comentaros una cosa. La semana pasada me equivoqué al subir capítulo y subí éste en lugar del que tocaba. Solo estuvo colgado un par de horas, pero por si alguien lo leyó en esa orquilla de tiempo y ahora se encuentra de nuevo con este capítulo, os pido que vayáis al capítulo anterior (sin contar la carta de Maes). Eso es todo, pido disculpas y espero que os guste.
Roy Mustang - Misión 7: Héroe
Ishval NE. 1/AGO/1908
Desperté con la primera llamada de la mañana. Aquel día tenía una reunión sobre mi nueva misión en la carpa del recién ascendido general de brigada Mosquito.
El general era un hombre extremadamente astuto y, a diferencia de la mayoría de oficiales, sabía delegar. Tenía en consideración la opinión de los soldados bajo su mando. Aquello no solo le dotaba de una mayor flexibilidad al realizar operaciones, sino que conseguía exprimir al máximo las habilidades de sus subordinados.
Entre los recursos más utilizados por el general destacaban las sinergias de sección: la utilización de pelotones dirigidos por gente distinta para que colaborasen en misiones conjuntas. Y ese era el motivo por el que me citaban en su carpa. Aún no conocía ni las especificaciones de la misión ni al encargado del otro pelotón, por lo que crecía en mí una pequeña sensación de curiosidad.
Aquel sentimiento fue cortado de raíz cuando entré en la carpa y vi de quién se trataba. Sus ojos claros habían visto morir a tanta gente como los míos, pero mientras a mí me atormentaba aquel macabro espectáculo, él parecía disfrutarlo como si de una obra de arte se tratase.
Su cabeza funcionaba de una manera diferente a la del resto de gente. No se trataba de un maniaco que actuase de forma aleatoria e impredecible. En su interior todo tenía una macabra y retorcida justificación. Sus valores morales estaban totalmente invertidos, pero existían. Era consecuente en su propia locura.
–Me alegra verte de nuevo, Alquimista de Fuego –dijo con aquella voz taimada. Parecía paladear la palabra alquimista cada vez que la decía. Lo ignoré.
El general de brigada estaba sentado tras su mesa de campaña. Observaba unos informes, y no fue hasta que me planté frente a él que dejó de mirarlos. En lugar de ofrecernos asiento, se puso en pie.
–Gracias por venir, comandante Mustang. –Me gustó que me nombrara por mi rango militar y no por el sobrenombre que se nos daba por nuestra habilidad. Para él, los alquimistas no eran deidades que se paseaban por el campo de batalla con sus poderes sobrenaturales. No, para él éramos herramientas. Fichas que desplegar en el campo de batalla para obtener una ventaja frente al enemigo.
Sin embargo, aquello también me intrigaba. Los Alquimistas Nacionales éramos figuras increíblemente importantes en el campo de batalla, el convocar a dos de ellos para una misma misión implicaba que la relevancia de la misma era enorme. De hecho, hasta ahora las únicas misiones que se habían llevado a cabo con más de un alquimista habían sido en su totalidad para hacer avanzar el frente central, para conquistar el núcleo Ishval.
–Supongo que ya habrán oído hablar de las faltas de disciplina que están dándose en el frente –comentó Mosquito–. Hasta ahora se trataba de un tema de desobediencia militar localizada, pero últimamente se está tomando una deriva sediciosa muy preocupante. La defunción de oficiales en el frente aumenta por momentos.
Dejó de hablar. Quizás esperaba que aportáramos algo más al asunto, pero poco se podía añadir. Todos sabíamos, comenzando por el general Mosquito, que esa "deriva sediciosa", como decía él, era debida a dos motivos cuya culpa recaía en ambos casos en la cúpula militar. El primero de los motivos era la naturaleza de la campaña. Un soldado cumple órdenes, pero el exterminio de ciudadanos, independientemente de su raza o nacionalidad, resulta cuanto menos polémica.
La situación en la que se había visto el ejército, ya no combatiendo a un enemigo rebelde como había hecho al empezar la guerra sino asesinando a población civil indefensa de forma indiscriminada, había hecho que los propios soldados tuvieran sus reservas a cumplir órdenes.
Por otra parte, la ineptitud de los superiores había hecho que las bajas en nuestro ejército fueran realmente catastróficas. Las escaramuzas a lugares fuertemente protegidos, el asalto a grupos de suministros sin protección o los ataques rígidos sin capacidad de maniobra ni estrategias alternativas habían acabado con decenas de miles de soldados. De hecho, si los rebeldes ishvalíes contaran con el mismo número de efectivos que nosotros, la guerra habría acabado meses atrás y la habríamos perdido.
Como consecuencia, se había creado un malestar generalizado entre los soldados que había desembocado en desobediencia dentro de los propios comandos armados; desobediencia directa o incluso el asesinato de los mismos superiores. Estos últimos eran tan complicados de justificar como cualquier asesinato en una zona de guerra. La defunción de tantos superiores, algunos célebremente conocidos por su ineptitud, hablaba por sí sola.
El más sonado de los asesinatos había sido el del general de brigada Fessler, máximo exponente de la ineptitud de la que hablo. La ingente cantidad de bajas que había tenido su destacamento había obligado a desplazar al coronel Grand para desbloquear la situación. Por suerte, la presencia del coronel tras la muerte del general ayudó a reorganizar las tropas y asegurar la zona de Gunja.
Por otra parte, esa misma baja había ayudado a promover al entonces coronel Mosquito a general, obteniendo así un rango para el que ya había hecho méritos más que suficientes. También era conocida la desavenencia entre ellos, así que dudaba que el general hubiera llorado la pérdida del que fuera su superior.
Miré a Kimblee. Se mantenía en silencio. No tenía muy claro cuál era su opinión en todo aquello. A primera vista, él era un fiel defensor de la jerarquía militar y del cumplimiento de sus atrocidades. Sin embargo, todo aquello podía deberse a que los objetivos militares coincidían con los suyos, justificando los asesinatos que perpetraba. No albergaba voto alguno de confianza en Kimblee; estaba seguro de que si tuviera que matar a alguien que se interpusiera en sus intereses, lo haría.
Por mi parte, comprendía hasta cierto punto la insubordinación de los soldados. El mismo comandante Armstrong se había opuesto frontalmente al fallecido general de brigada Fessler delante de todo el mundo, aunque su estatus de alquimista y el peso de su apellido en la sociedad de Amestris lo protegieron de un consejo de guerra.
Yo me encontraba dividido. Por una parte, admiraba el valor de Armstrong por seguir sus principios, mientras que por otra parte abandonar la campaña sería un estigma en su carrera militar que no le permitiría avanzar y, a largo plazo, cambiar las cosas. Lo que no podía ver con buenos ojos era el asesinato de oficiales. Pese a que en el fondo tampoco lo condenara, ya que yo mismo había sufrido los estragos que habían causado sus decisiones, me veía incapaz de asesinar a un superior.
El general Mosquito me trajo de vuelta a la carpa de oficiales. –Aun así, el motivo por el que les he hecho venir es mucho más grave. Ya no se trata de simple desobediencia, sino de rebelión.
Aquello se me antojó absurdo cuando lo escuché. Las finas y angulosas cejas de Kimblee también se elevaron por el desconcierto. Era el primer gesto que le veía hacer que no implicara condescendencia.
La rebelión era un tema muy serio. A diferencia de una mera desobediencia, la rebelión significaba una oposición directa al régimen establecido. En el ámbito militar, la rebelión implicaba alzarse abiertamente en armas contra el mismo ejército. Era un comportamiento totalmente inadmisible.
–¿Cómo que rebelión, general de brigada? –preguntó Kimblee. Su tono transmitía incredulidad. Era una mezcla perfecta entre curiosidad y risa que encubría cierta tensión.
El general le dirigió una mirada severa, y después otra a mí. –Hemos recibido informes de que un batallón al norte de la ciudad, uno de los encargados de la limpieza de las Montañas Rojas se ha unido al ejército rebelde, eliminando patrullas y escuadras en el interior de la ciudad.
Las Montañas Rojas era el sobrenombre que se le había dado a la cordillera noroccidental de Ishval. Se trataba de una cadena montañosa que durante cientos de años había sido una frontera natural entre la región de Ishval y el resto del país. Comenzaba en la zona oeste, al norte del campamento, y moría la zona noreste de la ciudad, en el desierto de Xing.
Esa zona tan escarpada había servido al principio de la guerra como reducto para los rebeldes ishvalíes; en aquel momento, avanzado el exterminio, era el refugio de cientos de civiles que habían conseguido sortear las tropas de Amestris.
–Su misión será acabar con ese batallón rebelde con la mayor discreción posible.
Sin duda, la misión tenía un gran peso estratégico. Una cosa era que un pequeño grupo de soldados se opusiera a seguir las órdenes de un oficial inepto, pero algo muy distinto era que un batallón entero desobedeciera al ejército. Si aquel escándalo veía la luz, podría servir como precedente. Quedaba poco para acabar la guerra, y lo último que deseaba la cúpula militar era que el ejército se dividiera antes de capitular la campaña. Aquello podría ser una nueva masacre. Aun con todo eso, me parecía algo exagerado contar con dos Alquimistas Nacionales.
El general Mosquito continuó. Señalando el enorme mapa de Ishval que descansaba en su mesa. –Para ello, el pelotón liderado por el comandante Mustang avanzará por la zona noroccidental de la ciudad, a las afueras de la misma, con la excusa de ser un refuerzo para las tropas situadas al norte. –Asentí. –La naturaleza de su misión debe ser totalmente secreta.
Kimblee se mantenía más atrás, con los brazos cruzados. –La misión del comandante Kimblee será la opuesta a la suya. Se dirigirá por la zona central de Ishval, ascendiendo hasta que contacte con el pelotón de Mustang en la zona indicada por los servicios de inteligencia. Allí deberán neutralizar a los enemigos.
La misión de Kimblee era mucho más arriesgada que la mía. Mientras yo mantenía un perfil bajo, avanzando lentamente por las lindes de la región, él atravesaría por el centro, enmascarando su misión en una potente ofensiva, y al mismo tiempo desviando cualquier atención que pudieran poner en mí.
Aun así, me sorprendió cómo Mosquito no miró en ningún momento a Kimblee, sino a mí. Aquello no me daba buena espina. Me daba la sensación de que solo me la estaba explicando a mí, como si Kimblee ya estuviera al tanto de lo que tenía que hacer. Si aquello era cierto, si se habían reunido con él antes que conmigo, significaba que su misión no se limitaría a ser un "cebo" para facilitar mis movimientos. Se estaba llevando a cabo algo más a mis espaldas.
–¿Cuál será el recorrido de Kimblee? –pregunté. Mis sospechas se confirmaron cuando fue el propio Kimblee el que respondió en lugar del general de brigada.
–Mi pelotón se moverá desde la zona este de Gunja hacia el norte. Avanzaremos por la periferia de Daliha. No nos centraremos en esa región. Rodearemos Kanda y seguiremos al norte. –Al tiempo que hablaba, iba señalizando los lugares en el mapa. Los movimientos que harían sus tropas eran erráticos, como un zigzag que barría la ciudad tratando de focalizar todo el conflicto posible en él.
–¿La región de Kanda no es una zona segura? –pregunté. Tenía entendido que unos médicos se habían parapetado en aquel lugar, salvando tanto a soldados de Amestris como a ishvalíes.
–La región de Kanda tendrá que caer, igual que el resto de Ishval –atajó Kimblee con dureza.
–Mustang, su misión implica algo más –dijo el general Mosquito, trayéndome de vuelta a la conversación inicial. –Si bien es cierto que la condena por rebelión es la muerte, debemos asegurarnos de que sea eso lo que ha ocurrido. –Tanto Kimblee como yo lo miramos en silencio.
–En este punto, estamos hablando de nuestros soldados –continuó–. No podemos perder hombres por malentendidos. Necesitamos saber si es cierto que se han rebelado.
–Y si no es así, evitar bajas innecesarias –completé.
–Así es. Es muy sospechoso que un batallón se rebele a estas alturas. De ser así, es prácticamente un suicido lo que plantean –razonó Mosquito–. Pregunte a los oficiales que se vaya encontrando en dirección norte. Quiero discreción, reúnase de forma privada con ellos, recuerde que no debe correrse la voz.
Tenía razón. Antes, cuando las cosas estaban más igualadas, podrían haberse aliado con la resistencia ishvalí, haber plantado cara en un frente común. Pero ya era demasiado tarde, la orden de monjes se encontraba en decadencia, y el resto de guerrilleros se preocupaba más por huir y sobrevivir que por combatir. No tenía sentido abordar un barco que se estaba hundiendo.
Mosquito se volvió a sentar, diciendo implícitamente que la reunión había concluido. Fui a salir tras Kimblee, pero el general me volvió a llamar. Kimblee pareció no haberlo oído, pero pude ver de soslayo cómo esbozaba una sonrisa burlona.
–Mustang, si me permite un consejo. –Me giré por completo para mirarle. –No se inmiscuya en lo relacionado con Kimblee y sus asuntos.
Asentí y fui a buscar a mi pelotón. Aquella última llamada de atención me dejó mal sabor de boca. Era consciente de que en el ejército se tramaban cosas de más que dudosa moral, pero que Kimblee fuera partícipe de ello era, cuanto menos, alarmante.
Cuando me reuní con mis hombres vi caras nuevas. Al empezar la campaña conocía el nombre de todos mis soldados. Cuando uno de ellos caía, lo lloraba en mi interior como compañero que era. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas, a medida que moría más gente, comencé a olvidarlos. Desfilaban ante mí como trenes en una estación.
Algunos eran trasladados a otros equipos, otros afortunados cumplían su servicio y volvían a casa, pero la mayoría moría; sus cuerpos caían agujereados y rotos en alguna calle de Ishval, abandonados entre polvo y escombros, solo llorados por aquellos familiares que los esperarían para siempre en sus hogares.
El segundo al mando, cuyo nombre no recuerdo, me comentó que los refuerzos provenían del antiguo destacamento XVIII, bajo el mando del malogrado general Fessler. Mientras avanzábamos por las carreteras exteriores de Ishval pude saber que Hughes había pertenecido a dicho destacamento, y que aún seguía vivo.
Siempre he admirado a Hughes, pero en especial admiré su entereza en la guerra. Yo me rompía como un meteorito, perdía partes de mí cada vez que me incendiaba. Aun con metas como luchar por un futuro mejor o proteger a los de mi alrededor, mi convicción flaqueaba constantemente.
Él en cambio se aferraba a la vida con fiereza, esquivando las balas y salvando a tantos como podía, afilando su ingenio para evitar muertes y devolver a los soldados con sus familias. Después ponía como excusas sus ideales egoístas, que tenía una estrella que le esperaba en Central. Trataba de desmerecerse con humildad, evitando halagos y felicitaciones. Y sin embargo, aquello lo hacía aún mejor persona. Él era la definición de héroe.
El recorrido hacia el primer batallón en dirección norte fue bastante ameno. El Sol del desierto quedó oculto tras unas nubes blancas, rebajando la sensación de calor unos grados. Aun así, más de un soldado llegó en manga corta.
El pequeño campamento estaba estructurado de forma similar al campamento principal, pero con muchas menos carpas. Una vez allí, los soldados descansaron, rellenaron sus cantimploras de agua y se reunieron con aquellos soldados del batallón que estaban descansando.
Tratar con el coronel al mando del batallón fue mucho más complicado y desagradable de lo que habría de esperar. Por lo visto, hubo un malentendido con los mensajes enviados al batallón desde el centro de mando y dieron por supuesto que el alquimista que llegaría se quedaría con ellos como refuerzo para la siguiente ofensiva.
Cuando le comenté que solo estaba de paso se negó en rotundo a dejarme avanzar alegando que había paralizado toda la ofensiva a expensas de que yo llegara. Al final, tuve que hacerle entrar en razón mediante la propia jerarquía de mando. Pese a que él tenía un rango mayor que el mío, yo respondía directamente a las órdenes del general de brigada Mosquito, así que de facto, mis acciones tenían más poder que las suyas.
De mala gana respondió a mis preguntas sobre los rumores que acechaban al batallón rebelde del norte. La información que manejaba era similar a la que yo conocía, pero en su relato no hizo mención alguna a que atacasen escuadras aliadas o a que fueran tantos hombres. Aquel hombre era un cretino, así que no intenté indagar más. La misión que estaba llevando a cabo debía permanecer en el anonimato, por lo que cuanto menos supiera, mejor.
Cuando terminé de hablar con él nos instó a abandonar la base del batallón con el pretexto de que debían preparar la ofensiva lo antes posible. Intenté dejar descansar a mi gente el mayor tiempo posible, pero a la mañana del día siguiente ya estábamos de vuelta en el camino.
Todas aquellas rencillas internas, los orgullos heridos y los aires de superioridad me sorprendían. No su existencia como tal, pero sí el verlas en aquel lugar tan hostil. Estábamos en guerra, con miles de personas muriendo, y algunos seguían comportándose como niños enrabietados. En aquellos momentos me sentía anciano con mis veintitrés años.
El cielo se fue encapotando a medida que pasaban las horas, sustituyendo aquella mescolanza de blanco y azul por un gris triste y húmedo. Mi pelotón miraba las nubes con recelo. En los meses que había estado allí no había visto llover ni un solo día. Algunos de los más veteranos se jactaban de que las lluvias en Ishval eran como tormentas de verano, violentas pero cortas.
Cuando al fin alcanzamos el segundo campamento ya había comenzado a chispear. En este batallón el trato fue muy diferente al primero. Un par de soldados guiaron al resto a los establos, unas chozas de madera con barras donde enganchar las bridas de los caballos. Nos sirvieron un caldo de algún animal que habían cazado aderezado con hierbas silvestres.
El hombre al cargo de ese batallón era un capitán bastante joven, por mucho que frunciera el ceño y tuviera un rictus tan serio. Le echó un vistazo a mi grupo y me miró con desconfianza. –Comandante Mustang, no entiendo la función de su pelotón.
No tenía muy claro a qué se refería, así que opté por la opción más sencilla, enarcar una ceja y poner cara de escepticismo. A fin de cuentas, aquel chico no tendría más edad que yo en ese momento, y mi reputación me precedía.
–Quiero decir, se supone que son un pelotón de apoyo, o eso es lo que dice el comunicado del alto mando, y sin embargo apenas tienen reservas de comida y agua. Más bien parecen un comando de élite.
Me cayó bien aquel chico. Su inexperiencia en el ámbito político contrastaba con un gran olfato y capacidad de observación. Se notaba que se trataba de la nueva generación de oficiales que estaba emergiendo tras años de muertes. Eran chicos jóvenes, curtidos en pequeñas escaramuzas que desarrollaban un gran sentido de supervivencia. Al morir sus oficiales, iban ascendiendo hasta ocupar sus puestos.
Por otra parte, estar en aquel ambiente hostil les enseñaba a moverse en el campo, pero no en el trato con oficiales de alto rango, con las misiones de inteligencia más complejas. En ese aspecto, seguía siendo un niño. Porque solo un niño sería tan transparente como para decir en voz alta lo obvio, para no dejar pasar una tapadera tan absurda como necesaria.
Lo ideal en esos casos habría sido cortar por lo sano y negarle cualquier tipo de información. Por si fuera poco, tenía un rango inferior al mío; no tenía que hacer gala de la jerarquía militar, si no quería darle explicaciones sobre algo no tenía por qué hacerlo. Sin embargo, aquella actitud en la que yo mismo me veía torpemente representado hizo que me apiadara de él. Además, no podía seguir enemistándome con la gente a la que entrevistaba. Necesitaba información.
–Son ambas cosas, capitán –le respondí–. Somos un grupo de apoyo, pero no para continuar su misión, sino para acabarla. Un comando puramente ofensivo. Por eso estoy aquí.
Hice balancear el reloj de plata bajo mi mano. El chico pareció mirarlo con una mezcla de temor y respeto. No me gustaba utilizar mi estatus de Alquimista Nacional, pero en situaciones como aquella en la que hacía falta intimidar, era lo mejor.
Caminamos hacia su tienda y fui directo al grano. –Necesito saber si ha oído rumores sobre un batallón disidente en el norte de Ishval.
El chico se mantuvo impasible. –¿Disidentes? ¿Rebelión? –Asentí. –Algunos de mis hombres hablan de un escuadrón de soldados que desertaron cuando murió su oficial al mando. Hubo más muertos, pero no se aclara si fue a mano de ellos mismos o si hubo un ataque ishvalí.
Los matices en las versiones comenzaban a diferir. Lo que en un principio había sido un levantamiento armado ahora podría ser una deserción. Las sospechas de Mosquito podrían ser ciertas.
–¿Usted qué opina, capitán? –le pregunté–. Necesito que me diga la verdad.
El joven frunció aún más el ceño, haciendo que se le marcaran unas arrugas pronunciadas. –No creo que hayan matado a los suyos. Si se han ido es porque están cansados de matar. –Volví a asentir en silencio. Él me miró, receloso. –¿Por qué lo pregunta?
Aquel chico era una joya. Me recordaba a Hughes. Rápido de ingenio y con una gran empatía hacia sus tropas. Aun así, todavía le quedaba mucho por aprender.–Siento no poder darle más información.
Continuamos hablando durante más de una hora. Pregunté acerca de la situación en la que se encontraban y hubo algo que me sorprendió. Era consciente de que decenas de ishvalíes atravesaban las líneas hacia el oeste. Había informado a sus superiores pero estos le habían dicho que se limitara a presionar en el frente. No les importaba que escaparan del lugar. Era como si su único interés fuera matarlos en Ishval, regar de sangre aquella tierra.
Esperamos en el campamento un día más con la esperanza de que aquella lluvia ligera amainase, pero no lo hizo. Al final, sabiendo que el tiempo jugaba en nuestra contra, decidí poner a mis tropas en movimiento. Además, tampoco quería mermar los alimentos de su batallón.
Cuando salimos, nos dieron un par de caballos de refresco y lonas para montar algo parecido a una carpa. Lo cierto es que resultó bastante útil, ya que horas después de abandonar el campamento comenzó a llover a cántaros. El problema con las lluvias en aquel lugar es que, al ser tan escasa, no suelen crecer árboles, creando una orografía plana. Esto no suele ser problema la mayor parte del año precisamente porque no llueve, pero cuando lo hace, se crean enormes riadas e inundaciones.
La ruta que seguíamos quedaba amurallada por la enorme cordillera montañosa, que a su vez bloqueaba las nubes en sus cimas y hacía caer violentos ríos de lodo. Zigzagueaban por los pliegues de la roca, dejando rastros de distintas tonalidades de marrón.
Los caminos de tierra se convirtieron en barrizales, entorpeciendo la marcha del grupo. Los soldados que iban a caballo tuvieron que bajarse y guiarles a pie. Tras varios kilómetros, comenzaron a utilizar sus armas como bastones, apoyando la culata en el barro.
Sabía que aquello era negligente por mi parte. Con el ruido de la lluvia, los ishvalíes podrían acercarse sin que nosotros lo viéramos, y sin las armas en ristre estaríamos desarmados el tiempo suficiente para que acabaran con nosotros.
Guardé los guantes en el bolsillo interior de la casaca y me la quité. La guardé en una de las alforjas del caballo con la esperanza de que el tejido no se humedeciera tanto como para ser inservible. La lluvia no era buena para mi alquimia.
Decidí mantener la marcha por la noche. En una situación normal habríamos acampado al anochecer pero con la humedad que había y lo mucho que bajaban las temperaturas por la noche convenía seguir en movimiento. Cuanto más nos moviéramos y menos tiempo estuviéramos allí, mejor.
Alcanzamos el último puesto vigía al día siguiente. A diferencia que los dos batallones anteriores, este puesto, nuestro "destino", no era más que unas lonas extendidas sobre el tronco seco de un árbol muerto y las rocas circundantes. Unos caballos permanecían guarecidos tras otras lonas viejas reforzadas con maderos podridos.
Lo cierto es que aquella avanzadilla mostraba un aspecto lamentable. Si a eso se le juntaba el mal humor por el cansancio, el mal tiempo y que algunos soldados habían enfermado, el panorama resultaba desolador.
Yo tenía la camiseta empapada, pegada al cuerpo como una segunda e incómoda piel. Además, un doloroso zumbido me presionaba las sienes y la frente. Mis sentidos estaban tan embotados que cualquier ataque sorpresa se habría hecho con nosotros.
Aparte de mí, unos 6 soldados del total de 10 que componíamos el pelotón parecían febriles. Sus ojos llorosos, rostro pálido y andares lentos mostraban que el temporal les había pasado factura. Sin embargo, no podíamos utilizar a los soldados del puesto vigía, ya que ellos desconocían la misión real.
Prefería aclarar aquel asunto antes de que llegara Kimblee, así que tras un descanso que duró hasta el mediodía, nos pusimos en marcha hacia la zona interior de Ishval. Hasta ahora, lo único que habíamos visto eran los cascotes y ruinas de las regiones exteriores. El volver al interior, a estar rodeado de edificios vacíos que podrían ocultar emboscadas enemigas resultaba nostálgicamente asfixiante.
Antes de salir había preguntado al oficial al cargo del puesto vigía qué sabía de los soldados sublevados. Los hechos se habían transformado a medida que nos acercábamos al norte. Según la última versión, el grupo de soldados había abandonado a su oficial moribundo para internarse en Ishval.
Durante las primeras horas vagamos entre las calles en un silencio sepulcral. Allí, en el norte, el viento atravesaba las montañas trayendo consigo un frescor que nada tenía que ver con el desierto. Aquel frío me taladraba a través de las ropas húmedas. Unos pinchazos me recorrían las piernas, haciendo que andar fuera aún más complicado. Por si fuera poco, el sudor me caía de la frente y veía borroso.
Uno de mis hombres consiguió distinguir a un soldado con el uniforme azul entrando en uno de los callejones. Lo seguimos entre los edificios, resguardándonos en los portales cada vez que miraba atrás. Al final, entró en un sótano que en su momento debió de ser el almacén de algún comercio.
La adrenalina pareció darme un respiro de aquel malestar, despejándome la cabeza de forma momentánea. Situé a dos hombres fuera, los que peor aspecto tenían, para que dieran el aviso en caso de emboscada. La misión en el interior requeriría agilidad y sigilo, algo con lo que esos hombres ya no contaban.
Se trataba de una galería que se extendía bajo el bloque de pisos en el que se encontraba, separado por grandes columnas de piedra rojiza. Una antorchas al final de la estancia iluminaban con dificultad todo el lugar. Las columnas proyectaban largas sombras que nos ayudaban a camuflarnos. Puse al soldado que había visto al renegado en primer lugar y, tras de mí, a otro par. Me enfundé los guantes.
A medida que nos acercábamos pasando de columna en columna, pude distinguir un túnel que agujereaba la pared iluminada. Uno de los soldados se giró y me miró. –Ishvalíes.
Fruncí el ceño y observé. En efecto, entre los soldados desertores había ishvalíes. Vi cómo les entregaban lo que parecían fusiles. Aquello no tenía sentido. Aunque no hubieran ejercido violencia contra el ejército, el ayudar al enemigo era igualmente considerado traición. Y tratándose de armas, el problema era aún mayor.
¿Qué significaba lo que estaba ocurriendo allí? ¿Por qué armaban a los rebeldes? ¿Adónde conducía ese túnel? En aquel momento, aturdido por la fiebre y la tensión, en medio de aquella oscuridad y rodeado de mis hombres, vi la respuesta.
Pese a que no atacaban al ejército, utilizaban sus conocimientos y recursos para sabotearlos. Armados y formados, los rebeldes ishvalíes atacarían bajo tierra el puesto vigía de la misma forma que habían atacado el campamento principal antes de la orden 3.066.
Mis hombres aguardaron con las armas en ristre hasta que di la orden. Los disparos atravesaron la estancia al instante, dejando como prueba un ruidoso eco que golpeó todas las paredes. Dos soldados cayeron mientras el resto se ocultaba tras las columnas.
Mis soldados avanzaron entre las sombras, tratando de no hacer ruido y colocándose en lugares en los que pudieran llegar a sus objetivos. La situación no era favorable. Habíamos utilizado el factor sorpresa y solo habíamos eliminado dos de los suyos. La terrible forma física en la que nos encontrábamos nos había pasado factura.
En un caso normal, aquello habría sido un fracaso. Escondidos y armados, nos superaban en número. Un enfrentamiento directo se habría decantado a su favor. Sin embargo, no contaban con que mis llamas podrían lamer cada una de las columnas, haciendo de aquella galería un verdadero infierno.
Me preparaba para chasquear los dedos cuando vi que uno de los soldados rebeldes lanzaba su fusil.
–Parad, por favor. Nos rendimos. –Salió de su escondite con las manos tras la nuca. –No abráis fuego, estoy desarmado.
Tras él, varios soldados hicieron lo mismo. Con señas, ordené a dos de mis soldados que me cubrieran. –¿Por qué estáis dando armas a los rebeldes? –pregunté.
–No son armas, señor. Se trata de víveres. Hatillos con comida.
Me asomé tras la columna y volví a fijar la vista en lo que me habían parecido armas. Con la escasa luz que había y la vista nublada por la fiebre, había confundido lo que claramente eran hatillos con fusiles. Salí por completo y me acerqué a ellos.
–¿Qué se supone que estáis haciendo? –De nada servía mentirme. Los habíamos encontrado y, en el peor de los casos, los mataríamos. Tanto a ellos como a los ishvalíes.
El soldado que parecía al mando se dio la vuelta y, con un gesto, los ishvalíes comenzaron a salir de sus escondites. Me horrorizó ver cómo se trataba de ancianos y mujeres. Cubiertos de vendas y harapos parecían la representación gráfica de la miseria.
–Solo son civiles –dijo el soldado con un cansancio infinito–. Nos destinaron aquí bajo el mando del coronel Buntov. Al principio las guerrillas mostraban resistencia. Se ocultaban entre los portales y nos atacaban. Caían cinco de los nuestros por cada uno de los suyos.
Esa historia la conocía. Era algo que se estaba repitiendo en todas partes en el frente. Solo los comandos que contaban con Alquimistas Nacionales se libraban de aquella sangría. Contar con el territorio a su favor era una ventaja de la que los ishvalíes se habían aprovechado desde el principio.
–El coronel cayó en la última ofensiva, pero nosotros terminamos con los grupos armados. –Me miró, con una mirada perdida. –Después solo quedaban civiles.
Sabía lo que tenía que hacer, lo que tenía que decir. Las órdenes eran claras. Exterminio englobaba al conjunto de la población, no solo a los rebeldes armados. Aquellos soldados habían desobedecido unas directrices muy claras.
–¿Adónde lleva ese túnel?
–Tras las montañas –contestó–. Los intentamos sacar de Ishval, donde estén a salvo.
–¿A salvo? –pregunté con incredulidad–. Irán tras ellos. Les darán caza y los matarán igual.
–Quizás puedan salvarse –me contradijo–. A nadie le importa los que salen de aquí.
Me mantuve en silencio. Era lo mismo que me había dicho el joven capitán del segundo campamento. Si los dejaba continuar con su labor, aquellas personas tendrían una oportunidad. Al mismo tiempo, incumplían una orden directa del ejército. Siendo cómplice de esos soldados renegados, mi vida podía peligrar tanto como la de ellos.
–Idos. –Las palabras salieron solas de mi boca. El hombre me miró con sorpresa. –Idos con ellos y abandonad este sitio. Ya estáis condenados. En el momento en que otro comando os encuentre, os matarán.
El soldado miró a sus hombres y volvió a encararme. Tras unos segundos, dio unas órdenes y todos, tanto soldados como civiles, se introdujeron por el túnel. Mis soldados lo observaban en silencio, guardándose sus pensamientos para ellos. El último en cruzar al interior del túnel fue el líder de los sublevados. Vi en sus labios cómo formulaba la palabra "gracias", pero no pude escucharle.
Un fuerte ruido hizo temblar la estructura. El color de una trasmutación alquímica iluminó la estancia de un extraño color rojizo. Después, todo estalló. El polvo nos cubrió como una nieve fina y suave. Los escombros salían despedidos, las columnas volaban partidas en decenas de trozos. Las grietas surgían y se agrandaban, como bocas hambrientas.
Noté la lluvia golpeando mi cara. Un pitido agudo ahogaba cualquier otro sonido. Aturdido por el ruido y las explosiones, tardé tiempo en ponerme en pie. Todo el techo del edificio parecía haber sido arrancado de cuajo. Las bases de las columnas habían quedado huérfanas de su zona superior. Mis soldados, cubiertos por el polvo de los escombros, se removían entre gemidos de dolor.
Vi a más soldados alrededor, mirándonos desde arriba. Por lo visto, la fuerte explosión había destrozado el edificio, abriendo aquel sótano como una lata de conservas. En el lugar donde antes estaba la pared con antorchas ahora no quedaban más que escombros irregulares, como si nunca hubiera habido un túnel. Aquello me devolvió a la realidad.
Kimblee bajaba por los escombros dando saltos. La lluvia empapaba su melena, recogida en una coleta. Un mechón se le había escapado y le quedaba pegado en la cara, cayendo entre sus cejas. Parecía el recorrido de una lágrima, pero no lo era. Sonreía.
Me acerqué a él a trompicones. –Se habían rendido, no tenían armas.
–Eran rebeldes, Alquimista de Fuego. Habían desobedecido órdenes directas del alto mando –resolvió él en voz alta. Pese a sonreír, fruncía el ceño y me miraba con desaprobación–. Igual que tú.
Aún me dolía la cabeza. Aquel pitido en mis oídos seguía acompañándome, aunque se disipaba poco a poco. En mi cabeza volvieron a materializarse todos ellos. Los ancianos, las mujeres, los soldados tratando de salvarles. Todos ellos habían sido engullidos por los escombros. Todos muertos.
–Civiles… –susurré–. Estaban desarmados. –Le miré con rabia. –¡Una guerra no debería ser así!
Me dio un puñetazo en la cara, tirándome al suelo. La lluvia seguía cayendo, limpiándome del polvo. Caía entre los cascotes, oscureciéndolos al tiempo que se mojaban. A medida que se me aclaraban los oídos, escuchaba mejor el impacto de las gotas en el suelo.
Las manos de Kimblee me agarraron por el cuello de la camisa, poniéndome de nuevo en pie. Veía las palmas de sus manos tatuadas. La luna y el sol reinaban en el interior los círculos de transmutación. Levanté la vista. Sus ojos azules ya no parecían fríos. Estaban vivos, llenos de ira.
–¡Esto no es una guerra, es un exterminio! –Su voz era fuerte, un trueno en la tormenta. Su cara estaba pegada a la mía. –Despierta de una vez, Mustang. No estás aquí para salvar a nadie. No eres ningún héroe. –Me soltó, dejándome caer al suelo de nuevo. –Eres un soldado. Haz tu trabajo y cumple con las órdenes.
Escuché sus pisadas alejándose, y también cómo le decía a uno de sus soldados que me recogiera. Kimblee había hecho caer sobre mí algo más pesado que los escombros: la verdad.
¡Buenas!
En principio este capítulo se iba a llamar rebelión, pero me acabé decidiendo por héroe porque quedaba más irónico. A Roy aquí todo le sale mal, falla en los procedimientos, enferma, su misión es un desastre y al final acaba dándose cuenta de que no puede cambiar las cosas. Siempre tenemos una imagen brillante de Roy, y uno de los objetivos que me planteé al escribir esto fue el de desmitificar la guerra, que no hay nada bonito ni heróico en ella. No quedó mal, creo.
Por otra parte, quería mostrar a Kimblee más allá de la introducción. Es un personaje que me encanta, uno de los mejores villanos ever, porque es consciente de lo horrible de sus acciones y aun así le da igual.
Nos vemos en el siguiente capítulo.
