NdA: ¡FELIZ ANIVERSARIO! Tal día como hoy hace cuatro años, publiqué el primer capítulo de esta historia. Gracias por haberme acompañado durante todo este tiempo. El manga ha terminado (¿qué os ha parecido? A mí me ha gustado mucho C:), pero a Confeti rosa aún le queda otro añito por delante nun Gracias, Laet-lyre, por tu paciencia, tu beteo y tu amistad y gracias, Zack22, por tus correcciones y tu amabilidad 3
Si en algún momento comenzáis a ver cambios por aquí y por allá es porque estoy editando el fic en Word, y cuando termine de hacerlo resubiré los capítulos aquí (son cambios mayormente gramaticales, no os preocupéis).
¡A leer!
XXVI.
Regalos sin abrir
A la mañana siguiente, el arrebol que se proyecta desde las profundidades del cielo baña la primera planta de la casa, como si la vivienda entera estuviera envasada dentro de una botella de vidrio rojo, otorgándole un brillo escarlata a los paquetes que Tosha ha desperdigado por el salón en algún momento de la madrugada. Los ha apilado en seis montones, uno por cada miembro de la familia.
El más grande con diferencia es el de Takeru. El niño ya ha comenzado a abrir sus regalos cuando Oikawa e Iwaizumi bajan la escalera y se lo encuentran sentado en el suelo con las piernas cruzadas, desenvolviendo un juego de química. Ha sintonizado Steven Universe en el televisor y bajado el volumen, pero no parece prestarle mucha atención a los dibujos.
—Hala, qué chulo —comenta Iwaizumi, dejándose caer junto a él con el cuerpo todavía rígido de sueño.
Tooru y él tratan de comportarse como lo hacen habitualmente en presencia del resto de los Oikawa. Cercanos, abusando de los codazos y pellizcos hasta el punto de orillar a Tosha a bramar "¡Juegos de manos, juegos de villanos!", sembrando bromas soterradas como minas terrestres para que el otro caiga en el cepo. Siguen siendo así, pero también se han acostumbrado a otra clase de gestos. Gestos que les salen naturalmente en presencia de Makki, Mattsun, Mobi y Yuki. A pesar del apoyo de los Oikawa durante la agria conversación que presidió la cena de Nochebuena, ninguno de los dos está preparado para ser excesivamente empalagoso con el otro delante de Tosha o de Tomehi.
Takeru le cede la caja (cuyo reverso promete más de ciento cincuenta experimentos) a Iwaizumi para que lea las instrucciones y se estira, alcanzando un paquete rectangular cuyo contenido tiene toda la pinta de ser un par de zapatos.
Oikawa nunca había visto a su sobrino tan mustio, y menos en un día como ese. Debería estar prohibido sentirse triste en Navidad, máxime teniendo una edad hecha de un solo dígito.
—Siento mucho lo que ha pasado —le dice, porque es incapaz de fingir que no ocurre nada. Que Takeru simplemente está atravesando algún tipo de berrinche infantil.
Iwaizumi deja de leer las recomendaciones para el adecuado mantenimiento del lote de probetas y balanzas.
—No ha sido culpa tuya —suspira Takeru, volviéndose hacia una montaña conformada por una decena de bultos con envoltorios de la bandera británica y algún que otro Big Ben—, es que… no sé, es raro que sus regalos estén aquí y él no.
Los tres optan tácitamente por no volver a tocar el tema. El rasgueo del papel y los comentarios ocasionales sobre algún juguete o prenda de vestir tejen un frágil disfraz de normalidad y hacen que esa parezca una Navidad como cualquier otra, sencilla y adormecida.
Tosha hace su aparición cuando ellos casi han terminado de abrirlo todo.
—Ya podéis empezar —ironiza, bostezando mientras hace el saludo al sol embutida en su camisón rosa chicle.
Oikawa nunca ha podido pillarla colocando los regalos. Lo intentó en varias ocasiones cuando pensaba que era Santa Claus quien lo hacía, y otras tantas después de descubrir la verdad, pero no hubo manera. Su madre parece poseer un radar que le permite saber si ha entrado o no en el Sueño Delta, donde cuesta mucho despertarse, las ondas cerebrales son amplias y lentas y el ritmo respiratorio también.
—¿Cómo está Tomehi? —quiere saber.
—Acabo de salir de su habitación —contesta Tosha, apartándole a su hijo un mechón rebelde de la cara—. Ha pasado mala noche, y ha venido a entrarle el sueño ahora. Voy a subirle el desayuno antes de que se quede dormida —los tres chicos asienten—. Por cierto —añade, acabando de recogerse la cascada de rizos castaños en un moño y volviéndose hacia Iwaizumi y Oikawa con los brazos en jarra—, elegir Nochebuena para soltar vuestra exclusiva me ha puesto en un compromiso muy serio —los chicos intercambian una mirada de alarma—. ¡No tenía preparado ningún regalo de parejitas! ¡Y hoy está todo cerrado! Ya os vale.
En boca de cualquier otra persona habría sido un comentario forzado, de esos que se hacen para ir aclimatándose a una situación nueva, pero Tosha lo suelta con tanto salero que logra convertirlo en algo genuino.
Aunque no por ello menos bochornoso.
Parejitas.
Ni siquiera tiene sentido que Iwaizumi sienta vergüenza. No es como si Tooru acabara de presentarle a su madre y tuviese la preocupación de causarle buena impresión para lograr integrarse en su entorno. Conoce a esa gente desde que babeaba.
Parejitas.
Por primera vez en toda la mañana, Takeru rompe a reír con tanta fuerza que se le saltan las lágrimas.
Iwaizumi enrojece hasta las cejas y para disimularlo, oculta la cara detrás de una bombonera repleta de chocolatinas rellenas de menta, fingiendo que lee el epígrafe japonés dedicado a la composición de los bombones, que básicamente son todos iguales. Oikawa intenta recurrir a la baza que nunca le falla cuando las cosas se ponen feas: desviar la atención poniéndolo en evidencia.
—Iwa-chan, a menos que estés repentinamente interesado en aprender portugués o alemán, no cuela.
Su madre, sin embargo, no se deja engañar por una triquiñuela tan manida.
—¡Podría haber encargado unos llaveros de acero inoxidable en forma de corazón con vuestros nombres! —dice mientras se afana en preparar el desayuno para Tomehi.
Lo peor es que lo dice totalmente en serio.
Socorro. Que alguien me abra el cráneo con un trozo de carbón para que pueda perder el conocimiento.
—A ver —interrumpe de nuevo Oikawa—, que a mí me parecería un gesto precioso, ¿sabes? El problema es Hajime. Tiene que mantener su fachada de malote, de los que no se drogan ni beben pero tienen alergia a las muestras públicas de afecto.
Pero Tosha no lo escucha. Acaba de dar con la joya de la corona.
—Y ahora lo llamas Hajime.
—¡No es ninguna fachada! —protesta Iwaizumi, indignado—. ¡Y yo no le tengo alergia a… a esas mierdas!
—Mierdas, lo llama —Oikawa se encoge de hombros, como diciendo "equilicuá"—: blanco y en botella…
Iwaizumi arruga un papel con dibujos de salamandras y se lo tira a la cabeza hecho una bola.
—¡Me estás utilizando de excusa para que tu madre no mande a hacer esos llaveros!
—Qué bajeza, qué acusación tan grave.
—¿Sabes qué? —resopla, girándose hacia Tosha con obstinación—. Que sean unas camisetas. Como las de Michi y Yoshirin en Shin-chan.
A Oikawa se le descuelga la sonrisa de los goznes.
—Iwa-chan, no te precipites.
—¿Qué pasa? ¿Te dan alergia las muestras públicas de afecto, Tontikawa?
—¿Te atreves a usar mis propios hechizos contra mí, Potter?
—¡Camisetas, qué gran idea! —canturrea Tosha, pasando entre ellos con un vaso de zumo de manzana en una mano y en la otra, un cuenco con yogur, muesli, pasas y coco tostado—. Mi mente ya está creando.
Iwaizumi aguarda a que Tosha desaparezca escaleras arriba, rumbo a los aposentos de Tomehi, para inclinarse hacia Oikawa con una sonrisa desafiante.
—Si eres capaz de llevarla puesta más de cinco minutos…
—¿Pondrás mi nombre en tu descripción de Instagram?
—No te pases.
La respuesta es automática. Se le escapa como el airbag ante una colisión crítica, e Iwaizumi se maldice por darle a Oikawa un hueso sobre el que pinchar. Podría haber dicho "Claro, tu nombre en mi descripción, por qué no, ¿quieres que lo adorne con los emojis de la iglesia y el ramo de flores o te parece demasiado incluso para ti?" y a Oikawa se le habría olvidado el asunto en un santiamén.
—¿Qué más te da? Tienes una descripción muy aburrida, y yo podría aportarle el punto de color que necesita.
Dos segundos antes, Iwaizumi estaba dispuesto a disculparse porque, en realidad, si Oikawa y él van a dejar de esconderse después de hablar con sus padres, incluir su nombre en la descripción de Instagram sería un detalle discreto comparado con las fotos que Oikawa podría querer publicar. Iwaizumi prácticamente puede visualizar dedicatorias infinitas en las fechas más señaladas. Hace años que se las escribe, pero ahora está convencido de que se avecinan tiempos oscuros.
—Tengo puesto que juego al vóley, que estoy estudiando Educación Social en la Tohoku y que soy fan de Godzilla. ¿Eso te parece aburrido? A mí me parece normal, no como lo que tienes puesto tú.
—¿Qué tienes en contra de Iggy Azalea? ¿Es porque es australiana y tú un purista del rap?
This heavy crown,
you can´t always please the crowd,
but I am still not bowin` down.
This heavy crown
it comes and goes around
and when it´s time I´ll pass it proud.
But bitch I got it now!
Esa es la frase que Oikawa tiene puesta en la descripción desde que Kingsman: servicio secreto se estrenó dos años atrás.
—La cuestión es —carraspea Takeru con una ceja enarcada. Iwaizumi casi había olvidado que el crío seguía ahí— que no va a poner tu nombre en su descripción de Instagram.
Echando leña al fuego. Debe de ser genético.
—Lo cual no es más que un ardid baladí para que todos sus pretendientes crean que tienen alguna posibilidad con él. Nada que no pueda arreglarse con hashtags empalagosos en todas las fotos que subiré con Iwa-chan de ahora en adelante.
Iwaizumi emite un bufido de perplejidad. ¿Pretendientes? ¿Yo? Ni que fuera tú. Oikawa se lo pierde, absorto en un mensaje que acaba de llegarle al teléfono.
—Te montas unas películas que ya querría Tarantino para sí —duda si hacer preguntas, porque Oikawa no da señales de haberle escuchado, e Iwaizumi desconoce si eso es bueno o malo. Por una parte, agradece internamente que esa diatriba sobre la información que comparte o deja de compartir en redes sociales parezca haber concluido. Por otra, hay pocas cosas con peso suficiente para desviar a Oikawa de una oportunidad tan jugosa de tomarle el pelo—. ¿Sucede algo?
—Janet nos ha convocado —contesta Oikawa con interés.
—¿Para cuándo?
Por fin, Oikawa levanta los ojos de la pantalla.
—Para mañana.
Lengua de trapo
La reunión es a las cinco en punto de la tarde, en un pub situado al sur del casco antiguo de Miyagi. Oikawa ni siquiera lo conoce; únicamente sabe su ubicación porque anoche la buscó para saber cómo llegar en moto, y estuvo leyendo un par de reseñas que alababan la calidad de su cerveza.
—¿Seguro que no quieres venir? —insiste Oikawa por última vez.
—¿Qué pinto yo ahí? —replica Hajime, como si fuera impensable—. Es una merienda de miembros de la sub-21. ¿De verdad quieres ser el típico petardo que va con su novio a todas partes como si fueran siameses?
Oikawa se encoge de hombros. ¿Qué más da? ¿No hay gente que acompaña a su madre al médico o sale de fiesta con su hermano? Iwa-chan y él habían sido un pack prácticamente indivisible hasta que comenzaron la universidad. ¿Por qué tiene que dejarlo atrás y renunciar así a que sus experiencias sean más divertidas?
—Es que no sé —dice, pescando su casco de constelaciones de la estantería—, ella ya sabe lo que hay. Janet, digo. Nos oyó hablar la última noche que pasé en el Hotel Imperial. Durante horas.
La concentración de Tokio había sido distinta. Más formal, regida por protocolos, horarios, normas y más normas. Hajime no podía acompañarlo, a menos que hubiera vendido un riñón y un pulmón en el mercado negro para costearse el hospedaje mientras él se alojaba ahí junto a sus compañeros. Para acceder al buffet seguramente habría tenido que sustituir uno de sus ojos por otro de cristal. Eso o comprarse un parche pirata.
Pero la reunión de esa tarde es diferente, más liviana, sin tantos requisitos.
Y le gustaría que fuese con él. Le gustaría de verdad.
Así Janet podría verlo y comprobar que tiene el porte idóneo para un rematador. Podría ponerse en contacto con el entrenador de algún equipo decente y hablarles de él…
—Más motivo para que no me vea el pelo —murmura Hajime. Las mejillas salpicadas de ese rubor tan infrecuente. Azorado—. Además, les he prometido a mis padres que pasaría la tarde con ellos.
Oikawa recuerda que no se dijeron nada demasiado revelador la última noche que pasó en el Hotel Imperial. Apenas un par de insinuaciones. Suficiente para que cualquiera con un poco de visión sumara dos y dos. Aunque no se hubieran dicho nada sospechoso, de todas formas, Oikawa cree que Janet lo habría sabido. Por el tono. Porque llamó a Iwa-chan desde medianoche hasta que amaneció. Una y otra y otra vez. Porque Hajime respondió a todas y cada una de sus llamadas. No hay que ser un lumbreras para darse cuenta.
De que a lo mejor Oikawa sí que es un petardo. Uno de los buenos. De los que recurre a la estupidez más supina para comunicarse con Hajime cuando no pueden verse. Decide no darle más vueltas, porque hacerlo le hace sentir inapropiado e imprudente.
—Como quieras —claudica, doblando la funda plateada que recubre a su Marauder y dejándola hecha un guiñapo donde hasta hace un minuto reposaba su casco—. Te veo después.
Un pinchazo de desazón le acalambra todo lo que existe entre el ombligo y las clavículas, y escapar de él se vuelve una necesidad imperiosa.
Hajime se hace oír por encima del bramido del motor al arrancar. Suena como un trueno en miniatura.
—Recuerda que tu hermana ya ha comprado las entradas para Vaiana.
—Lo sé. Nos vemos directamente en el cine.
No tienen nada más que decirse.
Por eso, Oikawa no espera que Hajime se ponga delante de la moto. Ni que le sujete de la muñeca y le despegue la diestra del manillar.
Mucho menos que le bese los nudillos recubiertos por las protecciones de los guantes con una delicadeza reverencial, como si tuviera las manos despellejadas, y no a prueba de caídas contra el asfalto a más de ochenta kilómetros por hora.
—Conduce con cuidado, idiota —musita—. Hay hielo en algunos tramos de la carretera. Lo han dicho en las noticias.
Oikawa asiente, porque la lengua se le ha vuelto de trapo y podría traicionarle aunque intentase emitir un monosílabo o un "gracias".
No has perdido nada
El pub se apretuja entre dos edificios de ladrillo gris, tres plantas más altos que el propio local.
Oikawa aparca fuera, entre una furgoneta y un Smart negro. Revisa la ubicación por última vez antes de colgarse el casco del brazo y acortar los metros que lo separan de la fachada. La nariz se le congela en cuestión de segundos. Iwa-chan no había mentido con lo del hielo en el asfalto. Prácticamente es imposible permanecer en la calle más de unos minutos, de manera que agradece enormemente la oleada de calor que le imbuye de pies a cabeza nada más cerrar la puerta tras de sí. La calefacción está puesta y sus músculos recuperan la sensibilidad rápidamente.
—¡Cíclope! —antes de darse la vuelta tiene a Bokuto encima, husmeando su equipación—. ¡No sabía que tenías moto! ¿Me das una vuelta?
—De verdad —oye bufar a Tobio—, ¿es que ninguno mira nunca sus historias de Instagram?
A su lado, Pulgarcito engulle lo que parecen makis de melón con jamón. Nishinoya y él lo saludan con la mano desde la mesa en la que se han sentado. El sitio es verdaderamente canijo, tanto, que solo hay dos mesas más y ambas están vacías. En la barra hay sentados tres señores de mediana edad bebiendo sake y charlando efusivamente con el camarero.
—Buenas tardes, Tooru —le sonríe Janet, acercándose a él con un vaso de té entre las manos. Oikawa se fija en que se ha hecho una manicura de arcoíris, con cada uña pintada de un color diferente—. Tengo que reconocer que, siendo el capitán, pensé que serías el primero en llegar. Has tardado más de lo que esperaba.
Oikawa se inclina en una reverencia poco pronunciada.
—Y yo tengo que reconocer que pensaba que el Google Maps y yo nos entendíamos mejor.
La anciana se ríe a mandíbula batiente, muy pagada de sí misma, como si se enorgulleciera de escoger lugares de reunión recónditos a propósito para que los asistentes se perdieran.
—Te debo una disculpa. Me chiflan estos sitios porque se puede comer y hablar sin tener que elevar la voz, pero admito que no es fácil dar con ellos.
Oikawa y Bokuto van a sentarse con los demás mientras ella se acerca al camarero para encargar unos cuantos aperitivos, en vista de que Hinata y Nishinoya parecen determinados a acabar con el plato de makis. La conversación gira en torno al cumpleaños de Tobio, las vacaciones de cada uno de ellos y los obsequios que han recibido por Navidad, hasta que Tsukishima hace acto de presencia y Bokuto prácticamente vuela hacia la entrada del pub, batiendo unas alas moteadas e invisibles.
—¡TSUKKI! —berrea, enroscándose como una boa alrededor del chico alto y rubio, que intenta zafarse fútilmente de su agarre.
—Quítate… de encima… —resuella con una mueca de desagrado.
Mientras Oikawa observa el forcejeo, entretenido, a la mesa llegan brochetas de pollo Karaage, saquitos rellenos de pollo y tofu y docenas de makis de refuerzo.
Una vez que Tsukishima logra desembarazarse de Bokuto, Janet le sirve un poco de todo en un plato.
—Llegas justo a tiempo —dice, y el chico palidece ante el tonelaje que la seleccionadora pretende que coma—. Estoy segura de que has perdido por lo menos dos kilos desde que te marchaste de Tokio.
Ushiwaka es el último en aparecer. Se aproxima a ellos con su semblante habitualmente inexpresivo, apenas turbado por una leve sombra de sofoco.
—No estoy acostumbrado a la ciudad —murmura. A Oikawa le da la impresión de que Ushiwaka evita mirarlo directamente, pero también es verdad que tiende a hacer una montaña de un grano de arena, así que aparta ese pensamiento de su cabeza.
¿Tiene sus propias hipótesis sobre la muerte de Lady Di? Por supuesto. No tenerlas sería absurdo. Eso es una cosa; conjeturar acerca de la complejidad emocional de Ushiwaka es otra muy distinta.
Pasan un rato agradable, alternando risotadas con intervalos de profesionalidad.
—Wakatoshi ya os lo habrá contado, pero os recuerdo que el próximo campeonato mundial se celebrará en septiembre del año que viene, como viene siendo costumbre desde hace décadas —ante tal suposición, Tobio y Pulgarcito intercambian una mirada significativa. Como si les sorprendiera que Ushiwaka, conocido por sus habilidades comunicativas, no les hubiese comentado nada al respecto—. Eso significa que los partidos amistosos contra las selecciones rivales comenzarán el próximo trimestre.
Les explica las autorizaciones que sus padres tendrán que firmar y la documentación que deberán tener en regla para viajar al extranjero, distribuyendo siete copias grapadas con recordatorios y fechas.
—Probablemente comencemos por Europa —señala, revisando su agenda con flamencos estampados.
Tras repasar el itinerario provisional, Tsukishima, Tobio, Pulgarcito y Nishinoya, que todavía son menores de edad, tratan de ponerse de acuerdo con ella para concertar una reunión entre sus padres y la organización.
Ushiwaka escoge ese momento para darle unos toquecitos en la muñeca.
—Oikawa, ¿podemos hablar? —al percatarse de los ojos atentos y rapaces de Bokuto, que parece desesperado por distraerse ahora que la conversación grupal no lo involucra, carraspea—. En privado.
—¿Ahora? —inquiere Oikawa, propinándole unas palmaditas de consuelo a Bokuto, cuyo semblante alicaído denota lo excluido que se siente en esos instantes.
Hablar no es propio de Ushiwaka, y hacerlo mientras la seleccionadora también habla lo es aún menos, así que Oikawa supone que debe tratarse de algo realmente importante. ¿Se le habrá muerto alguien?
—Sí.
Oikawa se disculpa por ambos con un ademán de la mano y salen del local. Espera que lo que sea que vaya a decirle sea breve, porque hace un frío que pela. Se apoya en el enladrillado abrazándose a sí mismo para conservar el agradable calorcillo que mana de las estufas del local.
—¿Qué sucede? —pregunta—. ¿Todo bien, Ushiwaka?
Oikawa nunca lo había visto tan rojo, y eso que ha combatido con y contra él hasta que los dos han acabado sudando a mares, tirados sobre el suelo de la cancha. Puede que precisamente sea debido a su experiencia que tiene esa certeza: esta vez se trata de una fatiga distinta.
No hay duda.
—Hay algo que quiero decirte —empieza, rehuyéndole los ojos, clavándolos en el Smart negro junto al que Oikawa ha aparcado su moto como si fuera el vehículo más fascinante del mercado—. He pensado que hoy sería más fácil porque habría más gente.
—¿Qué clase de razonamiento es ese? —sonríe Oikawa con la voz débil, comenzando a sospechar por dónde van los tiros.
Ushiwaka guarda silencio durante casi medio minuto.
—Tendou dice que no vas a reaccionar mal —dice—. Que estás acostumbrado a estas… —busca la palabra apropiada—… situaciones. Pero yo nunca he hecho esto, y no paro de pensar en lo que va a pasar después. Así que prefiero que haya más personas, por si no te apetece volver a hablarme.
Sabías que podía ocurrir, Tooru. Desde que los escuchaste a Tendou y a él en el hotel. Lo sabías, así que compórtate a la altura de las circunstancias.
Intenta hacérselo lo más llevadero posible. Le habla con la voz más suave que ha empleado nunca con él.
—No voy a dejar de hablarte.
—Puede ser —concede—. Pero igualmente es mejor así, porque será más fácil hacer como que no ha pasado nada —toma una bocanada de aire y a continuación suelta sin más preámbulos—. Me gustas —y añade, para asegurarse de que Oikawa lo entiende— como le gustas a las chicas.
Es la confesión menos emotiva que le han hecho nunca pero Oikawa asiente con lentitud, como si Ushiwaka acabara de revelarle la fórmula de la Coca-Cola o proporcionarle pruebas irrefutables de que habrá una segunda temporada de High School Host Club.
Enseguida comprende que ahí no acaba la cosa. El chico vuelve a abrir los labios, marcados por un ligero rictus, como si deseara perder la voz para que Oikawa no escuche cómo flaquea.
—Me gusta que seas fuerte a tu manera —musita—. Mezclas tu talento con esa obstinación imposible de tumbar, y cuando lo haces pareces invencible. Yo nunca he necesitado nada más que mi habilidad para abrirme paso, pero tú —traga saliva—, tú te mueves como si el talento fuese solo un ingrediente más del triunfo, como si pudieras aplastarme si doy un paso en falso. Haces que me hierva la sangre.
Lo peor es que Ushiwaka ni siquiera pretende intimidarlo, pero lo está consiguiendo. Un hormigueo se le extiende por las mejillas y Oikawa no puede hacer nada para que deje de expandirse porque en realidad, quitando la carga romántica del asunto, Ushiwaka le está diciendo algo realmente bonito.
—También me gustan tus ojos.
Socorro.
Oikawa trata de sonreírle.
—Sé que todo lo que pueda decirte ahora no va a hacerte sentir mejor —contesta—, pero quiero que tengas clara una cosa —Ushiwaka, que hasta entonces no se había atrevido a mirarlo, levanta la vista aguileña.
—¿El qué?
—Que no tienes nada de lo que avergonzarte.
La tensión acumulada sobre los hombros de Ushiwaka parece disminuir.
—¿No estás enfadado?
Oikawa niega tajantemente con la cabeza. Ha comenzado a dejar de sentir las yemas de los dedos.
—Somos amigos —dice, esperando no ofenderlo—. Te gusta alguien y eso no tiene nada de malo, salvo que no puede responderte con reciprocidad.
Le resulta más sencillo referirse a sí mismo en tercera persona, como si estuvieran hablando de alguien más.
—Me lo imaginaba —asiente Ushiwaka, sin asomo de tristeza—, pero Tendou insistió en que no perdía nada por decírtelo.
—Y no has perdido nada —lo anima Oikawa, apretándole el hombro con firmeza, preguntándose demasiado tarde si el contacto físico es adecuado en esos momentos, aunque Ushiwaka no hace ademán de rechazarlo—. Sigo aquí.
Y así es como dos personas que se han enfrentado repetidamente (dedicándose palabras poco amables y protagonizando afrontas tensas) consolidan un lazo que antaño parecía impensable. Un lazo que continúa tomando forma, pero que ya reúne todos los elementos necesarios para poder considerarse una amistad de tomo y lomo, como la arcilla blanda en proceso de transformarse en vasija.
—Gracias.
Ushiwaka sonríe. Con alivio y sinceridad.
Debería hacerlo más a menudo. Le quita años de encima.
—¿Pensabas que te iba a denunciar o algo así, Ushiwaka? —lo pica, tratando de aligerar el ambiente—. No eres el primer chico que se me declara.
Oh.
¿Se ha ido de la lengua?
Ushiwaka se pisa un pie del tamaño de una barcaza con el otro. Oikawa intuye que está pensando en la carta que él mismo confeccionó con ayuda de Tendou a principios de curso. Oficialmente, Oikawa desconoce esa información, así que podría fingir que se refiere a ella. Que Ushiwaka no fue quien la escribió. Que se trata de personas distintas.
—Si te refieres a una carta que te llegó hace un par de meses, fue cosa mía —admite, abochornado.
Oikawa se percata de que no intenta echarle el muerto a Tendou.
—Ah, ¿sí? —boquea, asombrado—. Vaya. Me dejas de piedra.
—Lo siento.
—Olvídalo. Mi encanto es como un imán. No tiene límites —le guiña el ojo, socarrón, intentando quitarle hierro al asunto.
—Entonces sí que soy el único chico que se te ha declarado —acota Ushiwaka, como si fuera un acto honorable.
No necesita saberlo. No necesita saberlo. No necesita saberlo.
Miéntele.
—Bueno —dice con la boca pequeña—. Hubo otro más.
—¿Y qué le dijiste? —pregunta Ushiwaka, con curiosidad genuina—. Al otro chico.
Oikawa duda. Todavía no se lo han contado a los del Seijoh. Ni a los padres de Hajime.
A pesar de ello, siente que se lo debe. A Ushiwaka. Corresponder su honestidad con una carga equivalente. Alquimia pura y dura.
De perdidos al río.
—Estoy saliendo con él —dice finalmente.
Ushiwaka se toma su tiempo para procesarlo.
—Entonces…
—Sí.
—Ya veo —acepta—. ¿Y cómo es?
Oikawa no tiene claro si ese "¿y cómo es?" es un "¿y cómo es salir con un chico?" o "¿y cómo es el chico?"
Los dientes han comenzado a castañearle.
—¿Mi novio? —intenta. Ushiwaka asiente, contemplando a Oikawa como si lo viera bajo una nueva luz.
No termina de acostumbrarse a hablar de Hajime en esos términos, pero podría.
Mi novio.
—¿Le gusta el vóley?
Oikawa nunca se ha presentado a una entrevista de trabajo, pero supone que el tono de las preguntas debe ser similar al que acaba de emplear Ushiwaka. Que el vóley, de entre todas las cosas, sea el aspecto que considera prioritario en una relación hace que Oikawa se arrepienta aún más de haber tardado tanto en hacer migas con él.
—La verdad es que…
—¡Vosotros dos! —los interrumpe una tercera voz. Oikawa y Ushiwaka se giran para encontrarse con Bokuto bajo el dintel de la entrada al pub—. ¡Daos prisa, que vamos a hacer un brindis!
—¡Ya vamos! —le responde Oikawa, y baja la voz para que solo Ushiwaka pueda escucharlo—. Ushiwaka, lo que acabo de contarte… ¿me guardas el secreto? —no puede darle muchos detalles, pero necesita que comprenda la delicadeza de su situación—. Todavía no estamos listos para, ya sabes…
—Lo entiendo. Yo tampoco lo estoy —levanta la mano callosa y bronceada con un ligero titubeo y la deja suspendida entre ambos—. ¿Me guardas tú el mío?
Oikawa le estrecha la mano, sellando el intercambio de información confidencial. No se atreve a ejercer un contacto mayor que ese, porque Ushiwaka probablemente tenga muy reciente lo que acaba de ocurrir, y Oikawa no quiere hacérselo pasar peor todavía o ponerlo en el compromiso de soportar un abrazo.
—No puedes romper esta promesa, ¿eh? Si lo haces te saldrá una verruga en la punta de la nariz.
Se felicita interiormente. Después de todo, lo grave habría sido desembuchar el nombre de Iwa-chan, y no lo ha hecho. Está claro que para Ushiwaka, la identidad de El Chico en cuestión sigue siendo una incógnita. Una que no puede despejar con la información que Oikawa le ha proporcionado, a menos que sus capacidades deductivas rivalicen con las de Sherlock Holmes.
—No es verdad.
—Te digo yo a ti que sí.
—Te lo estás inventando.
—Ah, ¿sí? ¿Quieres desafiar a la magia ancestral de los juramentos amistosos?
—… No.
Al regresar al pub,se encuentran al resto de sus compañeros y a Janet con una copa en la mano.
—¿Es champán? —inquiere Oikawa, pasándole una a Ushiwaka y adueñándose de la que queda.
—Mucho mejor —sonríe Bokuto, enigmático. Haciendo girar la suya como si estuviera a punto de catar un vino de barricada—: zumo de piña.
—Excelente, Tormenta. Veo que eres un hombre de cultura —coincide Oikawa con acento británico, y los dos fingen atusarse el bigote y colocarse un monóculo imaginario.
Janet acalla el bullicio de la mesa golpeando dos veces con unos palillos ornamentados en el pie de su copa.
—¡Por la sub-21!
—¡Por la sub-21! —corean los demás, e instantes después compiten por ser el primero en beberse el zumo de un trago.
Para sorpresa de Oikawa, Nishinoya es el último en acabarse el suyo. Parece distraído, pero no en el mal sentido. Lleva cosida al rostro una de esas sonrisas contenidas que pone la gente cuando está leyendo un chiste del que no puede reírse en público, pero hay algo más. En el fondo de sus ojos. Marea su zumo, bebiendo a sorbos cortos.
—¿Qué le pasa? —le cuchichea Oikawa a Tobio, aprovechando que Nishinoya se ha sacado el móvil del bolsillo y está leyendo algo con una concentración que Oikawa solo le ha visto en el terreno de juego.
Tobio se encoge de hombros.
—Lleva días así —suspira—. Hinata y yo creemos que está enfermo.
—Por eso ahora usa esas sudaderas gigantescas —secunda Pulgarcito, sirviéndose más zumo.
Oikawa se fija mejor en el líbero. Pulgarcito tiene razón. La sudadera morada que lleva tiene que estarle tres tallas grande, como mínimo.
Tsukishima, que ha guardado silencio en pos de intentar terminarse todo lo que Janet le ha puesto en el plato, traga con dificultad y deja escapar una risita desdeñosa.
—No reconoceríais lo que le ocurre aunque os lo explicaran en una pizarra con dibujos y tizas de colores.
—Si tan listo eres explícanoslo tú, anda —masculla Tobio.
—Seguro que no lo sabe —apuesta Pulgarcito, ruborizado hasta las cejas—. Lo dice solo para hacerse el interesante.
Bokuto, quien al igual que Ushiwaka ha estado escuchando, salta.
—A ver, Tsukki —interviene con impaciencia, sumándose a la conversación—, ¿lo sabes o no lo sabes?
—Ya has oído a Hinata —contesta, indiferente.
Oikawa se muere por saber a qué se refiere Tsukishima. Está claro que Tobio y Pulgarcito no son muy duchos en el arte de interpretar el lenguaje corporal de sus compañeros, aunque los vean todos los días (al menos no fuera de la cancha), pero Tsukishima es un tipo avispado. Oikawa pone la mano en el fuego a que no va de farol.
Sin embargo, Janet se ha levantado para pedir la cuenta, y hay algo que Oikawa lleva tiempo queriendo preguntarle personalmente. No puede desaprovechar esa oportunidad.
Deja a sus compañeros enzarzados en una discusión y se aproxima a la mujer.
—¿Te lo has pasado bien, Tooru? —le pregunta en cuanto toma asiento a su lado. Se ha puesto las gafas para contar el dinero.
—Muy bien. Gracias por invitarnos —sonríe él, poniendo toda la carne en el asador—. Hay algo que me gustaría preguntarle.
Janet se quita las gafas, evaluando sus intenciones.
—Dispara.
—Verá… —comienza Oikawa, ordenando sus pensamientos—… me consta que antes de captarme, la organización envió observadores para que me viesen jugar —la anciana lo invita a seguir con un asentimiento—. Supongo entonces que su veredicto fue decisivo para que decidieseis contar conmigo en el equipo.
—Correcto.
Oikawa va al grano.
—Sería lógico pensar que se siguió el mismo proceso con el resto de la selección.
—Con Kageyama y con Nishinoya lo teníamos bastante claro —admite Janet—. Bueno, yo lo tenía bastante claro. Jamás entendí aquella majadería de prescindir de Nishinoya en el campamento nacional por su carácter. Como si estar callado la mayor parte del tiempo y reírse poco fuera un sinónimo inequívoco de madurez… —bufa—. A lo que voy: con ellos apenas tuvimos que pensárnoslo. A los demás os observamos un poquito más.
Si hubiese escuchado esa explicación meses atrás, Oikawa se la habría tomado a la tremenda. Su primera reacción habría sido compararse con Tobio y mortificarse, atrapado en un bucle dentro de su propio cráneo, humillado porque el talento del chico resaltara tanto a la vista mientras que el suyo requería un mayor análisis para sopesar si merecía o no la pena hacerle un hueco en la misma agrupación. Habría pensado "un fallo en pleno entrenamiento y podrían no haberme escogido".
Pero me escogieron, se dice. Estoy aquí por algo.
Y además, lo importante ahora mismo no soy yo.
—Me preguntaba si sería posible que mandaseis un observador a la Universidad de Tohoku —antes de que Janet pueda declinar su petición, aclara—. Conozco a alguien. Alguien con mucho talento. Sé que ahora mismo estamos completos en la sub-21, y que tenéis la vista puesta en gente como Sakusa, Atsumu o Hoshiumi, pero estoy seguro de que más de un equipo se pelearía por él si lo viese jugar.
—No pongo en duda tu criterio, Tooru, pero siendo tan bueno como dices —dice Janet, frunciendo los labios finos—, ¿no te sorprende que no le hayan hecho ninguna oferta?
—Hemos jugado juntos desde que íbamos al colegio —asevera—. Me temo que durante todo ese tiempo he acaparado la atención del público. Me encantan los focos, los aplausos y dar la nota. Es lo mío —admite sin sonrojarse—. Pero, si no hubiera estado ahí con él, seguro que todos se habrían dado cuenta de lo fuerte que es.
Janet lo contempla, pensativa.
Vuelve a ponerse las gafas, saca su agenda de flamencos del bolso y le quita la capucha al bolígrafo trabado en el anillado de alambre.
—¿Cómo se llama?
—Iwaizumi Hajime.
La mujer le dirige una mirada entornada por encima de la montura de las gafas. Tiene buena memoria, pero tampoco es precisa una lucidez apabullante para recordar su identidad. Días atrás, durante la concentración de Tokio, Janet le había pinchado a Oikawa el teléfono desechable que había comprado para poder hablar con Hajime a hurtadillas.
—¿De qué me suena ese nombre?
Por toda respuesta, Oikawa le sonríe como si no hubiese roto un plato en su vida.
Palomitas
Oikawa no va a llegar a la sesión de Vaiana a tiempo. Fijo. Fijo que no llega. O eso cree durante el trayecto por carretera. Hajime le pidió que condujera con cuidado, y sabe que tiene razón. Por otra parte, ser un ciudadano cívico y un motorista diligente acarrea esas desventajas: la falta de puntualidad durante las inclemencias del clima.
Por suerte, los tráilers duran casi veinte minutos. Atraviesa la puerta, grande y puede que aún más desvencijada desde su última visita, pintada de unas tonalidades magentas, verdes y amarillas desvaídas a las que les vendría bien una segunda (y tercera, y cuarta) capa y un tratamiento de barniz. Su madre aguarda por él junto a la chica que comprueba los boletos, cuya expresión de apatía cambia al ver aproximarse a Oikawa portando su casco de constelaciones con las manos enguantadas, ataviado con su cazadora negra, una bufanda de punto y la cara de cordero degollado más desvalida que es capaz de poner.
—Disculpe las molestias —dice Tooru al llegar hasta ellas, barbilla gacha y voz rayana en una sumisión bastante convincente.
—No se preocupe.
Mantiene el tipo con mucha profesionalidad, aunque Oikawa se percata de que los sigue respetuosa y discretamente con la mirada hasta que entran en la sala que les señala.
Tosha y él suben la escalera alfombrada de la sala a paso ligero, divisando las manos levantadas de Tomehi y Takeru, resaltando entre la acostumbrada escasez de espectadores. Oikawa se deja caer en su butaca con el casco en el regazo, al final de un anuncio de telefonía móvil. El cine es el de siempre: el mismo en el que Hajime y él habían visto una peli de miedo hace semanas. Después de los créditos habían acabado colándose en otra sala para ver Trolls, porque Oikawa necesitaba colorines, música pegadiza y liviandad después del mal cuerpo que se le había quedado tras la sesión de terror.
—¿Te cuento por qué he llegado tarde? —le pregunta muy serio a Hajime, quien está rebuscando algo bajo su cazadora.
—No.
—Porque lo bueno se hace esperar, Iwa-chan.
Escucha a su hermana reírse bajito, como diciendo "ya estamos". Sigue tristona, pero Oikawa puede ver que se siente un poco mejor. Se estira para besarle la mejilla y pellizcarle la nariz con afectuosidad y la sonrisa de Tomehi se estira un poquito más. Le alcanza su cucurucho de palomitas con mantequilla y, a pesar de que Oikawa tiene el estómago lleno de makis y brochetas de pollo Karaage, las acepta sin rechistar. Se aprovisiona de un buen puñado.
—Ah, ¿sí? —contesta Hajime, blandiendo la manta de cola de sirena de Oikawa. La ha traído. Mi manta—. Entonces supongo que no te importará esperar a que las luces se vuelvan a encender para taparte con esto.
Oikawa intenta quitársela con la mano libre.
—Iwa-chan, tengo los pies congelados.
—Habrá que amputar.
—¡Iwa-chan!
Por suerte, se apiada de él. O tal vez no. Tal vez sencillamente se rinde súbitamente porque las luces se apagan y eso es señal de que la peli va a dar comienzo. Tiene buen juicio para discernir cuándo una derrota a tiempo pasa a ser una victoria. Ni siquiera se gira cuando lo siente descalzarse para poder meter los pinreles dentro de la manta. Era de esperar. No iba a ponérsela con los zapatos puestos.
Tras acomodarse, Oikawa le propina unos toquecitos en el hombro e Iwaizumi se muestra reticente a hacerle caso, seguramente pensando que quiere seguir pinchándolo ahora que se ha acomodado.
—¿Quieres? —le susurra, para que su hermana no pueda oírlo—. No creo que pueda con todas.
Tras un segundo, Iwaizumi mete los dedos entre los suyos, derramando un par de palomitas.
—Trae.
Le roza el interior de los nudillos con las yemas y una descarga imperceptible recorre cada cartílago, cada articulación de su ser.
Quizá debería haberte acompañado a la reunión, se sorprende pensando Iwaizumi, sintiéndose un traidor a sus propias iniciativas.
Arenas movedizas
Ha caído la noche cuando salen del cine.
Según les cuenta Oikawa, se le había hecho tarde en el pub, y eso que había sido el primero en marcharse después de Janet, quien había puesto pies en polvorosa al escuchar a Bokuto (que estaba pasando unos días en casa de Hinata) quejándose a moco tendido del hambre que tenía. Sus compañeros habían optado por rascarse los bolsillos y quedarse ahí a cenar (incluso Tsukishima, aunque Oikawa sospechaba que esa decisión se debía a que su hermano Akiteru iba a retrasarse en pasar a buscarlo, tal y como habían acordado). Al fin y al cabo, en algo tenían que gastarse el dinero que les habían regalado por Navidad.
No obstante, en casa de Oikawa todos están de vacaciones, así que se apiñan en torno a la mesa de la cocina para intercambiar impresiones sobre la película y dar cuenta de los pastelitos caseros supervivientes que la madre de Iwaizumi preparó en Nochebuena.
Incluso Tomehi y Takeru están de buen humor.
—¿Mañana os vais a casa de Hajime? —le pregunta su hermana, levantando el brazo justo a tiempo para esquivar la zarpa de Tex Mex, que trata a la desesperada de hacerse con alguno de los dulces que quedan. Jodido Yuki, gruñe Iwaizumi para sus adentros. Lo ha malcriado.
—Sí, por la tarde —contesta Oikawa, pescando a su gato por el pellejo del cuello para sentárselo en las piernas. El animal se retuerce entre bufidos, hasta que el chico mete un dedo en su taza de leche de soja y se lo pasa por el morro. El gato se acurruca y se relame mientras Oikawa repite la acción.
Charlan hasta que el reloj de carrillón marca doce campanadas. Entonces, todos se dan las buenas noches y se marchan a sus respectivas habitaciones entre estiramientos y ojos somnolientos. Al cerrar la puerta de la suya, Oikawa no puede más.
—Iwa-chan —sisea, tapándose la boca—, soy una mala persona.
—No seré yo quien te diga lo contrario —bosteza el chico, quitándose la ropa y sustituyéndola por el chándal que utiliza para dormir.
—Lo que estoy tratando de decirte —masculla— es que hoy Ushiwaka ha hecho algo, pero le he prometido que no se lo contaría a nadie. Vas a tener que adivinarlo. Técnicamente, si lo haces no estaré faltando a mi palabra.
—Tu sentido del honor deja mucho que desear —suspira Iwaizumi. En cuestión de segundos, su mirada se metamorfosea—. Espera, cuando dices que Ushiwaka ha hecho algo te refieres a…
—SÍ.
—NO.
Oikawa lo agarra de los codos y entierra la cara en su pecho, riéndose nerviosamente
—Me he puesto un poco histérico —confiesa, morado— porque no quería meter la pata y hacerle daño o decir algo que pudiese malinterpretar.
Iwaizumi le acaricia la nuca. Hace meses, le habría resultado impensable que Oikawa tuviese miedo de herir los sentimientos de Ushiwaka.
Eres mejor persona de lo que piensas, gilipollas. Créetelo de una vez.
—Hay que reconocer que tiene bemoles —sonríe Iwaizumi contra su pelo—. Pedirte salir a ti. Hay que tener estómago. ¿Le has dicho que sí, Tontikawa?
—No me ha pedido salir —dice Oikawa, sacándole la lengua y apartándose de él para ponerse el pijama—, pero sí que le he contado que ya estaba con alguien.
Qué.
Durante el lapso que Iwaizumi pasa petrificado, Oikawa debe de notar que ha cometido un error. Se vuelve hacia él con un gesto de extrañeza, esperando estar equivocado en sus suposiciones.
—¿Te has quedado mudo porque no tienes nada que añadir o porque te parece mal algo de lo que he dicho? —aventura, abrochándose la parte superior.
Inspira, espira. Inspira, espira.
—Oikawa —carraspea, apelando a toda su templanza—, ¿le has dicho a Ushiwaka que estás saliendo conmigo?
—No exactamente —admite Oikawa, ajustándose la cinturilla del pantalón. Yendo de puntillas por arenas movedizas—. Le he contado que estoy con un chico. Nada más.
—¿Le has dicho que estás con un chico antes de que mis padres lo sepan?
Bingo.
Distingue la chispa de conciliación en los ojos de Oikawa.
—Iwa-chan, escucha…
—No, escúchame tú a mí —dice, esforzándose para no alzar la voz, porque está comenzando a enfadarse pero no quiere ser injusto con Oikawa—. Hay decisiones que te conciernen a nivel individual, y a mí también. Pero esto —apunta a Oikawa con el dedo. Se señala a sí mismo— es asunto de los dos. Se suponía que nuestra familia iba a ser la primera en enterarse. La tuya ya lo sabe, pero falta la mía, y ahora resulta que Ushiwaka…
—Me prometió que no se lo diría a nadie.
—Tú también le prometiste que nadie sabría su secretito, y me lo has contado a mí —puntualiza con mordacidad—. ¿Crees que Ushiwaka no se lo va a decir a Tendou?
—Pues no lo sé —confiesa Oikawa. La piel pálida enrojeciendo—. ¿Sabes? Tal vez, si me hubieses acompañado, Ushiwaka no se me habría declarado y yo no le habría revelado nada comprometedor sobre mi vida sentimental para que el intercambio de información fuese equivalente.
—Y vuelta a lo mismo —resopla Iwaizumi, dejándose caer en la orilla de la cama—: los eventos de la Selección son cosa tuya.
Ambos ponen distancia con el otro.
—¿Y si me apetece compartir alguno de esos eventos contigo? —estalla Oikawa, apoyándose en el borde del escritorio—. Hablas de respetar las decisiones personales de cada uno, pero no respetas que yo quiera…
—Yo, yo, yo, yo —lo corta Iwaizumi, estampando las palmas contra el colchón con impotencia—. Procuro respetar tus deseos, Oikawa. De verdad. Te escuché cuando me pediste que fuera a esa merienda contigo, y decidí no hacerlo. Cuando tú decidiste contarle a Ushiwaka que estabas con un tío, ¿se te ocurrió pensar que tal vez yo no quería que él lo supiera todavía? ¿Se te pasó por la cabeza que era algo que teníamos que decidir entre los dos?
Oikawa abre la boca.
La cierra.
El proceso se reitera hasta que los brazos le cuelgan flácidos a ambos lados del cuerpo. Reacciona únicamente cuando ambos escuchan unos rasguños familiares en la puerta.
—¿Vas a dejarlo entrar? —musita Iwaizumi. Continúa tenso, pero la mueca contrariada y decepcionada de Oikawa está disipando sus ganas de discutir.
—Me voy a dormir con mi hermana —responde.
Iwaizumi se incorpora con lentitud.
—Oikawa…
Pero el chico ya ha salido de la habitación a zancadas.
—No quiero seguir con esta conversación. No ahora —dice sin volverse—. Buenas noches.
Una vez en el rellano, se acuclilla para recoger a su gato y enfila el pasillo hasta llegar al cuarto de Tomehi.
Para bailar hay que moverse y para moverse hay que ceder
Se le hace raro que duerman en habitaciones separadas dentro de la misma casa.
No le resulta precisamente sencillo estar lejos de Oikawa durante días o semanas. Asiste a clase, estudia, entrena, se deja envolver en la dinámica doméstica que Mobi, Yuki y él han construido en el piso de la Tohoku, queda con Mattsun para hacerle virguerías al coche, se mantiene en contacto con él, con Makki y con sus antiguos compañeros del Seijoh, charla con Oikawa por las noches, ambos intercalan las novedades más sustanciosas de ese día con bobadas, menciones al último número de la revista de vóley y una dosis saludable de chismorreo y vaya, la mayor parte del tiempo Iwaizumi se siente productivo y autónomo, satisfecho con su entorno y con los pasos que está siguiendo. Siempre hay recovecos en los que se encuentra a sí mismo echándolo de menos. Al ver en Instagram el tráiler de un estreno previsiblemente taquillero que ambos quieren ver, una parodia animada de vóley o simplemente, una canción que cree que podría gustarle a Oikawa, aunque no sea del estilo de Iwaizumi.
Poner una pared de por medio entre ellos ahora que por fin pueden disfrutar de unas merecidas vacaciones no tiene sentido. Con esa certeza en mente, Iwaizumi es el primero en bajar a la cocina horas después. Comprende que el espacio sea necesario entre las personas cuando están enfadadas y necesitan enfriarse y hacer balance, pero piensa que ya va siendo hora de que vuelvan a dirigirse a la palabra. A aceptar que el otro existe. Eso estaría fetén. Sí.
Su desayuno suele incluir un batido de frutas, pero ese veintisiete de diciembre necesita sacarse el embotamiento de encima. Tener la mente despejada después de pasar horas en vela. Se ha quedado a dormir en la habitación de Oikawa. Sin dormir y sin Oikawa. Sencillamente genial. Vierte el agua, añade el filtro de papel, coloca la jarra en la base, pone unas cuantas cucharadas de café y se sienta a la mesa de la cocina mientras hierve.
Anoche Tooru se marchó al cuarto de Tomehi con su móvil, así que Iwaizumi le escribe para preguntarle si está despierto.
Tontikawa (07:26)
No he pegado ojo
Me duele la cabeza
Te he oído bajar
¿Estás en la cocina o en el salón?
Iwaizumi le responde. Acto seguido, se incorpora para servir dos tazas y pescar un blíster del botiquín. Medio minuto después, las escaleras crujen anunciando la presencia de Oikawa. Hace su aparición arrastrando los pies, a cuyos talones va pegado Tex Mex. El chico lleva un ojo cerrado, como si le latiese y el dolor le forzara a mantenerlo así.
Tuesta unas rebanadas de pan, recordando el consejo que Nora le había dado cuando ambos habían coincidido comprando regalos navideños. Lo último que necesitan es que a Oikawa le dé una úlcera por estarse dopando con la barriga vacía.
Mermelada, margarina. Cuchillos, cucharas.
Arrastra la silla para sentarse en el mismo lado de la mesa que Oikawa, que se mueve para hacerle sitio. Una vez que le da el primer bocado a su tostada, Iwaizumi aprovecha para soltarlo, a riesgo de que las suyas se enfríen. Le importa un bledo.
—Lo siento.
Oikawa traga antes de preguntárselo.
—¿Por qué?
—Porque creo que a veces te hablo en un tono… —piensa en cómo exponerlo—. No sé. Todo el mundo parece estar acostumbrado a que te hable así. Incluso tú. Y pienso que no te lo mereces.
Oikawa se muerde el labio. Hace el amago de levantarse para ir a por un vaso de agua. Mecanismo de evasión. Iwaizumi le pone la mano en el hombro para que permanezca sentado y va él en su lugar.
—Entiendo que te enfadaras, Iwa-chan, y entiendo tus razones. De hecho, mientras hablaba con Ushiwaka pensé que quizá estaba dándole información que no debería, ¿sabes? Estás charlando con alguien, crees que todo va bien pero bajas la guardia y dejas entrever un hilo del que el otro quiere tirar, y no sabes muy bien cómo frenarlo, porque si la tesitura fuera otra te encantaría contarle todo sobre ese hilo, versión extendida y escenas eliminadas incluidas —replica, midiendo sus palabras—. También sé que normalmente soy yo quien se toma las cosas a la tremenda, pero pienso que ayer sobrerreaccionaste un poco.
—Lo sé —reconoce, pasándole el vaso de agua y volviendo a tomar asiento.
La pastilla rompe el cascarón plástico del blíster y Oikawa se la toma junto a un trago largo de agua.
—Te perdono si tú me perdonas a mí por ser un bocazas —le propone mesándose las sienes, dejando que el comprimido haga efecto.
—Hay algo más —añade Iwaizumi, negándose en redondo a dejar las cosas a la mitad.
—¿El qué?
—Tengo que parar de pensar que sé mejor que tú lo que necesitas en todo momento, Oikawa —suspira. Escuece más de lo que imaginaba—. Ya no somos niños, y si realmente te hace ilusión que te acompañe a una reunión de la sub-21, si a mí me apetece ir contigo…
Se interrumpe ante el grito ahogado (e indignado) de Oikawa.
—¿De verdad querías venir?
—El único motivo sólido para no hacerlo era que ya había quedado con mis padres, pero seguramente lo habrían entendido —dice—. Así que sí. Supongo que sí que quería.
Ahora que ha confesado siente los huesos ligeros, liberados de un peso plomizo muy similar al que le atenaza antes de vaciar en un examen todo lo que ha estudiado.
Oikawa se chupa un trozo de fresa de los dedos.
—Me parece respetable que haya gente que no quiera involucrarse para nada en la vida laboral de la persona con la que está —dice. Por su tono, Iwaizumi sabe que dice la verdad, que no es un "me parece respetable PERO" sino un "me parece respetable Y PUNTO"—. Volvemos a lo de siempre. Cada persona es un mundo, Iwa-chan —le sonríe abiertamente por primera vez en las últimas veinticuatro horas. Es como si hubieran transcurrido tres eternidades consecutivas desde la última—. A mí me haría ilusión ir a verte jugar cuando te fiche algún equipo y acompañarte a alguna reunión informal, Iwa-chan. Si te ofrezco lo mismo es porque me nace, así que la próxima vez simplemente piensa en si te apetece apuntarte al plan o no. No te comas el tarro. Fluye.
Que fluya. Suena a algo que diría Mattsun.
—Tampoco te pases de hippie.
—Vale, pero obviando eso sabes que tengo razón.
—Que no me coma el tarro —repite Iwaizumi con una risita marcada por la ronquera—. Nunca pensé que llegaría el día en el que tú precisamente me darías ese consejo, Tontikawa.
—En general doy muy buenos consejos siempre que mi paciente no sea yo mismo.
—Consejos vendo que para mí no tengo.
Oikawa asiente, señalándolo con el dedo índice.
—Eso es lo que pondría en mi tarjeta de visita, si tuviera una.
Hacía tiempo que Iwaizumi no disfrutaba tanto de un desayuno. Al terminar, los dos se quedan con la espalda pegada al respaldo y las piernas estiradas.
—Eso que has dicho antes… —dice Iwaizumi—, lo de que irías a verme jugar si fichara por algún equipo —matiza—. Sería una pasada. ¿Te imaginas? Cuando trato de visualizar cómo será el futuro dentro de unos años, una parte de mí espera haberse graduado. Pienso "sería una suerte conseguir pronto un curro relacionado con lo que he estudiado" porque ese parece el curso natural de las cosas, ¿no? Estaría bien. Pero por otra parte —cruza los brazos sobre el pecho, permitiéndose despegar los pies de la tierra durante unos segundos—, vivir del vóley sería… buah.
El buah es bastante ilustrativo. Iwaizumi exhala buah y Oikawa escucha "procuro no soñar para que mis expectativas no se eleven mucho, pero cuando sueño este es el escenario que imagino". Y se ve en un dilema. Acaban de hacer las paces y se encuentran en ese punto blando y algodonoso de las reconciliaciones recién horneadas.
Iwa-chan, le he pedido a Janet que mueva los hilos para darte un empujoncito en el vóley profesional.
¿Y si Hajime lo interpreta como una falta de respeto hacia sus habilidades? ¿Y si cree que Oikawa lo ha hecho porque le considera incapaz de labrarse una carrera deportiva por sus propios méritos? Nunca ha puesto en tela de juicio el potencial de Iwa-chan, pero con lo tajante que es para según qué cosas desconoce si podrá convencerlo de ello. ¿Volverá a enfadarse con él?
¿Estoy dispuesto a pagar ese precio con tal de no ocultarle algo que pienso que debe saber?
—Hajime, a lo mejor dentro de diez segundos estás mosqueado conmigo otra vez —dice de carrerilla, porque si le da muchas vueltas puede que se acabe arrepintiendo y recule, y si puede contarle esto puede contarle lo de Nora una vez que hayan hablado con los Iwaizumi y lo peor ya haya pasado. Es una prueba de fuego. Quien puede lo más, puede lo menos— pero tienes que saber que le he hablado a Janet de ti.
—¿De mí? —replica Iwaizumi, y al ver su mueca de hastío Oikawa sabe que ha interpretado su revelación erróneamente—. Bueno, pues nada. Estupendo. ¿Te has chivado a alguien más? ¿El panadero, el señor del gas? ¿Algún otro pelagatos que pasaba por ahí?
Oikawa va a sacarle la lengua, pero tampoco está seguro de que a Iwa-chan vaya a hacerle gracia el asunto una vez que comprenda a qué se refiere realmente, así que prefiere irritarlo lo menos posible.
—No le he hablado de ti en ese sentido —explica, armándose de paciencia hasta los dientes—, le he contado que tú también juegas al vóley.
La tensión facial de Hajime parece aflojarse. Los ojos verdes adquieren un brillo furtivo que el chico trata de maquillar bajando la vista hasta las migas de su plato.
—¿Por qué iba a enfadarme por eso? —musita—. No le habrás dicho que soy un paquete, ¿no?
Ahora es Oikawa el que comienza a sentir el enojo arañando la superficie de su diplomacia.
—Pues sí —contesta con un deje de frialdad—. Para ser precisos, le he dicho que eras un rematador tan malo que prácticamente te teníamos atado al banquillo porque tus manos eran como un colador.
Y encima se ríe.
—Gilipollas.
—Eso lo serás tú —bufa, girándole la cara con dignidad—. Eres más tonto que echarle alpiste a los aviones.
—Debo de serlo —coincide Iwa-chan—, porque sigo sin entender qué podrías haberle dicho a Janet para que pienses que voy a ponerme a echar humo por las orejas.
—Le he dicho que el vóley es lo tuyo —masculla Oikawa sin mirarlo, notando cómo el sofoco le inunda el cuello y asciende rostro arriba— y le he sugerido que envíen observadores a la Tohoku para que puedan comprobarlo de primera mano. Que corra la voz entre los equipos nacionales de que hay un as con la disciplina propia de un samurái jugando en la liga universitaria. Y antes de que empieces a resoplar como un toro quiero que ni se te pase por la cabeza…
Hajime hace eso. Eso de mirarlo de hito en hito sin dejar traslucir si su aturdimiento es positivo o negativo.
—¿Le has pedido a la seleccionadora de la sub-21 que tire de influencias para enchufarme en un equipo?
Formula la pregunta en un hilo de voz y Oikawa no sabe si es peor eso o que grite. Lo único que sabe es que Iwa-chan es idiota. Podría escribir una tesis al respecto y le otorgarían el cum laude.
—ESO ES EXACTAMENTE LO QUE NO QUIERO QUE SE TE PASE POR LA CABEZA.
No espera que le ponga una mano en la nuca y apoye la otra en el respaldo de la silla para dejarlo sin escapatoria. Ha desplegado la red y si Oikawa se moviese un centímetro caería en redondo.
—Iwa-chan —atina a decir, perdiendo fuelle. Le tiembla la rodilla mala. El labio. Las aletas de la nariz quemada. Su rótula y la de Iwa-chan se tocan a través del pantalón. Una parte de Oikawa se muere porque se acerque —acércate— y la otra quiere empujarlo lejos—. Eres imbécil si de verdad piensas que necesitas un enchufe para jugar profesionalmente.
Si alguien le insinuara algo así a él, que se ha exigido más de lo que podía dar, le sentaría como una bofetada. Y no soporta que Hajime pueda estar sintiendo esa bofetada en carne propia.
—Gracias.
¿Gracias por qué? ¿Por llamarlo imbécil?
—Imbécil no es un halago. Imbécil.
Iwa-chan le acaricia los puntos con los que se saldó el incidente en el auditorio donde actuó Makki. Se caerán dentro de poco. Puede que su compostura lo haga antes. Hajime le sujeta la barbilla con la mano que usa para rematar y lo mira como si pudiera asomarse a sus pestañas y verle el alma.
—Gracias —vuelve a decir.
Y entonces lo besa. Obligándolo a enderezarse contra la silla. Dejando que la mano caiga contra la yugular de Oikawa, sobre su pulso irregular. Le rompe todos los esquemas que había preestablecido, porque sus cálculos dictaminan que Hajime valora el esfuerzo, el sacrificio y la constancia hasta el punto de poder considerar una ofensa lo que Oikawa ha hecho. La experiencia y la estadística reflejan que jamás se atrevería a abrirle los labios con la lengua en una zona común de la casa, donde cualquier miembro de la familia podría verlos. Había tenido reservas para acercarse a él incluso estando encerrados dentro de su cuarto. Con el pestillo echado.
—Sé que no es un enchufe —resuella, separándose durante un segundo larguísimo—. Lo sé.
—No lo necesitas —respira Oikawa, el aliento entrecortado—. El vóley es lo tuyo. Siempre lo será.
Tuyo.
Antes de seguir comiéndole la boca, Hajime pronuncia una única palabra por tercera vez esa mañana. Solo una.
—Gracias.
Rufianes
Esa tarde, tras una última de partida de dominó que gana Takeru, se despiden de la familia de Oikawa entre abrazos y promesas de verse antes de lo que cada uno de ellos cree.
—Dale recuerdos a tus padres, Hajime —le pide Tosha, ciñéndoles a ambos las solapas de los abrigos—. Llamadnos en Año Nuevo, ¿vale? Hacedlo por la tarde, antes de que se colapsen las líneas.
Oikawa se pone en cuclillas para acariciarle la cabeza a Tex Mex, que se restriega contra su pantorrilla sin parar de ronronear.
—Pórtate bien, campeón —sonríe—. El padre de Iwa-chan tiene alergia y es posible que le demos un disgusto estos días. Lo último que necesitamos es enviarlo de cabeza al hospital. Volveremos a por ti después de Año Nuevo.
—Eres un asco para subirle la moral a los demás —bufa Iwaizumi antes chocarle los cinco a Takeru y salir al jardín.
Antes de seguirlo, Oikawa se dirige hacia su hermana, que lo observa con una expresión indescifrable.
—Cada vez que os veo —dice— me doy cuenta de que tal vez no te conozca tanto como pensaba —avanza y lo estrecha en un último abrazo—. Prometo estar más atenta a partir de ahora.
Es mayor que él, pero hace mucho que dejó de ser más alta. En ese momento, sin embargo, a Oikawa le parece inmensa.
—Y yo prometo ser menos hermético —sonríe—. Cuídate mucho, Tomi. Avísanos si vuelves a tener noticias de Richard.
La chica asiente con firmeza y un minuto después, Oikawa está caminando por la acera junto a Hajime, rumbo hacia su segundo hogar. El frío es un ente casi tangible. Contra la voluntad de Oikawa, en esa ocasión se han limitado a llevarse una mochila cada uno, por lo que el equipaje se ha vuelto mucho más liviano que cuando llegaron. Oikawa lleva puestas las botas de agua que se puso cuando fueron de acampada con Mattsun y con Makki. Las suelas de tractor siembran una senda de huellas sobre la nieve poco profunda que se amontona junto a los buzones y alrededor de las farolas, e Iwaizumi tiene una punzada de remordimiento cuando piensa que ha sido una suerte que Richard se haya dado el piro, porque de esa forma él ha podido meter su Honda Civic en el garaje de los Oikawa. El de sus padres no tiene tanta capacidad, y si hubiera tenido que dejarlo a la intemperie durante días es probable que hubiese tenido que afrontar el desafío de retirar una capa de hielo con un rascador sin dañar los cristales ni la pintura.
—De acuerdo —carraspea Hajime, doblando la esquina de la calle—, solo por asegurarme: ¿tenemos un plan?
—Vas a negarte categóricamente si te propongo que tengamos La Charla en Año Nuevo, ¿verdad?
Hajime lo fulmina con la mirada.
—¿Qué fijación tienes tú con sobrecargar emocionalmente fechas señaladas?
—Vale, vale. No pienso insistir —asegura, taimado—. Ya me salí con la mía en Nochebuena. Ahora mandas tú. Eres el capitán del barco.
—Ojalá mandara siempre.
—Tus ansias de dominación me preocupan.
—Yo no tengo ansias de… —chasquea la lengua, reprobatorio—. Cállate un rato, ¿quieres?
—Y si no quiero, ¿qué? —lo pica, sin dar su brazo a torcer—. ¿Vas a ponerme un bozal, Iwa-chan?
Lo reta tan abiertamente porque están en público. A ver si conserva toda esa chulería cuando se halle entre cuatro paredes. Iwaizumi le lanza una advertencia.
—Quizá lo haga.
—Querer silenciarme para privarme de mi derecho a réplica no es más que otro síntoma de tus ínfulas dictatoriales.
—Estás a nada de que te haga la zancadilla para que comas nieve hasta que te duela la lengua —lo adelanta, apresurando el paso.
Dos segundos después, una bola de nieve impacta en su coronilla. Se derrite parcialmente, colándose por el cuello de su abrigo, espinazo abajo. Oikawa sale corriendo delante de él como una flecha, muerto de risa, pero Iwaizumi ya se ha agazapado para formar una bola poco compacta con las manos.
—¡No huyas, fracasado!
Zigzaguean entre los coches, trastabillando y resbalando cada dos por tres. Persiguiéndose y lanzándose munición helada que les deja los nudillos excoriados.
Para cuando llegan a la casa de los Iwaizumi, ambos están sin aliento. Hajime toca al timbre solo para no tener que buscar las llaves. Se le han dormido las manos.
—¿Qué os ha pasado, rufianes? —inquiere el señor Iwaizumi en cuanto sale a recibirlos—. Ni se os ocurra abrazarme con esas pintas, cubitos de hielo humanos. ¡A la ducha!
Pero Hajime lleva demasiados meses sin verlo, salvo alguna que otra videollamada puntual, y le hace gracia esa perilla que se ha dejado.
—Hola, papá.
Le pasa un brazo por el hombro y aunque su padre lo maldice por lo bajo, no se aparta de él. Le frota la espalda empapada, sonríe entre lágrimas "Vas a matar a este pobre viejo de una pulmonía" y Hajime aterriza sobre el nido del que despegó en verano.
The second home
Esa noche abren los regalos después de cenar. No son tan esplendorosos como en casa de Oikawa, pero Hajime se da con un canto en los dientes. Se encuentra con dos funkos de Godzilla, uno de los cuales brilla en la oscuridad, una camiseta de uno de sus grupos de rock favoritos, un surtido de golosinas y un nuevo par de deportivas para jugar al vóley.
—Después de todo, sigues usando las mismas que cuando ibas al instituto —puntualiza su madre—. Es un milagro que no se te hayan quedado pequeñas.
—Como ha crecido tanto… —empieza Tooru, probándose la sudadera de E.T. que acaba de desempaquetar.
Iwaizumi no lo escucha. Acaba de imaginarse utilizando las deportivas que sostiene entre sus manos para jugar en un equipo. Un equipo de verdad. Puede que en la segunda liga. Está sobradamente mentalizado para ejercer de educador social; continúa siendo un futuro que no le desagrada, pero si pudiese jugar, si pudiera dedicarse a ello profesionalmente…
Le gustaría contárselo a sus padres. Que gracias a Tooru ahora tiene una oportunidad.
No lo hace. Todavía no es nada sólido. Pero hay algo que sí que lo es. Algo que puede, que debe compartir con ellos, porque ya no le quedan fuerzas para mantener la farsa durante días como hizo con los Oikawa. Lo que tenga que pasar tiene que pasar ya.
Le propina unos toquecitos a Tooru en la muñeca para que se prepare, y le da la impresión de que el chico se siente traicionado, de que contaba con un poco más de previsión. De algún modo, Iwaizumi tiene la certeza de que, si no lo hace esa noche, no podrá hacerlo nunca.
Se aclara la garganta.
—Mamá. Papá —empieza, dándose valor. Retorciendo el papel de regalo roto—. Voy a decir una cosa y antes de que lo haga quiero que sepáis que voy completamente en serio. No es ninguna broma.
Sus padres intercambian una mirada cariacontecida.
—¿Hay una chica embarazada de por medio? —inquiere su madre.
—¿Qué? No —contesta Hajime, frunciendo el ceño.
—¿Vas a dejar la carrera? —aventura su padre, rascándose la perilla con nerviosismo.
—No.
—Bien —suspira su madre, emitiendo un suspiro de alivio—. Si hubiera sido una de esas dos cosas habríamos respetado la decisión que tomases al respecto, pero debo reconocer que me quita un peso de encima el hecho de que no…
—Llevo años enamorado de este idiota —suelta, apelando a toda su voluntad para no desviar la vista hacia un punto muerto de la habitación. A su lado, Oikawa susurra asustadizo "El calificativo ha sido tan innecesario"— y resulta que me corresponde. Estamos juntos —por si acaso, apostilla—: De esa manera.
A continuación, transcurren unos segundos angustiosos. La idea se asienta en las cabezas de sus padres e Iwaizumi siente que el miedo le atenaza hasta los cimientos, que le oprime el esófago de una manera que lo mortifica mucho más que fallar la última jugada del set final en un partido.
¿La parte buena? Ni su padre ni su madre dan la más mínima muestra de tomarse sus palabras a broma, como había hecho Richard. Cuando su madre por fin habla, no eleva el tono ni un ápice. Al contrario.
—¿Tu madre lo sabe? —susurra, pálida como la cera, mirando directamente a Tooru, que asiente con cautela—. ¿Cómo se lo ha tomado? —quiere saber.
—Se ha empeñado en regalarnos unas camisetas a juego —contesta sin amilanarse.
Tras unos instantes de estupefacción, su madre profiere un suspiro mezclado con unas gotas de risa.
—Típico de ella —comenta, haciéndose para atrás en el sillón y cruzándose de brazos—. En fin —acota—, confío en que sabéis lo que hacéis, y eso es todo lo que diré al respecto.
Hajime comienza a sentir que el oxígeno está volviendo a sus pulmones, cuando su padre se adelanta y entrelaza las manos sobre las rodillas con gesto severo.
—Me temo que yo tengo algo que añadir —dice, ceñudo. La vista fija en Tooru, que ha permanecido en tensión todo el rato, como si hubiera estado esperando ese momento—. Tooru, tú has salido con un montón de chicas, ¿no?
Hajime se prepara para respaldarlo; para explicarle entre los dos que sí, Oikawa ha tenido relaciones con chicas durante toda su adolescencia, pero eso no invalida ni imposibilita que ahora esté con él.
—¿Por qué crees que todas te han dejado? —prosigue su padre, antes de que alguno pueda contestar.
—P-pues porque… —balbucea Oikawa, recapitulando. Serenándose—, porque pasados unos días dejé de buscar tiempo para estar con ellas. Principalmente. Tampoco es que me pidieran mucho, pero el vóley…
—A mi hijo también le apasiona el vóley —lo interrumpe su padre—, pero estoy seguro de que a pesar de ello ha estado ahí para ti siempre que lo has necesitado.
Oikawa asiente. Un solo movimiento.
—Así es.
—Pues espero que no te atrevas a cometer el mismo error con él —le advierte—, porque es un buen muchacho y no se lo merece. No se merece pasar unos días contigo a todo tren y que lo dejes de lado cuando te aburras de la novedad.
—Yo no…
—Te lo estoy diciendo muy en serio, Tooru —insiste, acerando el tono—. Si le ponéis punto y final a esto algún día más te vale que no sea porque tú has descubierto que necesitabas otra forma de entretenerte. Yo mismo te patearé el culo si se te ocurre —clarifica, haciendo crujir los nudillos amenazadoramente—. Me encargaré personalmente de quemar el pijama de Lilo & Stitch que acabamos de regalarte para cuando te quedes a dormir aquí —Oikawa profiere un gritito horrorizado, llevándose las manos a la boca— y cambiaré la cerradura de la puerta.
—¿Es un mal momento para apuntar que me he colado por la ventana alguna que otra vez?
Hajime le asesta un codazo para que se calle. La vergüenza que está experimentando está adquiriendo parámetros insufribles. De todos los escenarios que había contemplado, jamás habría pensado que su padre y Oikawa se pondrían a hablar de él como si no estuviera delante mientras el primero le daba al segundo el ultimátum más absurdo de la historia.
—¡Lo sabía! —gruñe el hombre, volviéndose hacia su esposa con aire ofendido—. Y tú diciendo que eran paranoias mías.
—Siempre lo he sabido —confiesa su madre, sin inmutarse—, pero nunca hemos tenido dinero para instalar un sistema de vigilancia y he pensado que cuestionar tu salud mental sería mejor que pedir un crédito al banco.
Y así, de una manera no muy convencional, es como zanjan el asunto.
La recta final
Los días siguientes son una balsa de aceite. El padre de Iwa-chan se pasa el dedo índice por el cuello cuando su hijo no lo está viendo para recordarle a Oikawa su promesa de rebanarle el pescuezo si se las ingenia para romperle el corazón pero, por lo demás, juega a la Play Station 2 (que es la única consola que hay en casa de los Iwaizumi) y al parchís con ellos siempre que se le presenta la oportunidad y en general, el trato de Oikawa con él y con su esposa permanece prácticamente igual que antes, si bien es cierto que se producen algunos cambios sutiles.
Para empezar, ya no entran nunca en el cuarto de Hajime sin llamar primero, cosa que Oikawa agradece porque aunque tenga terminantemente prohibido intentar algo más que "besos y caricias por encima de la ropa" (había sido la expresión literal que Iwa-chan había empleado. Sí. Había dicho "caricias" y Oikawa pensaba incluirlo en su epitafio, aunque aún no había decidido cómo), cualquier tipo de contacto es suficiente.
Por otra parte, tampoco es que tenga la libido por las nubes. Ahora que cuentan con el beneplácito de sus familias (a Richard hay que darle de comer aparte), dos de los obstáculos principales han desaparecido.
Falta uno.
Falta que Oikawa le cuente a Iwa-chan que llegó a retomar el contacto con Nora después de que se la encontraran en el Salomón. Se había prometido que lo haría en cuanto hablasen con sus respectivas familias, y piensa cumplirlo. El problema es el padre de Hajime. ¿Y si a Iwa-chan le afectaba aquella revelación y su padre le convertía la cara en un Picasso tal y como le había dicho que haría? Sería mejor esperar a estar fuera del radio de su alcance. Los puntos se le habían caído recientemente. Su cutis se merecía un respiro.
Basta de excusas, Oikawa.
Tiene que ser justo después de Año Nuevo.
Con esa determinación en mente, Oikawa trata de mantener una apariencia de normalidad hasta que llega el treinta y uno de diciembre. Tal y como le prometió a su madre que haría, la llama por la tarde para felicitarles a ella, a Takeru y a Tomehi, y Hajime y él se entretienen más de la cuenta haciendo una videollamada grupal con el Seijoh al completo (a excepción de Kunimi, quien en palabras de Kindaichi se estaba "echando una siesta para ahorrar energía y aguantar despierto hasta las doce") y otra con Mobi y Yuki, que aprovechan para hacerles un tour rápido por sus respectivas casas. Oikawa felicita a las compañeras de clase con las que mejor se lleva, mientras Hajime les reenvía el mismo mensaje escueto a aquellos con quienes habla en clase y hace los trabajos grupales. Elabora un poco más el que les manda a Sugawara y a Daichi, y también saluda a sus compañeros en el equipo de vóley de la Tohoku. Finalmente, cuando Oikawa termina de hablar con sus compañeros de la sub-21, ambos se meten en la cocina para rellenar volovanes y ayudar a preparar el estofado que se va a servir durante la cena.
A falta de unos minutos para las ocho y media, los primeros fuegos artificiales comienzan a despuntar contra la bóveda nubosa y densa que techa la ciudad.
—Espero que Tex Mex esté bien —comenta Oikawa desde el baño, peinándose el pelo con sérum—. Tras profundas reflexiones al respecto, he llegado a la conclusión de que deberíamos colgar de los pulgares a todos los fanáticos de la pirotecnia.
—¿No te parece un poco excesivo?
—Tienes razón. Quizá deberíamos cortárselos directamente.
Iwaizumi se da por vencido y le escucha divagar acerca de torturas medievales hasta que sus padres los llaman para que bajen a comer. Su madre ha comprado cotillones para los cuatro, aunque el que más uso acaba dándoles es Oikawa, que enseguida se pone su antifaz y su gorro cónico de cartón, y se dedica a hacer sonar el matasuegras junto a su oído hasta que Iwaizumi le amenaza entre dientes con convertirlo en el sujeto de todas y cada una de las torturas que le detalló minutos atrás.
Sus padres les observan enzarzarse en una disputa tras otra ("Es que no aguantas ni una, de verdad", "Intenta volver a dejarme sordo con ese chisme y ya veremos quién aguanta qué") e Iwaizumi los ve sonreírse cuando creen que ellos no están mirando. Sabe que piensan que son los mismos críos que se revolcaban en la alfombra y creían que podían curarlo todo a base de tiritas. Los mismos, pero mucho menos bajitos y enclenques.
El móvil de Oikawa suena poco antes de las once. Al ver cómo el rostro de Oikawa se ensombrece, Iwaizumi comprende inmediatamente quién le está llamando. Esa es la cara que siempre pone durante los diez segundos exactos en los que se pregunta si, de no contestar, heriría los sentimientos de su padre. Siempre termina descolgando el auricular, porque entiende lo que es la ausencia y no se la desea ni siquiera a él. La idea de que su padre pueda experimentar una pequeña dosis le resulta incómoda. Sabe que no recuerda cuándo es su cumpleaños ni el de su hermana. Que no sabe la carrera que está estudiando ni que tiene un gato, ni tampoco cómo perdió su última oportunidad de ir a las nacionales en el instituto. Puede que se haya enterado gracias a las noticias de que ahora forma parte de la sub-21, pero nunca le ha interesado demasiado el vóley. Aun así, la idea de que su padre pueda experimentar una pequeña dosis de abandono le resulta incómoda.
Sin embargo, esa vez Oikawa se prioriza a sí mismo por delante de su padre. Es algo que ya ha hecho antes, anteponer sus propios sentimientos a los de otros, aunque casi nunca de la manera adecuada, con las personas correctas.
Es el mismo que se ha criado a caballo entre esa casa y la de su madre, atrapando escarabajos junto a él en el jardín y en el bosque que se extiende más allá del estanque con carpas, pero deja que salte el contestador. Hace lo mismo las tres veces en las que la pantalla de su teléfono se ilumina.
Una.
Dos.
Tres veces.
Hasta que para de sonar.
Parten el año entre vítores que resuenan por todo el vecindario, aderezados por ladridos de algún perro asustado y un par de cláxones. Entran en el 2017 con las noticias puestas en la tele, reflejando cómo tiene lugar el cambio de año en diferentes partes del mundo; cómo los países en los que aún es temprano ultiman los preparativos.
Se dan la mano bajo el kotatsu del salón. Tooru mueve los dedos de los pies para entrar en calor, aunque el brasero está encendido. Apoya la barbilla en el hombro de Iwaizumi, susurra "Feliz año, Hajime" con voz queda y él le acaricia los nudillos mientras el planeta gira envuelto en un frenesí.
Color noche
Honestamente, Iwaizumi tarda menos de un minuto en ponerse la yukata que Oikawa escogió para él hace unos días. Es negra como el carbón, con bordados en verde menta y las mangas bastante abiertas, pero lo que más le gusta es la salamandra plateada de la espalda.
Tiene que reconocer que es todo un acierto.
Y también que Oikawa debería haber salido del baño hace (al menos) un cuarto de hora.
—Las acciones de Instagram en bolsa no se van a ir a pique porque pases una hora sin subir fotos —bufa Iwaizumi, aporreando la puerta—. Ya sacarás un álbum entero cuando lleguemos al templo. Sabes que a Mattsun y a Makki les encantan estas movidas.
Por fin, la puerta se abre.
—Yo aviso: voy a llevarme mi palo de selfies. Esta vez no utilizarás su ausencia para hacer de cámara durante toda la noche y librarte de salir en las fotos.
Iwaizumi se encuentra a sí mismo conteniendo la respiración. Lo cual es una soberana tontería. Fue él quien eligió esa túnica. Ya ha visto a Oikawa con ella puesta. Tal vez sea ese rubor leve que le tiñe las mejillas y hace que sus pestañas bateen con algo más de pesadez que la habitual, fruto de los tres chupitos de sake que se bebió después del postre.
La yukata es color noche. No se le ocurre otra manera de describir la tonalidad. Tiene cosidas varias docenas de perlas del tamaño de alfileres que centellean nácar con cada movimiento: es como si Tooru le hubiese arrancado al cielo un pedazo y se hubiera envuelto con él.
—Estás… —piensa que no va a poder decirlo. Que va a pensarlo, como tantas otras veces, pero no va a ser capaz de exteriorizarlo y va a dar igual porque Oikawa sabrá leerlo entre líneas—… eres jodidamente guapo.
Así son las cosas. Las murallas que mantenían a raya ciertos pensamientos se han ido erosionando durante las últimas semanas. Están agrietadas, la sinceridad se cuela entre ellas a borbotones e Iwaizumi debería ser el que se sonrojara por haber cambiado el verbo "estar" por el "ser"; por admitir que Tooru estaría tan arrebatador con un saco de patatas puesto como lo está ahora.
Oikawa se queda paralizado, como si temiera no haberlo escuchado bien, y a Iwaizumi lo atraviesa un ramalazo de culpabilidad desde la espalda hasta el ombligo. Quizá lo tiene demasiado acostumbrado a veredictos bruscos y cortantes. Tal vez debería decirle cosas como esas más a menudo. Sobre todo si van a surtir ese efecto sobre él. A dejarlo ruborizado de clavículas para arriba.
—¿Te gusta que te digan que eres guapo?
Apoya la mano junto a su rostro. La abre contra el gotelé de la pared. A oscuras en la segunda planta de la vivienda.
—Me gusta que seas tú quien me lo diga, Iwa-chan.
Es fácil olvidar que tienen un compromiso social al que acudir cuando está así de cerca. Podría desanudar su túnica con una sola mano. Inclinarse y besarle justo en el cuello, hasta que el cuerpo se le entorpeciera tanto que le costase bajar las escaleras.
—¡Chicos, nos vamos!
Pero eso tendrá que esperar.
Somos clan
Sus padres los alcanzan en coche hasta la casa de los Oikawa.
Los señores Iwaizumi y Tosha tienen la tradición de tomarse unas copas juntos después de medianoche y echar una partida a varios juegos de mesa, de modo que Tooru y él los acompañan hasta la sala de estar para saludar a la familia y comprobar que Tex Mex se encuentra bien.
—Se ha escondido debajo del sillón —les cuenta Takeru, arrodillado junto al mueble—. Llevo un rato intentando que salga, pero no hay manera.
Oikawa, que ha traído su manta de cola de sirena, la deja hecha un ovillo junto a una de las patas.
—Dale un poco de tiempo. Ya saldrá.
Tomehi se aproxima hacia ellos. Se ha puesto una diadema que le ha retirado el pelo corto del rostro, proporcionándole forma de corazón.
—¿Papá te ha llamado?
—Sí, pero no se lo he cogido.
Su hermana le sonríe. Parece de buen humor.
—Bienvenido al club —dice, y ambos se estrechan la mano—. A mí me ha llamado Richard.
—¿Sí? ¿Qué se cuenta?
—Está de camino. Siente haberse comportado como lo hizo en Nochebuena. Y… bueno, haber estado inaccesible durante estos días. Le gustaría hacer las paces con vosotros. Y conmigo —matiza—. En persona.
Oikawa e Iwaizumi intercambian una mirada de complicidad.
—A nosotros también nos gustaría —admite—, pero hemos quedado con Makki y con Mattsun y vamos un poco contrarreloj. ¿Crees que Richard se quedará a dormir? Podríamos venir a desayunar.
Su hermana asiente, contenta.
—Os estaremos esperando.
Tosha los abraza unas cuatro veces a cada uno antes de permitirles salir por la puerta y, cinco minutos después, ambos dejan atrás el garaje de los Oikawa y conducen rumbo a casa de Mattsun en el Honda Civic de Iwaizumi.
Makki y Mattsun los están esperando entre el contenedor de plástico y un pivote metálico. La conexión es instantánea. Los cuatro se hacen un corte de mangas nada más establecer contacto visual (Iwa-chan utiliza la mano izquierda para no soltar el volante) e Iwaizumi hace el amago de seguir de largo con el coche, obligándoles a perseguir el vehículo durante unos cuantos metros.
—¿Os habéis puesto túnicas a juego? —repone Oikawa, entretenido, en cuanto sus dos amigos suben a los asientos traseros y se quitan los abrigos.
—Ha sido idea de Takahiro —resume Mattsun con su apatía usual, abrochándose el cinturón.
—Qué puedo decir. Soy la mente criminal detrás de cada plan.
—Lleváis los colores del Seijoh —repara Iwaizumi, observándolos por el espejo retrovisor—. Así me gusta.
—Vosotros, en cambio, seguís igual de frikis que siempre —apunta Makki, echando el cuerpo hacia delante para inspeccionar sus diseños.
—Sin ofender —añade Mattsun.
—O tal vez sí.
—No juzguéis los gustos de Iwa-chan, por favor.
—También están juzgando los tuyos, idiota —bosteza Iwaizumi. Comienza a arrepentirse de ser el único que no ha ingerido alcohol. No puede estar atento a la carretera y participar dignamente en esa conversación a la vez—. A ver si os voy a dejar a los tres en una cuneta.
Aparcan en las orillas del bosque y caminan por el arcén ciñéndose los abrigos. Por suerte, esa noche no hace tanto frío como las anteriores. Durante el trayecto, Iwaizumi y Oikawa les ponen al corriente de lo que ha sucedido esos días. Aquí y allá, docenas de personas siguen el mismo recorrido que ellos: niños y ancianos; familias, parejas y algún que otro lobo solitario. Todos avanzan hacia el templo entre risas, correteos, flashes y el estribillo espontáneo de alguna canción popular. Muchos de ellos sostienen farolillos de papel de colores, entre los que predominan las tonalidades absenta, alazán y amatista.
—Yo digo que esperemos a Richard dentro del garaje y le partamos las piernas con el bate de béisbol de mi padre —propone Mattsun.
—Me he visto todas las temporadas de Hannibal —apunta Makki—. Sé cómo hacer que un cuerpo desaparezca sin dejar rastro y cubrir nuestras necesidades nutricionales en el proceso.
—O —interviene Hajime, lanzándoles una mirada de reproche— podríamos aceptar sus disculpas como gente civilizada y adulta.
—Hannibal era adulto.
—Te falta odio, Iwaizumi —suspira Mattsun.
Pronto, el sanmon se materializa ante ellos entre la neblina, al costado izquierdo de la carretera. La inmensa puerta de madera color almagro atesora unas amplias escaleras de piedra que se adentran en la montaña, pobladas de verdor. La vegetación escarchada se cierne sobre algunos tramos. Los cuatro se agachan y contorsionan para evitarla y, al subir el último peldaño se encuentran con los komainu; sendos leones guardianes esculpidos en la roca que mantienen a los demonios alejados del templo. Uno de ellos tiene la boca abierta y el otro cerrada, representando el principio y el final de todas las cosas del universo.
Oikawa insiste en sacarse una foto con ellos. Cada año hace lo mismo. Arrastra a Iwaizumi por el brazo y le rezonga para que imite los gestos de cada uno de los leones. Después, Makki y Mattsun cambian lugares con ellos y por último, recurren al dichoso palo de selfies para sacarse uno los cuatro juntos.
Hablan hasta por los codos. De todo y de nada. Del significado de Cake by the ocean más allá del videoclip playero y rebosante de pastel, de cuál es el Jonas favorito de cada uno (el de Oikawa siempre ha sido Joe, Makki y Mattsun apuestan por Nick e Iwaizumi insiste en que nunca les ha concedido relevancia dentro de sus intereses musicales) y de alguna manera, terminan intentando aupar a Iwaizumi a hombros en cuanto se enteran de que podría acabar jugando para un equipo profesional.
—A lo mejor acabas siendo compañero de alguna estrellita —comenta Makki, cejando en su empeño de intentar levantarlo del suelo—. Aunque por suerte, es Oikawa quien tiene más papeletas para acabar compartiendo cancha con tipos como Sakusa o Atsumu.
—¿Por suerte? Será por desgracia. Para Atsumu, por supuesto —bufa Oikawa, sombrío—. ¿Os enterasteis de cómo llamó a dos fans suyas en pleno partido? Y encima el resto del equipo tipo "es que él es así". Os juro que si algún día por azares del destino terminamos en el mismo bando y hace algo por el estilo conmigo delante lo ahorco con la red. Que me descalifiquen si quieren.
—Dudo que la sanción por ahorcar a alguien sea la descalificación —dice Mattsun.
—En cambio —prosigue Oikawa con ojos soñadores—, Sakusa y yo somos almas gemelas. Nunca lo ha admitido abiertamente, pero sé que es el administrador de esa página de Facebook que postea sobre pandemias históricas, virus letales, presuntos experimentos e higiene bucal.
—¿En qué te basas para decir que sois almas gemelas? —interviene Iwaizumi, enarcando una ceja—. ¿En que los dos sois unos frikis con inclinaciones hacia temas morbosos y escasamente constatados?
—En eso, y en que siempre le da like a mis comentarios —asiente Oikawa, como si fuera evidente—. Ya lo verás: algún día seremos amigos y podremos celebrar un Santa Claus secreto y regalarnos mascarillas personalizadas y geles antibacterianos.
—¿Cómo vais a hacer un Santa Claus SECRETO si solo participáis vosotros dos, zumbado?
A continuación, se arremolinan en torno al pabellón de agua de temizuya. Es más probable encontrarlos en santuarios que en templos, pero ese siempre ha tenido uno. Se ponen en fila para purificarse, recogiendo el agua de la tina con un cazo de madera que vierten sobre una mano y después, sobre la otra. Finalmente, hacen un cuenco con una de ellas y dan un sorbo antes de escupir junto a la fuente.
—Está helada —se queja Tooru, echándose vaho para calentarse y dejando pasar a Iwaizumi.
—Eso se puede arreglar —comenta antes de inflarse los carrillos de agua.
Corre tras él alrededor de la fuente, granjeándose miradas de desaprobación por parte de los visitantes más devotos.
—IWA-CHAN, UN POCO DE RESPETO POR NUESTRAS TRADICIONES.
—Solo quiere purificarte, Oikawa —le dice Makki, observándolos con diversión—. Hay demasiada maldad dentro de ti como para que se vaya con solo un cazo.
—Necesitaríamos como una cascada entera para ti solo —secunda Mattsun.
Cuando Iwaizumi se cansa de perseguirlo, compran un poco de incienso, depositando unas cuantas monedas en la caja de ofrendas. Tras encenderlo, lo colocan en el quemador y formulan un rezo silencioso, juntando las palmas de las manos. Iwaizumi se pregunta qué estarán pidiendo los demás. Oikawa nunca se lo dice porque es de esos majaderos que creen que si lo hacen, sus deseos no se cumplirán.
Iwaizumi piensa en lo de siempre. Que le gustaría mantener su rendimiento académico. Que el próximo semestre le ahogase un poco menos que el primero. Dar el cien por cien en los partidos de vóley de la liga universitaria. Poder jugar para un equipo. Tener la oportunidad de demostrar que estaba a la altura. Que sus amigos gozaran de buena salud. Que no tropezaran demasiado en el camino que cada uno había elegido. Que recorrerlo les hiciera felices.
Que Oikawa y él siguieran recorriendo el suyo, como siempre habían hecho.
El humo que mana del incienso flota alrededor de ellos, acaramelado y espeso. Mira a Oikawa a través de él y cuando sus ojos se encuentran, de alguna forma, sabe que él también forma parte de sus plegarias.
In the headlights
Dos horas y casi un centenar de fotos más tarde, los cuatro regresan al coche.
A los alrededores del templo el frío no se nota tanto porque el ambiente está caldeado a causa de la multitud, pero conforme se van apartando del gentío, el invierno se va colando bajo sus ropajes. La temperatura va descendiendo a medida que la madrugada avanza, entre tañidos lejanos de campanas y algún cohete rezagado. El aire está impregnado de pólvora, a alcohol y a bosque.
—¿Por qué no os quedáis en mi casa? —les sugiere Iwaizumi al cerrar la puerta del asiento del conductor. Se frota las manos para recuperar la sensibilidad antes de ponerse al volante—. Mis padres siempre hacen noche con la familia de Oikawa en fin de año. Podéis dormir en la habitación de invitados.
—¿Y si hacemos tortitas para desayunar antes de acostarnos? —sugiere Oikawa, sorbiéndose los mocos.
—No vas a ponerte a cocinar a las tres de la mañana.
—Por mí guay —acepta Makki—. Voy a avisar a mi madre.
—Y yo voy a escribirle a mi padre para que meta a Milka en su cama —comenta Mattsun, sacando el móvil—. Lo pasa fatal con el escándalo que montan todos estos energúmenos.
Oikawa asiente.
—Tex Mex también.
Él y Mattsun comparten una mirada escalofriante que le dice a Iwaizumi que el segundo estaría de acuerdo con las torturas medievales con las que Oikawa le llenó la sesera hace un rato.
Conduce con cuidado. Sigue habiendo hielo en algunos intervalos de la carretera, y los frenos del Honda Civic llevan semanas pidiendo un relevo. Por no mencionar que hay más de un conductor ebrio campando a sus anchas por ahí.
—Por fin —suspira Oikawa, sonriéndoles de medio lado a Makki y a Mattsun por el espejo retrovisor—: ha llegado el día que tanto he ansiado. Al fin tengo un pretexto para poneros mi ropa. Seréis mis Barbies Fiesta de Pijamas.
Makki se rasca la barbilla, pensativo.
—Me pido Barbie Camisón, si es que tienes alguno.
—No oficialmente, pero tratándose de ti…
—¿Qué pasa si prefiero ponerme la ropa de Iwaizumi? —cuestiona Mattsun, enarcando una ceja ancha.
—Que no te va a servir. Iwa-chan usa la misma talla que Sarkozy.
Iwaizumi ni siquiera se molesta en mandarlo a la mierda. Ni en pedirle que deje de comparar su físico con el de mandatarios europeos aleatorios. Echaba de menos ese toma y daca. El sonido de la risa de Tooru entretejiéndose con las de Makki y Mattsun. Lo mira de reojo justo cuando están llegando a un cruce en el que tiene la preferencia. Tapándose la boca con la mano. Como un cascabel; pálido y somnoliento en su túnica oscura.
Los faros de un segundo vehículo aparecen tras una curva cerrada. Iluminan el rostro de Oikawa, lo vuelven todo de un blanco cegador durante un segundo eterno. Iwaizumi comprende lo que va a suceder. Sabe que no va a poder frenar. No debidamente. No hay forma humana de que pueda evitar el impacto.
Van a chocar por el lado de Oikawa.
Da un volantazo. Instintivamente. Las ruedas del Honda Civic dejan una marca oscura sobre el asfalto al girar con brusquedad, haciendo que el coche dé un giro de ciento ochenta grados. Ni sus amigos ni Oikawa son plenamente conscientes de lo que está ocurriendo, pero Iwaizumi llega a intercambiar una última mirada de pánico con él antes de la colisión. El metal se repliega sobre sí mismo, doblándose como si estuviera hecho de goma, precedido de un chirrido espantoso que rasga la noche como una cuchillada.
Los cristales de las lunas revientan, fragmentándose en pedazos y esquirlas que salen volando en todas direcciones. El estruendo hace que un pitido agudo se le instale en los oídos. Su cuerpo experimenta una sacudida que le deja el cerebro embotado, como si hubiera rebotado dentro del cráneo, pero Iwaizumi apenas lo nota porque un dolor horrible, el peor que ha sufrido en toda su vida, se abre paso a través de su carne. No sabría localizar el núcleo de esa maldición espantosa que parece desgarrarle los músculos. El vértigo late con tanta fuerza que le provoca náuseas. Iwaizumi abre la boca, arqueándose hasta en dos ocasiones en las que siente que lo están apuñalando con un destornillador. Atina a preguntarse cómo estarán los demás, pero su tren de pensamiento se desvanece, calcinándose hasta las cenizas. No llega a vomitar y querría hacerlo porque quizá así el ahogo remitiría. Hay algo. Entre el hombro y la parte alta del pecho. Hay algo ahí que se ha jodido y que hace que las lágrimas se le salten antes de perder el conocimiento. Llega a oír a Oikawa llamarle por su nombre ("Iwa-chan. Hajime. ¡Hajime!, ¡HAJIME!") y un ramalazo de alivio le hormiguea bajo las distintas punzadas que lo consumen.
Tooru está bien. ¿Gritaría así si no lo estuviera? Se pregunta qué aspecto tendrá para que Oikawa parezca tan asustado.
Le parece oír un chillido quejumbroso sobre su voz llorosa, quizá perteneciente a Makki y después, nada.
Estoy aquí, idiota.
¿Es que no me ves?
Todo se vuelve negro.
Estoy aquí.
AVANCE: NO HAY AVANCE. La última escena de este capítulo fue de las primeras que planeé al comenzar a escribir Confeti rosa. LLEVO CUATRO AÑOS ESPERANDO ESTE MOMENTO.
REVIEWS:
Oloralibronuevo: ¡feliz Navidad! Mis previsiones son terminar de publicar el fic a mediados de 2021 JAJAJA pero bueno, a lo mejor para cuando eso suceda todavía no me odias y te apetece releerlo C´: Te perdono lo de las pasas pero me duele en el alma porque no puedo compartir mi pasión por ellas con casi nadie, el fandom de las pasas es muy pequeño :C (más pasas para mí (?). Eso sí, te apoyo en la idea de que el ketchup es el mejor amigo de las patatas (L). RICHAAARD WHY, ¿tiene que pasar una desgracia para que recapacites? Vamos a ver qué pasa de aquí en adelante :3 ¡Besitos de pretzel!
NeKoT: JAJAJA saber que hay más gente que lee y escribe en el trabajo hace que me sienta menos culpable (?). Me ha matado lo del cuñado oxigenado JAJAJA MALDITOS BRITÁNICOS, MOTANDO BREXITS HASTA DENTRO DE SU PROPIA FAMILIA (¿?). Tosha es un panecillo que solo quería hacerle un regalo de parejitas a su hijo y a su yerno :´D Espero que la reacción de la familia de Iwaizumi te haya gustado; siempre he tenido en mente que la actitud del padre fuera así y por eso no he dejado ver mucho sobre él, para que no supierais por dónde iba a salir (a pesar de todo, Georgina Valenti, que ha comentado después de ti, ha dado totalmente en el clavo, I´M IMPRESSED). ¡Saluditos a ti y feliz Navidad!
Georgina Valenti: AY, TU COMENTARIO ME HA HECHO TANTA ILUSIÓN. En primer lugar, porque te has centrado en la parte de Kageyama y aunque el fic sea IwaOi, me encanta que también os fijéis en el resto de personajes, porque también forman parte de la historia y disfruto mucho haciendo sus escenas. Para saber la reacción de Kageyama a la relación de Oikawa con Iwaizumi tendremos que esperar al próximo capítulo, a ver cómo se queda nuestro chico cuando lo sepa (L). A Ushiwaka al final no le ha ido tan mal, se ha portado como un campeón C: Por último, ya se lo comenté a NeKoT más arriba pero ALUCINO CON TU CLARIVIDENCIA JAJAJA En serio, me has dejado pasmada y feliz por haber descubierto la reacción del padre de Iwaizumi sin apenas conocer nada de su familia, ERES UNA CRACK. Muchísimas gracias por leer, bella, ¡espero que pases unas fiestas maravillosas! Nun
BB: ¡muchas gracias por leer! Me alegro un montonazo de que te estén gustando la historia y la narrativa ;; Aquí tienes la actualización nun ¡Un besote enorme y hasta pronto!
Iwazilla: hi! No hay nada que perdonar, ME ENCANTAN los comentarios largos (L). ¡Conozco el roleplay! :D (en su momento me animé a hacer de Jean Kirschtein y de Tommen Baratheon because my randomness (¿?). AY, la manera de la que has vivido el fic me resulta preciosa: el hecho de que leas las acciones y conductas de este Iwa y pienses que son cosas que también puedes imaginar haciendo a tu Iwa significa que tenemos un concepto del personaje muy similar, y esa clase de conexión siempre me ha parecido terriblemente bonita ;; Y LO MISMO CON TU COMPI ;w; He leído a muchos Oikawas y considero que es un personaje al que es muy difícil apegarse, porque cuando aparece en el canon hace y dice cosas que jamás me habría imaginado JAJAJA Muchísimas gracias a ti y a tu partner por darle una oportunidad a este fic y haberlo pasado tan bien leyendo. Es largo como un día sin pan y alucino con que hayáis podido con él en una semana; espero que este capi también os guste y que volvamos a vernos: el rol es una experiencia maravillosa y me alegro un montón de que os hayáis encontrado nun ¡Besotes y hasta pronto!
Hana Kuroi: SUUUU yo también pienso que le encantan todas las grandes del pop contemporáneo JAJAJA es una pena que el fic esté ambientado en 2016 porque en aquel momento Rosalía todavía no estaba en la cresta de la ola, que si no, ponía a Oikawa a cantar flamenco JAJAJA Me alegro de que te guste el punto de vista de Iwa 3 QUÉ VA, EL KYOUHABA ES SUPEROTP; te recomiendo un montón el twoshot "The other side" de Laet-lyre (es un spin-off de mi twoshot "Rewrite the stars", que es IwaOi). EL YERNO DROGADICTO ACABÓ MÁS SOLO QUE LA UNA YAAASSS ´u` Al final todo acabó bien C: (yo tampoco soy muy fan del drama, me gusta en dosis justas porque de lo contrario sufro). El MatsuHana es el mayor stand del IwaOi JAJAJA ahora miro hacia atrás y me hace mucha gracia que el Karasuno les parezca taaan gay cuando en el Seijoh ya son canon el KyouHaba, el IwaOi y el MatsuHana :,D Eso son 3-0,5 contra el Karasuno si contamos al DaiSuga, que realmente es bisexual porque está con Michimiya, así que tampoco termina de contar.
Wra-Chan: AWWW gracias por volver a leerlo y pasarte a comentar ;v; ¡Este tipo de cosas me hacen mucha ilusión! Espero que te haya gustado el capi de hoy, ¡ten un lindo día! Nun
Blaky: muchísimas gracias por leer y por pasarte a comentar (L). Nunca me cansaré de decirlo: me emociona saber que hay personas que han releído esta historia, que se implican con los personajes y se dejan llevar por la narración. Tu review me ha hecho una ilusión tremenda, y espero que el capítulo de hoy también te guste Ü
¡No me cogeréis con vida!
