Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


21| UNA CARTA Y LOS SUEÑOS


Naruto necesitaba consejo urgentemente, y no podía acudir a la única persona del mundo en la que confiaba más que en cualquier otra, porque el consejo tenía que ver con ella. De modo que fue a visitar al duque de Uchiha: pasó por su finca campestre antes de proseguir camino hacia Londres.

—Permíteme que te sirva un whisky —le dijo el duque—. Me lo envía mi primo desde Texas. Es bastante fuerte, y tengo la impresión de que no te vendría mal en estos momentos.

Naruto aceptó la copa asintiendo con la cabeza. Luego le habló de la carta que la primera condesa le había dejado a Hinata, y le contó que la había leído recientemente. No especificó por qué había tardado tanto y el duque no preguntó. Naruto sospechaba que, habiéndose visto en su día rodeado por el escándalo, el duque era menos propenso a inmiscuirse en los asuntos ajenos y solía conformarse con la información que le proporcionaban.

—Lo han localizado —concluyó Naruto—. Va camino de Londres, donde me reuniré con él.

Sasuke se quedó inmóvil, sosteniendo la botella en un ángulo precario.

—No puedo asegurar que a mí me entusiasmara la repentina resurrección de mi hermano mayor.

Naruto negó con la cabeza.

—No tengo problema en que se le entregue lo que le corresponde legalmente.

El duque terminó de servir las copas y le ofreció a Naruto su vaso.

—Te aconsejo que le des un buen trago.

Naruto lo hizo, y pensó que se le incendiaba la garganta. Los ojos se le llenaron de lágrimas antes de que pudiera impedirlo.

—¡Cielo santo!

—Cuando te acostumbras, entra bien —dijo Sasuke—. Toma asiento.

Naruto se sentó en una de las butacas de orejas que había delante de la chimenea. El fuego proporcionaba un agradable calor, pero él seguía helado. Empezaba a preguntarse si se quedaría así para el resto de su existencia.

El duque se sentó en la silla de enfrente. No presionó a Naruto para que hablara; se limitó a permanecer sentado en silencio, observando, esperando a que el conde ordenara sus pensamientos, porque sin duda ya se había dado cuenta de que no era de la aparición del heredero de lo que Naruto quería hablarle.

No le quedaba más remedio que soltarlo sin más.

—Me he enamorado de Hinata.

—La noticia no me sorprende. Lo imaginé cuando estuvimos en Uzumaki Hall. Naruto sostenía el vaso entre las manos y estudiaba la forma en que la luz del hogar jugaba con su contenido. Miro hacia la ventana la noche se veía estrellada. Aquello le recordaba mucho al cabello de Hinata. La condesa no agradecería semejante comparación, pero últimamente todo le recordaba a ella.

—No conozco bien las leyes y normas que afectan a la aristocracia, pero tengo entendido que si una mujer plebeya se casa con un aristócrata y él muere, ella conserva el título, pero si luego ella contrae matrimonio con un plebeyo lo pierde.

—Sí, eso es. Confiaba en no haber entendido bien el funcionamiento de las jerarquías nobles.

—Hinata tenía dos razones para no casarse conmigo: que no podía darme un heredero y que deseaba ser duquesa. Por una era generosa, por la otra egoísta.

—Miró a los ojos al duque—. Tú la conoces hace más tiempo que yo. En una ocasión me dijo que prefería morir a volver a ser plebeya. ¿Crees que lo decía en serio?

Sasuke le dedicó una mirada de lástima.

—Da igual —dijo Naruto mientras se ponía de pie—. No hace falta que respondas. Los dos sabemos lo mucho que valora formar parte de la nobleza.

Se acercó a la chimenea, apoyó una mano en la repisa y contempló las llamas danzarinas.

—No sé muy bien por qué he venido aquí. Sabía la respuesta antes de entrar por la puerta. Ya no necesito un heredero, pero si se casara conmigo tendría que renunciar a lo que tanto valora. —Negó con la cabeza—. No puedo pedirle eso.

—¿Qué pierdes con preguntarle? —inquirió el duque—. Quizá te sorprenda.

«O me parta el corazón.»

—Lleva ya algunos meses sorprendiéndome... gratamente.

Bebió un trago de whisky. Ya no le quemaba tanto, pero seguía calentándole el cuerpo entero.

—Nunca ha sido realmente mía —dijo en voz baja—. Incluso cuando lo era, no lo era. Me he acostumbrado de tal forma a tenerla en mi vida que había olvidado que sólo la tenía en préstamo. —Terminó su bebida y se volvió hacia el duque—. No voy a echar de menos vuestro mundo.

Se dirigió a la residencia principal de Londres, donde había vivido Hinata. Aunque había estado cerrada durante el invierno, como los sirvientes la preparaban para el invitado, podía percibir la presencia de la condesa dondequiera que fuera. Durmió en su cama, que incluso con sábanas limpias seguía oliendo a ella. Sonrió al ver su libro en francés. Encontró los patines guardados en un rincón como si tuviera previsto volver a utilizarlos.

Recorrió la casa capturando imágenes de ella con las que llenar los poquísimos lugares de su memoria en los que no se alojaba ya. Finalmente, se dio cuenta de la inutilidad de su cruzada, pues jamás llegaría a saciarse por completo de ella. Su mente siempre haría hueco, siempre encontraría espacio para un poco más.

Aquel empeño inútil no hacía sino posponer lo inevitable.

De modo que decidió revisar los libros de cuentas para asegurarse de que todo estaba en orden y podían entregarse sin problemas al conde legítimo cuando llegara. Consideró mil veces la posibilidad de volver a Uzumaki Hall, comunicarle a Hinata que habían encontrado al heredero, explicarle las decisiones que debían tomarse y ofrecerle la posibilidad de elegir: él o el ducado.

Él y su vida sencilla en el campo, su escuela y sus alumnos de mentes jóvenes y despiertas, el bromista de su hermano y su hermana casada y otra vez embarazada. Hinata y él podían cuidar de las hijas de Karin, de los chicos de la escuela. Habría niños en su vida, aunque no procedieran de su vientre.

Pero tendría que sacrificar su título. Completa y absolutamente. No sólo no sería nunca duquesa sino que además dejaría de ser condesa. ¿Cómo iba a pedirle que renunciara a todo lo que valoraba?

No podía hacerlo.

¿Cómo iba a ponerla en el aprieto de romperle el corazón? Tampoco podía hacer eso.

De modo que se enterró en los libros contables y ahogó sus penas con todo lo que encontró en el mueble bar. Prescindió de las comidas que le trajeron. No tenía apetito, ni podía dejar de pensar en lo paradójico de la situación.

En primavera, la habría perdido de todas formas... por el duque de Senju. Sin embargo, habría podido convencerse de que se casaba con el duque porque Naruto necesitaba un heredero que ella no podía darle. Ahora ya no tenía excusa. Él ya no necesitaba un heredero, y en todas las noches que habían pasado juntos desde que descubrieron la posibilidad de que Nagato Uzumaki estuviera vivo, Hinata jamás había dicho: «Si lo encuentran y ya no necesitas descendencia, soy tuya».

Aunque tampoco él se había atrevido a preguntarle: «¿Qué pasará si lo encuentran y ya no necesito un heredero?».

—¡Ay, Hinata! —musitó rascándose la barba de varios días. ¿Cuándo se había afeitado por última vez? No lo recordaba. No recordaba nada que no fuera Hinata. Alzó el vaso—. Por tu felicidad, querida.

Al llevárselo a los labios, se dio cuenta de que estaba vacío, como lo estaría su vida sin ella.

Profirió un grito desesperado, nacido de lo más profundo de sus entrañas. De un manotazo, tiró al suelo los libros contables donde se recogía todo aquello que había sido suyo. Sabía que algún día el recuerdo de Hinata lo consolaría, pero aquella noche lo único que sentía era el dolor de una inmensa pérdida. Apoyó la cabeza en el escritorio y lloró desconsoladamente.

Nunca le había molestado la luz del sol, pero aquella mañana no soportaba el modo en que se colaba por las ventanas y se le metía en los ojos. Le dolía la cabeza y su boca albergaba un regusto de lo más asqueroso. Tenía el cuello rígido y dolorido, y los hombros tensos. Nunca se había sentido tan mal después de combatir un incendio, aunque los incendios sólo ponían en peligro su cuerpo, no su corazón.

En medio de gruñidos y quejidos, levantó ligeramente la cabeza y se la sujetó con una mano. Habría preferido usar las dos, pero el otro brazo se le había dormido y empezaba a despertarse ahora para sumarse a su desgracia.

—Toma, bébete esto —dijo una voz grave, y arrastrada.

Con gran dificultad, levantó los ojos entrecerrados para mirar al hombre que estaba de pie delante de él. Era alto y llevaba puesto algo que, aunque parecía un gabán, no lo era. Naruto centró la mirada en el vaso que el joven le ofrecía.

—¿Qué es? —dijo con voz de ultratumba.

—Mi remedio particular para la resaca. Sabe a rayos, pero aliviará un poco el daño que, a juzgar por todas esas botellas vacías, te has hecho.

—¿Qué tiene? —preguntó Naruto tendiendo la mano temblorosa para coger el vaso.

—Es preferible que no lo sepas. Tú bébetelo. Lo mejor es que te lo tomes de un trago conteniendo la respiración, para que no lo huelas y no te sepa tan mal.

Naruto siguió el consejo y se bebió aquel líquido espeso y nauseabundo de un trago. Lo recorrió un escalofrío. Al dejar el vaso en el escritorio, vio que los libros contables estaban ordenadamente amontonados a un lado. Volvió a mirar al desconocido.

—¿Y tú quién eres?

El desconocido se sentó en la silla, levantó una pierna y la puso sobre la otra, apoyando el tobillo en la rodilla. En el muslo depositó un sombrero que Naruto jamás había visto en el elegante Londres.

—Dímelo tú.

—¿El diablo... dispuesto a pactar?

El desconocido soltó una carcajada grave y sonora acompañada de un destello de sus ojos.

—Pactaría encantado el modo de salir de ésta si pudiera pero, según el viejo Shimura, no tengo elección.

—Eres el conde de Uzumaki.

Al joven desconocido se le enturbió el gesto.

—Eso me han dicho.

Con un profundo suspiro, se recostó en la silla, sorprendido al comprobar que se encontraba algo mejor.

—No tenía previsto que nos conociéramos en circunstancias tan bochornosas.

—A lo largo de los años, también yo he ingerido mis buenos whiskies, y no tan buenos. Espero que no haya sido el descubrimiento de mi existencia lo que te haya hecho recurrir a la bebida.

—No, no, en absoluto. Nunca me he sentido realmente cómodo en tu puesto. No lo echaré de menos, pero me preocupan algunos asuntos que quería comentarte, aunque me gustaría adecentarme un poco primero si no te importa.

—Claro que no me importa —dijo frotándose la mandíbula—. A mí tampoco me vendría mal arreglarme un poco.

—Pediré a los sirvientes que te lleven a tu dormitorio. ¿Te parece que volvamos a vernos aquí en una hora?

—Por mí perfecto.

—Estupendo.

Aunque no se sentía estupendo precisamente, Naruto no estaba seguro de que fuera por el alcohol, sino más bien porque, antes de que terminara el día, lo despojarían de todo aquello, y ya lo echaba de menos.

Naruto se había preparado para que el heredero no le gustara en absoluto, pero Nagato Uzumaki era un tipo de lo más agradable.

—¿Quieres comer algo? —le preguntó Naruto cuando volvieron a encontrarse en el estudio.

—Me muero de hambre.

—Pues vamos a pedir que te sirvan comida. Cualquier cosa que quieras, desees o necesites no tienes más que pedírsela a los sirvientes. Se encargarán inmediatamente de ello porque su trabajo consiste en complacerte y facilitarte la existencia lo máximo posible. Te los presentaré y te explicaré cuál es la tarea de cada uno.

—En el piso de arriba, un tipo quería vestirme —dijo Nagato sonriendo.

—Sería el criado personal del conde.

—Soy perfectamente capaz de vestirme yo solito. Tuve que apuntarle con el arma para que le quedara claro.

—¿Vas armado? —preguntó Naruto.

—Soy pacifista. Pero no voy a ninguna parte sin ella.

—Te aseguro que aquí no necesitarás un arma.

—Me siento desnudo si no llevo una en la cartuchera.

Hinata no iba a dar abasto con ese conde... De repente se dio cuenta de que pronto la condesa prestaría toda su atención al duque.

—No hace falta que te disgustes tanto por lo del arma —intervino Nagato—.Nunca la llevo dentro de casa.

—No, pensaba en otra cosa —dijo Naruto con una sonrisa forzada—. Vamos. El almuerzo debe de estar listo.

Se sentaron uno frente al otro, cada uno a un lado de un pequeño fragmento de la mesa en lugar de en extremos opuestos, porque el nuevo conde no quería tener que hablar a voces y que lo oyeran. A Naruto le gustaba cómo pensaba.

—¿Qué sabes de mi padre? —preguntó Nagato.

—No mucho. Yo no lo conocí.

Nagato lo miró algo sorprendido.

—Era primo tuyo, ¿no?

—Primo lejano, sí. Así que tú también lo eres.

—No debía de ser un hombre muy agradable, a juzgar por lo que hizo mi madre. O eso, o ella no sentía mucho aprecio por mí. No la recuerdo —negó con la cabeza—. Ni a él tampoco.

—Por lo que he podido averiguar, tu madre era una mujer muy bondadosa. Tu padre era un poco tirano. Su viuda podrá hablarte más de los dos, porque los conoció a ambos.

—¿Dónde está?

—En Uzumaki Hall, una de tus propiedades.

—¿Una de ellas?

—Tienes, tres. Luego te enseño los libros y te explico cómo funciona cada una.

—He echado un vistazo a algunos de los libros mientras dormías.

—¿Se te dan bien los números?

—Sí —respondió con desenfado.

—Estupendo. Eso nos facilitará la transición. —Temió que el nuevo conde pecara de optimista. Hinata desaprobaría el atuendo de aquel hombre: sus pantalones eran de un tejido que Naruto no conocía, su camisa parecía de algodón blanco y su corbata era poco más que hilo trenzado; no llevaba chaqueta ni chaleco.

—Háblame de la viuda —dijo Nagato.

—¿La viuda?

—La viuda de mi padre.

—Ah, sí, lady Uzumaki. Hinata. Es extraordinariamente bondadosa y generosa. Tu padre no la incluyó en su testamento. Antes de saber que estabas vivo, yo me ofrecí a pagarle veinte mil libras como muestra de gratitud por ayudarme a aprender mi papel de conde. Yo no poseo esa suma pero, si no tuvieras inconveniente en seguir abonándosela tú, yo te lo iría devolviendo. — Durante el resto de su vida para ser sinceros.

—En el barco, alguien me dijo que una libra es como cinco dólares.

—No tengo ni idea. Nunca he necesitado saber las equivalencias con la moneda americana —aclaró Naruto negando con la cabeza.

Nagato se recostó en la silla y estudió a Naruto.

—Eso es muchísimo dinero.

—Lo sé muy bien, pero ella lo merece. Va a casarse con el duque de Senju en primavera, pero hasta entonces la encontrarás muy útil.

—De acuerdo —dijo Nagato asintiendo con la cabeza—. Respetaré el trato al que llegaste con ella, pero no es necesario que me devuelvas nada. Lo consideraremos un gasto más de gestión de la finca hasta mi llegada.

—Como bien has dicho, es mucho dinero.

Nagato miró alrededor mientras agitaba el tenedor en el aire.

—No necesito nada de esto. Llevo trabajando desde los diecisiete años, y ahorrando. Tengo tierras y ganado. Admito que la casa que me acabo de construir no es tan elegante como ésta, pero es mía. Levantada con el sudor de mi frente. Yo mismo clavé muchos de los clavos. Aún no sé lo que hacer con todo esto, pero no creo que encaje.

—Confía en lady Hinata. Cuando haya terminado contigo, no te cabrá duda de que naciste para ser el dueño y señor de todo.

Hinata estaba sentada en la biblioteca, con el libro que leía en su regazo, atiborrado de pedazos de papel que señalaban las páginas en las que había encontrado palabras difíciles. Si los libros no fueran tan valiosos, si no los respetara tanto, habría marcado las palabras con un círculo en el propio libro. Sin embargo, había preferido escribirlas en una hoja aparte. No obstante, el procedimiento no le agradaba. Su frustración era creciente, igual que su furia.

¡Dos semanas! Naruto llevaba dos semanas fuera. Si hubiera sabido que iba a tardar tanto en volver, habría insistido en acompañarlo. Lo echaba de menos, muchísimo. ¿Cómo demonios iba a sobrevivir cuando se casara con otro hombre?

No era sólo el acostarse con él. Añoraba su presencia, aunque no estuvieran en la misma habitación: el solo hecho de saber que él andaba por ahí la tranquilizaba. Echaba de menos el modo en que se ponía un dedo sobre el labio cuando leía, y los sustos que le daba el lacayo cuando entraba a retirar los platos durante la cena, como si no pudiera llegar a acostumbrarse a que alguien atendiera sus necesidades.

Echaba de menos cómo olía después del baño, y después de hacer el amor. Añoraba su voz, sus manos, su sonrisa, su risa. Lo echaba menos todo.

Si él la extrañaba tanto como ella a él, ¿por qué no había vuelto inmediatamente? ¿Qué demonios hacía en Londres, y por qué tardaba tanto?

Levantó la mirada al oír los pasos del mayordomo que entraba en la estancia.

—Ha llegado el conde de Uzumaki, señora. Está en el despacho.

El alivio la inundó, se llenó de alegría y su enfado con Naruto se evaporó.

—Ya era hora. Pensé que no iba a llegar nunca —dijo mientras se levantaba de un brinco, dejaba el libro en la silla y salía corriendo de la biblioteca. Al pasar junto al mayordomo, le dio un apretón en el brazo que lo dejó pasmado—. Dígale a la cocinera que empiece a preparar la cena. Seguro que viene con hambre. Tiene tan buen apetito.

Salió disparada al pasillo, saludando a los lacayos y las criadas a su paso.

—Ha vuelto el señor —canturreó—. Ya está en casa. Está en casa. Ha vuelto. Se detuvo delante de un espejo en el vestíbulo, se retocó el peinado, se pellizcó las mejillas y se mordió los labios para darles algo de color. Lo besaría en cuanto lo viera. Eso le colorearía el cuerpo entero. Y a él el suyo.

Respiró hondo. ¿Por qué no iba a demostrarle lo mucho que le alegraba su regreso? Se habían prometido que no habría más secretos.

Al entrar en el despacho llena de entusiasmo, se detuvo en seco. Naruto no estaba allí. La única persona que había en la estancia era un hombre alto, pelirrojo. Estaba de espaldas, estudiando un retrato colgado sobre la chimenea, un retrato de la primera esposa del viejo conde.

Llevaba un abrigo negro que le llegaba hasta las pantorrillas y sostenía un sombrero de ala ancha similar a uno que Hinata había visto en una novela de vaqueros.

Él se volvió, de pronto consciente de su presencia. Llevaba las botas de puntera más afilada que la condesa había visto jamás. Sus pantalones y su camisa no eran los que un caballero de visita habría llevado. Su pelo rojo necesitaba unos retoques. Sus profundos ojos parecían evaluarla como si ya la conociera.

Había algo vagamente familiar en él que le produjo un escalofrío.

—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó la condesa.

—Señora —dijo inclinando ligeramente la cabeza—, espero a la condesa de Uzumaki.

Tenía una voz grave y hablaba con cierto dejo arrastrado.

—Yo soy la condesa —respondió Hinata ladeando la barbilla—.¿Y usted es...?

Casi sin ganas, el vaquero esbozó una sonrisa.

—Por lo visto ahora soy el conde de Uzumaki. —Señaló el retrato—. ¿Es ésa mi madre?

Hinata asintió con la cabeza, sin saber muy bien cómo lograba seguir allí. Quería salir corriendo y encontrar a Naruto.

—¿Dónde...? ¿Dónde está...? —¿Cómo tenía que llamarlo ahora? Se aclaró la garganta—. ¿Dónde está el señor Naruto?

—Se ha ido a casa.

—¿A casa? —repitió.

—Sí, señora.

—No entiendo —dijo Hinata negando con la cabeza—. ¿Está en su dormitorio? —¿La estaba esperando allí, desnudándose y preparándose para recibirla?

—No, señora. No me refiero a esta casa sino a la otra. Konoha creo recordar. Me pidió que le diera esto.

La condesa miró fijamente el paquete, envuelto en papel blanco y sujeto con un cordel, como si fuera a morderla.

—¿Qué es? —espetó.

—No me lo dijo, señora.

Hinata cogió el paquete y respiró hondo, sin olvidar quién era y lo que era, quién era aquel hombre que tenía delante y lo que era para ella.

—Debe de estar cansado del viaje. Le he pedido a la cocinera que prepare la cena. Le diré al mayordomo que le muestre sus habitaciones. Cuando se haya instalado, nos veremos para la cena. —Retrocedió un paso—. Si me disculpa, milord, debo encargarme de este asunto —añadió sosteniendo en alto el paquete. Antes de que él pudiera responder, la condesa dio media vuelta, salió disparada de la estancia y echó a correr. Corrió por el pasillo, por la escalera; entró a toda prisa en el dormitorio y se sentó en la cama. Con manos temblorosas, rompió el cordel, retiró el envoltorio y abrió la caja.

Una carta. Había una carta. La sacó de la caja y debajo encontró el collar de perlas más hermoso que había visto jamás. Dejó a un lado la caja y el collar y se centró en lo que más le importaba: la carta, las palabras de Naruto, sus pensamientos.

Mi querida Hinata:

Supongo que en estos momentos estarás furiosa. Cuando me fui, sabía que no volvería, pero no soportaba la idea de una despedida, y la despedida era lo único que nos quedaba.

El verdadero conde de Uzumaki te considera justa perceptora de las veinte mil libras y ha dado instrucciones a Shimura para que te las abone inmediatamente. Me temo que a Shimura le va a costar tanto lidiar con el verdadero conde como conmigo.

A ti, querida mía, te envío un regalo. Cuélgate estas perlas del cuello o guárdalas bajo la almohada, donde te hagan más feliz porque felicidad es lo único que te deseo.

Te quiero. Siempre te querré. Gracias por darme tantos momentos que recordar.

Siempre tuyo,

Naruto

Las lágrimas le inundaron el rostro y salpicaron el papel. Tenía razón. Sin duda la tenía. La despedida era lo único que les quedaba. Entonces o dentro de unos meses. ¡Qué más daba! El dolor habría sido igual de intenso.

Ella tenía a su duque. Sería duquesa. Sería feliz. Lo sería. Si conseguía reponerse de aquella ruptura.

Después de la cena, el conde de Uzumaki quiso pasar un rato en el despacho. Se sentó en una silla y contempló el retrato de su madre como si por ello fuera a devolverle la vida.

Hinata lo observaba sin saber muy bien qué decir. No habían hablado durante la cena. Un silencio incómodo, no como los que compartía con Naruto, sino más bien como si ambos quisieran terminar de cenar cuanto antes y pasar a lo siguiente.

Por fin, tras lo que parecía una eternidad aunque sólo fueran unos minutos, el conde negó con la cabeza.

—Apenas la recuerdo, y no estoy seguro de si es realmente un recuerdo o un fruto reciente del deseo de recordarla.

—Han pasado dieciocho años —dijo Hinata dulcemente—. Era muy niño para recordarlo.

El conde se inclinó hacia adelante, se plantó los codos en las rodillas y cruzó las manos, unas manos muy bronceadas, llenas de cicatrices diminutas, las manos de un trabajador.

—Por lo que dicen, mi padre era un auténtico bastardo.

—Milord...

El conde la interrumpió levantando la mano.

—Ya sé que hay normas sobre cómo dirigirse a los demás, pero yo soy Nagato, a secas.

—No, usted es el conde de Uzumaki. —Y, al parecer, le iba a dar aún más trabajo que Naruto. Por lo menos, Naruto conocía la historia de la aristocracia y sabía lo importante que era para Gran Bretaña. Pero aquel hombre era a todos los efectos... americano. La idea le produjo un escalofrío.

—De momento, llámame sólo Nagato, hasta que me acostumbre a esto.

—Muy bien... Nagato —dijo Hinata asintiendo con la cabeza.

—Es lo de «milord» lo que me suena pomposo. Hace dos semanas me preocupaba que mi ganado sobreviviera al invierno, y ahora que me ha caído esto encima, aún no tengo claro si ha sido una suerte o una desgracia.

—Supongo que pudiste demostrar que eres Nagato Uzumaki.

—Aparte de mi nombre, tengo una manta con un escudo de armas bordado en ella. No sé muy bien por qué la he guardado todos estos años.

—Tienes los ojos de tu padre, pero la mirada bondadosa de tu madre.

—Díselo a mis chicos —dijo el conde sonriente—. Los mantengo a raya.

—Me temo que ya no verás mucho a tus... chicos.

—Eso ya lo arreglaremos.

Hinata se aclaró la garganta.

—Te ayudaré a encontrar a alguien que te enseñe tus obligaciones y nuestras costumbres. Me caso en primavera y no podré hacerlo yo misma.

—Eso me dijo Naruto. Me gusta: es un buen hombre.

—Sí, lo es.

—Te tiene mucho cariño.

—Y yo a él.

El conde se quedó pensativo, moviendo ligeramente la boca.

—Entonces, si le tienes cariño a Naruto y él te lo tiene a ti, ¿quién es ese tipo con el que te casas?

—El duque de Senju.

Nagato se quedó allí sentado, inmóvil, como si esperara alguna otra explicación.

—Es duque —añadió Hinata—. Así que yo seré duquesa.

—¿Y eso te hace feliz? —inquirió él.

—Claro que me hace feliz —espetó Hinata levantándose furiosa de la silla—. ¿Qué sabrás tú? Como te has criado en América, no tienes ni idea de lo que es la nobleza. ¿Cómo se le ocurrió a la condesa llevarte allí? No entiendes que una duquesa es respetada, amada... —Un terrible sollozo se le escapó de la garganta. Se dejó caer en la silla, con los ojos inundados de lágrimas—. ¿Por qué no se despidió de mí?

Nagato se acercó y se arrodilló delante de ella.

—Eh, eh, cielo, no llores.

—Pero ¿por qué Naruto no se despidió?

—A los hombres no se nos da muy bien expresar nuestros sentimientos.

—A Naruto sí. Se le da muy bien. Nos habíamos prometido que no tendríamos secretos el uno para el otro. Sabía que te habían encontrado y no me lo dijo.

El conde le tomó las manos. Aun siendo las manos de un trabajador, eran agradables al tacto.

—¿Qué habría cambiado si te lo hubiera dicho?

—Ahora no estaría tan triste —dijo Hinata sorbiendo—. Ella te quería, ¿sabes? Tu madre. Intentaba protegerte. Tu padre era un hombre horrible. Pero no era bastardo, era hijo legítimo.

El conde soltó una sonora carcajada acompañada de un guiño peculiar de sus ojos centelleantes que le recordó mucho a Naruto.

—Cielo, cuando lo he llamado «bastardo», no me refería a sus ancestros. Y sé que mi madre hizo lo que creyó mejor, y posiblemente acertó. Pero también sé que a veces un hombre llega al final de un largo camino y, echando la vista atrás, se pregunta si le habría ido mejor de haber tomado otro rumbo. Lo que intento decir es que Naruto hizo lo que le pareció mejor, pero eso no significa que dentro de unos años no vuelva la vista atrás y se pregunte si debería haber tomado otro rumbo.

Hinata se lo quedó mirando.

—No sólo los hombres. También las mujeres volvemos la vista atrás y nos hacemos preguntas. Y, a veces, al volver la vista atrás, una mujer se daba cuenta de que sus sueños habían cambiado.

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Continuará...