Ay mi bien, qué no haría yo por ti, por tenerte un segundo, alejados del mundo y cerquita de mí.
Shakira.
Aioria~
Aioria trataba de no pensar en la advertencia de Shaka, ya que no le servía de nada. Lo único que su cuerpo había considerado hacer fue lanzarse para evitar que Camus se pegara en la cabeza con la esquina de un mueble y, en cuanto sus manos lo sostuvieron, el cuerpo de Acuario empezó a succionar su energía. No le había quedado de otra más que encender su cosmos para no desmayarse él también.
Por alguna razón lo único que tenía sentido era que el hombre en sus brazos sobreviviera a lo que fuera que le estaba pasando. No cabían ya consecuencias, lidiaría con ellas conforme fueran llegando pero, al parecer, tenía el respaldo de Shura en ese asunto y eso lo tranquilizó un poco.
Cerró los párpados y en seguida conectó con ese sutil dolor que padecía el cuerpo de Camus desde hacía días, él podía aguantar por unos momentos. Después de varios minutos, reconoció a Fleur a lo lejos pero ni así se movió. Empezaba a recordar esa sensación, todo su cuerpo lo hacía. La imagen de Shaka en su habitación pronunciando unas palabras que no entendía lo llenaron de rabia, la misma que surgía ahora cada que lo veía.
¿Por qué él, de entre todos, lo había traicionado, tan poca confianza inspiraba, tan débil le parecía?
Dos lágrimas empezaron a caer y a evaporarse en sus mejillas hasta que no quedó nada. El dolor en su corazón fue tan intenso que se agarró a lo único que tenía a su alcance. Ya no quería seguir perdiendo a nadie. Ya no permitiría que nadie lo hiciera menos. Él no era su hermano, nunca podría ser tan grande, ni traicionar a nadie; así como todos se habían apresurado a enjuiciarlo, lo más seguro es que una injusticia mayor hubiera caído sobre el nombre de Aioros. Ya estaba más que cansado y harto de tener que demostrarle al mundo que era cuanto menos alguien digno.
La sensación de desvalía y soledad, que lo calcinaba por dentro, era tan abrumadora que hubiera caído fácilmente en la rabia y el auto-desprecio de no ser por la briza fresca que empezó a llamar y a tranquilizarlo. El león pensó enseguida en huir para no caer de nuevo en esa cruel fantasía pero una fría mano acariciando su mejilla hizo que regresara a la realidad.
Sus ojos se vieron atrapados por esos témpanos azules que antes le habían parecido vacíos de toda vida y expresividad, dejándolo congelado en el tiempo mientras su corazón empezaba a latir con acompasada fuerza y renovada energía.
Entonces comprendió lo que Camus siempre estaba viendo: el efímero y elusivo presente. Y comenzó a sentir que sólo ese instante era el que importaba, sólo era esa pequeña misión la que tenía que cumplir.
En lugar de irse, Aioria tomó la mano que había aterrizado en su rostro y se aseguró de que no se apartara antes o después de que cerrara los ojos. Camus seguía luchando y él no debía distraerse con la influencia de los recuerdos. Se enfocó en esa fría mano y, por un largo tiempo, ambos caballeros conservaron la misma posición; formando una extraña escultura humana que hizo a Fleur sonrojar, sin que esto la hiciera apartar la vista por la preocupación.
Hester no entendía la escena que encontró. Se acercó lentamente a la doncella, que también parecía una silenciosa estatua en el onceavo templo, y la sacó de su transe pero, por su cara, era claro que ni ella entendía lo que estaba pasando.
Fleur no quería moverse del lugar y temía que cualquier palabra rompiera la extraña atmósfera que se había formado. Recordó entonces una de las órdenes de Camus para emergencias y la doncella del templo tomó a la recién llegada para llevarla a otro sitio. No debía reportar nada porque el Caballero de Capricornio ya estaba al tanto de la situación y lo único que quedaba por hacer era ponerse en cubierto y estar al pendiente por si sus servicios volvían a ser requeridos.
— ¿Qué está pasando? —preguntó Hester casi igual de pálida que Fleur.
— No lo sé, lleva así dos días o más —susurró.
— Creí que el señor Milo era el único —Hester imitó el tono de Fleur.
— ¿También el señor Milo?
— Sí, pero no llegó a estar así.
Cuando Shura las encontró, ambas doncellas quedaron petrificadas por su sombra.
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