No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Lauren Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.
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Durante el viaje de regreso, Isabella intentó que Edward se desahogara con ella, pero no tuvo éxito. Se lo veía algo apesadumbrado y era evidente que la confrontación con su madre no era de las cosas que más disfrutaba. El tema del abandono lo había afectado más de lo que él creía y más de lo que le gustaría admitir. Estaba convencido de que era demasiado tarde para tener una relación normal con Esme. Ni siquiera la conocía bien. Él no sentía nada por esa mujer que se decía su madre, no la reconocía como tal, y si se prestaba para sus jueguitos con las cámaras, era para evitar sus reproches.
Esme se desesperaba por aparecer en la sección de sociales de los periódicos, y en publicaciones de actualidad. Y el dinero… Cómo le gustaba el dinero. La revista era más que redituable tanto en metálico como en favores. Ella los hacía, pero también los debía. Ese era el caso de Kate. Esme le debía un favor y Kate quería cobrárselo con Edward. Así de simple era la ecuación.
Obviamente él permanecía por fuera de las maniobras de su madre. Siempre la trató con indiferencia, pero esta vez había sido deliberadamente ofensivo. Le hubiese gustado que Isabella no conociera su lado oscuro. No quería contaminarla con toda la mierda de su pasado. Ella no tenía por qué cargar con sus problemas.
—Isabella, ¿sabes conducir? —preguntó de pronto.
A eso le llamaba ella darle un giro a la conversación. Lo observó por un segundo, y decidió que no iba a continuar hurgando en la herida. Él abriría su corazón cuando estuviese listo.
—Pues… no. Es decir, tengo una idea, pero jamás…
—¿Sí? Pues hoy será tu primera vez —le dijo sonriendo de una forma muy sugerente.
Se detuvieron y ella tomó el lugar del piloto. Era una camioneta 4x4 marca Hummer. Se fijó bien en el modelo cuando descendió para poder darle a su prima un dato concreto. ¿De dónde sacaba Edward tantos coches? ¿Los hallaría debajo de las piedras? Todos los días uno distinto.
Él le explicó cómo funcionaba. Tenía caja automática, por lo que los cambios no serían un problema.
Bella conducía y lo hacía muy bien, como si toda su vida se hubiese dedicado a eso. Edward la miraba asombrado… Estaban en un camino vecinal bastante desierto, y mientras la veía conducir mordiéndose la punta de la lengua, estuvo tentado a obligarla a detenerse y hacerle el amor allí mismo.
Se contuvo solamente porque en ese instante decidió que Bella iría a la Universidad en su propio vehículo. Quería que tomase confianza para poder sacar la licencia en unos días, así que estuvieron largo rato transitando por pedregosos caminos. Se la veía hermosa con esa carita de concentración. Edward no dejaba de observarla y hasta el movimiento de sus piernas en los pedales del coche lo excitaba terriblemente.
Isabella no quería soltar ese volante por nada, lo estaba disfrutando. De pronto reparó en el reloj del panel, y clavó los frenos.
—Edward… ¿has visto qué hora es? ¡Ahora sí que estoy frita! —exclamó, mientras rápidamente intercambiaban lugares.
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Llegaron a Montevideo en tiempo récord. Habían coordinado con Alec encontrarse a unas manzanas de la casa, para que Marie viese a Bella regresar con su hermano, no con Edward. No querían provocarla, sabían lo difícil que se podía poner cuando se enojaba.
No hubo tiempo para despedirse como Dios manda, y Edward se quedó como un niño al que le han quitado el chupetín. Observó el pastel que tenía en el asiento trasero y se dijo que esa noche al menos tendría algo rico para consolarse, pero nada era tan dulce como Isabella… Cómo la quería.
Bella y Alec encontraron a Marie en el jardín trasero, en la glorieta de las promesas, tomando el té con el primo Alistair.
Carajo, se habían olvidado de que él había regresado de Europa.
Alistair se puso de pie, y saludó a Alec efusivamente. Era algo mayor que él, pero no mucho. Había sido el compañero de aventuras de Alec. Hacía seis años que no se veían, pues Alistair de un día para otro se había ido a vivir a Barcelona. Nunca estuvieron claros los motivos de ese exilio repentino. Técnicamente era un tío lejano, no un primo, pero Isabella siempre había pensado en él como "el primo Alistair".
De pequeña le tenía cariño, pues siempre había sido bueno con ella, siempre la defendía, y alguna vez hasta secó sus lágrimas por alguna trastada de su hermano. Y allí estaba contemplándola con los párpados entornados.
Bueno, ¿cómo lo saludaría? ¿Un abrazo, un beso? ¿Le daría la mano? Luego de tanto tiempo sin verlo era un extraño para ella.
Él resolvió el dilema, tomó su mano y la besó.
—Isabella… —dijo mirándola muy fijo—. Ya eres toda una mujer.
"Ni idea tienes de cuánto, primo. Soy la mujer de Edward, y él es mi hombre", pensó ella y desvió la mirada pues temía que Alistair pudiese ver en sus ojos las cosas maravillosas que había hecho esa noche con su prometido.
—¿Cómo estás? ¿Cómo estuvo tu vuelo? —preguntó con cortesía.
—Bien, gracias —respondió él.
Su voz sonaba muy profunda.
Marie interrumpió la conversación, como era su costumbre.
—¿Y el cumpleaños cómo estuvo, querida? —quiso saber mientras la tomaba del brazo y entraban a la casa— Bella, dime que te has comportado bien —le susurró en la cocina.
—Por supuesto, abuela. No he hecho nada que no quisiera hacer. ¿Le has dicho a Alistair de mi boda? ¿Le has hablado de Edward? — preguntó.
—Le he dicho que tenías un pretendiente, pero no le he hablado nada del matrimonio, porque quién sabe de aquí a noviembre…
—Marie, me casaré con Edward y nada podrá impedirlo.
—Sí… en fin —suspiró resignada—. Querida, ¿por qué no lo invitas mañana a cenar? Haré lasagna.
¡Por supuesto que lo invitaría! Lo llamaría enseguida y también le pediría que trajera el pastel, si es que no se lo había comido todo. Pero no fue necesario. Edward la llamó ni bien llegó a su departamento porque ya la estaba echando de menos. Es que sin ella no podía respirar. Aceptó la invitación a cenar, y luego estuvieron endulzándose mutuamente los oídos por un buen rato… estaban tan calientes, él con una punzante erección y ella con una receptiva humedad que se volvió insoportable.
Les dolía no estar juntos, y tenían veinticuatro horas por delante, además de los interminables nueve meses para la boda. Mejor ni pensarlo.
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A la una de la tarde del día siguiente, Edward pasó a buscarla con la excusa de que tenían que realizar trámites.
¿Qué clase de trámites serían? Marie no tuvo nada que objetar, pues Edward venía con su chofer. Ese chico Diego le caía bien. Parecía bastante respetable, nada que ver con su jefe que tenía pinta de psicópata secuestrador de niñas.
—¿Dónde vamos? —preguntó Bella intrigada.
—Al banco, mi cielo. Si vas a ser mi decoradora estrella, necesitarás tener libre acceso a mis cuentas corrientes, chequeras, tarjetas de crédito. No, no digas nada. Es algo estrictamente laboral, Isabella.
—No me gusta. Me siento una mantenida —replicó.
—Lo eres —le dijo divertido. Y bajando la voz agregó—. Eres mi Barbie Puta, ¿lo recuerdas?
Ella se sonrojó, y lo golpeó juguetona. Lo era, pero no necesitaba una paga para darle su cuerpo y alma enteros.
Cuando llegaron, Isabella sintió que Edward era el dueño del banco, pues ni bien puso un pie en él, se armó un gran revuelo por su sola presencia. El portero le dio paso, solícito. Y una morena alta dejó plantado a un cliente para recibirlos con una sonrisa de oreja a oreja.
—Arquitecto Cullen… qué gusto tenerlo nuevamente por aquí —le dijo tomándolo del brazo.
—¿Qué tal, Lauren? ¿Cómo va tu libro? —preguntó Edward con una cautivante sonrisa.
—A punto de editarlo —respondió ella batiendo exageradamente las pestañas a juicio de Isabella. Era elegante, de piernas largas. Debía andar en los treinta y cinco años, y parecía a punto de resbalarse en sus propias babas.
Bella sintió una punzada de celos. ¿Habrían tenido algo? Percibía demasiada confianza entre ellos, aunque ella lo había llamado "arquitecto". ¿Sería para disimular?
—Excelente. Lauren, ella es Isabella, mi prometida. Nos casaremos pronto y necesito habilitar su firma en mis cuentas.
—Por supuesto, Arquitecto. Un gusto Isabella. Y felicitaciones a ambos.
Bella se arrepintió de haber sido tan malpensada. Firmó y firmó. Y volvió a firmar. Salió del banco con el convencimiento de que entre Edward y Lauren nada había sucedido. Así que, en principio, él podía seguir yendo al banco sin inconvenientes de su parte. Ya se sentía la señora Cullen y sonrió deleitada con la idea.
Edward la dejó en su casa a media tarde, volverían a verse a la hora de la cena.
Esa noche Isabella estaba especialmente hermosa. Había pasado el resto del día en su habitación, la mitad del tiempo descansando y la otra mitad arreglándose. Quería que Edward la viese siempre bella, como las mujeres que habían asistido a su cumpleaños. Se había puesto un vestido negro con un solo hombro de una finísima tela que le sentaba de maravillas y un par de zapatos rojos con tacones plateados. Se veía increíblemente guapa.
A Edward no le había caído del todo bien el primo Alistair. Había algo en su mirada que no sabía definir, pero que no le gustaba nada. Y se daba cuenta de que él tampoco era de su agrado.
De todos modos, no podía detenerse a pensar en ello. Ni en ello, ni en nada que no fuese el maravilloso culo de Isabella. Estaba inclinada junto al vajillero del comedor, hurgando en el último cajón. Buscaba la paleta para partir el pastel de Edward.
A él le resultaba muy difícil disimular lo que ese estupendo trasero le provocaba.
Era redondo y tenía forma de corazón. No pudo evitar recordar lo sucedido la noche anterior… Él tendido en la cama y Isabella montada a horcajadas sobre su miembro, de espaldas. Su culo perfecto se movía al ritmo exacto que él necesitaba para explotar en un orgasmo de feliz cumpleaños. Qué manera de correrse.
Tenía que dejar de pensar en metérsela, antes de que Marie se diese cuenta y lo…
Pero, ¿qué diablos…? ¿Qué carajo miraba ese imbécil? ¿Pero qué…? No podía creerlo. El primo Alistair estaba contemplando el trasero de Isabella con la misma lujuria que él. Sólo que ella era suya y él era el único que podía deleitarse con ese culo, sólo sus ojos, sólo sus manos, sólo… Mierda. Estaba furioso. Primero el tonto de Ben y ahora éste… Tendría que andar en permanente alerta en la vida; ese sería el precio por tener a una mujer como Isabella.
Se puso de pie de un salto. ¿Nadie se daba cuenta de lo que estaba haciendo ese pervertido que se hacía llamar primo? Edward tenía una sola prima, y muy linda, pero jamás le había mirado el… Mierda.
Si no fuera porque no quería perder más puntos con Marie, le habría partido la cara a ese idiota. Tenía que disimular, pero también quería que él supiese que lo había sorprendido mirándola. Y que no le estaba gustando nada de nada.
Se acuclilló junto a Bella, obstruyéndole el panorama a su primo mirón.
—¿Te ayudo, Princesa?
—Estoy segura de que estaba por aquí... —murmuró Bella distraída. Ignoraba la batalla que se había desatado a sus espaldas.
Edward estaba nervioso. Quería ver a Bella de pie, y asegurarse de que el hijo de puta de Alistair quitara sus ojos de su trasero. Lo miró y Alistair le sostuvo la mirada, desafiante.
"¿Con que esas tenemos? ¿La deseas, maldito? ¿Quieres follarte a tu prima pequeña? Sabes que está conmigo y aun así…". Al parecer sólo él lo notaba. Alec hablaba por teléfono, y Marie… Ahora que la necesitaba, la odiosa arpía no estaba allí, sino en la cocina, canturreando alegremente mientras buscaba la dichosa pala para cortar el pastel.
"Ah, Marie —pensó, furioso—, la cuidas de mí, que seré su marido, ¿y no la proteges de éste? Si continúa mirándola así lo mataré, lo juro".
Enfermo de celos, la tomó de un codo y la puso de pie. No fue demasiado gentil y Bella lo miró sorprendida.
—No es necesaria esa pala. Aquí tengo un cuchillo —le dijo entre dientes.
Esperaba que Alistair entendiera el mensaje.
Y acto seguido lo levantó para mostrárselo. Se lo enseñaba a Isabella, pero miraba a Alistair. La afilada hoja brilló en el aire y Alistair se movió incómodo en la silla. Es más, casi se cae. Le temblaba todo. No se imaginaba que el niño rico lo amenazaría, aunque fuera en forma velada.
"Cullen, eres un maldito ladrón. No es tuya, no lo es aún. Regresé por ella, esperé que se hiciera mujer para tenerla y tú me la quieres arrebatar. No contaba contigo, nunca imaginé… Pero no la tendrás. Haré que se enamore de mí, ya lo verás", se dijo.
Mientras Bella y su abuela partían el pastel y Alec le decía cosas bellas a Chelsea por teléfono, Alistair y Edward continuaban mirándose con furia. Con franca y desnuda furia.
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¡Weeeeeey! Más drama jajaja que loco! El primo loco se quiere agarrar a Bella! ¿Qué haremos?
Mañana tendremos más actualizaciones de esta historia! Así que no tendrán que esperar tanto jajaja
No olviden dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
