Epílogo. Parte IV: El final.
Nada más regresar a Londres, Harry se encaminó hacia un callejón anexo al Ministerio de Magia, junto a Albus. Inesperadamente, se paró junto a una farola que iluminaba, tras él, un triste y maloliente contenedor de basura. Sin complejos, localizó un chicle mascado y aún baboso que alguien, —Albus pensó que, seguramente, alguno de los guarros que mantenía a aquel callejón en semejante estado de insalubridad— había pegado en la farola, a un metro del suelo, y lo apretó con su dedo pulgar.
—¿Qué narices haces, Papá? ¿Acaso tanto traslado, en tan poco tiempo, te ha nublado las ideas? —preguntó a su padre, haciendo un gesto de asco—. ¿Por qué hemos venido a este estercolero? Me extraña que el Alcalde de Londres permita que, en su maravillosa ciudad, exista una calle tan cochambrosa como esta.
—Nada de esto existe, Albus —en cambio, Harry declaró, concentrado—. Observa con atención.
Anonadado, así lo hizo. Desvió todo su potencial mágico hacia sus sentidos, haciendo uso de toda su experiencia al respecto. Lo primero que detectó fue una barrera "Obliviate" a la entrada del callejón; y dentro de él, un potente "Confudus" destinado a convertir en un auténtico vertedero, una calle totalmente vacía y olvidada. "Excepto por los magos, según veo", se dijo para sí con una sonrisa ácida en el rostro. Y lo que le había parecido un chicle mascado y asqueroso, no era más que un pequeño botón situado en la farola que, esta sí, era totalmente real.
—El "Confundus " funciona al entrar; para despertar el ansia de los muggles de marcharse de aquí cuanto antes. Y el "Obliviate" lo hace al salir. Ningún muggle recordará, siquiera, haber estado aquí, si toma la absurda decisión de adentrarse en un calle que no guarda ningún interés para él —su padre añadió a modo de explicación.
—¿Y quién ha sido el "lumbreras" que ha creado la ilusión del chicle mascado y asqueroso a modo de pulsador? —preguntó con sarcasmo.
Harry le devolvió una sonrisa malévola; pero calló.
—Por amor de Merlín… Eres un morboso…
Unas puertas, que habían permanecido camufladas hasta aquel momento, se abrieron en la pared situada justo detrás de la farola, dejando paso a lo que parecía un ascensor. Con un ademán de su mano, Harry indicó a su hijo que hiciera los honores y ambos se adentraron hacia las entrañas del Ministerio de Magia.
—El chicle no es, sino un elemento disuasorio más.
—Ya...
De pronto, su padre lo miró con total seriedad, preocupado.
—Albus: tú y yo no nos encontramos en nuestras mejores condiciones, ahora mismo. Y hemos venido a ayudar; no a molestar. Así que, nada de heroicidades —ordenó.
Por un momento, Albus enarcó una ceja con sarcasmo.
—No sé qué decirte… Yo soy digno hijo de mi padre…
—Muy agudo. Lo digo en serio.
—Y yo también. No me pidas que deje de hacer algo que, seguramente, harás tú en mi lugar, si lo consideras necesario —dejó claro, tajante.
Harry hizo un gesto negativo con la cabeza, a modo de derrota. Albus tenía toda la razón.
—Seamos prudentes, al menos —le pidió.
—Eso sí que te lo puedo prometer. ¿Y esta nueva entrada al Ministerio? —quiso saber, curioso.
—Hace meses que, tanto el Escuadrón de Reversión de Magia Accidental, como el Cuartel General de Aurores, me lo llevan pidiendo. Se quejan de que, cuando ambos necesitan lograr que sus miembros entren o salgan del Ministerio con la mayor discreción, resulta imposible hacerlo usando las entradas convencionales. Así que, muy poca gente conoce su existencia; y pondría la mano en el fuego por cada uno de ellos. Tan sólo se detiene en el Segundo Piso. Y es Edward quien responde por él, en ultima instancia.
Albus asintió, conforme.
—Y tienen toda la razón. En ocasiones, los auores somos tratados como todo un espectáculo por nuestros "compañeros" pertenecientes a la mayoría de departamentos. Y no quiero hablar de los chismes que vienen después.
—Lo sé. De paso, también sirve para que Edward y yo podamos entrar y salir con total discreción.
—Nunca se sabe cuándo puede estar "acechándote" el Jefazo, ¿eh? —bromeó.
—Me alegra saber que tanto sufrimiento no ha minado tu sentido del humor. Aunque sueles ser demasiado serio. Ese es uno de los "defectos" que ambos compartimos —Harry afirmó, reflexivo.
—Os he echado muchísimo de menos, Papá —confesó—. Si algo he deseado con todas mis fuerzas durante todo este tiempo, es poder volver a abrazaros; a ti y a Mamá. Dios… Si a ella le sucediese algo malo…
—La pondremos a salvo, Al; a ella y a Cathy —aseguró.
Albus permaneció en silencio, dedicando a su padre una mirada pensativa.
Un leve movimiento procedente del ascensor, fue la señal para que ambos se concentrasen por completo en su cometido. Inmediatamente, este se detuvo y las puertas se abrieron frente a ellos. Pero no les dio tiempo a salir. En un abrir y cerrar de ojos, dos varitas apuntaron directamente a sus cabezas. Dos aurores, un hombre y una mujer, que Albus bien conocía, miraron a ambos con ojos desorbitados por la sorpresa.
—¿H-arry? ¿Y Harry? —el hombre no pudo evitar preguntar, sorprendido, mirando a ambos como si su vista le estuviese jugando una mala pasada.
—Hola, David —Albus saludó afablemente, también con la mano—. Me alegro de verte de nuevo, amigo.
—Por Merlín… ¿Eres tú, Albus? —Sin dar tiempo a que el joven le respondiese, se abalanzó sobre él y lo estrechó en un abrazo efusivo.
Sin mediar palabra, la mujer, Aroa, lo abrazó también.
—Deduzco que la fiesta ha comenzado —Harry declaró, con voz severa—. ¿No se os ha ocurrido pensar que ambos podemos ser un par de impostores que han usado una poción "Multijugos" para hacerse pasar por el Ministro de Magia y por el Subjefe del Cuartel General de Aurores? —los amonestó sin contemplaciones.
Pero David negó con la cabeza, rotundo.
—Por fin, el detector de poción "Multijugos" funciona también aquí —declaró, con una mirada de triunfo.
—¿Cuándo Edward ha logrado que el Wizengamot apruebe esta medida? —quiso saber, atónito.
—Esta misma mañana. No sé qué les ha dicho, además que advertirles de que él ya tenía demasiados problemas hoy, como para preocuparse por uno más. Pero ha funcionado.
—Perfecto. ¿Algún rastro de Skolov?
—De él precisamente, no —Aroa afirmó con voz preocupada—. Pero el Ministerio de Magia, al completo, ha sido sumido en una especie de guerra de guerrillas que afecta a todos los Departamentos. Edward se ha visto obligado a separar a todos los aurores disponibles en pequeños escuadrones, que llevan todo el día pelando con numerosos renegados con uñas y dientes. Hemos puesto a salvo a todos los funcionarios que hemos podido, con ayuda de la Señora Granger, la Directora del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Y de varios Directores más.
Inmediatamente, Harry y Albus intercambiaron una mirada de entendimiento.
—No son más que una mera distracción —Albus aseguró.
—¿Dónde está Edward? —Harry exigió saber.
—Se supone que en el primer piso, protegiéndote a ti. Por eso Aroa y yo nos hemos quedado de una pieza, al verte entrar por aquí. Y encima con Albus —David explicó.
—Habéis hecho un buen trabajo —él los alabó. Pero no les ofreció explicación alguna—. No se os ocurra moveros de aquí —les ordenó.
Albus y él emprendieron una carrera desenfrenada hacia el primer piso. Por el camino, ambos se vieron obligados a neutralizar a un par de renegados que intentaron interceptarlos. Un "Desmaius" y un "Locomotor Mortis" fueron suficientes para lograrlo. Tres renegados más los interceptaron en las escaleras de acceso al primer piso. Y fueron anulados sin más contratiempos. Pronto se dieron cuenta de que, la simple visión de dos "Harrys" abriéndose paso, varita en ristre, hacia cualquiera que fuera su destino, confundía e infundía temor en todos sus atacantes. Y aprovecharon al máximo esa ventaja inesperada.
Al llegar al pasillo que conducía al despacho de Harry, él hizo una señal con la mano, indicando a Albus que ambos se apostasen, sigilosos, a ambos lados de la puerta antes de acceder a la sala diáfana que daba paso a su despacho. Uno a cada lado de la puerta, se dispusieron a escuchar.
"Por Merlín, jovencito… Lo has hecho fenomenal", escucharon la voz de Edward, procedente del interior.
"Pero los renegados ya saben que el Ministro de Magia no está en su despacho" , Nick, el secretario de Harry, objetó con voz de autorreproche.
"Era cuestión de tiempo que pasara. Por favor, ponte en pie, hijo. Y busca refugio donde mejor se te ocurra. Tu misión ha concluido aquí."
Sin esperar más, ambos hombres irrumpieron en la sala. Por un momento, Edward los apuntó con su varita, dispuesto a defender a aquel valiente joven y a sí mismo de un nuevo ataque. Pero al ver de quién se trataba, la bajó de inmediato.
—Condenados demonios… —acusó a ambos con voz alegre, esbozando una enorme sonrisa—. Bien venido a casa, hijo —saludó a Albus con cariño.
Pero Harry no perdió tiempo en saludos.
—¿Dónde están Ginny y Cathy? —pidió saber con urgencia, más y más preocupado por momentos.
—Desde antes de que estallara la refriega, ambas se hallan encerradas en mi despacho. He enviado a todos los hombres disponibles allí, Harry. Y yo voy para allá, también, una vez me asegure de que este joven puede volver a protegerse solo.
—¿Skolov sabe que ambas están encerradas allí?
—A estas horas, debe saberlo —afirmó, maldiciendo para sus adentros—. Aunque nadie lo ha visto todavía. Por eso he enviado hacia allí a todos lo hombres con urgencia. Uno de mis aurores ha revelado esa información, sin pretenderlo, durante la batalla que se ha librado aquí, hace unos minutos.
—¡Maldita sea! Nick: quédate aquí —ordenó a su secretario, quien lo miró sin comprender—. Ya saben que no hay nadie, en este lugar, quien les interese ahora; así que es donde tú estarás más seguro.
El hombre asintió con la cabeza, con fuerza.
—Al: Skolov no sabe que tú has regresado. Tú serás nuestra mejor baza. Reúne un escuadrón de aurores y estad dispuestos para actuar cuando yo os envíe un "Patronus".
Por un instante, Albus estuvo tentado a desobedecer la orden que su padre acababa de darle. Era tanta la angustia que sentía por su madre y por Cathy, que por nada del mundo estaba dispuesto a quedarse atrás en intentar protegerlas. Aún así, la serenidad y la lógica se impusieron en su mente, bien disciplinada. Y asintió. Inmediatamente, salió de la sala a la carrera.
—¿Preparado? —preguntó a Edward, mirándolo con una sonrisa.
—Nunca lo he estado más que ahora. Vamos.
Ambos marcharon corriendo hacia el Cuartel General de Aurores, inmediatamente después, dejando a Nick con la firme convicción de que los aurores eran "los hombres más valerosos, arrojados y temerarios, que él llegaría a conocer jamás".
Una explosión fue escuchada en todo el Ministerio de Magia, procedente del Cuartel General de Aurores. Al sentirla, Harry y Edward intensificaron el ritmo de su carrera.
—Dios mío… Están intentando hacer explotar mi despacho —Edward afirmó.
Pero Harry continuó corriendo en silencio, totalmente concentrado. Comprendió que era allí donde hallaría a Skolov y al grueso de los magos renegados y que, por tanto, era allí donde Albus debería estar. Así que, rápidamente, invocó a su ciervo y lo envió hasta su hijo con este mensaje: "Si deseas hacer justicia, apresúrate en llegar al despacho de Edward".
Dentro del despacho, Ginny y Cathy se dieron un último abrazo, dispuestas a vender caras sus vidas.
"Os doy una última oportunidad para salir. Si no lo hacéis inmediatamente, el despacho saltará por los aires con vosotras dentro", escucharon la voz amenazadora de un hombre a quien no conocían.
Decididas, obligaron a sus miedos a aletargarse en lo más hondo de sus entrañas y se prepararon para salir. Si debían morir, no lo harían bajo los cascotes de un viejo despacho. Cathy se encargó de deshacer, uno por uno, todos los hechizos que habían mantenido la puerta firmemente atrancada. Y Ginny la hizo estallar mediante una "Bombarda máxima", que se llevó por delante a más de un mago renegado, pillado por sorpresa.
—¿Quién es el guapo que va a venir a por nosotras? —la mujer gritó, con desafío.
En el exterior, un hombre alto, enjuto, con una melena pulcramente peinada y un traje impoluto, se relamió de placer, tras dar una cruel patada a uno de los numerosos aurores que allí habían sucumbido; no quedaba nadie quien poder hacerle frente. No había logrado dar con el cobarde del Ministro de Magia. Pero en cambio, la muerte de su mujer y de su ahijada sería una excelente advertencia para él.
De pronto, y procedentes de los dos accesos a la sala principal del Cuartel General de Aurores, comenzaron a volar certeros "Desmaius", "Bombardas", "Confundus", "Expelliarmus", "Expulso" y una gran variedad de hechizos. Y el hombre, a quien uno de sus secuaces acababa de llamar Skolov, rogándole una protección que no recibió, se dio cuenta, impertérrito, de que, uno a uno, la mayoría de los magos renegados que le acompañaban iban cayendo sin remedio. Con rabia, se atrincheró tras una de las mesas, volcándola para ello. Él se consideraba uno de los mejores magos que el mundo mágico había tenido jamás. Así que, se dijo para sus adentros, tan sólo debía esperar el momento justo, el instante preciso. Y todos sus atacantes pagarían bien cara su osadía.
En cuestión de segundos, se había quedado solo en la sala; sin refuerzos.
"Él es mío", escuchó cómo una voz, totalmente conocida, exigía con ansias de venganza. No pudo creer lo que acababa de escuchar. ¿Albus Potter, allí? De pronto se dio cuenta del gran error que había cometido al tachar de "acabado cobarde" al Ministro de Magia. Inmediatamente, una voz firme, que respondió sin ambages "Todo tuyo", confirmó sus peores temores. Harry y Albus Potter allí; ambos allí. "Esta lucha vale la pena", afirmó. "Sí, señor".
—¡Te la he jugado bien jugada! —exclamó, esbozando una sonrisa demente, que ningún auror pudo ver.
—¡He de reconocer que así ha sido! —Harry admitió con sencillez—. ¡Sal, Vladimir! ¡Y hablemos de todo ello frente a un Whisky de fuego!
—¿Acaso me tomas por tonto? —preguntó, indignado.
—En absoluto. ¿No te apetece beber conmigo? —insistió. Sabía que, expresar abiertamente el poco respeto que él le infundía, minaría su autocontrol.
Mientras, el escuadrón de aurores que habían llegado junto a Albus desarmó a los renegados que no habían muerto, para conducirlos a las mazmorras del Ministerio sin más dilación.
—Marchad —Edward ordenó a sus subordinados—. Nosotros nos encargaremos de ete asunto.
Pronto, tan sólo Harry, Albus y Edward quedaron en la sala.
Y Ginny. Y Cathy.
Ambas mujeres irrumpieron fuera del despacho, súbitamente, como auténticos vikingos sanguinarios procedentes de una época ya muy lejana.
Aquella fue al distracción que Skolov había estado esperando con paciencia. Vehemente, se puso en pie, superó la mesa de un solo salto y apuntando su varita hacia Albus, exclamó:
—¡"Avada Kedavra"!
Para todos los presentes en la sala, fue como si el tiempo se hubiese detenido en ese preciso instante, al escuchar esas malditas palabras. Pero no para Albus. Albus tenía ganas a ese hombre; muchas, muchas ganas. Él había ordenado la muerte del resto de su escuadrón, asesinando a alguno de ellos con sus propias manos crueles. Y su propia muerte; tras pedir que antes "se entretuviesen con él". Sin piedad. Raudo como una flecha, arrebató a su padre su varita —pues no confiaba en la que había conseguido durante su cautiverio— y haciendo valer una voz profunda, firme y despiadada, gritó:
—¡"Avada Kedavra"!
Inmediatamente, dos rayos mortíferos chocaron entre sí, en una pugna de voluntades. Skolov intentó mantenerse firme, haciendo valer toda su crueldad y tendencias psicópatas en un desesperado intento por reducir a su sorprendentemente diestro contrincante. Escasos segundos transcurrieron en una pugna que Albus, infinitamente más diestro, resuelto y sereno que él, dominó en tan sólo un momento. El rayo mortífero de Skolov, abrasador, fue reduciéndose segundo a segundo, milímetro a milímetro, hasta impactar en su propio pecho, presa de la furiosa embestida del rayo de Albus.
Incrédulo, el hombre observó el agujero que había quedado en su pecho, una vez ambas luces hubieron desaparecido con un brusco estallido.
"Tú no eres Voldemort, gusano", fueron las últimas palabras que pudo escuchar, antes de dar con sus huesos en el suelo. Su vida había huido de él como aquellos a quienes había aterrorizado: sin mirar atrás.
Asqueado por aquello que acababa de hacer, aunque no arrepentido, Albus devolvió a su padre su varita. Y caminó fuera del cuarto sin dedicar ni una mirada, siquiera, a ninguno de los presentes, quienes lo observaron sin pestañear.
Cathy fue la más atónita, conmocionada y sorprendida de todos ellos. ¿Ese era Albus? ¿Su Albus? ¿O era un hombre desconocido para ella, cuya madurez y experiencia abrumadoras hacía mucho que a las suyas propias habían dejado atrás? Sintió cómo Ginny corrió en pos de su hijo; y cómo Harry se apresuró a detenerla con firmeza musitando: "Él estará bien. Ahora, déjalo marchar".
—Pero Harry… —la mujer suplicó, con voz desesperada.
—Confía en mí. Ahora, déjalo marchar.
Ginny se abrazó a su esposo con todas sus fuerzas, rompiendo a llorar en sus brazos. Tras ello, Edward dio una palmada de ánimo en la espalda de Harry y dijo:
—Me encargaré de que acabemos con el resto de renegados.
Harry asintió, en silencio, con Ginny llorando en sus brazos.
Todo había terminado.
COMENTARIOS DE LA AUTORA
Ahora sí, que sí, hemos enfilado la recta final de este fic. "Todo ha terminado". No todo. Todavía queda el merecido "reencuentro" entre Albus y Cathy, que me muero por escribir.
Dedico este capítulo a carlos29 y a ginalara, quienes me han dejado sendos reviews; muy bien recibidos, por cierto.
Y también lo dedico a Xarza, quien ha añadido este fic a sus Alertas.
Aviso de que es posible que este capítulo sufra algún "arreglo" en días posteriores. No en argumento, sino en ortografía, gramática, etc. Lo he escrito tan a la carrera, que no me extrañaría que contenga montones de errores ortográficos y gramaticales. Pero deseaba tanto publicarlo, tantísimo, que tan sólo he hecho una edición rápida y lo he subido; sin más. ¡Estoy en racha!
Un abrazo fortísimo para todos y hasta el próximo capítulo.
Rose.
