En una ciudad pequeña de Estados Unidos, una familia común y corriente pasaba la mañana del domingo en relativa tranquilidad.
–Muy bien familia McBride, sonrían y digan ¡queso!–
Con la ya acostumbrada reticencia de tres de los cuatro miembros, el flash consecutivo de la cámara capturó otro tesoro que iría a parar al muro de la casa familiar, decorado por poco más de dos décadas desde que Clyde convenciese a Haiku de llevar a las niñas al centro comercial para retratarlas. Desde entonces, y coincidiendo con una que otra festividad, los cuatro se hallaban nuevamente sobre ese sofá rojo sonriendo frente al fotógrafo, aunque claro, las chicas ya no sonreían como antes.
–Vamos hija, solo por esta vez–
A regañadientes, Sonette aceptó quitarse el cubre bocas por el resto del día, solo para darle el gusto a papá, Cleo, que aceptaba completamente las peculiaridades de su hermana le dio una palmada en la espalda en señal de solidaridad.
Otra oleada de luces incandescentes, más sonrisas y luego la espera por el producto final.
Los cuatro abandonaron la tienda con un nuevo retrato, escuchando al padre de familia decidiendo cuál sería el lugar ideal para colgarlo.
–¿Quieren ir por algo de comer?–, ofreció Clyde al guardar su preciado tesoro, –Pueden pedir lo que quieran, yo invito–
Las chicas asintieron de inmediato y Haiku no pudo negarse, comer en el centro comercial luego de la fotografía familiar era otra tradición McBride, y siendo que no pasaban tanto tiempo juntos como antes ninguno quiso desaprovechar la ocasión. Normalmente, Cleo buscaría adelantarse al resto de la familia para escoger un lugar antes de que Sonette la convenciese de ir a la barra de sushi. Sin embargo, en esta ocasión en particular Cleo tenía algo más que hacer antes de ir con su familia.
–Adelántense, tengo a un cliente al que atender–
Los padres la miraron extrañados, y la hermana mayor sonrió con malicia detrás de su cubre bocas.
–¿Ese ese nuevo sujeto?, ¿alto y misterioso?–
Cleo cerró los ojos y contó hasta diez, luego los volvió a abrir y se encontró con el rostro preocupado y algo molesto de su padre.
– ¿Qué sujeto alto y misterioso?, ¿de quién se trata Cleo?, y más que nada, ¿de verdad es tan importante como para dejar plantada a tu familia?–
–Te pedí que no les dijeras–, siseó Cleo a su hermana mayor, mientras que la madre sacudía la cabeza.
Haiku conocía a Clyde desde que era una niña, y sabía que era un hombre dulce lo que en si no era una mala cualidad pero a veces, su preocupación por las niñas era más de lo que podía soportar. No era un misterio que ya no eran las pequeñas a las que él arropaba todas las noches para leerles historietas, porque habían crecido, se estaban transformando en mujeres y pesara a quien le pesara merecían tener algo de independencia.
–Quizás te acompañe a verlo–, amenazó el patriarca de la familia, –Después de todo, no hay nada de malo con que conozca a todos tus amigos–
Cleo sentía que moriría de vergüenza, para su buena fortuna, su madre pensó que ya había sido suficiente.
–Vamos a comer–, anunció Haiku, tomando de la mano a su marido y susurrando en su oído, –Dale algo de espacio a tu hija–
–No es lo que se imaginan…–, murmuró Cleo derrotada, mientras que su hermana seguía a su lado, sonriendo.
–Ve a ver a tu novio–, le dijo Sonette antes de despedirse, dejando atrás a Cleo que dio media vuelta para enfilarse a ver a su cita.
"Cita", que mal sonaba eso…
–No es mi novio–, se quejó molesta.
Bajo por las escaleras eléctricas y se dirigió a la tienda esotérica en la que trabajaba. Cleo McBride tenía una considerable lista de clientes, compuesta en su mayoría por mujeres que querían que les leyera la fortuna, y aunque nunca negó directamente que el don de ver el futuro solo era la habilidad de analizar e interpretar el presente, tampoco hacía un esfuerzo significativo por ocultar que sus consejos no eran más que consejos y no el designio de los astros.
Hasta hace unas cuantas semanas, la única persona que realmente veía detrás del acto llegaba de forma religiosa cada día domingo, se sentaba como siempre con una soda de naranja, algunos dulces para compartir y hablaba con ella por alrededor de una hora, de cualquier cosa, de lo que fuese con tal de que ambos tuviesen interés en descifrar al otro.
Lo reconoció de inmediato por su gorra negra y su chaqueta abrochada hasta el cuello, allí estaba leyendo sus historietas con su soda, cambiando las paginas con una calma que a Cleo le parecía fascinante.
Su rostro era el reflejo de la impasibilidad absoluta, congelado eternamente en una leve sonrisa que ocultaba al hombre tras la máscara, y por máscara no se refería a una metáfora, sino a una muy real y muy fría imitación de piel fabricada a partir de un material opaco que ocultaba a la verdadera persona, ni siquiera al entrar en la consulta se la quitaba a pesar de que ella le había dicho que no tenía problemas con verlo, pero Lunge insistía en que prefería usar la máscara, que después de tantos años ya se sentía como una segunda piel.
Cleo lo vio una sola vez sin ella, y podía entender el motivo de su reticencia a dejar que otros lo viesen por lo que prefirió no presionarlo. Ya llegaría el día en que lograría hacerlo sentirse lo suficientemente seguro para quitarse esa cosa, pero hasta entonces, se conformaría con lo que tenía.
–Lo lamento por la demora señor L, día de fotografía familiar, ya sabe como es–
Su cliente estrella revisó su reloj y sonrió de manera afable, –Estamos a tiempo Cleo, aunque ya te he dicho antes que no es problema para mi el esperar, sin embargo… si nos estamos quedando sin tiempo. Cuéntame, ¿qué tienes para mi el día de hoy?–
–Deme sus manos y lo averiguaremos–
Parte del acto consistía en la lectura de palmas, aunque solo era un juego, ambos se lo tomaban en serio. Parte de la "magia" de la lectura involucraba seguir el ritual al pie de la letra, porque de otro modo no sería un trabajo honesto. Una lectura correcta requería concentración y confianza, el contacto físico era el medio por el cual bajaba las defensas del cliente.
Lunge se quito sus guantes y extendió sus brazos por sobre la mesa que lo separaba de Cleo, con las palmas hacia arriba.
–Así que… ¿día de foto familiar?–, preguntó intrigado, Cleo sacudió los hombros sin dejar de examinar las pequeñas lineas blancas que recorrían las manos del hombre.
–Es una tradición McBride, es… una cosa que le gusta a mi papá–, explicó algo avergonzada, –Sé que suena soso–, añadió, –Pero hace feliz a papá así que no puedo negarme–
Lunge asintió serio, su rostro oscurecido por la gorra negra que jamas se apartaba de su cabeza, –Lo entiendo, la familia es importante–
Cleo frunció el ceño, ¿de dónde venía tanta seriedad?, quizás, si investigaba un poco más descubriría algo sobre su misterioso amigo.
–¿Y su familia no le dice nada por pasar tanto tiempo con una "adivina"?–, preguntó en tono de broma, pero al notar la expresión grave de Lunge comprendió que había escarbado demasiado.
Una vena sensible en un lugar predecible, se reprendió a si misma por no haberlo notado desde el inicio y el aproximarse al tema de forma tan insensible, pero es que había tanto que ignoraba y deseaba saber que le fue difícil el no hacer esa broma.
–Lo siento, no debería haber preguntado–, murmuró Cleo, –Es solo que… hemos estado hablando todo este tiempo, y no sé nada de usted–
Nada, nada salvo su apellido y algunos detalles que parecían ser poco importantes, como su gusto por la soda que era lo único que podía consumir sin tener que quitarse la máscara. También sabía que le gustaban las historietas y las coleccionaba, que no le gustaba interactuar mucho con las personas por lo que prefería hacer sus compras de forma discreta y que de ser posible viviría como un ermitaño en su hogar.
Lo que la llevaba a la pregunta principal, ¿qué era lo que buscaba con una adivina de centro comercial?
Lamentando su reacción, Lunge se aclaró la garganta y le pidió que siguiese adelante con la lectura.
–Mi familia y yo estamos distanciados, no nos hemos hablado en años–, se excusó, –Es un tema sensible, lamento el haber reaccionado así, no quería asustarte–
–Esta bien, digamos que ambos nos equivocamos–, concluyó Cleo, –¿Es por eso que viene por las lecturas?, digo, ambos sabemos que no le he dicho nada nuevo, así que a menos que le guste hablar conmigo…–
Cleo al final se dio por vencida y decidió que ya había hablado lo suficiente, se hacía tarde y debía regresar con su familia o enviarían a Sonette a buscarla.
–No tengo nada que decirle el día de hoy señor L–
Lunge asintió tranquilo y buscó en su billetera los veinte dólares de la sesión, Cleo se puso de pie y se aclaró la garganta.
–No tiene que pagarme, no hubo predicciones–
Lunge sacudió la cabeza y depositó el dinero sobre la mesa,
–No hay nada tan valioso como el tiempo, Cleo McBride, lo justo es que te recompense por tener la paciencia de entretener a este viejo aburrido–
Cleo se sonrojó y recogió el dinero a regañadientes, murmurando que "no era tan viejo", y que "no estaba perdiendo el tiempo"
–Para mi no es perder el tiempo, de hecho, me gusta que me visite–, le dijo mientras revisaba su celular y lo acompañaba a la salida de la tienda, –De todos mis clientes, usted es el más interesante–
El hombre le sonrió de forma amable, y la acompañó hasta las escaleras eléctricas, allí, se detuvo para buscar algo en su bolsillo.
–Sabes, hay algo que he querido preguntarte–, mencionó Lunge con cierto nerviosismo, ahora, Cleo estaba intrigada, ¿desde cuánto Lunge se ponía nervioso?, no era propio de él.
–Claro–, respondió ella, creyendo que se trataría de la oportunidad de descubrir algo más sobre el misterioso hombre, –¿De qué se trata?–
Recibió en sus manos una fotografía algo borrosa, en la que aparecía junto a esa misma escalera una joven de largo cabello negro, con una sudadera, falda y botas que parecían ser del mismo color, con parte del rostro cubierto por una tela blanca, borrosa, al igual que el resto de la imagen.
–¿Conoces a esta persona?–
Cleo hizo lo mejor que pudo para no delatar su sorpresa y responder de forma neutra, sin triturar de paso la fotografía ni dirigir la mirada hacia arriba, hacia su hermana.
¿En qué demonios se había metido?
–No creo haberla visto, ¿de dónde saco esto?–
–Es de una cámara de seguridad de este centro comercial, es por eso que estoy aquí–, contestó Lunge sin dar más detalles, –Y dado que trabajas aquí, creí que podrías ayudarme–
–Veré que puedo hacer–, respondió Cleo, –Aunque no puedo prometer que la encuentre, ya sabe, mucha gente viene al centro comercial–, añadió algo tensa.
Lunge se dio por satisfecho con esa respuesta, se ajustó la gorra y partió en dirección contraría, alejándose de Cleo, –Te lo agradecería inmensamente–, le dijo ya más calmado.
–¿Y por qué la busca?–, preguntó Cleo antes de que pudiese poner más distancia entre los dos.
Lunge suspiro intranquilo y se inclinó un poco, de modo tal que sus palabras solo fueran oídas por Cleo.
–He estado pensando en volver a hablar con mi familia–, resumió.
Cleo no podía despegar los ojos de Lunge, ignorando por completo la la vibración de su teléfono y la presencia cercana de Sonette que observaba todo desde el segundo piso, bien oculta tras una baranda.
–¿Y ella es parte de su familia?–
Cleo esperó su respuesta con anticipación, contando los segundos que le tomó a Lunge el explicarse sin revelar demasiado.
–Posiblemente no–, le dijo con un aire de finalidad, –Pero no pierdo nada con preguntar–
Dando una mirada de soslayo, Lunge vio a la joven de la fotografía hacerse la desentendida y sonrió bajo su máscara. Cleo vio el intercambio de forma tensa, su corazón latiendo rápido, lleno de preocupación.
–¿Y qué pasa si no puedo encontrarla?–, cuestionó Cleo, –¿Qué hará entonces?–
–Dejaré de buscarla–, contestó Lunge suspirando, –Como dije es solo una posibilidad y en realidad, no estoy seguro de que vaya a cambiar algo–
Casi como si estuviese hablando consigo mismo, Lunge observó a Sonette que seguía en su escondite, –Tal vez lo mejor sea que olvide todo este asunto, si… tal vez eso es lo que debo hacer–
Cleo lo vio salir del extraño trance en el que se encontraba, desechando al melancólico hombre por aquel otro con el que se veía cada fin de semana.
–Hasta el próximo domingo señorita McBride–
Cleo tragó saliva y subió corriendo por las escaleras eléctricas, tomó de la mano a su hermana mayor y la llevó directo a buscar a sus padres hasta que recordó que no sabía en que lugar se hallaban. Todo el intercambio con Lunge, del que tanto su padre como Sonette le preguntaron de inmediato, quedó suspendido en cuanto ella les prometió que era lo típico, y que no había nada de lo que preocuparse. Sin embargo, Cleo sabía que ninguno de los dos dejaría pasar el asunto por alto, en especial Sonette que la había visto.
Al llegar la noche se fue a dormir temprano, sosteniendo la fotografía de su hermana y preguntándose cómo pudo obtenerla Lunge y qué relación tenía Sonette con él.
–¿Quién eres realmente señor L?–, preguntó cansada, –¿Qué es lo que me ocultas?–
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Ya en casa, Lunge se quitó la gorra, la chaqueta y la máscara. La piel enrojecida y arruinada de sus mejillas resplandecía en un desagradable tono carmesí bajo las luces de su hogar, haciendo que lamentase el haberse quedado tanto tiempo en el estacionamiento vigilando los autos para poder verla.
La niña era… bueno, ya no era una niña aunque eso no importaba, porque era perfecta.
Sonette era perfecta.
–Lincoln Loud, hoy conociste a tu hija–
Trató de sonreír, pero era tan difícil hacerlo sin la máscara. La piel se veía sencillamente horrenda, demasiado grotesca como para mantener esa boba sonrisa que desde hacía tanto tiempo luchaba por salir.
–Tendremos que pensar en algo para recompensar a nuestra pequeña espía–
años planeando su regreso, con el solo objetivo de capturar el horror de esos traidores antes de confrontarlos, había soñado con el día en que acabaría con los dos, el día en que expondría todas las mentiras para luego tomar revancha contra el mundo.
Al menos ese era el plan, pero con Sonette y Cleo McBride de por medio, las cosas cambiaban.
–Al inicio solo se trataba de conocerla–, murmuró, –Ojala pudiese ser solo eso, pero… ¿puedo dejar que se salgan con la suya?, ¿de verdad puedo soportar el que ganen?–
Estaba atrapado en una encrucijada la que venía extendiéndose desde hacía varios meses al conocer a Cleo, la hija de su viejo amigo y de su ex novia.
Esos dos se merecían pasar por el mismo infierno que el tuvo que soportar, era lo justo que pagasen, era necesario hacerlos comprender.
Pero Cleo y Sonette quedarían en el medio de un modo u otro, cualquier acción que tomase, cualquier negligencia pesaría por siempre en su consciencia si esas dos salían lastimadas y he allí el meollo del asunto.
Era imposible proceder sin quebrar a esa familia.
Lincoln tenía mucho que meditar…
