Capítulo 21. Cuentas pendientes II
La lluvia se evaporaba a una distancia considerable del negro fuego ardiente. Aquel era el poco nombrado amaterasu, que su compañero de años se había negado a mostrarle incluso cuando lucharon con todo su poder. Era esa la primera y última vez que podría verlo, y posiblemente una de las últimas cosas que le quedarían de él, para recordarle que alguna vez existió.
Ese fuego que al cabo de una semana se extinguiría, y también sus ojos, los que tanto tiempo vio y evitó, hasta que aprendió a confiar. Con más exactitud, ambos aprendieron a confiar. Tanto, que le había confiado todo, y ahora tenía una misión que cumplir. Siguió aferrándose a esa visión, del adolescente desolado que lo ignoraba, sólo para obtener cada tanto una mirada que se sentía cada vez menos como las que conocía. Las que extrañaba de ese hombre ahora tumbado en sangre en el suelo, con las cuencas de los ojos rotas, vacías, para al poco tiempo contener desarregladamente los que fueron los ojos de su hermano menor.
Sasuke lloraba sobre el cuerpo de su hermano, sin poder ver bien, incluso cuando las lágrimas lavaban poco a poco la sangre de la cruenta operación en la que el renegado de Kirigakure le asistió. Kisame guardaba silencio de pie y alejado un par de metros, estoico, mientras una tristeza enorme como no la recordaba en su pasado se apoderaba rápidamente de su ser. Una parte de él quiso desnudar sus sentimientos como Sasuke, cargar el cuerpo de Itachi, darle una comodidad que en sus últimos años de vida no tuvo. Desgraciadamente, nunca conoció a un Itachi a pleno. El joven prodigio ya estaba condenado al entrar en la organización de las nubes rojas, e incluso si los sentimientos de Kisame hubieran avanzado más rápido que esa enfermedad del alma, dudaba que los propósitos de Itachi le hubieran permitido siquiera considerarlos seriamente.
Pero esa posibilidad ya no existía, y Kisame pronto le dio la espalda de nuevo, para darle más intimidad, aceptando ese viejo patrón en su vida según el cual todo se iba sin dejar rastros y solo quedaba un dejo de melancolía. Aunque esta vez se preguntaba si podría ser distinto, y qué haría luego de cumplir con las últimas disposiciones de Itachi. Se asombró al comprender que deseaba más asegurar el futuro de ese joven, que ir a cazar al hachibi para Akatsuki. Pero, ante todo, Kisame era un soldado, y apenas cumpliera su misión en honor a su gran compañero, seguiría su camino por la organización. No tenía otra cosa mejor que hacer.
–Sasuke-kun– su voz arrastrada no delató nada de lo que sucedía en su mundo interior –. Tenemos que hacer la voluntad de Itachi.
Sasuke no respondió de inmediato, moliendo un poco más con su puño el barro que se había formado. No podía perdonar a Konoha tan fácilmente ahora que sabía la verdad. Su hermano había sido una especie de héroe contradictorio, en parte obligado, en gran parte convencido, para ayudar a forjar un supuesto mejor futuro para la aldea. Y, aun así, le había dejado con vida, depositando mudas esperanzas en él. Itachi le dijo que había sido para que cambiara el destino de los Uchiha. Cuando le tocó en la frente antes de caer, Sasuke se convenció de que su hermano jamás había pensado en matarlo. No podía quitarse de la mente su mirada antes de apagarse, ni quería.
Uno atrás de otro, los recuerdos más bellos de su infancia juntos que tanto se resistió a añorar inundaron su mente como una avalancha sin fin.
–Hermano…– sus labios se movieron, pero la voz no le acompañó.
Kisame se impacientó ante tanto silencio.
–Itachi-san lo dio todo por ti.
–¡Eso ya lo sé!– explotó, arañando con furia el barro, ensuciando aún más su clara camisa –. ¡No me vengas a decir qué hacer, tú no sabes nada del clan Uchiha!
El akatsuki enmudeció ante la repentina explosión de ira y palabras.
Sasuke intentó enfocar la vista una vez más; aunque sus ojos se estaban adaptando rápidamente al reconocer la sangre de su único hermano, la visión le costaba. Su orgullo del clan, su venganza tanto tiempo deseada, la farsa mantenida, la oscuridad de Konoha, las cosas que acababa de enterarse de sus padres.
Pensó que él habría estado con ellos. A diferencia de Itachi, no le parecía tan deshonroso en primera instancia. Haberse opuesto a Itachi en esas condiciones habría sido una situación más difícil que la pelea que acababa de terminar recientemente. Realmente Itachi lo había pensado todo para él.
Claro que se sentía en deuda. Pero quien estaba en más deuda con su hermano era Konoha, no él.
Y aun así, estaba lo que Itachi le había pedido.
Que perdonara.
–Sasuke. Es la última voluntad de Itachi.
Cerró los ojos, volviendo a romperse bajo la presión.
La extraña atmósfera que ensombrecía cada tanto el rostro de Obito le incomodaba. La sentía con fuerza, como algo que se sobreponía claramente a su cansancio e insinuaba algo más denso y profundo.
Obito volvió a sentir otra oleada de inseguridad atacarle, como si no pudiera estar tranquilo a pesar de la seguridad que progresivamente le iba brindando el aceptar que los Zetsu ya nunca más estarían en su vida, ni tendría que lidiar con Pein. Se preguntó si era que estaba afrontando un cambio muy fuerte, o si se trataba de cargo de consciencia por la muerte de Nagato y por el que pronto sería el destino de Itachi, o si era la lluvia de recuerdos de todo lo que había hecho desde que se desvió luego de escuchar a Madara.
No. No era momento de esas cosas ahora, cuando tenía a Deidara reponiendo energías junto a él. Además, recordar a Nagato y a Madara le llamaba la atención sobre la necesidad de destruir los rinnegan antes de que cayeran en malas manos. Tendrían que ir a averiguar con Konan, y no se podía permitir seguir perdiendo el tiempo. Las células Senju se estaban tardando más de lo normal luego de forzarse a hacer ese amaterasu.
–Dei, ¿tienes las píldoras?– quiso espantar sus dudas pasando a la acción.
Deidara resopló.
–Tienes que descansar aún, hm– tomó un poco de agua de una pequeña cantimplora.
Obito se esforzó en mirarlo. Le parecía tan bonito, la cara sucia por las explosiones y el cabello totalmente enmarañado. Eso sólo le provocó prisas por acabar con toda esa basura en la que se había metido hacía tanto.
–Por favor, senpai– habló con voz un poco lastimera, y una expresión que solía ser de Tobi.
Deidara suspiró, rodando los ojos, y rebuscó en los bolsillos de la capa que se había quitado.
–Lucirte con un jutsu que ni sabías si dominabas bien, hm– luego de tomarse una píldora de soldado, le dio a regañadientes la otra a Obito, quien parecía querer salir corriendo a detener a lo que quedaba de Akatsuki cuando ni siquiera podía enfocar la vista.
Obito tragó con dificultad, resoplando.
–Senpai…– se quejó, sintiendo vergüenza por que Deidara se lo recordara. No era así como se suponía que quería impresionarlo, y en el pasado sólo había cosechado los retos de Rin. Creía que ya había dejado esa tonta tendencia de ponerse en peligro sin estar seguro de sus habilidades, para luego ser reprendido por sus intereses amorosos. Qué embarazoso era todo.
Y recordar lo que había hecho su clon no colaboraba en nada. Incluso se sintió tonto por sentir unos leves celos, sin darse cuenta de que se había esfumado su breve estado anímico anterior.
–Aceptaste que Ryu-chan es chica– le sonrió mientras sentía los efectos de la pastilla comenzar a producirse –. Yo tenía razón.
Deidara se mofó.
–¿Y cómo se sienten los recuerdos de tu clon? Él no se dio con tantas vueltas, sabes. Me gustan los hombres así– se la devolvió con la misma moneda.
Obito se movió incómodo entre sus brazos, para luego obligarse a estar quieto, fingiendo tranquilidad.
–No te muevas, hm– lo apretó contra sus piernas de nuevo, bostezando, aun sintiéndose extraño luego de haber tomado la píldora tan poco tiempo después de haber bajado sus reservas de chakra con tan alocada explosión.
La visión de Obito mejoró, para ver a un Deidara algo absorto encima suyo, su bella mirada perdida en la nada mientras sus finas manos le apretaban el pecho, reteniéndolo.
–Eres lindo cuando te preocupas por mí.
Las manos aplastaron un poco el buzo negro.
–Vas a hacer que busque más arcilla, hm.
Obito rememoró brevemente la cueva de arcilla blanca fuera de Iwagakure adonde llevó a Deidara de sorpresa en plan de regalo por su mes de amistad. Qué inocente fue. Recordó que su senpai se había emocionado mucho aquella vez. Había confiado a ciegas, literalmente. Guardaba celosamente en un lugar especial de su tsukuyomi las delicadas esculturas que el artista le regaló.
Volvió a reprenderse por ingenuo. Y otra vez, sus hormonas le devolvieron a Deidara, hacia lo bello que era conocer sus sentimientos, cosas de su pasado. Quería saberlo todo de él.
–Dime que te vuelva a llevar a esa cueva fuera de Iwa y estaré encantado.
Deidara se echó en el suelo, jugando a levantar y bajar sus rodillas para molestar a Obito, aprovechando lo que creía serían los últimos momentos de paz juntos antes de partir hacia su próximo objetivo.
–Qué cursi te pones luego de una batalla en serio, hm.
Obito se animó a tocarle los pantalones que le cubrían las pantorrillas, ojear un poco las uñas negras de los pies que comenzaban a crecer desplazando el esmalte. Animado al no encontrar objeciones, subió sus manos hacia las rodillas de Deidara, y sin ejercer absolutamente ninguna fuerza ni presión, las dejó estar allí, tratando de saborear el momento. Qué paradójico que en su papel de Tobi le tocara bastante, rompiendo siempre su espacio personal, y ahora reconociendo que siempre fue Obito y estaba enamorado de él, apenas si se atrevía con ciertas cosas que jamás habían cohibido a Tobi.
–Recuerdo cuando nos conocimos.
Deidara cerró los ojos, disfrutando de su voz.
–En realidad sabía de tu existencia, y tu brazo apareció en mi tsukuyomi porque Kakashi te lo arrancó– frunció el ceño, otra vez tenía un motivo más para enojarse con Kakashi.
–Siempre fuiste con ventaja, hm. Esta posición es perfecta para hacerte pagar. Podría ahorcarte como aquella vez, hm– bromeó Deidara.
–Sí por favor– respondió como un autómata.
El momento de silencio le atontó otro poco.
–Te gustan ese tipo de cosas, eh– Deidara había reabierto sus ojos con interés, colocándose los brazos detrás de la nuca para tratar de observarlo desde la comodidad de su postura.
–Q-qué, n-no– balbuceó. Deidara vio como sus orejas se volvían rojizas.
–Quién lo diría de Tobi. Quizás por eso buscabas que te explotara bombas todo el tiempo, hm– moviendo las piernas para rodear el cuello del morocho, empezó a hacerse la idea. Obito no parecía saber lo que era un katsu de los buenos. Sí, con Obito probaría cualquier cosa que le quisiera hacer.
–Deidara, no sé en qué estás pensando pero de seguro estás equivocado– sus palabras se atropellaron con su lengua, logrando terminar la oración de milagro.
Por su lado, Deidara estaba soñando de más. Ya quería sacarse de encima toda la mierda restante de Akatsuki e irse con Obito adonde sea y hacerlo suyo.
–No desautorices a tu senpai– se estaba imaginando cosas buenas; si aún le quedaba algo de autoridad como senpai la iba a utilizar a toda costa.
–¡Pero Dei!– Obito no sabía qué hacer para sacarle de la cabeza lo que sea que estuviera pensando de él.
Él nunca le había dedicado el tiempo a su cuerpo más allá de entrenar, descansar, descargarse manualmente con moderación patológica. Ni siquiera había pensado en morir de otro modo que no fuera virgen, y ahora todo le resultaba demasiado como para que alguien tan atractivo como Deidara se hiciera ideas raras sobre él.
Sintió como las piernas se apretaban alrededor de su cuello.
–¡Pero nada, hm!– Deidara se sostuvo sobre sus codos para ver mejor lo que la primera vez no vio.
Obito se sacudió graciosamente, aunque no tan exagerado como aquella vez. Posiblemente porque Deidara no estaba haciendo nada de fuerza. No podría aunque quisiera.
–¡Deidara, me estás tratando como antes!– se quejó sosteniendo sus rodillas, hasta que se dio cuenta de que su duro cráneo rozaba con algunas cosillas bastante blandas.
Se heló en su posición, escuchando la risa de Deidara.
¿Le habría tocado íntimamente?
–Creí que te gustaba ser mandoneado por tu senpai, hm– Deidara dio por terminado el juego.
Pero Obito le sostuvo las rodillas en su lugar, más allá de lo que le producía haberle rozado lo que creía que le había rozado.
–Monito-senpai es siempre tan travieso– sonó alegre.
Deidara volvió a recostarse, cerrando los ojos.
–¿Te gusta que te llame así? Senpai.
Deidara suspiró.
–Ponte de acuerdo. A veces no sé si me habla Tobi, o el bobo aún mayor que tú eres, hm– no iba a dejar de rodearle con sus piernas hasta que se tuvieran que ir de allí. Le gustaba sentir su calor y su peso, aunque afectara un poco a su circulación sanguínea.
Obito parpadeó.
–Siempre he sido yo, senpai. Obito, tu Tobi.
El corazón de Deidara dio un salto al reproducir indefinidamente su mente la forma en que sonó ese "Tu Tobi".
–Tobi, Obito, no dejes de decirme senpai nunca, hm.
Esta vez, Obito se soltó y giró, gateó encima de él y fue directo a besarle castamente en los labios.
–Te amo, monito-senpai.
Con una especie de quejido, Deidara abrazó la cabeza de ese tonto estrellándola contra su cuello, sintiendo leves cosquilleos ante los cabellos cortos.
Iba a retener a Obito inmóvil en ese abrazo hasta que se le pasara el sofoco, todo fuera dicho.
Volando camino a Amegakure y evitando pasar por Konoha, pasaban por Kusagakure cuando un distinguido fuego negro de gran tamaño les llamó la atención entre medio de un extraño bosque que conjugaba bambú y hongos gigantes. Bajaron con cuidado a una precavida distancia y lentamente llegaron a la escena.
Kisame les clavó la mirada, insondable. Obito vio la escena no sin cierto distanciamiento, viejos sentimientos hacia lo que fue su clan reavivándose como no lo hubiera esperado. Melancolía, desagrado, algo de culpa, más de desapego. Pero el joven aparentemente destrozado le hizo concentrarse en lo inmediato, todavía un poco asqueado por cómo era el clan de donde provenía.
Él no quería tener nada que ver con aquella sangre.
Deidara avanzó bastante más que Tobi, cruzándose de brazos mientras jugaba con su lengua en la boca. Se torció un poco sobre su cintura para observar el cadáver de Itachi. Lucía decrépito, todo su poder desvanecido.
Reprimió el impulso de escupir y se movió impaciente. Tantos años preparándose, y no había sido él quien lo había matado.
Obito se aceleró al observar sus reacciones. Su cuerpo se movía inquieto, y de repente recordó todo lo que Deidara había esperado tanto tiempo y que él le había arrebatado a último momento. Se dio cuenta que todo lo que había vivido en el último tiempo le había distraído un poco de esos aspectos de su pareja.
Parpadeó varias veces. ¿Pareja? ¿Compañero? Si no fuera por su inseparable máscara, no soportaría el ponerse rojo frente a todo mundo en un momento tan serio y determinante para el futuro.
Sasuke se irguió sobre sus rodillas, confiado, mirando a los recién llegados con un deje de frío desprecio que contrastaba con sus últimas lágrimas.
Deidara sólo vio una pequeña copia de Itachi, frío y arrogante, parecido hasta el colmo a su occiso rival, y odió de forma automática lo que él interpretó como unos ojos muertos y vacíos.
Ojos en los cuales Obito vio un fuego peligroso. Ojos que vio varias veces en los miembros de su maldito clan.
Deidara decidió empezar las presentaciones.
–Así que al fin se mu-¡mpf!– le sobresaltó que Obito le tapara la boca y lo arrastrara hacia atrás.
No hacía falta ser un genio para saber que Deidara iba a provocar al chico.
–¡Senpai, creo que deberíamos darle un momento de silencio a Kisame y al mini-Itachi!– lo miró desde el agujero de la máscara, sintiendo que le estaba rogando en algo que no tenía derecho.
Deidara no dejó de fruncir el ceño en ningún momento y le indicó con la mirada que lo soltara. Obito negó inconscientemente con la cabeza varias veces, mientras Deidara se sacudía y liberaba con facilidad.
Se cruzó de brazos, mientras que Obito sentía la presión crecer.
–Hm– protestó mudamente.
Obito se sorprendió un poco; Deidara no lo miraba. Más allá de su aprehensión, Deidara estaba eligiendo lo que tenían por sobre su agresividad contra los Uchiha. Al menos de momento.
Lo que Obito no sabía era que Deidara había pasado los últimos meses con su cabeza en otra cosa. Para cuando no estaba seguro de si renunciar a Tobi o continuar en ello, casi todos sus objetivos se le habían olvidado.
El terrorista miraba fijamente los finísimos ojos negros que le devolvían la mirada, desafiantes, reconociendo en ellos el mangekyo de Itachi que tantas pesadillas le representó para la valoración de su arte, pero ese no era el poder que esperaba encontrar y enfrentar en el tal Sasuke.
Rígido y altivo le sostenía la mirada sin pestañear, analizándolo a la vez que crecía una constatación: esos malditos Uchiha no sólo no tenían nada original debido a su dojutsu, sino que además no tenían reparos en apropiarse de ojos con sharingan que considerasen más poderosos.
Cuando Obito le dijo que Sasuke podía ser más fuerte que Itachi, no había imaginado aquello. Era cierto que él se había preparado para derrotar a esos ojos, pero pensando en la persona que los portaba, y cuando acarició la idea de enfrentar a Sasuke, creyó que conocería el poder propio del muchacho. Ahora no podría saber nunca cómo era Sasuke en la batalla sin recibir ayudas externas que, a su juicio, ningún shinobi digno necesitaba. No le importaba que fuesen nukenin. Además, Obito le había insinuado que un Itachi mortalmente enfermo se dejaría vencer. Ninguno de esos prospectos para enfrentar a Sasuke y entretenerse eran atractivos ahora. La filosofía de Deidara iba en consonancia con su vida y se nutría de la misma. Por ello mismo, ese posible enfrentamiento estaba perdiendo poder en sus anhelos.
–Deidara, Tobi– habló Kisame –. Sería bueno que continúen su camino.
Obito se puso a la par de Deidara.
–¡Kisame-san, les estábamos buscando! Zetsu nos envió a apoyarles porque vio a un Sasuke vengativo en camino, ¿verdad senpai?
La frase de Tobi no tenía sentido en los oídos shinobi de Kisame, pero algo en él no estaba pudiendo reaccionar ni pensar rápido como en cualquier otra situación.
Por su parte, Deidara salía abruptamente de su duelo de miradas con el mocosito que ya le caía mal.
–Sí, hm. Pero ya me parecía difícil evitar lo que tenía que pasar– improvisó volviendo a bajar la mirada hacia Sasuke y el cadáver de Itachi. Mierda, Obito inventaba tantas mentiras que a veces le costaba seguirle la pista con rapidez. Ya quería dejar de esconderse, pero sabía que Kisame en su contra no era algo muy inteligente. A menos que le diera el combate que no pudo ser con los hermanos Uchiha, razonó algo esperanzado.
Obito supo que Tobi tenía que decir algo, posiblemente llorar por Itachi. Pero siendo sincero y consciente, ya no podía mantener su acto. El asco crecía adentro suyo, derivado de la diferencia de lo que hacía y lo que quería según sus desempolvados valores. Toda una época estaba agotándose.
Deidara lo vio temblar ligeramente, aunque no fue mucho más que un segundo, y enseguida decidió auxiliarlo.
–Tobi, tú eres sensible así que no mires mucho, hm– tomándolo de los brazos, lo corrió un poco para luego empujarlo hacia donde estaba Kisame.
Obito se dejó guiar, apurándose en un cobarde trote hacia el ninja de apariencia marina para evitar prestarle atención a Itachi.
Se sintió mal, mientras veía la extraña mirada de Kisame destilar por primera vez algo que provenía de su alma: lejanía y dolor. Sintió las manos de Deidara apretando sus codos como dándole aliento, y solo entonces pudo tragar.
–Lo sentimos mucho, Kisame-san– Deidara rechistó detrás suyo –. ¡Senpai, es una situación delicada!
Deidara rodó los ojos algo mosqueado.
–No reprendas a Deidara, Tobi– habló al fin Kisame, contemplando ahora al artista –. Él tenía como rival declarado a Itachi y se preparó durante años para acabarlo. Te respeto, chico– inclinó levemente la cabeza, mientras Deidara volvía a relajarse y le devolvía brevemente la reverencia, provocando una expresión enigmática en Sasuke.
–Lo ves, Tobi, hm.
–Sí senpai– bajó la cabeza con sinceridad.
–Ahora hablaremos de lo que dijo Zetsu, hm– esta vez apretó a Obito no en apoyo, sino para que retomara el hilo de una mentira que no sabía muy bien adónde iba. Se suponía que iban a disuadirlo de cazar al ocho colas, pero Obito se había opacado radicalmente al ver la situación, y él tampoco quería tratar los asuntos de lo que quedaba de Akatsuki frente a un extraño que había traicionado a Konoha y corrido a los brazos de Orochimaru para luego traicionarlo por otro poco de poder.
Deidara se sentía radicalmente distinto a él incluso si también era un nukenin que había obtenido poderes prohibidos, porque él siempre había buscado la libertad necesaria para compartir su arte. Y no tenía constancia de que un solo Uchiha en el mundo hubiese perseguido un fin donde pusieran su ego al servicio de algo y no al revés, como parecía sucederle a todos los usuarios del sharingan. El caso del viejo plan de Obito, si bien lo amaba, le seguía pareciendo extremadamente dudoso para sus altos ideales de artista.
–Tendrá que ser para después– Kisame los cortó, sorprendiéndolos.
Jamás habrían esperado algo así del miembro más fiel de Akatsuki.
–Tengo que cumplir la última voluntad de Itachi y dejar a Sasuke seguro en Konohagakure.
Los pensamientos de ambos se aceleraron, y se miraron como perdidos unos momentos. Especialmente Obito, a quien la simple mención de Konoha fuera de sus planes siempre le sonaba tan mal.
Molesto, Sasuke cargó el cadáver de su hermano y se alejó unos cuantos metros para conservar su privacidad de esos tipos raros.
–Eso no suena bien para un Akatsuki que ha perdido a su compañero, incluso si eres tú hm– juzgó Deidara con dureza.
Kisame mantenía su inquietante mirada en Sasuke, vigilante.
–No será nada ahora que Pein debió haber destruido la aldea. Lo que es más difícil es convencer a ese crío– confesó. Los jóvenes no eran su fuerte, así que si los ruidosos inmaduros que le parecían Deidara y Tobi sabían algo sobre cómo lidiar con ello, ya estaba esperando oír consejos.
–Kisame, Pein murió en la invasión y Konoha se está reconstruyendo a pasos acelerados, hm– se cruzó de brazos.
El hombre con aspecto de tiburón le miró sin parpadear.
–Y Konan-san renunció a la organización. Nos lo dijo Zetsu-san, y en realidad nos mandó a buscarles para que lo supieran– terminó Tobi.
–No me digan– comentó circunspecto.
Deidara avanzó, suspirando con pesadez.
–El líder renegó de los principios de Akatsuki luego de hablar con el jinchuuriki del kyūbi, hm. La verdad no lo entiendo– se encogió de hombros.
Sasuke levantó la cabeza con lentitud, poniendo atención al escucharlos hablar de Naruto.
–¿Qué?– eso sí que sonaba ridículo a los oídos de Kisame.
–¡Reacciona de una maldita vez!– se impacientó Deidara. ¿Cuánto más iba a durar esa mascarada?
–Senpai– esta vez Obito le tomó de los brazos, algo temeroso. No le apetecía soltarlo, y Deidara no dio indicios de querer liberarse.
Kisame pensó en el rumbo de los hechos, conectando con la mirada de Sasuke, con el patrón del mangekyo que fuera de Itachi.
–De la última persona de quien lo habríamos esperado era del líder. No me extraña que Konan haya renunciado siguiendo sus pasos. Zetsu se encargará de ella.
–Ah, sí, sí– dijo un nervioso Tobi.
–Poco artístico, hm– lo reforzó Deidara.
Kisame guardó silencio. Tenía más motivos para llevar a Sasuke como mejor fuera a Konoha y dejarlo seguro allí ahora que no sabía nada del futuro de Akatsuki, y por ende del suyo propio.
Pero la fuerza no iba a funcionar, según lo que le explicó Itachi, y persuadir sin usar la fuerza no era algo en lo que se considerara muy diestro.
–Debo convencer a Sasuke de volver a su hogar. Es lo que Itachi quería.
Los otros guardaron silencio. Deidara pensaba que era la oportunidad perfecta para decirle adiós y olvidarse de otra ligazón con el pasado, por lo que las palabras de Obito lo tomaron de sorpresa.
–Hay que hacer la voluntad de Itachi.
El artista lo miró con los ojos desorbitados.
–Tobi, ¿qué dices?
–Estoy agradecido. Al final resultaste ser un buen chico– Kisame los rodeó para avanzar hacia donde Sasuke acariciaba la frente y el cabello de Itachi, intentando limpiarle el barro y la sangre para contemplarlo como mejor lo recordaba.
Deidara lo sujetó con fuerza.
–Déjalos que se vayan– cuchicheó.
–No se puede, senpai.
–¡Deberías hacer lo que tu senpai dice, hm!
–Senpai, es la última voluntad de Itachi– pero enseguida se dio cuenta de que se había equivocado extendiendo su cargo de consciencia hacia Deidara.
–¡Ja! ¡Vete con Itachi y el mocoso entonces!
Que Obito le pidiera colaborar en cumplir la última voluntad del arrastrado de su antiguo enemigo era ridículo. Aún le sorprendía lo impredecible que el morocho podía llegar a ser.
Obito le tomó de las manos, arrepentido.
–Lo siento– susurró –. Tú no tienes nada que ver. Arreglaré esto yo solo.
–Oye, no dejaré que pises Konoha con otro Uchiha y con ese tipo– bisbó, para luego suspirar –. Muy bien, iré.
–¿Qué? Dei, no es necesario…– Obito se sintió mal.
–No pienso dejarte solo con esos locos. Y no se discute más, hm– se cruzó de brazos y comenzó a avanzar para que Obito no lo notara abochornado.
Obito sólo se quedó contemplándolo un rato, rememorando las palabras de Deidara una y otra vez, halagado y sin poder dar crédito inmediato del tono de preocupación que estaba detrás de la voz del chico.
De algún modo había logrado hacerle sentir bien unos instantes en medio de toda esa mierda. Ahora tenía más necesidad que nunca de terminar todo aquello e irse lejos con Deidara, mejorar todo lo que pudiera, compartirle una mejor versión de sí mismo, una que le diera un poco de orgullo antes que vergüenza y culpa.
Enseguida llegó a Sasuke.
–Uchiha Sasuke– habló con su verdadera voz, sorprendiendo a Kisame –. Itachi era de pocas palabras, pero nunca ocultó lo importante que eras para él. Incluso nos burlábamos de él por eso en Akatsuki. Aunque no permitía que hablásemos de ti– miró brevemente a Deidara; él y Hidan habían sido las desobedientes excepciones –. Te quería. Pero supongo que eso ya lo sabes.
Se paró, buscando por dónde continuar. Ese niño ignoraba que él también era un Uchiha y que había estado involucrado en la matanza de su clan, asistiendo a Itachi. No estaba seguro de si el difunto se lo había contado o no. Y la punción de la culpa le hacía preguntarse si debía hacer lo correcto y hacerle saber al chico la verdad.
Sasuke levantó la mirada lentamente, asombrado por las palabras del extraño. Obito recordó los insensibles ojos de Fugaku, el líder que en su juventud había prohibido que supiera algo de sus padres más allá de sus nombres y fuera adoptado por otros matrimonios del clan. Recordó la soledad de su niñez, mientras algo en su interior le decía que Sasuke era inocente y no tenía nada que ver con los manejos del clan de los que Itachi y él se ocuparon en su debido momento. Aquello no era una excusa para ocultarle a Sasuke la verdad.
Pero había mucho en juego. Su viejo objetivo de asesinar a Kakashi se complicaría al exponer, eventualmente, que Uchiha Obito estaba vivo y era un traidor a la aldea. No le hubiese molestado aquella posibilidad si fallaba en el Tsuki no Me. Pero ahora había elegido a Deidara, y no estaba dispuesto a poner en riesgo la única felicidad estable que conoció en su vida. Tenía que seguir sus objetivos y sus metas, al menos mientras su consciencia se lo permitiera.
–No sé qué te habrá dicho… Pero debes saber que mientras peleaban, nuestro líder invadió Konoha y asesinó a muchos, entre ellos a tu primer maestro.
Sólo Kisame notó la brevísima inquietud en los ojos del adolescente. Luego de años como compañero diario de Itachi Uchiha, había aprendido a ver en sus ojos cosas que los demás tardarían décadas en descubrir, y aún podía comprender algo, aunque ahora esos ojos estuviesen siendo asimilados por el cuerpo de otra persona.
–Aún no tenemos los detalles de cómo pasó, pero luego de luchar y hablar con Naruto Uzumaki, nuestro líder cambió de opinión y revivió a todos los que mató con un jutsu especial a cambio de su vida. Traicionó los principios de nuestra organización y ahora estamos disueltos.
Kisame se impacientó, no podía ser que quien parecía ser el verdadero Tobi avisara cosas así a la ligera y más a un extraño a la organización, por muy hermano de Itachi que haya sido. Encima, era aquella voz que ya había reconocido, pero guardaría silencio, acechante.
–¿Tienes alguna idea de por qué alguien como Naruto Uzumaki lograría un cambio tan drástico de opinión en alguien que trabajó toda su vida para cumplir el objetivo de Akatsuki?– en ese punto, la curiosidad de Obito era sincera. Podía no parecerlo, pero había cavilado bastante acerca de ello, y todo lo que se le ocurría eran cosas que le recordaban a su viejo yo de la infancia, a aquel que tanto había querido enterrar en el olvido hasta la llegada de Deidara a su corazón.
Con las recientes misteriosas acciones del nombrado Uzumaki, sentía que el destino se corregía a sí mismo y le ajusticiaba, haciéndole pagar por su responsabilidad en las muertes de Minato y Kushina, y en la liberación del nueve colas hacía dieciséis años. La vida le estaba mostrando a Obito cuánto se había equivocado, y de algún modo que no podía explicar cómo, estaba seguro de que Nagato había obtenido la redención que siempre mereció desde que cayó víctima del rinnegan de Madara, del dolor y de las manipulaciones de su yo enmascarado. Al menos eso era un consuelo para su desmoralizada alma.
Sasuke guardó silencio, frunciendo el ceño. Sí, Naruto tenía esa extraña influencia. Él mismo había huido de ella, por temor a no poder concretar su venganza. Pero detener a líder de Akatsuki, eso no lo tenía en el horizonte. Apretó sus puños, preguntándose quién de los dos sería el más fuerte.
–Sasuke– le conminó Kisame, ganándose una mirada helada.
–No tengo idea ni me interesa lo que Naruto haga– sonó tajante. Los temas referidos a Naruto eran información que no tenía pensado divulgar porque sí.
–¡Mentiroso! ¡¿Vas a permitir que este mocoso te siga dando vueltas?!– Deidara estalló contra Obito, tirándole de la oreja.
–¡Espera, senpai!– chilló como siempre, y esta vez sí se ganó la atención de Sasuke –. El senpai es siempre tan impaciente…– se masajeó la oreja cubierta por la tela negra.
–Ustedes dos me ponen enfermo, hm– se cruzó de brazos y les ignoró, mirando hacia el bosque de bambú.
Obito no pudo evitar dejar escapar una risita al comprender que Deidara realmente tenía un problema con los Uchiha. Pero siendo uno y habiendo sufrido las consecuencias y genética del clan, lo menos que podía hacer era culparlo.
La falta de expresividad en el rostro de Sasuke le hizo entender más al artista.
–Nuestro líder perseguía la paz. Estaba dispuesto a hacer los sacrificios necesarios– prosiguió Obito, esta vez hablando para todos los presentes –. Pero no creíamos que eso lo incluía a sí mismo– y haciendo autocrítica, eso era cierto, el frío Obito de no hace mucho no habría esperado tal acto de Nagato, ni aun sabiendo lo sensible que era –. Si tomó esa decisión es porque algo de lo que le dijo o hizo el jinchuuriki del kyūbi lo marcó. Si nuestro líder renunció a ello, la caza de jinchuuriki ya no tiene sentido para nosotros.
–Ya no nos interesa, hm– lo interrumpió Deidara, viendo la mirada algo descolocada de Kisame –. Los Zetsu también está muertos, Kisame– reveló por fin, harto de tantas maniobras sombrías.
El renegado de Tanigakure alcanzó a ocultar sus sospechas detrás de una expresión de extravío, ya que ahora otra misión se le imponía como urgente. No dudaría en tener que proteger a Sasuke de esos dos si era necesario.
Por su lado, Sasuke se había hundido de nuevo en la contemplación del rostro y cuerpo inertes de Itachi.
–Akatsuki ya no tiene sentido de ser. Kisame-san ha dicho que Itachi quería que volvieras a tu hogar. Sería bueno que lo hagas ahora que tus crímenes son menores.
Deidara y Kisame coincidieron en sus fueros internos. Todos los Akatsuki habrían concordado en ello, incluso si no querían saber nada con sus aldeas de origen. El caso de Sasuke todavía no era tan extremo como lo fueron los suyos, por lo que aún tenía oportunidades. Aunque eso no significaba que Sasuke le cayera mejor a Deidara. "Primero muerto", pensó el rubio.
Sasuke recordó las palabras de su hermano, y en la necesidad que sentía de enfrentarse a los señores feudales de su aldea, escuchar sus explicaciones, exigirles en vez de aceptar una condena, elevar la figura de Itachi a la de héroe y víctima de los kage. El tonto de Naruto pretendería ayudarlo de enterarse, y Sakura también, pero Sasuke no quería que intentaran meterse en asuntos de su clan otra vez.
–Sasuke, escucha lo que dice Tobi– Kisame no se había imaginado recomendando los consejos del enmascarado a nadie, pero para todo había una primera vez –. Itachi te pidió romper con el ciclo del odio. Tú estás a tiempo todavía.
Él no había entendido nunca hacia dónde iba el sistema shinobi, pero si Akatsuki había terminado, quizás era tiempo de dejarle la posta a las generaciones más jóvenes. Volvería a sobrevivir solo, aguardando la muerte, como siempre había sido. Nada cambiaría en su vida.
–El odio puede hacernos sentir que ya no tenemos nada dentro– continuó Obito, mirando fijamente a Sasuke a los ojos –. O que ya no volverás a tener nada como a los seres queridos que perdiste.
Los ojos de Deidara estaban fijos en él, atraídos como a un imán. Le escuchaba casi sin respirar.
–Y puedes creer que está bien destruir el mundo tal como está, porque nadie te ha entendido hasta hoy, y todos los lazos no son más que lastres que tarde o temprano vas a perder y te dolerán más, porque conociste el amor y lo perdiste. Donde existe amor, también habrá odio.
Los brazos de Sasuke perdieron completamente su fuerza, mientras sus ojos temblaban y sentía sensaciones extrañas en su mente y su corazón. Él no lo habría comprendido antes, pero era su alma reaccionando a las palabras que en otra vida pronunció.
Se sintió frágil y vuelto a arrodillar frente a Itachi, volvió a llorar en silencio, deseando que su hermano jamás se hubiera ido de su lado.
–Pero Sasuke, el amor sigue siendo la mayor fuerte de poder de los Uchiha. Quedarte sólo con el odio simplemente te debilitará y te llevará a hacer malas elecciones de las que te arrepentirás hasta el final de tus días. Como el último miembro de tu clan, deberías ser capaz de superar lo que tus ancestros no pudieron. Si amaste a tu hermano, entonces por él podrás ser más fuerte.
Se tomó un tiempo para respirar pesadamente, sintiéndose mareado. Demasiado exposición para alguien que jugó a ser Nadie durante más de una década.
Deidara contenía la respiración y Kisame le miraba atento y circunspecto.
–El amor es el que te va a hacer más fuerte que el odio– concluyó al fin, mirando sin disimular esta vez a Deidara. Esperaba que eso funcionara, porque no tenía más cerebro para aquello.
Deidara le sonrió mordiéndose los labios, conteniendo con dificultad una humedad en sus ojos. Le tendió una mano, que otra enguantada recibió y apretó con veneración.
Kisame, atónito, les contemplaba con la boca levemente entreabierta.
Sasuke rumiaba las últimas palabras del enmascarado, recordando constantemente a Itachi y su obsesión por saber de dónde salía el poder en un indisciplinado y falto de talento como Naruto. Naruto.
Obito también pensaba en sus palabras. Al fin, después de tanto tiempo, había logrado darle la vuelta de una manera convincente al pensamiento que Madara lentamente había intentado implantarle por completo en su juventud. La vieja molestia interna en su cabeza había desaparecido de un momento a otro, haciéndole sentir como si un enorme peso se le hubiera quitado de encima.
Volvió a contemplar las uñas despintadas de Deidara, apretando suavemente sus dedos con el pulgar enguantado. Siguió la vista recorriendo su hermoso brazo, hasta llegar a la mirada de sus sueños.
Lo supo, Deidara le correspondía a la forma en que lo estaba contemplando tras la máscara, con sus ojos de cielo despejado temblando de un sentimiento magnánimo que lo inundaba todo, y que por fin compartían.
Mirándose mientras se apretaban los dedos y alienados momentáneamente de la situación y las compañías indeseables, sin importarles el desnudar sus sentimientos de amor mutuo, sintiéndose a prueba de todo.
Kisame se alejó unos pasos, incómodo, aunque mucho le habría gustado tener un momento así con Itachi. Miró el cadáver y la piel ahora más pálida que nunca, y su cerebro se detuvo finalmente, intentando procesar una pérdida que prometía ser distinta a muchas otras que le precedieron.
La situación fue rota por Sasuke, quien se puso de pie mientras se secaba las lágrimas de nuevo con su chaqueta.
–No les necesito– se agachó y cargó con cierto esfuerzo a Itachi en sus brazos, mirándolo una vez más con amor –. Llevaré a mi hermano donde querría estar– rememoraba ahora que había existido Shisui, una especie de hermano para Itachi, y que tenía una urna funeraria especial en el clan Uchiha.
No dejaría a Itachi con sus padres, sino con su amigo, y esperaba algún día que su urna estuviera al lado de quien fuera el último genio con vida del clan Uchiha.
–Voy a cambiar Konoha– siseó peligrosamente, en un tono que derrumbó todas las esperanzas que Obito pudo hacerse en tan poco tiempo, y provocando un resoplido burlón por parte de Deidara.
–Tengo que escoltarte y asegurarme de que estarás bien– Kisame se detuvo enfrente suyo, reposando sus ojos inhumanos sobre el rostro de Sasuke hasta el punto de provocarle una pequeña intimidación que jamás se mostró.
–No eres necesario– escupió con frialdad.
–Es la última voluntad de Itachi-san– retrucó con voz arrastrada.
Sasuke le dedicó una última mirada de desprecio, y le dio la espalda, disponiéndose a marcharse.
–No te atrevas a seguirme.
Deidara soltó a Obito con tosquedad.
–¡Los hermanos Uchiha son una mierda insufrible, hm!– explotó, asqueado de ver cómo el espíritu de Itachi seguía en la faz de la Tierra gracias a ese enano. Quizás debía recapitular y matarlo como inicialmente había pensado.
–¡Senpai!
El que Sasuke no se dignara a prestarle el más mínimo de atención sólo aumentó la indignación de Deidara.
–¡Mira cómo se comporta!– como llevara las manos a sus bolsas de arcilla, Obito lo rodeó con rapidez para detenerlo.
–Deidara-senpai– le susurró al oído, y sin que nadie lo viera, desmaterializó una parte de su máscara para que el artista sintiera cómo le depositaba un beso en la mejilla, rogándole porque le facilitara las cosas.
La fiera se aplacó inmediatamente, pero no sería para siempre.
–Sasuke– llamó Obito una vez más, obteniendo la atención del más joven y una mirada furibunda de Deidara –. Sé que no somos quiénes para pedírtelo, pero sería de gran ayuda que nos des por muertos ante Konoha. Ya nadie aquí quiere cazar a Naruto– no le costaba nada pedirlo, ahora que no manejaba las cosas de acuerdo a sus acostumbradas manipulaciones. Incluso si no guardaba grandes esperanzas al respecto. Nada era suficiente a la hora de intentar crear una nueva vida con Deidara.
Sasuke lo contempló taciturno y de reojo, para entonces saltar a un hongo gigante y luego a otro, siendo seguido por un Kisame que le pisaba los talones.
–Mira cómo te mira, hm– escupió Deidara ofendido, haciendo florecer una sonrisita detrás de la máscara espiralada.
La lozana pareja se quedó observándoles unos momentos, hasta que Obito decidió que su agarre se convirtiera en un abrazo por la espalda a Deidara.
–Ya estamos más cerca, senpai– susurró emocionado, sintiendo como el nudo en su garganta se aflojaba con fuerza, causándole dolor.
–¿Qué dices?– Deidara giró su rostro hacia la máscara naranja algo tostada –. Akatsuki ya no existe, hm.
–Falta el rinnegan y liberar a las bestias que capturamos en un lugar seguro, senpai– Obito le puso un índice enguantado en la punta de su graciosa nariz.
Deidara le sacudió la mano.
–Explotamos a las bestias y listo, hm.
–Senpai, no puedes– se sorprendió Obito.
–Y sigues con esas cosas raras. No entiendo para qué quieres esos ojos de mierda cuando yo puedo explotarlos, hm– cruzó sus brazos.
–Senpai. ¿Todo lo tienes que solucionar con bombas?– rio.
Deidara se encogió de hombros.
–Es seguro, es rápido, es artístico. No como tus planes enrevesados que apestan, hm.
Obito volvió a reír. Estaba seguro de que se estaban quedando muy atrás en la persecución de quienes iban hacia Konoha, pero no podía dejar de hablar tontamente con él, atornillado al suelo frente a su pequeña figura.
–Mis planes apestosos servirán para que estemos juntos en paz, senpai– habló con la voz de Tobi, tratando de ocultar así su vergüenza.
Deidara compuso una expresión sagaz.
–¿Así que el… amor, te hace más fuerte, Uchiha, hm?
Obito guardó silencio, casi pudiendo escuchar a su corazón desbocarse.
–S-sí– aceptó finalmente –. Desde que entraste en mi vida, todo me ha llevado a eso– la fija mirada de Deidara tembló –. Ahora que estás conmigo, puedo ser quien realmente buscaba ser.
Deidara avanzó a pasos ciegos y le deslizó la máscara, tomándole las mejillas mientras se ponía en puntas de pie y lo besaba apasionadamente, hasta perder ambos el aliento luego de fogosos minutos.
–Cállate, novato– susurró antes de volver a besarlo, siendo recibido entusiasta por los fuertes brazos del Uchiha.
"Yo te amo, Deidara-senpai". Cerrando los ojos, se permitió gastar su preciosa falta de tiempo en algo que valía más que cualquier otra cosa.
Hola, espero que anden bien por donde sea que estén. Por aquí como se puede. Les cuento que este capítulo lleva mucho tiempo escrito, pero lo he estado reteniendo por estar sujeto a experimentos. Ya cada vez más cerca del final. Lo siento por la tardanza, es por el bien de la historia. Creo que en los últimos tiempos me estoy pasando de perfeccionista en mis actualizaciones y a veces no mido los tiempos, pero como lo disfruto está bien y el tiempo se me vuela (sonrisa en carita sudada).
¿Alguna vez me imaginé escribiendo a Sasuke adolescente 1000% emo? ¿Y haciéndole tener sentimientos, con su corazón roto? Hell no. Evidentemente es la influencia de Itachi en mi escritura. No sabía que ocuparía tanto, pero era necesario por las cosas de Uchihas. Shippeo KisaIta (no le hago asco a otros ships), pero Kisame se me ha quedado viudo de antemano, ups. Al menos seguro que el kakuhidan que maté en los capis anteriores (lo siento) andaba en algo. Obito necesita ser congruente consigo mismo. Deidara necesita volver al pasado y matar al clan Uchiha él solo para calmarse. Kisame es el padrino del ObiDei en todas las dimensiones posibles lol.
Siento que este año no llegaré a hacerle un regalo de cumpleaños a Dei u.u cruzemos los dedos. Es que Consecuencias se está llevando el tiempo que antes no tuvo. Abrazos y que todo les salga bien. ¡Hasta la próxima!
