Stiles dejó la residencia Stilinski con la garganta reseca y dolorida de tanto hablar. Algo que no creía que fuera posible, porque se suponía que a estas alturas de su vida su garganta ya tenía que estar más que acostumbrada a estar trabajando todo el tiempo. Pero, según parecía, tenía unos límites.

Y lo cierto es que la conversación con su padre había sido una de las más largas e intensas de toda su vida. Porque, pese a que se había tomado las novedades de manera sorprendentemente bien (Stiles apostaba a que parte era debido a que hacía 5 horas que su padre creía que no volvería a verle con vida, y al lado de eso cualquier noticia era buena), también se había quedado con ganas de saber más… De saber mucho más.

Saber por ejemplo lo que podía hacer con sus nuevas habilidades (le pidió incluso que hiciera alguna demostración), o todo lo que había tenido que ocultar desde que su mejor amigo fue mordido por Peter… Y ahí fue cuando Stiles no tuvo más remedio que repasar, casi día a día, todo lo que realmente ocurrió cuando le decía que estaba en casa de Scott, simplemente pasando la noche.

Así que sí. Se podría decir que fue una larga e intensa charla, con momentos trágicos al recordar las veces que Stiles deseó decirle la verdad pero no poder hacerlo; pasando por otros más tensos, cada vez que su padre le recordaba lo idiota que había sido, y que iba a pensar seriamente en el castigo que le impondría. Porque iba a recibir un castigo, de eso estaba seguro.

Finalmente, fue el propio cansancio el que dio fin a la conversación. Cuando John Stilinski ya había dado unos cuantos bostezos nada discretos, Stiles le convenció para que se fuera a la cama a descansar un poco, prometiéndole que él también iba a dormir.

Y realmente ese había sido su plan: Encerrarse en su cuarto y dormir durante horas, incluso días, una vez hubiera llamado a Scott para asegurarse de que Derek seguía bien.

Pero cuando la respuesta de Scott no se limitó a un "tranquilo, tío, Derek sigue durmiendo", sino que en vez de ello fue "tranquilo, tío, Derek se despertó hace un rato y se fue a su loft", Stiles no tuvo más remedio que cambiar de planes.

Por supuesto, después de llamar a su amigo de todo, porque en teoría Scott le había prometido que le llamaría en cuanto Derek hubiera despertado.

Y así fue como Stiles se encontró dejando una nota a su padre en el frigorífico, diciéndole que iba a visitar a Derek, y subiendo a su jeep. En un principio estuvo tentado de no decírselo, porque sabía que no le haría gracia saber que su hijo estaba con el "enemigo público número uno". Pero al final optó por hacerlo, recordándose eso de que las mentiras se habían acabado, y escribiendo al final de la nota un "sólo quiero asegurarme de que está bien, luego te llamo", que esperaba enfriara un poco la tensión.

De camino al loft, pese a que el viaje no era excesivamente largo, Stiles empezó a pensar.

No podía evitarlo. Siempre había sido su mayor cualidad y su peor defecto: Siempre estaba pensando. Sobre todo cuando estaba sólo e iba de camino a ver a Derek. El hombre al que torturó durante horas, haciéndole creer que ya no le consideraba su Alfa.

Stiles revivió una vez más lo que había ocurrido la última vez que estuvo con Derek aún consciente. Cuando por fin, viendo que sus amigos habían llegado, y que la manada de Helena había sido apresada, podría rebelarse.

Rebelarse era algo que, realmente, podía haber hecho desde el momento en que se puso la camiseta de Derek. Y lo más gracioso es que nunca pensó que pudiera resultar tan efectivo. Porque, si fue a buscarla a su habitación aquel día, después de haber dejado inconsciente a Derek en su loft tras haberle atacado con el acónito; realmente lo hizo con la intención de tener un recuerdo de él.

Sabía que en cuanto se reuniera con Helena y su manada, ya nada dependería de él. Que al estar cerca de ella, por culpa de su unión con el Alfa, tendría que obedecerla sí o sí. Sabía que su vida sería completamente distinta a partir de ahora, y que jamás volvería a ver a Derek ni a su padre.

Por eso decidió llevarse unos cuantos recuerdos que, esperaba, le ayudarían a tener cerca retazos de la vida que un día tuvo. De su padre cogió el reloj que le regaló cuando cumplió los 16. De su madre una fina cadena de oro que hasta ahora siempre había guardado en un pequeño joyero. Y de Derek cogió la camiseta manchada de sangre que se olvidó aquel lejano día en que todo era tan distinto… y que nunca tuvo intención de devolverle. Sobre todo porque por aquel entonces ya sabía que el flechazo que tenía por el hombre lobo feroz no era normal y que, intuyendo que jamás sería correspondido, al menos podía quedarse con algo de él.

Y en cuanto se puso la camiseta, todo cambió.

Podía sentir el olor de Derek pegado a su cuerpo, y era como si el propio hombre estuviera allí, con él. Y estando como estaba en esos momentos, en su habitación y a solas, por una vez tuvo la ocasión de pensar por sí mismo.

Lo primero que pensó, lo único que pensó, fue que Derek era su Alfa. Puede que no le hubiera mordido él. Que no fuera un hombre lobo gracias a él. Pero sí era la persona que le mantenía cuerdo. Quien le hacía ser como era. Quien le daba valor y fuerzas para enfrentarse a cualquier peligro.

Era algo que ya sabía desde que comprendió que su vida iba a ser como la de un grupo de superhéroes, y que más le valía acostumbrarse a ello y no quedarse bloqueado por el miedo. Pero lo gracioso es que jamás tuvo problemas para reaccionar. Porque a su lado siempre estaba Derek. Alguien que confiaba en él como pocas personas habían hecho en su vida… Y si no estaba del todo seguro de que pudiera enfrentarse al psicópata de la semana, porque sólo era un humano debilucho y asustadizo; de seguro que al menos lo iba a intentar, para demostrarle al hombre que había hecho bien en confiar en él.

La confianza entre los dos no hizo sino crecer desde entonces. Así como el apoyo mutuo que se ofrecieron el uno al otro en los momentos de debilidad. Sobre todo a raíz de dar un paso más en su relación.

Pero cuando Helena le mordió y pasó a formar parte de su vida, Stiles pensó que todo aquello había acabado para siempre. Que el hecho de que Derek ya no fuera su Alfa, le impedía estar con él del modo en que siempre había soñado. Sobre todo cuando Derek no mostró la solidaridad hacia la mujer que Stiles esperaba, sino que directamente la acusó de todos los males del mundo…

Y aunque Derek tenía razón (tenía que haberlo sabido desde el principio, porque en asuntos del hombres lobos y de Alfas él sin duda era el experto), Stiles no reaccionó muy bien que digamos. Por ello cada discusión que siguió, cada silencio o incluso cada ataque, no fueron sino pequeños pasos que le alejaban de su verdadero Alfa, y le acercaban más a aquella mujer que sólo quería hacerles daño.

Y cuando comprendió cuán equivocado estaba, descubrió que ya era tarde. Que por culpa de su cabezonería y su obsesión por intentar ayudar a todo el mundo; había perdido la posibilidad de disfrutar de una vida plena al lado del hombre al que más quería en el mundo.

Pero entonces ocurrió el milagro.

Porque fue ponerse aquella camiseta sucia (nunca la lavó), y sintió que la conexión con Helena se debilitaba. Seguía estando allí, sí, y podía oír como le llamaba para que se reuniera con los demás. Pero por encima de su llamada notaba la presencia de Derek, como una especie de ancla con la realidad.

Mi ancla eres tú.

Fue lo que le dijo aquella primera noche de luna llena. Cuando temía perder el control a la hora de transformarse, y Derek le pidió que se aferrara a su ancla. Stiles no lo dudó ni un instante. Le dijo que su ancla era él… Y ahora que de nuevo la sentía, fuerte y firme, se dio cuenta de lo estúpido que había sido por no haberse dado cuenta de ello antes. Por no haber comprendido que, por muy poderosa que fuera Helena y por mucho que hubiera sido ella la que le había transformado, la conexión que sentía con Derek era mucho más fuerte.

Aquel día, cuando comprendió lo que ese descubrimiento implicaba, comenzó a forjar un plan en su mente.

Y aunque todo su instinto le decía que volviera con Derek para asegurarle que podía luchar contra Helena, sabía que no podía arriesgarse. Porque por muy seguro que estuviera ahora de rebelarse ante ella, no podía cometer otro error. Y por supuesto, no podía arriesgarse a enfrentarse a ella con Derek y los demás a su lado, para al final descubrir que realmente no podía desobedecer sus órdenes... Aquello le pondría en la misma situación que tuvo lugar en el bosque, cuando ni siquiera podía moverse pese a las ganas que tenía, y sería demasiado peligroso tanto para él como para todos los demás.

Por eso, debía ir con cautela.

Lo primero que hizo fue cubrir todo su cuerpo con aquel extraño polvo rojo que Helena le dio la primera vez que se reunieron a escondidas, para ocultar el olor del Alfa a los demás. No tenía muy seguro de si funcionaba sólo para ocultar el olor de Helena, o si por el contrario valdría con todos los Alfas. Ojalá fuera así, pensó. Tanto para ayudarle a seguir con su plan, como por la satisfacción de poder usar una de sus propias armas contra ella.

Una vez estuvo satisfecho con el resultado, se puso la camiseta de Derek, encima una camisa más holgada de cuadros... Y cruzó los dedos.

Cuando se reunió con ella, comprobó aliviado que el truco había funcionado. Helena no reaccionó de manera distinta, ni su parte animal se enfureció al notar la presencia de otro Alfa en uno de sus Betas… Exactamente como le ocurrió a Derek cuando se presentó en su casa, sin sospechar en ningún momento que Stiles venía de ver a la mujer.

Y eso era muy bueno.

Porque significaba que podría hacerlo. Que notando el aroma de Derek cerca de él, sólo era cuestión de engañarla. Hacerla creer que era su Beta sumiso, y que podía ordenarle lo que quisiera… Hasta que llegara el momento clave para atacar.

Ese era sin duda el mayor problema: Que él pudiera rebelarse, no significaba que los otros Betas pudieran hacerlo. Y sabía que si actuaba antes de tiempo, sólo conseguiría que le mataran sin esfuerzo, y probablemente luego atacaran al resto de la manada de Derek, simplemente por castigo a su osadía.

Pero las cosas, por una vez, salieron mucho mejor de lo que esperaba.

Porque en cuanto se reunió con Helena, esta le contó sus planes. Se lo contó absolutamente todo, dando por hecho que le tenía controlado.

Le dijo que Derek no le dejaría marchar, y que por eso le iban a esperar. Que incluso le iban a dar una pequeña sorpresa, haciéndole creer que su pobre compañero había caído en una trampa, para que luego fuera su propio compañero quien le torturara hasta morir.

Y a partir de ahí, fue cuando Stiles tuvo que empezar su actuación.

Debía actuar como si aquello le doliera, porque no dejaba de tener que hacer daño a su compañero; pero en el fondo viéndose obligado a seguir sus órdenes, pues no dejaba de ser una orden de su Alfa.

Pero lo cierto es que nunca sintió ese deseo imperioso de seguir las órdenes de Helena. Que cada vez que él hizo lo que le estaba ordenando: apuñalar a Derek, darle descargas, culparle de todo lo que había ocurrido… nunca fue siguiendo sus órdenes. Nunca fue contra su voluntad.

Lo hizo porque necesitaba que ella creyera que le tenía controlado. Que no era peligroso.

Y no lo sería hasta que no llegaran los demás. Porque sólo con la ayuda de toda la manada de Derek, podrían acabar con ella.

Y cada hora que tuvo que esperar a que llegaran... Cada minuto agónico en el que tuvo que hacer daño a Derek, rezando porque por favor llegaran los demás; fueron los más difíciles de toda su vida…

Las lágrimas que derramó mientras le torturaba, fue lo único que Stiles no fingió. Pero mientras Helena y Derek asumían que eran consecuencia de tener que hacer algo que no deseaba, pero que se veía obligado a hacer; realmente eran lágrimas de alguien que sabía que podía negarse en cualquier momento, pero que tenía que seguir con aquella farsa.

Y cuando Helena le entregó la pistola cargada con ese poderoso veneno matalobos, no lo dudó un segundo.

Cuando disparó a la mujer en pleno corazón, sintió que le quitaban el peso del mundo sobre sus cansados hombros.

Todo aquello había ocurrido hacía menos de diez horas.

Stiles tenía la sensación de que en cuestión de segundos iba a caerse al suelo, tan agotado que ni siquiera podía sostener el peso de su cuerpo.

Pero sabía que antes quedaba una cosa por hacer.

Que antes de poder descansar, tenía que enfrentarse a Derek… Otra vez.

En el fondo albergaba la esperanza de que no hiciera falta. De que no tuviera que explicarle todo, porque él ya lo entendía… Y por el modo en que le miró cuando descubrió su camiseta, o cuando se abrazó a él después de matar a Helena, todo parecía indicar que sí.

Pero eso no significaba que Derek no fuera a echarle la bronca y a decirle un enorme TE LO DIJE, antes de recordarle todas las meteduras de pata que había cometido en las últimas semanas: Desde mentirle o no hacerle caso cuando le dijo que no se acercara a ella, hasta llegar a directamente confiar en la que no podía ser descrita de otra manera que como la semilla del mal…

Stiles abrió la puerta del loft con las copias de las llaves que Derek le dio hace tiempo. Le extrañó que el hombre no le estuviera recibiendo a pie de puerta. Incluso, con su oído, podría haberlo hecho en la entrada del edificio, en cuanto hubiera oído el característico sonido del motor de su jeep.

Al menos, eso es lo que habría hecho él si la situación fuera a la inversa, de las ganas que tenía de ver al hombre.

No quiso plantearse por qué no estaba ocurriendo aquello, y porqué su bienvenida estaba siendo tan silenciosa. ¿Acaso Derek realmente no quería verle? ¿Seguía enfadado por lo que Stiles había hecho? ¿O tal vez era que seguía oliendo a Helena y no soportaba estar cerca de él?

Al final, gracia a Dios, no fue nada de eso.

Y la explicación a la bienvenida silenciosa, fue una mucho, mucho más sencilla.

Cuando Stiles entró en el loft, localizó rápidamente al Alfa en la cama.

Estaba tumbado.

Y estaba durmiendo.

Soltando un suspiro de alivio, el chico dejó las llaves en la mesa del salón sin hacer ruido.

En el fondo tendría que haberlo imaginado: El que Derek hubiera despertado en la clínica y tuviera fuerzas suficientes como para irse a su casa, no significaba que estuviera cien por cien recuperado… Sólo que quería estar en su propia casa, a solas, sin estar rodeado de toda una manada que, por mucho que apreciara su apoyo y sus ganas de cuidarle, había que reconocer que a veces eran un poco cargantes.

Sobre todo desde el punto de vista de su Alfa. Un hombre acostumbrado a no hablar, para quien hasta hacía un mes su relación con su manada había sido cordial pero tirando a distante… Y que en cuestión de días había pasado de tener a unos Betas que le respetaban pero no eran muy dados a charlar con él (lo que Derek agradecía infinitamente), a tenerles detrás de él constantemente, preguntándole si estaba bien o si necesitaba cualquier cosa.

Sí. Stiles comprendía muy bien por qué había querido venir a casa, aunque sólo fuera para dormir.

Y aunque aquella no fuera la bienvenida que se hubiera esperado (después de todo habían estado a punto de morir, y Stiles había hecho cosas muy feas de las que necesitaba hablar sí o sí), se centró en la parte positiva.

Y esa era que Derek estaba allí, vivo, en apariencia sano, y que estaba tan relajado que incluso había podido dormirse en… ¿Una nueva cama?

Porque aquella cama, que se la veía la mar de cómoda, la verdad, no era la que había visto la última vez que estuvo allí.

Se preguntó qué le habría pasado a la anterior, y quién habría comprado esa nueva cama, mucho más grande y mullida que la anterior. Pues no se imaginaba a Derek haciendo algo tan aparentemente innecesario como era comprar un sitio donde dormir a gusto.

No queriendo perder más tiempo pensando en lo que podría haber pasado con la cama, o imaginándose quien de todos la compró (intuía que Isaac, más que nada porque era el que tenía cuenta propia con el dinero que Derek le daba cada mes, y porque no dejaba de ser el más pelota de todos), Stiles se quitó las playeras y los calcetines.

Se sentó en el borde de la cama con mucho cuidado, no queriendo despertarle, y contempló al hombre en silencio durante unos segundos.

Estaba tumbado boca abajo, con las manos debajo de la almohada, y no se había quitado la ropa. Ni siquiera se había molestado en deshacer la cama y meterse debajo de las sábanas. Pero aquello daba lo mismo después de todo. No es que los hombres lobo pudieran coger un resfriado, siendo estufas andantes como eran.

La palidez de la cara había desaparecido, y a todas luces parecía que simplemente estaba durmiendo. Incluso su expresión, o lo poco que podía ver de ella y que no estaba oculta por la almohada, era la de alguien relajado. Cansado, agotado, pero al menos en paz.

O eso es lo que quería pensar Stiles.

Porque Dios sabía que Derek se merecía tener un poco de paz después de todo lo ocurrido.

Sintiendo que se le humedecían los ojos, porque por un instante pensó que jamás volvería a verle así de relajado… o directamente verle; Stiles se tumbó en la cama. Colocándose de lado, se obligó a no pegarse al cuerpo de Derek por muchas ganas que tuviera. No quería despertarle por nada del mundo. Sabía que estaba más que necesitado de unas cuantas horas… días de descanso.

Lo que sí que hizo, sabiendo que lo necesitaba más que el respirar, y que si no lo hacía no terminaría de creerse que estaba con él; fue inspirar con fuerza y llenarse del olor de su Alfa.

Apenas llegó el aroma único de Derek, Stiles dejó que inundara todo su cuerpo y, sonriendo, cerró los ojos.

Un segundo después ya se había quedado dormido.

Derek Hale tardó en darse cuenta de que no estaba soñando.

Cuando abrió los ojos, ver a Stiles a su lado, durmiendo plácidamente, no era precisamente lo que había esperado encontrarse.

Aquella era una escena que no había tenido muchas ocasiones de contemplar, pues eran contadísimas las veces en que Stiles se quedaba a dormir. Y la mayoría de esas veces se despertaban con esa dichosa alarma, recordándoles que Stiles tenía que ir al instituto.

Y teniendo en cuenta que la última vez que había visto al chico, estaba en los sótanos de su antiguo hogar con el cadáver de Helena a sus pies… encontrárselo ahora en la cama, como si no hubiera pasado nada, era más que extraño.

Pero entonces Derek recordó haberse despertado en la clínica veterinaria, rodeado por todos sus Betas. Y recordó cómo todos ellos le abrazaron, literalmente, siendo aquel el momento más emotivo e incómodo que había experimentado en toda su vida.

Sobre todo porque Jackson también le estaba abrazando, incluso con lágrimas en los ojos; mientras que Erica le decía que prometía ser buena, pero que por favor no les abandonara jamás.

Derek mentiría si dijera que no había esperado recibir aquella muestra de cariño algún día. Y tal y como habían ido las cosas en los últimos días, ya no le quedaba ninguna duda de que por fin eran una manada de verdad. Con unos Betas que apreciaban a su Alfa, y un Alfa que estaba dispuesto a arriesgar su vida por su manada.

Aun así, para alguien que no estaba acostumbrado a ser abrazado (el único al que le permitía hacerlo era Stiles, y con cuentagotas), la situación empezaba a ser un tanto cargante. Por eso, con la mayor diplomacia que fue capaz de reunir, e incluso sonriéndoles de manera no amenazante, les aseguró que estaba bien. Que no se preocuparan. Que era mucho más duro de que lo que creían, y que no pensaba abandonarles nunca.

Fue entonces cuando sus Betas tuvieron a bien informarle de todo lo que había pasado desde que perdió el conocimiento: Chris Argent se había encargado del cadáver de Helena. Y mientras Deaton le estaba curando, llevaron a sus nuevos Betas a la estación abandonada de trenes. En un principio habían pensado llevarles directamente al loft, pero al final prefirieron esperar a que fuera el propio Derek quien decidiera dónde iban a quedarse… Y según les comentaron los antiguos Betas de Helena, los vagones de tren era lo más cómodo donde habían dormido en años, con lo que no les importaba quedarse allí unos días, descansando, hasta que su nuevo Alfa se recuperara y empezaran a hablar de planes de futuro.

Stiles fue el último del que le hablaron. Le dijeron que sólo se separó de su lado cuando llegó el Sheriff, y que sólo accedió a irse cuando los demás le convencieron de que Derek estaba bien y que le mantendrían vigilado.

Por último Scott le contó, con cierto temor, que le había recomendado que tuviera una larga charla con su padre en la que le contara todo. Absolutamente todo.

Lo dijo muy despacio, casi temblando, como si esperara a que Derek se le echara encima al descubrir la noticia.

Nada más lejos de la verdad.

La última vez que Derek habló con el Sheriff, si es que aquello podía ser considerado una charla, estuvo más que tentado de decirle la verdad él mismo. Sabía que sería la única manera de que le creyera y dejara de involucrarse en un asunto que, con toda probabilidad, lograría que el padre de Stiles acabara muerto.

Pero no podía hacerlo. Aunque sólo fuera porque, después de todo lo que Stiles había vivido desde que regresó a Beacon Hills, revelarle el secreto a su padre era algo a lo que sólo él tenía derecho.

Por eso, Derek no tuvo más remedio que mentirle al Sheriff. Otra vez. Hacerle creer que Helena tenía retenido a Stiles y que su intención era la de regresar a Philadelphia, con lo que debían vigilar las carreteras, así como la residencia que la mujer tenía a su nombre en la otra ciudad… En resumen, distraerle y alejarle todo lo posible del bosque y de Beacon Hills, que era donde estaba convencido seguía Stiles.

Y sí. Derek sabía que cuando el Sheriff se enterara de que le había engañado vilmente, a lo que se añadía el detalle de que Stiles era un hombre lobo… iba a enfrentarse a un John Stilinski muy cabreado.

Pero no se arrepentía de nada.

Todo había salido bien: El Sheriff no había corrido peligro en ningún momento. El problema de Helena estaba erradicado. Y había ganado cuatro Betas nuevos que, según le había dicho Boyd, le agradecerían de por vida la oportunidad que les había dado.

Pero lo más importante, Stiles volvía a estar con él.

Cuando le quedó claro que no estaba soñando, y que Stiles se había presentado en casa mientras dormía, Derek tuvo una extraña sensación.

Al principio pensó que, cuando todo acabara, se sentiría alegre, eufórico incluso. Pero no era eso lo que estaba sintiendo. Y ni siquiera había esa tristeza o dolor que experimentó mientras Stiles le torturaba…

Porque ahora que sabía la verdad, que Stiles había hecho aquello para salvarles la vida a todos, no tenía sentido recordar aquello. Algo que sólo había sido un engaño. Que no tenía nada que ver con la realidad.

Porque la realidad era justo lo que ahora estaba viendo: A un chico increíble que había conseguido escapar del control de una de las Alfas más poderosas que existían, gracias a una simple camiseta vieja manchada de sangre. Un chico que, después de hacer lo correcto, una vez más, y contarle a su padre toda la verdad, había vuelto con él. Había vuelto a su casa y se había tumbado en su cama y se había dormido.

Como si aquello fuera algo que hiciera todos los días.

Y al experimentar por primera vez algo en apariencia tan mundano, pero que hasta ahora le había sido denegado… Derek se sintió increíblemente liviano. Sin nada de preocupaciones o problemas o culpabilidades del pasado. Simplemente, disfrutando de la compañía de la persona a la que estaba unido de por vida.

Tal vez fue aquello lo que le impulsó a hacer algo, en lo que hasta ahora nunca había pensado.

Porque cuando comprendió que no iba a seguir durmiendo, pero que tampoco tenía intención de despertar a Stiles; fue a la cocina a preparar algo de comer.

Y de acuerdo que cocinar nunca había estado entre sus preferencias cuando vivía en una casa quemada o en un vagón de tren… principalmente porque ambas residencias no contaban con una cocina… Pero eso no significaba que no supiera hacerlo. O, al menos, que no pudiera intentarlo.

De pequeño siempre le gustaba ayudar a su madre a preparar la cena. Y aunque su ayuda solía consistir en pelar kilos y kilos de patatas (dar de comer a trece personas requería mucho tiempo y esfuerzo), al menos aprendía algo viéndola trabajar.

Y ahora que se sentía con ganas de hacer cosas mundanas, Derek decidió que cocinar sería lo primero.

Abrió la nevera y sonrió al ver que todas las baldas estaban repletas de comida. Estaba claro que Isaac, además de comprar la cama nueva, había aprovechado para hacer la compra.

Intentando no hacer mucho ruido para no despertar a Stiles, el hombre empezó a sacar verduras y kilos de carne.