Trigésimo segundo

—¿Rachel? ¿Rachel estás?

—En mi habitación —respondí

—¿Qué haces? ¿Ya estás haciendo las maletas?

—¿No es evidente?

—Deja el sarcasmo para la Reina de Inglaterra —me amenazó—, yo siempre vengo en son de paz. ¿Qué diablos haces?

Tal vez absurdo, o quizás no si conocías a Santana como yo la conocía.

Durante años, prácticamente toda mi adolescencia, aprendí que los secretos que no querías que conocieran tus padres, debían guardarse en los lugares más recónditos de tu habitación. Y eso era algo que incluso con 25 años seguía haciendo.

En mi apartamento no estaban mis padres, pero sí Santana, y sabía que ella era capaz de rebuscar hasta en el interior de la lámpara o del wáter, con tal de encontrar algo más que destrozar de mi corta pero intensa relación con Quinn.

Lo hizo con el lirio, que al fin y al cabo estaba presente cada vez que alguien accedía a mi habitación, pero no pudo hacerlo con la planta de no me olvides, porque esa ni siquiera supo que existía, ya que yo decidí dejarla en la pequeña terraza trasera donde ella jamás accedía. Ni tampoco lo pudo hacer con mis fotos junto a Quinn.

Las dos fotos del fotomatón que conservaba, más la que ella me regaló junto a su amiga, permanecían a buen recaudo en el interior de mi libro favorito; Cumbres Borrascosas, sí. Y ahí iban a permanecer porque sabía que Santana no sentiría atracción alguna por hacerse con un libro.

Sin embargo, lo que hacía en aquel instante rayaba lo paranoico, de ahí que sorprendiese a Kurt. Me negaba en rotundo que las encontrase y las destruyera, así que opté por llevarme el libro y guardarlo en mi maleta, en un doble fondo donde solía llevar mis objetos más personales.

—¿No se supone que vas a estudiar tu libreto? —me cuestionó tomando asiento en la cama— ¿Qué diablos haces llevándote libros? Solo vas a estar allí un par de semanas y…

—Este libro viene conmigo siempre —le mentí, por milésima vez—, y me niego a dejarlo aquí solo. No me fio de ella.

—¿Ella? ¿Ya ni siquiera la llamas por su nombre?

—Lo que hizo ayer con la flor, ha conseguido que pierda todo el respeto por ella. ¿Qué necesidad había? ¿Qué pretendía?

—Ya sabes cómo es…

—No —le miré por primera vez—, si has venido a excusar su actitud, te pido que te marches. Estoy muy bien hoy como para que vengas a romperme la cabeza.

—No es mi intención disculpar a nadie, y menos a dos malcriadas como vosotras, pero empiezo a sospechar que esto se os está yendo de las manos. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Os vais a quemar la ropa?

—Por eso me la quiero llevar toda.

—¡Vamos Rachel! Santana está loca, pero ya has visto, solo es capaz de hacerle daño a una estúpida flor que estaba más muerta que viva.

—¿No lo entiendes? —le repliqué— No se trata de pisotear una flor, se trata de pisotear algo que ella sabe que significa mucho para mí. Ella sabía que eso me iba a doler y lo hizo, sin remordimientos, sin pena ni, ni… ¡Ahh! ¡Dios! —me lamenté— ¡Déjame en paz! No quiero hablar más de ella, ni de nada. Solo quiero acabar de hacer mi maleta y salir de aquí.

—Pero te vas mañana. ¿Por qué la estás haciendo ya?

—Porque pienso salir toda la tarde, y a ser posible hasta la madrugada. Me niego a tener que soportarla más.

—¿Y dónde vas a ir? Porque yo venía a proponerte un plan.

—¿Qué plan?

—Blaine y yo tenemos entradas para el cine, y luego vamos a cenar. ¿Te apetece?

No, no me apetecía en absoluto.

Pasar toda la tarde y parte de la noche con Kurt y Blaine, era como vivir dentro de la película más pastelosa y cursi de la historia. Y lo que menos me apetecía era ser testigo de cuánto amor se profesaban, y ser consciente de cómo mi corazón seguía roto. Sin embargo, era la mejor opción para evitar cruzarme de nuevo con Santana.

Aquella mañana tuve el valor de ir a trabajar mi último día en la cafetería, y por suerte no tuve que soportarla, porque su turno no coincidía con el mío. Algo que estoy segura que ella misma cambió.

Santana debía estar en ese instante trabajando, y probablemente volvería antes de la cena. No quería tener que soportar otra escena como la del día anterior, así que estar fuera era lo único que me iba a ayudar a conseguir mi objetivo de aquel día.

Y dicen que más vale sola que mal acompañada, pero Kurt no era malo, ni Blaine tampoco, aunque mis ganas de tirarme al rio Hudson y morir ahogada aumentasen con cada palabra que pronunciaba. Así que aquella invitación llegaba en el mejor momento, y me libraba de tener que ir al cine sola, y sentarme en algún puesto ambulante de comida a comer cualquier cosa.

—Ok, me apunto —respondí aceptando la invitación, y una sonrisa se dibujó en el rostro de Kurt.

—Pues deja eso y prepárate para salir, porque Blaine esta al llegar y… ¿Ese es tu teléfono? —cambió de conversación tras escuchar lo mismo que yo.

Ni siquiera sabía dónde lo había dejado, pero el sonido de la llamada me llevó hasta la cocina, y encontrarlo junto a la nevera, donde minutos antes me había dado otro de mis grandes atracones de comida anti depresiva.

No supe quién era porque no reconocí el número, pero eso cambió en el mismo instante en el que escuché su voz.

Dicen que las personas se vuelven insensibles, que pierden toda la empatía que tienen cuando no hacen más que recibir golpes, y ser testigo de cómo nadie se preocupa por lo que te sucede. Y eso mismo era lo que yo creía que me estaba sucediendo hasta que atendí aquella llamada.

No había descripción alguna que reflejase el cambio drástico de actitud que tomé tras ser consciente de la petición, y de la situación que estaba viviendo quien atinó a buscar algo de apoyo en mí.

Ni siquiera Kurt puso impedimentos tras enterarse de lo sucedido, y eso, después de todo lo que nos había pasado y de cómo me encontraba, dejaban entrever que tenía razón al acudir sin pensarlo a donde me necesitaban.

Y sí, digo me necesitaban porque aquella llamada no tendría ese sentido si no hubiese sido ella quien la hiciese.

Emma ni siquiera me dirigía la palabra cuando estábamos entre cuatro paredes, pero sí me demostró que en los momentos cruciales podía contar con ella. De hecho, Brian podría estar sin dientes si yo le hubiese dado libertad a ella para que se los rompiese. Bueno, tal vez no era tan así, y solo fue una manera de dejarme claro que, si necesitaba algo, ella estaba dispuesta a ayudarme. Y ahora, en aquel instante, era ella quien reclamaba mi presencia para ayudarla con la situación más complicada de toda su vida, o al menos la más desagradable de cuantas iba a vivir, sin duda.

Ni siquiera me lo pensé. Salí del apartamento sin detenerme a pensar en nada más que no fuese llegar, y saber qué diablos estaba sucediendo. Y por supuesto, tratar de calmar el llanto que apenas la dejaba hablar por teléfono.

Y con esas prisas logré llegar hasta su apartamento, dejando a un lado la floristería que tantas emociones lograba hacerme recordar, y adentrándome sin ni siquiera llamar al telefonillo. Tuve la suerte de encontrarme a uno de los vecinos que en ese instante accedían al edificio, y me libró de tener que hacerlo.

Agradecí la fortuna, porque había corrido tanto para llegar hasta allí, que ni siquiera podía respirar con normalidad, y mucho menos hablar sin ahogarme. Sin embargo, eso no iba a lograr que los nervios tardasen en llegar a mí.

Verme frente a la puerta del apartamento de Quinn era algo que ya ni siquiera había imaginado volver a hacer. Sin embargo, allí estaba, con el pulso acelerado por las prisas y el desconcierto por lo que había sucedido.

Traté de calmarme, de tomar una gran bocanada de aire y templar mis nervios antes de llamar, pero no sirvió de nada cuando pulsé el timbre y escuché los pasos tras la puerta. Y si asustada estaba por lo que me iba a encontrar, era porque aún no había visto a Emma frente a mí.

Cuando bajas de una noria y sientes que el suelo se mueve, que tu cuerpo parece flotar y aun no asimilas bien las distancias. Esa fue la sensación que tuve al verla tras la puerta, con los ojos hinchados de llorar y los labios caídos, soportando un llanto que no iba a tardar en aparecer.

—Emma —musité sin ni siquiera saber cómo—. ¿Qué, qué ha pasado?

—Lo siento —se disculpó de ante mano—, siento haberte llamado para algo así pero…

No lo dudé.

La vi tan frágil, a pesar de lo imponente de su figura, que no dudé en dar un paso hacia adelante y obligarla a que me abrazara. Y digo obligarla porque estaba convencida que ella era incapaz de hacerlo si no era de ese modo, por mucho que lo estuviera necesitando.

Y lo hice bien.

Emma no tardó en buscar mi apoyo y dejó que el llanto se escapara de ella cuando apoyaba su cabeza sobre mis hombros.

—Lo, lo siento mucho Emma, lo siento de veras. ¿Por qué no me has llamado antes?

—No, no sabía, no quería molestar a nadie —se excusó deshaciendo el abrazo—. Pasa, pasa por favor.

Y eso hice.

Me adentré en la casa para ver como un chico, su chico, ya se acercaba hasta mí y no dudaba en presentarse ofreciéndome su mano a modo de saludo. Fue tan diferente al día en el que los encontré viendo aquel concierto, que incluso me sorprendió. Supuse que aquel chico guardaba los mismos modales que Emma, ya que ni siquiera se dignó a mirarme aquel día.

—Él es Nick —dijo ella y yo sonreí débilmente para aceptar su saludo de la manera más cordial y cariñosa que podía—. Lo siento, Rachel, de verdad que no quería molestarte, pero ya no sé qué hacer.

—No me molestas —le respondí sin poder evitar acariciarle el brazo. La veía tan vulnerable, tan frágil que por primera vez fui consciente de que aquella chica espectacular, sola era una niña de 21 años—. De hecho, tendrías que haberme avisado antes.

—No sabía si hacerlo. Sé que, sé que no lo has pasado muy bien en estos días y no quería molestarte.

—No te preocupes por eso, esto es más importante que cualquier pelea.

—¿Pelea? —me miró confusa.

—No importa eso —traté de no hacerle sentir peor. De hecho, intuí que Emma no sabía nada de lo que me había pasado con su hermana y con Santana—. ¿Dónde está?

—En, en su habitación —respondió buscando el apoyo de Nick—. No ha salido de ahí desde ayer, y yo entro, trato de hablar con ella y me dice que la deje, que no quiere hablar con nadie. Y no sé qué hacer, mi padre no para de llamar para organizar todo, el viaje y demás —sollozó—, y ella no quiere hablar con él. Dice que tiene toda la culpa, y tengo miedo, Rachel. Tengo miedo de que se vuelva loca ahí dentro.

—No te preocupes, ya hablo con ella.

—Ella te respeta. Ella, ella bueno, ya sabes, eres importante para ella y pensé que tal vez a ti, si podría escucharte. No sé.

—Has hecho bien —le sonreí dulzura—. Cálmate. ¿Vale? Yo voy a hablar con ella y estaré ahí el tiempo que sea necesario. ¿Tú necesitas algo?

—No, no, yo estoy bien, dentro de lo que cabe. Y bueno, Nick está aquí conmigo todo el tiempo.

—Ok, si necesitas algo me lo dices. ¿De acuerdo?

—Lo haré, gracias —respondió tratando de secar el torrente de lágrimas que caían por sus mejillas, y que seguro le estaban nublando la visión.

Decidí no perder más tiempo, aunque lo cierto es que tenía la extraña sensación de creer que Emma también necesitaba esas palabras de ánimo. Supuse que su novio estaba siendo buen apoyo para ella. Por lo visto, la menor de las Fabray parecía ser la más madura en determinadas situaciones.

—Voy a ir a verla. ¿Ok?

No sé por qué le avisé de que iba a buscarla, cuando ella misma me llamó para que hiciera eso. Sin embargo, lo dije. Y no recibí otra cosa más que el consentimiento de ambos, cuando me dispuse a recorrer el angosto y oscuro pasillo que me llevaba hasta su habitación.

Fue curioso. En aquel instante me parecía mucho más pequeño que la primera vez que lo recorrí, y eso que ni siquiera estaba Bleu entorpeciendo mi camino.

Pobre Bleu, pensé al recordarlo apostado junto a la puerta de la habitación de la abuela. No pude evitar pensar en si estaría llorando por lo que le acababa de suceder a su adorada compañera de vida, o tal vez había descansado al ver que ya no iba a sufrir más. Tal vez estaba contento de haber podido pasar los últimos días a su lado y no aquí, lamentando su marcha. Tal vez habría podido despedirse, y eso era suficiente para calmar su alma después de un largo viaje.

No lo sé. No tenía ni idea de lo que un animal podría llegar a sentir con la muerte de su dueña, pero seguro que no era agradable, sin duda.

Estaba cerrada.

La puerta de la habitación de Quinn estaba completamente cerrada, y mi mano tembló al posarse en el picaporte de la misma. No pude evitar lanzar una mirada de nuevo hacia el salón, donde Emma y Nick volvían a ocupar el sofá y se regalaban un tierno abrazo que podría haber derrumbado al más frio, al más duro e insensible ser que existiese en el universo. ¿Cuánto más podría sorprenderme aquella chica? ¿Por qué las Fabray eran tan diferentes a como se mostraban en público? Jamás creí ver una muestra de afecto como la que Emma le regalaba a su novio en aquel instante, y he de confesar que incluso sentí cierta envidia por no poder tener lo mismo. Estaba desvariando, sin duda, pero esa imagen te hacia desear tener a alguien a tu lado.

Y con esa imagen revoloteando en mi memoria, me decidí a girar el pomo y a abrir la puerta con sutileza, tratando de no provocar ni alterar nada en el interior.

Y no lo hice, o sí. Si lo hice, pero no lo que había en el interior. Lo que realmente se alteró hasta casi dejarme sin respiración, fue mi cuerpo, mi alma, mi corazón.

Ver como todo estaba en penumbra, excepto la delicada luz de una pequeña lamparita y el reflejo que proyectaba hasta la cama, donde Quinn parecía dormir echa un remolino abrazando con fuerzas un cojín rojizo, y hundiendo su cara en la almohada, me destruyó. Y más aún cuando le vi por primera vez el rostro.

Quinn debió escuchar el sonido de la puerta y no tardó en reaccionar, alzando la vista hacia mí y dejándome más bloqueada de lo que ya estaba. Aunque ella tampoco se quedó atrás. Supuse que creía estar sufriendo alucinaciones, porque nada más descubrirme se reincorporó en la cama y me mostró el desastre en el que se había convertido en aquellas horas.

El pelo recogido en un extraño moño que apenas se mantenía firme en su cabeza, con los suficientes mechones esparcidos para cubrir prácticamente todo su rostro. Sus ojos, desorbitados al contemplarme, presentaban unas tétricas ojeras y el brillo inexcusable de las lágrimas que ya habrían dejado de salir, o deberían de haberlo hecho a tenor por lo que parecía haber llorado.

Quinn me miraba de manera tan desconcertante, que a mí no se me ocurrió otra cosa más que sonreír con ternura, tratando de traerla a la realidad.

Y lo conseguí.

—¿Qué haces aquí? —balbuceó sin dejar de mirarme mientras avanzaba hacia ella.

—Me apetecía estar contigo —respondí sin más—, imagino que un poco de compañía no te viene mal en un momento como éste. ¿No?

—Pero… —tragó saliva al tiempo que nerviosamente, comenzaba a acomodar todo a su alrededor.

Las sabanas, el edredón, el cojín que abrazaba, la almohada. Todo estaba inmerso en una locura que podría ser una metáfora perfecta de lo que ella misma proyectaba. Si no supiese el motivo por el que estaba así, juraría que había perdido la cabeza.

—¿Cómo lo sabes? —me preguntó sin poder contener un sollozo.

—Tienes una hermana bastante bocazas, y muy madura. Tanto que está asustada porque no sabe cómo ayudarte, y piensas que vas a perder la cabeza.

Tal vez lo hizo, no lo sé. Solo sé que a Quinn le bastó escuchar mi respuesta para llevarse las manos a su cara, y tratar de evitar que fuese testigo del llanto que volvía a asolarla. Un llanto silencioso, de esos que hacen que tu cuerpo terminé encorvándose y el temblor perjudique tu respiración.

A Quinn le faltó poco para volver a dejarse caer en la cama, y recuperar la postura que mantenía cuando entré, pero yo lo evité.

Fui decidida hacia ella y tomé asiento a su lado, adueñándome de sus manos y obligándola a que me mirase mientras me esmeraba en apartar el pelo de su rostro.

—Hey, estoy aquí. Tranquilízate Quinn, tienes que calmarte y dejar que te ayudemos.

—La ha matado, Rachel —sollozó blandiendo sus labios con pena—. Mi abuela estaba bien y el viaje la ha matado, ha sido su culpa.

—Shhh —traté de calmarla regalándole otra tanda de caricias—. No digas eso, Quinn. Tu abuela disfrutó del viaje. ¿Lo recuerdas? Ella estaba feliz por volar, y habrá disfrutado de tus hermanos pequeños, habrá sonreído, y eso es más que suficiente. Es una enfermad traicionera, no puedes evitar lo que iba a suceder.

—Pero, ni siquiera he podido despedirme de…

—Lo hiciste, lo hiciste aquí —la interrumpí—. Donde quiera que esté ahora, recordará que tú estuviste con ella siempre, piénsalo así. Ella siempre sabrá que su nieta favorita lo dejó todo por estar a su lado, y diste tanto por ella que incluso dejaste que se marchara. Quinn, has hecho todo lo que debías, y mucho más de lo que se te puede exigir como nieta y ser humano. Créeme, debes estar orgullosa por todo lo que has hecho. Ella era feliz a tu lado. ¿No?

Asintió sin más y yo le sonreí, aunque estaba a punto de estallar en lágrimas.

No podía hacerlo, no quería hacerlo. Llorar cuando alguien llora no hace más que aumentar esa sensación de desconsuelo y no sirve de nada. Era ella quien debía desahogarse y yo estaba allí para que pudiese hacerlo como realmente se debe hacer. Me daba igual si sacaba la espada y me recriminaba el hecho de tomarte aquella libertad, o simplemente hacia lo que estaba haciendo y se dedicaba a escuchar mis palabras. Lo importante, lo único que yo quería era verla bien, ayudarla y ser su apoyo, nada más. Ni siquiera me importaba el hecho de saber qué hacía apenas dos días había empezado a detestarla.

De nada servía ese sentimiento que yo misma me obligué a tener, cuando solo ver una de sus lágrimas, me rompía el corazón.

—Rachel, no, no tienes que estar aquí —susurró limpiándose torpemente los ojos y la nariz. Tanto que no pude evitar encontrar esa niña que se esconde en todo adulto.

—¿Tú quieres que esté aquí?

—No se trata de lo que yo quiera, se trata de que no tienes obligación alguna. Yo, yo siento que mi hermana te haya avisado de algo así. De hecho, luego le voy a…

—No, ni se te ocurra recriminarle nada a Emma, porque suficiente estará pasando ya sin saber qué hacer. Puff, piensa que me ha llamado a mí, al Tucán que tanto detesta —traté de bromear—. Definitivamente ha hecho un gran esfuerzo por tratar de ayudarte.

—Es idiota, solo estoy de duelo, no es tan difícil de entender. Me apetecía estar a solas y llorar. No me gusta que me vea llorar.

—Es tu hermana pequeña, Quinn. Estoy segura que prefiere verte llorar a verte aquí, encerrada. Ningún hermano pequeño está preparado para ver a sus hermanos mayores sufrir, y ella no sabe qué hacer. No puedes reprocharle que se preocupe por ti. No cuando sabe que estás realmente afectada.

—Ya, ya le he dicho que estoy bien, pero es una cabezota y no me cree.

—¿Te has mirado? —sonreí— ¿Te has visto cómo estás?

Aspiró de nuevo de aquella forma tan graciosa, como lo hacen los pequeños cuando tratan de contener el llanto, y se miró a sí misma, sin dejar de sollozar.

—Soy un desastre —musitó permitiendo que el llanto regresara, pero con un toque de humor que me hizo sonreír aún más—. No sé cómo no has salido huyendo.

—He visto demasiadas cosas como para asustarme por verte llorar así —respondí y ella no dudó en aferrarse a mis ojos, en lanzarme una de esas miradas que yo jamás podría olvidar, ni aunque pasasen siglos en vida.

Aguanté como pude aquellos escasos segundos en los que duró, y guardé silencio tratando de tal y como dijo ella, salir huyendo. Debía ser fuerte y dejar a un lado todo lo vivido en los últimos días. Debía convertirme en humana. Debía madurar y afrontar esa situación como se debe hacer.

—Creí que me odiabas —musitó volviendo a recuperar la tristeza y la seriedad que la consumía.

—No te puedo odiar, Quinn. Es imposible.

—Pero tú…

—No hablemos de eso —la interrumpí desviando la mirada—. No es el momento, solo quiero estar aquí contigo, hacerte compañía y, bueno, servirte de ayuda o algo.

No respondió, pero vi como asentía levemente y atendía a mi petición de no hacer nada que pudiese revertir la situación, y hacer que, en vez de ayuda, fuese peor mi presencia.

—Te agradezco que quieras estar aquí conmigo, pero tampoco es necesario.

—¿Has comido algo? —ignoré el nuevo intento por deshacerse de mi presencia.

—Eh, sí, claro, Emma casi me obliga a comer de su mano —sonrió apenada.

—Bien. ¿Te apetece ver una película? Podemos salir y ver una…

—No, no me apetece salir, Rachel. Además, mi padre está llamando constantemente —respondió acomodándose sobre el cabecero de la cama—. Nos ha reservado dos billetes para volar mañana, y poder al menos estar presentes en, bueno, ni siquiera sé lo que va a hacer con sus cenizas.

—Entonces, deberías descansar, porque 15.000 kilómetros son muchos kilómetros, y apuesto a que no has dormido nada.

—Nada —añadió—. Mi padre nos llamó ayer por la noche y desde entonces, no he pegado ojo. Y es curioso, porque no he salido de la cama…

—¿De verdad no te apetece que salgamos un rato? Está lloviendo, pero tal vez te venga bien despejarte y caminar un poco.

—No, no, te lo agradezco de verdad, pero prefiero estar aquí por si llama de nuevo. Además, no me encuentro muy bien, creo me he acatarrado o algo…

A veces me pregunto como soy capaz de actuar tan rápido en momentos en los que cuando lo pienso, me quedo paralizada.

En cualquier otra situación, si Quinn me dice eso yo me habría quedado allí, mirándola desde mi asiento improvisado a los pies de su cama, y sin darle mayor importancia más que el aconsejarle que tomase algún medicamento o acudiese al médico. Sin embargo, en aquel instante no hice nada de eso. Me levanté y no dudé en acercarme de nuevo a ella por el lateral, para averiguar la temperatura que desprendía su frente.

Muy caliente.

Ella ni siquiera esperó que yo me tomase la libertad de tratar de averiguar su estado, con aquel gesto tan típico y tan familiar como era posar la mano sobre la frente, pero no rechistó ni me esquivó. De hecho, creo que incluso le alivió sentir mi temperatura.

Estaba hirviendo, y aunque antes le había acariciado para apartarle el pelo, me di cuenta de que aquello no era normal si me decía que se encontraba mal.

—Ok, estás hirviendo —le dije—. Deberías ir a un médico o…

—Solo quiero descansar —me interrumpió—, pero no consigo dormir, y no quiero tomar algo que me duerma. Porque no sé si Emma será capaz de…

—Deja de infravalorar a tu hermana. Estoy segura de que es capaz de muchas más cosas de las que tú crees.

—Ya, pero ella también lo está pasando mal. Tampoco duerme y sé que en cuanto lo haga, no habrá nada que la despierte. Yo necesito dormir para estar algo decente mañana.

—¿Quieres dormir de verdad? —no dejé que continuase—. ¿Tienes tus auriculares cerca?

—¿Mis auriculares? —me cuestionó extrañada—. Eh, están ahí —me señaló hacia la cómoda que aparecía a la derecha.

No me había fijado al entrar, pero efectivamente allí estaban los auriculares junto a su reproductor.

—¿Qué vas a hacer? —me cuestionó y yo no respondí. Tomé los auriculares dejando el reproductor en el mismo lugar, y regresé de nuevo a la cama sacando mi móvil del bolsillo del abrigo. El cual me quité, junto con los zapatos, para evitar así que mis suelas manchasen la impoluta pero deshecha cama de Quinn.

Ella no decía nada, solo me miraba extrañada al ver como tomaba la decisión de acomodarme junto a ella mientras buscaba en mi teléfono el remedio a sus males.

—Póntelos —le dije tras acoplarlos a mi teléfono, y ella accedió a colocarse los auriculares—. Hagamos una apuesta.

—¿Una apuesta? —cuestionó un tanto sorprendida al verme junto a ella.

—Sí, apuesto a que no eres capaz de terminar la primera canción que te ponga sin dormirte antes.

—Rachel, no insistas —hizo ademan de quitarse los auriculares, pero yo lo evité—. La música no me da sueño, al contrario…

—¿Apostamos? —le ofrecí la mano—. Te invito a cenar si no gano.

—¿Me invitas a cenar? —me cuestionó un tanto confusa, y como para no estarlo.

Lo sé, tal vez una persona sensata estaría completamente desconcertada con mi actitud, o pensaría que soy bipolar o tengo alguna extraña enfermedad de cambio de personalidad, que se yo. Pero lo bueno de todo ese desbarajuste mental, es que yo era consciente de lo que hacía. Y lo hacía porque entendí que, en aquella extrema situación, no valían las excusas ni las disputas. Quinn y su hermana estaban a solas en Nueva York, y acababa de fallecer su abuela al otro lado del mundo. Conociéndolas, sabía perfectamente que estaban destrozadas, y yo soy incapaz de no ofrecerles al menos mi apoyo. Soy humana, y por mucho que me duela reconocerlo, tenía sentimientos hacia ellas. Las había empezado a querer, de maneras diferente a cada una, por supuesto, pero ambas estaban en mi corazón. Y muy mala y despechada tendría que ser para ignorar la situación que estaban viviendo, y no prestarle atención a la petición de ayuda. ¿Cómo iba a negarme a algo así? Habría acudido incluso sin haber recibido esa llamada.

Y sí. Quizás es razonable que deje a un lado los conflictos para estar con ellas en unos momentos tan duros, pero tal vez no puedan entender que yo optase por meterme en la cama de Quinn, y casi obligarla a dormir como lo estaba haciendo. Pero… ¿Qué otra cosa podría hacer? ¿Sentarme frente a ella y mirarla? ¿Preguntarle detalles acerca de lo sucedido con su abuela? ¿Sacar la típica conversación acerca de lo frágil que es la vida? No, me negaba en rotundo a evitar que su cabeza no se relajase, y dejase de pensar en todo lo que la estaba martirizando. Yo solo quería verla descansar, ayudarla de una manera útil y eficaz, y a ser posible, evitar que sus ojos derramasen más lágrimas. Y si por ello debía que adquirir otro estúpido título más, como el de bipolar, pues lo haría sin dudas. Ya ostentaba el de mentirosa y desleal, además del de patética. Uno más no suponía gran cosa.

—Te invito a cenar —repetí sin dudarlo, y ella aceptó. Se dejó caer sobre la almohada y yo me dispuse a darle al play del reproductor de mi móvil.

Lo cierto es que no quería perderme su cara cuando escuchase las primeras notas. Sinfonía número 1 en Mi menor de Tchaikovsky. Casi 50 minutos de música clásica imposible de superar sin al menos dejar escapar un par de bostezos.

No pude evitar sonreír al ver como los ojos enrojecidos de Quinn, se abrían como platos y me cuestionaban al escuchar las primeras notas de la orquesta del teatro Mariinsky, aunque estoy segura que ese detalle escapaba a su conocimiento.

—Oh dios. ¿De verdad pretendes que…?

—Shhh —la silencié —. Solo tienes que aguantar despierta una sinfonía —susurré sin perder la sonrisa, obligándola a ella a que hiciera lo mismo. Aunque su sonrisa nada tenía que ver con la que yo estaba acostumbrada a ver. No brillaba, no te sorprendía por su amplitud. De hecho, la pena no la abandonaba y sus labios ni siquiera ascendían para completarla. Sin embargo, seguía siendo tan cautivadora como siempre. Era imposible no adorar aquel gesto de Quinn, ni sentirse vulnerable ante ella. Tanto que, tras ser consciente de ello, opté por permitirle un poco de espacio en su propia cama y desviar la mirada hacia mi teléfono, con la intención de lograr que ella se centrase en la música, y yo no perdiese la poca cordura que me quedaba.

Sin embargo, mi gesto no pareció gustarle. Apenas esperó un par de minutos para sacar su lado más tierno y hacerme temblar. Y ni siquiera habló.

Quinn se giró sobre su costado y buscó apoyo en mi cuerpo, apoyando su cabeza sobre mi barriga. Aferrándose a mi cintura para dormir, o al menos intentarlo, sobre mí, como lo había estado haciendo con aquel cojín rojizo que ahora permanecía junto a mis pies.

No supe qué hacer, así que dejé que ella se acomodase y soporté sin más la tensión de tenerla junto a mí de aquella manera. Aunque he de confesar que los nervios y la tensión desaparecieron en el mismo instante en el que entendí que solo necesitaba algo de cariño. Y yo no me sentía con fuerzas para negárselo.

Quinn ni siquiera me miraba. De hecho, yo solo podía contemplar su cabeza y su ya casi desecho moño desde mi privilegiada posición sobre el cabecero, pero me era suficiente para entender que de aquella forma, tal vez sí iba a encontrar la tranquilidad que necesitaba para descansar. Y no estaba equivocada.

Apenas tardó cinco minutos en pausar su respiración, y dejarme entrever que el audio había funcionado. Y solo diez minutos más tarde, me permití el lujo de desconectar la música tras notar como el sueño sí había llegado por completo a ella, y ya descansaba de aquella forma tan peculiar sobre mí.

Admito que me llevó bastante tiempo quitarle los auriculares para evitar que se hiciese daño mientras dormía. Sin embargo, aquello solo fue una pequeña tarea comparada con la sensación de verla así.

Era la segunda vez que compartía sueños con ella, aunque mi idea no era la de quedarme dormida allí. Prefería estar despierta y observarla. Ya tendría tiempo suficiente de dormir en el tren por la mañana, y en Lima, sin duda. Sin embargo, mirarla a ella de aquella forma era algo que yo sabía que no iba a volver a suceder, al menos por el momento. De hecho, agradecí que la apuesta que le hice de invitarla a cenar, la ganase yo. Porque no estaba segura de querer cumplirla.

Mi único objetivo en aquella noche era cuidarla, nada más. Y eso pretendía hacer, permitiéndome el lujo de contemplarla dormida, y sentir sus manos aferrándose a mi cintura. Más aún cuando en un movimiento en mitad de aquel sueño, se giró y permitió que su rostro quedase visible para mí.

Me quedé embelesada mirándola. Observando cada una de sus facciones, de sus perfectas facciones y la dulzura con la que descansaba. Tan terriblemente obnubilada que por un momento perdí la noción del tiempo y donde estaba, ignorando por ello lo que estaba sucediendo a escasos metros de nosotras, junto a la puerta que yo ni siquiera había cerrado cuando entré.

Admito que al principio estuve a punto de gritar al ver su silueta, pero hubo algo dentro de mí que me estabilizó y me permitió ser testigo de un encuentro que yo no pretendía que sucediese, pero que se dio.

Santana.

No supe cuándo había llegado, ni cuánto tiempo llevaba allí, observándonos junto a la puerta. De hecho, ni siquiera escuché el timbre o a Emma hablar. Solo supe que estaba allí, y no tenía ni idea de lo que reflejaba su rostro.

No sé si fue un segundo, un minuto u una hora lo que estuvimos mirándonos. Ella desde la puerta y yo en la cama, con Quinn completamente dormida entre mis brazos. Tampoco sé lo que nos dijimos con la mirada, pero yo me mantuve firme. Demostrando que aquello no era una jugarreta más, ni una mentira. Que, si estaba allí, era porque las dos sabíamos que debíamos estar en un momento así. Y juro que ella entendió lo mismo.

Solo desvió la mirada cuando la vi dejar escapar un silencioso suspiro, y se marchó perdiéndose por el oscuro pasillo.

Lo que pensó o sintió, es algo que no supe, ni iba a saber nunca. Pero al menos mi corazón no se quebró por milésima vez. De hecho, juraría que varios de los trozos se habían unido y me regalaban una nueva forma. Una nueva esperanza. Un poco de calma y paz. Sobre todo, paz.