N/A: Las clases online me han pateado en el suelo más veces de las que estoy dispuesta a admitir...

Espero que disfruten este capítulo, no es muy largo, pero tiene un estilo diferente a lo que he hecho hasta ahora. Los comentarios son una de mis grandes alegrías estos días


Capítulo 22

Si alguien le hubiera dicho a Bard hace unas semanas atrás que estaría hospedando a trece enanos y una hobbit en su casa, su primera reacción hubiera sido preguntar qué exactamente era un hobbit.

A lo largo de sus años había tenido que tratar más de una vez con enanos que iban de paso. Por lo general, no se quedaban por mucho tiempo ni compartían más información sobre sí mismos de lo que era estrictamente necesario. Aún así, durante su juventud e incluso ya entrado en años, Bard escuchó historias sobre los enanos que una vez vivieron bajo la montaña, y como antaño la gente de Laketown habitaba en la orgullosa Dale, una ciudad que no tenía nada que envidiar a Gondor y al resto de las ciudades de los hombres. Pero en estas historias, la codicia de los enanos atraía la atención de Smaug el Terrible, y ambos pueblos sufrían por ello sin recibir ningún tipo de apoyo de las ciudades vecinas.

Era al nombre de Thror a quien se le atribuía la culpa, que dominado por sus ansias de poseer más terminó perdiéndolo todo para su gente, condenandolos a una vida errante y de necesidad. También contaban estas historias la deshonra de Girion, Señor de Dale y antepasado de Bard, quien falló en su disparo cuando más se necesitaba y no consiguió detener al dragón antes de toda la destrucción. Pero en ninguna de estas historias, o cualquier otra que circulara por Laketown, se hablaban de los hobbits.

La primera vez que vio a la hobbit, pequeña como su Tilda, su hija de apenas nueve años, y rodeada de enanos armados, le pareció ver una niña y temió por su seguridad. Su primer instinto fue el de protegerla y rescatarla, instinto que no desapareció completamente al escuchar las explicaciones de los enanos. Fue solo cuando logró acercarse que fue evidente que no era niña humana, sino una mujer adulta en un cuerpo pequeño y diferente, con enormes pies peludos asomándose por las mantas y abrigos que la cubrían. Sus cabellos estaban cubiertos de trenzas hechas a mano por los enanos y Bard sabía lo suficiente de esta raza para reconocer su importancia. Mientras los enanos la subían a su barca, la necesidad de proteger a alguien tan vulnerable no disminuyó, pero se calmó un poco al ver el delicado y cuidadoso trato que le daban los enanos. Era evidente que todos ellos estaban dispuestos a hacer lo necesario para protegerla sin que les importase mucho el costo.

Bard solo puede asegurar que empezó a conocer a los hobbits cuando Bilba despertó de su largo sueño de recuperación, durante el cual los enanos se negaron a dejar su lado. La primera vez que la vio plenamente consciente y de pie, se sorprendió al ver que era incluso más pequeña que Tilda, aunque solo por unos centímetros.

Con unos cinco enanos a su espalda, la hobbit fue hasta él con paso seguro y precedió ha agradecerle su hospitalidad y el que los hubiera traído hasta Laketown en su barca, incluso si los enanos le estaban pagando por hacer todas estas cosas.

Las trenzas en su pelo habían sido rehechas y sus ojos tenían un brillo especial que no lograba identificar. Su voz era clara y dulce, pero había una fuerza tras ella que le recordó a su esposa, quien no se doblegaba ante nada. Apenas le llegaba a la cintura, pero inmediatamente Bard supo que no era alguien que se dejara avasallar.

Y eso no era todo, había una especie de luz, una calidez en ella y en sus formas que lo hacía sentirse en paz cuando la hobbit estaba a su alrededor. Por alguna razón, era como si se sintiera seguro cuando ella estaba cerca. Al menos esas fueron las palabras que usaron Bain y Sigrid, sus hijos, cuando les preguntó sus opiniones sobre los huéspedes, en las que ambos hablaron casi exclusivamente de la hobbit. Como familia, llegaron a la conclusión de que quizás los hobbits eran mágicos de formas misteriosas. Cuando le preguntaron al respecto, Bilba río y les explicó que los hobbits no tenían nada de especial, pero Bard y sus hijos no quedaron muy convencidos.

A medida que pasaron los días, Bard y su familia empezaron a descubrir otras características de los hobbits, o de Bilba por lo menos, amaban cocinar. Cuando Bilba se enteró que Sigrid, quien aún era joven, era quien se hacía cargo del hogar mientras su padre trabajaba como pescador y en la guardia de la ciudad para poder abastecerlos, decidió aligerar la carga de la muchacha y se ofreció a ayudar en la cocina. Era lo mínimo que podía hacer, explicó mientras mezclaba diferentes ingredientes. Al fin y al cabo, ahora tenían que alimentar catorce bocas más. Pero una vez que comenzaba a cocinar, simplemente no paraba.

Mientras hubiera alimentos, y los enanos se encargaban de que hubiera en cantidad, Bilba cocinaba todo tipo de platos. Y mientras lo hacía, hablaba, fue así como Bard llegó a conocerla mejor. Al cocinar, Bilba contaba historias de donde vivía, un lugar llamado la Comarca y de todos sus primos a los cuales cuidaba en su juventud. Al enterarse de que Bilba era una adulta, prácticamente una solterona para su gente, fue una sorpresa.

Había una vitalidad en sus modos que la hacían parecer eternamente joven a los ojos de los humanos. Un día, mientras Bilba hacía galletas para Bain y sus amigos, bajo la atenta mirada de unos dos o tres enanos, esta le preguntó a Bard cuál era su edad. Haciendo unos rápidos cálculos, este le explicó que desde el punto de vista de los hombres tendrían aproximadamente la misma edad, si es que Bilba no era uno o dos años mayor que él.

Cuando los enanos le comunicaron que se tendrían que quedar un par de semanas en Laketown, algo sobre un atajo en el río y el día de Durin, Bard no pudo evitar sentirse algo inseguro de si podría continuar hospedandolos. No por la incapacidad de abastecerlos, los enanos se habían asegurado de pagar por la estadía y la comida, lo que le preocupaba era el costo que podría tener para su familia en el ámbito familiar. Tener tanta gente la casa podía resultar agotador.

Fue Bilba quien lo convenció de que los enanos se siguieran quedando en su casa, sin siquiera darse cuenta de lo que estaba haciendo. Ocurrió aproximadamente dos semanas después de que Bilba despertara y empezara a andar por la casa, ayudando en lo que podía. Durante este periodo, la hobbit había adquirido una sombra humana que no se despegaba de su lado, la cual se sumaba a los enanos. Tilda se encontraba fascinada por la hobbit y se pasaba el día preguntándole cualquier cosa y escuchando sus historias. Al principio, Bard había temido que su hija aburriera a la hobbit, pero Bilba la trataba con paciencia infinita y parecía feliz de su constante compañera. Es más, parecía disfrutar con su presencia.

Lo mismo había ocurrido con el resto de los niños de Laketown cuando Bilba estuvo lo suficientemente sana para salir de la casa y recorrer los mercados. Bastó solo una tarde para que prácticamente todos los niños se reunieran alrededor de la hobbit llenos de curiosidad. Eso le hizo darse cuenta a Bard que desde la llegada de Bilba sus hijos parecían más felices, por lo que optó a que aprovecharan el tiempo con Bilba mientas pudieran.

Durante la estancia de la Compañía, no fue extraño que Bard saliera de su casa en las mañanas para encontrarse con varios niños en su puerta, esperando a que Bilba saliera. En cada una de estas salidas, siempre había dos o tres enanos acompañando a Bilba, manteniéndose algo alejados para no intimidar a los niños, pero sin perder de vista a la hobbit. No hubo corazón del pueblo que no se sintiera enternecido por la gentileza con que Bilba trataba a cada uno de los jóvenes del lugar, siempre llena de sonrisas y de vez en cuando, con algún dulce o galleta para compartir con su audiencia.

Algo que tampoco pasó desapercibido para Bard fue la forma en que el Rey Bajo la Montaña miraba a la hobbit, o las miradas con las que esta le respondía. Las únicas instancias en las que Bilba no estaba acompañada de montones de niños, Tilda y Bain entre ellos, era en los paseos que daba con Thorin. Era evidente para toda Laketown que algo estaba ocurriendo entre ellos. Las miradas sonrojadas, los pequeños gestos y las sonrisas que nacían en presencia del otro eran claras señales del interés que sentían. El resto de la Compañía también se mostraba feliz por la relación que se estaba desarrollando frente a sus ojos, aunque había un par de enanos que no estaban encantados con las libertades que se tomaba la pareja. Una mirada de Bilba bastaba para callar cualquier queja.

Un día, Thorin salió durante la mañana y no volvió hasta ya entrada la noche, trayendo un enorme ramo de flores silvestres en sus manos, sus brazos llenos de pequeños cortes y el cabello lleno de hojas y ramas. Al verlo, un par de enanos soltaron un par de risotadas ante su ridículo aspecto, pero este ni siquiera se dio cuenta, toda su atención estaba en la radiante sonrisa que le dio Bilba. Las risas solo aumentaron cuando la hobbit le dio un beso que lo sonrojó hasta la punta de las orejas.

Bard y su familia sonreían junto al resto de los enanos, disfrutando de la felicidad de sus huéspedes y en especial de Bilba, a la que tanto habían llegado a apreciar. Seguido al ramo de flores, Thorin se aseguró de que Bilba saliera durante todo el día acompañada de sus sobrinos y los Ri. Habiendo pedido permiso a Bard y Sigrid para poder usar la cocina, y asegurando que pagaría todo lo que usaría, procedió a pedir ayuda al enano con la barba de una larga trenza rojiza y ambos se encerraron en la cocina.

Para el regreso de Bilba, Thorin la esperaba con harina en la ropa y una tarta en las manos, orgulloso de su logro culinario. La apariencia no era su mejor punto, pero el intento de hacerlo bien era evidente. Bard y sus hijos se sorprendieron al ver como la hobbit se comía ella sola toda la tarta en una sola sentada, pero los enanos la animaban y vitoreaban al ver cómo esta se relamía y limpiaba hasta la última miga de su plato. Los gritos de ánimos se volvieron chiflidos y silbidos cuando Bilba tomó la mano de Thorin y procedieron a encerrarse en su habitación, de la cual salieron un Thorin extremadamente sonrojado y feliz, junto con una Bilba orgullosa.

Ante esto, Bard se unió a las risas de los enanos, dando una palmada también a Thorin cuando este pasó a su lado y un guiño a Bilba cuando esta lo miró satisfecha. Era una mujer madura, Bard no era quien para juzgarla o tratar de controlarla. Pero Thorin no era el único que dio regalos durante su estadía en Laketown.

Tomando algunas de las flores que Thorin le había traído, Bilba empezó a trenzarlas y al cabo de unos minutos tuvo una hermosa corona en sus manos. Explicando el significado de cada una de las flores y por qué las había escogido, Bilba puso la corona sobre la cabeza del enano junto con un beso en su frente. Thorin no se la sacó en todo el día y la siguió usando hasta que las flores estuvieron marchitas. El enano de las enormes hachas, Dwalin según lo que le dijo Bain, soltó una enorme risotada al ver a Thorin con la corona de flores. La risa no duró mucho, pues Ori, quien se había hecho muy cercano a Sigrid, no dudo un segundo en darle un empujón con el hombro que terminó con el enano calvo cayendo al agua, al encontrarse cerca de una de las orillas del muelle.

Un día, tras pasar la tarde en el mercado contando historias a los niños, Bilba volvió con una canasta cubierta por un paño, impidiendo que cualquiera de los enanos se asomara para ver qué traía en ella. Fue a encerrarse inmediatamente después de comer y se vio una luz por su ventana hasta bien entrada en la noche. La mañana siguiente, fue directamente hasta Thorin y le entregó un pequeño paquete. En su interior, había un par de pañuelos blancos y unas ramitas de romero. Estos en sí no parecían tener nada especial, pero con una discreta mirada sobre el hombro del enano, Bard vio que tenían bordado una montaña, Erebor, junto con las iniciales de Thorin en azul y plata. Fue Ori quien le explicó que esos eran los colores de la casa de Durin, de la cual Thorin era heredero directo. Tras recibir los pañuelos, Thorin invitó a Bilba a dar un paseo al cual no se invitó a ningún chaperón y del cual volvieron varias horas más tarde, los dos radiantes.

El único que no parecía demasiado feliz con todo esto era Dori, y hasta cierto punto Nori y Ori, pero Bilba se aseguraba de pasar cierto tiempo con ellos, atenta también de los primeros que la habían acompañado, según lo que Bofur le había contado a Bard. Después de conversar un poco con el enano del sombrero, Bard se enteró de que en realidad Dori no desaprobaba directamente el cortejo. Era solo que las costumbres de los enanos exigían muchas más reglas, pasos e intervención de las familias. Pero que incluso él se estaba ablandando un poco al ver la felicidad de la hobbit, y la preocupación y amor que sentía Thorin por ella.

A pesar de todas las dudas que había tenido al principio sobre si hospedar a los enanos por tan largo tiempo, antes de que Bard se diera cuenta ya era hora de que partieran. La noche antes de que siguieran su camino hubo una pequeña fiesta de despedida. La gente de Laketown había compartido lo suficiente con toda la Compañía para conocer a todos los enanos por nombre y generar algunos lazos con ellos, pero todos sabían que a la única que realmente extrañarían sería a Bilba. Más de un niño lloró al enterarse que la hobbit los dejaría, pero esta se apuraba en distraerlo con más historias o juegos. Bard no fue el único adulto que notó la ausencia de promesas de volver. Todos sabían que al final de la travesía esperaba un dragón y por lo que habían podido rescatar de los comentarios de los enanos, Bilba jugaba un rol esencial contra Smaug. ¿Qué se supone que haría la hobbit?, nadie de Laketown sabía, pero todos temían al resultado de ese encuentro. Los enanos solían guardar silencio cuando les preguntaban y ninguno se había atrevido a acudir directamente a Bilba.

Quizás es por eso que el vino y la cerveza corrieron como no lo habían hecho en años dentro de Laketown. Comida y música no faltaron, y ya entrada la noche se había despejado espacio suficiente para formar rondas de baile. Bilba no se demoró mucho en enseñar a todos los presentes un simple baile de la Comarca que tuvo bailando a los enanos y la mayoría de los participantes de Laketown en pocos minutos. -

Bard se mantuvo en una esquina, tranquilo y feliz mientras observaba a sus hijos bailar con el resto de sus amigos. Tilda tomando las manos de sus amigas y amigos, todos corriendo y saltando sin que les importara mucho la música de su alrededor. Bain era un poco más calmado, sonrojándose cuando se encontraba frente a la muchacha que le había regalado unos bollos hace unos días y de la cual no se cansaba de hablar. Sigrid, por otro lado, se mostraba serena y sonriente mientras bailaba emparejada con uno de los sobrinos de Thorin…Fili, si Bard no se equivocaba. Sin dejar de mirarlos, pensó que quizás tuvo que haber puesto más atención a esa situación más que entretenerse tanto con Bilba y Thorin. 'Bueno" pensó 'es la última noche que están acá, ya no hay mucho que ellos o yo podamos hacer'.

Desviando la mira de su hija, Bard no se sorprendió al encontrar a Bilba y Thorin bailando juntos, algo apartados mientras Bilba le repetía los pasos a un aparentemente torpe Thorin. Más que integrarse al grupo, estos se pasaron la noche bailando con el otro, frases susurradas y promesas que solo ellos podían escuchar. Cuando ya la mayoría de los niños habían vuelto a sus camas y los adultos aprovechaban el alcohol que ya estaba en las mesas, Bard vio las miradas ardientes que la pareja intercambio antes de tomarse de las manos y volver a la casa.

Tilda y Bain habían ido a la casa de unos de sus amigos, donde se concentró un gran grupo de niños y unos padres dispuestos a sacrificarse por el resto de los adultos. Sigrid y el resto de los de su edad estaban aprovechando aun la noche, y el resto de los enanos había comenzado una competencia de comida y bebida con algunos de los pueblerinos más osados. Dando un último sorbo de su vaso y suspirando para sus adentros, Bard se acercó al grupo de enanos y alzando la voz, preguntó quién era el más fuerte de todos ellos. En pocos segundos había comenzado una competencia de fuerza que sin lugar a dudas tomaría el resto de la noche, dando un poco de paz a la pareja. Solo Balin, el más sobrio del grupo, pareció darse cuenta de lo que Bard había hecho, junto con la ausencia de su rey y la hobbit. Asintiendo en silencio, ambos se quedaron para hacer de jueces de la competencia.