlo de esa manera, sin embargo, echó de menos a su querido amiguito, así que coló su mano escurridiza por debajo del bóxer azul y apresó en su mano el pene de su amado, apretándolo y estimulándolo al compás de sus embestidas rudas y profundas.
—Cariño… levántate —pidió el mayor. Yuuri obedeció al instante y se incorporó hasta donde Viktor le permitió. Éste terminó empotrando a su novio contra el respaldo de la cama, ambos sobre sus rodillas, Viktor sin salir de él y bombeando lentamente hasta que se aseguró de que su amado estaba bien agarrado de la cabecera de la cama, fue entonces que comenzó a embestirlo con la misma rudeza de antes.
Por un momento lo dos pensaron que el respaldo se rompería en dos, pero ni siquiera eso los detuvo.
—Hazlo por mí —murmuró en la oreja de Yuuri antes de morderla y poner una de las bellas manos de su amado sobre su miembro erecto y exigente de atención.
Yuuri obedeció y comenzó a masturbarse, sintiendo su placer creciendo exponencialmente.
Así Viktor tuvo las manos libres, una para rodear a su amado con un brazo, sosteniéndolo del vientre para tenerlo lo más posible pegado a él, y otra para darle un par de nalgadas que resonaron en toda la habitación.
La espalda del japonés se arqueó con violencia y no contuvo sus gritos de placer.
—No te contengas —gruñó en su oído—. Al fin estamos solos, podemos hacer todo el escándalo que queramos —le dio una nalgada más, arrancándole un grito profundo de su garganta.
La pasión se apoderó por completo de ambos, no podían pensar, sólo hacer y sentir. De pronto Viktor salió de Yuuri y se sentó en el colchón, llevándose de encuentro a su amado hasta dejarlo sentado sobre su regazo. El menor no lo pensó dos veces antes de girarse y tumbarlo por completo sobre las sábanas, sólo para sentarse de golpe sobre su pene y tomando así el control del ritmo y la profundidad de las embestidas.
Yuuri terminó desesperándose, se paró unos segundos sólo para quitarse el bóxer y arrojarlo a un punto incierto de la habitación. Entonces volvió con Viktor y se sentó de nuevo sobre su miembro. Viktor soltó una risilla al verlo impacientarse de esa manera. Lo ayudó agarrándolo de la cintura para que mantuviera el equilibrio y lo miró detenidamente, grabándose cada minúscula parte del cuerpo de su amado. Se grabó en la mente su expresión extasiada con sus cejas arqueadas en placer y su boca entreabierta, también memorizó cada sonido que salía de su boca y las sensaciones que le producía el estar dentro de él. También las uñas de Yuuri que se enterraban en la piel de su vientre, donde apoyaba sus manos para impulsarse hacia arriba y hacia abajo.
El mayor sonrió lascivamente cuando se percató del miembro de su pareja, rebotando de arriba abajo mientras su dueño prácticamente brincaba sobre su entrepierna. Yuuri tenía los ojos cerrados, así que no se había percatado de esa mirada tan sátira por parte de su novio, pero cuando los abrió pudo verla e inevitablemente se sonrojó al darse cuenta de qué era lo que miraba con tanta fascinación.
—No veas —gimió, llevándose una mano a la entrepierna para que ésta no se moviera más mientras lo cabalgaba.
—No, déjame ver —le quitó la mano de ahí.
—Pervertido —le dijo en japonés, medio en puchero, medio en serio.
Viktor no lo negó y se rio al ver lo agitado, sudoroso y muy sonrojado que estaba su novio, igual que él.
—Lo soy —respondió casi con orgullo. Tomó el miembro de su amado y comenzó a darle el placer que merecía.
No pasó mucho tiempo para que Yuuri estuviera a punto de culminar. Viktor lo notó al sentir su agitación y sus movimientos más rápidos y bruscos. Comenzó a mover sus caderas de manera frenética, de adelante hacia atrás, de manera ondulante y en un vaivén corto y profundo que Viktor disfrutó mucho sin dejar de masturbarlo.
Finalmente Yuuri se vino sobre el vientre de su amado, exclamando algunas palabras en su idioma natal que Viktor entendió como "Te amo".
Entonces, tomó a Yuuri firmemente de los brazos y con algo de brusquedad lo pegó a su pecho, piel con piel. Notó su respiración agitada y el alocado latir de su corazón, latía al mismo ritmo que el propio.
—Yo también te amo, mi vida —le susurró al oído, pero no le dio tiempo de contestar, pues ya se encontraba embistiéndolo vigorosamente. No paró hasta que experimentó un maravilloso orgasmo.
Jadeantes y exhaustos, se quedaron en esa misma posición hasta que tuvieron la energía necesaria para separarse el uno del otro. Viktor desechó el preservativo y se aferró a su amado como pulpo. Éste hizo lo mismo y se quedaron abrazados hasta que el aliento volvió a sus pulmones.
—Tienes la mano muy pesada —dijo de pronto Yuuri, algo avergonzado mientras hacía círculos con su índice en el pecho desnudo de su novio.
—¿Te dolió?
—Me dejaste la marca de tu mano, incluso la siento en mi trasero.
—Lo siento —se avergonzó mucho, de inmediato lo abrazó y besó su cabeza—. Lo siento mi amor.
—No, me gustó —alzó el rostro y sonrió con los ojos estrechados. Ni siquiera tenía idea de dónde habían quedado sus anteojos.
—Entonces lo haré más seguido —sonrió de lado.
—Por favor —soltó un pesado suspiro, había quedado muy cansado, quizás se debió a las incómodas pero excitantes posturas que hicieron en esa ocasión.
Comenzaron a hacerse mimos y cariñitos muy empalagosos. Yuuri estaba con su cabeza recostada sobre el hombro de su amado y con sus piernas enredadas bajo las mantas con las del otro, se hacían cosquillas con los pies. Ninguno decía nada, sólo se acariciaban íntimamente. Yuuri tomó la manía de trazar figuras imaginarias con sus dedos sobre la piel pálida del pecho de Viktor y éste se aguantaba las cosquillas que esa acción le causaba.
El mayor acariciaba la melena oscura de su amado, masajeando su cuero cabelludo y dándole besitos de vez en cuando.
No pudo evitar removerse un poco cuando Yuuri tuvo la ocurrencia de pellizcarle un pezón. Esa simple acción le había provocado una descarga de corriente eléctrica esparciéndose por todo su cuerpo. Había sido tan maravilloso que estuvo a punto de pedirle que lo hiciera de nuevo, pero no fue necesario, pues Yuuri había notado lo que le provocó, así que con algo de malicia lo volvió a hacer.
—Oh, Yuuri… —gimió, pero nada lo preparó para sentir de pronto una húmeda y caliente lengua sobre uno de ellos. Yuuri lo estaba succionando, maravillándose de las expresiones que lograba causar en él.
—Eres tan sensible aquí —murmuró. Viktor pudo sentir su cálido aliento chocar contra su pezón erecto y rosado, eso sólo le provocó una erección que fue creciendo muy poco a poco.
—Yo tampoco —fue lo único que dijo antes de asaltar sus labios y encaminarse así a una segunda ronda, en la que Yuuri no dejó de estimular esa nueva zona erógena que le había descubierto no hace mucho.
Los dos terminaron aún más cansados, sudorosos y adoloridos que antes. Las nalgas de Yuuri dolían, los pezones de Viktor ardían, pero ambos estaban más que satisfechos. Se encontraban uno al lado del otro en la cama, bocarriba y respirando pesadamente con sus extremidades ampliamente extendidas.
—Quiero chocolate.
—Tú siempre quieres comer chocolate.
—Mucha gente, después del sexo, se fuma un cigarrillo. Yo quiero chocolate.
—Viktor —se rio—. ¿Estás hablando en serio? —no se movió, ni siquiera su cabeza. Se quedó mirando al techo, aún se sentía débil y sus piernas temblaban un poco.
—Sí, quiero chocolate caliente para beber.
—Deberías bañarme en chocolate líquido y luego comerme.
—No es mala idea.
—En chocolate muy caliente —enfatizó el "Muy".
—No me tientes —giró todo su cuerpo hasta quedar por completo sobre el de Yuuri.
—Uhm… amor, me estás aplastando.
—Lo sé.
—Pesas mucho.
—Lo sé.
—Vitya.
No respondió.
—Viktor.
Se escuchó un leve ronquido. Se había quedado dormido.
—Ay amor… —suspiró y acarició su nuca con cariño.
Lo habría dejado dormir así, pero en verdad lo estaba aplastando y pesaba bastante, así que con cuidado lo hizo a un lado y se acurrucó junto a él, dispuesto a tomar una larga siesta.
Viktor había estado tan cómodo y tan feliz con su amado, que había olvidado ir al departamento de Irina a reclamarle lo que hizo con Yuuri. Absolutamente todo había pasado a segundo plano cuando comenzó a besar a su novio, más ahora, al estar durmiendo al lado del amor de su vida.
Despertaron un poco más tarde, hambrientos. Yuuri estaba demasiado cansado como para levantarse y cocinar algo, pues ciertamente su cuerpo aún no se recuperaba de Viktor jr. y su energía descomunal. Y tampoco quería que su amado se metiera a la cocina a preparar algo, temía por su vida y a Viktor le quedó más que claro, así que el ruso se vistió y procedió a salir para buscar algo de comida rápida.
Prometió volver pronto al despedirse de Yuuri con un beso en su frente, dejándolo en el lecho de ambos, escondido bajo las sábanas calientitas.
Yuuri terminó por cansarse de estar acostado y solo, así que salió de la cama, fue a asearse un poco al baño y enseguida se vistió. Hizo la cama y luego tomó el catálogo que los había orillado a hacer todo aquello. Sonrió al ver la última hoja de esa revista, con un Viktor mucho más joven (apenas era un adolescente) portando la misma ropa interior que hace rato.
Soltó un silbido lleno de asombro al poner más atención y ver que –aunque menos voluptuoso- el miembro de Viktor se notaba demasiado bajo aquella tela delgada.
Su libido se activó de nuevo al recordar que el Viktor actual se veía tan sexy, varonil, tan maduro y potente. A diferencia del de la revista, que se veía sexy, andrógino, demasiado juvenil y un tanto travieso. Ahora su novio desbordaba eros maduro por cada uno de sus poros.
Terminó abrazando esa revista y suspirando al desear que su amado volviera cuanto antes de adonde quiera que fuera. Caminó hacia el armario y sacó la caja para guardar el catálogo, pero al hacerlo, algo que había sobre la misma repisa de la caja, cayó al piso frente a sus pies.
Un montón de hojas blancas se dispersó por el piso del armario y aún más allá. Se inclinó para recogerlas, pero se paralizó cuando reconoció el libro que estaba debajo de todas esas hojas.
Había encontrado su diario.
Continuará…
