Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
CAPITULO VEINTE
Varias horas después, mientras Hinata dormía, Naruto yacía en la misma cama, con los ojos como platos, mirando el techo. Se sentía más vivo de lo que se había sentido en toda su vida, pero su estado de euforia enseguida dio paso a un profundo sentimiento de aborrecimiento y odio contra sí mismo.
Hacer el amor con Hinata había sido algo imperdonable, estúpido, aparte de absolutamente egoísta, pero no le sabía mal haberlo hecho. Intentó sentir remordimientos, pero le resultaba imposible. La noche había sido demasiado hermosa, demasiado mágica para estropearla con auto reproches.
En cierto modo, había sido inevitable. Había deseado a Hinata desde el primer momento en que la vio dormida en el sofá, agotada de tanto cuidarle. Había algo en ella que le había atraído desde el principio.
Las emociones que Hinata era capaz de despertar en él le aturdían sobremanera. El nunca había sentido nada más que deseo carnal por cualquiera de sus ex amantes, mujeres que se le acercaban porque sabían que era marqués. Ninguna de aquellas mujeres superficiales le había conmovido o provocado ninguna emoción. ¿Se le habrían acercado si no hubieran sabido que era un marqués? Tal vez, pero seguro que sólo en busca de placer sexual.
Pero Hinata no sabía quién era él. Y le había hecho sentir cosas que él habría jurado que era incapaz de sentir. Como los celos. Naruto había experimentado su primer ataque de celos la primera vez que Hinata mencionó el nombre de Inuzuoka. La mera idea de que otro hombre, cualquier hombre, pudiera tocarla le ponía furioso, llenándole de una rabia gélida y malsana.
Y luego estaba aquel repentino e inaudito encariñamiento con los niños, las ancianas y los sirvientes irreverentes. ¿De dónde diablos había salido todo aquello?.
Y luego estaba aquella maldita palabra.
Hima le quería. Y Hinata le quería. Un nudo del tamaño de una taza de té se le alojó en la garganta. «¡Dios! ¡Tengo casi treinta años y nadie me había dicho nunca esas palabras hasta que llegué aquí!» Su propia familia, exceptuando a Sakura, apenas le soportaban y, sin embargo, los Hyuga, a quienes hacía sólo unas semanas que conocía, le querían.
Naruto negó repetidamente con la cabeza. La mujer que tenía entre sus brazos le importaba mucho. ¿Cómo no iba a importarle? No tenía ni un ápice de maldad o mentira. Pero, ¿la quería? Naruto dudaba de su capacidad de querer realmente a alguien. La vida entre miembros de la alta sociedad que intentaban ascender cada vez más en la escala social y que, si te descuidabas, te asestaban una puñalada por la espalda le había vuelto demasiado cínico, demasiado hastiado y demasiado descreído. Estaba demasiado corrompido desde el punto de vista moral para creer en ese cuento de hadas al que cantan universalmente los poetas: el amor.
Hinata se agitó en sueños y los brazos de Naruto se apretaron con más fuerza alrededor de su cuerpo. El sabía que ella sufriría mucho cuando se enterara de su marcha, pero tenía que irse. Tenía un asesino que desenmascarar, un detalle que parecía olvidar con pasmosa facilidad. Tenía que concentrar todas sus energías en descubrir la identidad de su enemigo, o sería hombre muerto. Una vez que apresaran a la persona que quería verlo muerto, él podría reanudar su vida.
Y Hinata reanudaría la suya. Ella creía estar enamorada de Naruto Uzumakson, tutor, pero Naruto sabía que aborrecería a Naruto Uzumaki, marqués de Konohagakure. «Tal vez encuentre la felicidad al lado de Inozuoka.»
Aquella idea llenó a Naruto de una rabia incandescente, pero luchó contra ella con todas sus fuerzas. Ella se merecía ser feliz. Él no podía quedarse allí, y sabía que su estilo de vida superficial y disoluto entre la gente de la ciudad horrorizaría a Hinata.
Ella no aguantaría ni cinco minutos entre las mujeres libertinas e inmorales de Londres. La ciudad la despojaría de todas aquellas cosas maravillosas y fascinantes que la hacían única. Sí, ella merecía a alguien mejor que él. Fuera quien fuese el hombre que acabara con ella, iba a ser un canalla con suerte.
«Siempre y cuando yo no le vea ponerle las manos encima. O se convertirá en un canalla muerto.»
A la mañana siguiente, Hinata se despertó lentamente. La cálida luz del sol se colaba entre las cortinas de su alcoba. Se desperezó y sus músculos protestaron por un dolor sumamente placentero. Le inundaron los recuerdos de la noche anterior, y un ardiente rubor la bañó de pies a cabeza. Volvió la cabeza, esperando ver a Naruto estirado a su lado, pero la cama estaba vacía. Se dio la vuelta, apoyando la cabeza en la impronta que había dejado Naruto en la almohada junto a la suya y respiró hondo.
El lino blanco de la almohada olía exactamente como él. A limpio, con toques de madera y almizcle. Colocándose la almohada sobre la cara, la abrazó y suspiró de pura felicidad.
La noche anterior Naruto la había hecho mujer. Y se sentía mujer. Una sonrisa de complicidad curvó los labios de Hinata, al evocar el tacto de las manos de Naruto, el sabor de su piel, la sensación de tenerlo en su interior, clavado en sus entrañas. Un placentero escalofrío atravesó todo su cuerpo. ¿Cómo iba a impedir que el resto de la familia se enterara? Seguro que su rostro la delataba.
Se levantó de un salto y corrió hasta el tocador. Se miró fijamente en el espejo en busca de signos visibles de su recién estrenada condición de mujer. Extrañamente, tenía el mismo aspecto de siempre, con la salvedad de los labios hinchados y aquel brillo de felicidad en los ojos.
Sintiéndose como si estuviera flotando en una nube, Hinata se vistió a toda prisa. No estaba segura de lo que iba a decirle a Naruto aquella mañana; lo único que sabía era que se moría de ganas de verle. Seguro que, después de la maravillosa noche que habían pasado juntos, podría convencerle para que se quedara en Halstead. Era imposible que siguiera pensando en marcharse después de lo que habían compartido.
Él le había dicho que no tenía nada que ofrecerle, pero ella sólo lo quería a él. Se abrazó a sí misma y empezó a dar vueltas por la habitación, girando como una peonza, ¡Nada era imposible aquella mañana! Tenían que encontrar un trabajo para Naruto como tutor cerca de Halstead; él tenía que escribir una carta renunciando al trabajo que tenía programado. ¿Y hasta se atrevería a soñar con posibles planes de boda? Un hormigueante escalofrío la atravesó de pies a cabeza ante la mera idea. ¡Había tantas cosas maravillosas que hacer!
Acababa de abrocharse el último botón del vestido cuando oyó que alguien llamaba a la puerta.
—Adelante —dijo.
Hanabi entró en la alcoba, con una mirada extraña e inquietante en el rostro.
— ¡Hanabi! —Hinata corrió hacia ella y le dio un abrazo—. ¿Qué tal fue el resto de la fiesta con Konohamaru? ¿Te lo pasaste bien?
Hanabi sonrió.
—Fue maravilloso. Hinata...
—Me muero de ganas de oírlo —la interrumpió—. Quiero que me lo cuentes todo con pelos y señales. Venga, vamos abajo para hablar sobre ello delante de una humeante taza de té.
—Luego, Hinata. Ahora tengo algo que contarte.
Por primera vez desde que Hanabi había entrado en la habitación, Hinata se percató de su expresión preocupada.
— ¿Va algo mal, Hanabi?
Hanabi entregó a Hinata un sobre lacrado.
— ¿Qué es esto? —preguntó Hinata, visiblemente desconcertada mientras le daba la vuelta al sobre. Iba dirigido a ella.
—Se ha ido, Hinata.
— ¿Quién?
—El señor Uzumakson.
Hinata se quedó de piedra.
— ¿A qué te refieres con que se ha ido?
—Su caballo ya no está en el establo...
—Tal vez alguno de los chicos o el mismo Naruto lo ha sacado a dar una vuelta —la interrumpió Hinata mientras una punzada de miedo empezaba a tensarle los omóplatos.
Hanabi negó con la cabeza.
—Fueron precisamente Tokuma y Kou quienes se dieron cuenta de la ausencia de Pericles. Yo fui a la alcoba del señor Uzumakson para ver si había salido a cabalgar. La puerta estaba abierta, de modo que entré. —Hanabi respiró hondo, entrelazó los dedos de las manos y los apretó fuertemente entre sí—. La habitación estaba vacía, la cama sin deshacer. Esta carta, dirigida a ti, estaba en la repisa de la chimenea.
—Eso no significa que se haya ido.
—Se ha llevado toda su ropa, Hinata.
Hinata tuvo una náusea y se apretó el vientre con las manos.
—¿Cómo lo sabes?
—Los cajones de la cómoda están vacíos, y también lo está el armario. —Hanabi tocó el brazo de Hinata—. Lo lamento.
—Debo... debo leer la carta —dijo Hinata, que estaba hecha un mar de dudas—. Seguro que hay una explicación razonable. ¿Me disculpas un momento, por favor, Hanabi?
—Por supuesto. ¿Quieres que te prepare un té?
—Sí—dijo Hinata forzando una sonrisa—. Una taza de té me irá de maravilla.
Hanabi salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad tras de sí. Hinata rompió inmediatamente el precinto lacrado, le temblaban tanto los dedos que estuvo a punto de rasgar el papel. Sentía las rodillas demasiado débiles para sostenerse en pie, de modo que se derrumbó sobre una silla y extrajo dos cuartillas.
Mi queridísima Hinata,
Cuando leas estas líneas, yo ya estaré lejos de Halstead, una decisión que sé que no entenderás, pero que ruego a Dios llegues a perdonarme algún día.
Déjame empezar diciéndote que la noche pasada fue la noche más hermosa de toda mi vida. Debido a mi repentina partida, soy consciente de que probablemente no me creerás, pero te aseguro que es verdad. Sé que mi marcha te dolerá, como me duele a mí. Por favor, quiero que sepas que odio tener que hacerte daño, pero no tengo forma posible de evitarlo. Mi marcha no es bajo ningún concepto culpa tuya ni podrías haber hecho nada para impedirla. Yo sabía, los dos sabíamos, que me iría algún día. Ese día, simplemente, ha llegado antes de lo esperado.
O quizás haya llegado demasiado tarde. Si me hubiera marchado antes, lo que ocurrió ayer por la noche nunca habría sucedido. Siempre acariciaré con gran estima los recuerdos de la increíble noche que compartimos. Soy un canalla egoísta por haber permitido que ocurriera, pero, de todos modos, no puedo arrepentirme ni tener remordimientos. Es evidente que no soy tan maravilloso como creías, aunque, de hecho, yo nunca dije que lo fuera.
Eres una mujer sorprendente y con una inmensa capacidad para amar —la única persona que he conocido en toda mi vida que es realmente buena. Por favor, busca a otra persona a quien amar, alguien que te merezca de verdad.
Si las circunstancias fueran diferentes si mi vida no fuera tan complicada, tal vez las cosas podrían haber sido distintas, pero hay cosas sobre mí, sobre mi vida, que no conoces, cosas que hacen imposible mi permanencia en Halstead.
Por favor, perdóname por marcharme de este modo, por despedirme con una carta, pero quería que mi última imagen de ti fuera la que ahora tengo, un ángel dormido entre mis brazos. No podría soportar ver el dolor y la pena reflejados en tus ojos.
Te agradezco a ti y también a tu familia toda la amabilidad y el cariño que me dieron. Siempre te estaré agradecido por haberme salvado la vida. Me has llegado muy hondo, Hinata, más hondo de lo que nadie me había llegado nunca. Y, por si quieres saberlo, nunca te olvidaré.
Con todo mi afecto,
Naruto
Hinata se quedó un buen rato mirando fijamente la carta, con los ojos secos, aparentemente vacía e insensible. Hizo un esfuerzo por seguir respirando regularmente, resistiéndose a dejarse llevar por aquel dolor desgarrador que amenazaba con partirla en dos. «Si consigo no sentir nada, sobreviviré. Si empiezo a llorar, no pararé jamás.»
Todavía podía oír la voz de Naruto preguntándole con ternura desde la noche anterior: « ¿Te ha dolido? ¿Te he hecho daño?» Lágrimas de puro dolor se apretaban fuertemente contra el fondo de sus globos oculares mientras ella luchaba por contener el llanto.
«Sí, Naruto. Me has hecho daño. Y mucho.»
De todos modos, sólo podía culparse a sí misma. Él nunca le había prometido nada y sólo le había dado lo que ella deseaba: la oportunidad de convertirse en mujer. Con un supremo esfuerzo, dobló las dos cuartillas con serenidad y se dispuso a introducirlas en el sobre.
Tuvo dificultades al intentar cerrar el sobre, de modo que miró en el interior para ver cuál era el impedimento. Había algo en el fondo. Invirtió el sobre y su contenido cayó revoloteando sobre su palma. El fondo del sobre estaba lleno de pensamientos marchitos.
Y Hinata no pudo contenerse más las lágrimas.
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Continuará...
