Por las mismas razones que en la SEGUNDA PARTE, continúo aquí con la TERCERA Y ÚLTIMA PARTE de esta historia.

GRACIAS A TODOS POR SEGUIR LEYENDO Y POR LA PACIENCIA QUE HAN TENIDO CON ESTA HISTORIA.

Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


TERCERA PARTE

CAPITULO I

Tan pronto como estuvieron terminados los preparativos de tan importante viaje, Albert, Candy y Elroy se pusieron en camino para el monte de la Mirra. Candy estaba gozosa y alborozada en extremo; apenas podía creer tan inmensa felicidad. Tomó su prodigioso espejo y pienso morir de júbilo al mirar limpio y sin mancha alguna su cuello. Alegre y enternecida lloraba y reía a un mismo tiempo; se acercó a Albert para preguntarle si podía dar crédito a sus ojos. «—Albert, a quien únicamente de creer —le dijo—, ¿será cierta mi felicidad? ¿Seré yo tan venturosa que me halle libre de la marca? Dímelo por tu vida, amigo mío. —¿Cómo puedes dudarlo, amada niña —le contestó Albert—, si la he borrado con la sangre del Príncipe? —¡Ah!, bien lo sé —exclamó Candy, el exceso de mi dicha me hacía dudar de ella. A ti, mi buen amigo, soy deudora de todo. Manda, ordena; pronta estoy a obedecer». Así expresaba Candy su reconocimiento hacia su generoso y fiel amigo. Éste ya no era aquel Albert terrible y severo que parecía estar siempre dispuesto a reprender; era lo que hubiera sido siempre, un amigo cariñoso, un tierno padre para Candy. Parecía que deben indemnizarla de lo que la había hecho sufrir. «—Querida hija —le decía—, una orden del Rey de las Luces, que en su alta sabiduría juzgó conveniente sujetarte a esta prueba, me obligó a tratarte con tanta severidad; pero mi corazón se despedazaba de dolor al ver lo que padecías». Candy reputaba por nada cuantos trabajos había sufrido, y respondía a Albert en la efusión de su ternura: «—Tú siempre has sido para conmigo bueno y generoso; yo, nada, nada he hecho que merezca recompensa. ¡De balde, de pura gracia se me ha dado tan inmensa dicha! Y a ti, ¡oh, mi generoso amigo!, a ti soy deudora de ella. —No, hija mía, no es a mí a quien debes tan admirable cambio. ¡Otra mano más poderosa que la mía es la que lo ha efectuado! ¡Sin su auxilio la incauta paloma habría perecido en las garras del feroz milano!»

Con estas y semejantes conversaciones entretenían el trabajo del camino, que no era muy largo a los principios, porque Albert, temiendo que la demasiada fatiga dañase a Candy, debilitada por lo que había padecido, tenía dispuesto que las jornadas fueran cortas. Esta determinación no agradaba la impaciente Candy, que anhelando cuanto antes la presencia del Príncipe, hubiera querido andar en un día todo aquel largo camino, y pedía a Albert que alargarse la jornada; pero éste lo rehusaba firmemente, y ella, que había aprendido bien a costa suya cuán mal le iba desobedeciendo a Albert o arrancándole por su tenacidad algún permiso, callaba y obedecía.

En las horas que contra su gusto le quedaban de descanso, cuidaba de ejercitarse en sus estudios. Ya hablaba con bastante corrección el idioma de las Luces y en todo hacía progresos. Entre ella y Albert se suscitó una generosa contienda, porque Candy quería continuar desempeñando todas las haciendas de la casa y servir en todo Albert; y éste en manera alguna lo consentía. «—No, hija mía —le replicaba—, no lo permitiré; si hasta aquí lo había exigido, ya te he dicho que era una prueba a la que de orden superior he tenido que sujetarte; pero ahora que llevas en tu mano el anillo del Príncipe, a la esposa de mi Señor yo soy quien debo servir». Candy instaba, y llegó a tal grado esta contienda, que de común acuerdo resolvieron consultar a Rosemary, a cuya decisión prometieron ambos sujetarse. Escribieron sobre el asunto, y la Señora contestó que Albert y Candy debían portarse entre sí como un tierno padre y una dócil, obediente hija, y así los servicios que se prestarán de allí en adelante serían servicios de ternura y amistad.

Por momentos sentía Candy crecer en su corazón su anhelo por ver al Príncipe, y sin embargo, al pensar que se acercaba esta felicidad temblaba y temía este momento. «—¿Qué le diré —decía—, cuando por fin tenga la dicha de verle? ¡Ay de mí! ¿Cómo podrá comparecer en su presencia sin morir de vergüenza y de dolor? Mas ¡ah!, yo sé bien lo que, postrada a sus plantas, le diré: ¡Amable Príncipe!, fiada en tu bondad me pongo en tu presencia. ¡No merezco ser tu esposa, permite solamente que sea tu esclava!» Estas palabras repetía con frecuencia entre el día, y aún por la noche interrumpía su sueño para decirlas, imaginándose que se hallaba en la presencia del Príncipe.

Al quinto día de camino Candy pensó morir de gozo. Sintió que se movía su corazón, le abrió y leyó estas palabras: «—Ven, esposa mía, despierta, ven conmigo. Tuviste un horrible, tristísimo sueño, pero fue un sueño nada más. Soñaste que me eras infiel, mas no lo creas, fue un sueño solamente. Has soñado que la infamante marca de la sierpe te ha manchado, mas tu cuello está más blanco que la nieve. Soñaste que te faltaba mi anillo, pero he aquí que lo tienes en tu dedo».

Era así la verdad. ¡Candy se sentía libre de la marca! ¡Ve en su dedo el anillo! Esta vez su felicidad no era un sueño. Tan pronto como pudo se apresuró a comunicar su felicidad a Albert y recibió las más sinceras felicitaciones. «—Sea en hora buena, hija mía —le dijo—, que hayas recobrado el uso de tu precioso corazón. Pero, ¿por qué causa el Príncipe tu Esposo te había retardado hasta ahora este consuelo? —¡Oh! —dijo Candy—, demasiada razón ha tenido, yo no merecía volver a gozarle nunca. —Es así la verdad, hija mía; pero la causa porque mi Señor no te había escrito es la que vas a oír: Cuando en presencia de los jueces vio aquel escrito firmado de tu mano, queriendo creer que lo habías hecho forzada, te escribió aquellas cariñosas palabras; mas al recibir tu respuesta, cayó desmayado en mis brazos como le has visto en tu espejo muchas veces. Habiendo entonces acudido los jueces, vieron en sus manos el abierto corazón, dieron cuenta al Rey de cuanto había pasado, y Su Majestad mandó que el corazón fuese recogido y se le entregase. Así es, hija mía, que el Rey ha leído todos cuantos suspiros exhalabas en tu dolor, se ha compadecido de ti, te ha perdonado, y ahora que ha sabido que estás libre de la marca, ha devuelto al Príncipe su Hijo esta prenda preciosa».

«—Yo he escrito —continuó Albert— todos tus pasos, todas tus acciones, desde que comenzaste a volver sobre ti hasta el día que has quedado libre de la marca. ¿No notaste, hija mía, que yo escribía casi siempre cuando estábamos en nuestro castillo de la Falda? Pues era esto lo que me ocupaba, y lo hacía por orden del Rey. Le he remitido todo lo escrito y Su Augusta Majestad ha tenido la dignación de darse por satisfecho; te ama y desea que seas la esposa de su Hijo siempre que así por tu parte como por la de mi Señor estén cumplidas todas las condiciones que su sabiduría ha tenido a bien exigir».

Desde entonces Candy gozó como antes del inmenso placer de conversar con el Príncipe por medio de su corazón. Ella se apresuró a escribir en él, no una, sino muchas veces su prevenida, estudia frase: "Príncipe, no merezco ser tu esposa, recíbeme solamente como a una de tus esclavas". Y cada vez que la escribía recibía por respuesta a las palabras más cariñosas. Una vez escribió: «Anthony mío, ¡ah!, ¿será esto posible? ¿Me habrás perdonado? ¿Ya no seré a tus ojos la ingrata, la infiel Candy?» Al punto recibió por respuesta: «Candy mía, mi paloma, mi bien amada, tú nunca ha sido culpable a mis ojos».

Por la tarde, cuando cesaban de caminar, Candy buscaba la conversación de Albert; pero no quería que le hablara sino del Príncipe. En cierta vez Candy dijo a Albert: «—¿Por qué el Príncipe ha abandonado su castillo de la Falda? ¿Es acaso por huir de los sitios testigos de mis infidelidades? ¿Por qué ha escogido morada tan agreste como el monte de la Mirra? —El monte de la Mirra —dijo Albert—, es un lugar que sirve de presidio a los criminales sentenciados por sus delitos a trabajar más o menos tiempo en extraer y beneficiar la mirra que destila del Árbol de los Perfumes, y ahí se halla mi Señor esperando la sentencia que contra él dará un tribunal especial creado por el Rey para juzgarle. —¡Para juzgar al Príncipe! —exclamó Candy—. ¡A él, tan noble, tan generoso, tan valiente y que no busca en todas las cosas más que la gloria del Rey, su Padre!»

«—En otro tiempo —dijo Albert—, el Rey de las Luces aceptó en todo el rigor de la ley la responsabilidad que sobre sí tomó el Príncipe del delito de George. Cumplió su palabra y encadenó a la sierpe. Dio aviso al Rey. Su Majestad mando al Príncipe que bajo su responsabilidad la devolviese a su antigua prisión de Bellas Flores. Mas cuando mi Señor quiso ejecutar esta orden, el monstruo había desaparecido.

«¡Cuál sería la indignación del Rey! El Príncipe aparecía sus ojos como un infiel George. Su inflexible justicia ordenó que fuese juzgado por un tribunal de guerra, y que estuviera en el monte de la Mirra entre tanto se instruyese este proceso. Fácil hubiera sido a mi Señor ofrecer que encadenaría de nuevo a la sierpe, y el Rey se hubiera dado por satisfecho, pues sabe que siempre cumple lo que promete. Pero por esta vez calló y guardó un doloroso silencio. Tú habías huido de su lado voluntariamente: ¿cómo arrancarte por la fuerza de la morada que te habías escogido? Esto hubiera sido necesario para encadenar a la sierpe que seguramente se había fortificado en ella. Arrancarte por la fuerza no satisfacía su amor; quería en ti una esposa, no una prisionera. Perderte con sus enemigos lo rehusaba la nobleza de su corazón. Calló, pues, y se dejó tratar como culpable».

«—¡Cómo culpable él! —dijo Candy bañando a su rostro con su llanto—. No, yo soy la culpable. ¡Que sea contra mí esa sentencia! ¡Que me juzgue a mí ese tribunal!» Candy cesó de hablar interrumpida por el exceso de sus lágrimas. Su dolor era tan grande tan sincero, que Albert juzgó necesario aplicarle algún lenitivo, y le dijo con paternal ternura. «—¡Ahora, hija mía, ahora que has devuelto a tu Esposo la vida con tu amor, él se levantará como león fortísimo, emprenderá de nuevo la guerra contra sus enemigos, volverá a encadenar a la sierpe, satisfará con esto al Rey su Padre y alcanzará su permiso para desposarse contigo! —¿Qué es lo que dices? ¡Será esto posible! —exclamó Candy—. Anthony mío, Anthony mío, ¡cuán caro te ha costado el amarme! ¡Mi amor solo te ha traído penalidades! ¡Yo no he sabido corresponderte, he pagado tus finezas con ingratitudes! ¡Pero ya no será así! ¡Antes morir! ¡Yo lo prometo delante de ti! ¡Oh, Albert! ¡Oh, amigo mío! En prueba de ello ofrezco obedecerte en todo, porque estoy segura de que eres el fiel intérprete de la voluntad de mi Dueño».


Finalmente encontramos una nueva versión de Candy, más madura, responsable y aparentemente mas fiel.

Gracias por leer, ¡nos vemos la próxima!