Capitulo 21
Polly le estaba recogiendo los rizos en un moño en la nunca cuando sintió nuevamente el leve deseo de vomitar. La náusea no la había abandonado desde esa horrible noche cuando estaba justo donde estaba Polly en ese momento y le dijo a Naruto que prefería a Menma.
Cerró los ojos, ¿qué la hacía decir esas cosas? Nada podía estar más lejos de la verdad; el sólo hecho de pensarlo le revolvió nuevamente el estómago. Pero estaba enfadada con él y las palabras le salieron solas, como por voluntad propia. Si hubiera podido tragárselas... pero no lo hizo, y en la cara de Naruto apareció la máscara de indiferencia. Ahora la evitaba como a la peste.
En ese momento remitió la náusea y abrió los ojos.
Estupendo, pensó; no podía retirar esas palabras, y seguía furiosa con él por haberle mentido. Estaban detenidos en un extraño y silencioso punto muerto, y la brecha entre ellos se iba ensanchando y ensanchando más con cada día que pasaba.
La tensión estaba teniendo su efecto en ella, se sentía mal, indispuesta, casi en todo momento. Ansiosa por airear con él sus diferencias, estaba absolutamente harta de la constante presencia de Menma.
Naruto se limitaba a actuar como si su hermano no existiera. Mientras tanto, Menma resultaba cada vez más repugnante; trataba al personal como si fuera él quien pagaba los sueldos, era implacable en sus atenciones a ella, no desedas y mal recibidas, y manifestaba su desprecio por Naruto con comentarios velados sobre su padre y Rasenrengan Park.
Y como si las cosas no pudieran estar peor, aparecieron esos dos Libertinos, sin anunciarse, y sin duda sugerirían a Naruto todo el tipo de cosas que podrían hacer ahora que él había recuperado la vista.
No dejaba de ver lo irónico que era que hubo un tiempo en que habría dado cualquier cosa por conocer a los Libertinos y experimentar sus temerarias aventuras.
Pero tenía la impresión de que de eso hacía años, lo único que deseaba en esos momentos era recuperar al Naruto ciego. No a un Naruto ciego, en realidad, sino al Naruto que había sido cuando estaba ciego: amoroso, amable y totalmente franco con ella.
El Naruto que la hacía sollozar de admiración cuando le hacía el amor, que la tenía abrazada estrechamente mientras dormían, que la tocaba y acariciaba a las primeras luces del alba.
El Naruto que le había permitido mirar su alma. Deseaba a ese Naruto, no al Naruto indiferente, frío, cortés, pomposo... increíblemente distante. Pero no sabía cómo recuperarlo.
-Por mis estrellas, está preciosa -dijo Polly detrás de ella, sonriendo.
Hinata se miró en el espejo, sin fijarse en las finísimas y sedosas hebras que le caían sobre el cuello y las sienes, ni en el elegante vestido color lavanda que llevaba puesto. Sí se fijó en las ojeras oscuras, el labio inferior hinchado por mordérselo, la piel casi translúcida.
-Gracias, Polly -dijo tristemente. Polly chasqueó la lengua.
-Vamos, milady, ha estado abatida desde que su señoría recuperó la vista. ¿Está contenta por él, verdad?
-¡Por supuesto! -exclamó ella, forzando una sonrisa.
-Bueno, pues no lo parece, si no le importa que lo diga. ¿No estará embarazada?
A Hinata le dio un vuelco el corazón y miró la cara sonriente de Polly en el espejo.
-¿Qué?
-Digo que debe de estar esperando -repitió Polly tranquilamente, y fue hasta la cama a coger la bata de seda y dejarla bien doblada a los pies-. ¿No se le ha ocurrido? Bueno, yo soy su doncella, y si usted no lo sabe, yo sí -dijo con suprema certeza.
Hinata abrió los ojos como platos y calculó rápidamente los días transcurridos desde su última menstruación. Ay, Dios, ay, Dios, no podía ser. Pero, Dios santo, sí que podía ser... ¿qué otra cosa explicaría las náuseas, los turbulentos altibajos de sus emociones, la amenaza constante de las lágrimas?
Inconscientemente bajó la mano al abdomen y se quedó mirándose en el espejo. Ahí llevaba al hijo de Naruto. Eso debería producirle un éxtasis de felicidad; pero le volvió la basca y, cruzando los brazos sobre el tocador, apoyó la frente en ellos.
Polly le dio unas palmaditas en la espalda.
-Vamos, vamos, a eso no hay que tenerle miedo. Su señoría se pondrá muy contento -la tranquilizó, y se dirigió a la puerta. Desde allí le dijo-: Las náuseas se acaban pronto, se lo garantizo. Y ahora la dejo con sus pensamientos, milady - añadió alegremente y se marchó.
Polly estaba equivocada en una cosa: la náusea no se acabaría nunca, estaba firmemente arraigada en su alma. Un millón de pensamientos la bombardearon al tratar de asimilar el increíble conocimiento de que esperaba un hijo.
Todo lo ocurrido entre ella y Naruto esos últimos días le pareció una tontería, y terriblemente triste también, dada la vida que se estaba formando en ella. Traería al mundo un hijo que sólo conocería el desprecio de su padre, igual que Naruto.
Levantó bruscamente la cabeza y se miró en el espejo. Tal vez no podría salvar la brecha entre ellos, pero por lo menos podía dilucidar el asunto del nacimiento de Naruto de una vez por todas.
El retrato de Rasenrengan Park le daba vueltas y vueltas en la cabeza desde hacía días; lo había admirado muchas veces y lo recordaba tan bien que sabía que Naruto era clavado a su abuelo paterno, y por lo tanto no podía ser sino hijo de lord Rasenrengan.
Y si eso era cierto, ¿por qué éste lo despreciaba? ¿Cómo podía no haber notado el parecido entre su padre y su hijo? El desprecio tenía que deberse a otro motivo, y conocer ese motivo era esencial para todo lo demás.
Si Naruto era verdaderamente hijo de lord Rasenrengan, ella tenía que saberlo, por el bien del hijo que llevaba en su vientre. Y conocía a una persona que podía ayudarla en eso: el señor Kamizuki, el abogado de Rasenrengan que lo sabía todo de todo el mundo.
¿Pero cómo podía arreglárselas para hablar con él? No podía comunicarle sus sospechas a Naruto; él no querría escucharla, y aun en el caso de que la escuchara, no le creería. No, tenía que ir, y tenía que ocurrírsele la manera de hacerlo sin que él lo supiera.
Después de despedir a un Kiba excepcionalmente sombrío, que se marchaba a Londres, Naruto envió a llamar a Menma. Estaba sentado a su enorme escritorio en su estudio cuando entró Menma, su cara hecha una guirnalda de sonrisas.
-Ah, Naruto, cada día te veo más seguro de ti mismo. Hace un día precioso fuera, ¿sabes? Podrías disfrutar de un paseo por los jardines. Hinata y yo ya lo hicimos.
Naruto apretó inconscientemente el brazo de su sillón.
-Siéntate.
Menma se sentó, estiró las piernas despreocupadamente y se metió una mano por la cinturilla del pantalón.
-Me gustaría tanto enseñarle a Hinata los jardines de Rasenrengan. Son mucho más magníficos que los de aquí, y creo que disfrutaría mucho volviéndolos a ver...
-Men, creo que es hora de que seamos sinceros - interrumpió Menma,
Menma se sobresaltó, pero se recuperó enseguida.
-Creo que es hora de que vuelvas a Rasenrengan Park...
-Ah, sí, yo también. Ahora que estoy seguro de que estás totalmente recuperado...
-Y no vuelvas.
Menma agrandó los ojos, se enderezó y miró detenidamente a Naruto.
-¿Perdón, qué has dicho?
-Hace tiempo que debería haberte pedido que te fueras - dijo Naruto en tono de hastío-, pero no comprendía del todo lo que intentabas hacer aquí. De verdad lamento lo ocurrido, aunque dudo que lo creas.
Observó que la sangre abandonaba rápidamente la cara de Menma-. Casarme con ella por los motivos que lo hice fue estúpido, pero Hinata es mi esposa, Men, y no hay nada que puedas hacer para cambiar eso -añadió lisamente.
Menma movió los labios pero no le salieron palabras. Movió la cabeza como si quisiera aclarársela y volvió a mirar a Naruto, boquiabierto.
-Te aseguro que no sé qué quieres decir. Me imagino que has interpretado mal... Francamente, no puedes estar en tus cabales si piensas que yo deseo cambiar algo. Me siento feliz por Hinata. Es una muchacha encantadora, y me alegra que se haya casado bien.
Naruto asintió pensativo.
-¿Entonces quieres que crea que nunca has tenido un interés por ella? ¿Que no te importa, ni siquiera ahora? - preguntó suavemente. Un tenue rubor coloreó las mejillas de Menma; emitió una risita nerviosa.
-¡Dios mío, te lo dije! -exclamó, y se echó a reír como si eso fuera lo más ridículo del mundo-. Nunca me ha importado Hinata de la manera que pareces creer. Y ciertamente ahora lo único que siento por ella es un interés fraterno.
-Un interés fraterno -repitió Naruto-. Yo diría que es algo más que eso.
Menma parpadeó y repentinamente se levantó y se acercó al escritorio.
-Si estás celoso, deberías hablar con tu mujer -espetó-. Si hay algún afecto ilícito entre nosotros, decididamente es por parte de ella, no de parte mía.
La furia que Naruto había estado tratando de contener toda la mañana empezó a salir. Con mucha lentitud se levantó, empequeñeciendo a Menma en varias pulgadas.
-Estoy muy seguro de que no has querido insinuar que mi esposa alberga algún afecto ilícito por ti.
-¡No puedes responsabilizarme a mí si ahora ella desea haberse casado conmigo! -gritó enfadado.
¡Lo estrangularía! Naruto salió de detrás del escritorio; al mismo tiempo Menma retrocedió varios pasos.
-Sé sincero, Men -lo instó-. Reconoce lo que estás haciendo aquí. Menma contestó apretando los labios fuertemente.
-Permíteme que te ayude -continuó Naruto y avanzó unos pasos hacia él-. Has intentado crear enemistad entre Hinata y yo. Has tratado de hacerme creer que hay algo entre vosotros dos, y has hecho todo lo posible por envenenar sus pensamientos para ponerla en mi contra, con el fin de conseguir tu venganza.
Se detuvo y se metió las manos en los bolsillos, esperando que Menma lo negara.
Pero Menma lo sorprendió. Con los ojos centelleantes de rabia lo miró con odio.
-¡Me traicionaste! ¡Dios mío, cuando pienso cómo te admiraba! -exclamó, con la cara contorsionada por la pena-. Siempre te he admirado, más que a cualquier persona que conozca. Pero cuando me la quitaste... -Se le cortó la voz y cerró los ojos, tratando de calmarse-. Cuando me la quitaste, te odié. Te odié más de lo que creí posible odiar a alguien.
Tienes razón. Naruto, vine aquí esperando encontrarte destrozado además de ciego. Deseaba encontrarte imaginando tristemente el resto de tu vida en la oscuridad, solo, sin ningún consuelo. Puesto que nunca podré tenerla, quería que vivieras toda tu vida desgraciado -continuó, con la voz trémula de emoción-. Ella también te odia -añadió y sonrió burlón-. Lamenta este matrimonio mucho más de lo que te creo capaz de comprender.
A Naruto se le oprimió dolorosamente el corazón, pero se encogió de hombros y, manteniendo las manos en los bolsillos, miró impasible al hermano que tenía todo lo que debería haberle pertenecido a él, al hombre que amaba tanto a Hinata que por celos intentaba destruirla. En realidad compadecía a Menma, y no en pequeña medida.
-Ahora quiero que te marches, Men. Ya no eres bienvenido en Longbridge -dijo tranquilamente.
Menma giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta; allí se detuvo para dirigir una última mirada dura a Naruto.
-Eres un cabrón insensible -dijo furioso-. Espero que algún día sientas el dolor que sentí yo cuando me la robaste. Pero creo que ese deseo mío es en vano porque eres incapaz de sufrir. Eres incapaz de amar. Compadezco a Hinata por eso, pero, Dios mío, cómo te compadezco a ti -rechinó, ya sus palabras añadió un fuerte portazo.
Naruto se quedó mirando la puerta, sin verla, las duras palabras de Menma resonando en sus oídos.
En otro tiempo podría haber estado de acuerdo con él, pero ya sabía que no era incapaz de sufrir ni de amar. En esos momentos sentía intensamente esas dos emociones; simplemente no sabía expresarlas.
No sabía qué hacer con ellas; no sabía hacer nada aparte de arrinconarlas en los recovecos más recóndi tos de su alma.
Y se compadecía por eso.
Hinata ideó un plan, que por desgracia entrañaba mentirle a Polly Dismuke. Contando con su sensiblería, le dijo que le tenía una sorpresa a Naruto, que tenía que ir a buscar a Rasenrengan, pero que Naruto sospecharía qué era si le decía adonde iba.
No podía revelarle antes de tiempo la sorpresa, le explicó. Tal y como había supuesto, Polly aceptó entusiasta su plan, proclamando que una sorpresa era justo lo que necesitaba su señoría para mejorar el ánimo.
Lo único que le faltaba por hacer era convencer a Naruto de que tenía que ir a Blackpearl Grange a recibir a su familia a su regreso de Bath, y esperar que él no recordara que debían regresar a la semana siguiente. En realidad le venía de perlas que los Libertinos estuvieran en Longbridge; estando con ellos Naruto no le haría preguntas.
Cuando iba en busca de los hombres cayó en la cuenta de que estaba bastante nerviosa. No tenía ni un solo hueso mentiroso en su cuerpo, y no le gustaba nada la idea de mentirle a Naruto, al margen de lo tensas que estuvieran las cosas entre ellos.
Pero no tenía alternativa, al menos no veía ninguna otra. Si no hubiera ninguna duda respecto a su nacimiento, si no hubiera visto el retrato de su abuelo, no tendría para qué hacer eso. Pero ese asunto era una parte fundamental de lo que él era, en el fondo de su ser, y ella no podía dejarlo así, y mucho menos ahora que esperaba a un hijo suyo.
No podría vivir consigo misma si por lo menos no intentaba descubrir la verdad.
Cuando se asomó al salón dorado, su nerviosismo se multiplicó por diez al comprobar que Naruto estaba solo.
Sentado junto al hogar estaba leyendo un diario.
-Has bajado -comentó él, y dobló meticulosamente el diario, mirándola.
-¿Dónde están tus huéspedes?
-Partieron esta mañana temprano.
¿Se habían marchado? ¿No había dicho algo lord Inuzuka sobre ir a ver las obras de irrigación?
-¿Tan pronto? -preguntó, como una estúpida. Naruto se levantó del sillón y se volvió a mirarla. Sus ojos recorrieron lentamente su cuerpo hasta posarse en su cara.
-Creo que se sentían bastante incómodos -dijo francamente. Hinata sintió que le subían los colores y avanzó con paso indeciso.
-¿Y Menma?
En los labios de él se dibujó una sonrisa algo burlona.
-Pregunta bastante sorprendente viniendo de tus labios, señora. ¿Es posible que Menma no te haya dicho que se marchaba? -preguntó con voz arrastrada, arqueando una ceja.
Pues no lo sabía, casi se había convencido de que Menma residiría en Longbridge eternamente, y se tragó la sorpresa. Había pasado la mañana encerrada con llave en el invernadero de naranjos, para evitar a Menma e idear su plan.
-No me lo dijo. ¿Ha vuelto a Rasenrengan Park? -preguntó, por falta de algo mejor que decir. Él intensificó la sonrisa.
-Sí. Sin duda está impaciente por pintar tu sala de estar.
Ella frunció el ceño; no tenía la más mínima idea de lo que había querido decir Menma durante la cena; que recordara, jamás había dicho nada especial sobre esa sala de estar. Sólo recordaba que era muy acogedora.
-No te apenes tanto, Hinata -dijo él-. No es que se haya marchado del país. -Se rió y la miró de forma rara, como si la estuviera viendo por primera vez. Le indicó los sillones-. ¿No quieres hacerme compañía?
El nerviosismo le empeoró mientras caminaba lentamente por la mullida alfombra de Aubusson. No habían estado a solas desde esa noche en que ella le dijo... ¡No quería pensar en eso en ese momento!
Se sentó en el borde de un sillón y se cogió las manos fuertemente en la falda. Naruto volvió a sentarse con gesto perezoso. Ella sintió sus ojos sobre ella, observándola, y mantuvo la vista fija en la falda.
-Parece que estamos solos tú y yo ahora -dijo él suavemente. Entonces ella lo miró; él la estaba mirando fijamente, sus ojos perforando los suyos.
-Por tu cara deduzco que eso lo encuentras muy poco atractivo.
No sabía cómo lo encontraba, aparte de desconcertante. Todo era muy diferente, totalmente diferente a como era cuando él estaba ciego. De pronto le llenó la mente el recuerdo de esa noche en que él estaba sentado en ese mismo sillón y ella se le subió en las rodillas y lo besó, demostrando, para él y para ella, que seguía siendo hombre.
Con ese recuerdo llegaron otros, momentos de felicidad que habían compartido en ese salón, momentos de tranquilo compañerismo mientras ella le leía, u observaba el reflejo de las llamas en sus ojos sin vista. ¿La habría estado observando entonces? ¡Ya no sabía nada!
Tenía la impresión de que había transcurrido una eternidad desde entonces, una eternidad en que la brecha se había ensanchado tanto que ninguno de los dos sabía cruzarla.
Sintió el malestar de estómago y se apretó el abdomen con las manos.
-Poco atractivo y nauseabundo también al parecer -dijo él en tono áspero.
-No me siento bien -repuso ella dulcemente.
-¿Tanto te repugna la idea de estar conmigo? Ya la estaba enfadando, provocando, retándola a decir que él la asqueaba.
-No tiene nada que ver contigo –dijo me siento mal.
Él se encogió de hombros, indiferente.
-Tal vez deberías irte a la cama. Su apatía la fastidió.
-Tal vez sí.
Naruto se quitó delicadamente una pelusa de la pernera.
-No permitas que te retenga, entonces, por favor. Me he acostumbrado bastante a tus frecuentes ausencias. Si prefieres estar sola, por lo que más quieras...
Ella sintió una oleada de rabia. Era desquiciante, insensible, indiferente, y devorador de todo lo que se le ponía en el camino.
-No lo prefiero, pero como no me he acostumbrado a tu apatía, creo que prefiero la soledad.
-¿Apatía? -Arqueó una ceja y sonrió levemente-. Perdona, pero creí que habíamos establecido nuestra línea de conducta. Puedes hacer lo que quieras, Hinata, lo que sea que te haga feliz. Incluso puedes desear a mi hermano si quieres. ¿Puedo ser más avenible?
Eso le hizo explotar algo dentro, como un volcán en erupción. Se levantó de un salto y lo miró con absoluta furia.
-¡Basta! ¡No deseo a tu hermano! No le tengo ningún afecto especial a tu hermano, y me alegra mucho que se haya ido. Naruto arqueó la otra ceja a la altura de la primera.
-¿De veras? Y yo que pensé que tu repentina enfermedad era la punzada del pesar.
Hinata miró al cielo poniendo los ojos en blanco, tratando de dominar el repentino deseo de llorar. Terco, terco, odioso y desquiciante. Le dio la espalda y se puso ante el hogar.
-Me es imposible entenderte -musitó-. Va totalmente contra mi naturaleza ser tan... insensible a todo como tú. Pensé que habías cambiado, Naruto. ¡Sé que eres distinto ahora! -Lo miró por encima del hombro-. Pero no te das permiso, ¿verdad? No te permites sentir. No quieres sentir nada, no te importa a quién hieres con tal de no tener que sentir nada. ¡Me das lástima, de verdad! -exclamó.
Naruto frunció los labios y se levantó.
-¿Qué quieres que sienta, Hinata? ¿La deshonra de mi nacimiento? ¿La culpa por haber matado a mi primo? ¿O tal vez prefieres que sienta la pena de haberme casado contigo con pretexto falso, el sufrimiento de ser despreciado por mi padre, o tu rechazo en favor de mi indolente hermano? ¿Es eso lo que quieres? Porque sentiré todo eso si eso te hace feliz -concluyó con voz ronca.
Sus palabras la dejaron callada. Él la estaba mirando con sus ojos azules fríos, recorriéndole la cara osadamente, retándola a discutirle. Inconscientemente dio un paso atrás y chocó con la rejilla y el atizador, haciéndolos sonar ruidosamente.
-¿Qué te pasa, mi amor? ¿Va totalmente contra tu naturaleza hacer sentir todo eso a un hombre? -le preguntó burlón.
¡Pues sí, maldita sea, sí! Tenía que salir de allí. Comenzó a caminar hacia la puerta. Tenía que alejarse de él y de su cruel indiferencia. Alejarse del hombre que había creído tan magnífico, del hombre que guardaba más dolor del que un ser tiene derecho a conocer; dolor que no permitiría que dejara entrar el amor en esa negra alma. No podía ayudarlo. Esa batalla era demasiado para ella, demasiado profunda.
Cuando llegó a la puerta se acordó de lo que había ido a decirle. Cerró los ojos, hizo una inspiración profunda y se giró, dispuesta a hacerlo y acabar con eso lo más rápido posible.
Y entonces lo vio.
Vio los devastadores efectos del sufrimiento en la expresión de su boca y el destello acerado de sus ojos. La estaba observando salir y le había dolido. Al instante él desvió la mirada. Hinata se mordió el labio para reprimir el deseo de correr hacia él. ¿Y si lo hiciera? Él no bajaría la guardia.
De pronto se sintió muy, muy enferma.
-Mi... mi familia vuelve de Bath mañana y pensé ir a casa a recibirlos -dijo con una vocecita débil-. Creo que estaré fuera unos días. Me acompañarán Polly y Komaza.
El asintió y cogió el diario.
-Lo que quieras -dijo, se sentó y reanudó su lectura.
Había vuelto a levantar el muro, pero ella ya sabía que el muro tenía una grieta. Su corazón le gritó una vez más, instándola a ir hacia él. Pero se dio media vuelta y salió. Se sentía demasiado confusa, demasiado temerosa como para volver a intentarlo. Y además, debía descubrir la verdad, por el bien de él.
Naruto la oyó cerrar muy suavemente la puerta, y se llevó la mano a la frente. Sentía el dolor como un cuchillo que le perforaba la parte de atrás de los ojos y le bajaba como fuego por el espinazo. Dejó a un lado el diario y se apretó los ojos con la parte tenar de la palma. ¡Un monstruo, eso era!
Demasiado orgulloso para reconocer que ella lo había herido, demasiado orgulloso para ponerse de rodillas y suplicarle que volviera a amarlo. No era de extrañar que prefiriera a Menma; con todas sus debilidades, Menma no era un monstruo.
Por lo menos le daba el afecto que ella necesitaba. Él no podía, maldita sea, ni siquiera podía decirle que la encontraba hermosa, ni pronunciar la palabra «gracias» en voz alta por haberlo acompañado en sus días más oscuros.
Por mucho que lo intentara, no veía otra cosa que repugnancia en sus ojos, sentía su total desdén, y no lograba encontrar las palabras para cambiar eso. Esas palabras simplemente no estaban en él. Era un monstruo.
Se levantó torpemente y caminó tambaleante hasta el aparador, y se sirvió un whisky doble. Cualquier cosa para adormecer el dolor.
