Oh, how it's been so long, I'm so sorry I've been gone, I was busy writing fics for you! Si no entendieron la referencia, busquen "We´re so starving" de Panic! at the Disco jajaja Hola gente bella! Disculpen la demora, pero soy un caos jajaja Aunque juro que este mes se vendrán más actualizaciones, porque me comprometí a escribir por lo menos 25000 palabras para Julio y espero cumplir con esa meta. ¡Les traigo un nuevo capítulo! Estoy planificando terminar este fic en el capi 30, así que vamos en la recta final, ¡yuju! Les agradezco muchísimo su apoyo, sus visitas, sus comentarios... en serio, saber que escribo y que hay alguien leyendo y disfrutando de eso es la mejor sensación del mundo. Sin más blablabla, aquí vamos.
Pd: Lo siento, son 20 páginas de Word otra vez. Que alguien me enseñe a resumir, por favor jajaja
Advertencia: Posible presencia de contenido NSFW más adelante.
Capítulo 21
Abrió los ojos, desconociendo en dónde estaba. No le sorprendió demasiado, porque no era la primera vez que le pasaba. Despertó por la sed, y por el calor, pero debía admitir que seguía cansado. Dio vuelta la almohada, intentando de refrescar su rostro. Sonrió por el exquisito aroma de la tela, olía muy distinto al detergente barato que utilizaban en su casa. Definitivamente, valía la pena derrochar un poco más de dinero en cosas de mayor calidad, ya que, desde que su sobrino nació, ahorrar dinero era sagrado.
Talló sus ojos, y miró a su alrededor. Las paredes estaban pintadas de un blanco inmaculado, y gran parte de las decoraciones en la habitación eran de colores pasteles. Muy elegante y femenino.
Escuchó la suave respiración de su acompañante a su lado, y frunció el ceño. Debía marcharse luego, antes de que ella despertara. Era una pésima costumbre, tenía que admitirlo, aun así, no podía evitar ese tipo de maniobra evasiva. La incomodidad a la mañana siguiente, después de…eso, era una gran desventaja de la vida de soltero. Las invitaciones a salir juntos de nuevo, las peticiones para quedarse a desayunar con él y los reproches por su insistencia de dejarlo todo ahí y dar vuelta la página arruinaban la diversión.
Hao no entendía porque sufrían tanto cuando él se iba; nunca les prometía nada que no les pudiera dar.
Sonrió satisfecho frente a su propio pensamiento. Esa noche se aseguró de cumplir con cada una de las travesuras que le susurró en el oído a esa muchacha. Nunca creyó que ser tutor de historia pudiese ser tan beneficioso, pero sus estudiantes estaban deseosas por mucho más que conocimiento.
Lamentó que su gemelo se perdiera de tanto, todo por andar de perro faldero de esa rubia. Hao recordó cuando le anunció que estaba saliendo con ella; su estúpida sonrisa y su infantil sonrojo. Esos ojos de enamorado que le revolvían el estómago. Supo al instante que lo había perdido. Sus sospechas se confirmaron cuando el mini demonio nació, atándolo a una vida tan aburrida que podría incluso derramar algunas lágrimas en su honor. Le entristecía tanto potencial desperdiciado; eran físicamente idénticos, por lo cual le tenía fe a Yoh. Sabía que nunca llenaría sus zapatos, aun así, despreciar sus cualidades en ese ámbito sería como ofenderse a sí mismo.
Rio mentalmente, cubriéndose el rostro. ¿Qué demonios estaba pensando?
Sus ojos viajaron hasta la mesa de noche, en donde vio algunas botellas de vidrio vacías. He ahí, la culpable de su raciocinio desorganizado. Agradeció no tener una resaca terrible, aun así, los efectos del alcohol permanecían vagamente en su cuerpo. Estaba ligeramente mareado, y muy animado para estar despertando recién.
Buscó su teléfono con la mirada, sin saber qué hora era.
Con cuidado, se levantó de la cama, soltando un gruñido cuando notó que su acompañante estaba recostada sobre su largo cabello castaño.
—Mierda —susurró, jalando el último mechón desde los brazos de la muchacha.
Una vez libre, buscó sus prendas. Le urgió encontrar su ropa interior, no por sentir vergüenza ante su propia desnudez, sino porque no quería provocar a la chica en caso de que despertara. Luego buscó sus pantalones, recordando que su teléfono debía estar por ahí.
Sonrió al encontrarlos en la entrada de la habitación, recordando la razón por la cual estaban ahí. Fue una noche sorpresivamente desenfrenada. Sacó su teléfono del bolsillo después de haberse puesto dicha prenda, enarcando una ceja al ver un mensaje de Anna en la pantalla.
"Las compras. Las quiero en casa antes de las una"
Le siguió una lista de víveres que no pensó en leer. Esa mujer se estaba mal acostumbrando a tenerlo de sirviente. Recordó haberse comprometido a ayudar en los quehaceres de la casa, pero estaba harto de hacer siempre lo más aburrido.
Vio la hora, dándose cuenta de que faltaban treinta minutos para el plazo dado por su cuñada. Ladeó la cabeza, recordando que había ido de compras hace poco.
—Oh, oh.
Era domingo. Harían una pequeña reunión para que los amigos de Yoh conocieran a Hana. Tenía un mes y medio, y Horo Horo no había dejado de ser un dolor en el trasero al respecto. Insistía en que quería conocer al hijo de Yoh como si se tratara de una estrella de rock.
—¿Ya te vas? —preguntó la muchacha, cubriendo su cuerpo con las sábanas.
Hao volteó hacia ella, estupefacto al oír su voz. No sabía en qué momento había despertado.
—Me quedo si quieres que te enseñe más historia —contestó él, dedicándole una brillante sonrisa.
Ella cubrió su rostro con las mantas, avergonzada por los eventos de la noche anterior. El Asakura continuó recogiendo su ropa del piso, riendo sonoramente cuando notó que ella continuaba escondida en la cama.
—No le des tanta importancia —le dijo, sentándose en el borde de la cama mientras abrochaba sus zapatillas—. Deberías estar contenta por haber recibido una clase tan magistral.
La muchacha descubrió sólo sus ojos, revelando su parte de su expresión horrorizada.
—¿No le contarás a nadie, cierto? —preguntó ella.
—¿Acaso crees que soy un cretino, Jeanne?
La mirada escarlata de la joven se fijó en el castaño, quien no presentaba ni una pizca de remordimiento. Ella asintió respondiendo a la pregunta de Hao, quien puso los ojos en blanco y continuó vistiéndose.
—Si Ren se entera de esto, voy a…
—¿Por qué te preocupa él? —preguntó Hao, levantándose de la cama—. No están juntos, y ya pasaron meses. Date cuenta, lo de ustedes se acabó.
Jeanne dejó caer la sábana, mirándolo furiosa.
—¡No eres nadie para hablarme de esa forma!
—Lindos senos.
La muchacha se calló al instante, y volvió a cubrirse, roja como un tomate. Hao volvió a reír, examinando con la mirada la habitación para asegurarse de haber recolectado todas sus pertenencias. Algo acalorado, buscó sobre la mesa de noche una liga para el cabello. Recogió una de color rojo, con un adorno de luna. Un poco femenino, pero cumplía con su propósito.
—Me voy —anunció, juntando su enredado y largo cabello castaño en una coleta—. Nos vemos en el salón de clases.
—Sí, sí, ya vete —pidió la joven, aún debajo de sus sábanas.
—¿Quieres un beso de despedida? —interrogó Hao, con una sonrisa maliciosa.
Su respuesta fue una almohada arrojada con excelente puntería a su rostro. Hao negó con la cabeza, y arqueó una ceja. Esa Jeanne si tenía actitudes extrañas.
Anna ladeó la cabeza, tomando su mentón con una mano. Evaluó con ojos entrecerrados la vestimenta que Yoh había elegido para su hijo, sin estar muy satisfecha.
—Se ve bien —insistió el castaño, sentado con las piernas cruzadas sobre su cama, sosteniendo con ambos brazos a su hijo sobre el colchón—. A él le gusta, ¿verdad, Hana?
El bebé hizo una burbuja de saliva, que fue una afirmación suficiente para su joven padre.
—No le gustaría tanto si supiera leer —comentó Anna, suspirando con una ceja arqueada.
Yoh echó un vistazo a la espalda de su bebé. "Tengo al mejor tío" era una frase pretenciosa, sin embargo, la polera a rayas celestes y blancas se le veía adorable. No porque Hao hubiese comprado algo con ese mensaje habría que despreciar un atuendo tan lindo.
—Hana adora a Hao, no creo que le moleste.
El castaño sonrió ampliamente, recibiendo el ceño fruncido de su novia y de su hijo. Yoh se sorprendió por el gesto de su bebé, aunque supuso que sería una mera coincidencia.
—Hablando de Hao… —dijo la rubia—, ya es tarde, y no ha llegado con las cosas que le pedí.
—Descuida, sé que los chicos traerán comida, y si falta algo podemos pedir a domicilio.
Anna cruzó los brazos, mientras que Yoh apoyaba la espalda contra el colchón, elevando a Hana ligeramente en el aire.
—Mami se preocupa demasiado —rio, viendo que la expresión de enfado del bebé desaparecía—. Piensa tanto, y se enoja con facilidad. Se le va a arrugar la frente, ¡sí! Que arrugada va a estar.
Yoh miraba de reojo a Anna, que inspiraba profundamente con las mejillas rojas. Estaba abusando de su suerte, porque sabía que tener a Hana ahí era lo mismo que tener un escudo protector.
—No me digas "mami", jamás —repitió la rubia—. Y no seas muy brusco, comió hace un rato, no querrás que…
Antes de completar su oración, Yoh se detuvo en seco, volteando a verla horrorizado. Hana acababa de vomitar encima de él. Anna no logró mantener una cara de póquer convincente, curvando levemente la comisura de sus labios.
—…te lo advertí.
El castaño se sentó lentamente sobre la cama, extendiéndole el bebé a su madre. La rubia buscó un trapo de algodón para limpiar el rostro de su hijo, muy consciente de que Yoh se mantenía inmóvil y asqueado.
Anna evaluó la expresión de Hana, quien parecía ajeno a lo que había pasado, regalándole una sonrisa desdentada. Ella le sonrió de vuelta, acunándolo en sus brazos. Volteó a ver a Yoh, que la miraba suplicante.
—Te lo merecías, "papi" —sonrió complacida al ver que su novio unía el entrecejo.
—No es divertido, Anna.
—Apenas te ensuciaste, no exageres —reprochó ella, dirigiéndose al mudador con su pequeño hijo—. Cámbiate la playera y listo.
—Mhhm —Yoh asintió de mala gana, caminando con la misma expresión de repulsión hacia su guardarropa.
La rubia aprovechó que la ropa de su hijo se había ensuciado para cambiársela, poniéndole algo que si cumpliera con sus estándares.
—Me enorgulleces, bebé —susurró, sonriéndole a Hana mientras cambiaba su atuendo.
Se encontraba en medio de esa labor, cuando escuchó el timbre de la puerta principal sonar desde el primer piso. Volteó a ver a Yoh, quien la miró igual de confundido.
—Hao tiene llaves —dijo él, con el torso descubierto.
—¿A qué hora le dijiste a tus amigos que vinieran? —preguntó Anna, entrecerrando los ojos.
A lo lejos, escucharon múltiples voces y el sonido del timbre siendo tocado repetidamente. Ella parpadeó, dirigiendo una mirada severa a su novio.
—No sé por qué llegaron tan temprano —confesó, encogiéndose de hombros—. Iré a abrirles la puerta.
Yoh comenzó a caminar, y la rubia cubrió su rostro con una mano.
—¿Qué tal si terminas de vestirte? —sugirió, sosteniendo a Hana mientras buscaba otra prenda para él—. Si bajas así, podrían pensar que… —su voz se hizo más débil gradualmente.
Continuó enfocada en su bebé, con Yoh mirándola expectante.
—¿Pensar que…?
—Interrumpieron algo —completó ella, mirándolo de soslayo.
El castaño sonrió, negando con la cabeza antes de ponerse rápidamente la primera prenda que encontró.
—Ojalá fuera así —dijo él, haciendo que Anna volteara a verlo sorprendida.
Deseó reprocharlo por ese descaro. No era el momento para discutir su falta de… intimidad. El timbre volvió a sonar, haciéndola suspirar irritada. Yoh aprovechó la oportunidad para huir de la escena.
—¡Yoh! ¡Anna!
El Asakura rio, escuchando cada vez más cerca las voces de sus amigos.
—¡Abran rápido! ¡Queremos ver a nuestro sobrino!
—No seas impertinente Horo, no es tu so…
Yoh abrió la puerta, feliz de encontrarse con sus compañeros.
—Ahí estás —dijo enfadado Horo Horo, entrando sin permiso al hogar del castaño—. Llevamos un montón de tiempo aquí afuera.
—Como un minuto —dijo Manta, poniendo los ojos en blanco por el comentario de su amigo—. Me alegra verte, Yoh.
El Asakura sonrió, haciéndose a un lado para que el resto entrara a su casa.
—Que bien que hayan podido venir.
—No nos perderíamos el debut social de tu hijo —explicó Ren, que al igual que Manta llevaba unas bolsas en las manos—. ¿Dejamos esto en la cocina?
—Trajimos comida —avisó el rubio—. Y algunos regalos para Hana.
—¡Gracias! Eh… podemos dejar la comida en la cocina, y los regalos en la sala de estar.
Todos entraron a la casa. Nadie se asombró cuando vieron a Horo Horo inspeccionando el refrigerador.
—Diablos, Yoh —comentó el de cabello celeste—. ¿Dónde guardan las cosas deliciosas?
—Anna guarda sus dulces en un cajón bajo llave. Hao también tiene un estante con cosas suyas, aunque ni loco me atrevo a sacar algo sin permiso.
—Tu familia tiene un problema —indicó el chino, negando con la cabeza—. Hablando de ellos, ¿dónde están Anna y Hao?
—¡Y Hana! —agregó Horo—. Qué importa el resto, nosotros vinimos a ver a nuestro sobrino.
—Gracias —contestó Anna, desde la puerta de la cocina.
El de cabello celeste cerró de golpe la nevera, volteando con la espalda recta a ver a la rubia. Ella estaba cargando a su bebé entre sus brazos, quien tampoco parecía agradado con el comentario del muchacho. Horo miró a Hana, luego miró a Anna. Repitió el movimiento, hasta que ella frunció el ceño.
—¿Qué? —preguntó, caminando hacia las visitas.
—Nn…nada… Es que… son iguales.
Además, era tan extraño para él y para Ren ver a la rubia con un bebé. Lo más raro, es que no era cualquier niño. Era su hijo. El hijo de Anna, y de Yoh. El chino pareció igual de impactado frente a la imagen, pero supo disimularlo de mejor manera.
—Hola, Anna —saludó, caminando hacia la muchacha—. Así que este es tu hijo, ¿eh, Yoh? —miró sobre su hombro al castaño, quien se rascaba la cabeza con las mejillas rosadas.
—Horo, Ren, él es Hana Asakura —presentó, sacudiendo del hombro al de cabello celeste, que se mantenía perplejo—. ¿Qué pasa, Hoto? ¿no estabas entusiasmado por verlo?
El aludido tragó saliva, y sonrió ligeramente, con una expresión conmovida.
—Sí, sólo que… —intentó formular alguna idea coherente, tratando de expresar sus emociones con dificultad—. Esto es tan irreal.
Yoh rio, dándole un empujoncito para que se atreviera a acercarse a su hijo. Entendía bien cómo se sentirían sus amigos, incluso a él le costaba asimilar que todo era cierto. Que ese adorable, y enfadado, bebé era su bebé.
Manta observó divertido a sus amigos. Él había conocido a Hana cuando era un recién nacido, y fue a verlo al hospital. La primera impresión de ver a Yoh siendo un padre fue impactante, y un poco preocupante. Supo por su mirada emocionada que adoraba a su hijo, aun así, no tenía idea de qué hacer con él. O tal vez sí lo sabía, pero en ese entonces estaba demasiado nervioso para funcionar correctamente.
Le echó un vistazo a su amigo, quien lucía feliz y relajado. Muy distinto al Yoh que suspiraba melancólicamente al enterarse recientemente que tendría un hijo.
—Es tan pequeñito —comentó Horo Horo, inclinándose sobre Hana para observarlo mejor—. Tiene esa cara de enojado, me preguntó a quién habrá salido.
Anna arqueó una ceja, haciendo un esfuerzo monumental para mantener sus manos en su hijo, y no alrededor del cuello del amigo Yoh.
Ren puso los ojos en blanco, el Usui debería apreciar más su propia vida. Al igual que él, se agachó ligeramente, observando de cerca al bebé que lo miraba con desconfianza.
—No le agradamos —supuso, sonriendo divertido—. Para ser un Asakura, no eres muy amistoso.
Sintió los ojos severos de la rubia puestos sobre él.
—…Aun así, eres lindo.
—Ss…sí —apoyó Horo, sintiéndose igual de intimidado—. Es el bebé más lindo que he visto.
Anna pareció satisfecha, y respiró profundamente.
—¿Quieres cargarlo? —le ofreció a Ren, haciendo que el de ojos negros los observara traicionado.
—¿Por qué lo dejas a él y no a mí?
—Él me da más confianza —admitió ella, sonriendo cuando Horo cruzó los brazos en silencio.
El chino se mostró dubitativo, aún así, no se negaría al honor de que la misma Anna Kyoyama le permitiera cargar a su hijo. Con mucho cuidado, recibió al rubio entre los brazos, quien lo contemplaba con curiosidad.
Ren notó las miradas expectantes de todos los presentes, sintiéndose incómodo rápidamente. Sin embargo, mantuvo la compostura, sosteniendo con mayor firmeza al bebé.
—Ay, Ren —comentó Manta, cubriendo su boca sonrojado—. Te ves tan bien de papá.
Yoh rio entretenido, mientras que Horo continuaba viendo a su amigo con envidia. El chino enarcó una ceja con desagrado, volviendo a mirar al regordete que se encontraba entre sus brazos. Vio que su pequeño ceño fruncido desaparecía. El castaño caminó hacia él, poniendo su mentón sobre el hombro de Ren. De pronto, Hana sonrió, mostrando su falta de dientes en todo su esplendor.
—¡Mira! Le agradas —dijo el padre, dándole una palmada en la espalda al de ojos ámbar—. Que bueno, Ren. Seguro serán grandes amigos cuando él crezca.
—Sirin grindis imiguis cuindi crizqui —se burló Horo, mostrándole la lengua al chino—. Pfft, tonterías.
—Lo siento, Hoto Hoto —dijo el chino, sin una pizca de lástima—. Ya sabemos quien es su tío favorito.
—Yo —contestó Hao, entrando a la cocina, caminando directamente hasta el fregadero.
Se sirvió un vaso de agua, bebiendo su contenido en un par de segundos. Comenzó a llenar el vaso de nuevo, notando que su hermano se había parado junto a él, esperando la respuesta a una pregunta que jamás hizo.
—Pasé al supermercado, y dejé las cosas sobre la mesa —explicó, sirviéndose el segundo vaso de agua—. Deja de mirarme así, hace calor afuera.
Tampoco ayudaba que hubiese bebido una cantidad desconocida de alcohol durante la noche, mucho menos las actividades en las que se vio involucrado, deshidratándolo.
—Pudiste haber avisado que no llegarías anoche —dijo el menor, con una sutil sonrisa—. ¿Lo pasaste bien?
—No pretendas que te interesa —contestó Hao—. Vives con tu novia, sé que cuando me quedo afuera no es un gran suplicio para ninguno de ustedes.
Yoh inhaló una gran bocanada de aire, intentando controlar el rubor que furiosamente ocupaba todo su rostro. Hao sabía que era un tema del cual su gemelo no querría hablar. Tras varios meses de abstinencia, le parecía extraordinario que su hermano no se hubiese lanzado por la ventana. El mayor negó con la cabeza, y llenó un tercer vaso con agua.
—No te emociones —le advirtió a Ren, a través de la habitación—. Ahora te estará sonriendo, pero después volverá a mirarte con esa cara de desagrado que pone.
El chino volvió a mirar a Hana, que ya parecía haberse aburrido de él. Suspiró, la mentalidad de los bebés era un misterio que él no pensaba descifrar. Observó a Hao, quien sonreía complacido al tener la razón.
—Si no te molesta —le dijo al de ojos ámbar, caminando hacia él—. Me gustaría que me entregues a mi querido sobrino. Desde ayer no lo veo, y sería mal educado no saludarlo.
—…tú tampoco nos saludaste cuando llegaste —comentó Manta, sin atreverse a mirar al Asakura.
—Oh, es cierto. Hola a todos —sonrió, extendiendo los brazos hacia Ren—. Ahora, Tao.
Anna frunció el ceño, apartando con una mano a Hao.
—Antes de tocar a mi hijo, vas a limpiarte —ordenó, poniendo su dedo índice sobre la frente de su cuñado—. Tienes la misma ropa de ayer y se ve que no te has bañado. No permitiré que llenes a Hana con tus bacterias.
El castaño la miró con reproche, sin embargo, entendía su aprehensión. Además, necesitaba una ducha con urgencia.
—Está bien, mamá.
Sonrió cuando vio a la rubia fulminándolo con los ojos. Enloquecía cada vez que Yoh o él se referían a ella de esa forma, aunque, con Hana ahí, aguantaba cualquier exabrupto. Le daba un poco de lástima jugar así con su cuñada, pero era justo después de haber soportado sus cambios de humor durante el embarazo.
Lo observaron yéndose de la cocina, y de pronto Ren se tensó. Yoh notó que su semblante cambiaba, aunque prefirió no preguntar nada. Se paró a junto a él, extendiendo sus brazos.
—Si quieres lo sigo cargando yo —ofreció, viendo al chino asentir con ojos pensativos.
—¿Qué hay de mí? —preguntó Horo, acercándose al castaño con los brazos en el aire—. ¡Yo también puedo cargarlo!
Yoh miró a Anna, quien negó con la cabeza. Se encogió de hombros, haciendo que su amigo suspirara frustrado.
El Asakura y sus invitados permanecieron en la cocina por un rato más, preparando la comida en conjunto. Anna se retiró junto a su hijo, quien de pronto necesitaba un cambio de pañales.
—Te salvaste —rio Manta, observando a Yoh limpiando algunas cosas en el fregadero.
—Sólo porque estoy cocinando —explicó él, dando una media sonrisa—. Ella insiste en que soy muy lento cambiándole los pañales, así que tengo que hacerlo apenas tenga lo oportunidad.
—¿No será una excusa para que tú lo hagas? —preguntó Horo, quien había sacado un paquete de galletas de las bolsas de las compras.
—Es posible —dijo Yoh—. Aun así, no me atrevo a discutir con ella.
El de cabello celeste rio, con la boca llena de comida.
—Admito que en un principio te envidiaba por vivir sin tus padres, y con tu novia. Ahora, te compadezco.
—No es fácil acostumbrarse —confesó el castaño, secándose las manos—. Hace unas semanas tuvimos una pelea muy fea, supongo que el estrés nos sobrepasó. Sin embargo, creo que ambos estamos esforzándonos para que funcione… Entre el instituto, el trabajo y Hana a veces me siento agotado. Pero basta con tener un minuto de tranquilidad con ella y con mi hijo y todo vale la pena.
Cuando terminó de secar sus manos, alzó la mirada y vio lo conmovidos que sus amigos estaban. Horo y Manta parecían al borde de las lágrimas, y Ren lucía sorprendido. Yoh ladeó la cabeza, esperando que uno de ellos explicara esas reacciones.
El Usui limpió sus ojos con una manga.
—Ay, esas cebollas estaba fuertes…
—No hay cebollas en la cocina, Horo.
El de cabello celesta abrió la boca, buscando un pretexto para justificar sus ojos llorosos. Prefirió salir de la cocina, con el paquete de galletas en una mano.
Ren sacudió la cabeza, sosteniendo unos platos con comida.
—Llevaré esto al comedor —anunció, incómodo.
Yoh asintió y lo vio irse velozmente, dejándolo solo con Manta.
—¿Qué es lo que les pasa? —preguntó él, mirando al rubio.
—Bueno, Yoh… —el más bajo jugueteó con el cuello de su camisa, con las mejillas levemente rojas—. No lo sé… es tan raro verte así. Es decir, tienes un hijo y un trabajo, estás viviendo con Anna, tus padres ya no están…
—Oh, ya veo —rio—. Aunque, no es como si hubiese ocurrido de la noche a la mañana. Ha sido una… ¿aventura?
Manta sonrió, soltando un largo suspiro.
—Admito que temí por ti al principio —confesó el rubio—. Ahora sé que eres el único de nosotros que pudo haber pasado por esto sin perder la cordura.
—Es así cuando no quieres defraudar a la gente que amas.
Otra vez, los ojos de Manta se veían vidriosos. El castaño frunció los labios, evitando reírse.
—Vamos, amigo —le dijo, dándole palmaditas en la espalda—. El único que tiene permitido llorar en esta casa es Hana.
El rubio asintió en silencio, saliendo de la cocina junto a Yoh.
Los muchachos comenzaron a preparar los alimentos y los utensilios sobre la mesa, comenzando a comer una vez que Hao, Anna y Hana se les unieron.
—Hace mucho que no tenemos tanta gente en casa —relató el menor de los gemelos, sirviéndose un vaso de jugo.
La última vez que tuvieron tantos invitados fue días después de que Hana naciera, cuando su familia se quedó con ellos. Cuando su abuela estaba con vida.
Yoh y Hao intercambiaron miradas fugaces, comprometiéndose en secreto a no hablar del tema.
Horo contemplaba al bebé regordete que se encontraba entre las piernas de Anna, alzando las manos al aire mientras que ella le sonreía, concentrada única y absolutamente en su hijo.
—Esta bien, Yoh —dijo el Usui—. Admito que hiciste algo muy lindo.
La rubia alzó una ceja.
—Por supuesto que es lindo —contestó ella—. Es mi hijo.
—¿Me vas a dejar sujetarlo?
—No.
Yoh suspiró ante la frustración de su amigo. Después notó que Anna no estaba almorzando por estar atenta a su bebé, ideando un plan que le conviniera a ambos.
—¿Qué tal si dejas que Horo lo cargue para que puedas comer tranquila?
Ella arqueó una ceja, meditándolo por un momento. Volteó a ver al chico de cabello celeste, que la miraba lleno de ilusión. Ella resopló resignada.
—Pobre de ti si se te cae—advirtió, mientras Horo se levantaba de su puesto entusiasmado hacia ella—. Y aleja toda la comida y utensilios de él.
—Claro, Annita…
El Usui sostuvo a Hana, quien no apreciaba el cambio de brazos que lo levantaban. Horo miró perplejo cuando el pequeño rubio volvió a fruncir el entrecejo.
—¡Hola, sobrinito! —saludó, haciendo muecas y gestos intentando de obtener una sonrisa—. ¡Soy Horo, tu tío preferido!
Hao arqueó una ceja desde su puesto. El muchacho continuó tratando de animar al bebé.
—Vamos, chico, sé que vamos a llevarnos muy bien, lo presiento.
Continuó haciendo distintas caras, sintiendo alegría inmediata cuando el rubio pareció rendirse y comenzó a sonreír ligeramente.
El mayor de los Asakura miró desde su puesto, apoyando su mentón sobre una mano, con ojos severos puestos sobre el chico.
—No puedo creer que se conocen hace menos de una hora y Hana ya le sonríe. A mí me costó casi un mes y este llega y lo logra el primer día.
—Tal vez no eres material de padre —contestó encogiéndose de hombros el Usui, sin saber la furia que estaba desencadenando en Hao.
Horo no era el único que pensaba de esa forma. Marion le dejó bien claro que opinaba así, tantos meses atrás.
A pesar de esos amargos recuerdos, el gemelo mayor mantuvo una sonrisa, falsa y serena, calculando cómo se vengaría por esa osadía. Estaba tan concentrado en sus pensamientos maliciosos, que no se había dado cuenta de que Ren continuaba mirándolo de forma extraña.
—Entonces… —dijo el chino, llamando la atención del resto—. Sabemos que ustedes están estudiando en horarios diferidos para poder trabajar. Suena pesado.
—No es tan terrible después de acostumbrarse —contestó Yoh, notando que Ren mantenía la vista en su gemelo.
—¿En qué estás trabajando, Hao? —preguntó el de ojos ámbar.
—Conseguí unas tutorías en el instituto… —lo miró aburrido, bebiendo un sorbo más de agua—. ¿Por qué te interesa, Tao? ¿Quieres que te enseñe algunas cosas?
Volvió en el Asakura esa sonrisita que Ren detestaba con pasión. Si bien tenía múltiples similitudes con su gemelo, el Tao consideraba a Hao condescendiente, arrogante, y ególatra. Eran algunas características en común con el mismo Ren, aunque no por eso las apreciaba en otra persona.
—Ayer fue sábado —dijo el de ojos dorados, confundiendo a los presentes—. ¿Tuviste que trabajar también?
—A veces me piden ayuda extra durante los fines de semana —explicó, Hao, sonriendo tranquilamente.
—Tiene que ser una labor muy pesada, si te hace pasar la noche fuera de casa.
Yoh negó con la cabeza, riendo ante esa idea.
—Claro que no trabajó durante la noche, simplemente… —se detuvo, evaluando cómo decirlo sin que sonara mal—. Se entretuvo y perdió la noción del tiempo.
Ren arqueó una ceja.
—Nos dimos cuenta, Yoh. Vimos a tu hermano beber agua como si su vida dependiera de ello, y con la misma ropa de ayer. Sé que no estaba trabajando.
Hao cruzó los brazos, apoyando su cuerpo por completo contra el respaldo de su silla. Tendría que ser un idiota para no fijarse en la energía negativa que el Tao expedía hacia él.
Ren lo sabía. Pero ¿cómo?
—¿Qué me delató? —preguntó el mayor de los Asakura, fijándose en los esfuerzos del chino por mantener la calma.
—Llegaste peinado con una coleta —explicó—. Estabas usando una liga para el cabello que yo le regalé.
Todos en la mesa miraron confundidos, sin entender de qué estaban hablando. Hao soltó una pequeña risa, alzando una de sus manos para remover una liga para el cabello que tenía puesta en su muñeca.
—Que descuidado soy —contestó, mordiéndose el labio.
El Asakura le lanzó la liga a Ren por sobre la mesa, quien la recibió hábilmente con una mano.
Yoh miró a Manta, quien miró a Horo, quien miró a Anna. Ella observó atenta el intercambio entre el hermano y el amigo de su novio, y las piezas encajaron en su mente.
—Oh… —soltó ella, volteando a ver con una cara de reproche a Hao.
—¿Qué pasa? —preguntó Manta, confundido cuando la rubia se levantó de la mesa—. ¿A dónde vas, Anna?
—Me llevaré un rato a Hana arriba —comentó ella, exigiéndole su bebé a Horo—. Es muy pequeño para estar en medio de su drama.
—¿Qué drama? —interrogó Yoh, viéndola llevarse a su hijo—. Y Anna, apenas probaste tu comida, no puedes irte aún…
—Comeré más tarde —aseguró la rubia, sonriendo sutilmente.
La muchacha desapareció con su hijo, dejando al resto de los presentes con caras de interrogación. Horo se rindió de intentar de adivinar, y preguntó directamente.
—¿Qué diablos pasa?
—Hao se acostó con Jeanne —respondió Ren, cruzando los brazos contra su pecho.
Yoh miró a su gemelo con la boca abierta, demasiado sorprendido como para hablar.
—¿Hiciste qué? —cuestionó Horo, con los ojos abiertos como platos.
—Es de mala educación hablar de eso —dijo el mayor de los Asakura, continuando con su almuerzo.
—¿Con Jeanne? —preguntó Manta, mirando a Ren de reojo—. ¿Cómo es que…?
El chino alzó la femenina liga para el cabello. El rubio entrecerró los ojos, pensativo, sin tardar mucho en comprender la situación. La incomodidad comenzó a inundar el ambiente, aunque Hao no estaba preocupado en lo más mínimo. Ren se levantó de la mesa, excusándose. Nadie se atrevió a preguntarle a dónde iba.
—Hao… —dijo Yoh, dedicándole la misma expresión de reproche que su novia había utilizado—. Eso no se hace.
—¿Por qué no? —el hermano mayor lo miró fingiendo confusión—. Ella es soltera, y libre de hacer lo que quiera. Como yo. Además, Jeanne y Ren terminaron hace siglos, ya ni siquiera se hablan. No veo el problema.
—Uno no se mete con las ex novias de los amigos —explicó Horo, cubriendo su rostro sonrojado.
—Ren no es mi amigo.
—Pues es mi amigo —respondió Yoh—. Sabías que no era apropiado, y lo hiciste de todas formas.
—¿Como embarazar a tu novia a los diecisiete?
Cualquier rastro de gentileza en la cara de los dos Asakura desapareció. Horo y Manta se miraron asustados, sin saber qué esperar.
—Está bien —dijo el mayor—. Fui injusto contigo. Eres mi gemelo, es más que obvio que también te dejarías llevar por tus bajos instintos en algún punto de tu vida. La próxima vez, cuando vuelvas a equivocarte, intenta no arrastrar al resto contigo.
—Hao…
—Tuviste suerte, Yoh. Tienes a tus amigos, a tu familia, y a Anna. Todos apoyándote cuando metiste la pata. Así que, te pediré que no seas tan hipócrita como para juzgarme, siendo que todo lo que hacemos gira en torno a tu pequeño error.
Yoh se levantó de su puesto, con ambas manos golpeando la superficie de la mesa. Sus ojos, serios como nunca, se clavaron directamente en los de su hermano.
—Te retractas, o te vas.
El mayor rio con incredulidad. Ese mocoso tenía que estar bromeando.
—No hablas en serio —contestó, sonriendo desafiante.
Su gemelo mantuvo esa mirada penetrante sobre él, afirmando que no estaba jugando. Hao se paró de su silla, empujándola bruscamente.
—Como desees, Yoh —respondió, sus ojos llenos de veneno.
Caminó hacia el exterior de la sala, topándose con Anna en el umbral de la puerta, empujándola con el brazo al pasar. Ella volteó a verlo irritada, y cuando miró a su novio esperando una explicación, lo vio con el ceño fruncido, y una mirada llena de ira, siguiendo a su gemelo con la intención de hacerlo pagar por tocar de esa forma a la rubia. No tenía idea si fue a propósito o no, pero no permitiría que le faltara el respeto así a Anna.
Cuando Yoh llegó a la puerta, la rubia se paró frente a él, impidiéndole el paso.
—Anna —pidió, caminando de un lado a otro, forzándose para mantener la calma.
Ella seguía sin comprender qué había ocurrido, aunque no necesitaba información adicional para saber que Yoh quería patearle al trasero a su hermano. Por supuesto, una parte de ella quería darle la bofetada de su vida a su cuñado por tener el descaro de empujarla, pero su prioridad en ese entonces era calmar a su novio. Él la miró, suplicante y enfadado, pidiéndole permiso con los ojos para poder ir detrás de Hao. Ella no cedió, y puso sus manos sobre su rostro.
—Yoh —susurró—. Mírame.
El castaño obedeció de mala gana, frustrándose aún más cuando escuchó la puerta de su casa cerrándose de golpe, confirmando que Hao se había ido. Sus puños se cerraron con fuerza.
—Yoh —repitió ella, esta vez más demandante.
Él la observó, soltando un largo suspiro.
—Déjalo —su voz y su mirada se volvieron suaves—. No pasa nada, tranquilo.
Su novio inhaló profundamente, exhalando como si dejara su ira salir con su respiración. Anna sabía que tanto Horo como Manta estaban mirando atentos, aún así, se acercó a Yoh, y se paró en la punta de sus pies para darle un beso en la nariz. Como un remedio mágico, lo vio sonreír. Continuaba molesto, no obstante, se veía mucho más calmado. Ella sonrió de vuelta.
Después del incómodo encuentro con Hao, fue difícil distraerse del todo. Si bien sus amigos intentaron de animar a Yoh, él no podía quitarse de la cabeza las palabras hirientes de su hermano. Ya era de noche, y no había señales de vida de su gemelo. No era como si le importara, claro.
—¿Quién se cree que es? —preguntó el castaño, con los brazos cruzados sentado sobre la cama—. Se cree tan superior, como si tuviese idea de qué está hablando.
Anna se sentó junto a él, con un bebé somnoliento recostado sobre su pecho.
—Yoh, ¿cuándo fue la ultima vez que peleaste con él?
—No es raro que discutamos —dijo, dejando su cuerpo caer sobre el colchón—. Así son los hermanos.
—Eso no parece haber sido una simple discusión —respondió ella, meciendo con cuidado a Hana—. Tú no habrás visto tu cara, pero yo sí, y sé que querías matarlo.
—Se refirió a Hana como "pequeño error" y después te empujó —el recuerdo del evento lo hizo hacer una mueca de desagrado—. Lo hubiese asfixiado con su mismo cabello si me lo hubieras permitido.
Ella rio ligeramente, mirándolo sobre su hombro.
—Por mucho que se lo mereciera, no es bueno actuar precipitadamente, menos si no estás pensando con claridad.
—¿De dónde sacaste eso?
—Tú me lo dijiste.
Yoh cubrió su cabeza con la almohada, bufando molesto. Anna arqueó una ceja, y volvió la vista a su hijo, que se había quedado dormido.
—Mantén ese cojín sobre tu rostro si planeas hacer algún escándalo —le pidió ella, levantándose de la cama—. Hana acaba de quedarse dormido, así que no hagas mucho ruido.
—Ahá…
Se pusieron sus pijamas, y fueron al baño a cepillarse los dientes. Tenían toda una rutina, que hasta Hao había descifrado.
—Espero que se esté quedando con Matty y no tenga el descaro de pasar la noche con Jeanne otra vez —dijo Yoh, después de haber escupido la espuma de su boca.
—Aún no puedo creer que prefirió irse para no retractarse —comentó Anna, limpiándose la comisura de los labios—. Fue inmaduro de su parte.
—Así es mi hermano. Orgulloso y estúpido.
La rubia sonrió, haciendo que Yoh la mirara con el ceño fruncido.
—¿Qué es tan divertido?
—Lo siento, sé que estás afligido…
—…no estoy afligido…
—…pero es la primera vez que te veo tan enfadado con Hao desde que comenzamos a salir.
—Cruzó un límite, Anna —el castaño cruzó los brazos—. Se metió con Hana y contigo. Si pensaba que me iba a quedar callado como siempre estaba muy equivocado.
—Tienes razón —contestó ella, dando escasos pasos hacia su novio—. Siento que hayan peleado… aun así, fue agradable saber que actuaras a la defensiva cuando osó hablar así de nuestro hijo.
La rubia sonrió sutilmente, acortando la distancia entre ambos. Yoh la miró pararse frente a él, con una expresión que no logró decodificar.
—Créeme, Yoh… él se merece una paliza —le dijo apoyando una mano sobre su pecho—. Pero tú… tú mereces un premio por haberle hecho frente…
El castaño arqueó una ceja. ¿Un premio? ¿Ella quería regalarle algo? Ya era muy tarde para salir a comprar. No tenía sentido. Abrió la boca para hablar, cuando Anna lo atrajo hasta ella y le dio un beso en los labios. Él parpadeó, perplejo, porque era demasiado bueno para ser verdad. Esperaba no estar malinterpretando a su novia, ya que sería una crueldad si estaba jugando con él. ¿Sería que, después de meses de suplicio, al fin obtendría eso que extrañaba tanto?
Yoh respondió al beso, rodeando la cintura de Anna, cuyas manos se mantenía fuertes detrás de su cabeza.
—Anna —susurró mientras ella lo acercaba aún más para besar su cuello—. No quiero emocionarme, así que, ¿serías gentil de decirme si quieres…?
Ella se detuvo, mirándolo con seriedad. Él se maldijo internamente, sabiendo por sus ojos que lo había arruinado.
—¿En el baño? —preguntó ella—. ¿Después de tantos meses, en el baño?
—Por eso, sólo quería una confirmación… —explicó él, con las mejillas rosadas y muy, muy decepcionado.
Sabía que su propia habitación estaba prohibida, ya que Anna le había comunicado innumerables veces que no haría ninguna perversión teniendo a su hijo ahí mismo.
Yoh soltó un largo suspiro, sobre todo después de ver a su novia negar con la cabeza.
Él y su estúpida boca.
Sin decir nada más, caminaron juntos en dirección a su habitación, como todos los días. O eso creyó, hasta que pasaron frente a su puerta, y Anna pasó de largo.
—¿A dónde vas? —preguntó él, confundido.
Ella continuó avanzando, hasta que se paró frente a la puerta de la habitación de Hao. Incluso en medio de la oscuridad, Yoh logró ver los ojos de la rubia brillando, y la comisura de sus labios curvándose sugerentemente.
—¿Crees que sea un castigo adecuado tener sexo en su habitación? —preguntó ella, y el castaño tuvo que repasar sus palabras una y otra vez en su cabeza, porque parecía un sueño.
—Me parece bien —respondió él, siguiéndola felizmente hacia el interior del cuarto de su hermano.
Afortunadamente, estaba todo ordenado. La cama estaba perfectamente estirada. No era extraño, ya que sería la segunda noche seguida que el mayor de los gemelos pasaría fuera de su casa. Aunque, la última persona en la que Yoh quería pensar en ese minuto era en su hermano. Era su novia, quien merecía toda su atención y adoración. Él acercó una mano al interruptor para encender la luz, pero ella se lo impidió, tomándolo del brazo para llevarlo directamente hacia la cama. Lo empujó, haciéndolo caer sentado sobre la cama.
Ella se sentó sobre él, y ambos reanudaron el beso que fue interrumpido torpemente por las preguntas del Asakura. Él cerró los ojos, disfrutando volver a sentir a Anna de esa forma tan íntima.
—Quítate la polera —ordenó ella.
Yoh obedeció rápidamente, lanzando la prenda sin cuidado. Ella volvió a besarlo, abrazando su torso descubierto como si su vida dependiera de ello. Él no recordaba que Anna hubiese tomado la iniciativa de esa forma, mucho menos que hubiese sido con tanta urgencia. Eso confirmaba sus sospechas de que no era el único que extrañaba ese tipo de momentos entre ambos. Sintió los labios de la rubia haciendo un recorrido por el borde de su mentón, hasta el lóbulo de su oreja, activando funciones de su cuerpo que llevaban hibernando más de lo que le gustaría admitir.
El castaño movió sus manos desde la cintura de Anna a su abdomen, y luego sujetó el borde de la parte superior de su pijama con intenciones de retirarla. La rubia alejó sus labios de él, y lo miró a través de la oscuridad con aprehensión.
—Quiero verte —susurró Yoh, erizándole la piel al rozar su oreja al hablar.
Anna era muy consciente de los cambios por los que había pasado su cuerpo, y se había esforzado al máximo por esconderlos de él. Suspiró, sintiéndose insegura y avergonzada. Yoh notó su semblante dubitativo y sonrió conmovido.
—Adoro cada centímetro de ti, Anna…
Ella lo miró, estudiando sus ojos. Podría estar hablando por lujuria, dedicándole dulces palabras para concretar lo que estaban haciendo. Se sintió estúpida. Yoh no era así, y esa mirada que le dedicaba estaba llena de amor.
Dejaría de ser cobarde.
Se levantó, quitándose ambas partes del pijama. Se sintió vulnerable, parada con una única y pequeña prenda. Deseó cubrirse con los brazos, pero debía asumir de una vez por todas que esa era ella. Su cuerpo había atravesado muchos cambios, aun así, seguía siendo ella.
Yoh la miró atentamente, sonriendo con una de las expresiones más cálidas que había visto en él. Al igual que ella, se levantó de la cama, y caminó lentamente hasta que la distancia no existió entre ellos. La rubia tembló al sentir su piel desnuda contra el pecho del castaño.
Él llevó una mano hasta el mentón de Anna, alzando su rostro con cuidado. Besó sus labios, y se sintió como si fuera el primer beso. La rodeó con los brazos profundizando aún más el contacto entre ellos. Ella lo abrazó del cuello, alzándose algunos centímetros para equiparar la diferencia de estaturas. Lo sintió sonreír sobre su boca, y la recostó sobre la cama, poniéndose encima de ella, sin dejar de mirarla con esos ojos repletos de cariño.
—Tonta —susurró, riendo cuando ella jaló el lóbulo de su oreja—. Eres hermosa.
No supo qué contestar a eso, aunque supuso que un beso sería suficiente.
El cabello de Yoh caía sobre su rostro, y se sorprendió cuando notó que había olvidado que eso ocurría.
—Ha pasado mucho tiempo… —dijo ella, acariciando una de las mejillas de su novio.
—No es como si yo lo hubiese mantenido en secreto…
Ella sonrió, negando con la cabeza.
—Después de tantas insistencias, espero que estés feliz.
—¿Tú lo estás? —preguntó él, inclinándose para darle un beso en la punta de la nariz.
—Sí…
Lo atrajo con una mano enredada entre su cabello castaño, y otra acariciando su torso, explorándolo con la atención que merecía.
Yoh tomó el rostro de Anna con una mano, mientras recorría una de sus piernas con la otra, subiendo desde su muslo hacia su trasero. La escuchó reír cuando su mano llegó hasta ahí, nerviosa al no haber sido tocada de esa forma hace tanto. Era adorable conocer esa faceta de ella, tan expuesta y transparente. Él decidió atreverse a más, subiendo su mano por su abdomen, acercándose lenta y progresivamente a uno de sus senos. La mano de Anna que sujetaba su cabeza lo tomó con mayor firmeza, dándole a entender que el tacto era más que bienvenido. Continuó besándola, sintiendo que la temperatura en la habitación aumentaba gradualmente.
Sus respiraciones comenzaron a agitarse y volvieron a sentarse, en el centro de la cama, Anna sobre las piernas de Yoh. Él recorrió sus hombros desnudos con los labios, sintiendo las uñas de la rubia enterrándose en su espalda cuando comenzó a succionar su piel con su boca.
—No te atrevas a marcarme, Asakura o voy a…
La silenció con un beso en los labios, y, satisfecho por su falta de réplicas, volvió al lóbulo de su oreja, notando a Anna débil con ese movimiento. Continuó masajeando uno de sus senos, riendo cuando la escuchó ahogar un gemido contra su hombro.
—Nadie está escuchando —aseguró.
Anna quería recordarle que, en efecto, su hijo estaba durmiendo en el mismo piso en donde ellos se encontraban… pasando tiempo de calidad. Aún así, nombrarlo podría arruinar el ambiente romántico, y ella había añorado ese momento en secreto tanto como Yoh.
El tiempo de espera comenzó a hacerse evidente. El castaño comenzó a tomar el dominio de la situación, y ella se estremecía con cada beso, sintiéndose muy sensible ante las atenciones de su novio. Sintió que perdió el aliento cuando las manos de Yoh sujetaron el borde de sus bragas, alejando su cara de él para mirarlo.
—¿Qué pasa?
El rostro de su novio mostraba confusión, adornado con unas mejillas rosadas y el brillo del sudor que apenas comenzaba a formarse.
—¿Quieres que vaya más despacio?
Anna apreciaba las intenciones de Yoh de hacerla sentir cómoda, aunque sabía que sus deseos no eran compatibles con esa oferta.
—No… —susurró, dándole un beso en la mejilla.
Él se mantuvo expectante a su respuesta, haciéndola sonreír.
—De hecho…
Anna utilizó toda su fuerza para empujarlo, haciendo que su espalda cayera contra el colchón. Yoh la observó sorprendido, y encantado. Ella se puso sobre él, y besó su frente esta vez.
—…creo que podríamos apresurar las cosas. Quítate el pantalón.
—…sí, jefa…
